miércoles, 21 de noviembre de 2018

Tonto vs. sabio











            La mayoría de ustedes conoce a estos dos varones. ¿Pueden identificar quién es quién? A veces necesitamos guiarnos mirando quién es la esposa que está a su lado. Así se le puede saludar o por César o por Sergio. Pero quien no los conoce muy bien o se encuentra por sorpresa con uno de los dos, capaz que no podrá distinguir uno del otro.
            Parecería que, en el texto de hoy, Jesús estuviera describiendo a un par de gemelos como César y Sergio. Parecen idénticos. De ambos se dice casi lo mismo, hasta Jesús usa exactamente las mismas palabras. Sin embargo, en verdad son tan distintos entre sí como la vida y la muerte. El resultado de su vida es radicalmente opuesto del uno al otro. ¿Qué es lo que hace la diferencia? Veámoslo en el texto de hoy, el último del Sermón del Monte, cuyo estudio concluimos hoy.

            F Mt 7.24-29

            Como dije, estos dos hombres se parecen como un huevo al otro, o como un gemelo al otro. Ambos reciben la enseñanza de Jesús, ambos son comparados con un constructor, ambos construyen una casa, ambos enfrentan las mismas adversidades. El relato de Jesús parece ser uno solo, que después no más hizo copiar / pegar para repetirlo, cambiando no más algunas palabras. Pero lo que a primera vista parece ser tan igual, en el fondo es radicalmente diferente. Y la diferencia empieza por dos letras que se agregan al relato del segundo hombre: “n”, “o”. Del primer hombre dice la Biblia: “A cualquiera que me oye estas palabras, y las pone en práctica…” (v. 24 – RVC). Después repite exactamente las mismas palabras para el segundo, con el agregado de estas dos letras: “…a cualquiera que me oye estas palabras y ‘n’ ‘o’ las pone en práctica…” (v. 26 – RVC). Ese “no” hace que el final de la historia sea tan opuesto como la vida y la muerte entre el primero y el segundo hombre. Al primer hombre, la Biblia lo llama “sabio”, “prudente”, “sensato”, “precavido”, según las diferentes versiones de la Biblia. ¿Les gustan estos calificativos? ¿O preferirían ser llamados “insensato”, “necio”, “estúpido”, “tonto”? Así es como la Biblia le llama al segundo hombre. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre uno y otro? No es el haber escuchado la Palabra de Dios. De ambos Jesús dice: “A cualquiera que me oye estas palabras…” La cuestión no es haber escuchado o leído la Palabra de Dios. Si uno quiere, puede estar todo el día rodeado de versículos bíblicos, lecturas de la Palabra de Dios, meditaciones, prédicas, etc., de modo que hasta podría producirse un tipo de “indigestión espiritual” por el exceso de alimento espiritual. Pero aún el que elija exponerse conscientemente a esta avalancha de la Palabra de Dios porque sí no más, seguiría siendo llamado “insensato”, “necio”, “estúpido”, “tonto”. Puedes leerte todas las meditaciones que subo diariamente en el grupo, escuchar todas las prédicas que encuentras en Internet y saberte de memoria toda la Biblia de tapa a tapa, y seguir siendo un “estúpido”. La pinta no te hace todavía un “sabio”. Es muy, muy necesario exponerse a la Palabra de Dios, porque si uno no lo hace, no puede llegar a lo que verdaderamente hace la diferencia: ponerla en práctica. La Biblia debe ser vivida, no solamente leída, pero para vivirla, necesariamente hay que leerla. Dios no habló nunca sólo para que tengamos información en la cabeza; Jesús no enseñó el Sermón del Monte sólo para que Mateo pueda ganar la competencia por ver quién tiene el evangelio más largo. Si Dios habla, es para impactar y cambiar vidas. La persona que no es transformada por la Palabra de Dios es como la segunda persona: necia, tonta. Y esta palabra no se refiere a su capacidad intelectual. Tú puedes ser una persona altamente inteligente, pero tonta y necia a la vez; tonta espiritualmente. Estúpida por no hacer lo correcto que sabes que debes hacer.
            ¿Qué haces tú con la Palabra de Dios? ¿Qué es la Biblia para ti? ¿Un gran libro? ¿Quizás tu libro favorito? ¿O es tu vida misma? El uso que podemos darle a la Palabra de Dios es ilustrado en nuestro texto por dos constructores. La casa que construyen simboliza la vida de la persona. ¿Sobre qué basa cada uno su casa de la vida? El que permite que la Palabra de Dios penetre en su vida, modifique sus puntos de vista y oriente su comportamiento y sus decisiones, es descrita como una persona sabia. Construye su vida sobre la roca. ¿Y qué o quién es simbolizado por esa “roca”? La Biblia frecuentemente compara a Jesús o a Dios con una roca: “Voy a proclamar el nombre del Señor; voy a enaltecer a nuestro Dios. Él es nuestra Roca, y su obra es perfecta; todos sus caminos son de justicia...” (Dt 32.3-4 – RVC), dice Moisés. David dice: “Señor, tú eres mi roca y mi fortaleza ¡eres mi libertador” (2 S 22.2 – RVC)! “Yo puse mi esperanza en el Señor, y él … me sacó del hoyo de la desesperación … y plantó mis pies sobre una roca; ¡me hizo caminar con paso firme” (Sal 40.1-2 – RVC)! Este es el fundamento de vida de alguien que decide obedecer las instrucciones divinas.
            Esto es muy fácil de decir y muy fácil de entender. Pero imagínense lo que es vivirlo. Si le pido a alguien cavar un canal o un pozo aquí en el terreno de la iglesia, él preferiría buscar la manera de mandarme a la luna que cavar lo que le pido. Eso es por las muchas piedras que hay en la tierra y que hacen que el cavar sea un trabajo durísimo. ¡Imagínense entonces marcar una roca donde vas a asentar las paredes de tu casa! Así es obedecer la Palabra de Dios: requiere de muchísimo sacrificio y esfuerzo. Si quieres vivir una vida tranquila (aparentemente…); si quieres “evitar la fatiga”, entonces sigue tratando a la Biblia como un gran libro de sabiduría pero que reemplaza la pata quebrada de tu mueble de la sala. Pero no esperes tener una vida que impacte a otros con la presencia de Cristo. No esperes ser llamado grande en el reino de los cielos. No esperes ser llamado “sabio”, “prudente”, “sensato”, “precavido”. Y tu comodidad del momento será tu ruina en el futuro – ¡y tu futuro empieza hoy! El fundamento sobre el que has construido tu casa no es visible a simple vista. Tu apariencia puede ser la de un tremendo cristiano de modo que pareces idéntico a un verdadero cristiano; tu vida espiritual puede lucirse en todas las luces, pero cuando es puesto a prueba tu fundamento, ahí se muestra de qué estás hecho. ¡Y esa prueba vendrá más temprano de lo que te lo imaginas! También el cristiano comprometido experimenta duras luchas en la vida. Jesús los describe en estos términos: “Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa…” (Mt 7.25 – BLPH). Es mentira que el cristiano fiel no tendrá luchas, como algunos tratan de pintarlo. Más bien, Jesús indicó todo lo contrario. En ambos casos dijo que venían las lluvias, inundaciones y tormentas. También en el Evangelio de Juan dijo: “En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16.33 – BNP). Como ya dije, en nuestro texto de hoy, Jesús emplea para la persona obediente a sus enseñanzas los mismos términos que para el descuidado y desobediente. Ambos experimentan las mismas aflicciones, pero uno se mantiene firme mientras que el otro se derrumba, porque su fe no fue lo suficientemente fuerte como para sostenerlo. Uno es un seguidor de Jesús, comprometido con su Maestro, el otro es un simple simpatizante, sin compromiso. Uno es trigo, el otro cizaña. La pinta es idéntica como dos gemelos, pero el cimiento es la diferencia.
            La Palabra de Dios no te da sugerencias que tienes la opción de cumplir o no, según te dé la gana o según te convenga. La Biblia siempre pone exigencias altas, no por ser tirano, sino porque sabe que las lluvias, los torrentes y los vientos de la vida son durísimos, y que podrá enfrentarlos sólo el que lucha tan radicalmente por la obediencia a los mandatos divinos. Es duro, pero es lo único que sostendrá tu vida en medio de las aflicciones. El que quiera una vida cómoda, sufrirá muchísimo más después al ver las ruinas de su vida. ¿Qué prefieres?
            Hoy se integran varias personas nuevas a la membresía de esta iglesia. Hemos pasado varias semanas viendo lo que la Palabra de Dios nos enseña en cuanto a esto. Nuestros nuevos miembros tienen ahora mucha información, pero dependerá de ellos ponerlos en práctica y comprometerse a una vida en obediencia a la Palabra de Dios. La iglesia no es un club de diversiones. El que viene sólo porque aquí “da gusto”, está en el lugar equivocado y se irá ni bien empiece el primer síntoma de no dar más gusto. Es muy lindo cuando las cosas van bien y cuando hay mucho entusiasmo, pero entusiasmo sólo no es suficiente. Es una emoción que hoy está presente y mañana se esfuma. Más que emoción se requiere de compromiso, porque la iglesia es más parecida a un campo de batalla en la que un soldado le cubre al otro mientras que todos juntos avanzamos en la conquista del reino de las tinieblas, en el nombre de Jesús. A los nuevos, ¿les asusta esto? Tienen todavía unos minutos de tiempo para decidir si realmente quieren entrar o no, ¡y lo digo en serio! No buscamos simpatizantes, sino personas comprometidas con Dios, en primer lugar, y con su iglesia en segundo lugar. En los últimos años varios miembros han soportado tormentas durísimas en sus vidas. Algunos estuvieron fundados sobre la roca y se mantuvieron en pie, otros fueron llevados por el raudal. Esperamos que la gracia de Dios los pueda poner a salvo antes que sea demasiado tarde. Y si deciden que Dios y su Palabra serán el fundamento de sus vidas, ¡bienvenidos! Juntos caminaremos rumbo a lo que Dios quiere para nosotros. Han hecho la mejor decisión. ¡Felicidades!
            Y los que desde hace tiempo ya tienen la pinta espiritual, pero cuya conciencia los pone hoy del lado de los tontos, estúpidos y necios, ¿qué es lo que tienen que hacer para pasar al lado de los sabios y prudentes? Sabemos que la clave es la obediencia: dejar impregnar sus actitudes, su vocabulario, sus reacciones, sus decisiones, en fin: toda su vida por los principios de la Palabra de Dios. No seremos perfectos, por supuesto, pero ¿cuál sería una cosa en la que ahora mismo piensas que Dios demanda de ti obediencia? No mires a toda la lista de faltas que puedes identificar en tu vida, sino empieza por un asunto. ¿Qué debes hacer en cuanto a este punto para obedecer las instrucciones de Dios? No salgas de este lugar sin haber tomado ese firme compromiso de pasar de tonto a sabio en ese punto concreto.


lunes, 5 de noviembre de 2018

¡Siga participando!









