martes, 30 de julio de 2019

Tu jarrita de aceite






            Ustedes saben que como iglesia hemos elegido como proyecto del año comprar un nuevo equipo de sonido. Varias actividades ya se han hecho para recaudar fondos para este fin. Nuestra visión es tener este año todavía aquí un nuevo equipo funcionando.
            Pero díganme, ¿qué suele ser mayor, la visión o los recursos? Generalmente hay más visión que recursos. Excepto cuando Moisés quiso levantar el tabernáculo, él tuvo que prohibirle al pueblo seguir ofrendando, porque ya había demasiados materiales. Pero hasta ahora nunca he tenido que tomar esta medida en ningún lugar.
            Siempre decimos que la iglesia es obra de Dios, que Dios es el dueño de la iglesia. ¿Y cómo son los recursos de Dios? Bueno, la Biblia dice que él es el dueño de todo el oro y la plata (Hag 2.8). Es más, Apocalipsis dice que Dios usa el oro para pavimentar las calles de la nueva Jerusalén… (Ap 21.21). Y si Dios tiene tantos recursos ilimitados, ¿cómo creen ustedes que éstos llegan a su iglesia? Siempre es a través de las personas. Las personas somos el canal, la tubería, a través de la cual fluyen los caudales de la provisión de Dios a su iglesia. Pero, ¿saben qué? Esas tuberías, en muchos de los casos tienen roturas a través de las cuales se pierde gran parte de estas provisiones. Esas roturas se llaman “deudas”. Las deudas, y especialmente los intereses que se paga por ellas, es plata perdida que no llega al destino que Dios le había indicado. Con razón que él llama “ladrones” a su pueblo al no presentar sus diezmos y ofrendas en el altar (Mal 3.8). Para darles un ejemplo concreto, averigüé algunos precios. En cierto negocio, cierta marca y modelo de heladera cuesta al contado Gs. 1.120.000. Si uno la quiere comprarla en 25 cuotas, termina pagando Gs 1.750.000. Esto es una diferencia de Gs 630.000 entre el precio al contado y el precio a cuotas – 56,25% del valor original. O sea, terminas pagando una heladera y media. ¿Y quién te devuelve esos 630.000 Gs que le regalaste al dueño del negocio? ¿Y qué si Dios quería que los utilizaras para bendecir a algún hermano o para aportarlo para la compra de un equipo de sonido de la iglesia? Si Dios un día te dijera: “Quiero que este domingo ofrendes 630.000 Gs.”, ¿estarías dispuesto a poner esa cantidad en la bolsa de las ofrendas? Pero sí no tienes ningún inconveniente entregar esta cantidad a un comerciante, ¿no es cierto? ¿Me entienden a qué me refiero con la fuga de provisión divina para su iglesia? ¿Saben cómo se llama esto en el mundo económico? Es desfalco o malversación de fondos. Esto se refiere a “apropiarse de fondos que debían custodiarse o administrarse. … Un desfalco se produce cuando una persona se apropia de algo de manera indebida. Quien comete el desfalco realiza un fraude al no cumplir con las obligaciones de custodia que tenía sobre los valores en cuestión.” (https://definicion.de/desfalco/) Si el desfalco es considerado delito en el reino humano, ¿cómo sería considerado en el reino de Dios?
            Comprar algo a cuotas es hacer un préstamo, tomar un crédito. Sólo que, en vez de retirar dinero de un banco o un prestamista, estás retirando un objeto de algún negocio. Pero es la misma cosa. Hacer un préstamo no necesariamente es malo en todos los casos. Los asesores financieros cristianos distinguen entre varios tipos de préstamos. Hay créditos que se sacan para comprar un inmueble (casa o terreno) o para hacer una inversión en algo que empezará a generar dinero. Estos son créditos que pueden ser buenos y aceptables cuando se procede con mucha sabiduría y guiados por el Señor. Pero si uno puede prescindir de ellos, siempre es mejor. Y lo que se debe evitar a toda costa son créditos para la compra de cualquier objeto de consumo, viajes, comodidades, etc. Este tipo de préstamos son los que causan los grandes huecos en la tubería de provisión divina.
            Alguien me puede decir ahora: “Sí, está bien, entiendo esto, y no quiero tomar ningún préstamo más. Pero la verdad es que estoy hasta el cogote hundido en préstamos y deudas que ya contraje anteriormente. ¿Cómo me zafo de ellas?” Bueno, antes de cualquier otra cosa que puedas hacer es imprescindible que confieses este pecado al Señor, le pidas perdón por haber sido tan negligente —quizás porque nadie te había enseñado esto antes—, y le pidas que te ayude a liberarte de esta soga que te pusiste a tu propio cuello.
            Luego, tienes que dar varios pasos que finalmente te llevarán a estar libre de las deudas. El primero de estos pasos consiste en aplicar dos principios que te quiero ilustrar con una historia que encontramos en la Biblia. Busquen en sus Biblias 2 de Reyes 4, a partir del versículo 1.

            F2 R 4.1-7

            Encontramos aquí a una mujer en una situación desesperante. No sólo se había quedado viuda, desamparada totalmente, sino también endeudada. Y esto lo aprovecharon los acreedores para hacer leña del árbol caído. La Biblia no especifica la razón o el origen de la deuda. El hecho es que ella amenazaba con destruir a esta pobre mujer y sus hijos, convirtiéndolos en esclavos a cambio de la deuda. En su desesperación, ella se dirigió al profeta Eliseo. Eliseo era como la voz de Dios en la tierra. Más que descargar su aflicción ante alguien, esta mujer buscaba a Dios.
