lunes, 30 de abril de 2018

¿Qué tienes en tu mano?







            Mi nombre es Marvin Dück. Estoy casado desde hace 24 años con Mercedes, una boliviana. Tenemos dos hijos: Camilo de 21 años de edad, y Eliane con 19 años.

            Nací y crecí en la aldea Hohenau, al sur de Filadelfia. Cuando tuve 11 años de edad, falleció mi papá, y con mi mamá nos mudamos aquí a Filadelfia. Después de concluir el colegio, hice mi licenciatura en teología, en parte en CEMTA y completándola en el seminario bautista de Buenos Aires. En ese tiempo nos casamos. Volvimos del estudio para asumir el pastorado en la IEB Laurelty.

            Después de unos años nos fuimos a Bolivia para una segunda licenciatura, esta vez en comunicación social. 7 años más tarde aceptamos una invitación aquí de TV Chaqueña de ser el primer director de este canal. Pero yo tenía un problema. En el tiempo de aquel primer cargo en la iglesia de Laurelty se dieron varias situaciones bastante problemáticas. Tratamos de diferentes maneras de solucionarlas, buscando también la orientación e intervención de pastores experimentados, pero el resultado no fue muy alentador en algunos casos. Esto nos llevó después de 4 años en el pastorado a cambiar de ambiente y empezar otro trabajo cerca de Encarnación. Yo salí de esta iglesia con un sentimiento de haber fracasado, y con dos convicciones interrelacionadas: a) ¡Nunca más pastorado! b) No sirvo para liderazgo. Y episodios posteriores me confirmaron esto una y otra vez. ¿Y el resultado? No serví para liderazgo. La mente no sabe de mentiras. Lo que uno le dice, eso ella acepta como verdad y la cree. Así que, después de 4 meses de intentar ocupar un cargo directivo en TV Chaqueña, dejé ese sillón a otros —porque no servía para liderazgo— y me dediqué a otros trabajos dentro de la misma empresa – desde barrendero hasta jefe de prensa. Un día durante mi tiempo de conversar con Dios, él me hizo ver una primera verdad: que todos estos años yo había creído una mentira de Satanás que me había encadenado de tal modo que se hizo verdad lo que decía esa mentira. Esa conversación con Dios no duró más que unos pocos segundos, pero el efecto se extiende hasta hoy todavía. Si no hubiera habido ese momento en mi vida, no hubiera aceptado lo que dije que nunca más haría: ser pastor en nombre de la entonces sólo H.E.M. en el barrio de Costa Azul, Limpio. Y allá Dios me mostró una segunda cosa: que no interesa para qué soy bueno, ya que de todos modos la obra es de Dios, y él la hará con o sin mí. Sólo le tengo que ofrecer lo que tengo a mano, para que él haga lo que está en sus planes. Y cuando miro lo que sucede en la iglesia de Costa Azul, me parezco como sentado en un sillón, mirando simplemente lo que está pasando – lo que Dios está haciendo. A veces me pregunto: “¿Y qué estoy haciendo yo en todo esto? ¿Cuál es mi parte?” Y me parece que no hago nada, sino que todo lo hace Dios – ¡y así tiene que ser! Cuando Dios llamó a Moisés para que liberara a su pueblo de Egipto, Moisés presentó muchas excusas, hasta que Dios le preguntó: “¿Qué es lo que tienes en la mano” (Éx 4.2 – RVC)? Y era un bastón, y con ese bastón Dios hizo los grandes milagros en la historia del éxodo.

            Jesús mandó a los discípulos a investigar qué había para comer. Dijeron: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados…” (Jn 6.9 – DHH). Y Jesús alimentó a miles de personas con ese poco que se le ofreció. Nosotros solemos fijarnos en todo lo que no tenemos, mientras que Dios mira lo que él puede hacer con lo que sí tenemos, si es que se lo entregamos a él.

            ¿Qué es lo que tienes en la mano? Eso es lo que Dios quiere usar para bendecir a otros y a ti mismo. Allá en la iglesia a veces vemos hermanos en continua necesidad económica, lamentando todos los recursos y oportunidades que no tienen. Entonces les preguntamos: “¿Qué es lo que tienen en la mano? ¿Qué recursos tienen ustedes que sí podrían poner en movimiento para mejorar su economía?” Dios quiere usar eso para proveer para ellos. Tratamos de darles nosotros un ejemplo. Siempre solíamos hacer pan para nuestro propio consumo. Ese conocimiento teníamos a mano. Lo utilizamos ahora para bendecir a otros con pan saludable y nutritivo y para mostrar a los hermanos cómo se puede usar lo que tenemos para suplir nuestras propias necesidades. Siempre estuvimos preocupados por una correcta alimentación. Así que, tratamos de ayudar también a otros con nutrientes naturales para una salud equilibrada, y de ser un ejemplo de cómo mejorar nuestra propia salud, tanto física como económica.

