miércoles, 23 de octubre de 2024

Hijos de papá

 






            ¿En qué piensan cuando escuchan la expresión “hijo de papá”? Creo que a todos nos vienen a la mente imágenes como: “muchacho mimado, a quien se le conceden los caprichos; aquel que tiene la vida solucionada por el apellido; hijo que sale de todos los problemas y malas decisiones evitando las consecuencias, porque el papito se encarga de que así sea; individuo sin responsabilidad y abusivo con las normas, con las personas, con la vida.” (https://www.lostiempos.com/actualidad/opinion/20180318/columna/hijitos-papa) ¿Y qué piensan cuando les digo que todos somos “hijos de papá”? Bueno, más adelante descubriremos por qué lo digo.

            Llegamos en nuestro estudio de la carta a los efesios al 5º capítulo. Estaremos leyendo ahora los primeros 20 versículos.

 

            F Ef 5.1-20

 

            Pablo había terminado el texto anterior hablando del perdón que Dios nos ha otorgado. Al extendernos su misericordia y limpiarnos de toda maldad, él nos adoptó también como hijos suyos. Como ya varias veces hemos dicho, esta verdad no puede sin dejar rastros en nuestra vida: “Puesto que son hijos amados de Dios, procuren parecerse a él” (v. 1 – BLPH). En otras palabras, tu vecino, tu compañero/a de trabajo, tu familia, al observar tu conducta, debe exclamar: “¡Igualito que su papá! Es un verdadero ‘hijo de papá – del Papá Dios.’” ¿Y cómo es una conducta que les haría decir esto? El resto de nuestro texto —y de toda la carta— describe cómo se comporta un “hijo de Papá Dios”.

            Y como de costumbre, Pablo empieza con la artillería más pesada: “Deben amar a los demás, así como Cristo nos amó y murió por nosotros” (v. 2 – TLA). Es decir, para demostrar que somos “hijos de papá”, debemos amar al estilo de Cristo. Y no contento con esto, Pablo pone como regla para medir nuestro amor la disposición a morir que tuvo Jesús. Recién cuando tú estés dispuesto a dar tu vida por los demás —¡literalmente!— estás dando señales de tener un amor parecido al de Cristo. ¿Quieren que continúe todavía con las demás señales de ser “hijos de papá”? Pero, eso sí, este nivel de amor por los demás será una “ofrenda de perfume agradable a Dios” (v. 2 – NBD). Así que, si quieres honrar a Dios, procura ser como su hijo amado en quien él se complace (Mt 3.17).

            Otra señal de ser “hijos de papá” es la pureza de vida, de pensamientos y del modo de hablar. Pablo habla concretamente de pecados sexuales, de cualquier forma de impureza y de la avaricia (v. 3). La avaricia él identifica más adelante como una forma de idolatría (v. 5), ya que concentra toda su atención y la motivación de sus acciones en otra cosa que no es Dios. “…eso no es propio del pueblo santo de Dios” (NVI); “tales pecados no tienen lugar en el pueblo de Dios” (NTV). De estas cosas ni siquiera se debe hablar (v. 3), no porque sea un tabú que nadie debe tocar o por querer tapar algo para que no salga a luz. ¡Todo lo contrario! En el versículo 11 dice más bien que debemos desenmascararlos, denunciarlos y reprenderlos. Pero entre los cristianos estos pecados no deben ser materia de conversación porque deben brillar por su total ausencia en el pueblo de Dios. ¿Y cómo se podría hablar de algo que no existe? “…hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo sometidos a él” (Ro 6.2 – BLPH)? Más bien, “da vergüenza aun mencionar lo que ellos hacen en secreto” (v. 12 – RVA2015).

            Otra característica por la que debemos distinguirnos es nuestro modo de hablar: “No digan malas palabras, ni tengan conversaciones tontas, ni hagan chistes groseros” (v. 4 – NBD). De esto, el mundo a nuestro alrededor está plagado hasta más no dar. Incluso, algunos que se consideran cristianos, “hijos de papá”, caen en ese tipo de lenguaje, a veces, porque día a día lo escuchan hasta que se les pegue también algún vocabulario inapropiado; a veces, porque se sienten muy grandes al poder tomar en su boca ese tipo de palabras; a veces, por el temor de ser rechazados o —a la inversa— el deseo de ser aceptados. Pero si Cristo te aceptó, ¿qué beneficio tiene entonces el ser aceptado por el mundo? Si eres “hijo de papá”, demuéstralo en tu forma de hablar como él hablaría. Porque este comportamiento no es algo que sea una especie de alternativa, aunque menos deseable, sino es cosa demasiado seria: “…ténganlo por sabido y resabido: nadie que se da a la lujuria, a la inmoralidad o a la codicia, que es una idolatría, tendrá parte en el Reino del Mesías y de Dios” (v. 5 – NBE). “No se dejen engañar por los que tratan de justificar esos pecados, porque el enojo de Dios caerá sobre todos los que lo desobedecen” (v. 6 – NTV). Más vale ser un “hijo de papá” con un estilo de vida radical que poniendo en juego su destino eterno, ¿no creen? “¿Quieren también ustedes ser cómplices suyos” (v. 7 – BLPH)? Si Cristo nos ha rescatado precisamente de este estilo de vida, ¿cómo volveríamos otra vez a lo que él aborrece? “…antes ustedes estaban llenos de oscuridad, pero ahora tienen la luz que proviene del Señor. Por lo tanto, ¡vivan como gente de luz” (v. 8 – NTV)!

            En contraste con ese estilo de vida tan destructivo que manifiesta la gente del mundo, un “hijo de papá” que vive en la luz de él sacará a esa luz “bondad, justicia y verdad” (v. 9 – RVC). ¡Esto sí que es un contraste al modo de comportamiento del mundo! Es imposible que un verdadero “hijo de papá” no llame la atención en las tinieblas de este mundo, por más pequeña que pueda ser su luz. La luz de Cristo en ti no la puedes ocultar. ¿Y para qué la quisieras ocultar? “Nadie enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón. Todo lo contrario: la pone en un lugar alto para que alumbre a todos los que están en la casa” (Mt 5.15 – TLA). Pero ojo, puede que a algunos no les guste tu luz, porque “cuando la luz brilla, pone todas las cosas al descubierto” (v. 13 – NBD), y la gente no quiere que salgan a luz sus trapos sucios. Ya fue así cuando Jesús, la verdadera Luz del mundo, estaba aquí. Dice la Biblia que “la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas” (Jn 3.19 – NTV). Pero, a todos los que tenemos la Luz del mundo en nuestro interior, también somos llamados a ser la luz del mundo (Mt 5.14), así que, un “hijo de papá” no puede otra cosa que brillar y, aunque a algunos no les guste, a otros, al verse confrontado con que sus pecados son desenmascarados, serán movidos al arrepentimiento y a aceptar a Jesús en sus vidas. A los que están muertos en sus delitos y pecados, la luz de Cristo quiere despertarlos para que puedan salvarse a tiempo (v. 14).

            Por todo esto, la Biblia nos exhorta a vivir sabiamente, no como necios. En muchas partes, la Biblia llama “necia” a una persona que no tiene en cuenta a Dios sino se maneja según sus propios criterios. Y, realmente, es estupidez en su máximo grado creerse más sabio que Dios y querer manejarse como se le da la gana. Pero, ¡cuántas veces nosotros mismos somos esos necios y estúpidos! Bueno, no sé ustedes, pero yo por lo menos me descubro una y otra vez no haber actuado según me enseña la Biblia.

            Una forma de vivir sabiamente es aprovechar cada momento para convertirlo en utilidad para nosotros mismos y para los demás (v. 16). Una versión en inglés dice: “Estos son tiempos malos, así que, hagan que cada minuto cuente” (CEV – traducción libre). Esto nos ayuda bastante a evaluar el uso que le damos al tiempo. Si estamos aquí en la iglesia, ¿hago que cada minuto cuente? Si estoy en contacto con la gente del barrio, ¿estoy aprovechando cada oportunidad para hacer el bien? ¿Si estoy mirando televisión o navegando en las redes sociales, ¿estoy haciendo que cada minuto cuente? Probablemente no haya una respuesta única y valedera a estas preguntas, porque depende de muchos factores. Si estoy físicamente en la iglesia, pero mis pensamientos volando por cualquier lado o masticando rabia contra el cónyuge que me hirió camino a la iglesia, quizás no esté haciendo que cada minuto cuente. Si estoy mirando tele como un tiempo de calidad con mi familia, no puede ser contado como desperdicio de tiempo – siempre y cuando no sean repetidas veces 8 horas seguidas frente a la tele… Si estoy en las redes sociales, tratando de ser testimonio de la obra de Cristo en mí o para animar y orientar a uno de mis contactos, también es aprovechar cada momento. Así que, seamos sabios también en el uso de nuestro tiempo. Si en cada momento “tratan de averiguar qué es lo que Dios quiere que hagan” (v. 17 – TLA), y si viven de acuerdo a lo que entienden que es la voluntad de Dios, entonces aprovecharán bien el tiempo y serán prudentes en el manejo de su vida.

