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lunes, 3 de marzo de 2025

Involúcrate

 





            Hace un año atrás, en mi primera prédica como pastor instalado en esta sede solo minutos atrás, hablé sobre 1 Pedro 4.10 que dice que “cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido” (v. 10 – RVA2015). Mi intención era motivar a todos a colaborar activamente con el trabajo de la iglesia. Hoy tenemos un evento especial, diferente al resto de todo el año. Queremos mirar atrás a un año de trabajo, ver dónde estamos y a dónde nos dirigimos.

            ¿Pero cuál es o cuál debería ser el trabajo de la iglesia? Tenemos en la Biblia una descripción de lo que fue el trabajo de Jesús cuando él estuvo en esta tierra. Mateo tiene la característica de cada tanto hacer un resumen en un solo versículo de cosas que sucedían a su alrededor. Y de esta manera también resumió el trabajo de Jesús en pocas palabras, con una exhortación posterior a los discípulos. Lo encontramos en el capítulo 9 de su evangelio, los versículos 35-38.

 

            F Mt 9.35-38

 

            El ministerio de Jesús era ambulatorio. Él recorría la zona de su ministerio de un lado al otro. Muy raras veces salió de las fronteras del país a zonas vecinas. En esa recorrida, según este texto de Mateo, se concentró en tres actividades principales: enseñar, predicar el Evangelio (evangelizar) y sanar (incluyendo la expulsión de demonios). Todo lo que leemos en los Evangelios acerca de las actividades de Jesús se puede agrupar bajo estas tres actividades. Realmente, Mateo ha hecho un excelente resumen de todo el ministerio de Jesús.

            Ahora, esto fue el trabajo que realizó Jesús, pero, ¿cuál es el trabajo de la iglesia? Jesús, al interceder por sus seguidores, le dijo al Padre: “Tal como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn 17.18 – RVC). Es decir, la misión que Cristo había recibido de su Padre, la transmitió luego a sus seguidores para que su obra continúe después de su regreso al Padre, con la excepción de la salvación que él ya completó de una vez por todas. La iglesia debe seguir haciendo de algún modo lo que Jesús hizo. Jesús mismo había dicho: “…todo el que crea en mí hará las mismas obras que yo he hecho y aún mayores” (Jn 14.12 – NTV). Luego, en la Gran Comisión (Mt 28.18-20), Jesús llegó a especificar muy claramente la misión de la iglesia. ¿Cuál es? Lastimosamente las traducciones en castellano no nos ayudan a entender el énfasis que hace el texto griego. En griego, el único verbo real y activo es “hagan discípulos”. Todos los demás no son verbos activos, sino gerundios, o sea, una (de)formación del verbo que tiene la función de explicar algo. La Gran Comisión nos ordena a hacer discípulos y nos explica de qué manera lo podemos hacer: yendo, bautizando y enseñando. Muchas veces se pone mucho énfasis en el “ir”, en movilizarse con el fin de hacer misiones o de evangelizar. Y no está mal, pero el sentido del texto es mucho más amplio que esto. El texto nos indica que aprovechemos nuestro paso por el día —mientras vamos yendo— para hacer discípulos a quienes él pone en el cruce con nuestro camino: a personas en la parada o el colectivo, colegas de trabajo o de estudio, al despensero, a algún cliente, a la vecina que viene para un tereré, etc. Toda ocasión es buena para hacer discípulos, y todo don que el Señor nos ha dado es apto para eso. Si no sabes predicar, ni hablar en público, ni evangelizar; si cuando cantas los demás salen huyendo, todo eso no importa. Si sabes servir al prójimo o ser hospitalario, estás transmitiendo el amor de Cristo y estás participando activamente de la tarea de hacer discípulos. Vive conscientemente tus fortalezas para impactar la vida de los que te rodean. De esta manera, cada culto, cada reunión de oración, cada reunión de jóvenes o lo que fuese se convierte en algo que nos impulsa a ser mejores seguidores o discípulos de Cristo. En otras palabras: cada culto es una forma entre muchas con la que la iglesia cumple la Gran Comisión.

            Al emplear de esta manera nuestros dones con el objetivo de hacer discípulos, de repente notaremos también la enorme necesidad que hay en las personas “desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor” (v. 36 – RVC). Y notaremos también la urgencia de hacer algo por esta multitud. Y quizás tendremos un montón de ideas de lo que se “podría” hacer o lo que se “debería” hacer y que “alguien” debería llevar a cabo, pero ¡o sorpresa!, “la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos” (v. 37 – DHH). Ese “alguien” que “debería” hacerlo, no aparece. Sorpresivamente, el hermano “Alguien” se fue de vacaciones. Unos pocos obreros quedan y se están matando por exceso de trabajo mientras los demás miran desde el costado, criticando el trabajo que hacen. O se especializan en directores técnicos que les indican a los que están en el campo qué deberían estar haciendo en lugar de perder tiempo con tal o cual “gavilla” que pretenden cosechar.

            ¿Y qué podemos hacer en tal caso? En primer lugar, debemos darnos cuenta de que el campo a cosechar le pertenece a Dios y él es el que llama a los obreros. No podemos obligar a nadie a ser obrero en la cosecha de Dios. Podemos invitar, motivar, animar, concienciar y todo lo demás que se nos ocurra hacer con el prójimo, pero no podemos empujarlo a la fuerza al campo. Más bien, debemos dejar a Dios que él lo haga. Pero sí tenemos una herramienta muy poderosa en nuestra mano: la oración: “Rueguen al dueño de los campos que envíe trabajadores para su cosecha” (v. 38 – BNP). ¿Habrá demasiado pocos hijos de Dios involucrados activamente en la obra de Dios porque no pedimos lo suficiente por obreros? No lo sé, pero nunca está de más pedir a Dios por que las personas a las que él llama puedan responder con “Sí” y no con una excusa piadosa. Pero puede suceder que, al estar orando por gente que se involucre en la obra de Dios, se nos imponga con una insistencia imposible de esquivar la pregunta: “¿Acaso soy yo, Maestro” (Mt 26.25 – BLPH)?

            El martes pasado, en la tan bendecida reunión de estudio bíblico y oración, una hermana compartió su quebranto por precisamente esta pregunta. Comentó que tanto se había hablado ya de la necesidad de personas para tal o cual ministerio, y que de repente ella se preguntó: “¿Y qué estoy haciendo yo por la iglesia?” Esto es muy a menudo la consecuencia de estar pidiéndole al Señor por alguien que haga tal o cual trabajo. Puede que el Señor responda: “Y hazlo tú. Sé tú mismo la respuesta a tu oración.” Porque, si algo te pesa en el corazón, es porque tienes un don o una habilidad para tal área y que te hace sensible a alguna necesidad que hay. Alguien que no tiene ese don, puede chocarse con la necesidad y aun así no percatarse de ella. Así que, si algo te quebranta, es muy posible que el Señor quiere que hagas algo al respecto. A veces es peligroso orar. ¿No será por eso que tan poco oramos por obreros; por miedo a que nos envíe a nosotros? ¡Pero qué bendición es ser considerados dignos por parte del Señor de trabajar en su reino! Así que, el “peligro” de orar por obreros resulta ser una tremenda bendición para nosotros. Más tarde vamos a ver varias áreas en las que faltan urgentemente obreros en la sede Parque del Norte.

            Si ahora unimos la Gran Comisión con 1 de Pedro 4.10 podríamos decir: “Cada uno, haga discípulos con el don que ha recibido.” ¿Cuál es tu don? ¿Qué es lo que te quebranta? ¿Qué es lo que te gusta hacer? ¿Qué es lo que te resulta fácil? ¿Qué es por lo que te agradece la gente o por lo que te admira? ¿Y cómo puedes usar esa cualidad para hacer discípulos? ¿De qué manera puedes tocar las vidas de las personas, bendecirlas con el amor de Cristo? No creas la mentira del enemigo de que tú no tienes nada que aportar; que es demasiado poco lo que tú puedes hacer. Con creer eso, el enemigo ya te desarmó y te puso fuera de combate. Así ya no eres ninguna amenaza para él. No preguntes cuánto es lo que tienes para dar. Los discípulos también argumentaron decepcionados: “¿Qué es esto [5 panes y 2 peces] para tanta gente” (Jn 6.9 – DHH)? Y vieron luego lo que era esa cantidad decepcionante en las manos del Señor. No importa cuánto es lo que puedes dar, sino a quién se lo estás dando. Si das lo que tienes al Señor, él puede usarlo para alimentar a 5.000 personas o más. Pruébalo. No te quedes ahí, guardando tu talento en un pañuelo bajo tierra, sino ponlo al servicio del Señor. Te quedarás con la boca abierta de lo que el Señor hará con lo que te pareció ser tan poco. Yo sé de lo que hablo, porque lo vivo cada día poniendo mis debilidades en manos del Señor. La clave no eres tú, no son tus habilidades, no es la cantidad que puedes ofrecer. La clave es el Señor que es el dueño de la obra y que multiplica y usa según sus propósitos lo que ponemos a su disposición. Si le das 0 recursos, ni su poder de multiplicarlo por 1.000.000 no produce nada, porque 0 x 1.000.000 = 0. Él no puede multiplicar lo que no le das. Pero dale aunque sea 1, y te sorprenderás de la cantidad final que él hace surgir de ese 1.

            La iglesia la componemos todos los miembros. Y la iglesia puede funcionar únicamente si todos sus miembros colaboran. Dios no llama a nadie a calentar sillas. Estas se calientan solos con el sol que tenemos aquí. Alguien dijo que, si Dios quisiera que se mantengan calientes los bancos de la iglesia, él hubiera contratado a unos cuantos elefantes porque tienen un trasero más grande y abarcan más superficie de los bancos. Si eres salvo y si perteneces a la iglesia de Cristo es para que cumplas algún propósito por el cual el Señor te trajo a su reino. No te avergüences de probar. No te avergüences de ofrecer tu ayuda en la iglesia. Habla con el líder de alguno de los ministerios que presentaremos en instantes, o ven a hablar conmigo. Por ejemplo, vamos a necesitar mucha gente para el ministerio de servicios que abriremos este año. Necesitamos sonidistas que puedan controlar los equipos de sonido. En mi informe luego vamos a mencionar otras áreas más en las que necesitamos obreros para la cosecha o el trabajo tan grande. Involúcrate. Y oremos al Señor para que impulse a más personas a que se involucren en su obra.


miércoles, 23 de octubre de 2024

 







            Muchas veces me he preguntado cómo se puede lograr la unidad de la iglesia. He tenido ciertas ideas vagas acerca de esto, pero nunca fue algo contundente. Ahora por fin he descubierto el secreto de cómo nosotros podemos producir la unidad de la iglesia. ¿Quieren saber el secreto? Aquí está: ¡No se puede! Bueno, antes que me crucifiquen les diré que el texto bíblico de hoy nos lo explica, y también nos muestra qué es lo que sí podemos hacer. Pablo aborda este tema en su carta a los efesios, capítulo 4.