            Hace un mes atrás, el pastor Roberto nos dio dos desafíos o tareas. ¿Quién se acuerda cuáles eran? Buscarse un mentor y orar por un lugar donde empezar a fundar una iglesia. ¿Y qué han hecho al respecto? ¿Ya encontraron un mentor? ¿Ya encontraron un lugar para fundar un anexo? Quizás sea necesario tener en cuenta lo que Jesús nos enseña en el pasaje de hoy.

            FMt 7.7-11

            A primera vista parece que esta exhortación de Jesús (“Pidan, y se les dará…” – v. 7 – RVC) está totalmente de más, porque si algo sabemos hacer bien es pedir. Nuestras oraciones se parecen una selección de un catálogo de deseos: “Dame esto, esto, esto, esto, aquél ahí más también, — y… 20 otros deseos que no están en este catálogo…” Y esperamos que Dios funcione como una máquina expendedora: echamos una moneda de oración, y al instante cae abajo el producto deseado. ¿Por qué entonces dice Jesús que pidamos? Peor todavía: ¿por qué dice Santiago: “…No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios…” (Stg 4.2 – DHH). ¿Yo y no pedir? ¿No le es suficiente todavía a Dios lo que ya me he plagueado frente a él? Creo que más que lloriquear acerca de todo lo que no tenemos, se trata de tener una actitud de confianza de un hijo en un Padre amoroso que sabe lo que realmente necesitamos. Y más que recitarle nuestra lista de pedidos, se trata de una actitud de perseverancia. Jesús no está hablando de echar una monedita, y si no funciona la máquina, patearla con rabia. Se trata de mantener una actitud de confiada expectativa sin desanimarse y sin considerar el tiempo que transcurre hasta conseguir respuesta. Una criatura confía que su papá le va a cumplir lo que le prometió dar en respuesta a su pedido, y ¡jamás se olvidará de esta promesa! Espera y espera, a veces quizás un poco malhumorada e insistiendo con su pedido, pero espera a que recibirá lo que pidió. Esto es lo que Dios quiere de nosotros, esa actitud de confianza y amor. Y en ese sentido Dios nos dice: “Siga participando.” Pero no entendamos esta frase como una burla de su parte por no haber acertado nosotros el botón correcto que abre las compuertas de la bendición. Más bien, él nos anima a permanecer firmes en nuestro propósito. Él quiere que sigamos pidiendo, no lloriqueando como una criatura pichada que exige inmediata atención a sus caprichos, sino con la expectativa confiada de que él responderá según su plan. A veces creo que Dios retrasa intencionalmente su respuesta a nuestras oraciones para ver si realmente estamos convencidos del motivo de nuestra oración, o si es una emoción temporal no más. Por eso me gusta una versión que traduce este versículo como sigue: “Permanece pidiendo, y te será dado; sigue buscando y encontrarás; sigue llamando y la puerta se abrirá para ti” (v. 7 – Kadosh). ¡Siga participando!
            Esta exhortación de Jesús no descarta las oraciones cortas, tipo de emergencia. Estas oraciones tienen su valor, sin duda alguna. Además, también tenemos que tener en cuenta lo que Jesús había enseñado algunos versículos antes no más: “Cuando oren, no alarguen demasiado su oración. No hagan como los que no conocen a Dios, que creen que porque hablan mucho Dios les tendrá que hacer caso” (Mt 6.7 – PDT). Es decir, Jesús no está hablando de la duración de la oración, sino de presentar ante Dios nuestros motivos con confianza y con perseverancia y determinación. Y él promete que va a responder: “Pidan, y se les dará, busquen, y encontrarán, llamen, y se les abrirá” (RVC). ¿Pides por la salud de algún ser querido? ¡Sigue participando! Sigue haciéndolo hasta recibir respuesta. No desmayes, no desistas. ¿Pides por un mentor? No dejes de hacerlo hasta haber encontrado uno bueno. ¿Estás buscando trabajo? Sigue buscando hasta encontrar respuesta. ¿Estás buscando un lugar para establecer un anexo de nuestra iglesia? No ceses de hacerlo hasta que el Señor nos muestre el tiempo y el lugar para ello. ¿Estás buscando novia…? Bueno, mejor dejemos este punto… ¿Estás llamando a Dios por algo que pesa sobre tu corazón? Él promete que va a abrir las puertas ante ti. ¡Sigue participando! En el siguiente versículo Jesús repite otra vez esa misma promesa: “…todo aquel que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre” (v. 8 – RVC). Pero le quisiera dar a este versículo un énfasis un poco diferente: “…todo aquel que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre.” Es decir, si no pides, si no buscas, si no llamas, nada va a pasar. Es cierto que Dios nos da mucho más de lo que pedimos, incluso cosas que nunca le hemos pedido, pero es porque tanto nos ama y se complace en darnos cosas buenas, como Jesús mismo declarará en los siguientes versículos. Pero él espera muchas veces a que nos acerquemos a él con toda la confianza de un niño para expresar nuestros deseos. A veces como padres sabemos bien qué es lo que quieren nuestros hijos, pero esperamos que tengan la suficiente confianza para expresarnos el anhelo de su corazón. Así mismo es Dio también. Él no es un poder malhumorado a quien, para no acercarnos mucho a él, le mandamos no más nuestras peticiones por WhatsApp. El anhela ansiosamente que nos acerquemos a él y le abramos nuestro corazón para hacerle partícipe de nuestros pensamientos y anhelos. Porque esto revela fe en un Dios amoroso y todopoderoso que va a dar lo que realmente necesita su hijo(a). Él quiere que sigamos participando…
            A veces tenemos la imagen muy equivocada de Dios de que tenemos que torcerle el brazo en la espalda para que a regañadientes nos dé por lo que tanto le insistimos. Pero esto está muy lejos de la verdad. En los siguientes versículos vemos que él está más que dispuesto a darnos cosas buenas. Es más, que él se deleita en darle a sus hijos lo que necesitan: “¿Acaso alguno de ustedes sería capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan” (vv. 9-11 – DHH)!
            Este ejemplo que Jesús da de un padre con su hijo afirma la enseñanza que él acaba de expresar que el que pide, recibe. El niño recibirá algo de su padre. Y Jesús dice que ningún padre va a ser tan sádico como para darle a su hijo algo que le dañe, como una piedra o una serpiente. Jesús no dice que un padre le daría a su hijo exactamente lo que éste le había pedido. Tampoco dice que siempre le dará inmediatamente ni bien el hijo abra su pico. Pero sí dice que ningún padre normal le daría a su hijo algo que lo pueda dañar; o que se burlaría de su hijo haciendo como que le va a conceder su deseo, pero dándole algo totalmente diferente, incluso dañino. Si un padre humano imperfecto busca siempre el bien de sus hijos, cuánto más entonces el Padre celestial santo, puro y amoroso. En este versículo se ve que Jesús siempre habla de Dios como el que responderá a nuestro pedido y nuestra búsqueda. En el versículo 7 Jesús había hablado otra vez en modo pasivo (“se les dará…”), sin indicar quién es el que daría. Pero aquí en el versículo 11 identifica claramente que será el Padre el que da. De que nos va a dar, ¡nos va a dar! Quizás no será en el momento que nosotros quisiéramos, ni en la forma en que nos lo habíamos imaginado, pero siempre habrá respuesta. Sólo debemos seguir participando. Dios jamás nos va a dar algo negativo. Más bien, Jesús dice que “…su Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan” (v. 11 – RVC). Puedes estar muuuy tranquilo(a) al orar. Dios jamás te hará una mala jugada, dándote algo que será una burla o algo dañino para ti. Lo que él te dará en respuesta a tu oración será lo que él en su amor ha previsto para ti y será exactamente lo que necesitas (quizás no lo que deseas, pero sí lo que necesitas).
            No lo hagan como yo en mi adolescencia, que tenía miedo de orar por una novia porque pensé que de repente el Señor me daría a cierta chica que jamás de los jamaces quería tener como novia. Pero esto revela no más el muy escaso conocimiento que yo tenía de Dios a esa altura. Más bien, no debemos desistir de seguir llamando hasta recibir alguna respuesta. Porque Jesús había dicho: “…su Padre ya sabe lo que ustedes necesitan, antes que se lo pidan” (Mt 6.8 – DHH). Pero él no nos lo da automáticamente, porque nos convertiríamos en tiranos inmaduros que exigen en todo el tiempo que Dios nos llene de las cosas que se nos antojan. Más que reaccionar como autómata, él quiere una relación viva e íntima con nosotros para dialogar acerca de nuestros deseos y acerca de sus planes para con nosotros. Así que, sigamos buscando su presencia para conocer su corazón y para abrir el nuestro. Y pidámosle que nos abra los ojos para que podamos ver las formas en que él nos responde, especialmente cuando sus respuestas sean diferentes a lo que nosotros nos habíamos imaginado.
            Hay personas que dicen que al pedirle algo a Dios hay que darle todas las especificaciones: el modelo, el color, el tamaño, etc.; darle todos los detalles de lo que uno pide; pedir muy específicamente. Dios es un Dios grande que se complace en que le presentemos claramente nuestros deseos, con toda confianza, dicen. Y conozco a personas que oran de esa manera y a quienes Dios les contesta tal cual.
            Hay otros que dicen que no hay que darle a Dios ningún detalle, porque él sabe mejor qué es lo que nos conviene. Además, ¿quiénes somos nosotros para prescribirle a Dios cómo él tiene que actuar? Yo no podría decir si una forma de orar es mejor o superior a la otra. Yo creo que depende mucho de la relación que cada uno tiene con Dios; del carácter inclusive de cada persona y quizás también de ciertas circunstancias de ese momento. Lo que sí podemos decir que Dios se complace en que derramemos delante de él nuestro corazón, y él promete que contestará sí o sí.
            ¿Te acuerdas de motivos que por un tiempo presentaste ante Dios, pero por los cuales ya te cansaste de orar? Sigue orando. Lo mejor que puedes hacer es confeccionarte un registro de motivos de oración, sea de petición o de alabanza y gratitud. Así todos los días te acuerdas de tus motivos y los puedes presentar delante de Dios una y otra vez hasta encontrar respuesta. Y también puedes darle la honra, alabanza y gratitud debida por cada oración que él ha contestado.
            ¡Siga participando! ¡Dios no te defraudará!