            Otra forma de actuar sabiamente como “hijos de papá” es saber al control de qué o de quién exponernos. Pablo advierte que no seamos tan estúpidos de ponernos bajo el control de bebidas alcohólicas: “No se emborrachen con vino, porque eso les arruinará la vida” (v. 18 – NTV); “perderán el control de sus actos” (TLA); “echarán a perder su vida” (PDT). La versión en inglés que cité hace un rato dice: “No se destruyan a sí mismos, emborrachándose” (CEV – traducción libre). Lastimosamente hay muchos que se engañan a sí mismos lavándose el cerebro con que saben cuánto es suficiente. “Una copita no me hará nada.” La verdad es que con esa una copita, con esa una latita, la noción de cuánto es suficiente se vuelve un poco más borrosa, y si a esa una latita se agrega oportunamente otra segunda que tampoco “no me hará nada” (¡supuestamente!), más borrosa se vuelve esa convicción. No voy a ser policía moral y perseguirlos para ver si por ahí alguien toma bebidas alcohólicas. Solo quiero compartir con ustedes mi propia convicción de lo que es “suficiente” para mí y que les recomiendo también: ¡Para mí, suficiente es cero bebidas alcohólicas! Hasta ahora no he podido encontrar un solo beneficio que podría tener una lata de cerveza o de cualquier otra bebida. ¿Para qué sería entonces tan necio de consumir lo que no tiene beneficio alguno, pero sí un potencial dañino muy elevado? Por eso, este texto nos insta a no someter nuestra vida al dominio del alcohol.

            Pero Pablo presenta todavía un segundo candidato al que entregar el control sobre nosotros: el Espíritu Santo. Mientras que el primer candidato, la bebida alcohólica, nos lleva a la esclavitud y una progresiva destrucción de nuestra vida, el segundo candidato obtiene el control en la medida en la que se lo otorgamos, y nos libera para entonar “salmos, himnos y cantos de alabanza … al Señor” (v 19 – PDT), “dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 20 – BAD). ¿No les parece que este segundo candidato tiene amplia ventaja respecto al primero? No sean necios, sino prudentes en su elección de amo. Su vida siempre estará bajo el control de algo o de alguien. El control del Espíritu Santo es el único que nos llevará de bien a mejor. Todos los demás amos, incluyéndonos a nosotros mismos cuando creemos que somos los mejores dueños de nosotros mismos, nos engañan y nos llevan a la destrucción, no solamente en esta vida sino por toda la eternidad. Como “hijo de papá” sometete voluntaria, decidida y diariamente al control del Espíritu de Papá.

            Tú como “hijo de papá”, ¿se puede decir de ti: “igualito a su papá”? ¿Tú lo dirías de ti mismo? ¿Eres “de tal palo tal astilla”? De este pasaje, ¿qué te está hablando Dios? ¿Qué vas a hacer respecto a lo que el Espíritu Santo te está hablando? ¿Cómo responderás a su voz? Y si no eres todavía un hijo del Papá Dios, invítalo ahora mismo a tu vida. Ponte consciente, voluntaria y decididamente bajo el control del Espíritu Santo. Dile: “Señor Jesús, reconozco que mi vida es un verdadero caos. No cabe para mí otra descripción como la de “necio”. Pero he aprendido hoy que entregarte a ti el control de mi vida, dejarme limpiar de mis pecados y recibir de ti la vida eterna es lo más grande y prudente que puedo hacer. Quiero darte mi vida para que hagas de ella algo según tu agrado y según tu plan perfecto para mí. Tómala y hazme un “hijo de papá”. Gracias, Dios. En el nombre de Jesús, amén.”


Calcomanías

 







            Cuenta la historia que un señor fue manejando su auto por la calle. Al acercarse a un semáforo, éste cambió a amarillo. Muy correctamente, este hombre fue frenando para detenerse justo antes de la franja peatonal. Detrás de él vino una mujer que, cuando vio que el semáforo se puso en amarillo, quiso acelerar para cruzar todavía el semáforo, aunque sea ya en rojo. Pero cuando de golpe vio que el señor delante de ella se estaba deteniendo, tuvo que frenar bruscamente para no chocarlo. La mujer estaba fuera de sí de ira. Hizo sonar su bocina sin parar por largo rato, sacó la cabeza por la ventanilla y le lanzó una avalancha de gritos irreproducibles y hasta se bajó del auto para ir y patear el del señor. En eso aparecieron dos policías que agarraron a la mujer, la esposaron y la llevaron a la comisaría donde la metieron en una celda. Después de varias horas la sacaron otra vez y le dijeron: “Mire, señora, hemos revisado los documentos y nos hemos dado cuenta que cometimos un grave error, por lo cual ofrecemos nuestras sinceras disculpas. Es que nos alertó el comportamiento que usted manifestó allá en el semáforo. Pero mucho más nos alarmamos cuando observamos su auto. Por el espejo retrovisor vimos colgar un pendiente en forma de pez, símbolo del cristianismo. Por el parabrisas vimos una pegatina o calcomanía que decía: ‘Yo amo a Jesús.’ Igual atrás había varias otras pegatinas más que decían: ‘Sigue a Jesús como me sigue a mí.’, ‘Dios te ama y yo también.’, y otros más. Ahí procedimos inmediatamente a arrestarla porque estábamos convencidos de que usted estaba manejando un auto robado.

            El domingo pasado el hermano Alberto nos explicó sobre la base de un pasaje de Efesios que Dios ha dado diferentes dones a cada hijo suyo con el fin de que por medio de ellos nos edifiquemos mutuamente para así crecer como cristianos. Necesitamos parecernos cada día más a Cristo y menos a un niño. Necesitamos hacer coincidir nuestro actuar con lo que dicen nuestras pegatinas. Progresivamente necesitamos dejar atrás un comportamiento infantil para adoptar un comportamiento maduro. ¿Y qué es un comportamiento maduro? Si nuestras calcomanías, nuestras palabras, nuestras publicaciones en las redes nos identifican como cristianos, ¿cómo debe ser entonces nuestra conducta para que refleje lo que proclaman los stickers imaginarios que exhibimos en la vida? En el siguiente pasaje Pablo enumera una larga lista de cosas que más y más debe caracterizar nuestra vida como cristianos. Creo que llegamos hoy a uno de los pasajes más prácticos del Nuevo Testamento.

 

            F Ef 4.17-32

 

            En la vida me he encontrado con mucha gente que tiene la boca llena de Dios y el comportamiento vacío de los principios de Dios. Y todos nosotros podríamos dar ejemplo sobre ejemplo de lo vacía que está la mente de la gente. Basta con prender la tele por 10 minutos para darnos cuenta de eso. Por eso, cada vez que veo en algún lado lo que pasa por la televisión estoy más agradecido por no tener tele, por mi salud mental. ¿Pero qué de nosotros los que nos llamamos “hijos de Dios”? ¿Nos diferenciamos de ellos? ¿Damos ejemplo de una mente diferente? Pablo insta a los efesios con mucha fuerza: “Esto digo e insisto en el Señor…” (v. 17 – RVA2015), “lo que les voy a decir es una advertencia del Señor: dejen ya de vivir como los que no son creyentes, porque ellos se guían por pensamientos inútiles” (PDT). Es que no puede ser que la presencia de Cristo en nosotros no deje sus rastros en nuestro comportamiento y nuestro modo de pensar, de hablar, de actuar. Pablo escribe a los corintios: “…nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Co 2-16 – RVC). ¿Puedes afirmar esto? ¿Se nota esto en ti? Si podemos conocer a la gente por los frutos que deja su vida, como lo dijo Jesús (Mt 7.16, 20), ¿de qué manera ellos nos podrán conocer a nosotros? ¿Qué frutos mostramos en nuestra vida por medio de nuestro comportamiento y nuestras palabras?