 

            FEf 4.1-6

 

            En el capítulo anterior, Pablo había explicado que “Dios llama a todas las naciones a participar, en Cristo Jesús, de la misma herencia, del mismo cuerpo y de la misma promesa que el pueblo de Israel” (Ef 3.6 – DHH). Esta verdad es ahora la base para lo que explica en el pasaje que acabamos de leer. Ya que hemos recibido este llamado, debemos vivir de acuerdo a él. Es decir, seguir el llamado de Dios a incorporarnos a su familia no puede pasar por desapercibido en nuestra vida, como si nada hubiera pasado. No es que antes pertenecía a tal club y ahora a tal otro. La incorporación a la familia de Dios es un cambio de muerte a vida; un cambio radical de nuestra esencia espiritual. “Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo” (2 Co 5.17 – DHH). También ya en el capítulo 2 de esta carta a los efesios Pablo había explicado: “Estábamos muertos espiritualmente a causa de nuestras ofensas contra Dios, pero él nos dio vida al unirnos con Jesucristo” (Ef 2.5 – PDT). No nos dio no más una capa nueva de pintura o un poco de maquillaje para que siguiéramos viviendo como antes, solo un poco más chuchis. Nos convirtió en personas totalmente nuevas. Y esto se debe poder notar en nosotros. Por eso el llamado de Pablo de vivir ahora como personas nuevas. Juan el Bautista instó a los fariseos: “Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios” (Mt 3.8 – PDT). Un auténtico cristiano no puede seguir con un pie todavía en el mundo. El que quiere estar bien con Cristo y también con el mundo no entendió todavía de qué se trata la vida cristiana. Claro, estamos todavía aquí en el mundo, y toda nuestra vida estaremos luchando contra la vieja naturaleza que no nos quiere soltar tan fácilmente. Pero eso no puede ser una excusa para no luchar por la santidad y un estilo de vida radical según los principios bíblicos. Pablo estaba tan comprometido con esa vida en Cristo que estaba dispuesto a ser encarcelado y sufrir todo tipo de pesares con tal de permanecer fiel a lo que el Señor lo llamó. A esto es lo que él nos insta en este versículo, como también lo había expresado en su carta a los corintios: “Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el de Cristo” (1 Co 11.1 – NBV).

            En los siguientes versículos, Pablo menciona varias características de esa nueva personalidad que se deben poder ver en nosotros. Y empieza luego la lista con la más difícil: la humildad: “Sean totalmente humildes…” (v. 2 – NBD). ¡Socorro! Si hay alguien aquí que se considera ejemplo de humildad, que pase aquí al frente para que podamos sacarnos fotos con él/ella… Y, dicho sea de paso: si te diste cuenta de tu humildad, ya la acabas de perder. Es muy probable que hayamos muchos aquí que seamos orgullosos de nuestra humildad. Ser humilde no tiene absolutamente nada que ver con nuestra billetera, sino con nuestro carácter. Significa tener un punto de vista equilibrado de sí mismo y de otros. No es pensar mal de sí mismo, sino pensar más en los otros que en sí mismo. Creo que una frase de Pablo en su carta a los romanos define muy bien lo que es ser humilde: “Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente” (Ro 12.10 – DHH). ¡Eso describe a una persona humilde: amor a los demás, respeto mutuo y dando preferencia a los demás (pensar en los demás antes que en sí mismo)! Pero el orgullo es tan sutil y omnipresente y sabe camuflarse tan bien que uno no lo detecta fácilmente. Sabe disfrazarse de mil maneras diferentes, y antes que nos demos cuenta ya nos agarró otra vez. No obstante, la instrucción de la Biblia sigue siendo: “Sean totalmente humildes…” (v. 2 – NBD).

            La siguiente cualidad de carácter, fruto de una transformación espiritual que hemos experimentado, es la amabilidad. Me gustó la definición de “amable” que dio la vez pasada aquí la oradora en el encuentro de damas. Dijo que el sufijo “-ble” significa “ser fácil de…” o “ser digno de…”. Por ejemplo, “comible” significa que es fácil o digno de comer. “Enseñable” es una persona que es fácil de enseñar. Así, “amable” significa “fácil de amar”. ¿Eres tú una persona que sea fácil de amar? ¿Qué diría tu cónyuge? A veces nos es más fácil ser amable con gente de afuera, pero dentro de la casa en el roce del día a día, puede tornarse a veces complicado amar o ser amable. Si en la iglesia tenemos todos verdadera humildad, no será tan difícil poder amarnos unos a otros. Lo mismo también dentro del hogar. Las asperezas de carácter se irán limando poco a poco. Esto será un testimonio poderoso de la transformación que Cristo sigue obrando en nosotros. No somos, pues, un producto terminado. Nuestra transformación sigue realizándose, y Dios se toma mucho tiempo para eso (y sí, lo duro que somos para cambiar requiere de bastante esfuerzo y tiempo por parte de Dios…).

            Y cuando alguna aspereza del prójimo nos sigue raspando, Pablo nos pide ser pacientes. Nos gusta que los demás sean pacientes con nosotros, ¿pero yo paciente con los demás? Creo que cuando se repartió la paciencia yo justo estaba de viaje. Y ojo, si vas a pedirle al Señor paciencia, preparate para una serie de situaciones que desafiarán tu poca paciencia al máximo. Porque, lastimosamente, nuestro carácter se va formando en la adversidad. Así que, si anhelas ser más paciente, Dios te va a mandar justo lo contrario para que desarrolles esa paciencia en medio de la adversidad que tienes que soportar.

            Y cuando parece que tu pequeño recipiente para la paciencia a pesar de todo se está vaciando, Pablo te pide soportar a los demás por amor. ¡Peor todavía! Parece que Pablo ya está exagerando, pidiendo algo que ya es totalmente imposible de cumplir – hasta que nos damos cuenta de cuánto les cuesta a los demás soportarme a mí. Ahí puede que nos calmamos otra vez y procuramos ser más tolerantes con los otros también.

            Puede parecernos que Pablo no es muy realista; que pide algo que es casi imposible lograr. Pero el siguiente versículo nos muestra que él sabe muy bien cuánto cuesta desarrollar lo que él nos está indicando: “Esfuércense…” (v. 3 – NBD), “hagan todo lo posible para mantener la unidad y la paz” (PDT). Mantener la paz no significa tocar al hermano con guantes de seda para que no se ofenda. Sí, está bien tratarnos unos a otros con suavidad, pero si hay un verdadero problema o un pecado de por medio, debemos confrontarlo, tratando de extirparlo. El médico no le va a hablar suavito a tu apéndice a punto de reventar. Va a agarrar el bisturí, producir un tajo profundo y doloroso en tu cuerpo y ¡fuera apéndice!!! Algo así ocurre a veces en las relaciones interpersonales cuando es necesario eliminar algún problema. Pero aun esa confrontación debe ocurrir con amor. El objetivo es sacar el apéndice inflamado de la vida del hermano y no hacer una carnicería. Eso causaría más daño de lo que ayuda. Pero si no lo hacemos por querer preservar la paz, ese problema será precisamente lo que causará más tarde la pérdida de paz. Y con esto se perderá nuestra unidad como hermanos y como iglesia.

            Como dije al inicio, muchas veces me he preguntado cómo se logra la unidad en la iglesia. Ahora les revelaré el secreto, porque este texto lo contiene: ¡No se puede! Es decir, nosotros no podemos producir la unidad porque es algo que le corresponde hacer al Espíritu Santo. Pablo habla aquí de la “unidad del Espíritu” (v. 3 – RVC); “la unidad que crea el Espíritu” (NBE); “que proviene del Espíritu Santo” (DHH); “que es fruto del Espíritu” (BLPH). Al entregar nuestra vida a Cristo, Dios nos reconcilió con él. Con esto se produjo la paz en nuestro interior, y toda nuestra vida entró en una armonía y unidad. Él ya produjo la unidad entre hijos de Dios. De eso no nos debemos preocupar. No es asunto nuestro. Lo que debemos hacer con todo esfuerzo es mantener esa unidad. Y ahí está lo difícil. Esa unidad se pierde cuando la armonía en nuestra vida se perturba; cuando no vivimos según el llamamiento con que fuimos llamados; cuando obstaculizamos el trabajo de Dios de transformar nuestras vidas y cuando no permitimos que el Espíritu Santo produzca en nosotros las cualidades de carácter mencionadas en este texto, llamados “fruto del Espíritu” en la carta a los gálatas: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gl 5.22-23 – DHH). Estamos en una lucha encarnizada en contra de los perturbadores de nuestra paz y armonía interiores. A veces —¡a veces!— estos perturbadores son externos: el hermano de la iglesia, el cónyuge, el vecino, el jefe, etc. En tales casos, la Biblia nos dice: “Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos” (Ro 12.18 – DHH). Pero generalmente, estos perturbadores de la unidad y de la armonía están dentro de nosotros, en nuestra carne, en nuestro ego. Solo que, para camuflarlo, proyectamos la causa de la ruptura de la unidad hacia los demás. Todo el mundo es culpable, menos yo. Y procuramos que brille sobre nuestra cabeza una aureola de santidad. Pero el verdadero campo de batalla está en nuestro propio corazón. Si no logramos la victoria ahí, difícilmente se restablecerá la unidad con el prójimo. Por eso esta exhortación: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida” (Pr 4.23 – NTV). Por eso Pablo dice que nos esforcemos por mantener la unidad. La falta de unidad nunca es culpa de Dios, sino fruto de nuestro pecado.