domingo, 21 de octubre de 2018

El burro hablando de orejas









            Un proverbio de los sioux, tribu de nativos de los Estados Unidos, dice: “Antes de juzgar a una persona, camina tres lunas con sus mocasines.” En relación a este proverbio encontré una reflexión interesante de la bloguera Andrea Turchi, que en algunos pasajes dice lo siguiente: “Creo que este proverbio incluye dos temas importantes a la hora de no juzgar precipitadamente a los demás: el ponerse en los zapatos del otro y el tiempo que hay que dedicarle a eso antes de emitir opinión. … Pero ¿qué pasa cuando conocemos demasiado a la otra persona? ¿Cuando no necesitamos imaginación para “saber” lo que siente, quiere, piensa, planea, va hacer, etc.? ¿Cuando creemos que ya hemos calzado más de una vez sus mocasines? ¿Cuando nos hemos acostumbrado tanto a verla que ya no sentimos la curiosidad ni la necesidad de descubrirla? Ahí es cuando no damos ni medio paso ni entregamos medio minuto para ponernos en su lugar, y juzgamos sin pensar, sin percibir, sin ver.”
(https://apartirdeunafrase.wordpress.com/2010/06/09/antes-de-juzgar-a-una-persona-camina-tres-lunas-con-sus-mocasines-proverbio-sioux/)
            Creo que es una gran verdad lo que esta mujer ha dicho en su artículo. ¿Y qué es lo que la Biblia dice acerca del tema de juzgar a otros? Llegamos ahora al último de los 3 capítulos que conforman el Sermón del Monte que venimos estudiando aquí desde hace algún tiempo. Ahora Jesús enseña lo siguiente…

            FMt 7.1-6

            El texto empieza con una declaración sencillísima, pero tan clara que no hay más nada que agregarle: “No juzguen y no los juzgarán” (v. 1 – NBE). Este versículo no prohíbe un juicio debido en casos necesarios. Es esencial, incluso vital, evaluar personas y situaciones. Por ejemplo, si no procuráramos evaluar, juzgar, leer entre líneas o como quieran llamarlo, cuando una persona extraña se presenta en nuestra casa, muy fácilmente podríamos caer presos de extorsionadores, violadores, ladrones, etc. Jesús mismo lo dijo sólo pocos versículos más adelante: “Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Ustedes los conocerán por sus frutos” (Mt 7.15-16 – RVC). Detectar los disfraces de los lobos y evaluar los frutos de las personas requiere necesariamente realizar cierto juicio. Tampoco Cristo prohíbe la expresión de opiniones, ni que condenemos lo que está mal hecho. Más bien, él se refiere a “la crítica indebida que no toma en cuenta las debilidades de uno mismo” (DHH). Está prohibido creernos llamados a juzgar y condenar a todo el mundo, como si Dios nos hubiera puesto como jueces de los pecados de los demás. Este versículo no es una condenación de cualquier crítica, sino un llamado a discernir antes de ser negativo; de evaluar antes de tirar en el barro cualquier cosa que diga o haga el prójimo. Como quien entra retrasado a una reunión de planificación, y las primeras palabras que dice es: “No sé qué han decidido, pero me opongo.”
            “No juzguen.” Es tan fácil de entender – y ahí está el problema justamente. Muchas veces lo más fácil de entender con la cabeza es lo más difícil de vivir de corazón. Ante cualquier cosa que alguien diga o haga, ya salen volando nuestros comentarios acerca de la persona. Por lo menos a mí me pasa esto… Y generalmente son comentarios de evaluación: o de aprobación o —mucho más todavía— de condenación de lo que dijo o hizo la otra persona. Y normalmente nuestro comentario revela nuestra actitud de superioridad sobre esa persona. Es decir, nos consideramos mejores que ella. Parece que todas las prédicas, amonestaciones y enseñanzas que escuchamos acerca del tema, y todo lo lindo que nos proponemos respecto a esto, caen en saco roto. No hacen efecto en absoluto. A los 5 minutos ya otra vez desaprobamos a alguien, si no en palabras, por lo menos en nuestra mente. Pareciera ser un vicio del cual no nos podemos liberar. Y lo peor: ¡ni nos damos cuenta de que lo estamos haciendo! El problema no está tanto en las palabras de reprobación que decimos respecto a otros —aunque estos pueden herir terriblemente—, sino en la actitud crítica que tenemos en el corazón. Es una actitud que no tiene en cuenta sus propios errores, sino que más bien revela mucho orgullo que se cree mejor que los demás. Y es esta actitud que nos impulsa a emitir cualquier opinión respecto a otros, sea en voz alta o en nuestra mente.
            En este versículo vemos que nuestra actitud respecto a otros tiene un efecto recíproco. Nuestro juicio o nuestra evaluación es como un bumerang: vuelve otra vez a nosotros. Le “disparamos” al prójimo, lanzándole un comentario, un juicio, pero como por poderes invisibles, la “bala” de la condena se desvía, se da la vuelta, y vuelve para acertarnos a nosotros mismos. Si no queremos ser lastimados por balas de crítica, desprecio o desaprobación, no las disparemos. ¡Así de sencillo! Jesús dijo: “No juzguen y no los juzgarán”, en otras palabras, si no querés ser criticado, no critiques entonces. Punto. El trato de los demás hacia ti es el reflejo de cómo tú los tratas a ellos. Jesús mismo lo dijo en el versículo siguiente: “…con el juicio con que ustedes juzgan, serán juzgados; y con la medida con que miden, serán medidos” (v. 2 – RVC). O como muy bien lo dice otra versión: “…serán tratados de la misma forma en que traten a los demás. El criterio que usen para juzgar a otros es el criterio con el que se les juzgará a ustedes” (NTV). Esto es también exactamente lo que Jesús enseña con lo que conocemos como la “regla de oro”: “Siempre traten a otros de la forma que a ustedes les gustaría que los traten…” (Mt 7.12 – Kadosh). ¿Quieres ser respetado? Respeta a otros. ¿Quieres ser alabado? Alaba a otros. ¿Quieres que la gente hable bien de ti? Habla tú bien de los demás. ¿Nos damos cuenta cuán íntimamente está ligada nuestra vida a la de los demás? En la versión de Pablo esto suena así: “Todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará” (Gal 6.7 – RVC). En la naturaleza, esto es totalmente lógico, y ni se nos ocurre buscar manzanas en una planta de naranjas. Pero en el trato entre personas, ¿acaso vamos a esperar cosechar amor si sembramos odio? ¿Cosechar respeto si sembramos falta de respeto? ¿Cosechar amabilidad si sembramos rudeza? “…con la medida con que miden, serán medidos” (v. 2). Nadie es una isla. Lo que uno es, lo que uno hace, lo que uno dice afecta de alguna manera a las personas a su alrededor.
            Ahora, ¿quién será el que mide? Este versículo está en forma pasiva (“serán juzgados”, “serán medidos”), pero no se nos dice quién es el agente de “medición”. ¿Quién creen ustedes que nos juzgará de la misma manera como nosotros juzgamos a otros? Con seguridad que las demás personas nos tratarán igual como nosotros los tratamos a ellos. Pero, además, aquí se refiere a Dios, que él nos tratará igual de lo que tratamos a otros. Muchas versiones de la Biblia lo traducen así: “…Dios los juzgará de la misma manera que ustedes juzguen a los demás…” (PDT). La versión Traducción en Lenguaje Actual dice: “Si son muy duros para juzgar a otras personas, Dios será igualmente duro con ustedes. Él los tratará como ustedes traten a los demás.” Una nota explicativa de la versión Dios Habla Hoy indica que la “voz pasiva [es] usada para referirse a la acción de Dios”. Esto es mucho más grave todavía. Nuestro actuar no solamente determina cómo los demás me tratarán, sino también como Dios me tratará. ¿Te gustaría que Dios se comporte contigo de la misma manera como tú te comportas con otros? Claro, su misericordia siempre está presente, y él ve también nuestro esfuerzo por portarnos bien. Además, el Salmista dice que “…él sabe lo débiles que somos; se acuerda de que somos tan sólo polvo” (Sal 103.14 – NTV). Pero para un autoanálisis es muy apropiada esta pregunta: ¿Quisiera yo que Dios se comporte conmigo de la misma manera como yo me comporto con otros? Duro, ¿no?
            Y como si no fuera suficiente ya el palo que acabamos de ligar, Jesús agrega otro más: “¿Por qué te pones a mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo” (v. 3 – DHH)? O sea, el burro hablando de orejas… ¡No seas burro!
            Pero lo triste es que nadie se salva de esto. Como dije al principio, es tan fácil comentar despectivamente respecto a otros, y tan fácil no tener en cuenta nuestras propias limitaciones y nuestros errores. “Sí, yo sé que nadie es perfecto, pero…” Pero, ¿qué? No nos atrevemos a decirlo, pero nuestra actitud lo muestra: consideramos que el otro es aún menos perfecto que nosotros. Jesús usa una exageración intencional al comparar la falta del prójimo y la nuestra con una astilla, pajita o basurita en el ojo del prójimo, y un tronco o viga en nuestro propio ojo. Es el mismo principio y la misma exageración intencional que habíamos visto hace poco en la parábola de los dos deudores: que uno que tenía una deuda de millones y millones de dólares no consideró a otro compañero que le debía poquita plata. Sabemos que tener una basurita en el ojo es molestoso, pero mal que mal podemos ver todavía. Pero ya una viga o un tronco nos hace ciegos por completo. Nos hace tan ciegos que ni nos damos cuenta que la ceguera está en nuestro propio ojo; que nuestra vista está totalmente oscurecida por nuestros propios errores y pecados. ¿Y aún así nos atrevemos a criticar los errores de otros? ¡El burro hablando de orejas!
