miércoles, 27 de septiembre de 2017

Nínive






            “Cuando un hombre (o una mujer) se atreven a obedecer a Dios, hasta los animales ayunan.” ¿Tú crees que esto es posible? La historia de hoy te mostrará que sí. Ya los jóvenes nos la han contextualizado de manera tan brillante. No la volveremos a leer otra vez, pero sí entresacar algunos versículos claves. Pueden abrir sus Biblias en el libro de Jonás, y estaremos considerando los 4 capítulos cortitos de este libro.
            El protagonista de nuestra historia de hoy es un hueso un poco duro de roer para Dios – ¡igualito que nosotros! La Biblia lo llama “Jonás hijo de Amitai, profeta de Dios” (2 Reyes 14.25 – TLA). Este personaje recibió el encargo de Dios de anunciar su juicio sobre Nínive, capital de Asiria, el país que conquistó Israel y se llevó cautiva la mayoría de la gente. En tiempos de Jonás, “esa ciudad era símbolo de crueldad, de violencia y de hostilidad hacia el pueblo de Dios” (DHH). Y dice el versículo 3 de Jonás 1, que después de recibir esa orden de parte de Dios, “Jonás se levantó [‘¡Bieeeennn, aplausos!!!’], pero para huir a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR. Y descendiendo a Jope, encontró un barco que iba a Tarsis, pagó el pasaje y entró en él para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia del SEÑOR” (NBLH). Se presume que Tarsis haya quedado en la actual España, pero existen también otras interpretaciones. De todos modos, era un lugar muy lejano, y en dirección opuesta a Nínive. Nínive quedaba al noreste de Jerusalén, pero Jonás se fue al oeste. ¡Qué bonito ese “profeta de Dios”! Su jefe le da una orden, y él se hace el sordo, mira a otro lado, y se va en la dirección opuesta. ¿Y saben qué es lo trágico en todo esto? Que Dios lo deja ir. Muchos sufrimientos él y nosotros nos hubiéramos ahorrado si Dios siempre pusiera su mano ante cualquier mal comportamiento nuestro para impedir que continuemos. Pero él no lo hace, porque así lastimosamente no aprenderíamos. Más bien, él nos hace probar nuestro propio caldo que en nuestra terquedad nos hemos preparado. Y ese caldo puede ser muy amargo en ocasiones. Somos muchas veces como esa criatura a la que puedes decirle hasta el cansancio que no toque el horno caliente. Pero basta que lo toque una sola vez para que nunca más lo haga.
            Cuando sufrimos las consecuencias de nuestra desobediencia, cuando nuestro pecado nos alcanza, son precisamente esas tormentas las que Dios quiere usar para hacernos volver a nuestra misión original. Es que las instrucciones de Dios no son sugerencias o invitaciones: “Jonás, si no tenés nada que hacer, ¿podrías considerar la posibilidad de irte a Nínive, si no es mucha molestia…?”). Las instrucciones de Dios son órdenes, mandatos, que debo cumplir. ¿Cómo? ¿Acaso Dios nos trata como esclavos? No, él nunca esclaviza a nadie. Más bien nosotros nos hemos hecho esclavos de Dios. Claro, al rendir nuestras vidas ante Cristo, ¿acaso no hicimos justamente eso? Si yo he aceptado a Cristo como mi Señor y Salvador, yo me he hecho esclavo de él. He cedido mis derechos a él. Ya no tengo ninguna potestad sobre mi vida, porque he hecho un pacto con Dios, entregándole toda autoridad y derecho sobre mi vida a él. Si te llamas “hijo(a) de Dios”, pero no le preguntas a diario: “¿Qué quieres que yo haga, mi Señor?”, estás haciendo exactamente lo mismo que Jonás: yendo por tu propio camino, en dirección opuesta a Nínive.
            Sigue diciendo la Biblia: “Los marineros, aterrados, invocaron cada uno a su dios, y arrojaron el cargamento al mar para aligerar la nave. Mientras tanto, Jonás había descendido al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente” (Jon 1.5 – BPD). Es una escena tan contradictoria: el que era el verdadero problema, la causa de toda la desgracia, está roncando que casi se parte el barco. Mientras tanto, los demás que nada que ver, sufren por culpa de este desubicado. Y no suficiente con el terror que sintieron por la tormenta inusualmente fuerte, sino que tuvieron que tirar al mar la mercadería que transportaban – una pérdida terrible para ellos. Es que nuestra desobediencia siempre trae perjuicio y daño para otros, sin mencionar lo que tú mismo sufres y pierdes. Y no estoy hablando necesariamente de una desobediencia a una orden específica que hayamos recibido de parte de Dios, sino en general, la violación de cualquier principio que Dios nos ha dejado en su Palabra. Cualquier pensamiento, cualquier acción, cualquier actitud, cualquier palabra que va en contra de la Palabra de Dios es una desobediencia. Pero así también, tu obediencia siempre trae bendición y vida plena a los demás, y ni qué decir a ti mismo. Lo veremos en seguida también en el ejemplo de Jonás lo que sucedió cuando él sí obedeció. Así que, ¿cuál de las dos cosas prefieres? No depende de nada ni nadie más que de ti y de tu decisión.
            Ante la bravura inusual del mar, los marineros llegaron a sospechar que sería la reacción de la naturaleza contra alguien que había cometido algún delito. Y la manera corriente de averiguarlo era echando suertes, a ver quién sería la causa. Y la suerte recayó en Jonás. Por supuesto que todos querían saber qué crimen él había cometido. Jonás contestó: “Soy hebreo, y temo al Señor, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra” (Jon 1.9 – RVC). Su declaración muestra qué tan incoherente era la conducta de Jonás. Con la boca decía temer u honrar al Señor, Dios soberano, pero con sus actos lo deshonraba totalmente. También en esto nos parecemos demasiado a Jonás. A juzgar según nuestras palabras, seríamos las personas más espirituales del barrio. ¿Pero cómo es nuestra actitud en casa, detrás de puertas cerradas? ¿Son nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestras actitudes también tan espirituales como nuestras palabras?
            Los marineros hubieran tenido toda la razón y motivos más que suficientes de enojarse demasiado con Jonás y lincharlo ahí mismo por todo lo que él les hacía pasar. Pero se mostraron muy respetuosos hacia el profeta y hacia su Dios. Aunque Jonás ya les había dicho que lo tiren al mar y que así el huracán Irma iba a cambiar de rumbo, ellos se negaron a hacerlo. Procuraron salvar la situación de otra manera que con esa medida tan drástica. Pero todo iba de mal en peor. Ahí clamaron a Dios por su misericordia al tirarle al agua a su profeta desobediente, que él no se enoje con ellos. Parece que los marineros tenían mucho más temor de Dios de lo que Jonás lo tenía. No sé si te ha pasado también ya alguna vez. La cosa es que no basta con tener el “título” de cristiano. Esa persona que vos consideras un incrédulo empedernido puede ser mucho más devoto y obediente que tú. La salvación, la vida cristiana, y por ende Dios mismo, no es algo que puedo “obtener” de alguna manera y de ahí en adelante exhibirlo como un trofeo al que los demás admiran. Es más bien un proceso de continua sujeción nuestra a la autoridad de Dios para mostrarlo a él a través de nuestra obediencia incondicional.