            Pablo nos muestra en los siguientes versículos todo lo que Dios ha hecho para que podamos vivir en unidad. Es más: es totalmente imposible estar divididos estando en Dios, porque “hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (vv. 4-6 – DHH). ¿Cómo podríamos estar divididos si no hay dos? Todo hay uno solo. Un solo Dios, indivisible. Él produce en nosotros la unidad al estar todos íntimamente conectados a él y estando él en todos. El problema se produce cuando nosotros nos alejamos de él, buscando otras alternativas a ese un solo Dios, y ahí sí podemos estar divididos. Y una alternativa que siempre está lista para ofrecerse es nuestra carne. Y ahí empieza la división, la pérdida de unidad. Con nuestro alejamiento de Dios, automáticamente nos alejamos también del prójimo. Todo lo que somos y hacemos tiene consecuencias siempre en dirección horizontal y vertical. No se puede separar lo uno de lo otro. Si hay rencillas entre nosotros, nuestra relación con el Señor se verá gravemente afectada. Y nuestro descuido de la relación con el Señor tendrá irremediablemente consecuencias sobre nuestras relaciones interpersonales. Martín Lutero dijo: “Si dejo de orar por un día, Dios se dará cuenta. Si dejo de orar dos días, el diablo se dará cuenta, y si dejo de orar tres días, todos se darán cuenta.” Entonces, cuanto más cerca estamos del Señor, más cerca estaremos de los otros hijos de él.

            “…les ruego que se porten como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios” (v. 1 – DHH). ¿Es esta frase una descripción de tu vida? Si sí, ¿qué puedes hacer para crecer en tu relación con el Señor y tu unidad con los otros hijos de él? Si no, ¿qué debes hacer para tener un testimonio firme de estar comprometido/a con la causa de Cristo, cueste lo que cueste? ¿Puedes identificar en tu vida una amenaza a la unidad de la iglesia? Quizás una relación dañada, distanciada, con algún hermano/a. ¿Y estás esforzándote al máximo para restaurar la armonía y unidad con el prójimo? Te insto a que hoy mismo hables con esa persona y arregles esa diferencia. Hay un solo Dios. No permitas en tu vida ninguna alternativa a él. No andes con tu lealtad dividida. Búscalo sobre todas las cosas y déjalo seguir haciendo su obra de transformación en ti.

 


miércoles, 11 de septiembre de 2024

Credo: La iglesia

 


            Hoy volvemos al tema que ya lo hemos tratado bastante en este año: la iglesia, pero basándonos ahora en cómo lo describe el credo de la IEB Paraguay. ¿Qué creemos respecto a la iglesia? ¿Cómo vemos a la iglesia? ¿Cómo interpretamos lo que dice la Biblia al respecto? Dice el credo:

 

Creemos que la iglesia de Dios es una comunidad…

 

            La palabra “comunidad” contiene el término “común”. Quiere decir que a la iglesia la componen personas que tienen algo en común. Estas personas desarrollan una identidad propia para diferenciarse con otras agrupaciones parecidas: somos la sede Parque del Norte de la IEB Paraguay, no cualquier otra iglesia. Esta es nuestra identidad.

            ¿Y qué es eso lo que tenemos en común? A eso, el credo responde que somos…

 

…una comunidad de seguidores de Jesús, con Cristo a la cabeza.

 

            Puede ser que nos diferenciemos en casi todo lo demás, pero esa una cosa tenemos en común: somos seguidores de Jesús. Lo hemos aceptado como el Señor y Salvador de nuestras vidas. Y esa una cosa nos constituye en iglesia, espiritualmente. En cuanto a una organización humana puede haber más requisitos, pero espiritualmente es eso lo que nos une. Sin haber aceptado conscientemente a Jesús como su Salvador es imposible llegar a formar parte de su iglesia. Basar toda una organización sobre un solo ingrediente puede parecernos un punto de apoyo muy pequeño, sin embargo, existe un lazo de unión muy fuerte entre todos los que componemos la iglesia. El credo lo describe en los siguientes términos:

 

Sus miembros se relacionan entre sí en amor y con responsabilidad. Buscamos la unidad en la fe, y que cada uno pueda poner al servicio de los demás los dones que ha recibido de Dios.

 

            Los miembros de la iglesia no somos islas que casualmente forman parte de una misma organización. Eso sería la característica de un club del cual uno puede formar parte por algún interés, pero sin casi ninguna noción de quién más es socio de dicho club. La iglesia no debe caer en esa categoría. La iglesia se debe caracterizar por un fuerte lazo de amor y de responsabilidad mutua, donde todos sirven unos a otros según los dones y habilidades que cada uno ha recibido de parte de Dios. Si en una iglesia no reina el amor, no es iglesia, porque Cristo no es su cabeza o su Señor. “Dios es amor” (1 Jn 4.8 – DHH), dice la Biblia y, por lo tanto, sus hijos también deben manifestar ese amor.

            El siguiente párrafo del credo se entiende sin más explicaciones, más todavía considerando que ya hemos hablado extensamente sobre este tema. Dice:

 

La iglesia es el pueblo de Dios, comprado por Jesucristo. Con su muerte, él se hizo el mediador de un nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo y la novia de Cristo. Creyentes de todos los pueblos, culturas y niveles sociales, renacidos por su fe en Jesús, son los miembros de la iglesia. Por medio del amor y la unidad en el Espíritu, Cristo la hace visible al mundo. La iglesia de Jesús consiste en la iglesia local, como también en la comunidad de fe de todo el mundo.

 

            Ahora, el concepto teórico y espiritual quizás ya lo tenemos claro, pero en la práctica, ¿cómo funciona la iglesia? Hay toda una sección amplia en el credo que lo explica en forma muy resumida. Cada párrafo daría para una prédica aparte. Vayamos por parte:

 

Llegamos a ser miembros de la iglesia local de Cristo por medio del bautismo y la recepción oficial. En esta iglesia local crecemos hacia la plena madurez en Cristo al emplear los dones espirituales, al asumir responsabilidad unos por otros y al buscar la comunión con Dios y con los otros creyentes. Como miembros de la iglesia estamos comprometidos a la discreción en cuanto a los asuntos internos de la misma, en caso de que esto sea necesario.

 

            Se repiten aquí varios términos que ya hemos visto recién. Pero quiero subrayar esta última frase: la necesidad de la discreción. La iglesia es una organización humana, pero sobre fundamento espiritual. Y las cosas espirituales solo se entienden en forma espiritual, como Jesús mismo una vez dijo cuando la gente interpretó sus palabras solo en forma literal y no con su significado espiritual. Por lo tanto, los asuntos internos de la iglesia muchas veces no son entendidos por gente que no tiene una relación personal e íntima con Cristo. Y para no causar más confusión y malas interpretaciones, es mejor no divulgar hacia fuera informaciones delicadas. No tenemos absolutamente nada que esconder. Pero eso no significa que vamos a proceder de manera imprudente. Ninguna organización publicará hacia fuera datos e informaciones que tienen que ver netamente con el manejo interno. Como iglesia tampoco lo debemos hacer. Además, tenemos la responsabilidad y el compromiso de protegernos mutuamente. No podemos ensuciar la imagen de la iglesia o de algún miembro en particular. Eso sería una falta de respeto, chisme y es pecado. Vuelvo a decir: no vamos a ocultar problemas graves internos, intentando tapar el pecado para salvar nuestro propio pellejo. Los problemas y el pecado hay que tratar debida y decididamente, pero también prudentemente. Cada situación se trata en el ambiente en que se supo de la misma. Si de un problema solo saben dos o tres personas, estas dos o tres personas deben tratarlo. Los demás no tienen por qué enterarse. Pero si algo llega ser público, así tiene que llegar a ser público también el proceso que se lleva adelante en este caso. Esto es lo que claramente nos enseña Mateo 18, que analizamos detenidamente en la reciente capacitación de líderes de la IEB Paraguay.

            A continuación, el credo pasa a describir varias prácticas al interior de la iglesia. La primera que menciona es la adoración.

 

Como iglesia adoramos a Dios al celebrar su fidelidad y su gracia. Buscamos la voluntad de Dios para nuestra vida, para su iglesia y para nuestra misión. Por medio de la comunión, canciones, oraciones, proclamación, aportes creativos, ofrendas y donaciones adoramos a Dios y proclamamos las Buenas Nuevas que han transformado nuestra vida.

 

            Normalmente, al hablar de alabanza y adoración, pensamos en cantar. Pero este párrafo menciona muchas otras formas de alabar a Dios, aparte de cantar. Incluso cuando disfrutamos de la presencia de los hermanos y compartimos un tiempo de calidad y de compañerismo entre nosotros, nuestro Padre es alabado. El arte en sus diferentes expresiones es una forma poderosa de alabanza. Nuestras ofrendas y diezmos lo son. Nos damos cuenta que la alabanza y adoración no es tanto una acción, sino un estilo de vida. Vivo glorificando a Dios 24/7. O lo podemos convertir en pregunta: ¿Vivo glorificando a Dios 24/7?

            El siguiente tema práctico que toca el credo es justamente la responsabilidad mutua, de la que ya hablamos:

 

En busca de la ayuda y protección mutua, todos los miembros de la iglesia tienen el deber de exhortar a los que viven en pecado, y también de dejarse amonestar por otros.

 

La Palabra de Dios nos guía en la resolución de conflictos y la disciplina restauradora de la iglesia. Si un miembro no quiere aceptar la exhortación y ayuda de los hermanos y elige vivir conscientemente en pecado, debe excluirse de la membresía. A pesar de que esta persona viva conscientemente en pecado, tratamos de recuperarla. Estamos dispuestos a perdonar y a restaurar la comunión cuando haya arrepentimiento y confesión.

 

            Para muchas personas, especialmente las que llevan ya un buen tiempo en alguna iglesia evangélica, la palabra “disciplina” tiene una connotación bastante negativa: la de castigar al que se porta mal y de echarle de la iglesia. Pero el enfoque aquí es totalmente otro: es el de buscar restaurar una relación con Dios y con su iglesia que está dañada por el pecado. Si la persona sale de la iglesia, sale por sí misma. El esfuerzo de la iglesia siempre será el de reincorporarla a la plena comunión con el Señor y con su iglesia. La iglesia no es una comunidad de santos que echa fuera a todo el que no se comporta como los demás. Somos una comunidad de pecadores restaurados que buscan restaurar a otros pecadores; que buscan perdonar como han sido perdonados.