            El evangelista Juan relata un episodio en el cual Jesús aparece en público en una de las fiestas religiosas de los judíos. Sus enseñanzas causaron mucha confusión y opiniones dispares entre la gente. Algunos se burlaban de él, otros lo consideraban un profeta, y unos cuantos se preguntaban si él no sería el Mesías. A los sacerdotes y los fariseos esto ya les empezó a incomodar. Enviaron a los guardias a detener a Jesús, pero estos volvieron totalmente impactados por las palabras que decía Jesús. Ante esto, los sacerdotes se burlaron: “¿También ustedes se han dejado engañar? ¿Quién de los jefes o de los fariseos ha creído en él? Sólo esa maldita gente, que no conoce la ley” (Jn 7.47-49 – BNP). Los sacerdotes y fariseos se creían tan iluminados que estaban convencidos de la falsedad de las enseñanzas de Cristo. Pero no se dieron cuenta que estaban tremendamente equivocados. En relación a esto, Christopher Shaw escribe en su devocionario “Dios en sandalias” lo siguiente: “¡Qué importante resulta para nosotros revestirnos de humildad! ¿Quién de nosotros no está afectado por su humanidad? Aun entre los de mayor sensibilidad por lo espiritual, el margen de error siempre está presente. ¡Tengamos mucho cuidado, entonces! Que la factibilidad en identificar los obvios desaciertos de los fariseos y sacerdotes no nos lleve a creer que esto le da un grado adicional de confiabilidad a nuestras propias posturas. Si todas nuestras afirmaciones no están cubiertas con un gran manto de humildad, entonces también acabaremos sin entender lo que decimos ni las cosas acerca de las cuales hacemos declaraciones categóricas.” Así que, antes de creer que somos Superman espiritual, es mejor quitarnos ese atuendo y vestirnos de la capa de la humildad. Esa nos quedará mucho mejor, y no causará tanto daño a nosotros mismos y a otros.
            ¿Y cómo llama Jesús a los que procuran solucionar los problemas de otros, teniendo semejante tajo en el alma ellos mismos? Él usa la palabra bastante fuerte de “hipócrita” (v. 5), uno que finge algo, que esconde ciertas cosas en él que no quiere que los otros lo vean. Se escucha muy a menudo personas de alrededor del mundo decir: “La iglesia está llena de hipócritas.” Probablemente tienen razón en cierto sentido. Y probablemente el que lo dice es el presidente del club de hipócritas. Todo ser humano procura esconder las sombras en su carácter o su vida. Procura dar una apariencia mejor de lo que él es en realidad. Y como dijimos al inicio, todos caemos en esa tendencia de criticar y juzgar a otros, creyéndonos mejores que los demás. Así que, todos somos hipócritas, también los miembros de una iglesia cristiana – pero, la gran diferencia es que Cristo murió por esa hipocresía; que él sabe que sufrimos bajo los efectos de la humanidad caída y que el bien no está en nosotros; que él nos perdona y nos levanta una y otra vez. En él dejamos de ser hipócritas.
            Jesús da como solución a este dilema deshacerse primero de su tronco, de su propio problema, para así poder ayudar a otros: “…saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo” (v. 5 – DHH). Es más, muchas veces al darnos cuenta de cuán largas son nuestras propias orejas, veremos con mucha vergüenza que la supuesta astilla en el ojo ajeno era nada más que una sombra de nuestro tronco. Es decir, el problema no estaba en la persona que parecía ser mi archienemigo, sino en mí. ¡Y ese despertar es muy crudo! Y nuestro orgullo siempre tratará de empujarnos a no admitirlo. Es demasiada la vergüenza admitir que la otra persona no era tan negra como yo la había pintado, que seguimos echándole la culpa, o por lo menos tratamos de zafar de alguna manera sin tener que admitir que nos equivocamos bien feo. Y así se endurece nuestro corazón más y más. Para resolver esto, se requerirá de una intervención muy dolorosa de parte de Dios.
            Por otro lado, hay que decir que nunca nos vamos a liberar totalmente de nuestros propios errores. Somos, pues, seres humanos débiles y limitados. Si esperamos hasta ser casi perfectos, nunca ayudaremos a otros a sacar sus astillas de su ojo. Lo importante es darnos cuenta de nuestra propia debilidad y someterla una y otra vez bajo la gracia divina. Mientras con mucha humildad seguimos luchando contra nuestras debilidades, podemos ayudar a otros a hacer lo mismo. Un conferencista dijo hace poco: “Nuestras heridas permiten a los otros ver a Dios.” Porque las heridas tratadas son una muestra de la gracia y misericordia de Dios. Las heridas nos recuerdan nuestra propia debilidad y nos hacen humildes. Por eso, mientras luches tú mismo contra el pecado, ayuda a otros a hacer lo mismo.
            El comentarista William Barclay dice al respecto: “Sólo uno que no tuviera ninguna falta tendría derecho a buscarles a los demás las suyas. Nadie tiene derecho de criticar a otro a menos que por lo menos esté preparado a intentar hacer mejor lo que critica. En todos los partidos de fútbol o del deporte que sea están las gradas llenas de críticos violentos que harían un pobre papel si bajaran al terreno de juego. Todas las asociaciones y todas las iglesias están llenas de personas dispuestas a criticar desde sus puestos … de miembros, pero que no están dispuestos a asumir ninguna responsabilidad. El mundo está lleno de personas que reclaman su derecho a criticarlo todo y a mantener su independencia cuando se trata de arrimar el hombro.
            Nadie tiene derecho a criticar a otro si no está dispuesto a ponerse en la misma situación. No hay nadie que sea suficientemente bueno para tener derecho a criticar a otros.
            Tenemos de sobra que hacer para poner en orden cada uno su propia vida sin ponernos a ordenar criticonamente las de los demás. Haríamos bien en concentrarnos en nuestros propios defectos, y dejarle a Dios los de los demás.” (Barclay) ¡Muy cierto!
            No obstante, a veces es un acto de amor sincero señalar a otros algún error del que no se dan cuenta. Pero debemos ser conscientes que no todos recibirán con agrado nuestro intento de ayudarles. Jesús deja al final una advertencia: “No les den lo que es santo a los perros, pues se irán contra ustedes y los morderán. No les tiren tampoco perlas finas a los cerdos, pues lo único que ellos harán es pisotearlas” (v. 6 – PDT). Es decir, algunos usarán nuestras buenas intenciones en nuestra contra para burlarse y dañarnos. O no valorarán lo que uno intenta hacer por ellos. Jesús dice entonces que no debemos desperdiciar lo sagrado que Dios nos ha dado (como el mensaje de salvación, por ejemplo) en personas que decididamente no responden a ello. Ahora, esto no es tan sencillo como suena. No es para rendirse después del segundo o tercer intento. Tampoco pueden mirarle a la gente y decir: “Ah, a este no le voy a hablar del Evangelio, porque para mí que tiene cara de cerdo.” Si bien esta situación implica ejercer un cierto tipo de juicio o evaluación del estado espiritual de la persona, debe ser hecho con la ayuda del Espíritu Santo. Tanto los perros como los cerdos eran animales impuros para los judíos. Lo que Jesús quería indicar era que se debía evitar invitar a paganos completamente indiferentes a unirse a prácticas de la religión hebrea. Una aplicación a nuestros días quizás sería evitar hacerlos miembros de la iglesia. Es pérdida de tiempo tratar de enseñar conceptos santos a personas que no quieren escuchar y que despreciarán lo que digamos. No debemos dejar de predicar la Palabra de Dios a los que no creen, pero debemos ser sabios y discernir qué enseñar y a quién.
            Echar las perlas a los cerdos es lo contrario a lo que vimos recién. En los primeros versículos, Jesús condena la crítica excesiva, aquí el advierte ante la ausencia total de evaluación, que no tiene en cuenta el estado espiritual de las personas. Esto llevaría a un desperdicio de tiempo y esfuerzo en alguien que ha decidido no responder a ello. Esto no sólo es contraproducente, sino puede llegar hasta ser peligroso.
            El burro hablando de orejas. ¡No seas burro! Confiésele a Dios tu actitud crítica. Procura caminar en los mocasines del otro. Averigua por qué dijo o hizo lo que dijo o hizo. Eso implica dedicar tiempo y esfuerzo a esta tarea. NO implica comentar a otros lo que escuchaste o viste de fulano o mengano. NO implica publicar cualquier crítica en Facebook, tampoco contra los gobernantes. Somos llamados a orar por los gobernantes, no a pintarlos de negro en las redes sociales. Porque lo único que sabes de su trabajo es normalmente lo que publica la prensa, y la prensa ¡jamás! se va a poner en los zapatos de ellos para ver por qué actuaron de tal o cual modo. Así que, tengamos cuidado de no cometer graves errores. No estoy defendiendo a las autoridades políticas. Ellos tendrán que responder ante Dios por lo que han hecho. Estoy diciendo no más que tú y yo no tenemos la posibilidad de ponernos sus mocasines para entender el motivo de su actuar. El chisme aleja de ti sus mocasines y hace crecer tus orejas de burro. El orgullo que produce en ti esa actitud crítica, sólo puede ser vencido mediante el constante autoexamen, la confesión y la búsqueda de perdón, para que así pueda ser reemplazado por el amor genuino de Dios. Y ese amor te impulsará a buscar con esmero los mocasines de tu prójimo. Oremos junto con el salmista: Oh Dios, examíname, reconoce mi corazón; ponme a prueba, reconoce mis pensamientos; mira si voy por el camino del mal, y guíame por el camino eterno (Sal 139.23-24). Amén.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Búsqueda de tesoro