            No sé qué se imaginó Jonás al decirles que lo tiren al mar. Casi me parece que él haya esperado que con eso todo se acabaría. Pero para Dios era más bien su estrategia o su oportunidad para hacerlo volver a su misión original. Si deliberada y obstinadamente te empeñas en desobedecer, Dios tiene medios para hacerte volver a su camino. Pero creeme, no será lo más agradable que digamos para ti. Ese desvío que hiciste al violar sus mandatos está lleno de piedras contra las que te golpeas muy fuerte, hasta que finalmente vuelves a los principios de Dios. En el caso de Jonás era el interior oscuro, mucoso y maloliente del estómago de un gran pez. Pero a juzgar según la oración de Jonás que encontramos en el capítulo 2, eso era para él el lugar más seguro del mundo, porque hundirse en lo profundo del mar parece que fue más aterrador para él que la tormenta en el barco: “Las aguas me rodeaban por completo; me cubría el mar profundo; las algas se enredaban en mi cabeza. Me hundí hasta el fondo de la tierra; ¡ya me sentía su eterno prisionero! Pero tú, Señor, mi Dios, me salvaste de la muerte. Al sentir que la vida se me iba, me acordé de ti, Señor; mi oración llegó a ti en tu santo templo” (Jon 2.5-7 – DHH). Este fue el punto de la conversión de Jonás. Tuvo que romperse primero la cabeza por querer atravesar la pared de la voluntad de Dios, pero los dolores que sufrió con eso lo hicieron recapacitar. Por eso, cuando él le causó una grave indigestión al pez, que la Biblia no especifica de qué especie era, éste lo vomitó de vuelta a tierra firme.
            A estas alturas no es que Dios le dice: “Pobrecito, tanto has tenido que sufrir, andate a tu casa a descansar.” ¡En absoluto! El desvío de Jonás hacia la desobediencia no anuló la orden inicial de Dios. Más bien, la Biblia dice: “La palabra del Señor vino por segunda vez a Jonás: ‘Anda, ve a la gran ciudad de Nínive y proclámale el mensaje que te voy a dar’” (Jon 3.1-2 – NVI). Con Dios no se puede transar. Lo que él dijo, sigue vigente, opóngase quien quiera. Ahora Jonás sí que estaba muy dispuesto a cumplir el encargo del Señor. Él entró a Nínive, una ciudad bastante grande para aquellos tiempos. Dice la Biblia que se necesitaban 3 días para recorrerla (Jon 3.3). Pero ya en el primer día, su mensaje causó un impacto tremendo en esa ciudad: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jon 3.4 – BLA). Este es el único mensaje que contiene el libro de Jonás. ¡Pero qué efecto que tuvo! “…los ninivitas le creyeron a Dios, proclamaron ayuno y, desde el mayor hasta el menor, se vistieron de luto en señal de arrepentimiento” (Jon 3.5 – NVI). Y por si no fuera suficiente, “el rey y sus ministros dieron a conocer por toda la ciudad el siguiente decreto: nadie tome ningún alimento. Que tampoco se dé de comer ni de beber al ganado y a los rebaños. Al contrario, vístanse todos con ropas ásperas en señal de dolor, y clamen a Dios con todas sus fuerzas. Deje cada uno su mala conducta y la violencia que ha estado cometiendo hasta ahora; tal vez Dios cambie de parecer y se calme su ira, y así no moriremos” (Jon 3.7-9 – DHH). Este es el ayuno más radical que he conocido jamás: nada de alimentos, nada de líquidos, desde anciano hasta bebé, tanto hombres como animales. Es que cuando un hombre (o una mujer) se atreven a obedecer a Dios, hasta los animales ayunan. Y ahí nadie pregunta si el ayuno fue “impuesto” o si se le ocurrió a cada uno. La importancia del ayuno no radica en las acciones externas (no comer por un tiempo), sino debe ser expresión de un corazón contrito que busca desesperadamente a Dios. Yo ayuno, porque mi corazón necesita desesperadamente de Dios. El no querer ayunar porque no, indica que la persona no tiene ese corazón contrito, que no quiere someterse a Dios ni buscar su presencia. Por otro lado, el ayuno por ayunar no más tampoco no tiene sentido sin la actitud correspondiente del corazón. Pero si ambas cosas se encuentran: la actitud correcta del corazón y su correspondiente manifestación externa, la bendición de Dios fluye de manera tan abundante que el que una vez ayunó de esta manera, no quiere quedarse fuera de la lista nunca más.
            En el caso de Nínive, esta actitud de arrepentimiento produjo un avivamiento de tal magnitud que quedó registrado incluso en documentos extrabíblicos. Pero lastimosamente, a nuestro profeta le alcanzó nuevamente su viejo Adán. En realidad, no hacía su trabajo tanto por amor hacia los ninivitas, sino por miedo al castigo de Dios. De todos modos, Dios lo utilizó poderosamente. Pero en el fondo, Jonás hubiera preferido ver a los ninivitas, que causaron tantos destrozos en su país, freírse en el infierno. Cuando esto no ocurrió, Jonás se pichó grave y andaba renegando todo el tiempo: “¡Sabía luego! ¿Para qué me vine? Ahora, Señor, quítame la vida, porque prefiero morir antes que seguir viviendo” (Jon 4.3 – BPD). Y acto seguido, Jonás se salió del grupo de WhatsApp de Dios, como si le pudiera castigar a Dios con eso. ¡Qué infantil esa actitud de Jonás! Parece un niño pichado que se enoja sólo porque sus caprichos no son atendidos, agarra sus juguetes y se va a su casa: “¡No voy a jugar más contigo!” Para niños es normal ese comportamiento, pero qué feo queda cuando adultos reaccionan igualito a eso y se pichan por nada y por todo. Jonás es el ejemplo de eso. Él era profeta de Dios, proclamaba un mensaje en nombre de Dios, pero no le causaba ninguna gracia que la gente se volvía masivamente a ese Dios al que él servía. Más bien se pichaba grave por eso. ¿Y Dios? Dios no le reprendió o le castigó por su actitud, sino lo mimó con una linda sombra, una hamaca, abundante tereré bien helado y con yuyito, y un ventilador que lo sople. Mientras que Jonás tenía todo servido según sus caprichos egoístas, él estaba del mejor humor. Pero ¡ay cuando todo eso desapareció tan de golpe como había llegado! Empezó a despotricar otra vez contra todos, empezando por Dios. Claro, como jefe máximo, él también tenía la culpa máxima… Ahí Dios le hizo reflexionar: ¿Él se enojaría por cosas que vienen y se van, y Dios no podría tener misericordia de personas, que tienen alma eterna? “Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales” (Jon 4.10-11 – BPD)? El libro de Jonás ya no registra cuál fue la reacción del profeta a esta reprensión. Pero eso tampoco es lo esencial. “El relato concluye afirmando una vez más la misericordia de Dios, que es el tema presente en todo el libro. Dios tiene misericordia del profeta rebelde, de los marineros, de los ninivitas y aun de los animales; o sea, que su misericordia alcanza no solo a Israel, sino también a las naciones paganas, e incluso a una ciudad como Nínive, símbolo de violencia y crueldad” (DHH).