            El siguiente tema que trata el credo son los dones:

 

A través del Espíritu Santo, Dios da dones a cada creyente para que los emplee para el bien de todo el cuerpo. Todos los dones de gracia, entre los cuales hay dones de servicio, de enseñanza y de milagros, tienen su lugar en la iglesia.

 

            Entendemos que la Biblia enseña que cada hijo de Dios tiene por lo menos una capacidad sobrenatural que el Espíritu Santo le ha dado en el momento de aceptar a Jesús como su Señor y Salvador. Esta es una habilidad que el hijo de Dios debe usar para bendecir y edificar a los demás hermanos de la iglesia. Dios le da a cada iglesia los dones que ella necesita para cumplir la misión que él tiene para la congregación. En la Biblia encontramos varias listas de dones. No significa que todos estos dones deban estar en cada iglesia local, pero sí estarán los que esa iglesia en particular necesita en ese momento, según los propósitos de Dios.

            ¿Y cuál es la misión de la iglesia, encomendada por Jesús? El credo lo describe así:

 

Creemos que la misión de la iglesia, según el mandato de Jesús, es la proclamación de las Buenas Nuevas de salvación por Cristo Jesús.

 

Es, entonces, tarea de cada uno testificar, con la ayuda del Espíritu Santo, de la reconciliación a través de Jesús.

 

Como sus seguidores debemos amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esto se expresa por medio de nuestro servicio y nuestra ayuda en caso de necesidades sociales.

 

            El texto aquí no dice que todos deben evangelizar, pero sí que todos deben testificar. El que fue testigo de un accidente, por ejemplo, relata lo que vio y oyó. El que fue testigo de la obra de Jesucristo en su vida, relata lo que experimentó. Nada más. No se requiere de técnicas muy sofisticadas que lleva a miles de personas a aceptar a Cristo. Si alguien domina alguna técnica, perfecto. Pero el único requisito para ser testigo es haberlo experimentado. Nada más. Y ya dijimos que la iglesia es una comunidad de seguidores de Jesús. Por ende, se supone que todos han experimentado la obra de Cristo en su vida. Por lo tanto, cada uno puede testificar de Cristo; contar a otros lo que él mismo ha experimentado.

            En cuanto al manejo de las posesiones, el credo empieza diciendo:

 

La Palabra de Dios enseña a dar el diezmo para la causa del Señor, y nos disciplinamos hacia la generosidad. Esto lo hacemos por gratitud y obediencia a Dios. Luchamos contra la avaricia, ya que, según las Sagradas Escrituras, es raíz de todos los males.

 

            El tema del diezmo es algo por lo que más se critica a las iglesias evangélicas y, particularmente, a los pastores. Pero el dinero es un tema que aparece en la Biblia más veces que la salvación, aunque ustedes no lo crean. En algún momento vamos a enseñar qué es lo que la Biblia enseña acerca de este tema. El énfasis del credo, y también del Nuevo Testamento, está en la generosidad como fruto de la gratitud y obediencia a Dios. El diezmo es parte de la ley del Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, esa ley es superada por la generosidad hasta el 100% de sus ingresos. El que pregunta cuánto es suficiente; cuánto es lo que debe dar, no entendió la enseñanza del Nuevo Testamento, y probablemente no esté dando prácticamente nada. Tenemos el privilegio de poder dar. Es una tremenda bendición para nosotros. ¿Es algo que no cuesta? ¡Claro que cuesta, y mucho! Si en el Antiguo Testamento la alabanza a Dios se llamaba “sacrificio”, ¿qué sacrificio no cuesta? También el dar nuestro diezmo es un sacrificio, pero de olor grato al Señor y de gran bendición para nuestras vidas. La fidelidad en los diezmos y las ofrendas es un indicador muy poderoso del estado espiritual de una persona.

            Siguiendo con este tema, el credo dice:

 

Reconocemos que el afán por bienes materiales [es decir, siempre querer más y estar enfocado solo en lo material] y el vivir sin límites [tener deudas, gastar más de lo que uno tiene] están en oposición a la Biblia y al ejemplo de vida de Jesús. Jesús nos advierte que no podemos servir simultáneamente a Dios y al materialismo. No nos consideramos dueños de los bienes, sino administradores. Con el dinero, el tiempo, las habilidades y la influencia nos ayudamos mutuamente en la iglesia, y también a los pobres y necesitados en la sociedad. Como hijos de Dios buscamos un estilo de vida sencillo y de contentamiento.

 

            Muy claro.

            Y el último tema que toca el credo en esta sección de la vida interna de la iglesia es en cuanto a la autoridad espiritual:

 

Dios ha instituido en la iglesia la autoridad espiritual para la protección y edificación de la iglesia. Nosotros la respetamos y la apoyamos en sujeción mutua. La iglesia busca sus líderes espirituales según sus dones, los confirma y los instituye en sus funciones.

 

            No entendemos a la Biblia como que el pastor tenga autoridad absoluta sobre la iglesia y que todos tengan que hacer exactamente como lo prescribe el pastor. Más bien vemos una dinámica bien dinámica… entre Dios, pastor e iglesia en una subordinación mutua de pastor e iglesia y una obediencia de ambos a Dios. Sí, Dios estableció la función de autoridad, de liderazgo, pero para servir y edificar a los otros, no para elevarse sobre un trono por encima de los demás.

            Así es como entendemos la enseñanza de la Biblia acerca de la iglesia. ¿Qué puedes aportar tú a la iglesia? La iglesia no es una organización ajena a nosotros. Cada uno formamos a la iglesia, y esta puede funcionar solamente si cada uno funciona. Un sistema de engranajes solo se mueve si todos los dientes están intactos. Si falta uno, toda la máquina se resiente, pierde fuerza o incluso ya no se mueve más. Si faltas tú, la iglesia toda se resiente, pierde efectividad y gasta demasiada energía. ¿Cuál es tu lugar dentro de esta iglesia de Parque del Norte? ¿En qué sentido puedes fortalecerte dentro de este engranaje para que la iglesia pueda funcionar mejor y cumplir el propósito asignado por Dios?

 


viernes, 17 de mayo de 2024

El mensaje a la iglesia de Laodicea

 





                   No sé si a mí no más me pasa esto, pero ha pasado (de hecho, ya varias veces) que afirmo algo con absoluta certeza, solo para darme cuenta más tarde que estuve equivocado; que lo que yo había afirmado tan vehemente no era así. ¡Trágame, tierra! Ese “despertar” no es nada agradable, pero peor sería no darse cuenta de que uno estuvo mal.

                   Esa fue la desgracia de la iglesia de Laodicea: creyó todo lo contrario a la realidad, pero sin darse cuenta de su error. Veamos lo que Cristo tiene para decirle…

 

                   F Ap 3.14-22

 

                   Los comentaristas describen a la ciudad de Laodicea de la siguiente manera: “Laodicea era la ciudad más opulenta de las siete que había en Asia. Se le conocía por su banca industrial, la manufactura de lana y la escuela de medicina que producía un medicamento para los ojos. Pero la ciudad siempre tuvo un problema con el suministro de agua. En cierta oportunidad se construyó un acueducto para transportar agua a la ciudad desde manantiales de agua caliente. Pero cuando el agua llegaba a la ciudad, no estaba ni caliente ni fría, solo tibia. La iglesia había llegado a ser tan insípida como el agua tibia que llegaba a la ciudad” (DV). Ya estamos notando que esta descripción de la ciudad se traspasaba también a la iglesia del lugar.

                   Pero antes de considerar lo que Cristo tiene que decirle, veamos cómo él se presenta a esta iglesia. Él empieza diciendo: “Así dice el Amén, el testigo fiel y verdadero…” (v. 14 – RVC). Esta presentación como el Amén no es algo típico para Jesús como un nombre propio. Sin embargo, Jesús ha usado este término muchas veces en sus enseñanzas. Cada vez que él decía: “De cierto, de cierto os digo…”, o: “En verdad, en verdad les digo…”, en griego él usaba esa palabra “Amén”. En griego, diría así: “Amén, amén les digo…” Es una fórmula para afirmar con absoluta seguridad que lo que va a decir a continuación, verdaderamente es así. Y el hecho que Jesús usa esta fórmula dos veces seguido significa que lo que va a decir es verdad, verdad. Así que, si él dice aquí que es el Amén, no es otra cosa que decir que es el testigo verdadero, el que da informes y declaraciones certeras. Esto es importante especialmente en relación al mensaje que él tiene para la iglesia de Laodicea. Es la única de las 7 iglesias que no recibe ningún elogio sino solo reprensión. Era una iglesia que se había creado con el tiempo su propia verdad; o… mejor dicho al revés, vivía su propia mentira, creyendo que era verdad. Necesitaba de la evaluación de alguien que es el Amén; que es la verdad; cuyo diagnóstico es absolutamente certero, sin margen de error. Ya lo habíamos visto el domingo pasado que Jesús se presentó como el verdadero. Ahora vuelve a decir lo mismo, pero, en otros términos.

                   Después, Jesús se presenta como “el principio de la creación de Dios” (v. 14 – RVC), “que dio inicio a todo lo que Dios creó” (PDT). ¿No les suena esto sospechosamente a lo que el mismo autor del Apocalipsis escribe en otro de sus libros? Juan, en el prólogo a su Evangelio, revela la eternidad de Jesús. Al principio no lo nombra directamente, sino habla de la Palabra o del Verbo. Y escribe: “Dios creó todas las cosas por medio de él [el que es el Verbo], y nada fue creado sin él” (Jn 1.3 – NTV). Lo que Juan describió en su Evangelio, Cristo dice ahora también en su carta a Laodicea. Por eso, una versión traduce su presentación a esa iglesia: “Por medio de mí, Dios creó todas las cosas” (v. 14 – TLA).