            El fruto que deja una mentalidad como la que denuncia Pablo aquí es poco atractivo. En los versículos 18 y 19 él describe las características de estas personas. En varias de sus demás cartas él menciona algo parecido. Pero luego, en el versículo 20, viene el gran quiebre al hablar de los receptores de su carta a los efesio: “¡...esto no es lo que ustedes aprendieron acerca de Cristo” (TLA)! Debe haber un contraste marcado entre el fruto que deja una mente perversa, llena de porquería, y una mente llena de la presencia de Dios y de su Palabra. La enseñanza de la Palabra de Dios consistió, precisamente, en la necesidad de despojarnos de esta vieja naturaleza pecaminosa como si se tratara de una ropa totalmente embarrada, para luego “vestir” la nueva naturaleza de Cristo. Esto suena fácil e instantáneo, y espiritualmente es así. Pero en la práctica es un proceso de toda la vida. El viejo hombre no muere tan fácilmente, sino día a día tiene que ser sujetado a la autoridad de Cristo. Pero, a pesar de esto, nuestra actitud hacia el pecado ha cambiado. Antes nosotros también éramos como los que Pablo describió en los versículos anteriores: dominados por una mente llena de podredumbre. Pero ahora, aborrecemos todo lo que produjo nuestra mente antes. Nos da asco. Pablo escribe a los filipenses: “…todo esto, que antes valía mucho para mí, ahora, a causa de Cristo, lo tengo por algo sin valor. … Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él” (Flp 3.7-8 – DHH). Esto es señal de una mentalidad transformada. Lo que antes nos parecía tan apetecible, ahora nos avergüenza. Esa transformación de nuestra mente tiene un momento puntual, un inicio marcado. Esto fue cuando abrimos nuestra vida a que Cristo entre a hacerse cargo de ella. Pero desde este momento hasta el fin de nuestros días, la transformación mental es un proceso que será acabado en el momento en que nos despertemos en la eternidad. Mientras estemos a este lado de la muerte, la mente necesita continuamente ser transformada (v. 23). Al comparar este versículo en las diferentes versiones llama la atención que algunas lo entienden como algo pasivo (algo que otro ser realiza en mí, y yo soy meramente el receptor de su acción), y otras lo ven como algo activo (lo que yo hago). Creo que una manera de combinar ambas opciones es la que dice: “…dejen que el Espíritu les renueve los pensamientos y las actitudes” (v. 23 – NTV). Es decir, el agente que realiza esta transformación es el Espíritu Santo, pero yo le debo dejar hacerlo; se lo debo permitir; debo colaborar con él en esta transformación. El Espíritu Santo no va a hacer nada “por arte de magia”, automáticamente, menos todavía en contra de mi voluntad. Yo necesito firmar la autorización para que él pueda empezar su obra en mí. Y luego debo colaborar con él, dándole materia prima cuidadosamente seleccionada. ¿A qué me refiero? Aquello con lo que alimento mi mente es lo que va a acelerar o frenar esta obra de transformación, según sea la calidad de ese alimento. Dime de qué llenas tu mente, y te diré quién eres. Si lo lleno de pensamientos positivos, de la Palabra de Dios, de canciones de alabanza, de conversaciones con otros hijos de Dios, de buenos libros cristianos, etc., esa transformación se acelerará al por mayor. Pablo insiste a los filipenses: “…piensen en todo lo que es verdadero, noble, correcto, puro, hermoso y admirable. También piensen en lo que tiene alguna virtud, en lo que es digno de reconocimiento. Mantengan su mente ocupada en eso” Fil 4.8 – PDT). Te pregunto: ¿describe esta lista de palabras tu manera de pensar cuando estás muy enojado/a con alguien? Por ejemplo, cuando tu marido una vez más se comportó de manera tan imposible (“¡Cómo puede no más ser así!”). ¿Piensas entonces cosas nobles, puros, hermosos y admirables de él (o de quien se trate)? Sospecho que no. ¿Y cómo te hace sentir ese modo de pensar? ¿Qué beneficios obtienes de ese modo de pensar? ¿Qué tal si llevas “cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co 10.5 – RVC), no permitiéndole a este tipo de pensamientos anidarse en tu mente? ¿Qué tal si, en lugar de tus pensamientos habituales en momentos de enojo, empiezas a pensar en todo lo bueno, lo puro y admirable de esa persona? ¿No crees que tu día —¡y tu relación con esta persona!— serían muy diferentes así? Soy muy consciente que te estoy pidiendo algo sobrenatural, porque no soy en absoluto un ejemplo andante de esto. Pero sé también que Dios “no nos ha dado … un espíritu de cobardía sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti 1.7 – RVA2015). Efectivamente es un modo sobrenatural de pensar, pero el Dios sobrenatural en nosotros quiere producir este fruto en nuestro interior.

            Ese cambio de mentalidad cambiará todo el resto de nuestra conducta. “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Ro 12.2 – DHH). Por ejemplo, cambiará la manera de hablar. Si antes la línea entre verdad y mentira no era tan notoria, ahora debemos ser radicales en cuanto a decir la verdad (v. 25). Si antes eras una persona iracunda, ahora debes cuidar de que tus emociones fuertes no te lleven a cometer pecado (v. 26). Pablo no prohíbe el enojo, porque es parte de la gama emocional con la que fuimos creados. Siempre habrá momentos en que nos enojaremos, pero este enojo no nos debe dominar y llevarnos a cometer cosas de las que después nos arrepentiremos. Y si no pudimos controlarnos y en el enojo llegamos a ofender a alguien, debemos buscar la reconciliación lo antes posible, mejor todavía si es ese mismo día. El enojo no tratado daña terriblemente las relaciones interpersonales y es una puerta abierta para que el diablo pueda sembrar todo tipo de otras semillas destructivas en nosotros (v. 27), y el problema inicial, quizás relativamente fácil de solucionar, se convierte en un problemón cada vez más complicado y difícil de desenredar.

            Si antes eras amante de lo ajeno y robabas cuando tenías la oportunidad, ahora debes trabajar honradamente. Y si temes no poder sostener a una familia con un trabajo honrado, el enfoque de Pablo va aquí mucho más allá que solo el sostén de la familia. Mucho más allá de proveer para la familia, su meta es que puedas “tener qué compartir con el que tenga necesidad” (v. 28 – RVA2015). Dios no es deudor de nadie. El que quiere hacer las cosas correctamente, recibirá abundante bendición de Dios.

            Si antes eras boca sucia, ahora usa “un lenguaje útil, constructivo y oportuno, capaz de hacer el bien a los que los escuchan” (v. 29 – BLPH).

            Si antes nos caracterizamos por amargura, enojo, insultos, gritos y toda clase de maldad (v. 31), ahora debemos ser amables unos con otros, de buen corazón, perdonarnos unos a otros, tal como Dios nos ha perdonado (v. 32).

            ¿Necesitan de más ejemplos para ilustrar lo que significa una mentalidad cambiada? ¿Lo que significa emitir señales claras, fácilmente identificables por parte de la gente a nuestro alrededor, de que Cristo nos ha redimido y nos controla? Entonces pongan sus propios ejemplos. Lo que antes era tu pecado más sobresaliente, ¿ha sido cambiado por la presencia de Cristo en ti? Ese es el desafío. Cristo en mí no puede pasar por desapercibido. Tienen que producirse cambios contundentes que dan testimonio de eso. Así el Espíritu Santo no será entristecido (v. 30), sino seguirá produciendo cambios en nosotros, para honra y gloria de Dios.

            ¿Cuáles son las calcomanías sobre tu vida? Es decir, ¿cuál es la imagen que quisieras proyectar hacia fuera? ¿Cómo quisieras que los demás te vean? ¿Qué te gustaría que los demás vean en ti? ¿Y lo ven eso en ti? ¿Coincide tu comportamiento con tus calcomanías? Tú no puedes cambiar nada en ti, sino que Cristo lo quiere hacer. Lo que tú puedes y necesitas hacer es cederle todo el derecho sobre tu vida para que él tenga acceso a cada rincón de tu alma y produzca ese cambio. Y debes colaborar activamente con él en lo que él te indique. Así nadie te meterá en una celda por considerar que andas en cuerpo robado.

 

 







            Muchas veces me he preguntado cómo se puede lograr la unidad de la iglesia. He tenido ciertas ideas vagas acerca de esto, pero nunca fue algo contundente. Ahora por fin he descubierto el secreto de cómo nosotros podemos producir la unidad de la iglesia. ¿Quieren saber el secreto? Aquí está: ¡No se puede! Bueno, antes que me crucifiquen les diré que el texto bíblico de hoy nos lo explica, y también nos muestra qué es lo que sí podemos hacer. Pablo aborda este tema en su carta a los efesios, capítulo 4.

 

            FEf 4.1-6

 

            En el capítulo anterior, Pablo había explicado que “Dios llama a todas las naciones a participar, en Cristo Jesús, de la misma herencia, del mismo cuerpo y de la misma promesa que el pueblo de Israel” (Ef 3.6 – DHH). Esta verdad es ahora la base para lo que explica en el pasaje que acabamos de leer. Ya que hemos recibido este llamado, debemos vivir de acuerdo a él. Es decir, seguir el llamado de Dios a incorporarnos a su familia no puede pasar por desapercibido en nuestra vida, como si nada hubiera pasado. No es que antes pertenecía a tal club y ahora a tal otro. La incorporación a la familia de Dios es un cambio de muerte a vida; un cambio radical de nuestra esencia espiritual. “Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo” (2 Co 5.17 – DHH). También ya en el capítulo 2 de esta carta a los efesios Pablo había explicado: “Estábamos muertos espiritualmente a causa de nuestras ofensas contra Dios, pero él nos dio vida al unirnos con Jesucristo” (Ef 2.5 – PDT). No nos dio no más una capa nueva de pintura o un poco de maquillaje para que siguiéramos viviendo como antes, solo un poco más chuchis. Nos convirtió en personas totalmente nuevas. Y esto se debe poder notar en nosotros. Por eso el llamado de Pablo de vivir ahora como personas nuevas. Juan el Bautista instó a los fariseos: “Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios” (Mt 3.8 – PDT). Un auténtico cristiano no puede seguir con un pie todavía en el mundo. El que quiere estar bien con Cristo y también con el mundo no entendió todavía de qué se trata la vida cristiana. Claro, estamos todavía aquí en el mundo, y toda nuestra vida estaremos luchando contra la vieja naturaleza que no nos quiere soltar tan fácilmente. Pero eso no puede ser una excusa para no luchar por la santidad y un estilo de vida radical según los principios bíblicos. Pablo estaba tan comprometido con esa vida en Cristo que estaba dispuesto a ser encarcelado y sufrir todo tipo de pesares con tal de permanecer fiel a lo que el Señor lo llamó. A esto es lo que él nos insta en este versículo, como también lo había expresado en su carta a los corintios: “Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el de Cristo” (1 Co 11.1 – NBV).

            En los siguientes versículos, Pablo menciona varias características de esa nueva personalidad que se deben poder ver en nosotros. Y empieza luego la lista con la más difícil: la humildad: “Sean totalmente humildes…” (v. 2 – NBD). ¡Socorro! Si hay alguien aquí que se considera ejemplo de humildad, que pase aquí al frente para que podamos sacarnos fotos con él/ella… Y, dicho sea de paso: si te diste cuenta de tu humildad, ya la acabas de perder. Es muy probable que hayamos muchos aquí que seamos orgullosos de nuestra humildad. Ser humilde no tiene absolutamente nada que ver con nuestra billetera, sino con nuestro carácter. Significa tener un punto de vista equilibrado de sí mismo y de otros. No es pensar mal de sí mismo, sino pensar más en los otros que en sí mismo. Creo que una frase de Pablo en su carta a los romanos define muy bien lo que es ser humilde: “Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente” (Ro 12.10 – DHH). ¡Eso describe a una persona humilde: amor a los demás, respeto mutuo y dando preferencia a los demás (pensar en los demás antes que en sí mismo)! Pero el orgullo es tan sutil y omnipresente y sabe camuflarse tan bien que uno no lo detecta fácilmente. Sabe disfrazarse de mil maneras diferentes, y antes que nos demos cuenta ya nos agarró otra vez. No obstante, la instrucción de la Biblia sigue siendo: “Sean totalmente humildes…” (v. 2 – NBD).