            ¡Cuánto nos parecemos a Jonás! Somos hijos de Dios, le servimos a él, pero también luchamos con esas características de un ser humano débil, caracterizado por el pecado. Tenemos nuestro Nínive, que para cada uno se ve diferente, pero nos vamos a Tarsis. No queremos sujetarnos a lo que Dios nos ha marcado como pautas para nuestra vida. Hemos visto hoy varios aspectos de la vida de Jonás. No sé cuál de ellos Dios habrá usado esta mañana para tocar tu conciencia y decir: “Ese es tú problema.” Pero conversa ahora con el Señor sobre este punto. ¿Qué es lo que él te está mostrando acerca de esto? ¿Qué es lo que él quiere que hagas? ¿Cuál es tu Nínive? Si te descubres estar en alta mar rumbo a Tarsis, en medio de una tormenta de aquellos, echa mano de la misericordia de Dios, pídele perdón, y que te lleve de vuelta al camino a Nínive, hacia aquello, que él quiere que hagas, pienses o digas.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El dictador





            En papeles, la dictadura ha sido superada en nuestros países. Pero la verdad es que la mayoría de nosotros tenemos un dictador en nuestras vidas que controla y determina casi todo lo que pensamos, sentimos y hacemos. Puede ser un dictador muy cruel que nos tiene preso de sus caprichos. Hasta que no nos demos cuenta de sus maquinaciones, seguiremos siendo un títere, cuyos hilos él tiene en su mano y nos hace bailar según sus antojos. Este dictador se llama “Presente”. El presente determina cómo me siento, qué pienso, cómo actúo. Si en el presente me va bien, estoy feliz y siento que la vida me sonríe. Si en el presente me sale algo mal, estoy desganado, pichado, y siento que todo en mi vida va de mal en peor. Si en el presente tengo una billetera llena, me siento y actúo como si fuera Bill Gates, gastando mi plata alegremente en cositas innecesarias. Si en el presente no tengo plata, lleno los oídos de otros con mis lamentos. Y así vamos, viviendo el presente como si fuera lo único que hay en la vida. Y díganme si no les ha pasado alguna vez que recordando alguna vivencia del pasado lleguen a pensar: ‘¿Y por eso hice tanto escándalo? Si fue una pavada que no mereció mayor atención. ¿Cómo pude ahogarme en semejante vasito de agua?’ Pero si nos damos cuenta que el presente es una ventanita no más en medio de una historia mucho más grande, que el presente tiene verdadero valor solamente viéndolo en el contexto de toda la historia, entonces empezamos a restarle poder al presente.
            El episodio que estudiaremos hoy, también era fruto de una larga historia. Parecía marcar el final de esa historia, pero en realidad era simplemente el paso a una nueva etapa de la historia, la historia de Dios.

            F2 R 25.1-16

            Como ya dije, este pasaje es un extracto de una historia que abarca en realidad varios siglos. Saúl era el primer rey de Israel, por insistencia del pueblo y en contra de la voluntad de Dios. Ese primer rey empezó bien, pero terminó espiritualmente de la peor manera posible: abandonado por el Espíritu de Dios, en la más absoluta oscuridad y perdición espiritual. Su sucesor, en cambio, era un hombre según el corazón de Dios. A pesar de las metidas de pata de David, él tenía un corazón tierno que amaba a Dios por sobre todas las cosas. Él ha sido el ejemplo más sobresaliente de todos los reyes que ha tenido Israel. El tiempo de los reyes abarcó un período de aproximadamente 470 años entre Saúl y Sedequías de nuestro texto, más del doble de la edad que tiene actualmente Paraguay como nación. Después de Salomón, el hijo y sucesor de David, el reino se dividió en dos: el reino del norte o Israel, y el reino del sur o Judá. De los 20 reyes que hubo en Judá después de Salomón, sólo 8 hacían lo que agradaba a Dios. De los restantes (el 60%), el texto bíblico da la triste descripción: “…sus hechos fueron malos a los ojos de su Dios” (2 Crónicas 36.12 – DHH), como es el caso precisamente de Sedequías. Hubo una constante y progresiva degradación de la espiritualidad de Israel. Hubo algunos avivamientos entre medio como en tiempos de los reyes Josafat, Ezequías, Josías y otros, pero generalmente los reyes después de ellos se fueron otra vez al otro extremo y tiraron por la borda todo lo bueno logrado por sus antecesores. Josías fue el último rey que provocó un profundo avivamiento, pero que lastimosamente no perduró más allá de su muerte. Varios profetas, como Joel, Isaías, Sofonías, Jeremías y otros llamaron constantemente al pueblo al arrepentimiento, pero generalmente sin resultado. Advertían de las consecuencias que la rebelión contra Dios podría tener para ellos. Pero Sedequías, el último rey de Judá, “…no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba de parte del Señor … y se empeñó tercamente en no volverse al Señor, Dios de Israel. También todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo extremaron su infidelidad, siguiendo las prácticas infames de las naciones paganas y profanando el templo del Señor que él había escogido como su santuario en Jerusalén” (2 Cr 36.12-14 – DHH). ¿Podemos decir que esta deportación a Babilonia fue el castigo de Dios a la terquedad de Sedequías? ¿Que a Dios le complace castigarnos duramente si una vez le fallamos, tipo la canción infantil que me habrán escuchado criticar ya muchas veces: “Cuida tus ojos, cuida tus ojos lo que ven, porque el Padre celestial te vigila con afán.”? El texto paralelo de 2 Crónicas nos muestra claramente que no es así. A pesar de tanta rebeldía de Israel contra Dios y esa actitud tan abiertamente terca y obstinada de Sedequías, dice la Biblia que “el Señor, Dios de sus antepasados, les envió constantes advertencias por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo” (2 Cr 36.15 – DHH). ¡Qué grande es la misericordia de Dios!
            ¿Pero cuál fue la respuesta de la gente a tanto amor de su Dios? Dice la Biblia que “…ellos se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaron sus mensajes y se burlaron de sus profetas, hasta que finalmente el Señor descargó su ira contra su pueblo y ya no hubo remedio” (2 Cr 36.16 – PDT). ¡Qué terrible sentencia! ¿Se pueden imaginar? De Dios dice la Biblia una y otra vez: “El Señor es compasivo y lleno de ternura; lento para la ira y grande en misericordia” (Sal 145.8 – RVC). Pero ellos lo provocaron tanto tiempo, hasta que su paciencia se haya agotado y él declare que ya no hay remedio. ¡Una tragedia en su máxima expresión! Es grande la paciencia de Dios, pero en algún momento él actúa. Esto fue lo que le ocurrió al pueblo de Dios y que llevó a los acontecimientos que hemos leído recién.