            Y Eliseo reacciona como diciendo: “¿Ha upéi? ¿Qué tengo que ver yo con tu deuda? No puedo pagarla por ti.” Pero luego él la lleva a un principio mucho más grande que andar buscando a algún Papá Noel que le pueda pagar su deuda. Él le pregunta a esta mujer: “¿…qué tienes en tu casa” (v. 2 – RV95)? Este es un principio que se ha mencionado ya varias veces aquí en la iglesia. Para solucionar tus problemas, no mires afuera, buscando quién lo podría solucionar por ti. Mírate a ti mismo y tus recursos. Dios también le preguntó a Moisés qué era lo que tenía en su mano. Y su bastón fue un instrumento a través del cual Dios ha hecho grandes maravillas una y otra vez. Elías le preguntó a la viuda de Sarepta qué era lo que tenía. Y tenía un poquito de aceite y de harina. Y con esto ellos sobrevivieron por casi 3 años. Jesús preguntó a sus discípulos qué es lo que tenían. Y tenían 5 panes y 2 peces. Y esto fue suficiente para alimentar a miles de personas. ¿Qué tienes en tu casa?
            La viuda de este relato era igual a todos nosotros. Si miras los recursos que tienes a tu alcance para solucionar tu problema, probablemente dirás lo mismo que esta mujer: “NO TENGO NADA…” (v. 2 – NTV). Siempre vemos primero todo aquello que no tenemos. A la segunda mirada seguimos no viendo nada. Y frecuentemente dejamos de mirar, porque suponemos que nunca no habrá nada. Lloramos por todas las oportunidades que tienen otros, pero que nunca jamás tocan nuestra puerta. ¿Saben qué? Puede ser cierto que nunca nos tocaron oportunidades tan brillantes como a los demás que parecían haberles caído del cielo. Pero más a menudo de lo que tú crees, esas oportunidades no se les cayeron del cielo, sino que ellos mismos las crearon. Se prepararon de tal modo que estaban en condiciones de aprovecharlas cuando aparezcan.
            Bueno, volviendo a nuestra historia, la viuda creía no tener nada; por lo menos nada que pueda hacer alguna diferencia en este problema tan enorme y agobiante que pesaba sobre ella. Se acordaba de tener un jarrito de aceite, pero casi le daba vergüenza mencionarlo. Más bien pensaba como los discípulos: “¿…qué es esto para tanta gente” (Jn 6.9 – RVC)? ¿Qué es esto para tanta deuda? ¿Qué es una aguja, qué es un destornillador, un bolígrafo, una moto maltrecha, un kilo de harina… (y sigan ustedes con sus propios “jarritos de aceite” que tienen en su casa) ante tanta necesidad?
            Pero para el profeta esto era suficiente. Con esto se cumplió el primer principio: identificar los recursos disponibles, sin mirar su tamaño. Es más, tus recursos probablemente nunca serán grandes, porque si lo fueran, no estarías en la situación angustiante en que estás. El demonio Mamón, del que hablamos hace algunas semanas atrás, te hace medir con medidas humanas. Por eso ni te das cuenta de lo que tienes.
            Pero ahora viene el segundo principio, y que es mucho más grande que el primero. Es el principio que marcará la diferencia en la vida de esta viuda, ¡y en la tuya también! Primero Eliseo le ordena hacer algo insólito: prestarse del vecindario todos los recipientes que pueda encontrar. La mujer no habrá entendido ni jota, pero aparentemente obedeció sin cuestionar. Es que los milagros de Dios siempre salen fuera de lo natural, fuera de toda lógica humana. Si no fuera así, no serían milagros. Esta mujer no se quedó sentada con los brazos cruzados y llorando lágrimas de cocodrilo por las oportunidades que no tuvo. Hizo algo. Y cuando ella había juntado todos los recipientes que pudo encontrar, Eliseo le ordenó dar el siguiente paso: llenar los recipientes con el aceite en su jarrita. ¿Una locura? ¡Absolutamente! Sospecho que en su interior esta viuda ya habrá marcado el número del Neuropsiquiátrico para que vayan a llevarse a Eliseo. Si el aceite que tenía era tan poco que cabía en una jarrita, ¿cómo iba llenar entonces a todos los recipientes? Pero nuevamente, ella obedeció sin cuestionar, ¡y el milagro ocurrió!
            ¿Cuál es este segundo principio que le enseñó el profeta Eliseo? Presten mucha atención, porque puede hacer un cambio radical en su vida. El principio es este: “Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural.” ¿O creen que el caso de esta viuda es un caso aislado, que en la vida de ustedes jamás se va a repetir? Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural. Era natural para Moisés tirar un palo al piso. Y Dios hizo lo sobrenatural de convertirlo en serpiente, como una señal del poder de Dios ante el pueblo y ante el Faraón. Era natural para Pedro bajarse de una canoa y caminar. Todos los días él subía y bajaba de las canoas, porque era pescador. Todos los días él caminaba. Pero Jesús hizo lo sobrenatural que el agua lo pueda sostener y Pedro pueda caminar sobre el agua. Era natural para un niño pasarle algo de comida a otra persona, y Jesús usó esto que le dio el niño para alimentar a miles de personas. Era natural para David tirar piedras con su onda, pero Dios hizo lo sobrenatural de acertarle de tal forma a Goliat que éste se cayó muerto al suelo. ¿Necesitan más ejemplos? Búsquenlos en sus Biblias. Haz lo natural, y Dios hará lo sobrenatural. El problema es que lo natural es tan natural para nosotros, que no creemos que esto podría hacer alguna diferencia. No vemos las posibilidades sobrenaturales que podrían ocurrir. Pero pídanle a Dios que les abra los ojos para que puedan ver qué de lo natural de ustedes él quiere tomar para hacer lo sobrenatural.