            ¿Qué es lo que tienes en la mano? Esta misma pregunta también nos hace Dios cuando se trata de trabajar en su obra. Muchas veces, como ya dije, miramos lo que no tenemos, y nos parece que lo único que tenemos es nada. Pero eso no coincide con lo que dice la Biblia.

 

            F1 P 4.10-11

 

            Aquí Pedro habla claramente de “el don que haya recibido” cada uno. Comparando esto con las enseñanzas de Pablo sobre este tema, podemos afirmar que cada hijo de Dios tiene sí o sí algún don. De que lo haya descubierto, o que ese don esté ya desarrollado es otro tema, pero de tener lo tienes, si eres cristiano. Con “don espiritual” nos referimos a una capacidad especial dada por Dios por pura gracia a cada miembro de su cuerpo con el fin de que a través de esa capacidad sea edificada la iglesia. Por eso dice Pedro que “cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido”. El don no es para mi propio beneficio, sino para bendecir a otros. El don no es una copa de helado para disfrutarlo, sino un machete o cualquier herramienta para usarlo para el bien de otros. Y si lo uso para bendecir a otros, yo también lo disfrutaré. Por ejemplo, si tengo el don de dar, no puedo ejercerlo para mi propio deleite, dándome a mí mismo. Tengo que bendecir a otros con lo que quiero dar, y así me sentiré muy feliz y realizado – aunque algunos parece que encontraron la forma de violar este principio: en vez de dar su diezmo a la iglesia, se lo dan a su billetera…

            Entonces, los dones nos fueron dados para servir a otros. En el mundo, este término “servicio” no tiene mucha fama. Eso es precisamente lo que Jesús les dijo a los discípulos: “Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones las dominan, y los poderosos les imponen su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, aquel de ustedes que quiera hacerse grande será su servidor [¿Cuántos quieren ser grandes?]; y aquel de ustedes que quiera ser el primero, será su esclavo [¿Cuántos quieren ser los primeros?]. Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20.25-28 – RVC). En otras palabras, el creyente es llamado a servir. El que no sirve, no sirve. ¿Servir de qué forma? Ejerciendo su don. Pedro nos da algunos ejemplos: “El que habla, que comunique palabra de Dios; el que presta un servicio, hágalo consciente de que es Dios quien le da las fuerzas. Así, en todo lo que hagan, Dios resultará glorificado por medio de Jesucristo…” (v. 11 – BLPH). Es decir, lo que hagas, lo que sea el don que Dios te ha dado, ¡hazlo de la manera más excelente! Sólo dando todo lo que eres capaz de dar, “…Dios resultará glorificado por medio de Jesucristo…”.

            Como ya dije, todo depende de Dios – claro, también de mi predisposición. Pero Dios decide qué don darte. Eso no depende de mi deseo de tener tal o cual don, sino del plan específico que Dios tiene para mí dentro de su obra. También en este tema de los dones, se aplica lo que dijo Jesús: “Ya saben que una rama no puede producir uvas si no se mantiene unida a la planta. Del mismo modo, ustedes no podrán hacer nada si no se mantienen unidos a mí” (Jn 15.4 – TLA). Para poder dar lo mejor en nuestro servicio, necesitamos la capacitación del Espíritu Santo. Así que, no somos nosotros los héroes de la película cuando sucede algo por nuestro intermedio, sino es el Espíritu Santo dentro de nosotros. Nuestras capacidades no son nuestro logro, sino un regalo de Dios. Entonces, lo que él nos ha dado previamente, ahora se lo damos de vuelta para que él lo multiplique y lo use según sus propósitos.

            Todos los dones son diferentes y tienen efectos diferentes. Pero todos servimos al mismo y único Dios. Entre todos, somos un ejército de obreros del Señor, cada uno con sus respectivas habilidades, pero entre todos hacemos un hermoso mosaico para el deleite y la gloria de Dios. Si cada uno cumple su tarea en el lugar en que Dios lo ha puesto, entonces la iglesia puede cumplir la tarea que le ha encomendado Dios.