            La siguiente cualidad de carácter, fruto de una transformación espiritual que hemos experimentado, es la amabilidad. Me gustó la definición de “amable” que dio la vez pasada aquí la oradora en el encuentro de damas. Dijo que el sufijo “-ble” significa “ser fácil de…” o “ser digno de…”. Por ejemplo, “comible” significa que es fácil o digno de comer. “Enseñable” es una persona que es fácil de enseñar. Así, “amable” significa “fácil de amar”. ¿Eres tú una persona que sea fácil de amar? ¿Qué diría tu cónyuge? A veces nos es más fácil ser amable con gente de afuera, pero dentro de la casa en el roce del día a día, puede tornarse a veces complicado amar o ser amable. Si en la iglesia tenemos todos verdadera humildad, no será tan difícil poder amarnos unos a otros. Lo mismo también dentro del hogar. Las asperezas de carácter se irán limando poco a poco. Esto será un testimonio poderoso de la transformación que Cristo sigue obrando en nosotros. No somos, pues, un producto terminado. Nuestra transformación sigue realizándose, y Dios se toma mucho tiempo para eso (y sí, lo duro que somos para cambiar requiere de bastante esfuerzo y tiempo por parte de Dios…).

            Y cuando alguna aspereza del prójimo nos sigue raspando, Pablo nos pide ser pacientes. Nos gusta que los demás sean pacientes con nosotros, ¿pero yo paciente con los demás? Creo que cuando se repartió la paciencia yo justo estaba de viaje. Y ojo, si vas a pedirle al Señor paciencia, preparate para una serie de situaciones que desafiarán tu poca paciencia al máximo. Porque, lastimosamente, nuestro carácter se va formando en la adversidad. Así que, si anhelas ser más paciente, Dios te va a mandar justo lo contrario para que desarrolles esa paciencia en medio de la adversidad que tienes que soportar.

            Y cuando parece que tu pequeño recipiente para la paciencia a pesar de todo se está vaciando, Pablo te pide soportar a los demás por amor. ¡Peor todavía! Parece que Pablo ya está exagerando, pidiendo algo que ya es totalmente imposible de cumplir – hasta que nos damos cuenta de cuánto les cuesta a los demás soportarme a mí. Ahí puede que nos calmamos otra vez y procuramos ser más tolerantes con los otros también.

            Puede parecernos que Pablo no es muy realista; que pide algo que es casi imposible lograr. Pero el siguiente versículo nos muestra que él sabe muy bien cuánto cuesta desarrollar lo que él nos está indicando: “Esfuércense…” (v. 3 – NBD), “hagan todo lo posible para mantener la unidad y la paz” (PDT). Mantener la paz no significa tocar al hermano con guantes de seda para que no se ofenda. Sí, está bien tratarnos unos a otros con suavidad, pero si hay un verdadero problema o un pecado de por medio, debemos confrontarlo, tratando de extirparlo. El médico no le va a hablar suavito a tu apéndice a punto de reventar. Va a agarrar el bisturí, producir un tajo profundo y doloroso en tu cuerpo y ¡fuera apéndice!!! Algo así ocurre a veces en las relaciones interpersonales cuando es necesario eliminar algún problema. Pero aun esa confrontación debe ocurrir con amor. El objetivo es sacar el apéndice inflamado de la vida del hermano y no hacer una carnicería. Eso causaría más daño de lo que ayuda. Pero si no lo hacemos por querer preservar la paz, ese problema será precisamente lo que causará más tarde la pérdida de paz. Y con esto se perderá nuestra unidad como hermanos y como iglesia.

            Como dije al inicio, muchas veces me he preguntado cómo se logra la unidad en la iglesia. Ahora les revelaré el secreto, porque este texto lo contiene: ¡No se puede! Es decir, nosotros no podemos producir la unidad porque es algo que le corresponde hacer al Espíritu Santo. Pablo habla aquí de la “unidad del Espíritu” (v. 3 – RVC); “la unidad que crea el Espíritu” (NBE); “que proviene del Espíritu Santo” (DHH); “que es fruto del Espíritu” (BLPH). Al entregar nuestra vida a Cristo, Dios nos reconcilió con él. Con esto se produjo la paz en nuestro interior, y toda nuestra vida entró en una armonía y unidad. Él ya produjo la unidad entre hijos de Dios. De eso no nos debemos preocupar. No es asunto nuestro. Lo que debemos hacer con todo esfuerzo es mantener esa unidad. Y ahí está lo difícil. Esa unidad se pierde cuando la armonía en nuestra vida se perturba; cuando no vivimos según el llamamiento con que fuimos llamados; cuando obstaculizamos el trabajo de Dios de transformar nuestras vidas y cuando no permitimos que el Espíritu Santo produzca en nosotros las cualidades de carácter mencionadas en este texto, llamados “fruto del Espíritu” en la carta a los gálatas: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gl 5.22-23 – DHH). Estamos en una lucha encarnizada en contra de los perturbadores de nuestra paz y armonía interiores. A veces —¡a veces!— estos perturbadores son externos: el hermano de la iglesia, el cónyuge, el vecino, el jefe, etc. En tales casos, la Biblia nos dice: “Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos” (Ro 12.18 – DHH). Pero generalmente, estos perturbadores de la unidad y de la armonía están dentro de nosotros, en nuestra carne, en nuestro ego. Solo que, para camuflarlo, proyectamos la causa de la ruptura de la unidad hacia los demás. Todo el mundo es culpable, menos yo. Y procuramos que brille sobre nuestra cabeza una aureola de santidad. Pero el verdadero campo de batalla está en nuestro propio corazón. Si no logramos la victoria ahí, difícilmente se restablecerá la unidad con el prójimo. Por eso esta exhortación: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida” (Pr 4.23 – NTV). Por eso Pablo dice que nos esforcemos por mantener la unidad. La falta de unidad nunca es culpa de Dios, sino fruto de nuestro pecado.

            Pablo nos muestra en los siguientes versículos todo lo que Dios ha hecho para que podamos vivir en unidad. Es más: es totalmente imposible estar divididos estando en Dios, porque “hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (vv. 4-6 – DHH). ¿Cómo podríamos estar divididos si no hay dos? Todo hay uno solo. Un solo Dios, indivisible. Él produce en nosotros la unidad al estar todos íntimamente conectados a él y estando él en todos. El problema se produce cuando nosotros nos alejamos de él, buscando otras alternativas a ese un solo Dios, y ahí sí podemos estar divididos. Y una alternativa que siempre está lista para ofrecerse es nuestra carne. Y ahí empieza la división, la pérdida de unidad. Con nuestro alejamiento de Dios, automáticamente nos alejamos también del prójimo. Todo lo que somos y hacemos tiene consecuencias siempre en dirección horizontal y vertical. No se puede separar lo uno de lo otro. Si hay rencillas entre nosotros, nuestra relación con el Señor se verá gravemente afectada. Y nuestro descuido de la relación con el Señor tendrá irremediablemente consecuencias sobre nuestras relaciones interpersonales. Martín Lutero dijo: “Si dejo de orar por un día, Dios se dará cuenta. Si dejo de orar dos días, el diablo se dará cuenta, y si dejo de orar tres días, todos se darán cuenta.” Entonces, cuanto más cerca estamos del Señor, más cerca estaremos de los otros hijos de él.

            “…les ruego que se porten como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios” (v. 1 – DHH). ¿Es esta frase una descripción de tu vida? Si sí, ¿qué puedes hacer para crecer en tu relación con el Señor y tu unidad con los otros hijos de él? Si no, ¿qué debes hacer para tener un testimonio firme de estar comprometido/a con la causa de Cristo, cueste lo que cueste? ¿Puedes identificar en tu vida una amenaza a la unidad de la iglesia? Quizás una relación dañada, distanciada, con algún hermano/a. ¿Y estás esforzándote al máximo para restaurar la armonía y unidad con el prójimo? Te insto a que hoy mismo hables con esa persona y arregles esa diferencia. Hay un solo Dios. No permitas en tu vida ninguna alternativa a él. No andes con tu lealtad dividida. Búscalo sobre todas las cosas y déjalo seguir haciendo su obra de transformación en ti.

 


Arraigados en amor

 


            Estamos felices y agradecidos al Señor por 6 personas que hoy se suman oficialmente a la membresía de la sede Parque del Norte de la Iglesia Evangélica Bíblica del Paraguay. Y si hay otros que desean dar este paso también, pueden hablar conmigo. Oportunamente podemos iniciar otro grupo de estudio para preparar a más personas para esto. Pero hoy, ¿qué les podemos desear a estos nuevos miembros? ¿Qué bienvenida les podemos dar? Quizás sería muy valioso indicarles que esto es solo el inicio; que deben —y debemos— seguir creciendo en la fe. Pablo expresa en forma de oración sus deseos para los efesios, y esta oración la quiero dedicar hoy a estos nuevos hermanos. Quiero orar por ellos lo que Pablo ora por los efesios. Encontramos su oración en su carta a los efesios, capítulo 3, del 14-21.