            ¿Y no podría hacer Dios lo sobrenatural por sí sólo? Podría, pero no es así como funciona. Dios puede multiplicar lo que le damos, pero se lo tenemos que dar primero. Si no le damos nada, él está como con las manos atadas. 15.000 x 0, ¿cuánto es? 0. 15.000 x 1, ¿cuánto es? 15.000. ¿Ven la diferencia? ¿Qué prefieren, 0 o 15.000? Bastó un solo almuerzo para dar de comer a 15.000 personas. Dios tiene suficientes recursos para solucionar todos tus problemas, pero tienes que dar un paso primero. Hace rato pregunté qué es un kilo de harina. Pregúntenle a Wilbert, a Rogelio y Maggi, a su pastor, qué es un kilo de harina para ellos. Pregúntenles cuántas tortas, cuántas pizzas, cuántos panes se puede hacer con un kilo, y cuántos kilos de harina se puede comprar luego con la venta de eso que se está haciendo con el primer kilo. Quizás se habrán preguntado, por qué nosotros como pastores hacemos pan, hacemos fotocopias o vendemos productos naturales. Es que ese era la jarrita de aceite que encontramos en casa. Y lo hacemos justamente para poder enseñales esto de lo que estamos hablando hoy, usando nuestra propia experiencia. ¿Cuál es tu jarrita de aceite? Dios quiere multiplicar tu aceite que le ofreces. Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural.
            Pero este es recién un paso en su camino de salida de las deudas. También debes hacer lo que Craig Hill llama “cerrar el círculo”. Esto se refiere a contestar la pregunta: “¿Cuánto es suficiente?” Cuando se le preguntó esto a un multimillonario, él contestó: “Un poquito más.” Probablemente esta sería la respuesta de la mayoría de la gente. Pero esto no cierra el círculo. Siempre está abierto. Siempre quiere más. Nunca está satisfecho. ¿Cuánto es suficiente? Tienen que contestar esa pregunta en consulta con Dios. Esto implica necesariamente tener un presupuesto: planificar cuánto dinero se va a gastar en qué área. Sin un plan no se puede hacer acciones concretas. Y el resultado es: a medida que entra el dinero, sale también. Y al final uno se pregunta: ¿Dónde quedó el dinero? Si tuvieras un presupuesto, sabrías la respuesta, porque ahí está planificado. Y si haces un registro de todos tus gastos, más todavía. ¿Cuánto es suficiente? Esto requiere de mucha autodisciplina, pero ya hemos aprendido que el Espíritu Santo quiere producir en nosotros el fruto del dominio propio. Y esta área de las finanzas es un campo de acción fenomenal para el Espíritu Santo para producir este fruto.
            Los recursos de Dios son inagotables, como ya lo habíamos dicho. Son como el gigantesco lago de Itaipú, adaptando a nuestro contexto una visión que Dios le dio una vez a Craig Hill. En la represa, hay tres compuertas que desembocan en un canal diferente cada una. Junto al primer canal vive una familia con el constante miedo de que nunca podrá recibir suficiente agua. Siempre está con miedo de que no le va a alcanzar la provisión. Por lo tanto, junta todo lo que puede de esa agua que viene. Construye diques para que nada se le escape. Y no queda nada de agua para fluir más abajo en ese canal, porque esta familia ataja todo para almacenar el agua para ellos no más.
            Junto al segundo canal vive una familia que usa todo lo que llega de agua. Si hay más agua, construyen parques acuáticos, instalan sistemas de riego, amplían sus piscinas, etc. No construyen diques por miedo a que no les alcance, sino se lo gastan toda el agua que llega. ¿Y cuánta agua sigua canal abajo? Prácticamente nada. Son como un adolescente al que sus padres le prometen darle cada semana 50.000 Gs. para sus propios gastos. Y el hijo se alegra mucho, ya que su lista de deseos era mucho más grande todavía que 50.000. El lunes ya se gastó toda la plata. Si el jueves le preguntaras si está feliz, ¿qué diría? Que no. ¿Por qué no? “Porque mis padres no me dan suficiente dinero.” Bueno, entonces los padres deciden darle 75.000 cada domingo. El martes a la noche, este adolescente ya no tiene nada, y empieza a quejarse de que sus padres no le dan suficiente. Entonces ellos aumentan a 100.000 Gs. por semana. ¿Qué sucede? Lo mismo. Nunca tiene suficiente. Siempre se lo gasta todo. Hay personas de 40, 50 o 60 años que se comportan como este adolescente. Nunca ganan suficiente. Tienen dos empleos, quizás los hijos mayores también ya trabajan, pero nunca hay suficiente. Viven junto al segundo río y no han cerrado su círculo. Lo que entra, sale inmediatamente. Son tuberías con incontables perforaciones por donde se pierde al agua.
            Pero la familia junto al tercer canal sí había cerrado el círculo. Sabía exactamente cuánta agua necesitaría para su propio consumo. Pero se dio cuenta que el caudal de agua que bajaba por ese canal era mayor de lo que ellos habían determinado como necesario para ellos mismos. Por lo tanto, empezaron a construir canales para llevar el excedente a otras familias en su zona. A medida que bajaba más y más agua de la represa, más canales nuevos abrían. Toda la zona, también más canal abajo, estaba verde y floreciente. Y había gran alegría por toda el agua que bajaba.