            Entre los jóvenes de Costa Azul nació el año pasado un proyecto, del cual toda la iglesia iba a participar. Por demasiadas actividades ya no lo pudimos realizar, pero está programado para este año. Se trata de una feria de servicios. Cada uno pone a disposición sus habilidades para servir a la gente del barrio. Por ejemplo, hay un joven que sabe cortar cabello. Ofrecerá sus servicios gratuitamente a todo el que necesite un corte. Una enfermera ofrecerá consejos de salud, tomar la presión, etc. Un chef enseñaría cómo preparar algunas masitas sencillas que la gente luego puede vender. Todo acompañado de música cristiana, folletos, testimonios, etc. La intención es poner nuestros dones al servicio del barrio como un mensaje de amor de parte de la iglesia y de parte de Dios para las personas. Unos jóvenes no sabían qué podrían ofrecer, hasta que se les ocurrió que ellos sabían lavar un auto. Así que, en la calle se instalará un lavadero para los que quieran un lavado gratuito de su auto. Una persona sola no podría hacer todo esto, pero entre todos juntos sí podemos. ¿Qué tienes en tu mano? ¿Crees que “sólo” puedes lavar autos? Quizás es precisamente esto lo que el Señor quiere usar para enganchar a alguien con su amor.

            Así que, cada don es al mismo tiempo también un llamado. Si Dios te ha dado un don según su plan, como habíamos dicho, él quiere que lo pongas a trabajar para que se cumpla su plan. Si descubres tu don, descubres tu llamado. Y tendrás que rendir cuentas algún día delante de Dios por lo que has hecho con tu don. Recordarán la parábola del dinero que un hombre confió a sus empleados antes de un viaje largo que iba a hacer. Dice luego la Biblia: “Después de mucho tiempo, el amo regresó de su viaje y los llamó para que rindieran cuentas de cómo habían usado su dinero” (Mt 25.19 – NTV) o, según nuestro tema, “…cómo habían usado sus dones.” Algún día, Dios te preguntará: “¿Qué has hecho con los dones que yo te di?” ¿Tienes una respuesta a esta pregunta?

            Habíamos dicho que Dios nos dio dones para servirnos unos a otros. Escuchen cómo Pablo expresa este mismo principio en su carta a los efesios: “Así [Dios] preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4.12 – DHH). Es decir, tú has sido llamado a servir a tu prójimo. ¿De qué manera? Con el don que tienes. Dios te lo dio para ese fin. Y vuelvo a preguntarte: ¿Qué tienes en tu mano? Eso es lo que Dios quiere de ti. Él no espera de ti más que eso. No se trata de si es mucho o es poco. Se trata de si se lo pones a disposición o no. Los discípulos también le preguntaron a Jesús: “¿Qué es esto para tanta gente” (Jn 6.9 – DHH)? Y Jesús preguntó: ¿Qué es esto en mis manos?

            Tampoco se trata de cómo se ve tu don en comparación con el de los demás hermanos a tu alrededor. No te compares. Esa no es la voluntad de Dios. Dios te ha formado como original, con las características específicas que te hacen como eres. Así mismo él te quiere usar para un propósito muy específico. No pretendas ser otra persona. Sé tú mismo(a) y sírvele a él en tu lugar, no en el lugar de otro. Hay diferencia entre los dones, pero sólo en cuanto a la puesta en práctica: algunos son más públicos que otros. El don de hacer milagros, por ejemplo, o el don de enseñanza son más visibles que quizás el don de oración. Pero todos tienen el mismo valor delante de Dios. Si volvemos otra vez a la parábola del dinero repartido entre los siervos, vemos que uno recibió 5 medidas, el otro 2 y el último 1 medida, “cada uno conforme a su capacidad” (Mt 25.15 – RVC). Cierto, eran cantidades diferentes. También la producción final de los siervos eran cantidades diferentes, pero de todos se exigió lo mismo: fidelidad y empeño (creatividad). No te fijes en cuanto hacen los demás con sus dones – según tu punto de vista, sino fijate en lo que el dueño de los dones —Dios— dice de ti y de tu manejo de lo que has recibido. Eres responsable por tu don recibido, no el de los demás. Y cuando cada uno ejerce su don en el lugar indicado, fluye una armonía y un poder muy especiales.