 

            F Ef 3.14-21

 

            Este párrafo es una oración a favor de los creyentes de Éfeso y de todos nosotros. Esta oración tiene su origen en el texto anterior en el que Pablo habla de ese plan maravilloso que Dios había preparado “desde la eternidad” (v. 11 – NBD), ese misterio secreto que fue revelado a través de Jesús. Ahora todo el que acepta a Cristo como su Señor y Salvador tiene acceso directo a la presencia del Padre. Para que este acceso libre se dé a conocer, Dios estableció a la iglesia como su instrumento por excelencia: “…por medio de la iglesia, todos los poderes y autoridades en el cielo podrán conocer la sabiduría de Dios, que se muestra en tan variadas formas” (v. 10 – DHH). La iglesia es la vidriera al mundo físico y espiritual que muestra la grandeza, el amor y la sabiduría de Dios. La gente nos observa más de lo que creemos y, quizás, más de lo que queremos. Pero si verdaderamente somos sal y luz, es imposible que no nos vean. Esto es lo que le motiva a Pablo ahora a interceder por los cristianos. Y me gustaría dirigir este mensaje especialmente a los nuevos miembros de esta sede. Nosotros como iglesia de Parque del Norte nos comprometemos con ustedes de interceder por ustedes de la misma manera en que Pablo lo hizo por los cristianos a quienes dirigía esta carta.

            Y la primera cosa que Pablo pide a favor de los cristianos de Éfeso —y lo que nosotros pedimos por ustedes, estimados nuevos miembros— es que sean fortalecidos espiritualmente, según “su gloriosa riqueza” (v. 16 – DHH). Sabemos que Dios tiene recursos ilimitados. Decimos que él es TODO-poderoso, es decir, que tiene y es el poder absoluto; que tiene el conocimiento absoluto, que está en todas partes al mismo tiempo, etc. Y Pablo pide que con esa fuente inagotable de recursos él enderece y fortalezca la vida interior de los creyentes. Sabemos en carne propia cuán fácil es tambalear emocional y espiritualmente. Si no nos mantenemos todo el tiempo, de lunes a lunes, aferrados al Señor, demasiado fácil es desviarse de la voluntad de Dios y seguir sus propios caprichos. Y en esto no hay diferencia entre una persona que se convirtió ayer y una que lleva ya 40 años en los caminos del Señor; entre un recién bautizado y un pastor. Todos por igual necesitamos de la gracia de Dios para mantenernos firmes en nuestro propósito de seguir al Señor. Nadie jamás podrá decir: “A mí ya nada ni nadie me tumba más.” Si alguien lo dice, ya está camino a tierra, cayéndose espiritualmente. O, dicho en las palabras de Pablo: “…el que cree estar firme, tenga cuidado de no caer” (1 Co 10.12 – DHH). Y si quedan dudas acerca de qué quiso decir, les repetiré este versículo en la Traducción de Lenguaje Actual que no tiene pelos en la lengua para expresar el crudo significado de este versículo: “…que nadie se sienta seguro de que no va a pecar, pues puede ser el primero en hacerlo” (TLA). Así que, bien hacemos si intercedemos unos por otros, pidiendo fortaleza espiritual para nosotros mismos y para nuestros hermanos de la iglesia.

            Para que esta firmeza espiritual pueda darse, es necesario “…que, por medio de la fe, Cristo habite en sus corazones” (v. 17 – NBD). Y para que él pueda habitar en nosotros, primero le tenemos que haber invitado conscientemente a que entre a nuestras vidas. Él no entra en forma automática o en contra de nuestra voluntad, sino solo a nuestra invitación. Jesús dijo: “Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré…” (Ap 3.20 – NTV). Esto es lo que estos nuevos miembros han hecho en algún momento de su vida. Pero después de esto es necesario también que Cristo viva en nosotros. Esto habla de establecerse. No está de paso no más, sino se queda ya a vivir dentro de nosotros. ¿Por qué entonces Pablo pide aquí que Cristo habite en nosotros? ¿Acaso no está adentro ya? Sí, si le hemos invitado a que entre, está ahí. Pero su permanencia en nuestra vida tampoco esto es algo automático, sino algo que hay que cultivar y cuidar. Es posible desplazar otra vez a Cristo de su trono en nuestra alma. Si no cultivo la relación y comunicación con él, si no le hago caso sino sigo mis propios deseos y opiniones, no me estoy sujetando a su autoridad y voluntad. O sea, Cristo ya no está en el “corazón de mis decisiones”. Él no ocupa el centro de mis pensamientos. Lo he desplazado a un rincón. ¿Y será que un rincón en mi vida, solo como rueda de auxilio, es un lugar de honor para el Rey del universo? Por eso es muy necesario pedir que él habite continuamente en nuestros corazones y darle el lugar para que lo pueda hacer. Es una decisión que debemos tomar conscientemente cada día de nuevo.

            Además, esta firmeza espiritual se da también cuando estemos firmemente cimentados y enraizados en el amor de Dios. Me llama la atención aquí la doble imagen que emplea Pablo. Por un lado, él habla de un cimiento firme. Sabemos que, para nosotros, el único cimiento válido es Cristo: “Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co 3.11 – RV95). Al igual que una casa, nuestra vida necesita de una base firme para no hundirse en el caos.

            Pero Pablo pide que nosotros podamos desarrollar también raíces fuertes. Mientras que el cimiento nos protege de no hundirnos, las raíces nos sostienen para no caernos. Un árbol grande no podría sostenerse en un terreno pantanoso, por más fuertes raíces que tuviera. Por el peso que tiene en un punto de apoyo relativamente pequeño, se hundiría. Pero aun en terreno bien firme no podría sostenerse ante los vientos fuertes si no tuviera raíces. Mientras que Cristo es el fundamento, el amor es lo que nutre y da firmeza a nuestra vida. Si no experimentamos el amor de Dios, no podemos dar amor a otros y no podemos permanecer firmes en la fe. “…ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados” (1 P 4.8 – RVC). Pedro muestra aquí que el amor mantiene una relación funcionando, aunque haya pecados y ofensas que la afectan. Únicamente sumergidos en ese amor de Dios vamos a poder dimensionarlo en toda su extensión. Como observadores externos que quizás ven a otros disfrutar el amor de Dios no tendremos noción de lo que es realmente, de “cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo” (v. 18 – NVI). Pero cuando me entrego a ese amor me daré cuenta que es tan infinitamente grande que es capaz incluso de rodearme a mí con toda mi montaña de pecado encima, sin todavía llegar a los límites de ese amor. “…el amor de Cristo … sobrepasa todo conocimiento” (v. 19 – RVA2015). No se lo puede explicar; solo se lo puede experimentar. Si 1 de Pedro 4.8 dice que el amor cubre infinidad de pecados, 1 de Juan 4.8 dice que “Dios es amor” (RV60). Si ese Dios que es amor en esencia vive en nosotros, él cubre nuestros pecados, y nosotros podemos cubrir y perdonar los pecados de otros. Así estaremos “llenos de toda la plenitud de Dios” (v. 19 – RVA2015), “de todo lo que Dios es” (PDT), y esto nos hará crecer firmes e inamovibles. Ese amor de Dios en nosotros se convertirá en un poder insospechado “que puede hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos” (v. 20 – DHH). Van a suceder cosas en ti y alrededor de ti de las que admitirás que no ha sido tu logro sino claramente el obrar de Dios. Para mí como pastor es uno de las máximas satisfacciones ver el poder de Dios obrando milagros de transformación en las vidas de las personas. Nadie sino él puede hacer esto. “¡Gloria a Dios en la iglesia y en Cristo Jesús, por todos los siglos y para siempre! Amén” (v. 21 – DHH).

            ¿Cómo tú puedes ser lleno de ese amor, de ese poder de Dios? Ya lo hemos mencionado: primeramente, necesitas admitir que sin ese amor de Dios no eres nada ni nadie; que estás desesperadamente necesitado/a de la presencia de Dios en tu vida. Y debes invitarlo a que entre a tu vida, te limpie de tus pecados y te ayude a vivir como él quiere.

            En segundo lugar, debes permitir que él “habite” en tu vida: viviendo una vida en santidad, alejada del pecado; cultivando la comunión diaria con él; sirviéndole según tus posibilidades y según los dones que él te ha dado; cultivando la comunión regular con otros hijos de Dios.

            Esta no es una fórmula mágica que produzca automáticamente un resultado según te lo imaginas. Pero es una forma en que diariamente te abres a su ser, permitiéndole hacer su obra de transformación en ti y usándote según su plan y para su honra y gloria. Y quizás no notarás nada sobrenatural que está sucediendo en ti o a través de ti, porque mucho de lo que Dios está haciendo en nosotros y a través de nosotros no lo vemos. De repente tiempo después recibimos algún testimonio de cómo Dios ha tocado las vidas de otras personas a través de ti. Es algo que sucede en silencio. La sal no es consciente de cómo afecta a la comida con la que está mezclada, ni hace ningún esfuerzo por lograrlo. Simplemente está ahí, y sus características se extienden a todo su entorno hasta llenar toda la olla en la que se está cocinando el guiso. Ponte cada día a disposición del Señor para que él haga su obra en ti y a través de ti. Y el resto, déjalo a cargo de él, porque es según su plan y para la honra y gloria de él. Tu participación en esto es rendirte incondicionalmente a él y ponerte a su disposición, día tras día.


lunes, 21 de octubre de 2024

Muros de separación






 



            En algunos lugares que nos ha tocado vivir nos ha llamado la atención cómo la gente se ocultaba detrás de murallas extremadamente altas, muchas veces todavía con una cerca eléctrica u otro material sumamente cortante en la punta de la muralla. Y a veces dije que cuanto más alta sea la muralla, más curiosidad me daba de saber qué hay al otro lado que los hacía esconderse tanto. Para ellos, esa muralla simbolizaba protección. Pero también era aislamiento, una especie de encarcelación o arresto domiciliario voluntario. La muralla los separaba del resto del mundo. Hasta creo que ni el viento entraba ahí.