            Si tú fueses el operario de las compuertas del gran lago de la provisión divina, ¿cuál abrirías más para liberar más cantidad de agua? Por supuesto, la tercera compuerta. Las primeras dos familias son presas del espíritu de Mamón, pero la tercera ha desarrollado la fe de las aves que confía plenamente en la provisión amorosa de Dios. Y si no entienden de qué estoy hablando, búsquense en mi blog la prédica anterior sobre este tema. ¿A cuál de estas tres familias perteneces tú? ¿O cuál es la tuya? Como operario de las compuertas, ¿la abrirías más para una familia como la tuya? Cierra el círculo. Y el dinero que entra más allá de tu círculo, preséntalo a Dios y pregúntale qué él quiere que hagas con eso. Por algún motivo él te lo ha dado. Puede ser que te quiera hacer un regalo generoso con algo que hace rato habías soñado tener, puede que él quiera que lo uses para bendecir a otros. Pero él debe indicarte qué hacer con ello. Si no lo haces, te mudas junto al primer o al segundo río, juntando todo para ti no más y gastando para ti.
            En este proceso de cerrar el círculo, debes incluir también tu deuda. Destina algo al pago de tu deuda. Empieza con lo que puedas, porque únicamente así puedes desatar la bendición de Dios. Haz tú lo natural, también en cuanto a tus deudas, y Dios hará lo sobrenatural. Dios no hará desaparecer tu deuda por arte de magia, sin tu cooperación. Si tú no haces nada, él no tiene nada para multiplicarlo. Pero he escuchado de muchos casos en que las personas se armaron de valor a dar la cara ante sus acreedores. Asumieron la responsabilidad por su deuda y ofrecieron pagar cada mes algo, aunque sea poquito. Pero después de algún tiempo de cumplir fielmente su pago acordado, de repente los acreedores les anularon toda la deuda sobrante. No digo que en todos los casos va a ocurrir lo mismo, porque Dios no está limitado a una sola manera de actuar, pero sí fluirá bendición para ti si empiezas a asumir responsabilidad por tus actos y errores del pasado.
            Y otro paso que debes tomar en tu camino de salida de la deuda es poner tu dinero en 5 frascos diferentes. Estos pueden ser frascos literales, pueden ser sobres, pueden ser subcuentas en la cooperativa si es que tuvieras una cuenta bancaria, etc. Cómo ustedes lo organizan, no importa. Pero sí importa —¡y mucho!— que lo hagan. ¿Cuáles son estos 5 frascos?
            El primer frasco es para el diezmo. Ni bien te entra algún dinero, debes apartar el 10% de tus ganancias a este frasco, porque no es tuyo. Ese dinero no te pertenece. Levítico 27.30 dice: “La décima parte de los productos de la tierra, tanto de semillas como de árboles frutales, pertenece al Señor y está consagrada a él” (DHH). ¿A quién le pertenece el diezmo? Al Señor. ¿A quién está consagrado? A él. ¿Qué significa “consagrado”? Es algo dedicado, puesto aparte, algo santo. El diezmo es dinero santo, porque está destinado, dedicado, consagrado, apartado para el Señor. No te pertenece. Si tú lo usas para ti, estás robando lo que pertenece a otro. Estás usando para usos comunes lo que es santo. Y si leemos lo que le pasó a Uza que tocó el arca del pacto de Dios (2 S 6.5-7), no te recomiendo extender tu mano a tocar dinero santo.
            El segundo frasco es para las ofrendas. Esto es lo que doy a la obra de Dios de mi dinero. Si eres fiel con el pago de tu diezmo del primer frasco, no le has dado nada todavía al Señor fuera de lo que sí o sí le pertenece. Si yo tengo que pagarle algo a cierta persona, pero no me es posible ir personalmente a entregarle el dinero, puede que tú te vayas en esa dirección. Entonces te doy a ti el dinero para que se lo lleves a esa persona. ¿Te vas a alegrar por tener ahora más dinero? No, claro que no, no es tuyo el dinero. Tú sólo eres el emisario. Es tu deber entregárselo a quien corresponda. ¿Lo considerarías un sacrificio darle ese dinero? Tampoco, porque no te costó nada. No es tuyo. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto dar el diezmo, si somos simplemente emisarios para pasarle a la obra de Dios el dinero que Dios nos entregó para llevarlo? El diezmo no es nuestro. No es ningún sacrificio, porque lo recibimos de Dios para entregarlo a la iglesia. Pero si tú como encargado de dar mi dinero a esa persona le dices: “Mirá, yo te aprecio demasiado, y quiero agregar mi aporte también a ese dinero que te entrego de parte del pastor.”, esa es la ofrenda. Es tú dinero que le das a la obra de Dios. El diezmo ni te calienta, porque de todos modos no es tuyo. La ofrenda ya es expresión de tu amor y gratitud al Señor y de tu madurez.
            El tercer frasco es tu ahorro. Esto es dinero que se aparta para mayores gastos en el futuro. A veces suceden imprevistos costosos, y ahí uno tiene una reserva de donde echar mano. Pero no es para echarle mano todos los meses. Es un dinero guardado que aumenta a cada mes y es sólo para alguna emergencia. El porcentaje a ser depositado en el frasco del ahorro puede variar según la posibilidad del momento, pero los asesores cristianos sugieren que sea alrededor del 4 al 5% del ingreso mensual.