            En Costa Azul renovamos cada año el equipo pastoral o consejo. Ese equipo está compuesto por los líderes de cada departamento de la iglesia: la líder de la Escuela Dominical, los líderes de jóvenes, la líder de alabanza, los líderes de matrimonios, etc. Cuando más hacia fines del año buscamos conformar el equipo para el año siguiente, primero doy la oportunidad a los que ya estuvieron durante el año trabajando, para que ellos puedan continuar su servicio por un año más. Si alguien ya no quiere o no puede continuar, buscamos entre los hermanos de la iglesia quién reuniría el perfil apropiado para tal o cual cargo. Miramos su madurez, miramos su experiencia en esa área, y miramos si tiene los dones necesarios para ese cargo. Luego hablamos con las personas que creemos idóneas, y si aceptan, se les presenta a la iglesia en la asamblea anual en enero para que confirmen el equipo para el año que se inicia. Estos últimos tres años hemos tenido un equipo pastoral sobresaliente. Se nota que cada uno está justo en el lugar en que debe estar. Y ahí rinde, se compromete, moja la camiseta y lleva la carga, no solamente de su ministerio, sino apoyando también a los otros departamentos hasta donde pueda. Buscamos personas con los dones apropiados para cada ministerio, pero también adaptamos el ministerio según las características del líder que lo asume. El ministerio de matrimonios, por ejemplo, funciona este año de manera diferente que el año pasado, porque tenemos otros líderes que el año pasado. Así que, es un proceso muy dinámico, pero siempre partiendo de los dones de cada uno.

            Si bien cada uno tiene un don (o varios dones), ninguno es autosuficiente. Nadie puede decir que no necesita a nadie. En un rompecabezas, ninguna pieza sola muestra el cuadro completo. Así, el que tiene el don de evangelismo, por ejemplo, necesita la ayuda de alguien que tenga el don de enseñanza, porque los nuevos convertidos necesitan ser discipulados para que puedan crecer y desarrollarse espiritualmente. Si no sucede esto —y en muchos casos los evangelistas no son buenos maestros o pastores a largo plazo— tenemos una iglesia con muchos cristianos inmaduros, que tarde o temprano terminan por dañar a la iglesia más que edificarla. Así que, ninguno es tan insignificante que su aporte no valga, ni tan grande y autosuficiente como para no necesitar la ayuda de otros.

            ¿Qué es lo que tienes en tu mano? Quizás alguien diga ahora: “¡Eso yo quisiera saber también!” El tiempo no nos da para entrar en muchos detalles, pero quisiera dar algunas pautas que quizás puedan ayudarte a identificar tu “bastón” o tus “panes y pescados”.

            a) Conocer los dones: Un técnico de radio debe conocer perfectamente cada pieza de un equipo y su función, para poder detectar algún error y repararlo. Así, el cristiano debe estar informado acerca de todos los dones del Nuevo Testamento si espera reconocer el suyo propio. También sería tema de otra prédica hablar sobre los dones que hay. Pero no nos debe importar quizás cuáles dones hay, cómo se llaman y cómo se manifiestan. El Espíritu Santo despertará los dones que se requieren en cada iglesia para el trabajo al que la ha llamado el Señor. Simplemente procura identificar aquello que te sale bien, aquello que sabes hacer.

            b) Experimentar: Significa probar en diversos tipos de servicio dentro de la iglesia. La disposición de hacer algo nuevo puede descubrir un don que no sabías que estaba en ti.

            c) Observa tus inclinaciones: Si una persona tiene un talento para el canto, se siente atraída por quienes tienen capacidad vocal. Así ocurre con los dones espirituales. Una persona es atraída hacia una cierta esfera de servicio. Esa inclinación puede muy bien indicar la existencia de ese don.

            d) Dedicación: Es necesario también el dedicarse a sí mismo y todos sus dones posibles, al Señor, expresando el deseo de obedecerle con nuestras capacidades espirituales.

            e) Deleite: Cuando una persona descubre su don puede exclamar: “¡Lo encontré! ¡Este es! Esto es lo que prefiero estar haciendo para el Señor más que cualquier otra cosa en el mundo. Estaría dispuesto a pagar con tal que me dejen hacerlo.”

            g) Discernimiento por otros: Una persona debería someter su “descubrimiento” al criterio de otros hermanos maduros. La última confirmación de que poseemos realmente un don determinado es el reconocimiento de este don por parte de otros.

            ¿Qué es lo que tienes en tu mano? Dale eso al Señor para que él lo use según su voluntad y con su poder. Dios te ha llamado a servirle y a servir a tu prójimo, y también te ha dado la herramienta con la cual él quiere que sirvas. Y esa herramienta es tu don. Conságralo al Señor.

