domingo, 23 de abril de 2017

La sandía





         Este mensaje lleva por título: “La sandía”. ¿Será que me equivoqué de lugar para que dé una charla de botánica sobre cómo cultivar la sandía? Para nosotros como familia, la temporada de las sandías es una de las mejores del año porque nos encantan las sandías. Pero nos ha pasado algunas veces que sacamos del depósito una sandía hermosa, de modo que ya se nos hace agua la boca. Y cuando meto el cuchillo para partirla, veo que adentro está totalmente podrida e inservible. La pinta era espectacular, pero eso era todo lo que tenía. Como también ha sucedido al revés, que lo de afuera parecía medio sospechoso, pero que, al abrirla, encontramos una pulpa hermosa y dulce.
            Al profeta Samuel le pasó lo mismo, pero no con una sandía, sino con las personas. Y tampoco era que les metió el cuchillo para partirlos, sino en otro sentido. Leamos primero la historia para luego analizarla.

            F 1 S 16.1-13

            En nuestra última prédica acerca de las historias del Antiguo Testamento vimos a Saúl siendo destituido de su función de rey. El profeta Samuel había procedido con mucha fuerza y autoridad, imponiendo de vuelta las pautas marcadas por Dios de las cuales Saúl se había desviado. Pero por lo visto, por alguna razón, esto le había trabajado demasiado a Samuel. En nuestro texto Dios le tiene que sacudir un poco para despertarle de su estado emocional y que deje de llorarle a Saúl: “Yo lo he desechado, Samuel. ¿Por qué entonces vas a llorar por él? Más bien, en lugar de lamentarte, haz algo. Andá y unge a un nuevo rey.” Es interesante que a Saúl lo había elegido el pueblo, y era por rebeldía contra Dios y por vanidad (querían compararse con otros pueblos a su alrededor y jactarse de tener también un rey). Pero a David lo escogió Dios mismo, un hombre según el corazón de Dios (1 S 13.14).
            Samuel estaba dispuesto a hacerlo, pero sabía muy bien que podría ser peligroso. Como Saúl ya sabía que él había sido desechado, y el Espíritu de Dios ya se había apartado de él, era capaz de hacer cualquier cosa. Si él llegaba a escuchar que Samuel estaba consagrando a sus espaldas a otra persona como rey, lo podría acusar de traición y condenarlo a muerte. Y Dios accedió al argumento de Samuel y le presentó una estrategia para lograr el objetivo sin correr riesgos: que lleve un animal con el objetivo de hacer un sacrificio. Y no era mentira. Realizó un sacrificio – con el fin de adorar a Dios y de consagrar a alguien como nuevo rey de Israel. Es posible que el sacrificio haya sido un acto público, y la unción de David como rey una ceremonia muy privada en el seno de la familia de Isaí.
            Sabemos que la sinceridad es una virtud. Es más, la mentira es condenada muy severamente en muchas partes de la Biblia. Pero ser sincero no es sinónimo de ser tonto. Por ejemplo: una sinceridad tonta hubiera sido si Samuel se hubiera presentado ante Saúl para decirle: “Sabes, como Dios te ha desechado como rey, voy a ir ahora a Belén a la casa de Isaí para ungir a David como rey en tu lugar.” También hubiera sido sincero, pero Samuel no hubiera salido vivo de donde estaba Saúl. Entonces la sinceridad implica también ser inteligente y cuidadoso. Hay maneras y maneras, especialmente cuando la sinceridad brutal traería más desventajas que otra cosa. En este caso, Dios le proveyó de una manera en que no dejaba de ser sincero, pero tampoco revelara todos los detalles a quienes no eran aptos de recibirlos.
            Bueno, con esa instrucción de Dios, Samuel se tranquilizó y se puso en marcha. No sabía a quién él iba a ungir, quién iba a ser el electo de Dios, pero por el momento no necesitaba poder ver todo el camino. Sabía a qué ciudad tenía que ir, junto a qué familia y qué era el objetivo final de su viaje. Los demás detalles Dios le mostraría en su momento. No es fácil proceder de esta manera, porque nuestra tendencia generalmente es querer ver todo el camino para estar seguro de lo que uno va a hacer. Pero para la fe, la seguridad no radica en saberlo todo de antemano, sino en saberse en las manos de Dios.