            El cuarto frasco es para invertir. Este dinero es destinado para alimentar tu jarrita de aceite. Quizás necesites comprar algún stock de productos, algunas herramientas o materia prima para empezar a multiplicar tu dinero. Quizás necesites hacer algún curso en el SNPP o la Sinafocal. El dinero de este frasco está destinado para esto. El monto también podría estar alrededor del 4 a 5% de los ingresos. El dinero en este frasco también aumentará cada mes, sumado a la recuperación de gastos de las ventas que haces. Así, para el siguiente mes ya tienes prácticamente el doble de dinero para reinvertir en tu negocio.
            Y recién ahí, en el quinto frasco, viene el dinero que sobra y que es para los gastos variados. ¿Qué es lo que normalmente hacemos? Gastamos primero, y de lo que sobra (si es que sobra…) diezmamos. El ahorro ni entra ya, como tampoco las inversiones. ¡Con razón que nuestra economía está de cabeza! Les puedo asegurar que desde que empecé a seguir este sistema, cosas sorprendentes han ocurrido. Desde que manejo dinero siempre he tratado de ser sabio con el uso del mismo, pero en mi supuesta “sabiduría” he cometido tantas estupideces que me da vergüenza el sólo acordarme. Recién en estos últimos años procuro poner en práctica estos y muchos otros consejos más acerca del manejo del dinero.
            Así que, ¿cómo salir de las deudas?
·         Identifica tu “jarrita de aceite”.
·         Haz tú lo natural para que Dios pueda hacer lo sobrenatural.
·         Cierra el círculo.
·         Ubica el dinero en los 5 frascos:  Diezmo
                                                           Ofrendas
                                                           Ahorro
                                                           Inversiones
                                                           Gastos regulares
            Nada es mágico. Tampoco estos consejos no son una fórmula mágica. Más bien son principios divinos, que si los pones en práctica, Dios te puede sorprender grandemente.
            ¿Qué decisión estás tomando ahora respecto a tus deudas? El Salmo 37.21 dice: “Los malvados piden prestado y nunca pagan sus deudas, pero los justos prestan y dan con generosidad” (TLA). Los que piden prestado dinero y no pagan sus deudas son llamados aquí “malvados” (“impíos”, “perversos”, “pecadores”). Pero los justos, los que no tienen deudas, no necesitan pedir prestado, sino más bien ellos les prestan a otros. El estar libre de deudas pone a la persona en un pedestal muy por encima de los demás. Los justos, los que no tienen deudas, gobernarán a los demás. Y ahora fijate en esta declaración del sabio Salomón: “La herencia del bueno queda en su familia, la fortuna del pecador se reserva para el honrado” (Prov 13.22 – BNP). ¿No te gustaría ser llamado “honrado”, “justo”? Haz tú lo natural con tu jarrita de aceite, y Dios hará lo sobrenatural.

lunes, 8 de julio de 2019

¿Qué tal tu muro?







            En la antigüedad, cada ciudad tenía un muro a su alrededor. Este muro era su sistema de protección. Aunque quizás no tenga un ejército muy numeroso y entrenado, con el muro intacto, la ciudad estaba bastante bien protegida. Pero una brecha en la muralla era fatal para la ciudad. La hacía totalmente vulnerable y expuesta a los ataques de los enemigos. Sabio era entonces el gobernante que mantenía un estricto control sobre el estado de su muro.
            Es exactamente lo mismo que sucede con nuestro dominio propio. El sabio Salomón lo expresa así: “Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Prov 25.28 – NVI). Si descuidamos cualquier área, le abrimos una brecha al enemigo para que pueda meterse y causar estragos en nuestro interior. Esa brecha es suficiente para hacernos caer en múltiples tentaciones y pecados. ¿Qué tal tu muro?
            Hoy llegamos al último elemento del fruto del Espíritu. Para ayudar a memorizar estos dos versículos, repetimos aquí el pasaje de Gálatas 5.22-23: “…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas” (NVI). En algunas Biblias, este último ingrediente se traduce como dominio propio, en otras como templanza, una palabra ya no tan conocida para nosotros. Según el Internet, “…la templanza está relacionada con la sobriedad o moderación de carácter. Una persona con templanza reacciona de manera equilibrada ya que goza de un considerable control sobre sus emociones y es capaz de dominar sus impulsos.” (https://definicion.de/templanza/). El término griego contiene la idea de sujetarse a sí mismo, tener un poder interno; ejercer autocontrol. El dominio propio responde a la pregunta: ¿quién te gobierna? Si todo nuestro ser está en sujeción a nuestra voluntad, y ésta, a su vez, sujeta al Espíritu Santo, entonces habrá equilibrio en nuestras reacciones, emociones, palabras, etc. Es muy interesante ver que, en esta lista de 9 virtudes, el amor y el dominio propio forman el inicio y el final, respectivamente, de esta lista. Son como el paréntesis que incluye todo lo demás. Sin el amor y sin el dominio propio no es posible tener paz, ser paciente, ser amable, ser bondadoso, ser fiel, ser humilde… Por ejemplo: al encontrarme con una persona pesada y desagradable, se requiere refrenar o dominar mis emociones y pensamientos —es decir, ejercer dominio propio— para seguir siendo paciente y amable con ella. ¿O no es así? Igualmente se requiere de amor para tratarla amablemente. Así que, el amor y el dominio propio son esenciales para producir todos los demás ingredientes del fruto del Espíritu. Pero desarrollar el dominio propio es quizás el área que más nos cuesta, y donde en muchas de las pruebas no salimos victoriosos. Si vemos algunos personajes de la Biblia, les pasó igual. Abraham no pudo esperar a que Dios cumpliera su promesa, y tuvo un hijo con la esclava. Pero más tarde pudo controlar sus propias emociones, dominar los pensamientos que le gritaban no hacer lo que Dios le había pedido, y tomar a su único hijo legítimo para sacrificarlo.