 


miércoles, 11 de abril de 2018

Salud relacional








            ¿Cómo te llevas con los demás? Con cualquier persona, puede ser de tu familia, de la iglesia, del vecindario, del trabajo, o de donde sea. ¿Cómo está tu salud relacional?
            En los últimos domingos hemos visto varias áreas de la vida humana en que Dios desea nuestro bienestar y nuestra salud. Hoy queremos ver cómo tener relaciones interpersonales sanas, basándonos en las prédicas dadas por el pastor Rick Warren. Vamos a ver los miedos que dañan nuestras relaciones y cómo enfrentarlos. Y para eso vamos a ir al primer libro de la Biblia y estudiar la primera relación que Dios creó: la relación entre Adán y Eva. Dios había creado todo el universo para darle al ser humano un ambiente en el cual desarrollarse. Dios puso al hombre en este ambiente perfecto, pero luego miró todo y dijo: “Hay algo aquí que no está bien.” Había creado al hombre, pero sabía que podía mejorar todavía más su obra – y así creó a la mujer. Dios miró a Adán y dijo: “No está bien que el hombre esté solo.” Cada ser humano necesita relaciones; necesita personas con quienes convivir y relacionarse. Dios entonces se dispuso a crear una ayuda idónea para Adán. A Adán lo había creado de la tierra, pero a Eva la crea a partir de una parte de Adán, su costilla. El simbolismo es que ella no fue creada de sus pies como para ser pisoteada. No fue creada de su cabeza para que no se enseñorease de él. Ella fue creada de su costado para que fuera su compañera, y cerca del corazón para ser amada. Cuando Adán se despertó, ahí está Eva delante de él en todo su esplendor, y él dijo: “¡Wow! ¡Vaya! ¡Es una mujer!” Eso es todo lo que pudo decir…
            Todo fue bien por un tiempo. Tenían una relación perfecta. Pero de repente el pecado entró en la relación, y eso causó todos los problemas que hemos tenido en las relaciones desde ese entonces. Satanás se le apareció a Eva y le mintió diciendo que, al comer del árbol prohibido, ella sería como Dios. Y desde entonces, toda tentación y todo pecado es querer ser un dios, querer ser dueño de sí mismo. Sabemos que Dios hizo tal o cual regla, pero nosotros nos creemos más inteligentes que él y que sabemos mejor que él qué es lo que nos conviene: “Yo sé lo que me hará feliz, más de lo que lo sabe Dios.” Leamos esta parte de la historia.

            FGn 3.6-19

            En esta historia de la primera de las relaciones podemos ver los problemas que se han creado desde entonces en todas las relaciones debido al pecado. Nos revelamos contra Dios, no hacemos lo que él nos pide, y esto causa todo tipo de daño relacional. Y lo principal que causa es el miedo. Y vamos a ver hoy que hay tres miedos básicos en la vida de Adán y Eva que antes no había, pero que ahora aparecieron con el pecado. Y esos mismos tres miedos están en tu vida, y si no aprendes a lidiar con estos tres miedos, de ninguna manera podrás tener relaciones saludables en tu vida. Debes aprender a enfrentar tu miedo y no fingir. Aquí el primero de los tres miedos:

            1.) El miedo de ser expuesto me hace distanciar. ¿Por qué me parece que no me puedo acercar a las personas? ¿Por qué no puedo tener esa intimidad del alma? ¿Por qué no me siento tan cercano a las personas como quisiera? Es debido a mi miedo a ser expuesto. No quiero quedarme al descubierto, y por eso me mantengo a una “distancia prudencial”. La verdad es que, debido al pecado, hay muchas cosas en ti que no te gustan. Y ya que tú no aceptas todo de ti, no quieres que los demás lo sepan. Y vas a esconderlo. Y eso evitará que te acerques a las personas. Si a mí no me gusta lo que veo en mí y te lo muestro, probablemente a ti tampoco no te va a gustar. Y si te digo quién soy, y no te agrada lo que soy, estoy en problemas, porque lo que yo soy es todo lo que tengo. Así que, voy a fingir, voy a disimular, voy a esconder y lo voy a cubrir, y estaré distante y no te dejaré acercarte a mí, porque si te acercas mucho a mí, podrás ver lo que valgo realmente; podrás ver mis manchas. Tu cercanía me inspira temor; tu cercanía me es una amenaza. Prefiero ocultarme en las cuatro paredes de mis secretos, porque ahí es que me siento menos amenazado. Vean los versículos 9 y 10 de Génesis 3: “Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó: —¿Dónde estás? El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí” (DHH). Dios le hace una pregunta a Adán: “¿Dónde estás? ¿Por qué te escondes?” Ahora, déjame decirte un pequeño secreto: Cada vez que Dios te hace una pregunta, él ya sabe la respuesta. Dios no tenía que adivinar dónde estaba Adán. Él ya lo sabía. Y también sabía por qué se escondía. Dios quería que Adán mismo lo admita y lo confiese. No admitir la culpa es perpetuarla. Pero, por otro lado, dejar de negar que exista un problema es el primer paso a salir del mismo. Admitir y reconocer la culpa. Reconocer las cosas que no funcionan en nuestras vidas. Si no te sientes satisfecho con tus relaciones, y si tú reconoces la culpa que tú aportas a esta relación, recién entonces podrá haber transformación. Adán respondió: “Tuve miedo y me escondí.” El miedo siempre causa que nos escondamos. ¿De qué te estás escondiendo el día de hoy debido al miedo? ¿Qué estás fingiendo no saber en una relación? ¿Qué estás fingiendo que no es un problema en una relación? ¿Qué estás escondiendo debido al miedo? Estas son preguntas muy importantes. Siempre que hay un miedo en mi vida, Dios quiere que lo enfrente, no que finja. Él te dice hoy: “¿Dónde estás, y por qué te escondes?” Debes traer a la luz lo que hay en ti.
            Adán se escondió porque estaba desnudo. ¿Qué significa esto? Hay varios tipos de desnudez. En este caso, Adán habló de la desnudez física. Pero también hay la desnudez emocional. Es cuando estás ahí completamente expuesto en tu emoción auténtica. Estar desnudo significa estar descubierto. Significa estar vulnerable. Significa estar desprotegido. ¡Y eso es aterrador para el ser humano! Pero es necesario para poder superar ese miedo. El miedo más grande para el ser humano es ser visto como realmente es. Y ese miedo evita que tengas buenas relaciones.
            Y fíjense el daño que causa el miedo a todas nuestras relaciones: las amistades, la familia, el trabajo, el matrimonio, etc. Existen tres etapas del miedo. La primera etapa es la vergüenza. El versículo 7 dice: “…de pronto sintieron vergüenza por su desnudez…” (NTV). Cuando cargas vergüenza, estarás más cohibido. La vergüenza te hace estar más preocupado por estar expuesto. La vergüenza te pone nervioso. Te hace tener miedo de la humillación. Gran parte de tu miedo comienza con la vergüenza.
            La etapa 2 es cubrirse. Sigue diciendo el versículo 7: “Entonces cosieron hojas de higuera para cubrirse” (NTV). En la actualidad tenemos formas más sofisticadas para cubrirnos que hojas de higueras, pero todos lo hacemos. ¿Qué formas utilizas tú? Algunas personas usan el humor para cubrir sus miedos. Pueden ser los payasos del grupo, pero no permiten que nadie se acerque. El humor es una herramienta para mantener a las personas a la distancia, aunque parezca todo lo contrario. Mantiene la atención sólo en la superficie graciosa, y no se abre para mirar la mugre en nuestras vidas que hay debajo.
            Otros cubren su vergüenza dando la imagen de que tienen todo resuelto. Tú sabes bien que estás en un gran lío, pero por lo menos quieres lucir como si todo esté claro. “¿Qué tal?” “¡Bien!” Pero no hay pañuelo que aguante todas las lágrimas del alma.
            Muchos se ocultan detrás de una imagen aparentemente feliz en las redes sociales. Si observo a los viciados por tomar selfis, los ves con cara de “¡No te me acerques!”, pero de pronto le sonríen a su celular como si alguien les estuviera hablando, para después de unos segundos volver así de golpe a una cara de limón. Tratan de dar una imagen en las redes de una vida de perfección, cuando bien saben que es todo lo contrario.
            La etapa 3 es distanciarse de Dios. Dice el texto: “…entonces corrieron a esconderse entre los árboles, para que Dios no los viera” (v. 8 – NVI). Dios no espera que seas perfecto, pero sí espera que seas honesto ante él.
            Este es el primer miedo: el miedo a estar expuesto.
            2. El siguiente miedo es el miedo a la desaprobación que me hace defensivo. Tú puedes ver esto en todas las relaciones. Si alguien te critica, naturalmente te pones a la defensiva porque le temes a la desaprobación y al rechazo. De escondernos con el primer miedo —el miedo a estar expuestos— pasamos ahora a arrojar piedras a las demás personas. Pasamos de excusarnos a nosotros mismos a acusar a los demás. Y esto ocurre en todos los matrimonios del mundo, y en todas las amistades. Cuanto más siento la desaprobación, más señalaré a los demás para quitar la atención de mí. Si encuentras a una persona que constantemente critica a todo el mundo, puedes saber que esa persona oculta un enorme miedo a la desaprobación.
            Vemos esta actitud en Adán y Eva. Dios le preguntó a Adán: “¿Acaso comiste del fruto del árbol que te prohibí comer? El hombre respondió: —La mujer que tú me diste por compañera me dio del fruto del árbol. Por eso me lo comí” (vv. 11-12 – TLA). Adán enfrentó la situación como todo hombre: culpó a su mujer… Pero observen que en realidad ni la está culpando a Eva, sino a Dios mismo: “La mujer que me diste… Si tú no me hubieras dado a esa mujer, tú y yo seríamos cuates últimos. ¡Tú tienes la culpa!” Él le pasa la pelota a Dios y lo juzga. Y Eva no se quedó atrás. No quiso quedarse con el bulto de la culpa: “La serpiente me engañó, y yo comí” (v. 13 – RVC). Ninguno de los dos aceptó la responsabilidad. Adán y Eva sabían que Dios desaprobaría lo que habían hecho, y empezaron a pasarse la pelota el uno al otro. Y esto sucede en todas las relaciones del mundo: “Si tú me acusas, yo te acusaré.”