            Al llegar a Belén, los líderes se asustaron al ver a Samuel (así como algunos se asustan al ver al pastor llegar a su casa, y en cuestión de segundos hacen un recuento de sus últimos 7 días a ver si se portaron aceptablemente o no…), porque sabían que Samuel no solía hacer turismo interno, sino que su presencia se debía a algo. Por eso le salieron al encuentro para tantear un poco el motivo por el cual Samuel llegaba a la ciudad (v. 4). Pero Samuel los tranquilizó: “Todo está bien. No pasa nada. Sólo vine a presentarle a Dios esta ofrenda. Prepárense y vengan conmigo al culto. Samuel mismo preparó a Jesé y a sus hijos para que pudieran acompañarlo en el culto” (v. 5 – TLA). Ese Jesé —o Isaí— era nieto de Rut y Booz, esa historia dramática, pero con un final romántico que encontramos en el libro de Rut en el Antiguo Testamento.
            Hasta este punto llegó lo que Dios le había dicho inicialmente a Samuel. Lo demás dependía ahora de la guía del Señor, pero mientras que Dios iba revelando su voluntad, Samuel ya hizo sus propios cálculos. Al ver al hijo mayor de Isaí, su corazón latió más rápido: “¡Qué tipazo! Señoras y señores, ¡he aquí el elegido del Señor!” Pero Dios le dijo: “¿Elegido del Señor? Será el elegido del señor Samuel…” “No, pero Dios, mirána esa belleza de hombre, suspiro de todas las mujeres. ¿Acaso vas a encontrar a otro mejor que él?” “Samuel, ‘olvídate de su apariencia y de su gran altura, lo he descartado. Porque Dios no ve las cosas como los hombres: el hombre se fija en las apariencias pero Dios ve el corazón’ (v. 7 – BLA). Es una sandía podrida en una cáscara intacta.”
            ¡Cuánto nos podemos equivocar cuando nos guiamos según nuestros propios criterios! ¿Qué hubiera sido de Israel y del mundo hasta hoy en día si Samuel se hubiera dejado llevar por su impresión y hubiera ungido rey a Eliab? Una pinta espectacular, pero adentro podrido. No sabemos más detalles acerca de él, pero según la opinión de Dios, su corazón no estaba aferrado a él. Y lo vemos tiempo después en la confrontación del ejército de Israel con Goliat. Todos los hermanos, incluyendo a Eliab, temblaban de miedo ante el gigante, porque no eran capaces de ver la situación desde la óptica de Dios. Su corazón no estaba enfocado en el Señor. Sólo David confiaba en Dios y se enfrentó a este burlón. No, hombre, “confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr 3.5 – RV95) o “…en lo mucho que sabes” (TLA).
            Si Samuel consideró a Eliab como un tipazo, pero Dios lo había desechado, con David pasó lo contrario. Todos los hijos de Isaí desfilaron por la pasarela, pero nadie fue elegido por Dios. Al final del show Samuel quedó rascándose la cabeza: ¿Ha upéi? ¿Será que se había cortado la señal de Internet divino de modo que no le había llegado a tiempo el mensaje de quién ungir? “Oye, Isaí, ¿son estos todos tus hijos?” “Sí, estos son. Bueno, el bebé de la casa está todavía en el campo. Pero lo único para lo cual sirve es para cuidar los animales.” Mientras Samuel había considerado a Eliab una maravilla, el papá consideró a David algo demasiado insignificante como para estar presente en el acto. Pero como era el último cartucho, Samuel lo mandó llamar, para ver qué pasaría. Cuando llegó el muchacho, de unos 15 años quizás, Dios le dijo a Samuel: “¡Este es mi elegido!” Y no es que era una sandía fea pero con pulpa rica. Era lindo por dentro y por fuera. La Biblia lo describe como un joven bastante apuesto, pero ¿este muchacho un rey? Si apenas puede cuidar los animales de la familia, ¿cómo va a gobernar a todo un país? Si él no sabe nada ni tiene experiencia