            José en un momento no pudo dominar su ímpetu y les contó a todos de sus sueños que había tenido. Cuando décadas después se volvió a encontrar inesperadamente con sus propios hermanos que lo habían vendido como esclavo, él tuvo dominio propio para no condenarlos y ejecutarlos, cosa que tranquilamente podría haber hecho como segundo hombre más poderoso de Egipto, sino a perdonarlos.
            Daniel requirió de mucho dominio propio para proponerse no contaminarse con la comida del rey en medio de un mundo hostil.
            Sin dominio propio, Santiago y Juan querían pedir fuego del cielo sobre los samaritanos que no habían permitido que Jesús pase por su territorio. Pero más tarde se lo conoce a Juan como el “apóstol del amor”, por lo que él escribe en sus tres epístolas.
            Jesús dijo a Pedro, minutos antes de enfrentar el peor sufrimiento imaginable: “¿No te das cuenta de que yo puedo llamar a mi Padre, y él mandaría ahora mismo más de doce batallones de ángeles? Pero si hago esto, ¿cómo se cumpliría lo que está en las Escrituras, donde dice que todo debe pasar de esta forma” (Mt 26.53-54 – PDT)? Jesús podría haberse defendido con facilidad, pero por el dominio propio que mostró, no lo hizo. Más bien dice el profeta Isaías de él: “Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan” (Is 53.7 – DHH).
            Y así podríamos mencionar varios otros ejemplos de la Biblia. Se dice que la lucha contra sí mismo es la lucha más difícil que hay, pero también la victoria sobre sí mismo es la victoria más hermosa que uno puede alcanzar. Proverbios dice: “…más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades” (Prov 16.32 – DHH). Pero a veces parece ser más fácil conquistar una ciudad que conquistarse a sí mismo. No todas las luchas contra uno mismo terminan en victoria a nuestro favor. Es decir, no siempre obtenemos el dominio propio, pero estamos en la lucha. Pero alguien que carece totalmente de dominio propio, este asunto se convierte en su demonio propio, porque tan destructivo resulta ser esta actitud. La falta de domino propio genera caos, destrucción y heridas en la persona misma y en todo su entorno. Por eso dijimos que el dominio propio es su sistema de protección de sí mismo y de otros.
            El Nuevo Testamento utiliza dos palabras diferentes que ambos tienen que ver con el autocontrol, con la disciplina. Una palabra, la que Pablo usa en este texto, describe la fortaleza interior de carácter que nos capacita para dominar nuestras pasiones y deseos. La otra se refiere al sano juicio. “El sano juicio nos permite determinar el modo de actuación acertado, la reacción adecuada ante una situación, la habilidad, no solo de distinguir entre el bien y el mal, sino también entre lo bueno y lo mejor. La fortaleza interior es necesaria para ayudarnos a efectuar lo que nuestro buen juicio nos indica que es mejor. Una cosa es saber qué hacer; otra muy distinta es tener la fortaleza interior para realizarlo, sobre todo cuando no tenemos ganas. El dominio propio consiste en el empleo de la fortaleza interior combinado con un buen criterio que nos posibilita pensar, hacer y decir las cosas que agradan a Dios” (https://directors.tfionline.com/es/post/mas-como-jesus-dominio-propio).
            El otro día, una persona muy conocida por todos escribió en su Facebook: “¿Por qué cualquier otra cosa es mucho más atractiva en tiempo de corregir exámenes?” Es exactamente a esto que se refieren estos dos términos. Estoy seguro que todos estamos prácticamente cada día en esta tensión entre lo que sé que debo hacer y el hacerlo verdaderamente. ¿No es cierto? O como lo dijo Pablo: “No sé qué está pasando conmigo: lo que quisiera hacer no lo hago y resulto haciendo lo que odio” (Ro 7.15 – PDT).
            ¿Qué tal tu muro? Vamos a identificar ahora algunos de los bloques que componen este muro para que vos como gobernante de tu ciudad, de tu vida, puedas inspeccionarlos y ver si hay alguna grieta que pueda debilitar tu muro y abrir una brecha por donde el enemigo puede entrar y vencerte. Que experimentes o no la victoria en tu vida depende en gran medida de si vigilas tu muro.
            El primer bloque que identificaremos es nuestro cuerpo. ¿Quién gobierna tu vida, tus actos, tus decisiones? ¿Tu sano juicio o tu cuerpo? Por ejemplo, ¿quién o qué determina a qué hora te levantas? ¿Eres de los que se meten a la boca todo lo que ven para comer, sin importar si tienen hambre o no? ¿Te ocupas de tu salud física o te dejas vencer por la flojera? ¿Quién te gobierna? Por eso, el ayuno, aparte de ser un ejercicio espiritual de incalculable valor, es una manera excelente de cultivar el dominio propio. Aprendemos a someter a nuestro cuerpo a las decisiones de nuestra voluntad y no a las del “dios barriga” como lo describió un autor.
