sábado, 13 de abril de 2024

La novia de Cristo

 




            Buenos días, hermanos. ¿De qué hablamos el domingo pasado? De la iglesia como el cuerpo de Cristo. ¿Y cuál de los órganos de ese cuerpo consideras que eres tú, de los de más valor o de los de menos valor? Esta es una pregunta trampa, porque habíamos insistido bastante en que no hay diferencia en cuanto a valor. Todos los miembros de ese cuerpo tienen el mismo valor. Lo que es diferente es la función que cumplen en el cuerpo a favor y en representación de todos los demás.

            Hoy nos vamos a poner románticos. Vamos a hablar de la iglesia como la novia de Cristo. Vamos a empezar leyendo un texto que conocemos de las bodas. Se encuentra en la carta a los efesios.

 

            FEf 5.21-27

 

            Como dije, en casi todas las bodas se cita este pasaje. Pero hoy no quiero hablar de los deberes del esposo y de la esposa. Esto es asunto de otra prédica en otro momento. Lo que sí quiero es analizar este texto en cuanto a la relación entre Cristo y su iglesia.

            Toda relación humana puede florecer y prosperar solo si hay un respeto mutuo. Si hay actitudes abusivas de una persona hacia otra, o de descuido o desobediencia de uno hacia el otro, ya la relación empieza a sufrir y a degenerarse. Eso es exactamente igual entre la iglesia y Cristo. ¿Será que es exactamente igual? Porque el primer versículo habla de someterse unos a otros. Entendemos bien que la iglesia debe someterse a Cristo. Pero, ¿acaso él se somete a la iglesia? Él es el dueño y Señor de la iglesia, ¿cómo se va a someter a ella? Nuestra incomprensión tiene que ver con una idea muy equivocada del significado de la palabra “someterse”. Es que, para nosotros, esta palabra es casi sinónimo de esclavitud. Y no tenemos que buscar mucho para encontrar ejemplo sobre ejemplo en la que una persona, muchas veces el hombre hacia la mujer, actúan en forma esclavizante. Pero atendamos bien: este versículo habla de “someterse”, no de “ser sometido”. Esto es un cambio radical en la comprensión. El someterse es un acto voluntario de mi parte hacia el otro, no algo que otros me imponen a la fuerza. Voluntariamente, por reverencia a Cristo, me someto a la otra persona. Pero el versículo no termina todavía ahí. Dice que, de la misma manera, el otro también se somete a mí. Y cada vez que alguien se somete al otro, es decir, por respeto se pone debajo de la otra persona, eleva al otro. Y viceversa. Así nuestra relación puede crecer y afianzarse, porque los dos hacemos crecer al otro. Y esto se aplica a cualquier relación humana.

            Pero seguimos preguntándonos: “¿Cristo se somete a la iglesia?” Me llamó muchísimo la atención cómo lo traduce otra versión. No recuerdo haberlo leído alguna vez antes de esta manera. Dice: “Sírvanse unos a otros por respeto a Cristo” (v. 21 – PDT). Así que, servirse. Si yo te sirvo a ti y tú me sirves a mí, ¿no nos estamos sometiendo uno al otro? Me pareció una excelente traducción que ilustra magníficamente lo que significa “someterse”, sin tener esa connotación negativa de un trabajo forzado al que un mandamás omnipotente y malhumorado somete a los demás. Si lo vemos así, ¿acaso Cristo no sirvió a la iglesia? Los siguientes versículos describen claramente cómo Cristo sirvió hasta el punto de sacrificar su propia vida. ¿Seguimos creyendo que Cristo y su iglesia no se someten mutuamente?

            Además, Jesús le dijo una vez a Pedro algo sorprendente: “…tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo” (Mt 16.18-19 – DHH). Casi nos cuesta creer que Dios se atendrá a lo que decida la iglesia. Esto es un voto de confianza sin igual de parte de Dios hacia la iglesia. ¡Y cuánta responsabilidad pone esto sobre la iglesia y sus líderes para tomar decisiones maduras y de buscar la guía y la voluntad del Señor! Dios sigue siendo el dueño y Señor de la iglesia, pero si esta busca su guía en intensa oración y llega a tomar una decisión en cuanto a un asunto determinado, él respaldará esa decisión. Hay muchas situaciones que no están determinadas en detalle en la Biblia. Son casos en las que la iglesia debe decidir según los principios generales que encontramos en la Biblia y según lo que entendemos que nos guía el Señor. Si la iglesia se somete a la autoridad de Cristo, él se somete a la decisión que la iglesia toma en tales circunstancias. ¡Qué tremendo!