alguna. Lo que quizás ni su propio padre supo es que allá en el campo, el Señor había formado el corazón de este muchacho. En la soledad de la naturaleza David había desarrollado una intimidad tan grande con su Dios que su único deseo en la vida era adorarlo, agradarle, obedecerlo. También había aprendido a luchar al rescatar a sus queridas ovejas de las garras de los animales salvajes. Poseía muchas más destrezas de lo que su propia familia sabía. Pero Dios sí sabía de su corazón tierno, moldeable y orientado hacia el Señor. Y eso es lo que valió para Dios. Samuel entonces, en obediencia a la indicación de Dios, lo ungió con aceite, y “el Espíritu del Señor vino con poder sobre David y desde ese día estuvo con él” (v. 13 – PDT).
            Me han escuchado repetidas veces decir que Dios nos ha dado el intelecto para que analicemos las cosas y tomemos nuestras propias decisiones. Pero debemos saber que nuestro conocimiento es tremendamente deficiente. No podemos ver más allá de lo perceptible por los 5 sentidos. Pero la verdadera realidad se desarrolla más allá de lo que nosotros podemos ver. Es como expresa el dicho: “Caras vemos, corazones no sabemos.” Esto es justamente lo que complica las cosas para nosotros – o nos da justamente una sabiduría superior a las demás personas si nos adherimos totalmente al Señor y nos dejamos guiar por él. Los demás se guían según su propio intelecto, nosotros según la sabiduría abundante del Señor – o por lo menos así debería ser. Cultivemos con especial cuidado nuestra relación con Dios para tener un oído para sus indicaciones.
            ¡Y mucho cuidado con las apariencias! No quiere decir que todas las apariencias de las personas sean engañosas, ¡no! Pero muchas sí. Quizás no porque la persona pretenda intencionalmente dar una imagen diferente a lo que realmente es, sino porque yo quizás la interpreto erróneamente por alguna razón – quizás porque no conozca lo suficiente a esa persona. Inclusive tienes que desconfiar hasta de tu opinión acerca de ti mismo. Quizás siempre te has creído la última Coca Cola del desierto, pero el Señor dice: “Mmmmh, pero tu corazón no me gusta tanto…” O, a la inversa, siempre te han dicho —y no importa que hayan sido otras personas que lo dijeron o si fue tu propia boca— que tú no sirves para nada, que no puedes, que eres un trapo inservible, etc., pero Dios se fija justamente en ti y elije lo que todos los demás desechan. Lo triste es que nos atrevemos muchas veces a contradecirle a Dios. Dios nos llama y nosotros le decimos: “No, no, yo no. Número equivocado.” “Sí, justamente vos. A ti te he elegido para servirme en esta área.” “No, Señor, yo no sirvo para esto. No me conoces. Yo no reúno las condiciones para esto.” A ver, ¿quién establece las condiciones para el servicio a Dios, nosotros o Dios? Además, ¿quién reúne las condiciones para servirle a Dios? ¡Nadie, ni el más capaz! Por eso, si Dios te llama es porque él quiere “acondicionarte”; agregarte su poder para que junto con él puedas reunir las condiciones para el servicio al que te está llamando. Ten muy presente que Dios no llama a los capaces, sino que él capacita a los llamados. Por eso, pon oídos sordos a las opiniones humanas acerca de ti mismo y presta atención a la opinión de Dios acerca de ti. Para esto tienes que ajustar tu espíritu al Espíritu Santo para escuchar la voz de Dios. Y tienes que escucharla también respecto a los demás. Fijate que Dios jamás va a decir algo negativo acerca de nadie. Si tú expresas palabras de condenación, de crítica, de denigración acerca de otros, probablemente estés guiándote por tu propia opinión acerca de las apariencias de la persona. Así que, ¡cuidado con las apariencias! No evalúes la sandía antes de haberla cortado. La realidad verdadera está más profunda que las apariencias, y sólo Dios nos la puede revelar. Mejor entonces hablar menos y orar más.