            Ya en los años previos a estos hechos descritos en este capítulo, el poder de los reyes de Judá se había venido a pique. Otras naciones determinaban quién sería rey en Judá. Venía el faraón egipcio Necao, dominó a Jerusalén, sacó de su trono al rey Joacaz, puso en su lugar al hijo de él, cambiándole su nombre en Joaquim (2 R 23.33-34). Luego Judá sufrió la primera invasión de Nabucodonosor, el rey tan poderoso de Babilonia, que se llevó preso a Joaquim, dejó como rey a Sedequías, y se llevó también “…una parte de los utensilios del templo del Señor, y los puso en su templo de Babilonia” (2 Cr 36.7 – DHH). Es decir, los hebreos ya eran pelota de ping pong en manos de los reinos de la región que hacían y deshacían lo que querían.
            Y así, Sedequías era supuestamente rey en Jerusalén, pero por supuesto que tenía que hacer lo que le dictaba su papá grande, Nabucodonosor, pagando los tributos que él imponía. Pero después de varios años, Sedequías se rebeló contra Nabucodonosor, al igual que lo había hecho contra Dios. Y esto provocó los hechos decisivos que acabamos de leer. Nabucodonosor invadió por segunda vez a Judá, sitió a Jerusalén y construyó rampas o torres de asalto alrededor de la ciudad para poder pasar por encima de su muralla. Luego se sentaron a esperar que la gente de Jerusalén se muriera de hambre o se rindiera, porque nadie podía entrar o salir de Jerusalén, y tarde o temprano se agotarían las reservas de comida. A pesar de todo, la gente de Jerusalén aguantó esto por cerca de un año y medio. Pero ahí la situación ya se volvió insostenible. Todo el alimento se acabó, y el hambre los impulsó a cualquier reacción desesperada. Intentaron huir a pesar de que la ciudad estaba rodeada de los babilonios. El versículo 4 habla de que se abrió un boquete en la muralla de Jerusalén, por el cual el rey y su ejército huían de noche. No hay unanimidad acerca de quién abrió la brecha, si las tropas de Nabucodonosor que estarían empezando ya la invasión a la ciudad, o si fueron los judíos que abrieron un hoyo para poder escapar. De todos modos, hubo una abertura, aparentemente una salida secreta “entre las dos murallas” (v. 4 – DHH). El pueblo ya no tenía nada que perder. Si se quedaban dentro de la ciudad, morirían con toda seguridad. Si escapaban, quizás morirían a manos del ejército enemigo. Pero existía una pequeña posibilidad de poder escapar. Así que, huyendo quizás sobrevivirían, o se morirían de todos modos. Y aparentemente lograron llegar bastante lejos hasta que los babilonios se dieran cuenta de la fuga. Dice la Biblia que los alcanzaron ya cerca de Jericó, a unos 34 kilómetros de Jerusalén. Seguramente la mala alimentación de los últimos meses haya hecho que los judíos estén sin fuerzas como para liberarse de la persecución, de modo que los babilonios los atrapaban. Cada uno de los soldados de Sedequías empezó a disparar a cualquier lado para ponerse a salvo, dejando a su rey totalmente desprotegido, presa fácil de los babilonios. Quizás a Sedequías le hubiera sido más tolerable que lo maten de una vez, que tener que ser testigo de cómo degollaban a sus hijos delante de él y que luego le saquen los ojos, le pongan cadenas pesadísimas para llevarlo prisionero a Babilonia (v. 7). Pero eso era la consecuencia de su rebelión contra Dios.
            Luego, “Nebuzaradán, oficial del rey y comandante de la guardia real” (v. 8 – DHH), llegó a Jerusalén y terminó la obra de destrucción que Nabucodonosor había empezado. La imagen que nos crea el texto es la de total destrucción y saqueo de Jerusalén. Lo que alguna vez fue una ciudad floreciente, había sido convertido en una ciudad apropiada para una película de terror. Ahora entendemos el dolor de Nehemías que escuchó 70 años más tarde el reporte del estado de Jerusalén, y también lo gigantesco que ha sido su obra de reconstrucción de la muralla de la ciudad en tiempo récord. Esto será tema de análisis en las predicaciones de las próximas semanas. Pero por ahora, Jerusalén quedó convertida en ruinas, guarida de chacales, con unas pocas personas pobres que dejó Nebuzaradán “para que cultivaran los campos y las viñas” (v. 12 – BNP). Además, él se llevó lo que podía de los tesoros del templo de Dios que Salomón había construido con tanta dedicación y hermosura. Este templo se empezó a reconstruir nuevamente más tarde. Herodes el Grande terminó estas obras de reconstrucción poco antes del nacimiento de Jesús. Pero este segundo templo nunca tuvo la gloria del templo de Salomón. Por eso, cuando Esdras empezó a reconstruir el templo 70 años más tarde de esta destrucción, dice la Biblia que “…muchos de los sacerdotes, levitas y jefes de familia, que eran ya ancianos y que habían visto el primer templo, lloraban en alta voz…” (Esdras 3.12), probablemente “…porque el templo reconstruido sería más bien modesto y no tendría el esplendor del antiguo templo salomónico” (DHH). Y toda esta gloria se fue a manos de los babilonios. Eran tantas las riquezas que ellos se llevaron, que “era imposible calcular lo que pesaba el bronce de aquellos objetos” (v. 16 – BNP). Y ahí terminó todo – podríamos pensar. Pero la historia y los planes de Dios son mucho más grandes que los episodios momentáneos. 70 años después, Esdras y Nehemías encabezaron un operativo de retorno de los judíos a su tierra y de reconstrucción de Jerusalén, lo que empezaremos a estudiar de hoy en 15 días.
            ¿Qué podemos aprender de esta historia? Hay varios puntos que podemos destacar. En primer lugar, así como los episodios de nuestro texto de hoy eran el punto culminante de siglos de decadencia espiritual, nuestra vida es parte de una historia mucho más grande, una historia del mover de Dios. Nuestra propia historia viene desde mucho antes, en algún momento entramos nosotros en escena, y continúa mucho más después de nosotros. El ejemplo de ustedes: hace cientos de años surgió el movimiento anabautista/menonita. Mucho tiempo después, su historia siguió desarrollándose en la actual Polonia y luego en Rusia. Por las circunstancias difíciles en Rusia, en algún momento esa gente llegó a Paraguay. En medio de este grupo nacería en algún momento un bebé al que le dieron el nombre de Ernesto Wiens. Este llegó a conocer a Cristo en algún momento de su vida y respondió positivamente al llamado de Dios de servirle. Y fruto de esa respuesta es la Iglesia Evangélica Bíblica Costa Azul. Y en algún momento, tú has entrado en contacto con el evangelio y con esta iglesia y eres ahora parte de la misma. ¿Y cómo continuará la historia? Eso depende de ti. Un pequeño desvío en tu obediencia al Señor hoy, puede llevar a tu descendencia a un camino en absoluta ausencia de Dios de aquí a 100 años más. Para ti es sólo una pequeña falta de consagración, un cigarrillo, una cerveza, una imagen pornográfica, pero te vas habituando a una vida que no toma en serio al Señor, llevando a la más absoluta oscuridad espiritual a las siguientes generaciones. ¿Y querrás tú ser acusado ante el Señor por haber causado esto con tu mínima desviación hoy? A la inversa también es cierto: una dedicación al Señor, un día de ayuno y oración, un “Sí” a la voluntad de Dios hoy, puede llevar de aquí a 100 años a una generación de siervos consagrados a Dios que revolucionan este mundo para toda la eternidad. ¿No querrías recibir algún día el elogio del Señor: “¡Bien hecho, buen siervo. Entra al gozo de tu Señor.”? Yo soy testimonio vivo de lo que estoy diciendo, porque la herencia espiritual que está sobre mí y que viene desde hace muchas generaciones anteriores es claramente visible. De ti depende cómo serán tus generaciones futuras. Por supuesto que cada persona después de ti tendrá que tomar sus propias decisiones, pero tú marcarás hoy el rumbo con tu vida y tus decisiones que tomas hoy. Tú determinarás hoy qué herencia espiritual recibirán tus hijos, nietos y futuras generaciones. Tú estás cosechando hoy los frutos del pasado y estás sembrando lo que en el futuro saldrá a luz en tu vida y la de tus descendientes.