            Y así de tremendo es también nuestro pasaje de Efesios. Por un lado, Pablo utiliza la relación matrimonial para ilustrar la relación entre Cristo y la iglesia. Por otro lado, es la relación de Jesús con su iglesia la regla de medir o el modelo que debe determinar la calidad de relación en un matrimonio. En el versículo 23 dice: “…el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza y salvador de la iglesia, la cual es su cuerpo” (NVI). Este versículo es el puente perfecto entre la prédica del domingo pasado y la de hoy. Aquí, la iglesia es descrita como cuerpo de Cristo, lo que vimos el domingo pasado, y también como novia de él, lo que ahora estamos tratando. Jesús cumple tanto la función de cabeza del cuerpo como la de Salvador de la iglesia. Ya dijimos que ser el Salvador de la iglesia fue el máximo grado de servicio que Jesús realizó a favor de ella. Ésta, en contraparte, se somete y le sirve a él (v. 24).

            Este amor manifestado por Cristo al entregarse por su iglesia tiene un objetivo muy alto para el Señor: “a fin de hacerla santa y limpia al lavarla mediante la purificación de la palabra de Dios” (v. 26 – NTV). Una nota explicativa de la Biblia de estudio Dios Habla Hoy dice que es una: “alusión a las costumbres nupciales del Oriente antiguo. Se bañaba y arreglaba cuidadosamente a la novia, antes de presentarla a su esposo. Aquí es Cristo mismo quien purifica a la iglesia con el baño del bautismo y con la palabra salvadora.” ¿Pero por qué tanto afán por limpiar y santificar a la iglesia? “Cristo quiso regalarse a sí mismo una iglesia gloriosa, apartada del mal y perfecta, como un vestido sin una sola arruga ni una sola mancha, ni nada parecido” (v. 27 – TLA). Normalmente se contrata a personas que se dedican a preparar a las novias para el gran día de su boda. Pero Jesús no dejó que nadie más tocara a su novia, sino él mismo se encargó de preparar a su iglesia para ese día para que sea absolutamente perfecta. Entonces, si en esta vida pasas por dolor, quizás el Señor justo te esté depilando; si las lágrimas te hacen ver todo borroso, quizás el Señor te esté aplicando el delineador y tienes que cerrar tus ojos para eso. Toda experiencia en esta vida, sea agradable o sumamente desagradable, es parte de un proceso de santificación y perfección que Cristo está recorriendo contigo para que te conviertas en esa novia gloriosa y perfecta que él quiere regalárselo a sí mismo. Ya pronto viene la boda del Cordero, en la cual nosotros como iglesia de Cristo seremos los protagonistas. Y cada vez que Jesús te mira, te ve como santo, limpio, glorioso, perfecto, sin arruga y sin mancha. ¿Cómo te hace sentir esto? Ese es su objetivo contigo. ¡Nada menos! ¿Estás trabajando también hacia ese objetivo, limpiando tu vida de la inmundicia del pecado, profundizando tu intimidad con Cristo, el novio, para saber cómo poder agradarle más como futura esposa?

            Porque eso de estar preparado no se da automáticamente. Jesús contó una parábola en la que él es representado por el novio que viene a buscar y llevar a casa a su novia. La encontramos en Mateo 25.

 

            FMt 25.1-13

 

            En cuanto a esta parábola, una nota explicativa dice: “En una boda oriental, el novio se dirigía a la casa de la novia para recibirla de manos de sus padres; luego iban acompañados por muchachas y otros convidados, hasta la casa del novio o de sus padres, donde se celebraba el banquete nupcial. Las lámparas ardían con aceite de oliva” (DHH).