                   Si él creó todo, él tiene el control de todo. En consecuencia, él está al tanto de cada detalle. Eso es lo que él revela también a esta iglesia. Jesús conoce todo lo que esta iglesia hace y lo que es. Y lo que ve en ella no es muy alentador. Él la califica como “ni frío ni caliente” (v. 15 – NVI). En Bolivia se diría: “ni chicha ni limonada”, o sea, algo, que no tiene características claras. Es algo aguachento que no sabe ni a esto ni a otro. Podemos entender esta calificación de Jesús de dos maneras: por un lado, indicando dos opuestos. Así, “caliente” se referiría a ardiendo en pasión por el Señor y “frío” como total indiferencia o rebeldía contra Dios. En tal sentido, al decir Jesús que él desea que sea o frío o caliente sería como diciendo: “Definite. ¿Quieres estar conmigo o no? Porque con un pie en la iglesia y un pie en el mundo no vas a llegar a ningún lado. No puedes estar bien tanto con Dios como también con el diablo.”

                   La otra forma de entenderlo es que, tanto frío como caliente, son posiciones deseables. O sea, que ambos términos se refieren a algo positivo. Podríamos describirlo como o tereré helado o mate bien caliente. Ambas cosas, en el ambiente apropiado, es algo muy deseable y positivo. Pero si el mate es tibio, no es atractivo en absoluto. O un tereré con agua natural en un día de mucho calor. Tiene que ser bien marcado, claro al primer sorbo qué es, si es mate o si es tereré. Pero algo en el medio no es agradable. Como cristiano es marcar una postura bien clara. Podemos tener características diferentes, pero bien claros en cuanto a nuestra devoción y obediencia a Cristo. Pero lo tibio, lo indiferente hacia Dios, eso no es atractivo ni para el prójimo ni mucho menos para Dios. Jesús dice que lo vomitará de tanto desagrado que le produce un “cristiano” tibio.

                   Un primo mío, hace muchos años atrás dio testimonio en nuestra iglesia de un campamento de jóvenes del que él había participado. Era un evento internacional de casi una semana entera. El orador venía de otro país. Todos los días se presentó ante los jóvenes, luciendo una tremenda barba. Pero el último día, al subir al escenario, todos los jóvenes se quedaron boquiabiertos. El orador se había afeitado la mitad de su barba. De la mitad para un lado, una vegetación exuberante en su cara, hacia el otro lado la piel pelada. A primera vista estaba marcadamente claro el mensaje: una cosa hecha a medias no sirve de nada. Mejor hubiera sido no hacer nada. Y lo que este orador dijo, me quedó grabado hasta ahora, incluso al solo escuchar posteriormente el testimonio: “Ni mil medio cristianos hacen a un cristiano verdadero.” Quizás a algunos les suena la palabra “Terminator”, el hombre-máquina, proveniente de una serie de películas con Arnold Schwarzenegger. Bueno, escuché una vez el término “cristianator”: mitad cristiano, mitad carnal. “Ojalá fueras frío o caliente” (v. 15 – DHH)!

                   ¿Cómo es un cristiano tibio? El mejor término para describirlo es “indiferente”. Le da igual asistir a la iglesia o no; le da igual hacer su devocional diaria o no; le da igual entablar amistades profundas con el mundo o no; le da igual probar las “ofertas” del mundo y el pecado o no; la santidad perdió su valor y el pecado ganó interés. Si lo conoces por primera vez y quisieras saber si es cristiano o no, llegas a la conclusión: “No lo sé.” No hay señales claras. No es ni chicha ni limonada. No se define. Bueno, déjame decirte que, si no se define, es porque ya se definió. El mundo ganó ya tanto terreno que ya destronó a Cristo. La sal dejó de ser salado, la luz se puso debajo de un recipiente. ¡Qué descripción más deprimente! Imagínense lo que este cuadro provocará en el Dios tres veces santo: “…te vomitaré de mi boca” (v. 16 – DHH). ¿Es un caso perdido? ¡No, en absoluto! Siempre hay posibilidad de arrepentimiento, como veremos también en este caso, pero es un caso en grave peligro y sin victoria.

                   Un pastor fue una vez a visitar a un joven de su iglesia que estaba haciendo el servicio militar. Estaban sentados ahí conversando, con los otros compañeros soldados pasando por ahí cerca. Cuando en la conversación el pastor empezó a hablar de la Biblia y de Dios, el joven le susurró: “Pastor, por favor baja la voz. Aquí nadie sabe todavía que soy creyente.” Este es un creyente tibio.

                   Uno de los problemas mayores de un tibio es que no se da cuenta de su verdadero estado. Cree estar bien. Quizás en el fondo sabe que no es así, pero no le importa. Lo desplaza de su mente para no pensar en eso. Hace callar su conciencia para que no le recuerde de su verdadero estado. Por eso dice Cristo: “Tú dices: ‘Soy rico, tengo lo que deseo, ¡no necesito nada!’ ¡Y no te das cuenta de que eres un infeliz, un miserable, pobre, ciego y desnudo” (v. 17 – NBD)! La ciudad Laodicea era una de las más ricas de la zona. Esto se había traducido también a la iglesia. Esto llegó a apañar la dependencia de Dios, y la iglesia empezó a sentirse autosuficiente. Ya no le necesitaba a Dios porque todo lo resolvía con sus recursos. Pero el diagnóstico de Cristo distaba lejos de lo que esta iglesia creía. La llama infeliz, miserable, pobre, ciego y desnudo. ¡Vaya, qué crudo despertar para la iglesia! Algo parecido fue la iglesia de Sardis que tenía fama de estar viva, pero estaba muerta a los ojos de Cristo (Ap 3.1). Todo lo opuesto era la iglesia de Esmirna que se creía pobre, pero Jesús le dice que en realidad es rica (Ap 2.9).

                   Quizás no tengamos el dinero o nuestras posesiones como fundamento de nuestra autosuficiencia, pero es posible que haya otras cosas en las que confiamos más de la cuenta. Puede ser nuestro empleo, nuestro carácter, nuestras relaciones o contactos, nuestro conocimiento, nuestras habilidades, etc. La lista puede ser larga. Cualquier cosa que nos hace sentir no necesitar a Dios se vuelve nuestro peligro. No estoy hablando de despreciarse a sí mismo y arrastrarse por el suelo. Podemos alegrarnos por nuestros puntos fuertes y alabar a Dios por ellos, pero no confiar en ellos. Si tengo ciertas habilidades resaltantes, puedo dar gracias a Dios por ellas y ponerlas a su disposición: “Muéstrame cómo y dónde puedo servirte a ti y a los demás con estas habilidades y dones que me has dado. Que sea para tu honra y gloria. Todo lo que tengo y lo que soy rindo a tus pies para que sea un sacrificio de alabanza que señala a ti y que trae honra y gloria a tu nombre.” Esta es la actitud correcta y nos protege de sentirnos autosuficientes. Un cristiano tibio jamás va a decir esto con convicción, porque más le importa su propia gloria, su propio deleite o cualquier beneficio que pueda obtener para sí mismo. Todo su mundo gira alrededor de él y sus deseos. ¿En qué se diferencia de una persona del mundo? Muy poca diferencia hay a simple vista. Es un estado sumamente peligroso porque la persona está como anestesiada espiritualmente. Como digo, quizás sepa que algo está mal, pero es incapaz de reaccionar por sí misma. Necesita de un toque fuerte del Espíritu Santo, quizás a través de otro hermano o hermana que se da cuenta de su situación y que le quiere ayudar a encontrar el camino de regreso a la plena comunión con el Padre. Y a veces esa persona también necesita de alguien que camine con ella un trecho para poder afirmarse y, con el tiempo, caminar sola en comunión con el Padre. Si ves que algún hermano o hermana no está actuando bien, cerciórate primero que has evaluado correctamente la situación de él/ella, porque a veces vemos solo una parte y juzgamos de acuerdo a eso, pero no sabemos todo lo que está detrás de lo que vemos. Podemos llegar a causar más daño con nuestro pre-juicio de lo que ayudamos. Pero no le dejes solo/a a esta persona. Acercate a ella y busca cómo poder ayudarla. Quizás Dios te quiera usar justamente a ti para despertar y encender nuevamente a un cristiano tibio.

                   ¿Cuál es la solución que Cristo le prescribe a la iglesia de Laodicea? Ella estaba totalmente enfocada en los recursos físicos a su alrededor. Pero Jesús le sugiere buscar su verdadero tesoro en él. Él lo ilustra con oro de la mejor calidad. Dios no es un negociante de oro, sino lo usa para contrastarlo del oro de este mundo que buscaba la iglesia. Ojo, este texto no habla en contra de ser rico, sino trata de ubicar la riqueza de este mundo en el plano correcto. Para la iglesia de Laodicea, estos recursos físicos ocuparon todo su campo de visión. Cristo la invita a que se enfoque primeramente en los recursos espirituales que provienen de él. Ya en tiempos de andar sobre esta tierra, Jesús había dicho: “No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo … Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón” (Mt 6.19-21 – DHH). Jesús quería que el corazón de los laodicenses estuviera en el cielo. Por lo tanto, les recomendó buscar su riqueza en el cielo.

                   Además, Cristo le recomienda comprar de él “vestiduras blancas, para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (v. 18 – RVC). Ya habíamos visto que él mismo ofreció vestidura blanca a los vencedores, los que se mantienen fiel a él hasta el fin (Ap 3.5). La Biblia usa esta imagen como símbolo de la pureza y santidad. Espiritualmente, estar vestido de blanco significa vivir en santidad; haber sido limpiado de todo pecado. En el que no está vestido de blanco, en el que no vive en santidad, solo se manifestará el verdadero estado de su corazón.

                   Da vergüenza ajena ver lo que algunos publican en sus redes sociales. Algunos posan con su lata de cerveza o su cigarrillo como si fuera lo más cool del mundo. Otros dan rienda suelta a un vocabulario denigrante, creyéndose la gran cosa por poder usar palabr(ot)as de ese tipo. Con cada posteo, con cada imagen o cada “chiste” revelan el estado calamitoso de su corazón. Y lo que muestran de sí mismos da tanta lástima, más todavía porque ellos están ciegos a su realidad. Creen que están en la cima de la fama cuando en realidad están en el fondo del basurero. Son como el mal aliento: todo el mundo se da cuenta, menos el que lo tiene.

                   Precisamente este era el problema de la iglesia de Laodicea. Había perdido la capacidad de ver su verdadero estado. Por eso, Cristo le recomienda, en tercer lugar, comprar de él colirio para sus ojos espirituales. La ciudad era famosa por producir colirio medicinal para los ojos físicos, y Cristo invita a la iglesia a buscar en él lo que puede sanar su vista espiritual.