            Hoy seremos aventureros. Hemos recibido noticias de algún tesoro escondido por ahí, e iremos a ubicarlo. Lo desenterraremos y lo llevaremos a donde realmente nos sirva y donde esté seguro. Lastimosamente no tenemos ningún mapa que nos muestra su ubicación exacta ni una marca del GPS. Tenemos que recorrer los rincones de nuestra alma para descubrirlo. Sólo tenemos algunas pistas que nos pueden orientar. Estas indicaciones encontramos en un libro viejo que les invito a abrir en el capítulo correspondiente a don Mateo. En su 6ª unidad, parágrafo 19, él nos da algunas pautas.

            FMt 6.19-23

            Este texto está lleno de cosas que debemos atender. Jesús da aquí la instrucción de no acumular tesoros. “Acumular” significa juntar o reunir una cantidad considerable de cosas. Eso requiere poner concentración, tiempo y esfuerzo en la acción de amontonar riquezas. Significa que lo único —o por lo menos lo ampliamente primordial— que ocupa nuestra mente y emociones es hacer que aumente ese tesoro. En algunos casos, esto puede llegar incluso a dimensiones enfermizas. Desde el punto de vista de Dios, hacer esto es una pérdida de concentración, tiempo y esfuerzo. Indica que nuestra mirada no va más allá de la punta de nuestra nariz. Indica que creemos que esta vida es todo lo que hay, cuando en realidad es un humo que desaparece en comparación con la eternidad. A pesar de esto, estamos tan aferrados a esta vida aquí y ahora. No es que esté mal, necesariamente. Está mal si perdemos de vista la eternidad. Por eso dice Jesús que no nos perdamos en los asuntos meramente temporales y pasajeras, que hay cosas mucho más importantes en que invertir concentración, tiempo y esfuerzo.
            Jesús prohíbe, en segundo lugar, acumular tesoros, porque implica una acción egoísta. Varias versiones incluso traducen: “No guarden riquezas para sí mismos…” (v. 19 – Kadosh). Si yo estoy afanado por juntar un montón cada vez más grande de tesoros, estoy queriendo asegurar bienestar. Mi confianza está puesta totalmente en mi tesoro, y mi felicidad depende de él. No estoy pensando en mi prójimo, sino me valgo de cualquier estrategia para hacer crecer mi tesoro, y lo cuido como un perro cuida su hueso, como el nuestro que desconfía hasta de su propia pata trasera. La Biblia nunca nos alienta a cultivar el egoísmo, sino —muy por el contrario— a abrir nuestros corazones y nuestras manos hacia las necesidades de los demás.
            La otra cosa que necesitamos entender es que este versículo no prohíbe tener mucho dinero. La Biblia no habla en contra de ser rico. Muchos de los grandes personajes de la Biblia eran personas tremendamente ricas. Este texto habla de no acumular tesoros, pero no prohíbe acumular dinero. ¿Cuál es la diferencia? El dinero no necesariamente es un tesoro. Puede que para algunos sí lo sea, para otros no. A ver si me explico. ¿Qué es un tesoro? Un tesoro es todo aquello a lo cual tú le atribuyes un valor muy alto, generalmente un valor emocional. Cierto objeto puede ser tu tesoro, porque lo valoras tanto que jamás te quisieras desprender de ello. Es tu tesoro, porque en algún momento de tu vida, ese objeto ha marcado tu historia. El valor monetario a lo mejor es muy bajo, o ni existe, pero igual es tu tesoro. El ejemplo por excelencia es esa frazadita, almohadita o peluche de tu hijito/a o sobrinito sin el cual no puede vivir. Puede derrumbarse el mundo, pero no esa frazadita. Ya es nada más que un trapo sucio, pero para él/ella es su máximo tesoro. Quizás tienes algún objeto que te ha regalado una persona que significa muchísimo para ti, y ese objeto se convierte en tu tesoro. Algunas personas pueden llegar a ser tu tesoro. Muchas veces llamamos “tesoro” a nuestro cónyuge o a nuestros hijos, y está bien, porque son algo tremendamente preciado que Dios ha puesto en nuestro camino. Entonces, dependiendo del valor que tú le asignas al dinero, este puede ser tu tesoro o no. Y no estoy hablando de cantidades de dinero. Hay personas con muy poco dinero, pero para quienes el dinero (incluso el que no tienen) es un tesoro. Toda su concentración, tiempo y esfuerzo está dirigido hacia el dinero. Y para otros no. La diferencia está en qué valor le atribuimos al dinero; cuánto valor emocional le damos, o cuánto poder permitimos que el dinero ejerza sobre nosotros. Por eso dije que el acumular tesoros siempre es un acto egoísta, porque algo a lo que le atribuyo tanto valor lo voy a cuidar con uñas y dientes, y no lo voy a soltar fácilmente de la mano para dárselo a otros. Yo llego a ser prisionero de mi tesoro, porque le he dado tanto poder sobre mis emociones y mi voluntad, que no puedo decidir compartirlo con otros. Por eso, Pablo le escribe a Timoteo: “Los que quieren ser ricos [no: los que son ricos…] caen en la trampa de la tentación. Empiezan a tener deseos descabellados que los perjudican. Eso los hunde en la ruina total” (1 Ti 6.9 – PDT). Pero si recupero el control y reduzco el valor de mi tesoro, lo bajo en mi escala de prioridades, éste deja de ser algo que deba retener a como dé lugar, y yo puedo llegar a ser libre para compartir con otros lo que antes tanto había atesorado en mi corazón.
            Este es el gran peligro de los tesoros terrenales. Por eso Jesús los prohíbe en este texto. Además, los tesoros terrenales son tremendamente temporales e inseguros. Aunque haya acumulado una gran cantidad de mi tesoro, lo puedo perder en un abrir y cerrar de ojos. La historia está llena de casos y más casos en que esto ha sucedido. En un descuido se cae y se rompe y ¡chau, che! Lo puedo encerrar en la bóveda más segura del mundo, y aún ahí está en peligro de ser robado, como dijo Jesús. Además, ¿de qué me sirve mi supuesto tesoro encerrado en una bóveda? ¿Acaso iré cada día a abrir la bóveda y edificarme por contemplar su belleza? Mi tesoro está encarcelado en una bóveda del banco o de algún lugar de supuesta máxima seguridad – y juntamente con él también mi corazón. Es una situación tremendamente ridículo y condenable – ¡pero cuánta gente en el mundo vive de esta manera! Y la situación se empeora todavía con la insaciabilidad del ser humano, porque la actual fortuna no alcanza. Siempre se quiere más. Se necesita de mayores estímulos para satisfacer por unos instantes la sed por las riquezas.
            O si su máximo tesoro es su auto al cual idolatran, se produce un choque y ¡amóntema! Hasta pueden morir junto con su tesoro. Y si así fuera, se darían cuenta que no pueden llevarse a la eternidad nada de lo que durante algunos meses o años fue lo más importante de su vida. Y la chatarra en que se convirtió su tesoro cué será corroída por el óxido, como dice Jesús.
            Bueno, ante lo inseguro, temporal y frágil que es mi tesoro, ¿cómo hacerlo para que esté realmente seguro? Jesús da la respuesta en el versículo 20: Si alguien quiere tener su tesoro realmente seguro, sin peligro de herrumbre ni de ladrones, tiene que guardarlo en la bóveda celestial. Y el envío es gratis y seguro. Ni Giros Tigo ni PayPal ni Western Union pueden competir con el servicio de transferencia al banco celestial. Cada acto, cada palabra, cada gesto de amor, hechos en el nombre y según la voluntad de Dios, son convertidos en puntos adicionales en nuestra cuenta en el más allá. Y ojo: no se transfiere basura, como lingotes de oro, por ejemplo, ya que el oro se usa en el cielo como pavimento (Ap 21.21). Nuestro tesoro en el cielo es algo de incomparablemente mayor valor. ¿Cómo acumular tesoros en el cielo? Es poniendo concentración, tiempo y esfuerzo en el reino de los cielos, en la obediencia a Cristo. Es buscar en primer lugar el reino de Dios y su justicia, como veremos en 15 días en el pasaje que sigue a nuestro texto de hoy.
            ¿Cuál es el fondo de esta enseñanza de Jesús? Él da la razón en el versículo 21: “Donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón” (NTV). Si nuestro tesoro son cosas terrenales, nuestro corazón estará enfocado en cosas terrenales. Pero como hijos de Dios sabemos que este mundo no es nuestra patria ni el lugar de nuestra estadía definitiva. Lo que realmente vale la pena para nosotros, no es del plano físico, terrenal. Por eso, si nos concentramos en las cosas de este mundo, nuestro enfoque está mal dirigido. Todo tiene que ver con enfoque, con la dirección que le damos a nuestro espíritu. Y si queremos saber qué es nuestro tesoro, basta con darle vuelta a este versículo: “donde esté tu corazón, ese es tu tesoro”. ¿Qué es lo que ocupa tu mente, tu concentración, tu tiempo y tus esfuerzos la máxima cantidad de la semana? Por supuesto que tenemos que ocuparnos de las cosas de esta vida, porque ahora estamos aquí en este mundo, y queremos pasar el tiempo lo mejor posible. En ese sentido, estar enfocado en nuestra familia (padres, cónyuge, hijos), tiene también valor eterno, ya que estamos sembrando e invirtiendo en personas con un alma eterna – siempre y cuando ellos no pasen a ocupar el lugar de un ídolo, que también puede suceder. ¿Terminan mi interés y mis objetivos con los asuntos de este mundo? ¿O estoy enfocado también en la eternidad, por encima de los asuntos pasajeros de esta vida? ¿Estoy enfocado también en la obediencia al mandamiento de Dios por encima de cumplir mis propios objetivos para esta vida?
            Por eso Jesús habla del ojo. Él lo compara con una lámpara que ilumina el cuerpo. O podríamos decir también que el ojo es una ventana que deja pasar la luz a la pieza. Si la ventana está bien limpia, abierta, con las cortinas recogidas, orientada hacia la fuente de luz, mucha luz entra a la pieza. Si el ojo está enfocado correctamente en las cosas de Dios, toda nuestra vida estará llena de luz. Estaremos libres, de buen ánimo, con paz, porque la luz de la presencia de Dios inundará toda nuestra vida.
            Pero, si en cambio, estamos enfocados sólo en los asuntos de esta vida, tratando de acumular tesoros, las ventanas de la vida se apartan de la fuente de luz, y todo se vuelve oscuro y tenebroso. Ya no hallamos el camino correcto, andamos a los tropezones, y el miedo y la desesperación se apoderan de nosotros. Y Jesús dice que “…si la luz que hay en ti es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas” (v. 23 – RV95)? Si lo que tienes en tu vida, tú lo llamas luz, ¡no me quiero imaginar entonces lo que será oscuridad para ti!
            Algunos interpretan estos dos versículos en relación a los tesoros que tratamos de acumular. El ojo malo sería querer acaparar todo, juntar para sí no más, ser egoísta y tacaño. ¡Y esto sí que hunde el espíritu en oscuridad! El ojo bueno sería enfocarse en las necesidades de los demás y ser dadivoso.
            Estamos llegando al final de nuestra búsqueda de tesoro. ¿Ya lo ubicaste? ¿Cuál es tu tesoro? ¿Dónde está tu corazón? ¿Cuál es el enfoque de tu vida? Si tenés aquí algo para escribir, anota dos o tres cosas que ocupan tu mente y tu corazón la mayor parte del día. ¿Hacia dónde apunta tu vida, hacia los tesoros de este mundo o los tesoros celestiales? ¿Está tu vida llena de luz? ¿O te sientes más bien como andando a los tumbos, viendo solamente oscuridad a tu alrededor? Si estás enfocado en acumular tesoros en el cielo mediante una vida en obediencia a Dios, nombra un paso que deberías dar para aumentar tu producción de tesoros. Si estás acumulando tesoros en este mundo, nombra un paso que debes dar para reorientar el enfoque de tu vida. Y ponle una fecha a ese paso: ¿qué día vas a dar este paso? No le pongas “oportunamente”. Sé específico y ponle una fecha y comprométete con esta fecha. Y coméntalo con alguien en este día, para que tu decisión se haga más firme, y otra persona más pueda apoyarte para que lo hagas. Tendremos ahora un tiempo de silencio para que puedas hablar con el Señor y pedirle que él te muestre qué paso él quiere que hagas.


sábado, 1 de septiembre de 2018

Los dos deudores








                   Todo iba bien; el día estaba espléndido – hasta que se le cruzó fulano de tal. Ni siquiera se le cruzó el camino de manera física y personal, sino en su mente no más. Pero ya fue suficiente para que su día se arruine, su corazón se retuerza, y los peores deseos de venganza ocupen casi la totalidad del procesador de su cerebro por una ofensa grave que ese fulano le había causado muchos años atrás. Ese recuerdo era como una sombra tenebrosa que lo perseguía a cada paso, sin darle respiro alguno.
                   No sé cuántos de ustedes se identifican parcial o totalmente con este personaje. Espero que hoy puedan alcanzar la libertad tan anhelada, quizás incluso ya desconocida.
                   Hace dos domingos atrás analizamos el Padrenuestro. Esta oración termina con la seria advertencia de parte de Jesús que el perdón de Dios hacia nosotros depende de nuestra disposición a perdonar a nuestros semejantes. Esto nos lleva directamente a una parábola que contó Jesús para ilustrar precisamente este principio. En el capítulo 18 de Mateo encontramos las instrucciones de cómo procurar restaurar a un hermano o una hermana que se ha desviado de los caminos del Señor. Esto le llevó a Pedro a preguntar acerca del perdón hacia los ofensores, si perdonar 7 veces sería suficiente. Jesús le indicó que el perdón no debía tener límites. Y para ilustrar esto, él contó la parábola de los dos deudores que encontramos a partir del versículo 23 de Mateo 18. Esta parábola y sus respectivas interpretaciones y aplicaciones que hace Christopher Shaw en su devocionario “Dios en sandalias” me ha impactado fuertemente en las últimas semanas, y he sentido una fuerte carga de compartir sus pensamientos con ustedes. Así que, esta prédica está basada estrechamente sobre estas meditaciones de Christopher Shaw.