            Una segunda cosa que quiero sacar de nuestra historia de hoy tiene que ver con el punto anterior: lo que hoy estás viviendo, no es el final de la historia, justo por ser parte de una historia mucho más grande. Si te parece que lo que hoy estás viviendo es el final de todo, Dios no estará de acuerdo contigo, porque su historia es mucho más grande que la pequeña ventanita de tu presente. De toda la historia grande, tú puedes ver hoy solamente un pequeño puntito: el presente, que se te quiere imponer como dictador. Pero no le des más poder. Haz un golpe de estado en el gobierno de tu vida. Derroca a ese dictador y ponele a Dios como tu gobernante. El dictador no se merece tener el control de tu vida. El presente es un momento nada más, no es toda tu vida. Más bien, “encomienda a Jehová tu camino, confía en él y él hará” (Sal 37.5 – RV95).
            Y, en tercer lugar, quiero volver una vez más a la tremenda gracia y misericordia de nuestro Dios. Dios anda detrás de ti, paso por paso, sin perderte de vista ni un segundo, pero no para ver dónde te puede castigar, sino para ver dónde te puede bendecir. Si sufres algo negativo, probablemente sea consecuencia directa de tu desobediencia, y, por lo tanto, es algo que tú mismo te buscaste. Te castigaste solito. Dios no tiene necesidad de castigarte. Si, por ejemplo, te contagiaras de SIDA por tu promiscuidad sexual, vos te lo buscaste. Dios no te empujó de una patada a una piscina de SIDA para que te hundas y te destruyas. Vos saltaste solito. Él más bien quiso protegerte de esto y puso sus mandamientos y principios como barrera, pero no quisiste hacerle caso. Te portaste como Sedequías que obstinadamente se opuso a la reprensión de Dios a través de sus profetas. Y Dios, en lugar de reírse maliciosamente por el castigo que él te ha dado, más bien está dolido por no haber obtenido tu obediencia, dejándote cuidar por él.
            Dios intenta en todo momento envolverte con su amor, conquistar tu corazón como un novio busca enamorar a su novia, para que le sigas, le sirvas y le obedezcas por amor a él. Te portaste remal, pero él te bendice de múltiple manera para que te arda la cabeza de vergüenza por lo que hiciste y llegues a aborrecer profundamente el pecado. ¿No es mucho más atractivo pertenecer a un Dios de amor y de gracia que a un Dios juez y castigador?
            Y si resumimos estas enseñanzas del texto de hoy, podemos decir que toda tu vida: tu pasado, tu presente y tu futuro, incluyendo tus futuras generaciones, están en manos de un Dios amoroso que sólo tiene planes de bienestar para ti y tu familia. Él debe ser el que controla tu ser, no el dictador que quiere invadir tu vida. ¿Le permitirás a Dios que él lleve a cabo sus planes perfectos en tu vida? ¿O preferirás ir por tu propio camino, con las consecuencias correspondientes? Tu pasado no lo puedes cambiar, sólo puedes arrepentirte por los errores cometidos. A tu presente le debes quitar el poder dictatorial sobre ti y verlo más en relación al resto de la historia. Tu futuro lo determinas hoy según tu decisión de qué lugar ocupará Dios en tu vida de ahora en adelante.
            Si reconoces que de alguna manera te estás pareciendo a Sedequías en su terquedad contra Dios, pero hoy tomas la decisión de romper esta maldición de la decadencia espiritual en tu vida; si decides darle hoy un rumbo diferente a tu vida y tus generaciones posteriores y marcarles el rumbo de la obediencia a Dios, levántate en el nombre de Jesús, toma una decisión valiente y hazla pública ante toda la congregación pasando aquí al frente. Tú no vas a poder prevalecer con una decisión escondida, secreta. Quizás muchas veces ya la has tomado y te has decaído sólo un par de días después, volviendo otra vez a tu vida vieja, precisamente porque nadie vio tu decisión y nadie pudo darte su hombro para que la pongas por obra. No vas a poder prevalecer en tu decisión de seguir a Cristo contra vientos y marea sin la ayuda de Dios y la intercesión de tus hermanos. Pasa aquí al frente, para que toda la iglesia pueda orar por ti y ser tu respaldo espiritual, ponerte su hombro para caminar juntos en este camino. Rendirte a Cristo empieza por deshacerte de tu orgullo y vergüenza. No preguntes qué dirán los demás, sino pregunta qué te dice Dios en este momento. Dios te ama y espera tu reacción.


lunes, 4 de septiembre de 2017

Matrimonio, ¿pacto o contrato?




            “Un pacto con Dios hicimos tú y yo…” cantó Rabito a su esposa. Muchas veces quizás hemos escuchado esta canción. Así también muchas veces hemos escuchado —o incluso dicho— palabra parecidas es estas: “Yo, Julio, acepto a Julia como mi esposa para amarla y cuidarla desde este día en adelante, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.”
            Estas no son simplemente palabras bonitas o una parte necesaria de la ceremonia de bodas. Son los términos propios de un pacto establecido entre dos personas, así como lo mencionó Rabito en su canción. En esta mañana queremos ver qué hemos dicho —los que ya lo dijimos— o qué dirán —los que lo dirán algún día todavía— con estas palabras. Me temo que para algunos quizás será incómodo o incluso ofensivo lo que veremos hoy, pero es lo que entiendo que enseña la Biblia. Debo admitir que hasta hace poco tampoco tuve esta comprensión como la tengo hoy. Me consideré una persona muy abierta, moderna, no tan cuadrada, en cuanto a este tema. Pero a principios de agosto participamos de un retiro de matrimonios con Craig Hill, el creador de la mayoría de los cursos matrimoniales de Principios de Vida y del seminario “De maldición a bendición”, conocido también por muchos de ustedes. Ahí nos fueron abiertos los ojos para entender mejor la enseñanza de la Biblia en cuanto al pacto, al divorcio y al recasamiento.