                   En cierta ocasión los discípulos estaban acongojados porque se habían olvidado de llevar pan. Y Jesús los reprende fuertemente por estar ciegos a lo que sucedía ante sus narices, y de no reconocer quién era él verdaderamente: “¿Tan embotada tienen la mente que no son capaces de entender ni comprender nada? ¡Ustedes tienen ojos [físicos], pero no ven [lo espiritual]; tienen oídos, pero no oyen” (Mc 8.17-18 – BLPH)! Es tan fácil ser encandilados por la perspectiva de este mundo que empaña nuestra vista. Necesitamos dejar una y otra vez que el Señor purifique nuestra vista de nosotros mismos para poder ver correctamente en qué estado estamos. O en palabras de Jesús: “¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo” (Mt 7.5 – DHH)! ¡Qué mimito lo que el Señor nos está dando hoy…! Pero así somos. No queremos ver nuestra real condición hasta que el Señor nos dé con el palo, y ahí recién reaccionamos. Bueno, a veces creo que el Señor ya nos tiene que dar choques eléctricos en su intento de reanimar a nuestro espíritu.

                   El Señor le está dando un ultimátum a la iglesia de Laodicea: “A los que amo yo los reprendo y corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete” (v. 19 – BNP). No es un caso perdido. Todavía hay tiempo para arrepentirse. ¡Ya es suficiente andar con tanta ceguera! Ya el Señor te mostró tu verdadero estado, ya te indicó cómo resolverlo, así que, ¡reaccioná! Desestimar hasta esta reprensión es muy peligroso. Estás poniendo en riesgo tu espíritu. Dios “no romperá la caña que ya está doblada, ni va a apagar la mecha de la que apenas sale humo” (Mt 12.20 – PDT), pero tú sí lo puedes hacer si no tomas en serio las advertencias del Señor. La llave de la puerta está de tu lado. Tú eres la única persona que puede abrir la puerta de acceso a tu corazón para experimentar la sanidad del Señor. Él te dice: “…estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo” (v. 20 –TLA). La invitación de su parte está hecha. Él quiere acceder a tu vida y sanar tu ceguera espiritual. Él quiere restaurar tu corazón. La pelota está en tu cancha. ¿Vas a aceptar su invitación? ¿Vas a abrirle tu puerta para que él te transforme en el hombre o la mujer que él soñó que seas? Al permitir que Jesús obre renovación en tu vida, tú te conviertes en un vencedor, y su promesa para ti es: “Al vencedor lo sentaré junto a mí en mi trono, del mismo modo que yo, después de vencer, me senté junto a mi Padre en su trono” (v. 21 – BLA). ¡Qué promesa! ¿Te puedes imaginar gobernar junto con Jesús por toda la eternidad?

                   Con esto llegamos al final de esta serie acerca de la iglesia. Dios nos ha hablado de diferentes maneras. Quizás de todos los mensajes de Cristo a las iglesias del Apocalipsis, este último ha sido el más serio. ¿Te tocó el mensaje a Laodicea? ¿Qué te está hablando Dios? ¿Cómo vas a reaccionar ante esto? ¿Necesitas confesarle algo a Dios? ¿Te hizo ver cierta ceguera en tu vida? ¿Por qué no haces público tu deseo de la intervención de Dios en tu vida y pasas aquí al frente para que oremos? Y si necesitas una conversación en privado con alguien, puedes acercarte a alguien de tu confianza y pedir una conversación a solas. “Yo estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo” (v. 20 –TLA). Si deseas abrirle la puerta, ven aquí al frente.


sábado, 4 de mayo de 2024

El mensaje a la iglesia de Filadelfia


 



                   Pocos metros antes de llegar a nuestra casa hay un lugar en el cual se queda estancada por mucho tiempo el agua de lluvia. En el medio el empedrado ya se ha hundido bastante, formando una zanja honda, pero por estar lleno de agua no se ve nada. La única forma de cruzar es por los costados de esa laguna, pero no por el medio de la calle. Cuántos vehículos ya se han golpeado muy feo en esa parte más honda.

                   Resulta que en estos días pasó por ahí en moto una persona de esta iglesia. Como no conocía ese pozo en cuestión, entró al agua justo en la parte más honda. En pleno pozo se le apagó el motor de la moto, y por nada quiso volver a funcionar. Después de empujar la moto para sacarla de esa laguna, el agua salía a chorros del caño de escape. Para mí estaba claro que el motor se haya llenado de agua, lo que implicaría una reparación bastante cara. Pero de golpe arrancó otra vez el motor, como si nada hubiera pasado. Esta persona pasó un rato bastante malo, pero el Señor estuvo ahí. Él reprendió al devorador que quería descomponer el motor de esa moto e hizo retroceder el agua para que esa moto arrancara nuevamente. La protección de Dios y su bendición aun en medio del susto y de la preocupación por el gasto que implicaría la reparación de esa moto estuvieron presentes.

                   Este episodio ilustra algo de lo que estaremos hablando esta mañana. Nos toca hoy analizar el penúltimo mensaje de Cristo a las iglesias en el Apocalipsis. Se trata de la iglesia de Filadelfia.

 

                   FAp 3.7-13

 

                   En este mensaje Jesús utiliza varias imágenes para presentarse. La primera es que él es el Santo y Verdadero. Ya Isaías había visto a los ángeles exaltando al trino Dios como el tres veces santo. Esto quiere decir que es el superlativo de santo. Si hubiera una graduación en cuanto a santidad, Dios estaría todavía por encima del máximo grado de santidad. Es decir, él es el absolutamente santo, absolutamente perfecto, sin falla ni error ni pecado alguno. Inalcanzable para cualquier defecto. Y entre paréntesis: Este Dios absolutamente santo dice: “Sean ustedes santos, porque yo soy santo” (1 P 1.16 – DHH). Lo dejo picando aquí y cierro el paréntesis.

                   También dice Jesús que él es el Verdadero. Esto se refiere, por un lado, a la veracidad: Jesús es la verdad, dice la verdad y actúa según la verdad. Pilato estaba a punto de lograr el máximo descubrimiento de su vida cuando preguntó: “—¿Y qué es la verdad? … Dicho esto, salió otra vez a ver a los judíos” (Jn 18.38 – NVI). Tenía la Verdad en persona delante de él, el que dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14.6 – DHH), pero antes de que Jesús le pudiera contestar, mató la chispa que iba a provocar en él una explosión de revelación celestial y se fue.

                   Pero Jesús es el Verdadero también en el sentido de autenticidad. Es el propio, ningún doble como en las películas, ninguna escultura, ninguna figura de cera que parece auténtica, ninguna falsificación ni ninguna imitación como ya dijimos que es Satanás que quiere rugir como si fuera león. Solo Jesús es el verdadero León de Judá (Ap 5.5). Este es el Jesús que se presenta en este mensaje: santo, veraz y auténtico.

                   Después, Jesús se identifica como el que tiene la llave de David. Tener una llave significa tener el poder de decidir si una puerta estará abierta o cerrada. Precisamente esto es lo que se reflejará en el mensaje que Jesús dirige a esta iglesia. La llave de David se refiere al reino de David en sentido espiritual. Dios le había prometido a David: “…tu trono quedará establecido para siempre” (2 S 7.16 – DHH), “tu trono será estable eternamente” (RV95). En ese sentido oró también su hijo Salomón: “Señor, Dios de Israel, cumple también lo que prometiste a tu siervo David, mi padre: que no le faltaría un descendiente que, con tu favor, subiera al trono de Israel…” (1 R 8.25 – DHH). Por supuesto que esto, en forma literal, no fue así porque ese reino ya no existe. Pero Jesús es descendiente directo de David, y él ha sido coronado Rey y gobierna sobre todo el mundo físico y también el espiritual por toda la eternidad. Así que, esta descripción de tener en su mano la llave de David habla de su autoridad sobre toda la creación. Esa autoridad queda reflejada también en el uso que él dará de esta llave: “Lo que él abre, nadie puede cerrar; y lo que él cierra, nadie puede abrir” (v. 7 – NTV). La decisiones y acciones de Cristo son determinantes y ningún poder del universo podrá cambiarlo. Así que, si el médico, tu jefe, el intendente o el presidente de la república te dicen una cosa, pero Dios dice otra, siempre, invariablemente, se hará lo que Dios dice. Él siempre tendrá la última palabra.

                   Bueno, esta fue la presentación que Cristo hizo de sí mismo. Ahora veremos el mensaje que él tiene para esta iglesia. Como también en las iglesias anteriores, Jesús manifiesta conocer cada detalle de esta iglesia. Era una iglesia con poco poder. No nos dice en qué sentido, pero no tuvo muchos recursos —de cualquier ámbito— que presentar. Pero esto no fue excusa como para darse por vencido. Con la poca fuerza que tuvo había luchado por mantenerse en pie. Por esta actitud, Cristo le abrió ahora una puerta para mayores oportunidades. Y esa puerta, precisamente por la autoridad de Cristo contra la que nadie puede, nunca se cerraría si la iglesia la aprovechaba. ¿Entendemos lo que sucede aquí? Las grandes oportunidades de servicio, de hacer cosas para el Señor, de activar en su reino no dependen de nuestros recursos, sino de nuestra fidelidad. El Señor no mira cuánto tienes, sino cómo eres. Si tu corazón es recto delante de él, él te abrirá acceso a oportunidades insospechadas, sin importar cuántos recursos tienes. Estos recursos sí o sí los tiene que proveer él porque los que creemos poder generar nosotros mismos son solo un estorbo para él. En la parábola de los talentos, no importó la cantidad de recursos que cada siervo tenía a disposición. Uno tenía 5 talentos, el otro 2 y el tercero 1. Solo valió lo que había hecho con lo que tenía. No te compares con otros. No digas: “Si yo tuviera los dones o las oportunidades que tiene fulano o mengano, ¡las cosas que yo haría…!” Bueno, demostrá lo que harías con lo que sí tienes a disposición, porque algún recurso sí Dios te ha dado. Quizás incluso lo que menos piensas que sería un recurso es algo que Dios ha puesto en tus manos para que lo utilices para su honra y gloria. Solo vale la fidelidad. Si Dios encuentra eso en ti, más y más oportunidades él abrirá delante de ti que nadie puede cerrar – nadie, excepto tú. Si no aprovechas esas puertas abiertas, por más que te parezca una puertita para mascotas de tan pequeña que es, puede que esta se cierra otra vez o que alguien más venga y la puerta sea pasado a él o ella que sí la sabrá aprovechar.