                   FMt 18.23-35

                   El primer versículo de este pasaje presenta al primero de los dos protagonistas de esta parábola: el rey que aquí representa a Dios. Este rey quiso un día ajustar cuentas con sus siervos. Ni bien hecha la convocatoria, le presentaron al segundo protagonista – un caso especial; un deudor como ningún otro. La forma pasiva (“le llevaron” – v.24 – RVC) indica que este personaje no se presentó voluntariamente, sino que otros lo arrastraron ante el rey. Es que cuando Dios nos llama a rendir cuentas de nuestra vida, puede que no nos dará gusto presentarnos, si somos conscientes de una gran falta en nuestra vida. Pero no habrá escapatoria.
                   Ahora, fijémonos en la cantidad que este siervo le debía al rey. La Biblia dice que le debía 10.000 talentos. Y nosotros decimos: “Ah, bueno, interesante. ¡Que pase el siguiente…!” ¡No, un momento! Aquí hay algo que, si no lo entendemos, esta parábola pierde su mayor fuerza. Es que, como se trata de medidas antiguas, no tenemos ni idea de cuánto es. Pero vamos a sacarnos la ignorancia al tratar de traducirlo a nuestros términos. Una explicación de la versión Dios Habla Hoy (y otros comentaristas lo confirman) dice lo siguiente: “Un talento equivalía a seis mil denarios (o el salario por seis mil días de trabajo). Diez mil talentos equivaldrían a sesenta millones de denarios” (DHH). Es decir, este hombre le adeudaba al rey lo que un obrero normal ganaría en más de 164.000 años, si es que trabajara los 365 días del año. Si lo calculamos según el jornal mínimo vigente ahora en Paraguay, este hombre tenía una deuda de Gs. 4.875.000.000.000, o US$ 840.000.000. (¿Quién quisiera que le pase su diezmo?) Es decir, era una deuda gigantesca, inimaginable. Jesús usó esta suma intencionalmente para mostrar lo gigantesca que es nuestra deuda, nuestro pecado, delante de Dios, el Rey del universo. Uno se pregunta cómo este hombre pudo acumular semejante monto de dinero – hasta que entendemos que era funcionario del gobierno, y ahí se nos pasan las dudas. Es lógico que este siervo no tenía ni remotamente la posibilidad de cancelar su deuda. Esta es una realidad aterradora para todo ser humano. Nuestra culpa delante de Dios es tan grande, que no disponemos de los medios para resolver el caos que ha producido en nuestra vida el hecho de alejarnos de Dios. Ante este hecho, el rey ordenó vender todo lo que se podía encontrar de la familia y sus posesiones de este empleado, para que pueda recuperar por lo menos algo de lo que este hombre había despilfarrado.
                   Ante esta condena, el siervo cae de rodillas ante el rey. Y nos parece lo más correcto y loable de su parte – hasta que nos fijamos en qué es lo que está diciendo. Él no pide por clemencia, no pide por perdón, no se declara culpable o cualquier cosa que podamos quizás esperar. Lo que él pide es paciencia hasta que él haya pagado todo. Es decir, este empleado era tan sinvergüenza y caradura que se atrevió a decirle al rey: “¿Sabes qué? Esta deuda es un poroto para mí. No necesito de tu clemencia ni de tu ayuda. Es sólo cuestión de tiempo para que yo arregle mi situación.” Aun estando en una situación absolutamente perdida, el hombre seguía creyendo que él mismo podría salir por sus propios medios del enredo en que estaba metido. Él estaba tan enfocado en sí mismo y en sus propias posibilidades, que creía no necesitar la gracia. ¿Cuánto tiempo necesitaría como empleado para devolver 840 millones de dólares?
                   Pero cuánto se parece este siervo a nosotros. Semejante deuda que tenemos ante Dios a causa de nuestros pecados, tan grande que se nos acaban los ceros para escribirla en número; tan grande que ni siquiera la podemos dimensionar porque es demasiado como para poder verla de una vez. Y aún así le decimos a Dios: “No necesito tu gracia. No necesito tu perdón. ¿Qué te hace creer que no puedo resolver esto por mí mismo?” “Hay una increíble tenacidad del ser humano que, muchas veces, prefiere hundirse antes que quebrarse y pedir ayuda. ¡Así de terca es nuestra personalidad, así de implacables las demandas de nuestro orgullo, de no dar el brazo a torcer” (Shaw)! ¿Entendemos lo sinvergüenza que somos al rechazar el perdón de Dios? No hay palabras para describirla.
                   ¿Y qué hizo el rey ante esta actitud del siervo? A pesar de que no le rogó por su perdón, el rey vio lo imposible que era para este hombre devolver todo el dinero robado. Y esa imposibilidad de redimirse a sí mismo movió al rey a compasión y a perdonarle la deuda. “El rey no encontró en el siervo la motivación necesaria para perdonar su deuda, sino en la realidad de su propio corazón bondadoso y lleno de misericordia” (Shaw). Esta realidad le permitió mirar al siervo con una óptica enteramente diferente y decirle: “Ok, no hay problema. Estás libre y no me debes nada.” ¿Cómo? ¿Así no más? ¿Sin reprensión? ¿Sin un plan de devolución? ¿Sin estirarle fuerte la oreja? ¿Tan barato? Y bueno, ¿de qué otra forma ha actuado Dios con nosotros? ¿Acaso nos reprendió, nos castigó o nos hizo pagar un porcentaje mínimo de nuestra deuda? Muchas veces tenemos problemas de aceptar tal gracia, que para nosotros es gratis, pero a Dios le costó todo: la vida de su Hijo. Nos cuesta aceptar el indulto de parte de nuestro Rey celestial. Siempre queremos agregarle nuestro propio esfuerzo para el perdón. Es como si sacáramos la billetera, queriendo pagar el regalo de vida eterna. Pero una deuda, o uno la paga o uno es perdonado. Y como nuestra deuda delante de Dios era tan gigantesca, no había ni remotamente esperanza alguna de que algún día la pudiéramos pagar. Así que, Dios nos la perdonó a nosotros, pero hizo pagar a otro por nosotros. Y si nos sentimos inmerecedores de tal gracia, no la queremos aceptar. ¿Pero quién merece ser perdonado? ¡Nadie jamás! La Biblia dice: “Todos se han ido por mal camino; todos por igual se han pervertido. ¡No hay quien haga lo bueno! ¡No hay ni siquiera uno” (Ro 3.12 – DHH), ni siquiera Billy Graham! Así que, todos por igual necesitamos la gracia de Dios, sin excepción alguna.
                   Volviendo a nuestro siervo, él, al escuchar estas palabras de misericordia, se da la vuelta y piensa: ‘¿Y qué le hace pensar a este viejo que yo no pueda pagar mi deuda? ¡Qué malvado es ese rey, porque sólo lo hizo para aparecer en primera plana de todos los diarios como el rey benevolente y clemente! ¡Lo odio!’ “A decir verdad, nada nos produce tanto disgusto como el hecho de que nos perdonen por una falta que no reconocemos como tal. El perdón de Dios solamente produce gratitud en el corazón de aquellos que primeramente llegaron a la conclusión de que estaban completamente perdidos” (Shaw), los que son “pobres en espíritu”, como habíamos visto en ese estudio del Sermón del Monte. Se ve que este no fue el caso de este siervo. Salió de ese salón con tanta rabia que se tuvo que descargar contra el primero que encontró. Y el primero que se le cruzó tuvo la mala suerte de deberle a él una suma ínfima. La Biblia dice que le debió 100 denarios, el salario por 100 días (unos 4 meses) de trabajo de un jornalero – según nuestro sistema de hoy en día un poquito más de Gs 8.000.000. ¿Qué son 8 millones en comparación a casi 5 billones? “Un comentarista señala que esta deuda era seiscientas mil veces menor a la deuda que el rey había perdonado a este siervo. Sin duda Cristo deseaba mostrar, de esta manera, la diferencia entre las ofensas que podemos sufrir nosotros y las ofensas que perpetuamos contra el Padre. Aun en el caso de las injusticias más groseras hacia nuestra persona, jamás podrán ser comparadas con la profundidad del mal que hemos ocasionado al Señor con nuestra inclinación al pecado” (Shaw). Pero este hombre estaba ciego de furia por la bondad del rey que se volvió hasta violento y empezó a estrangular a su consiervo, exigiendo el pago inmediato de su deuda. Ante esto, el consiervo hizo exactamente lo mismo que él había hecho minutos antes nada más: cayó de rodillas y usó las mismas palabras de él: “Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo” (v. 29 – RVC). Pero mientras él mismo había considerado estas palabras válidas en su propia boca, no pensó igual respecto a su compañero de trabajo. Más bien, lo echó a la cárcel para que le pagara todo. La Biblia dice que él “no quiso” perdonar. Es decir, el perdón es resultado de nuestra decisión, de nuestra voluntad, no de las circunstancias ni mucho menos de los sentimientos. El que no perdona, es porque decidió no hacerlo. ¡Y el que perdona lo hace porque decidió hacerlo, nada más!
                   Esta acción despreciable de parte del primer siervo no quedó desapercibida para los demás empleados que habían acudido a la convocatoria de arreglar cuentas. Y se pusieron muy tristes al verlo. Les dolió que este hombre actuara de tal manera después de haber recibido semejante indulto de parte del rey. Por ser testigos, se vieron en la obligación de comunicar este suceso al rey. “Entonces el rey lo mandó llamar, y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. ¿No deberías haber tenido compasión de tu compañero así como yo tuve compasión de ti?’ Y tanto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos hasta que pagara toda la deuda” (vv. 32-34 – DHH/NTV/BLA). Esta fue una condena a cadena perpetua. Si no había podido pagar la deuda estando en libertad, ¿cómo la pagaría ahora estando preso?
                   La diferencia entre nuestra deuda delante de Dios, y de la que cualquier otro ser humano pudiera tener contra nosotros, por más grande que esta sea, es abismal, incomparable. Dios nos eximió de todo pago de nuestra deuda. Pero nosotros nos consideramos muchas veces como más grandes y justos que Dios como para retener el perdón a otros. “¡Pero no sabés lo que me hizo fulano! ¡Es imperdonable!” ¿Y tú pecado contra Dios acaso era menos como para que él sí te pudo perdonar? “La base del perdón nunca puede ser el mérito del que lo recibe, sino la bondad del que lo otorga. A su vez, los que son bondadosos con los demás pueden serlo porque primeramente han disfrutado de las infinitas bondades de un Dios que es generoso en extremo con los que no lo merecemos” (Shaw).
                   “El hecho es que podemos estar muy dolidos, pero igual practicar el perdón, como claramente lo ilustra Cristo en la cruz. Él no nos perdonó porque en ese momento se sentía lleno de amor hacia nosotros, sino por un compromiso que había asumido con el Padre” (Shaw). Como ya dijimos, el perdón es una decisión. “Aun cuando el dolor sigue siendo intenso, debemos volver una y otra vez a esta decisión, hasta que los sentimientos lentamente se acomoden a la realidad espiritual que hemos escogido con nuestra voluntad” (Shaw).
                   ¿Qué ganas con no perdonar? Te diré lo que ganas: ganas un espíritu atado, ganas nerviosismo, ganas amargura, ganas lejanía de Dios, ganas problemas, y hasta puedes ganar “problemas físicos como úlceras, dolores crónicos y aun cáncer” (Shaw). Y te acostumbras a una vida turbia, sin verdadera satisfacción y alegría, que todos tus días sean oscuros y detestables, y crees que así es la vida, que todos la sienten así. Ya ni te acuerdas de la libertad y el gozo que experimentaste antes. Y si la situación se vuelve crónica, ganas tal atadura que tú mismo no lo puedes desatar más. Es por eso que Pablo advierte que, si dejamos que el sol se ponga sobre nuestro enojo, podemos darle lugar al diablo (Ef 4.27). “Quizás ninguna otra actitud resulte tan propicia para la obra del enemigo como el resentimiento que produce no haber liberado a quien nos ha dañado. Abre nuestros corazones a una serie de pensamientos malvados que estorban enormemente la obra de Dios en nosotros” (Shaw). Hebreos lo llama una “raíz de amargura” que no permite alcanzar la gracia de Dios (He 12.15). En tal caso, sólo la liberación por medio del poder ilimitado de Dios puede romper esos lazos que aprietan y ahogan tu alma.
                   Por eso es tan extremadamente dramático el último versículo de nuestro texto del día: “Eso [lo que el rey hizo con el siervo malvado] es lo que les hará mi Padre celestial a ustedes si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos” (v. 35 – NTV). ¡Tremendo! ¡Terrible! Gracias a Dios que él es un Dios de segundas, terceras, cuartas y cuantas oportunidades sean necesarias como para que no recibamos la condena a cadena no solo perpetua sino eterna. El que de corazón sincero se presenta ante él, pidiendo perdón por la dureza de su corazón que ha retenido el perdón por tanto tiempo contra otro ser humano, recibirá nueva gracia para ser liberado él mismo y poder así liberar también a los que le hicieron daño. “Cualquier persona que es capaz de declarar: ‘te perdono en el nombre de Jesús’, puede disfrutar de los beneficios de la reconciliación y la sanidad que operan como resultado de esta decisión. La calidad de vida para aquellos que están dispuestos a perdonar, es mucho más intensa y plena que para los que quedan atrapados en el mundo miserable y amargo de los que viven con los asuntos no resueltos del pasado. Es innecesario recorrer un camino de tanta angustia y sufrimiento cuando el gozo y la paz pueden ser nuestros en el mismo instante de perdonar” (Shaw).
                   Imagínense que los dos siervos se hubieran encontrado, estando el primero todavía en la sala de reuniones del rey. ¿Creen que él habría actuado con su consiervo como lo hizo ahora estando fuera de la presencia del rey? ¡Con toda seguridad que no! La presencia del rey habría hecho la diferencia. “En este detalle encontramos uno de los principios más importantes sobre el perdón. El perdón es algo que no resulta natural a los hombres, pues nuestra tendencia es hacia el rencor y la venganza. Es por esto que, cuando estamos bajo el control de nuestra naturaleza caída, perdonar se torna tan complicado. Para avanzar, hace falta una experiencia sobrenatural que nos permita vencer la resistencia que mostramos a actuar con misericordia hacia los demás. La presencia del rey provee precisamente esa experiencia. Pues será imposible mirarle a los ojos sin que él nos recuerde la enorme generosidad que ha mostrado hacia la gigantesca deuda que teníamos con él. Por esto, el paso a dar cuando resulta difícil perdonar es el de entrar en su presencia para que refresque nuestra memoria de cuál es la verdadera dimensión de aquella ofensa que en este momento nos parece tan increíble. Poder ver, con nuestros ojos espirituales, las marcas de la cruz en su cuerpo servirán para recordarnos que nuestro reclamo ya no parece tan importante como al principio habíamos creído. Para quienes deseen avanzar hacia el perdón, es necesario que quiten los ojos de la ofensa que han sufrido y las fijen en el rostro de un Dios que es lento para la ira y extiende su misericordia aun hacia los malvados” (Shaw).
                   ¿Sientes tú que eres como este siervo? ¿Estás estrangulando en tus pensamientos a otras personas por lo que te han hecho, según tu parecer? Hoy es el día en que puedes ser verdaderamente libre. Dios te quiere perdonar tu falta de perdón hacia otros y hacerte libre. Tu rencor e indisposición a perdonar es una ofensa directa contra Dios, pero hoy él te quiere perdonar esto y, en consecuencia, darte la fuerza para perdonar a tus ofensores, sin importar cuán lejano o reciente se haya producido esta ofensa. ¿Te cuesta tomar este paso? Entonces ven acá al frente para que la iglesia pueda orar por ti y darte el apoyo que necesitas para dejar que el Señor rompa ese lazo de rencor que está asfixiando tu alma.