            El pueblo de Israel también tenía murallas parecidas. No eran murallas físicas, sino mentales y espirituales. Incluso nosotros como cristianos y como iglesias podemos llegar a esto. Quédese en sintonía del programa hasta el final para saber de qué manera esto puede darse… Seguimos hoy el estudio de la carta de Pablo a los efesios.

 

            F Ef 2.11-22

 

            En este pasaje, Pablo se dirige exclusivamente a cristianos gentiles. Esto se nota por usar siempre el “ustedes” al referirse a los gentiles en contraposición con el “nosotros” cuando habla de los judíos. Él se refiere aquí a que, desde Abraham, 2.000 años antes de Cristo, Dios había hecho historia exclusivamente con los descendientes de Abraham, es decir, con el pueblo de Israel. El pueblo hebreo tenía una identidad muy clara y muy marcada. La gente sabía que ellos eran un pueblo único en esta tierra. Y como señal visible de pertenencia a ese pueblo, Dios les había ordenado practicar la circuncisión a todo varón a los 8 días de nacido. Esta era para ellos la marca por excelencia de pertenecer al pueblo de Dios. A todos los demás pueblos, ellos los denominaban “los incircuncisos”, con una fuerte carga espiritual, despectiva y de distanciamiento. No podían tener nada que ver con los incircuncisos. Por ejemplo, cuando el joven David llega al campo de batalla donde están sus hermanos y él escucha las burlas de Goliat, él dice: “¿Quién es este filisteo incircunciso, que se atreve a desafiar al ejército del Dios viviente” (1 S 17-26 – NVI)? Con esta frase, David marcó una clara distinción entre el pueblo de Dios y los incircuncisos, sinónimo de “paganos”. Era lo opuesto uno del otro.

            A esta situación se refirió Pablo en este texto. Había una barrera muy fuerte entre los judíos y todos los que no eran judíos. Hubo algunos casos a lo largo de la historia de personas que lograron superar esa barrera y, siendo gentiles, ser incorporados —o por lo menos tolerados— en el pueblo judío. Algunos de ellos incluso llegaron a formar parte de la genealogía de Jesús, como Rahab y Ruth. En esta situación de separación del pueblo de Dios estaban antes también todos los que ahora pertenecían a la iglesia de Éfeso: “separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios” (v. 12 – NVI). ¡Qué descripción más desesperante! Si estaríamos viviendo en el Antiguo Testamento, ésta sería también la descripción nuestra. ¿Nos damos cuenta de cuánta gracia y misericordia Dios nos ha concedido?

            Por más que la circuncisión era una marca distintiva de alto nivel para los judíos, Pablo dice que era un acto meramente físico (v. 11). El comentario de David frente al ejército de Saúl contenía un alto grado espiritual. Él veía la circuncisión como lo decisivo entre pertenecer a Dios o pertenecer a Satanás. Pero mucha gente a lo largo de la historia lo veía más que nada como un derecho de poder gozar de muchos privilegios especiales y como un ingrediente cultural. Por eso ya Moisés había dicho: “…circunciden sus corazones y ya no sean tercos” (Dt 10.16 – NVI), indicando que lo esencial de pertenecer al pueblo de Dios no era una marca física sino espiritual. Y Pablo se acopla a esto en su carta a los romanos cuando dice: “Uno no es judío por tener una marca exterior en el cuerpo porque la verdadera circuncisión no es la del exterior del cuerpo. Uno es verdaderamente judío cuando lo es en su interior. La verdadera circuncisión está en el corazón y se hace por el Espíritu” (Ro 2.28-29 – PDT). Esta “circuncisión del corazón” es lo que Cristo hizo posible con su muerte y resurrección. Por eso hay un cambio tan radical entre el antes de Cristo y el después de Cristo. Ante ese cuadro negro que vimos recién de la radical separación de los gentiles del pueblo de Dios, brilla ahora el glorioso “Pero…” en el versículo 13: “Pero ahora, por estar unidos a Cristo Jesús, a ustedes, que antes andaban lejos, Dios los ha acercado gracias a la muerte de Cristo” (NBD). ¡Gloria a Dios por ese “Pero” divino! La cruz de Cristo llegó a ser el puente que nos une con Dios, en primer lugar, pero también el puente entre dos grupos de personas: los judíos y los gentiles. Esa “pared intermedia de separación” (v. 14 – RVC) era considerada por los judíos como una protección contra “los de afuera”, y los distinguía como algo especial, como pueblo de Dios. Pero, a la vez, esa pared los separaba de las otras personas e impedía que los gentiles llegasen a formar parte del pueblo de Dios, lo que en realidad era el propósito de Dios para con el pueblo de Israel. Él hacía historia con su pueblo elegido para que este, a su vez, pueda dar a conocer a ese Dios a los demás pueblos a su alrededor. Pero su pueblo se encerró detrás de una pared. Y esa pared no era solamente cuestión cultural o espiritual, sino llegó a ser un muro infranqueable de hostilidad y guerra. Pero Cristo hizo posible que esta hostilidad pueda ser vencida por la paz y el amor. “Cristo murió para derrumbar ese muro de odio” (v. 14 – PDT). ¡Qué fuerte es esto! Que este muro de odio esté derrumbado no fue poca cosa para Cristo ni tampoco para los judíos. Los martes hemos estudiado aquí el libro de los Hechos y hemos visto cuánto les costó a los judíos reconocer y aceptar la obra de Dios entre los gentiles. 2.000 años de tradición como pueblo no se borran tan fácilmente en pocos meses. Pero es una gloriosa verdad que ahora podemos disfrutar. Estamos muy agradecidos a Dios por haber abierto una brecha en ese muro de separación y habernos incluido en su pueblo, en su familia.

            ¿Cómo lo logró Cristo? El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento estaba regido por una larga serie de leyes, mandamientos y prescripciones que regulaban cada parte de la vida religiosa del pueblo y de su comunión con Dios. Todas estas leyes apuntaban a Cristo. El cordero que se sacrificaba para la obtención de perdón de sus pecados no podía quitar de en medio este pecado, pero era una acción por fe en el Cordero de Dios que vendría algún día a quitar el pecado del mundo. Por eso dijo Jesús: “No vine para abolir la ley de Moisés o los escritos de los profetas. Al contrario, vine para cumplir sus propósitos” (Mt 5.17 – NTV). Él vino a hacer lo que la ley no podía hacer: resolver nuestro problema del pecado. Una balanza está sincronizada según los parámetros mundialmente válidos de peso. Si yo me subo a una balanza, esta me puede indicar que tengo sobrepeso, pero ella es incapaz de quitarme ese peso. Así, la ley me indica que estoy en falta con Dios, pero no puede corregir mi falta. Cristo vino no para condenarme legalistamente, sino para abrir la posibilidad de que verdaderamente pueda ser libre de mi sobrepeso de pecado. En él, la ley del Antiguo Testamento cumplió su propósito y se abrió una nueva era de gracia y perdón para quienes lo aceptan. Quienes no lo aceptan, siguen bajo la ley de la condena que Dios decretó sobre el pecado.

            Una vez satisfecha la demanda de la ley del Antiguo Testamento estaba abierto el camino a un nuevo pueblo de Dios. Pablo dice que Jesús “…puso fin a la ley … para crear en sí mismo, de los dos pueblos, una nueva humanidad, haciendo la paz” (v. 15 – RVC). La clave para esta nueva humanidad, este nuevo pueblo de Dios es “en Cristo”. La pertenencia a este pueblo ya no está determinada por rasgos culturales y de raza, sino por estar “en Cristo”. Cualquiera, sea judío o gentil, puede pertenecer a este pueblo al creer en Cristo; al aceptar su obra como único y suficiente para su salvación. Otra puerta de entrada a la iglesia no existe. Pedro había reconocido la verdadera identidad de Jesús y llegó a exclamar: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 6.16 – RVC)! Y Jesús le contestó: “…sobre esta roca [esta confesión, esta declaración] edificaré mi iglesia” (Mt 6.18 – RVC). El que reconoce a Jesús como Señor y Salvador llega a pertenecer a este nuevo pueblo de Dios.

            Pero había un requisito previo para que este muro de odio entre judíos y gentiles pueda desaparecer. No servía de nada decirles: “¡Compórtense! ¡Tienen que hacer todo lo posible e imposible de aguantarse mutuamente!”, y luego meterlos a ambos juntos en una sola iglesia. Esto solo hubiera sido una bomba de tiempo. Más temprano que tarde, la hostilidad entre ambos grupos hubiera hecho que todo estalle. Primero era necesario que Jesús reconcilie a ambos con Dios. Solo así podían estar en condiciones de reconciliarse entre ellos. La persona que no está en paz con Dios, está en guerra con todos los demás y consigo misma. No es posible estar en paz con el prójimo estando en guerra con Dios. Y no es posible estar en paz con Dios estando en guerra con el prójimo. La cruz tiene una dimensión vertical, reconciliándonos con Dios, y otra horizontal, reconciliándonos con el prójimo. Ambos son inseparables uno del otro. “¡Allí en la cruz murió la enemistad” (v. 16 – NBD)!