            En la carta de Pablo a los Efesios encontramos estos versículos que escuchamos prácticamente en cada boda:

            FEf 5.31-33

            Si hablamos del matrimonio como un pacto, ¿en qué momento se establece este pacto? El versículo 31 marca el momento en que un hombre y una mujer entran en esa relación de pacto. Dice que el hombre (y lo mismo vale también para la mujer) deja a padre y madre. Esto indica el proceso de independizarse, la finalización de una etapa anterior. El hombre y la mujer dejan de pertenecer a sus familias originales para formar su propia nueva. Es como una planta que tiene un brote. En un momento adecuado, sacamos el brote de su planta original, soltamos la unión con la planta grande, y lo plantamos en una maceta aparte.
            Luego dice el versículo que ese hombre y esa mujer que soltaron los lazos se funden en un nuevo ser aparte. El texto dice: “…los dos serán un solo ser” (v. 31 – RVC), “un solo cuerpo” (TLA), “una sola persona” (DHH). No es que uno absorbe al otro, sino ambos juntos forman una unidad totalmente nueva, que no es ni como él ni como ella, sino algo diferente, un ser diferente, la suma de ambos. La ecuación matemática es: 1 + 1 = 1. El pacto matrimonial significa entonces la muerte a la vida independiente para iniciar una vida en conjunto como un nuevo y solo ser. Esto sucede en un evento público, según las normas y reglas de cada sociedad, y lo que comúnmente llamamos “matrimonio”. El pacto matrimonial, reconocido por Dios como tal, se inicia con este paso, sin interesar si fue por una boda civil, si fue por iglesia evangélica o católica, por iglesia mormona o de los beduinos del desierto en Arabia. Tampoco interesa si los contrayentes son cristianos o no lo son. Es un pacto establecido entre los hombres, reconocido por Dios como tal, y cualquier intromisión de una tercera persona es adulterio. Si los dos son cristianos comprometidos, están, además, en un segundo pacto, el de cada uno de ellos con Dios. En este pacto con Dios entraron en el momento de su conversión. Y este pacto con Dios le da aún mayor solidez al pacto que establecieron entre ellos como pareja. Este pacto matrimonial es válido delante de Dios, sin importar de qué manera se inició.
            El texto de Efesios, empezando ya en el versículo 22, da algunas características de este pacto. En todo este texto, Dios da tareas, funciones u órdenes específicas, sin mencionar condiciones. Al hombre se le dice que debe amar a su esposa; a la mujer se le dice que debe respetar a su marido. Punto. Esto no depende del comportamiento de su pareja, es incondicional. Si estas funciones estuvieran condicionadas, diría: “Esposos, amen a sus esposas como Cristo amó a la iglesia… (v. 25 – DHH), mientras que ella los respete a ustedes y se les sujete.” O: “…que la esposa respete al esposo… (v. 33 – DHH) siempre y cuando él no le falte el respeto a ella.” Vemos entonces, que el pacto matrimonial es incondicional. No depende de lo que haga la pareja, sino depende del compromiso que uno haya establecido.
            Por esta misma razón también es unilateral. Yo establezco el pacto con mi esposa, comprometiéndome yo, sin importar si ella corresponde o no, si ella es fiel al pacto o no. Yo empeñé mi palabra, y yo seré fiel a mi palabra, sin preguntar cómo se comporta mi cónyuge.
            En 1 Corintios 7, un capítulo dedicado a diferentes asuntos relacionados al matrimonio, encontramos una tercera característica de un pacto. En el versículo 39 Pablo dice: “La mujer casada está ligada a su esposo mientras este vive; pero si el esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, con tal de que sea un creyente” (DHH). Valga aclarar que lo mismo vale al revés, que el hombre casado está ligado a su esposa mientras ella viva. Aquí vemos que un pacto es indisoluble, irrevocable – excepto por la muerte. Si uno de los dos se muere —y recién entonces—, el pacto deja de existir y la otra persona está libre para volver a casarse con otro. Antes no. Mientras los dos vivan, el pacto sigue intacto.
            Estas son entonces las tres características de un pacto: a) incondicional, b) unilateral, c) irrevocable. La base de un pacto es mi palabra, mi promesa. Yo soy fiel a lo que yo dije, a lo que yo prometí, porque yo lo dije. Mi palabra tiene peso, y la hago cumplir sin considerar las circunstancias.
            Quizás nos ayuda a entender lo que es un pacto al contrastarlo con un contrato. Un contrato es también un acuerdo entre dos personas, al igual que el pacto. Pero tiene diferencias importantes. Por un lado, es condicional. Mi cumplimiento de mis obligaciones depende de si la contraparte cumple las suyas. Por eso mismo el contrato es bilateral porque depende de que ambos cumplan sus compromisos.
            Y, en tercer lugar, un contrato es revocable. Basta con mirar con cuánta facilidad se rompen los contratos con los técnicos de fútbol para darnos cuenta de esta realidad.
            Entonces, tenemos aquí las características de un contrato: a) es condicional, b) es bilateral, c) es revocable. Un contrato está basado en los actos de las personas; depende de lo que cada uno haga.
            Déjenme ilustrarlo de la siguiente manera: supongamos que yo tuviera un auto para vender. Un día se acerca alguien que lo quiere comprar. Nos ponemos de acuerdo y yo le prometo venderle a él mi auto. Hacemos un contrato de compra-venta que dice que él me dará una suma X de dinero, y yo le daré a cambio las llaves del auto. Si él no me da el dinero, yo no le doy las llaves. Mi entrega depende de su acto de pagar lo estipulado. Ese es un contrato.
            Pero supongamos que él me paga no más un tercio del monto fijado, y después me dice que por A o B motivos no puede pagar más. Como yo le prometí venderle el auto, se lo entrego por mi promesa hecha a esa persona, sin considerar si él cumplió su compromiso o no. Esto es un pacto.
            Un pacto dice: “Yo mantendré mi palabra y haré lo que dije, independientemente de que tú hagas o no hagas tu parte.”
            Un contrato dice: “Si tú cumples tu parte en el acuerdo, yo también cumpliré mi parte. Pero si tú no mantienes tu palabra, yo no estaré obligado a mantener la mía.”
            ¿A cuál de estas dos maneras de ver y vivir un acuerdo pertenece el matrimonio? ¿Es un pacto o un contrato? Según la Biblia es un pacto. ¿Cómo lo vive el mundo – y lastimosamente también gran parte de los cristianos? Como un contrato válido solamente hasta cuando uno de los dos es infiel, como si la infidelidad de uno diera licencia para que el otro también haga lo que le dicte la carne. Es a raíz de esto que la sociedad hoy está tan destruida y sin relaciones familiares significativas. Están desapareciendo las células firmes de matrimonios unidos, sosteniéndose contra viento y marea, cueste lo que cueste. Estas células firmes son la base, el cimiento, de toda la sociedad. Al resquebrajarse la unión matrimonial, se cae en pedazos todo lo demás. Tenemos sólo un mar de relaciones casuales, sin compromiso, en que nadie lucha por el bien del otro. Todo está centrado en mí mismo, en mí placer, en mis deseos. Es por eso que nosotros como cristianos somos llamados a defender y mantener en alto los valores bíblicos acerca del matrimonio. Y no recién cuando uno es casado, sino que los jóvenes tengan esa convicción clara e inamovible ya desde antes de buscar un cónyuge.