sábado, 18 de agosto de 2018

La oración







            ¿Ustedes saben orar? ¿Lo han hecho en esta semana pasada? ¿Cómo calificarían su salud “oracional”?
            Hace dos semanas atrás, Maggi empezó a hablar sobre la primera de las tres prácticas religiosas principales que tenían los judíos: la limosna. Hoy nos toca hablar de la oración, y la tercera práctica es el ayuno que analizaremos en otra oportunidad. Jesús cita estos tres ejemplos para llamar la atención en cuanto a la motivación correcta con la que uno hace lo que hace.

            FMt 6.5-15

            Jesús empieza su enseñanza acerca de este tema diciendo que no debemos ser como los hipócritas. Según el diccionario, un hipócrita es una persona “que finge una cualidad, sentimiento, virtud u opinión que no tiene.” Da la apariencia de algo que en verdad no es. ¿Qué hacían estos hipócritas según las palabras de Jesús? Jesús dice que les encantaba “orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles” (v. 5 – RVC). O sea, ¿no debemos orar más de pie? “Pastor, usted oró de pie, así que es un hipócrita…” No, no se trata de eso. El estar de pie era una postura usual para orar en los tiempos bíblicos. “Bueno, ¿entonces? ¿De qué se plaguean entonces?” Lo que Jesús critica aquí no es la postura, sino la actitud. Él no está hablando de la oración pública, como lo hacemos en la iglesia, por ejemplo, cuando uno ora en voz alta y los demás escuchan y le siguen. Jesús estaba hablando de la oración privada, pero que estos hipócritas la hacían en público. ¿Por qué haría yo pública mi vida privada? En el caso de las limosnas, como lo vimos hace dos semanas, Jesús lo expresó en términos que la “mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt 6.3 – RVC), es decir, que no lo publiques a los cuatro vientos cuánto has puesto en tu ofrenda o cuánto le has pasado a algún necesitado. No publicarlo, sin embargo, no significa ir al otro extremos que querer ocultarlo a toda costa o que sea pecado que alguien lo sepa, sino la cuestión es la actitud con la que hago lo que hago. Si yo estoy en contacto íntimo con mi Padre Dios, no voy a preocuparme si el vecino alcanza a verme en mi estado de máxima espiritualidad o si tengo que moverme un poco más cerca de la ventana. Es más, me va a molestar y desconcentrar que haya otras personas cerca. Pero en el caso de estos hipócritas mencionados por Jesús no era así. Ellos querían que todo el mundo los vea orando. No solamente oraban en la calle, sino que calculaban sus pasos para llegar a la esquina de las calles más importantes justo cuando era la hora establecida para orar. Así que, ni modo, les “sorprendió” la hora oficial de oración y tenían que orar donde estén… Por eso traduce una versión: “…no imiten a los que dan espectáculo” (BLA). Convertían su oración privada en un espectáculo público. Por lo tanto, no oraban en verdad, sino alimentaban no más su orgullo espiritual. No amaban tanto el orar, sino se amaban a sí mismos. Es por eso que Jesús los llamó “hipócritas”: aparentaban algo que no eran en verdad. Con esta actitud, ya recibieron toda su recompensa. Como no oraron en verdad, no esperaban tampoco ninguna respuesta de parte de Dios a sus oraciones. Lo único que querían era la admiración de su supuesta espiritualidad por parte de la gente. Al recibirla, ya tuvieron todo lo que buscaron. Más no hacía falta que Dios haga respecto a sus aparentes oraciones.
            Como dije, Jesús advierte en cuanto a la motivación con que vivimos nuestra vida espiritual. ¿Por qué doy mi diezmo? ¿Por qué oro? ¿Por qué ayuno? ¿Por qué predico? ¿Por qué toco un instrumento? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Cuál es el motor que me mueve a estas prácticas? ¿Es el amor genuino a Dios y al prójimo, o se esconde algún motivo egoísta detrás de mi fachada espiritual? Son preguntas muy duras, pero es como dijo Pablo en el famoso canto al amor: puedo hacer lo que quiera, hasta ponerme de cabeza si me parece necesario, pero si no es por amor, es una pérdida de tiempo y de esfuerzo; es fingir algo que en verdad no es. Y todo lo que no es verdadero, es una ofensa a Dios.
            ¿Cómo debe ser entonces nuestra vida de oración? Jesús dice en el siguiente versículo que para orar debemos ir a nuestro cuarto y cerrar la puerta. En contraste con la exhibición pública de parte de los hipócritas, Jesús recomienda que busquemos un lugar privado, secreto, donde sólo Dios nos puede ver. ¿Y si estoy en la calle, no puedo orar entonces? El cuarto es más una indicación de privacidad que de ubicación. He escuchado de varias personas que salen a caminar por las calles si necesitan orar. Tienen la capacidad de aislarse mental y espiritualmente de todas las demás personas con quienes se cruzan y concentrarse en su comunión y comunicación con Dios. ¡Conmigo esto no funciona! A veces he intentado orar al manejar. Pero si me aíslo demasiado del tránsito, puede que pase a tener una comunión mucho más cercana y directa con Dios de lo que tenía pensado… A veces hay momentos en que sí me funciona, pero es por muy corto tiempo de manera así bien concentrada. La calle no es mi “cuarto cerrado”. A lo que Jesús se refiere aquí es a ese aislamiento mental y espiritual que me pone en línea directa con el Padre. Si tengo la casa llena de gente y necesito estar solo por unos instantes, voy a otra pieza y cierro la puerta detrás de mí. ¿Qué estoy diciendo con este gesto de cerrar la puerta? Que no necesito público. Si voy a estar en la presencia del Padre, no necesito público. Es una entrevista personal, a puertas cerradas, cuando me aíslo de todo lo que me rodea y me concentro única y exclusivamente en lo que Dios me quiere decir en ese momento. Esto es lo que intentamos hacer también el fin de semana pasado en el retiro del equipo pastoral. Por un lado, ya estuvimos retirados del ruido y las actividades cotidianas. Con esto ya estuvimos cerrando varias “puertas” de nuestro “cuarto”. Pero también tuvimos un tiempo en que cada uno se iba a solas a cualquier lugar, para reflexionar sobre ciertos pasajes de la Biblia y preguntarle al Señor: “¿Qué significa esto para mí y mi iglesia?” Y el compartir después nuestras experiencias mostró que el Señor había hablado bastante fuerte en algunos casos a cada uno en su “cuarto cerrado”.
            Una versión dice: “…cuando ores, apártate a solas” (v. 6 – NTV). Eso era lo que Jesús mismo frecuentemente hacía. Él ni siquiera tenía un cuarto con una puerta para cerrar. Él salía a lugares solitarios para buscar a su Padre intensamente: “Jesús muchas veces se alejaba al desierto para orar” (Lc 5.16 – NTV), o: “Jesús siempre buscaba un lugar para estar solo y orar” (TLA); “Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios” (Lc 6.12 – BPD). Al cerrar la puerta, dejamos afuera todo el barrullo, toda la distracción, toda nuestra agenda, para tener un tiempo a solas con Dios. Hoy en día Jesús quizás hubiera dicho: “Entra a tu cuarto, apaga tu celular, y ora ahí a tu Padre…” Lo único que no podemos dejar afuera al cerrar la puerta, es la presencia de Dios: “…tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio” (DHH), tu recompensa. “…él da lo que se le pide en secreto” (TLA). Así que, él responderá a nuestro deseo de intimar con él a solas. En su presencia, nuestra alma encontrará descanso, y salimos de este encuentro con indicaciones claras a seguir en nuestra vida. Y este intercambio íntimo con el Señor, esta comunicación, a veces dura sólo unos pocos segundos. A veces nos comunicamos incluso sin palabras, pero es por de más eficiente. La cuestión no es la cantidad de palabras que uno dice, no es lo bonito que uno puede formularlas, sino abrir el corazón, dejar que el Señor mire en cada rincón del mismo y, por otro lado, escuchar el corazón de Dios. Por eso dice Jesús que no caigamos en el error de la charlatanería, que trata de convencerle a Dios por nuestra verborragia, como si pudiéramos darle el brazo a torcer con todo lo que decimos. De todos modos, el Señor sabe mucho mejor que nosotros mismos qué es lo que necesitamos (v. 8) y va a actuar de acuerdo a su plan amoroso y no según nuestra insistencia egoísta. Que Dios sabe mucho mejor lo que necesitamos no significa que no debemos expresar nuestras necesidades. Por lo contrario, el hecho de que oramos a un Dios que ya sabe todo debe ser un fuerte aliento para orar más frecuentemente y con más confianza. Cuando oramos, sabiendo que Dios conoce todas nuestras necesidades, se profundiza en nosotros este sentimiento de gratitud y dependencia. Dios es un Dios de amor y mucho más dispuesto a responder a nuestras oraciones que nosotros estamos dispuestos a orar. Una adaptación del versículo 7 dice: “Cuando ores, no parlotees de manera interminable como hacen los seguidores de otras religiones. Piensan que sus oraciones recibirán respuesta sólo por repetir las mismas palabras una y otra vez” (NTV). Debo confesar que este problema no me es desconocido. Me cuesta muchas veces concentrarme en la oración. Muy fácilmente mis pensamientos salen a volar por el universo después de la primera frase de mi oración. Y cuando vuelvo a “aterrizar”, empiezo de nuevo otra vez con las mismas palabras, generalmente para luego otra vez levantar vuelo en mis pensamientos y deambular por todos lados. Pero también hubo momentos en los que he experimentado esta intimidad con el Señor, ¡y es muy lindo! Es una relación que enamora.