            Esta posibilidad de experimentar la paz con Dios y la paz con el prójimo son las Buenas Nuevas, el Evangelio, que Cristo vino a anunciar. Y esto es lo que nosotros también debemos anunciar a los demás. “Ahora todos podemos tener acceso al Padre por medio del mismo Espíritu Santo gracias a lo que Cristo hizo por nosotros” (v. 18 – NTV). Y nadie más tiene que ser como extraterrestre caído en este país (v. 19). El hijo pródigo quería estar en el fondo de la casa de su papá viviendo en la condición de un empleado (Lc 15.19), con tal de estar en la propiedad de su papá. Pero para el Padre celestial no hay ciudadanos de segunda o de cuarta categoría. Todos somos ciudadanos de su reino en la misma condición que su Hijo Jesús. Es más: somos parte de su familia, teniendo a Dios como Padre y a Jesús como hermano mayor. Para Dios, o somos hijos o somos desconocidos. ¡Alabado sea el Señor! Al hacer de Cristo nuestro Señor y Salvador, todos tenemos acceso a la misma presencia de Dios y a toda su plenitud que él comparte con nosotros. Esta nueva comunidad, esta nueva iglesia, compuesta por todo creyente en Cristo, sin distinción de raza, género, edad, ni ninguna otra diferencia, es como un edificio sólido, basado sobre la Palabra de Dios, representada por los apóstoles y profetas que transmitían la enseñanza de la Biblia. Pero lo que mantiene el equilibrio de todo el edificio, de toda la iglesia, y hace que esta no se derrumba, es Jesucristo. Pablo dice que “…nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo” (1 Co 3.11 – DHH). Él es el centro de toda la iglesia y el centro de nuestra vida. “En él todo el edificio, bien ensamblado, va creciendo hasta ser un templo santo en el Señor” (v. 21 – RVA2015), incluyéndonos a nosotros los gentiles incircuncisos. Como Pablo escribe a una iglesia formada por gentiles convertidos a Cristo que hasta entonces no habían tenido la posibilidad de pertenecer al pueblo de Dios, él termina esta sección asegurándoles de nuevo que no escucharon mal; que ellos sí ahora pueden pertenecer a la familia de Dios en igualdad de derechos que los judíos: “Por medio de él, ustedes, los gentiles, también llegan a formar parte de esa morada donde Dios vive mediante su Espíritu” (v. 22 – NTV).

            Quizás a nosotros nos cuesta captar cuán buena noticia es esto para nosotros porque nunca vivimos en carne propia esa pared de separación que nos impedía acceder a la presencia de Dios. Hemos experimentado el gozo y el privilegio de llegar a ser aceptados por Dios como hijos suyos. Y si alguien no lo ha experimentado todavía, puede hacer una sencilla oración reconociendo su incapacidad de salvarse a sí mismo, pedirle a Dios perdón por sus pecados e invitarle a entrar a su vida y hacerse cargo de la misma. Y estamos muy agradecidos por aquellos que nos hablaron de la posibilidad de ser perdonados y poder llegar a ser hijos de Dios. Pero, ¿qué de aquellos que no lo han escuchado todavía? ¿No habría entre ellos muchos que estarían también tan agradecidos si les explicáramos esta posibilidad? Me impacta fuertemente que los judíos consideraban su estado especial ante Dios como un muro de protección, sin darse cuenta que esa pared se convertía en un muro de odio y de separación. Podemos caer en ese mismo error al creer que estas paredes del templo sean nuestra protección detrás de la cual nos podemos refugiar de todos los extraterrestres afuera. Aquí somos “un pequeño pueblo muy feliz”, como dice una canción antigua, y ¡ay del filisteo incircunciso que se atreve a entrar aquí a perturbar nuestra paz! Quizás lo que nos separa de los de afuera no son muros de odio, porque no sentimos mayor rechazo hacia nuestros vecinos. Pero quizás el muro de separación que no nos permite llegar a ellos con el mensaje de Dios es la comodidad, quizás el muro de la vergüenza o timidez, el muro de la “falta de tiempo”, el muro de “él no quiere escuchar luego…” y un sinfín de muros más que nos separan del prójimo. Si a nosotros alguien nos habló de Cristo, ¿le negaremos este gozo a alguien más? No estoy hablando de salir corriendo a la calle y atropellar a quién encontremos para arrastrarlo a la fuerza a las puertas del cielo. No funciona así. Pero sí, aprovechar los contactos que tenemos para hablarles de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. Y no negarnos a entablar nuevas relaciones con gente que cruza nuestro camino. A mí se me hace muy difícil hablar de esto porque Dios me hizo ver con mucha claridad muros de separación que hay en mi vida, y esto me avergüenza profundamente. Por la gracia de Dios, y con su ayuda, quiero echar abajo este muro de separación para poder llegar a otros con el mensaje del Evangelio. ¿Qué muros puedes identificar en tu vida?

            Les comento que en uno de los martes pasados surgió aquí, por inspiración directa del Espíritu Santo, un proyecto de elaborar nuestros propios folletos evangelísticos. Cada uno puede tener un folleto con su propio testimonio, su nombre y su número de teléfono. Escribe en un párrafo corto lo que fue tu vida antes de conocer a Cristo, cómo llegaste a recibir a Jesús en tu vida y los cambios que él ha operado en tu ser. Esto lo combinamos con versículos claves y la invitación de recibir también a Jesús. Así puedes repartir a diestra y siniestra tu propio folleto con un contenido que nadie te puede discutir porque tú mismo lo viviste. Envíame tu testimonio, y yo te ayudaré a convertirlo en un folleto evangelístico. “…no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti 1.7 – NBLA).

 


Para que el mundo crea



            Estamos hablando en estos días acerca de la manera más directa y poderosa de hacer la obra misionera, y que todo el mundo puede hacer: la intercesión. La oración es el poder de Dios en acción. En la reflexión sobre este tema nos guiamos por la oración de Jesús en Juan 17. Anoche habíamos visto que, para poder orar más específicamente y estar más empapado del obrar de Dios en los diferentes lugares, es necesario cultivar intencionalmente una relación estrecha con el personal de Dios que está en los diferentes lugares. Y algunos de los motivos de oración por ellos, según Juan 17, son: que la gloria de Dios se manifieste en sus vidas; que Dios los proteja; que estén unidos; que no se dejen atemorizar por las amenazas del mundo; que cumplan fielmente su ministerio.

            Pero esto es recién una parte de lo que podemos cubrir con nuestras oraciones. Jesús, en Juan 17, pasa luego a otro plano en su intercesión.

 

            FJn 17.20-26

 

            Aquí el mensaje de salvación ya llega a la cuarta generación. El origen del mensaje es Dios, en primer lugar. Luego, en segundo lugar, lo recibió Jesús. Este lo transmitió a sus discípulos, que llegan a ser el tercer eslabón en la cadena, y estos, a su vez, lo compartieron con otros, en cuarto lugar. Esta misma cadena que transporta el mensaje de salvación de uno a otro, sin interrupción, menciona también Pablo en su carta a Timoteo: “Lo que me has oído decir delante de muchos testigos, encárgaselo a hombres de confianza que sean capaces de enseñárselo a otros” (2 Ti 2.2 – DHH). Pablo a Timoteo, Timoteo a hombres fieles y los hombres fieles a otros, y así sucesivamente. Todos los que hemos escuchado y aceptado el mensaje del Evangelio estamos en una carrera en la que pasamos la antorcha de la Palabra de Dios de unos a otros. El Evangelio no es para nuestro deleite personal exclusivamente, sino para pasarlo a otros para que se multiplique. No es un estanque donde acumularse, sino un arroyo que fluye y lleva su bendición a otros lugares. Jesús ya ha intercedido por todas estas generaciones de creyentes en él desde sus 12 discípulos hasta el último en convertirse al final de los tiempos. Entre ellos estamos también nosotros. Cristo en persona intercedió por nosotros y lo sigue haciendo. Pablo escribe a los romanos: “Cristo es el que … está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Ro 8.34 – RVC). Cuando nosotros oramos por la evangelización del mundo, nos alineamos con Jesús en su voluntad, intercedemos junto con él y participamos de su obrar entre la gente. Y él mismo había prometido: “Todo lo que ustedes pidan en mi nombre, lo haré” (Jn 14.13 – PDT).

            Por todas estas —para él todavía futuras— generaciones de creyentes, Jesús pide lo mismo que para sus discípulos: que estén unidos. Para esta unidad él toma como ejemplo y regla de medir nada menos que la unidad que hay entre él y su Padre Dios. No podía poner más alto que esto su vara de medir. Jesús es perfecto y busca la perfección. Si él dijera: “Bueno, con tal que en su iglesia no se arranquen la cabeza uno al otro, ya estoy conforme…”, no sería demasiado desafiante su búsqueda de la unidad. “…como tú, oh Padre, en mí y yo en ti” (v. 21 – RVA2015). ¿Se parece tu iglesia a este modelo? Obviamente que en este mundo nunca llegaremos plenamente a ese estándar, pero esta es nuestra meta porque es la meta de Cristo. Realmente es un motivo supremamente importante para Jesús, ya que la misma petición él presenta tres veces en esta oración: una vez pidiéndolo para sus discípulos y dos veces para los siguientes que creerían en él. Me parece que hacemos bien en hacerlo un tema importante también para nosotros.