            ¿Nos damos cuenta de que el pacto es la protección del matrimonio y de toda la sociedad? El pacto es el lazo alrededor de marido y mujer que los mantiene unidos en medio de la peor tormenta de la vida. No es una soga que los esclaviza: “Ni modo, estoy ligado(a) a este ogro y no tengo escapatoria.” Más bien es el lazo de amor: aunque estemos muy enojados y nos estemos arañando emocionalmente, el amor entre nosotros es el compromiso uno con otro que no permite que nos alejemos. Una sociedad con matrimonios estables será una sociedad sana y fuerte. Una iglesia con matrimonios estables será una iglesia sana y fuerte. En esta semana pasada, como parejas que participamos del curso matrimonial hemos ayunado y orado por los matrimonios de esta iglesia. Y me gozo en el Señor por la lista de ¡27 matrimonios! por los cuales estuvimos orando. No todos son miembros de la iglesia, pero de alguna manera están relacionados a la misma. 27 matrimonios son 54 personas, sobre una iglesia de 68 miembros activos. Es una riqueza increíble que debemos saber valorar – ¡y proteger!
            Sabemos que en la antigüedad las murallas alrededor de las ciudades eran su protección. Imagínense ahora una ciudad amurallada asentada a orillas de un río. Gran parte de la población se dedica a la pesca. El asunto, sin embargo, es que de noche se cierran los portones por precaución. De ese modo, unos pocos vigilantes pueden proteger a toda la ciudad. Un día (o una noche), uno de los habitantes se retrasó en regresar a la ciudad y se quedó fuera. No hay forma que él pueda entrar todavía a la ciudad para ir a descansar en su casa. Para no aburrirse, o de repente quedarse dormido y ser sorprendido por alguna banda enemiga que esté dando vueltas por ahí, saca sus elementos de pesca y empieza a pescar. Y ahí descubre que la pesca más abundante y los peces más grandes se saca de noche. Al día siguiente, al llegar a casa después de abrirse los portones, él maquina un plan. Como su casa está construida sobre el muro, él cava un túnel secreto de su dormitorio hacia el exterior de la muralla. Así cada noche él puede salir libremente a buscarse los ejemplares más envidiables de dorados y surubíes. Nadie sabe de esto. Pero a la gente le llama la atención que él es el único que vende pescados tan impresionantes. Un día uno de sus mejores amigos le pregunta cómo él logra tanto éxito en su negocio. Él contesta: “¿Puedes guardar un secreto?” “¡Por supuesto!” Y el resto de la historia ya ustedes conocen. A los 6 meses hay sobre el muro 500 guardadores de secretos con su respectivo hueco en el muro. ¿Sigue protegida la ciudad? El enemigo puede elegir ahora entre 500 posibilidades para introducirse a la ciudad y saquearla por completo. Así sucede con la sociedad cuando el pacto del matrimonio es “perforado”. Las parejas no tienen más el lazo de protección, de modo que, ante la menor tormenta, ellos no tienen la suficiente fuerza para mantenerse unidos, y las olas los separan rápidamente. Las familias y la sociedad son presa fácil del enemigo de las almas que ronda buscando a quién devorar. Él ha logrado que algunos valores básicos cambien en la sociedad. La Palabra de Dios ha pasado de estándar absoluto en cuanto a la vida a un libro viejo y anticuado que junta polvo en las estanterías. El concepto de matrimonio ha pasado del pacto a un contrato. El autosacrificio por el bien de otros ha pasado a la autogratificación egoísta. Con estos cambios, el enemigo puede hacer lo que quiere.
            Es urgente que como hijos de Dios volvamos a los estándares de Dios para el matrimonio. Es urgente que enseñemos por medio de nuestras palabras y por medio de nuestro ejemplo como parejas de la iglesia lo que es la voluntad de Dios acerca del matrimonio. Es urgente que nuestros adolescentes y jóvenes sepan claramente lo que la Biblia enseña respecto al matrimonio, para que no caigan en errores que lamentarán quizás por el resto de sus vidas.
            Una vez los fariseos también le preguntaron a Jesús acerca de la voluntad de Dios para el matrimonio. En realidad, no les interesaba la voluntad de Dios, sino que querían ponerle a Jesús una trampa con el tema del divorcio. Jesús no les contestó en forma directa su pregunta, sino volvió al ideal original de Dios: “…el hombre no debe separar lo que Dios ha unido” (Mc 10.9 – DHH). En privado, Jesús les declaró a los discípulos bien claramente: “El que se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera; y si la mujer deja a su esposo y se casa con otro, también comete adulterio” (Mc 10.11-12 – DHH). Jesús estableció claramente que no existe para él la opción de divorcio ni de recasamiento. Él veía el matrimonio como un pacto que permanece intacto hasta la muerte de uno de los dos. Ni la infidelidad, ni el divorcio ni ningún otro pecado puede disolver un pacto, sino únicamente la muerte.
            Veamos otro texto. En el Sermón del Monte Jesús también enseña acerca del divorcio: “También fue dicho: ‘Cualquiera que se divorcia de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.’ Pero yo les digo que el que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere, y el que se casa con la divorciada, comete adulterio” (Mt 5.31-32 – RVC). Este versículo, a primera vista pareciera dar carta libre al divorcio y recasamiento, si la pareja ha sido infiel. Aquí es necesario atender un poco las palabras en griego y saber algo de la cultura judía. Hay dos palabras en griego para inmoralidad sexual. Una es la que se traduce como “fornicación”, y se refiere al acto sexual entre solteros. La otra es “adulterio”, en el que por lo menos uno es casado. En este versículo que acabamos de leer aparecen las dos palabras. Jesús dice: “…el que se divorcia de su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella comete adulterio.” Presten mucha atención que no dice “por causa de adulterio”. Es decir, Jesús habla del divorcio por causa de un acto sexual entre solteros. ¿Cómo es eso? ¿Acaso alguien puede divorciarse de su esposa por haber tenido ella relaciones sexuales entre solteros? Es que en el matrimonio judío había diferentes etapas. Antes del matrimonio en sí, había la etapa del desposorio, del compromiso. Ambos estaban comprometidos para casarse. Ante la sociedad ya estaban sellados el uno para el otro, pero no se había consumado todavía el matrimonio. Una infidelidad de uno de los dos en esta etapa (fornicación) era considerada igual al adulterio, de tan fuerte era el compromiso ya en esa etapa. ¿Conocen un caso así? Era el caso de José y María antes del nacimiento de Jesús. Dice la Biblia: “María, la mamá de Jesús, estaba comprometida para casarse con José. Antes de la boda, descubrió que estaba embarazada por el poder del Espíritu Santo. José, su futuro esposo, era un hombre recto y no quería que ella fuera avergonzada en público. Así que hizo planes en secreto para romper el compromiso de matrimonio” (Mt 1.18-19 – PDT). De esta etapa está hablando Jesús. ¿Por qué no habla de adulterio? Porque según la ley del Antiguo Testamento, el castigo por el adulterio era la muerte: “Si un hombre es sorprendido acostado con una mujer casada, los dos morirán, tanto la mujer como el hombre que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22.22 – BLPH). Con esta medida tan drástica se eliminaría del pueblo de Dios a los que tal acto cometieron. Pero también se evitaba de esta manera que este pecado tenga consecuencias para otros, como por ejemplo hijos que puedan surgir del adulterio. Encontramos esta situación en el caso de la mujer adúltera en Juan 8. Jesús dijo que el que esté sin pecado, que tire la primera piedra para apedrearla, en cumplimiento de la ley, dando sin embargo claras evidencias que con él, la gracia estaba por encima de la ley fría.