            3.) El miedo de perder el control me hace exigente. “Ahora quiero que lo hagas a mí manera. Se hace a mí manera o te vas a la calle (te duermes en el sofá).” Y tenemos un conflicto en pleno desarrollo. La consecuencia del pecado de Adán y Eva fue que perdieron el control de su futuro. Dios los sacó del paraíso. Ahora, este es el punto: cuanto más fuera de control te sientes, más controlador te vuelves. Si te sientes más fuera de control, más lucharás por recuperar el control de todo. Cuanto más inseguro te sientes, más necesitas hacerlo a tu manera, porque hacerlo a tu manera hace que tú estés en control del proceso, y eso te da seguridad. Pero si tú no sientes que tu vida está fuera de control, no tienes necesidad de recuperarlo. ¿Quiénes son los más inseguros en todo el patio de recreo? Los peleones. Los peleones siempre esconden una enorme inseguridad. Debido a que están profundamente asustados, se ponen la máscara de macho que tiene el control sobre todo, cuando por dentro es un pequeño niño asustado. Eso es lo que dice el verso 16: “Desearás gobernar a tu marido, pero él te gobernará a ti” (PDT). O sea, la batalla de los sexos ha empezado. De ahora en adelante existirá una lucha por el dominio, y todos los malentendidos, las confusiones y todo el conflicto en todos los matrimonios empezó justo aquí.
            No es muy bonita esta imagen: estos tres miedos —el miedo a estar expuestos, el miedo a la desaprobación y el miedo a perder el control— te hacen distantes, te hacen defensivos y te hacen dominantes. ¿Y dónde está el antídoto? Si no quiero estar estancado en mis relaciones, si no quiero vivir en la maldición de Adán y Eva, ¿qué puedo hacer? El apóstol Juan escribió: “La persona que ama no tiene miedo. Donde hay amor no hay temor. Al contrario, el verdadero amor quita el miedo. Si alguien tiene miedo de que Dios lo castigue, es porque no ha aprendido a amar” (1 Jn 4.18 – TLA). Así que, el antídoto al miedo es aprender a vivir en el amor de Dios. Lo opuesto del temor no es la fe, sino el amor. ¿Cómo puedo aprender a vivir en el amor de Dios? La Biblia dice: “En el amor no hay temor…” (1 Jn 4.18 – RVC), así que, en cualquier área de mi vida en que tengo temor, tengo que buscar dosis masivas del amor de Dios en esa área, “…porque Dios es amor” (1 Jn 4.8 – DHH). Cuanto más lleno mi vida con el amor, menos miedo voy a tener. Cuando el amor de Dios entra por la puerta principal, el temor huye por la puerta trasera. Al revés también es cierto: cuando te llenas de temor por algo, el amor ya se ha ido de tu vida. ¿Por qué es esto así? Juan también nos da la respuesta en el mismo verso 18: “Si alguien tiene miedo de que Dios lo castigue, es porque no ha aprendido a amar” (TLA). ¿Qué es lo que te da miedo al hacer algo? Es el miedo al castigo que podría ocasionar tu actuar. Es miedo a las consecuencias. Si nada de lo que hacemos tuviera consecuencias negativas para nosotros, todo lo haríamos. Tengo miedo a ser yo mismo en una fiesta, porque tengo miedo a las consecuencias que esto podría tener para mí cuando los demás me conozcan de verdad y me rechacen. El miedo hace que me asuste de decir la verdad. Así que, ¿cómo aprendo a vivir en el amor de Dios? Debes tomar tres decisiones diarias. Si tu empiezas a practicarlas, tus relaciones serán transformadas:
            a) Todos los días entrego mi corazón a Dios. El corazón es el símbolo del centro emocional de tu vida. Todos los días entrego mi centro emocional a Dios. Hasta que no lo hagas, no aprenderás a vivir en el amor de Dios. Como Dios es amor, cuanto más me acerco a Dios, más llena estará mi vida de amor. Cuanto más me aleje de Dios, más llena estará mi vida de miedo. Según que tengas amor o temor en tu vida, puedes evaluar cuán cerca o lejos estás de Dios.