            Es famosa la pregunta: ¿Es pecado (hacer tal o cual cosa)? Hay muchas situaciones sobre la cual la Biblia no da una respuesta explícita. La Biblia no es un libro de leyes de 500 tomos para regular cada detalle de tu vida. La Biblia te da principios según las cuales tú debes tomar tus propias decisiones. Por algo Dios te dio el coco para pensar. Buscá la respuesta en tu sano juicio. Buscá la respuesta en la manera en que respondes a la pregunta: ¿Quién (o qué) me gobierna? Si preguntas, por ejemplo, si tomar cerveza es pecado o no, lo haces posiblemente porque tu deseo de tomar ya es mayor que tu voluntad para no tomar. Tu sano juicio no es acompañado por la fortaleza interior. Tu sano juicio te advierte de las consecuencias que puede tener el tomar cerveza, pero no encuentra el apoyo de la fortaleza interior. Y un jugador que no es acompañado por otro miembro del equipo difícilmente podrá meter un gol, y todo el equipo será derrotado. Por eso, nadie podrá determinar para todos por igual si tomar cerveza es pecado o no. Depende en cada caso de quién o qué gobierna a la persona. Depende del muro de cada uno. Y si el deseo de tomar es más grande que la voluntad de dejarlo al lado, posiblemente tu muro ya tiene una grieta. Y es lo mismo con todas las demás cosas que tienen que ver con el cuerpo físico. ¿Qué tal tu muro?
            Esto tiene estrecha relación con la segunda área: los apetitos y deseos. Muchas personas, especialmente los varones, tienen una tremenda lucha contra los apetitos sexuales. Y muchos ya dejaron de luchar y se dejan llevar por estos apetitos. En lugar de ejercer el dominio propio, este apetito se convierte en su demonio propio, controlando todos sus pensamientos y actos y causando una destrucción indescriptible en su familia, en su moral, en su espíritu, en su cuerpo, en sus relaciones, etc.
            Esto es un ejemplo no más. Otros tienen otros tipos de apetitos, por ejemplo, una debilidad por ciertas comidas. No pueden ver una torta, un chocolate, una tira de costillas asadas, etc., etc., sin devoralo hasta la última migaja. ¿Es pecado entonces comer torta, chocolate, asado o cualquier otra cosa? Ya lo dijimos: ¿quién te controla? ¿Acompaña tu fortaleza interior a tu sano juicio? Depende de eso. ¿Qué tal tu muro?
            Lo mismo también con los deseos. Para niños de dos o tres años, sus deseos son palabra mayor. Ante cualquier negativa de parte de los padres, ellos arman un berrinche y exclaman: “¡Pero yo quiero!” Esto, en su opinión, ya debería ser argumento más que suficiente para que los padres corran a concederles su deseo. Y, entre paréntesis, lastimosamente demasiados padres lo hacen. Se rinden ante estos pequeños tiranos. Entonces, en vez de que los padres gobiernen a sus hijos, ellos caen como esclavos de un enano de 2, 3 o de 14 años.
            Pero la verdad es que hay muchas personas de 30, 40 o 50 años que se comportan como esa criatura. Quizás no se van a tirar al suelo gritando: “¡Pero yo quiero!”, pero actúan según el mismo propósito. Lo que ven, lo compran. Lo que quieren, hacen lo imposible para conseguirlo. Sus deseos siguen siendo palabras mayores para ellos y que quieren imponer también sobre otros. La grieta en su muro se ha abierto y se ha convertido en una supercarretera asfaltada a su interior para que el enemigo pueda causar el daño que le plazca hacer. ¿Qué tal tu muro?
            Un gran campo de batalla por mantener el muro intacto es la lengua, el hablar. Este es el tercer bloque que queremos identificar de nuestro muro. Santiago no encuentra palabras muy elogiosas acerca de la lengua. La define como “un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo…” (Stg 3.6 – DHH). Y después sigue diciendo: “El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, de aves, de serpientes y de animales del mar, y los ha dominado; pero nadie ha podido dominar la lengua. Es un mal que no se deja dominar y que está lleno de veneno mortal. Con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen. De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Stg 3.7-10 – DHH). ¡Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos y a los demás al no tener dominio propio sobre nuestro hablar! Los chismes que reproducimos, la crítica despiadada al prójimo, los insultos al cónyuge o a los hijos, la denigración (decir: “Tú no vales nada, no sirves para nada…”) y muchas otras incontinencias o faltas de dominio propio pueden herir mucho más que una clavada con un cuchillo. En los proverbios encontramos muchos versículos acerca del uso de la boca. Dice Salomón: “Los labios del justo dicen palabras gratas; la boca de los impíos arroja perversidades” (Prov 10.32 – RVC). “El que vigila su boca protege su vida, el que abre demasiado sus labios acaba en la ruina” (Prov 13.3 – BPD). Y más de uno ha tenido que reconocer con dolor que “cuando las palabras son muchas, el pecado no falta; así que aquel que controla sus labios es prudente” (Prov 10.19 – Kadosh). Por eso, el salmista tomó una decisión drástica: “Yo dije: ‘Atenderé a mis caminos para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno en tanto que el impío esté delante de mí’” (Sal 39.1 – RV95). Él se cuidó demasiado de no ser un mal testimonio ante los incrédulos con su modo de hablar. Ese cuidado debemos tener siempre. Por supuesto que todos somos diferentes, y hay personas más sueltas de lengua que otras. No obstante, aún los más callados no se libran de poder pecar con su lengua. Es más, sus pocas palabras pueden ser mucho más mordaces e hirientes que la avalancha de otros. ¿Qué tal tu muro?