                   Cecilia Garay reconoció que ella tiene el recurso del canto, y lo puso a disposición de Dios para alabarlo cada domingo aquí en la iglesia. Le costó mucho adaptarse del estilo de Mati al de mi esposa y las canciones que ella elige. En muchos casos son canciones tan antiguas que resultan nuevas para Cecilia. Pero ahí está, sin titubear, sin echarse para atrás. Anoche tuvo una oportunidad mucho más grande y se presentó para cantar ante 300 personas en el Colegio Príncipe de Paz. Y lo hizo con toda decisión. Es más: ella misma creó esa oportunidad al decir: “Yo voy a participar del programa.” ¿Qué otras oportunidades tendrá Dios para ella en el futuro? Solo Dios lo sabe, pero ella va aprovechando las que se abren ante ella.

                   El que, como ella, aprovecha esas puertas abiertas, grandes cosas Dios hará a través de él o ella. Hasta los adversarios, incluso los demonios, tendrán que reconocer que el favor de Dios está sobre esta persona. Y no hace falta que esta persona se jacte de todo lo que Dios está haciendo. Es más, esa jactancia ya desviaría la atención de Dios hacia la persona, y la gloria que le corresponde a Dios sería robada por esta persona. Pero al que es fiel, cuyo único objetivo es agradar y obedecer a Dios, no le interesa la gloria. Y en tal caso, Dios mismo hará que la oposición se rinda ante él y reconozca el poder de Dios operando en y a través de él. Y esta realidad espiritual vemos en todo sentido. La fidelidad en los diezmos tiene el mismo efecto. Al tan conocido versículo 10 de Malaquías 3 que insta a traer nuestro diezmo al tesoro de la iglesia le sigue el versículo 11 en el cual Dios promete reprender al devorador o alejar las plagas de los cultivos para que no dañen la cosecha. Claro, no lo podemos ver como un negocio en el cual Dios está obligado a brindarnos una buena cosecha económica el día después de que le hayamos dado nuestro diezmo. Esto sería una expresión egoísta e interesada de nuestra parte al dar el diezmo, y no expresión de gratitud y alabanza a Dios. Estas promesas son muestra de su enorme generosidad y misericordia hacia nosotros. Él no nos debe nada. Nosotros, más bien, nos debemos por completo a él. Pero él nos quiere bendecir tanto que tiene en cuenta nuestra fidelidad tan frágil y débil, como lo fue la fuerza de la iglesia de Filadelfia, que nos protege y beneficia en todo sentido si mostramos serle fiel a él.

                   Precisamente esto es lo que Jesús también le dice a la iglesia de Filadelfia en el siguiente versículo: “Has cumplido mi mandamiento de ser constante, y por eso yo te protegeré de la hora de prueba que va a venir sobre el mundo entero para poner a prueba a todos los que viven en la tierra” (v. 10 – DHH). Ser fiel a Dios trae grandes beneficios en muchos sentidos. No significa que jamás se nos tocará ni un pelito. Eso vemos a diario en nuestro derredor que los cristianos también sufrimos. Pero en medio del sufrimiento experimentamos la protección, la fortaleza y el consuelo de Dios, como la persona que se trancó con su moto en el charco de agua frente a mi casa. Jesús mismo había dicho lo que ya varias veces les he citado: “En este mundo van a sufrir, pero anímense, yo he vencido al mundo” (Jn 16.33 – NBV). Vamos a sufrir, sin dudas. Pero este mundo bajo el dominio de Satanás no tendrá la libertad plena de maltratarnos y destruirnos como quisiera tenerla, sino su poder sobre nosotros está limitado y solo llega hasta el punto en que Dios lo considera apropiado para que cumpla los propósitos de él, no los del mundo. Si esto no es protección divina, ¿qué lo sería entonces? ¡Alabado sea Dios!

                   Sobre la base de esta descripción de la iglesia, el Señor le pasa a dar las siguientes recomendaciones. En primer lugar, él le asegura su pronta venida (v. 11). Nos puede parecer una exageración o que Jesús no sabía lo que estaba diciendo. Bueno, él mismo dijo que no sabía el día ni la hora en que él regresaría (Mt 24.36). Pero, por otro lado, para Dios no existe el tiempo. Un día o 1.000 años da lo mismo para él (2 P 3.8). Más que una indicación del tiempo de su regreso, el Señor nos quiere transmitir la urgente necesidad de estar preparado siempre. El momento de su venida no nos debe preocupar porque no nos incumbe. Es asunto netamente de Dios. Lo que sí nos debe preocupar es estar preparado. Por eso, Jesús le anima a la iglesia de Filadelfia: “Retén firmemente lo que tienes, para que nadie te quite tu corona” (v. 11 – NBD). Esto no es aferrarse desesperadamente a sus posesiones para que nadie coma de su pedazo de torta, es decir, proteger egoístamente su propiedad para que nadie le quite ni un pedacito. Más bien se refiere a guardar la fe, retener en su memoria lo aprendido, seguir siendo obediente, etc. En tal sentido lo traduce una versión: “Sigue fiel como hasta ahora y nadie te quitará tu premio” (PDT). ¡No te atrevas a jugar con tu fe! No podés darte el lujo de descuidar tu relación con el Señor, porque estarías jugando con tu vida. Sigue firme en tu fidelidad al Señor. Es la única manera de salir ganando. Todo lo que es menos que eso es pérdida.

                   Pero si logras permanecer firme en tu fe, serás contado entre los vencedores. A ellos, el Señor promete convertirlos en una columna en el templo de Dios. La columna ocupa un lugar muy importante en una construcción. Lleva gran parte del peso de toda la construcción y es clave para la estabilidad del edificio. Esa función de tan grande responsabilidad cumplirá el vencedor en la obra de Dios. El que fue fiel en lo poco, será puesto sobre mucho. Y esto no se le será quitado: “…nunca más saldrá de allí” (v. 12 – NBLH), “…nadie lo sacará” (BLA). Acuérdense que el que promete esto es el que abre y nadie puede cerrar y cierra y nadie puede abrir. Lo que él otorga, nadie puede arrebatarlo de la mano de sus hijos.

                   Además, Cristo promete grabar en esta columna tres nombres: el nombre de Dios, el nombre de la Nueva Jerusalén y el nombre de Cristo. Esto es símbolo de pertenencia a Dios. La nueva identidad que recibiremos es como un sello de nuestra pertenencia a Cristo, y ese sello no se borrará más.

                   ¿Tienes tú ya esa identidad? Si ni siquiera conoces bien a Jesús, será este un momento muy oportuno, sea que estés presente aquí mismo o que estés escuchando la propuesta a través de las redes, pídele a Jesús a que entre ahora mismo a tu vida, que sea tu Salvador personal, que te perdone todo lo malo que has hecho y que te haga un hijo de Dios. Luego, avísanos de tu decisión para que te podamos acompañarte en tu crecimiento espiritual.

                   Y si ya eres un hijo de Dios, ¿qué te llevas de esta prédica? ¿Qué te quedó grabado? ¿Puedes mencionar ahora una, dos o tres cosas que implementarás esta tarde misma para permanecer fiel a Dios y responder a lo que entendiste de esta prédica?


sábado, 27 de abril de 2024

El mensaje a la iglesia de Sardis


 




            En el interior se encuentra muchas veces todavía a personas que no tienen ningún tipo de documento personal. Por diferentes razones jamás fueron inscriptos en el registro civil. O sea, para el estado estas personas no existen. Caminan por el suelo nacional, pero no existen. A más tardar cuando se los quiere inscribir en la escuela, esto se vuelve un tremendo problema.

            Pero mucho mayor se vuelve el problema cuando tampoco figuran en las actas del registro civil celestial. Sí, aunque ustedes no lo crean, hay un registro civil en el cielo. Yo fui inscripto ahí cuando tuve 7 años terrenales. Para el cielo yo sí existo. ¿Y tú? ¿Figura tu nombre también ahí? Al final de la prédica volvemos a esto.

            Hoy nos toca estudiar el mensaje de Cristo a la iglesia de Sardis.

 

            FAp 3.1-6

 

            En este mensaje de Jesús a la iglesia de Sardis, él se presenta como el que tiene a los siete Espíritus de Dios. El número 7 es símbolo de perfección o de totalidad. Esto significa que Jesús opera y se relaciona con la totalidad del Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es un poder aparte que lo asiste a Jesús cada tanto, sino Jesús y el Espíritu Santo forman junto con el Padre una sola divinidad indisoluble. Jesús tiene acceso y opera con todo el poder del Espíritu Santo en sus variadas funciones o manifestaciones. En este sentido lo expresa la Nueva Traducción Viviente (NTV): “Éste es el mensaje de aquél que tiene el Espíritu de Dios de siete aspectos…” (v. 1). Es por esta razón que Jesús puede sacar una radiografía espiritual tan exacta de esta iglesia, como estaremos viendo.

            Pero también dice tener las siete estrellas. Ya habíamos visto que las estrellas simbolizan a los mensajeros o los líderes o pastores de las iglesias. En su visión introductoria en el capítulo 1, Juan había visto a Jesús teniendo en su mano derecha las siete estrellas (Ap 1.16). La mano derecha habla de poder, de autoridad. Jesús tiene plena autoridad y poder sobre sus mensajeros. Ellos están completamente en sus manos. Si Jesús emite una evaluación, es totalmente certera y justa.

            Y la evaluación que hace de Sardis no es tan alentadora que digamos. En el caso de las anteriores iglesias que hemos estudiado, con excepción de Esmirna que no recibe reproche alguno, siempre encontramos primero un elogio de los puntos fuertes y luego un llamado de atención por algunas personas de la iglesia que permitían ciertos pecados en su vida. En el caso de Sardis, Jesús empieza reprochándola duramente para luego elogiar a algunos pocos que luchaban por mantenerse puros. Es decir, esta iglesia estaba en graves peligros por el deterioro avanzado en que se encontraba. Era una iglesia que se estaba muriendo y que necesitaba urgentemente una reanimación espiritual para poder levantarse nuevamente.