            ¿Por qué quiere Jesús que estemos unidos? ¿Solo porque se ve más bonito estar unidos que estar peleados? Bueno, por un lado, el trabajo de una iglesia es muchísimo más eficiente si se trabaja en forma coordinada y unida. El profeta Amós pregunta: “¿Acaso pueden dos personas andar juntas si no están de acuerdo” (Am 3.3 – NBV)? Y como iglesia de Cristo queremos andar lejos, a todas las naciones hasta lo último de la tierra. Así que, más vale que estemos unidos y que intercedamos por la unidad de los creyentes a quienes estamos sirviendo en los diferentes puntos del Chaco, del oriental y del exterior. Pero lo que a Cristo más le interesa es el efecto que tiene la unidad sobre la gente de fuera de la iglesia. Estar unidos como hijos de Dios es fuertemente evangelístico: “…para que el mundo crea que tú me enviaste” (v. 21 – RVC). Si nosotros predicamos el perdón y la reconciliación, pero nos llevamos entre nosotros como perros y gatos, ¿quién va a creer nuestra predicación? Pero si el mundo observa a personas que están unidas, eso llama la atención porque la gente no está acostumbrada a eso. Lo que los demás viven cada día es violencia, engaños, robos, destrucción, peleas, etc. Y están hartos de vivir esto. Si de repente se encuentran con personas en un ambiente de armonía, interacción sana y respeto mutuo, esto se vuelve tan atractivo para ellos porque es lo que su alma tanto anhela. Ahí creen que Cristo es realmente el Salvador del mundo enviado por Dios. La gente del mundo que reconoce esto y llega a recibir a ese Salvador en su vida personal, pasa a formar parte de ese grupo de personas por el cual Jesús está orando en este texto. Por eso él dice en el versículo 25: “…todos estos han llegado a conocer que tú me has enviado” (BLPH).

            Esta unidad en el pueblo de Dios se hace también tan atractiva para los de afuera, porque ahí experimentan verdadero amor (v. 23). A través de nosotros, las personas hambrientas por amor y paz experimentarán el amor perfecto de Dios el Padre por ellos. Para eso es necesario que nosotros mismos hayamos experimentado ese amor incondicional de Dios. Solo así, ese amor podrá fluir hacia los demás. Solo así Dios podrá cautivar con su amor el corazón endurecido de los demás y atraerlos hacia él. Sin ese genuino amor de Dios fluyendo en y a través de nosotros no vamos a querer que personas nuevas lleguen a nuestra iglesia; y si aparece alguien, lo vamos a inspeccionar de pies a cabeza para ver si nos cae bien o no; vamos darle un asiento en un rincón, lejos de nosotros; no lo vamos a saludar ni mucho menos invitar a nuestra ronda de tereré; y nos sentiremos aliviados al verlo ir nuevamente – quizás para no regresar nunca más. ¿Se imaginan que Jesús hubiera tratado así a una visita nueva que llega a la iglesia? ¿Lo hizo así contigo? Él está orando para que la unidad de sus hijos sea un testimonio convincente para los de afuera. Vivamos esa unidad y pidamos por esa unidad porque ella es la voluntad de Dios para nosotros.

            Ahora, unidad no tiene nada que ver con uniformidad o de tener todos la misma opinión sin discutir jamás. Esto se parecería más a un cementerio que a una iglesia viva y dinámica. La unidad se muestra precisamente en un ambiente de opiniones dispares. Si logramos sobreponernos a esa diversidad de criterios y seguir trabajando juntos a pesar de no estar de acuerdo en todo, entonces podemos hablar de verdadera unidad. Aunque no estés de acuerdo con cierta decisión, te sometes a ella y tratas de colaborar en esa dirección. Si haces valer el estirar el carro junto a los demás en la misma dirección por encima de tu propia opinión, estás mostrando unidad. Debes buscar por sobre todas las cosas el bien de todos en vez de querer imponer tu propia opinión. Si para Jesús esto era un asunto tan importante como para pedir tres veces en una oración por la unidad de sus seguidores, ¿puedo seguir insistiendo egoístamente en que las cosas se hagan como yo quiero? Cristo ya nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir en unidad. En su oración él dice que nos ha dado su gloria para que seamos uno (v. 22). Es en ese glorioso ambiente de paz interior con Dios que puedo desarrollar también la paz con mi hermano. O, a la inversa, si estoy en constante rencilla con el prójimo, doy evidencia no más de la guerra que tengo en mi propio corazón. Nuestra unidad se hace visible recién cuando la gloria de Dios se manifiesta entre nosotros. Es más, únicamente cuando estamos completamente unidos es que la gloria de Dios podrá notarse. Es como un circuito eléctrico. La luz se va a encender solo si todo el circuito está perfectamente conectado a la fuente. Pero, si en algún punto se interrumpe la conexión, la luz se apaga. Si estamos conectados entre nosotros y con Cristo, su gloria descenderá sobre nosotros. No podemos decir que es imposible vivir y trabajar en unidad. Si todos estamos en Cristo, la unidad sí es posible. Depende no más si nos decidimos por ella y luchamos por obtenerla. La unidad no se da por sí sola. Es necesario sacrificar mi ego para que la unidad tenga oportunidad de instalarse entre nosotros.

            Inicialmente, Jesús le había pedido al Padre que no saque a sus seguidores de este mundo (v. 15). Imagínense como sería si cada persona que acepta a Cristo muriera en ese mismo instante. ¿Quién querría entonces recibir a Cristo? Aunque hay muchas situaciones en las que aceptar a Cristo es literalmente un asunto de vida o muerte. Pero no es la norma. De otro modo, ¿quién llevaría las Buenas Nuevas de salvación a los demás? Ya no habría más cristianos en este mundo, porque ni bien alguien acepta a Cristo, desaparece. Por eso, si seguimos en este mundo, es porque tenemos todavía una tarea a cumplir dentro del plan eterno de Dios. Nos quiere usar todavía como portavoces de sus noticias de salvación. No obstante, esta permanencia aquí en la tierra es solo temporal. En el versículo 24, Jesús expresa el deseo de que sus seguidores estén con él. Así que, una vez que nuestra vida haya cumplido su propósito por el cual estamos aquí, ahí sí el Señor nos llevará a su presencia. Por un lado, él desea tener esa comunión con sus hijos, así como nosotros deseamos ver a nuestros hijos que ya están fuera de casa. Cuando Jesús se reunió por última vez con sus discípulos para celebrar la Pascua, horas antes de su muerte, él dijo: “¡Cómo he deseado comer con ustedes esta pascua…” (Lc 22.15 – RVC)! Las diferentes traducciones dejan ver la gran intensidad de su deseo: “En gran manera he deseado comer … esta pascua” (RVA), “Intensamente he deseado comer … con ustedes” (NBLA). Jesús anhela nuestra compañía mucho más de lo que nosotros anhelamos la suya. ¿No debería ser esto justo al revés? ¿O por lo menos igual? Por eso, Jesús ruega: “Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy” (v. 24 – NVI).

            Pero, aparte de este intenso deseo de estar con sus seguidores, hay todavía otro motivo para esta petición: “…para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (v. 24 – RVA2015). Jesús desea compartir con sus seguidores y hermanos todo lo que es suyo, también la gloria que el Padre le ha dado. Quiere que todos vean cuánto le ama el Padre como para darle al Hijo semejante gloria. Pero es que ahí también nosotros, al ver esa gloria de Dios rodeando a su Hijo, entenderemos cuánto nos ama el Padre a nosotros, porque compartiremos con Jesús esa misma gloria del Padre como parte de la herencia que recibiremos. Pablo escribe a los efesios: “…cuando ustedes escucharon el mensaje verdadero de las buenas noticias de salvación y creyeron en él, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo que él había prometido. La presencia del Espíritu Santo en nosotros es como el sello de garantía de que Dios nos dará nuestra herencia” (Ef 1.13-14 – NBV). Esta herencia, esta gloria es lo que Jesús quiere compartir con nosotros, sus hermanos y seguidores. Por eso él pide al Padre que podamos estar con él. Ya él había dicho anteriormente: “En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas. … Voy a prepararles un lugar allí” (Jn 14.2 – NVI).

            Esta oración de Jesús es una especie de informe final por proyecto terminado. Jesús resume su misión en esta tierra en el último versículo: “Les di a conocer tu nombre…” (v. 26 – BNP). Con “nombre” no se refiere a la combinación de letras que forman el nombre propio de la persona o, en este caso, de Dios. El nombre es sinónimo de su personalidad. Jesús nos ha presentado el ser del Padre para que lo podamos “conocer”, es decir, entrar en una relación personal e íntima con él. Y él dice que lo seguirá haciendo. A través de su Espíritu Santo, Dios se nos revela día tras día para que podamos conocerlo cada día más, amarlo cada día más y servirle cada día con más dedicación y amor. “…para que el amor que me tienes esté en ellos, y para que yo mismo esté en ellos” (v. 26 – DHH). Conocer al Padre es experimentar en carne propia su amor por mí y por todos. El que se abre a este amor y lo deja entrar a su vida, verá el poder transformador que él tiene en la vida de una persona. El amor del Padre y la presencia de Cristo se establecerán y harán vivienda en nosotros. Esto hemos experimentado nosotros mismos y lo podemos observar también una y otra vez a nuestro alrededor. Personas que estaban atados en el vicio son liberados y se convierten en fogosos testigos del poder de Dios. Matrimonios que estaban a punto de destruirse experimentan una profunda transformación y renacen a un amor nunca antes conocido. Personas que pasaron por el profundo dolor de una separación del cónyuge se levantan de las cenizas de su matrimonio y despliegan todo el potencial que Dios ha puesto en ellos, de modo que nos quedamos admirados de lo que Dios está haciendo. La obra de Dios en las vidas humanas. Tu intercesión hace que estos casos se reproduzcan cada vez más, para honra y gloria del Señor. Únete a la intercesión de Jesús: “…te ruego … por los que han de creer en mí, … que todos ellos estén unidos, … para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17.20-21 – DHH). ¡Amén!