domingo, 16 de abril de 2017

El servicio



¿Cuál ha sido la muestra más grande de amor, servicio y entrega de toda la historia humana? Sin duda diríamos que es la muerte redentora de Jesús. ¡Y lo es! Él mismo también estaría de acuerdo con esto, porque él dijo que “…el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20.28 – NVI). Pero pocas horas antes de que se consuma en hechos este sacrificio de amor, Jesús lo anunció simbólicamente. Encontramos esto en Juan 13.

Jn 13.1-17

La vida de Jesús llegó a un punto crucial en que todo estaba decidido. En varios aspectos no había más vuelta para atrás. Es como si diferentes circunstancias se habían puesto de acuerdo en definirse al mismo tiempo. El texto menciona las siguientes cosas: a) llegó el momento de volver al Padre (v. 1)
b) Había amado a sus seguidores y estaba claro que los amaría hasta el fin (v. 1). Otra manera de entender esto es que los amaría hasta el grado máximo o mostraría un amor en su máxima expresión – lo que horas después fue evidente en la cruz.
c) Satanás ya le había empujado a Judas a traicionar a Jesús (v. 2).
d) Dios el Padre había puesto todas las cosas en sus manos o bajo su autoridad (v. 3).
En cuanto a todas estas cosas ya no cabía dudas. Todo estaba encaminado hacia la culminación de las cosas y no había más vuelta atrás. Este fue el momento oportuno para que Jesús dejara a sus discípulos un último mensaje que encerraba prácticamente toda su vida. Sería una radiografía a lo que había sido su misión por la cual él había estado más de 30 años en esta tierra. También sería la última vez que él estaría junto con sus discípulos en un ambiente de gran intimidad. Así que, aprovechando la oportunidad, Jesús de pronto se levanta de la mesa, agarra una toalla y una palangana con agua y empieza a lavarles los pies a los discípulos. Todos se quedan shoqueados, boquiabiertos, sin poder entender lo que estaba sucediendo. No es que nunca habían visto a alguien lavarles los pies a otras personas. Más bien era algo por demás común. Como la única manera de movilizarse era a pie y sobre calles polvorientas, vistiendo sandalias abiertas, era señal de hospitalidad amorosa lavarles los pies a todos los que llegaban de visita a una casa. ¿Por qué entonces esta reacción de sorpresa? Es que el trabajo de lavar los pies era función de los esclavos. Y ahora su Señor y Maestro lo estaba haciendo con ellos. A falta de un esclavo, lo más lógico hubiera sido que alguien de ellos lo hubiera hecho. Pero como ya se habían peleado acerca de quién de ellos sería el mayor en el grupo (Lc 22.24), era muy improbable que alguien se “rebaje” hasta tal punto de hacer tal servicio a los demás. Era denigrante, según su manera de verlo. Por eso, su emoción al ver a Jesús hacerlo era una mezcla de sorpresa, confusión y culpabilidad. Por eso se entiende la reacción de Pedro que se atrevió a expresar lo que todos pensaban: “Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí” (v. 6 – DHH)? Lo que pasa es que tanto el que lava los pies como el a quien se los lava necesitan de una cuota muy grande de humildad. Y cómo su anhelo era más bien el de ser el mayor, esa humildad parece que no estaba presente en ellos. Por eso se sentían tan incómodos con la acción de Jesús. Pero Jesús lo tranquiliza diciéndole: “Dejá no más que te los lave. En este momento no estás en condiciones de evaluar si es apropiado o no que te lo lave porque no entiendes el significado de esto, pero llegará el momento en que sí lo entenderás.” Pero Pedro se afianza en su postura: “¡Jamás me lavarás los pies” (v. 8 – RVC)! “Pedro, ¿acaso no escuchaste lo que acaba de decirte? No lo entiendes todavía. Dejame no más que te lo haga."
   “¡No!”
   “Pedro, ‘si no te los lavo, no tendrás parte conmigo’ (v. 8 – RVC). ¿Y qué tenía que ver el lavar los pies con pertenecer a Jesús y ser su seguidor? Es que en todo este pasaje Jesús hace un juego entre el sentido literal y espiritual del lavamiento. Lo que nos convierte en seguidores de Jesús no es que él nos lave los pies, sino que su sangre nos lave de todos nuestros pecados. Por eso dije que este lavado de pies sería un símbolo físico de lo que pocas horas más tarde Jesús iba a realizar en el sentido espiritual y definitivo. Pero tanto el al que se le está lavando los pies como el que recibe el lavamiento espiritual de Jesús tienen que tener la humildad de aceptar ese acto de limpieza. Nadie que se acerca a la cruz con orgullo recibirá el perdón de pecados, porque para ser perdonados es necesario admitir que uno ya no puede más sólo; que necesita desesperadamente de