            Jesús, en este versículo de Mateo, no habló, por tanto, del divorcio a causa de un adulterio, porque en tal caso ella estaría muerta, y es imposible divorciarse de un cadáver.
            Pero este texto tampoco es una licencia al divorcio, como se podría entender fácilmente. Jesús dijo que el hombre que se divorcia de su esposa la convierte en adúltera, “…a no ser por causa de fornicación…” En caso de fornicación, ella ya se habría hecho adúltera a sí mismo. Su adulterio no sería por el divorcio de su esposo, sino por su decisión de serle infiel.
            Ahora, ¿por qué dice que “…hace que ella adultere” (Mt 5.32 – RVC), “la induce a cometer adulterio” (NVI), “es como mandarla a cometer adulterio” (BLA)? La mujer en el medio oriente en el tiempo de Jesús estaba totalmente dependiente de un hombre: en su niñez y juventud de su padre; de casada de su esposo. Si ahora el esposo se divorciaba de ella, ella no tenía mucha posibilidad de sobrevivir. La única manera de juntar algunas monedas para mantenerse viva era o ser mendiga (cosa que no era ninguna garantía de vida, porque casi nadie daría algo a una mujer mendiga por el bajo concepto que tenía la sociedad de una mujer), o prostituirse o casarse con otro hombre que la pueda sostener. Pero como para Jesús el pacto seguía intacto a pesar del divorcio, este nuevo casamiento a los ojos de Dios sería adulterio. Por lo tanto, un hombre que se divorciaba de su esposa, la empujaba prácticamente a cometer adulterio como única manera de seguir con vida.
            Vemos entonces que el divorcio no es nunca la voluntad de Dios. Pero, a causa de vivir en un mundo caído, o, en palabras de Jesús, “…por la dureza de su corazón” (Mt 19.8 – NBLH), el divorcio a veces es el mal menor. Jesús dijo que Moisés lo “permitió” a causa de la terquedad del ser humano que no quiere hacerle caso a Dios. Pero de ninguna manera Dios haya dado el brazo a torcer en cuanto a este asunto. Para él, el matrimonio sigue siendo la unión de un hombre y una mujer de por vida. ¡Punto! Sin embargo, a causa del corazón terco y pecaminoso del ser humano, en algunas situaciones extremas es preferible divorciarse antes de que su vida corra serios riesgos. Pablo escribió a los corintios “…que la esposa no se separe de su esposo. Ahora bien, en caso de que la esposa se separe de su esposo, deberá quedarse sin casar o reconciliarse con él. De la misma manera, el esposo no debe divorciarse de su esposa” (1 Co 7.10-11 – DHH). Entonces, para Dios el divorcio nunca es una opción, y el recasamiento imposible. En consecuencia, yo como siervo de Dios, tampoco puedo celebrar un recasamiento, porque va contra la voluntad de Dios.
            Este es el ideal, la voluntad perfecta de Dios. Pero vemos en todas las sociedades y culturas del mundo todo tipo de desviaciones de estos principios bíblicos. ¿Qué deben hacer los que ya le fallaron a lo que Dios ordena? Tomemos el caso de una persona que fue abandonada por su cónyuge o que se ha divorciada, Según lo que hemos visto, no debe buscar “rehacer su vida” como comúnmente se llama el buscarse otra pareja. La Biblia es contundente. Sólo tiene dos opciones: quedarse sola o reconciliarse con su cónyuge. El pacto sigue en pie. Ponte a orar fervientemente por tu pareja. El Señor tiene poder para hacer milagros increíbles. Hay muchísimos testimonios de personas que abandonaron su pacto y se casaron con otra persona, se volvieron a divorciar y se casaron con una tercera. Pero había su cónyuge original que se resistía a dejar de orar por su pareja legítima: “Él es mi marido. / Ella es mi esposa.” Después de varios años, de repente el cónyuge extraviado se despertó a su realidad y se preguntó: “¿Qué estoy haciendo???” Y preguntó a Dios: “Y ahora, ¿qué hago?” Y Dios le dijo: “¡Vete a tu casa!” Se arrepintió profundamente, volvió a su casa, y rehízo su primer y único válido matrimonio.
            ¿Qué del que ha cometido adulterio y se ha unido a una persona que no es de su pacto? Mientras haya todavía alguien que diga por ti: “¡Esa es mi pareja!”, arrepiéntete y ¡vete a tu casa! O si es una persona soltera que se ha unido a una persona que está en pacto con otra persona, arrepiéntete y sal corriendo de tal relación. Es mejor vivir toda la vida como soltero(a) que en una relación que nunca podrá tener la aprobación de Dios mientras viva el cónyuge original de esa persona.
            ¿Y qué si ya no hay casa donde irse? ¿Si ambos compañeros del pacto ya están en otras relaciones y es imposible retroceder para deshacer todos los errores cometidos? Como dijimos, la solución al adulterio en el Antiguo Testamento era el apedreamiento. La solución en el Nuevo Testamento es la gracia de Dios y nuestro arrepentimiento. Pidan perdón por haber actuado mal, quizás porque no sabían lo que hoy saben. Pero de ahora en adelante, sigan la sugerencia de Jesús a la mujer sorprendida en adulterio: “Vete, y no peques más” (Jn 8.11 – RVC). ¿Y cómo deben continuar? La Biblia no nos da instrucciones detalladas para cada caso, sino presenta siempre el plan original de Dios. Ese es el ideal, y a eso debemos apuntar siempre. Si erraste el blanco, humíllate ante Dios y pídele que te muestre el camino a seguir en tu caso concreto. El divorcio no es el pecado imperdonable, ni es más pecado para Dios que cualquier otro. Jesús murió por todos nuestros pecados, y todos encuentran perdón en él. Dios tiene altas exigencias, pero también es amor y compasión. Él es experto en componer o en sanar y darle nuevo sentido a lo que con tanto esmero hemos logrado destruir hasta no poder más. Él te tomará en sus manos y hará de ti y de tu relación de pareja algo precioso para su honra y gloria. Pero él tiene que indicar el camino.
            ¿Y qué tiene que hacer el que no está en ninguna relación todavía? Hacer hoy un pacto de santidad con el Señor, un compromiso serio de buscar siempre su voluntad y regirse estrictamente por ella. Es incomparablemente más fácil mantenerse en el camino de Dios que desviarse de él, causar mucho daño a su propia vida y la de otros y tener que vivir luego con los pedazos rotos por el resto de su vida – aunque sí con la gracia y misericordia de Dios que sana y restaura y arma un mosaico hermoso con los pedazos de nuestra vida. ¡Alabado sea él!