            Jesús dice de ella que tiene la fama de estar vivo, pero que en realidad está muerta (v. 1). Las demás IEBs de Asia menor hablaban de la iglesia de Sardis y se asombraban de todo lo que sucedía ahí. Era una iglesia que realizaba muchas obras, los cultos eran ruidosos y divertidos, cada domingo trataba de superar al anterior con un espectáculo deslumbrante de luces, sonidos, diversiones, etc. Pero Jesús sacudía tristemente la cabeza: “Ustedes se han degenerado a un club religioso, lejos de ser una iglesia viva con un espíritu apasionado por el Señor. Este pueblo me sirve de palabra y me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde son cosas inventadas por los hombres y aprendidas de memoria” (Is 29.13 – DHH), como Dios ya había reprochado a su pueblo a través del profeta Isaías. Pura pinta, pero sin esencia. Cuando la pinta no coincide con la realidad, lo llamamos “hipocresía”. La mayoría de los miembros jugaban cada domingo a la iglesita, y esto ya era suficiente como para calmar su conciencia religiosa. Sus muchas obras era mero activismo, sin el amor como motivación principal y sin presencia del Espíritu Santo. Y sin esta motivación aun las reuniones espectaculares que juntaba mucha gente estaban a punto de decaer, porque nada que no tenga sentido se puede sostener por mucho tiempo. ¡Qué triste la descripción que hace Cristo de esta iglesia! Pero no nos atrevamos a señalarle con el dedo, porque si a esta iglesia le pudo pasar esto, le puede pasar a cualquier otra – también a la IEB Parque del Norte. Acuérdense que habíamos dicho que estos mensajes de Cristo estaban dirigidas a 7 iglesias, representando así a la totalidad de las iglesias en el mundo, entre las que estamos nosotros también. Cualquier otra iglesia puede llegar a tener características similares a alguna de estas iglesias del Apocalipsis. Por lo tanto, el peligro en que se encontraba la iglesia de Sardis es el mismo peligro en que nosotros podemos encontrarnos. Cuando empezamos a descansar sobre lo que hemos logrado levantar, por los ministerios que tenemos, por la calidad de programas que pudimos alcanzar, ahí perdemos el enfoque y empezamos a girar alrededor de nosotros mismos como una calesita. Ya no es más Cristo el centro, sino nuestros propios logros y nuestra tradición eclesiástica. Y con esto estamos camino cuesta abajo. Nos puede salvar solo un toque de gracia de nuestro Señor que nos pone su mano en el hombro para que nos volteemos hacia él para escucharle diciéndonos: “Holaaaaa…, aquí estoy… No estoy allá en tu centro. Ahí solo estás tú. Yo estoy aquí afuera. Reconoce tu mal proceder, empezá a desarmar tu calesita de su actual eje egoísta y fijala de nuevo al eje que yo soy para que gires nuevamente alrededor de mí. ‘Despierta, pues, y reaviva lo que aún no ha muerto del todo…’ (v. 2 – BLPH), ‘…lo que aún es rescatable…’ (NVI), ‘pues tus obras me parecen muy mediocres a la luz de Dios’ (BLA); ‘veo que tus acciones no cumplen con los requisitos de mi Dios’” (NTV). Creo que en la pared de la iglesia de Sardis también apareció una mano escribiendo: “…has sido pesado en la balanza y te falta peso” (Dn 5.27 – BLPH), como Dios sentenció a Belsasar a través de Daniel. Si mi balanza en casa me dijera lo mismo, me alegraría, pero la balanza de Dios mide el espíritu, y si éste es “peso pluma”, es de preocuparse. Mientras la iglesia se divertía en sus cultos, su espíritu estaba en terapia intensiva por inanición, una “debilidad extrema por falta de alimento” (https://dle.rae.es/inanici%C3%B3n). Para no llegar a esta situación, tenemos la urgente necesidad de alimentar nuestro espíritu cada día con la Palabra de Dios y la oración. No hay otra. No hay píldoras concentradas de vitaminas espirituales que simplemente tragamos y que alimentan nuestro espíritu. Eso es trabajo de cada día, así como nuestra panza reclama cada día su ración sobremanera grande de alimentos.

            Y el remedio que Jesús le recomienda a la iglesia de Sardis es: “Vuelve a lo que escuchaste y creíste al principio, y retenlo con firmeza. Arrepiéntete y regresa a mí” (v. 3 – NTV). La Biblia es el mapa que nos guía por esta vida hasta la eternidad. Es necesario volver una y otra vez a consultar el mapa, a ver si estamos todavía en el camino correcto. Demasiado fácil es desviarnos; demasiado fácil es convertirnos en el terreno espinoso de la parábola de Jesús que recibe la semilla de la Palabra de Dios, pero donde los asuntos de esta vida lo ahogan nuevamente antes que lleve su fruto que Dios espera. La advertencia de Jesús es seria: “Si no despiertas, vendré a ti de repente, cuando menos lo esperes, como lo hace un ladrón” (v. 3 – NTV). Esta ilustración de un ladrón en la noche que viene inadvertidamente emplea el Apocalipsis frecuentemente para la segunda venida de Cristo, pero en este caso indica más bien alguna calamidad que podría sobrevenir a la iglesia si no se arrepiente de su estado espiritual agonizante.

            Es muy preocupante la situación de esta iglesia, pero… —y este “pero” da esperanza ante este cuadro negro— no todo está perdido. No todos en la iglesia están en esta condición. “…hay algunos en la iglesia de Sardis que no se han manchado la ropa con maldad. Ellos caminarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos” (v. 4 – NTV). ¡Qué testimonio de parte de Jesús mismo! Esta sola frase hace que todo esfuerzo por vencer la tentación y el pecado valga la pena. Aunque creas que ya no te quedan fuerzas para mantenerte a flote, ¡no te rindas ante la tentación! Más bien sal corriendo de lo que te tienta o —en palabras de Jesús— corta tu mano o pie o sácate el ojo si te hace pecar. Solo tomando medidas drásticas podrás vencer al pecado, no quedándote para ver cuánto tiempo lograrás resistir. Con el pecado no se juega a la pulseada o lucha de brazos. Como un hombre que se había ido a un prostíbulo y contó luego que había logrado soportar la tentación hasta las 4:00 de la madrugada, pero entonces no había podido más y había sucumbido ante ella. Eso no es resistir la tentación; esto es suicidio moral y espiritual. Pablo recomienda a Timoteo: “Huye de las pasiones de la juventud, y busca la justicia, la fe, el amor y la paz…” (2 Ti 2.22 – DHH). En este caso, huir no es cobardía, no es ser derrotado, sino todo lo contrario. ¡Es la salvación de tu vida! Esto lo habían hecho algunos de la iglesia de Sardis. No se habían embarrado los vestidos con el pecado. Habían luchado por mantenerse puros. Por eso, Jesús los llama dignos del privilegio de caminar siempre a su lado con ropa blanca: “El que salga vencedor será vestido de blanco” (v. 5 – RVC). El blanco es símbolo de santidad y victoria. Será visible por toda la eternidad que ellos han vencido sobre la tentación y se han mantenido en pie. Claro, en esta vida nunca seremos libres del pecado, pero ya no vivimos en el fango de las transgresiones. Cada vez que fallamos, le pedimos de nuevo al Señor que nos perdone, y él nos restaura otra vez a la plena comunión con él. ¡Vale la pena la lucha por la santidad!

            Pero el vencedor recibe aquí dos promesas más de parte de Jesús. La primera promesa era ser ataviado con el símbolo de la victoria, representado aquí por la ropa blanca. La segunda promesa es: “…nunca borraré su nombre del libro de la vida…” (v. 5 – RVA2015). El capítulo 21 de Apocalipsis describe la Nueva Jerusalén del cielo y dice: “Solamente entrarán los que tienen su nombre escrito en el libro de la vida del Cordero” (Ap 21.27 – DHH). Ese libro es el registro civil celestial en el cual figuran todos los nombres de los que han nacido de nuevo en el reino de Dios. Solo los que han aceptado a Jesús como su Señor y Salvador personal figuran en este libro. No son nuestras buenas acciones o nuestro comportamiento ejemplar los que hacen figurar nuestro nombre allá, sino única y exclusivamente haber abierto nuestra vida para que Jesús se haga cargo de ella, nos perdone y restaure nuestra comunión con el Padre. Solo quien ha experimentado esto personalmente podrá estar en el cielo por toda la eternidad. Jesús promete al que se mantuvo fiel a él hasta la muerte física que su nombre no será borrado jamás del libro de la vida. ¡Vale la pena luchar por la santidad!

            La tercera promesa para el vencedor es que Jesús reconocerá su nombre ante el Padre y sus ángeles. Se va a dar lectura en voz alta al libro del registro civil celestial, y de cada nombre que figura ahí Jesús dirá: “Esta persona me pertenece.” Jesús ya había dicho cuando estuvo aquí sobre la tierra que “todo aquel que me reconozca en público aquí en la tierra también lo reconoceré delante de mi Padre en el cielo” (Mt 10.32 – NTV).

            ¿Está tu nombre ya en el libro de la vida? Si es así, alégrate. Jesús dijo a sus discípulos: “…no se alegren tanto de dominar a los espíritus, sino de que sus nombres están escritos en el cielo” (Lc 10.20 – PDT). Y motivado por esta alegría y esta gloriosa realidad, vive una vida de obediencia a Dios que da honra y gloria al que te salvó. Si no está todavía tu nombre, presentate ahora mismo ante el Juez de paz Jesucristo y pídele que inscriba tu nombre en su libro de la vida que figura en el registro civil celestial. Pídele que te perdone tus pecados y que te haga un hijo de Dios. Con esta sencilla oración se producirá un milagro en las esferas espirituales. Tu pecado te será quitado, y desde ese mismo momento tendrás vida eterna. El cielo es un regalo para quienes reconocen su pecaminosidad y su necesidad de Jesús. Dios te ofrece este regalo. Está en tus manos aceptarlo o no. “Quien tenga oídos, preste atención a lo que el Espíritu dice a las iglesias” (v. 6 – BLPH).