la misericordia de Dios. Por eso dice Jesús: “Si no me permites hacer mi obra en ti, no puedes ser parte de mi rebaño.” Entonces Pedro, como es típico de él, va en un vuelo sin escalas y a la velocidad de la luz de un extremo al totalmente opuesto: “Entonces, Señor, lávame no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza” (v. 9 – RVC), o sea, bañame ya de una vez. ¡Ay, Pedro! ¿No podés encontrar un punto medio, un equilibrio? Se parece a los que conocen solamente dos velocidades de los ventiladores: o la máxima velocidad o apagado. No hay puntos medios en la velocidad, parece. Pero grande es la paciencia de Jesús que no lo regaña, sino le explica con todo amor: “El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies … pues ya todo su cuerpo está limpio” (v. 10 – NVI). Otra vez este juego de sentidos: el que se ha bañado en la sangre de Cristo, para decirlo de alguna manera, ya está espiritualmente limpio y no necesita más que pasarle cada tanto el trapo al alma ante el polvito del pecado que se quiere asentar nuevamente – y, claro, también lavar los pies del polvo físico de la calle. En otros términos que quizás nos resulten un poco más familiares: el que ha aceptado a Cristo como su Señor y Salvador, no necesita convertirse cada día otra vez de nuevo. Sólo necesita dejarse limpiar por los pecados en que ha vuelto a incurrir, como se limpia una mancha del cuerpo sin necesidad de volver a bañarse otra vez. Los discípulos, según el testimonio de Jesús, ya estaban limpios por su fe en él – excepto Judas, que había permitido que Satanás lo envuelva en su oscuridad.
Después de haber realizado este acto, Jesús les dio una aplicación a su enseñanza actuada. El lavado de los pies se convierte así prácticamente en una parábola. Los discípulos habían reconocido a Jesús como “Maestro y Señor” (v. 13), es decir, alguien que estaba por encima de ellos, con autoridad sobre ellos. Sin embargo, él como superior no había tenido problema alguno de hacer el servicio considerado más bajo. ¿Por qué entonces no lo podrían hacer entonces también ellos? Sin embargo, ¡cuántas veces queremos demostrar nuestra posición supuestamente más alta para enseñorearnos de los demás! Creemos que somos tan finos que ya no podemos ayudar con los trabajos regulares, como si nuestra “finura” se podría estropear con eso, así como las hermanas cuidan de no tocar nada cuando recién se han pintado las uñas para que no se estropee. Pero lo que hacemos con esto es nada más que demostrar nuestra inseguridad y nuestros sentimientos de insuficiencia. Pero a Jesús no le pasó eso, porque su valor como persona y su autoestima no dependían en absoluto de lo que estaba haciendo. No necesitaba hacer ostentación de su poder y autoridad para demostrar ser alguien. Por eso él podía hacer un servicio de esclavo sin que afecte a su personalidad. Por eso él nos dice: “A mí no me dio cosa ir el sendero más bajo habido y por haber. Como mis seguidores, tómense entonces un ejemplo de mí y estén dispuestos también a servir al prójimo en las circunstancias y los servicios que sean. Yo les he dado el ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo” (v. 15 – TLA). Cristo siempre se ha identificado como el servidor. Esa fue su misión, como ya lo dijimos al principio. En Lucas 22.27 él dice: “¿Quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como uno que sirve” (NVI). Y este es el ejemplo que debemos seguir siempre en nuestro trato a los demás, porque “…ningún servidor es más que su señor, y … ningún enviado es más que el que lo envía” (v. 16 – DHH). No podemos pretender como servidores de nuestro Señor Jesús ser más que él y no necesitar ya servir a los demás.
La mención de Jesús de “…si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros” (v. 14 – NVI) algunas iglesias han tomado como una orden literal y practican el lavamiento de pies entre sus miembros de manera regular. Entendemos sin embargo que Jesús le dio más bien un significado espiritual a este acto y lo tomó como una referencia a la disposición al servicio. Pero… no hace mal de vez en cuando practicarlo de manera literal para sentir en carne propia lo que significa servir al otro. Como ya dije, tanto el que lava los pies a otro como el que es lavado necesitan de una buena porción de humildad para hacerlo y para permitir que se le haga. Con esto de repente nos volvemos muy humildes. Así que, nos vamos a dividir ahora en dos grupos: un grupo de varones y un grupo de damas. Cada grupo tendrá una palangana con agua y una toalla y uno a otros se lavan los pies – hombres entre sí y mujeres entre sí.