            Especial cuidado debemos brindarle al cuarto bloque en nuestro muro, el bloque de los pensamientos. Es ahí donde muy fácilmente se pueden producir grietas que afecten a todo lo demás. Los pensamientos son prácticamente el cimiento del muro. Si estos están mal, todo lo demás también está debilitado. ¿Por qué? Porque toda acción, toda palabra, toda reacción se genera primero en la mente. Tú eres lo que tú piensas. Aún tus reacciones impulsivas que dices haber tenido “sin pensar” se originan en tus pensamientos y de no haberle puesto candado a los pensamientos inadecuados – o sea, a la falta de dominio propio en la mente. Por ejemplo, ¿qué sucede en tu mente cuando estás enojado(a)? ¿Acaso el asunto no está dando vueltas y vueltas en tu cabeza, elaborando toda una estrategia de batalla en palabras y acciones contra la persona la próxima vez que se encuentren? Y ya se está produciendo una grieta gruesa en tu muro. Por eso advierte la Biblia: “Cuida tu mente más que nada en el mundo, porque ella es fuente de vida” (Prov 4.23 – DHH). Es muy difícil cuidar esta área, porque como es el cimiento, está bajo tierra, invisible. Es decir, muchas veces no nos damos cuenta de que este huracán se está desatando en nuestro cerebro. Requiere que nos despertemos y reaccionemos para poder salir de este círculo vicioso en que entró nuestra mente. Debemos pensar acerca de nuestros pensamientos. Y esto requiere de muchísimo dominio propio, porque muchas veces no queremos salir de este estado mental, porque es ahí que podemos vivir plenamente nuestra venganza contra la persona. Quizás no nos atrevemos de reaccionar en persona contra ella, pero en nuestra imaginación ya la hemos hecho pedazos, matado, resucitado para volverla a matar. No me digan que no han experimentado esto en algún momento de mucho enojo y de heridas profundas causadas por otros. Ya Jesús mismo lo dijo: “…de adentro, es decir, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de adentro y hacen impuro al hombre” (Mc 7.21-23 – DHH). Así que, para mantener intacto tu muro, debes empezar a trabajar primero por el fundamento: los pensamientos. Ya me habrán escuchado muchas veces citar a Romanos 12.2: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (DHH). Esto es fácil de decir, pero ¿cómo se hace? La única manera de lograr un cambio de mentalidad es cambiando la fuente de pensamientos que la nutre. Tú eres lo que son tus pensamientos. Así que, llena tu mente con cosas positivas. Pablo les sugiere a los filipenses: “…piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en toda clase de virtudes, en todo lo que merece alabanza” (Flp 4.8 – DHH). ¿Coincide este listado con los pensamientos que tuviste esta semana? Esto debe ser nuestra meta. Si tienes problemas con grietas en tu muro en el sector de los pensamientos, escribe este versículo en varios papeles y pegalos por toda tu casa, para que cada vez que los ves, puedas analizar tus pensamientos del momento, a ver si coinciden con lo que dice el versículo. Y si no, reemplazar los pensamientos dañinos por otros fructíferos y de bendición. ¿Qué tal tu muro?
            Algo muy cercano a los pensamientos es el bloque de las emociones. Los pensamientos causan en nosotros ciertas respuestas emocionales. Si tengo pensamientos positivos acerca de alguien, éstos producen en mí paz y un sentimiento de alegría que me hace hacer algún acto de bendición y de perdón hacia la otra persona. Acuérdense de lo que José hizo con sus hermanos. A la inversa, los pensamientos de odio hacia alguien, producen en mí una ira incontrolable que me hace cometer cualquier acto violento contra la misma. Basta con leer los informes policiales para ver las agresiones y los asesinatos que han surgido de una explosión de ira. Y, digamos que no llegamos a hacer nada en contra de otros a causa de nuestros sentimientos de ira y rencor, pero sí nos causa un daño terrible a nosotros mismos, porque nosotros sí andamos envenenados. Es como si quisieras matar a otra persona, pero en vez de ponerle veneno en su comida o bebida, te lo tomas todo tú mismo. Y encima justificas el veneno, diciendo que tienes derecho a estar enojado(a) con la otra persona. Ten mucho cuidado con estas grietas en tu muro. Quizás el dominio propio no impide que te enojes. No es eso lo que queremos decir. Pero sí te ayudará a controlar tus emociones, canalizarlas correctamente y deshacerte de las mismas. ¿Qué tal tu muro?
            Hay muchos otros sectores en este muro de protección contra el pecado. Cada uno podrá identificar otras áreas más en las que frecuentemente se producen grietas en su muro. La lucha por el dominio propio, el cuidado de las grietas en tu muro, es difícil. Como dije al principio, a veces tendrás éxito, a veces no. Pero cuanto más te ejercitas en obtener el control sobre tu vida, más fuerte te harás. Pero nunca debes olvidar que es el fruto del Espíritu, no de tus esfuerzos. No obstante, debes esforzarte en todo lo que esté a tu alcance. Como dije en la introducción a esta serie de predicaciones sobre el fruto del Espíritu, estamos trabajando en equipo con el Espíritu Santo. Nosotros hacemos lo que podemos para tener amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio, pero el Espíritu Santo nos guía en nuestro esfuerzo y hace que este esfuerzo sea fructífero. Encomienda tu vida a él y pídele que él produzca su fruto en ti. No esperes ver mañana ya cambios contundentes, porque es un proceso que termina recién cuando termina tu vida en esta tierra. Pero hoy es un buen día para empezar este proceso. Pablo compara esta lucha por el muro intacto con una disciplina deportiva: “Los que se preparan para competir en un deporte, evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita. Yo, por mi parte, no corro a ciegas ni peleo como si estuviera dando golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme, para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros” (1 Co 9.25-27 – DHH).
            ¿Qué tal tu muro? Decide hoy reforzarlo en todas sus áreas.