            Entonces, al entregarle a Dios cada día nuestro corazón, le decimos: “Señor, entrego mis respuestas emocionales de este día a ti.” Si haces esto todos los días, ¿cambiaría esto tus relaciones interpersonales? ¡Claro que sí! Porque ya no eres tú quien decide cómo reaccionar a las provocaciones de los demás, porque le has entregado tus respuestas emocionales a Dios. Si tu cónyuge, tu amigo, tu compañero de trabajo o el chofer del colectivo se porta mal contigo, no tienes más necesidad de responder con la emoción “enojo”, porque se la entregaste a Dios. Ya no dispones de esta respuesta emocional. Más bien, ahora estás libre para responder con el amor de Dios.
            Hay una segunda cosa que debes hacer todos los días:
            b) Todos los días recuerdo la manera que Dios me ama. Cuando empiezas a llenarte de miedo y estás distanciado o te vuelves exigente y te vuelves defensivo, debes detenerte y recordar de cuánto te ama Dios:
·         Soy aceptado completamente. Ante el ser humano, nunca serás aceptado completamente. Ni si fueras perfecto, no le caerías bien a todos. Jesús es el claro ejemplo de esto. Pero Dios sí te acepta completamente.
·         Soy amado incondicionalmente. Dios nunca pone condiciones a su amor a nosotros: “Te amaré si…” “Te amo porque…” Él simplemente dice: “Te amo.” “Te amo a pesar de…” Nunca necesitas preguntarte: “¿Será que Dios me amará hoy? ¿Será que he orado lo suficiente o me he portado bien lo suficiente como para que me ame?” Dios sabía de todas tus metidas de pata que cometerías aun antes de crearte. E igual él te creó para amarte.
·         Soy perdonado totalmente. La Biblia dice que “…ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Ro 8.1 – DHH). Dios no te estrujará tu pecado en tu cara. Él te perdona y te libera.
·         Soy considerado extremadamente valioso. ¿Cuánto crees tú que vales? No estamos hablando de cuánto tienes, sino de tu valor propio. Un objeto vale lo que alguien está dispuesto a pagar por él. Tú vales lo que Dios estuvo dispuesto a pagar: su Hijo. Así tan grande es tu valor ante Dios.
            c) Todos los días ofrezco ese mismo amor a los demás. Esta es la verdadera clave para transformar tus relaciones. Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros” (Jn 13.34 – RVC). ¿Cómo me ama Dios? Acabamos de verlo: me acepta completamente, me ama incondicionalmente, me perdona totalmente y me considera extremadamente valioso. Bueno, así mismo debes amar también a los demás. ¿Transformaría tus relaciones si empezaras a hacerlo? ¡Claro que sí! ¿Quitaría el temor de tus relaciones? ¡Claro que sí! Esta indicación de Jesús también se puede expresar en términos de 1 Corintios 13.7: “El amor nunca deja de ser paciente. El amor nunca deja de creer. El amor nunca deja de tener esperanza. El amor nunca se da por vencido” (parafraseado). Así es como Dios te ama a ti, y debes amar a otras personas, tal como Dios te ama. No se trata de sentir algo por ellos, sino de ser paciente, de creerles, tener esperanza por ellos y no darse por vencido. El amor es acción, no un sentimiento. El amor extiende la gracia, nunca deja de ser paciente. Dios ha sido tan paciente contigo. ¿Por qué no puedes ser un poco más paciente con las personas? El amor espera lo mejor, pero también soporta lo peor, y nunca, nunca se da por vencido.
            ¿Extiendes gracia a tu cónyuge? ¿A tu amigo? ¿A tu compañero de estudio o de trabajo? ¿A tu vecino? ¿Eres paciente con ellos? ¿Crees en tu cónyuge, en tu próximo? ¿Esperas lo mejor de ellos y soportas lo peor? ¿No te das por vencido nunca en tu lucha por el bienestar de ellos? Ese es el verdadero amor que Dios tiene para ti y que él quiere vivir a través de ti. Y así el miedo de relacionarte con otros desaparecerá. ¡Dios nos ayude en esto!