            Cuando mi oración no es más que un tartamudeo desesperante, me consuela tan enormemente lo que Pablo les escribió a los Romanos: “…el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe qué es lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los del pueblo santo” (Ro 8.26-27 – DHH). ¡Gracias a Dios por este traductor divino de oraciones!
            Luego, Jesús pasa a presentar un modelo de oración, precisamente para ayudarnos a ordenar y expresar adecuadamente nuestros pensamientos y no caer en la palabrería vacía. El Padrenuestro, como se conoce esta oración por las palabras con que inicia, no pretende ser LA oración que se deba orar siempre y siempre, y que también puede convertirse en una “repetición vana”, sino es más que nada un modelo. Sigue una estructura común en las oraciones judías del Antiguo Testamento. “Consta de una invocación inicial y de siete peticiones. Las tres primeras se refieren a Dios (tu nombre, tu reino, tu voluntad), las otras cuatro a los hombres en forma comunitaria (nosotros)” (DHH). Como dije, la oración empieza dirigiéndose al destinatario de la misma: “Padre nuestro, que estás en los cielos” (v. 9 – RVC). Es una oración de toda la comunidad, porque dice “Padre nuestro” (en vez de decir: Padre mío). Dios es reconocido como el Padre común de todos los que lo invocan.
            La siguiente frase es de adoración: “…santificado sea tu nombre” (v. 9 – RVC). Dios es declarado como santo, como el perfecto, el infalible. Otras versiones dicen: “…proclámese que tú eres santo” (NBE); “Que todos reconozcan que tú eres el verdadero Dios” (TLA); “que siempre se dé honra a tu santo nombre” (PDT). Es una adoración que expresa la soberanía de Dios como ser perfecto e infalible.
            En esta declaración está basada la siguiente frase: “Venga tu reino” (v. 10 – RVC), “ven y sé nuestro único rey” (TLA). Ya que Dios es perfecto, es santo, deseamos que él gobierne plenamente sobre todo ser humano; que extienda su dominio sobre esta tierra. Y por eso también la siguiente petición: “Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo” (v. 10 – RVC). Si un Dios tan perfecto extiende su dominio sobre esta tierra, tenemos el arduo deseo que su voluntad se realice aquí de manera tan ilimitada como se realiza en el cielo: “Que todos los que viven en la tierra te obedezcan, como te obedecen los que están en el cielo” (TLA).
            Una vez que hemos reconocido la santidad y autoridad de nuestro Padre celestial y nos hemos sometido a su voluntad, podemos pasar a presentarle nuestros propios deseos y necesidades: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (v. 11 – RVC); “danos la comida que necesitamos hoy” (TLA); “danos hoy el pan que nos corresponde” (BLA). Esta petición pide la provisión divina para nuestras necesidades básicas. El “pan” representa todas nuestras necesidades materiales: comida, bebida, ropa, salud, buen tiempo, techo, etc. Un Dios perfecto, santo y con autoridad sobre todo el universo no hará que a sus hijos les falte lo más básico para la vida.
            Luego, esta oración toca el problema central del ser humano: el pecado. “Perdónanos nuestras deudas” (v. 12 – RVC), “nuestros pecados” (PDT), “nuestras ofensas” (BNP), “el mal que hemos hecho” (Kadosh). Hasta ahí todo bien. Nos hallamos cuando alguien clama por el perdón de Dios. Pero al seguir leyendo, nos damos cuenta de algo muy peligroso: esta petición está atada a una condición: “Perdónanos … así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal” (DHH). Siempre decimos que Dios es grande en misericordia y que su perdón nunca tiene fin. Es cierto, la Biblia también lo dice. Pero ese océano inagotable del perdón de Dios puede que nos llegue solamente como chorrito muy fino, porque nosotros tenemos la canilla en nuestra mano. Nosotros determinamos cuánto del perdón divino fluye realmente hacia nosotros. En esta oración le pedimos a Dios que se limite a nuestra disposición a perdonar; que nos trate igual como nosotros tratamos a nuestros semejantes. ¡Socorro! ¿Y si no le trago a fulano? ¿Y si digo: “Nunca le perdonaré lo que me ha hecho”? ¿Y si vivo atado por las ofensas recibidas en el pasado y no puedo ser libre? Orar el Padrenuestro no es chiste, ¡había sido! ¡Es cosa seria lo del perdón – o, mejor dicho, de la falta de perdón! Esto Jesús va a recalcar sólo 2 versículos más tarde, y también nuevamente lo va a ilustrar magistralmente en una parábola que estudiaremos en 15 días, Dios mediante.
            Para que esta situación no se haga aún más grave, Jesús agrega la siguiente petición: “No nos metas en tentación, sino líbranos del mal” (v. 13 – RVC); “no permitas que cedamos ante la tentación, sino rescátanos del maligno” (NTV); “no nos expongas a la tentación, sino líbranos del maligno” (DHH). Ya que nuestra falta de perdón puede causar la retención del perdón de Dios, la oración pide que Dios no permita que nos veamos demasiado a menudo en situaciones que nos pongan en peligro de no querer perdonar a otros o de serle infiel a Dios.
            En realidad, el Padrenuestro termina aquí. Sin embargo, la mayoría de nosotros estará acostumbrada a una alabanza final que dice: “Porque tuyo es el reino, el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (RVC). Esta parece haber sido agregada por la iglesia durante los primeros siglos, pero no ser parte de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos.
            Es por eso que Jesús vuelve inmediatamente otra vez al tema del perdón y dice una vez más muy explícitamente lo que ya había indicado en la oración: “…si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes; pero si no perdonan a otros, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus pecados” (vv. 14-15 – DHH). Esto no requiere de mayor explicación, porque más claro imposible. Sin embargo, en nuestra práctica muchas veces no está tan claro, lastimosamente.
            Como dijimos, esta oración es un modelo que nos ayudará a nuestra propia vida de oración. En este modelo encontramos elementos como la alabanza y adoración, el sometimiento a la autoridad y voluntad divinas, la petición por nuestras propias necesidades, arrepentimiento y perdón y la petición de protección. Estos elementos puedes incluir conscientemente en tu oración, y verás el efecto poderoso de la misma. Así puedes formular tu propio “Padrenuestro” en tus palabras y de acuerdo a tu situación particular, sin repetir necesariamente esta oración en forma literal. Pero nos hace bien cada tanto orar el Padrenuestro para refrescar en nuestra memoria los elementos que Jesús consideró importante a la hora de comunicarnos con el Padre – con tal de no imitarles a los paganos y caer en un palabrerío vacío, sin que nuestra mente y corazón participen de la oración.
            ¿Qué tal es tu vida de oración? Si analizas esta última semana, ¿puedes considerar haber tenido una vida de oración muy activa? ¿O está más bien en terapia intensiva? Tengamos en cuenta que nuestro hábito de oración y nuestra vitalidad espiritual van mano a mano. Si disminuye o crece la oración, disminuye o crece también nuestra vida espiritual. Deseo a todos nosotros que en ambas cosas podamos estar en continuo crecimiento. En el grupo WhatsApp de varones se estuvo compartiendo esta semana diariamente un motivo de oración muy propio de uno de los hombres, para que ese día todos los demás se sumen a la intercesión por este hermano y su motivo específico. Esto ayuda a acordarnos continuamente de la oración y la intercesión de unos por otros. Haz ahora una cita con Jesús para cada día de esta semana de encontrarte con él a cierta hora y cultivar esa comunión íntima a puertas cerradas.