            Bueno, tenemos aquí al novio. En el último versículo, Jesús se identifica claramente con ese novio. Es decir, la parábola relata el momento cuando Cristo volverá por su iglesia. Las 10 vírgenes representan a los cristianos. El hecho de que tenían las lámparas da de entender que todas eran lo que hoy llamaríamos “hijos de Dios”. La luz indica la realidad de lo que Jesús dijo en una oportunidad: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8.12 – RV60). O también lo que Pablo escribe a los efesios: “Ustedes antes vivían en la oscuridad, pero ahora, por estar unidos al Señor, viven en la luz. Pórtense como quienes pertenecen a la luz” (Ef 5.8 – DHH). Entonces, la luz en esta parábola ilustra la presencia de Cristo, la luz del mundo, en la persona. El aceite es lo que alimenta esa luz, o sea, el Espíritu Santo. Pero, aunque todas sean cristianas y tengan la luz de Cristo, había una diferencia entre ellas. Un grupo cuidaba su integridad y cultivaba la comunión con Dios; buscaba la llenura del Espíritu Santo, el “aceite” de su luz espiritual, los otros no le daban mucha importancia y se iban detrás de otros intereses personales. Esto hizo después la diferencia decisiva. Las que estaban llenas del Espíritu Santo no podían resolver el problema de los que no le habían dado la suficiente atención a su mundo interior y a su comunión con Dios. Es que la presencia del Espíritu Santo no es heredable; no se puede compartir. Es algo 100% personal. Y los que habían cultivado su intimidad con el Señor estaban listos cuando el novio llegó y podían entrar con él a la fiesta. Para las otras no hubo tiempo para arreglar su vida en ese momento y buscar nuevamente la llenura del Espíritu Santo. Para ellos, haber vivido despreocupadas por su vida espiritual fue fatal. Demasiado tarde se acordaron y no pudieron entrar a la fiesta celestial por toda la eternidad. ¿Crees que los intereses de este mundo valen tanto como para ir tras ellos y poner en riesgo tu vida espiritual? Cuando Cristo venga por su iglesia, que puede ser en cualquier momento, ¿estarás preparado? No es cuestión de prepararse unos instantes antes de que él llegue, ya que no sabes cuándo será. Solo sabemos que las señales que Jesús dejó en cuanto a su regreso se están cumpliendo una tras otra. Es como si él hubiera dicho: “Cuando yo regrese, no diré nada, pero habrá señales.” Y estas señales, a mí entender indican que ya no falta mucho tiempo. La única forma de estar preparado en ese momento es estar preparado siempre, desde ahora; es adquirir un estilo de vida que lucha por la santidad, que busca la intimidad con Dios, que cultiva la comunión con él todos los días. Hacer menos de esto es jugar con su eternidad. Si Cristo volviera ahora dentro de 30 segundos, ¿estarías preparado/a para recibirle y entrar con él a la fiesta? Si crees que esto tiene tiempo todavía, ¿cómo me puedes garantizar que él no viene dentro de 30 segundos? Si sientes que no estás preparado, dile ahora al Señor: “Señor Jesús, me doy cuenta que pertenezco al grupo de las vírgenes necias. He descuidado mi relación contigo, permitiendo que otras cosas ocupen el lugar que te corresponde a ti. Por favor, perdóname. Límpiame de mi pecado. Muéstrame qué pasos tomar para volver al primer amor contigo, a cultivar la comunión contigo y reorientar mi vida hacia tu Palabra y tu voluntad para mí. Santifícame y lléname de tu Espíritu Santo. Gracias por tu infinita misericordia. Y ahora sí, ven pronto, Señor Jesús. Estoy preparado. Tu iglesia, tu novia te está esperando.”


El cuerpo de Cristo

 




            ¿Cómo ha sido su intimidad con Dios en esta semana —algo de lo que hablamos el domingo pasado—? ¿Han tomado alguna decisión o medida para profundizarla? ¿O están en un nivel óptimo de intimidad? Si dijimos el domingo pasado que la Biblia muestra una gran intimidad entre Cristo y las ovejas de su rebaño (de su iglesia), no estoy diciendo que todos estamos desastrosamente mal en nuestra relación con Dios. Pero sí estamos apuntando a un crecimiento continuo en nuestra intimidad con el Señor; que hoy estemos más creciditos que hace un año atrás. Y ese crecimiento no se da por sí solo. Requiere de constante revisión de nuestra parte, de aprendizaje, de modificaciones, de decisiones, etc. Y eso es lo que deseo para cada uno.

 

            Hoy tenemos otra vez un tema bastante desafiante (como todos los demás). ¿Alguna vez te has preguntado por qué el hermano o la hermana tal no puede actuar más normal? ¿Por qué tiene que ser tan raro? Confieso que yo sí he pensado alguna vez algo similar. Si aquí hay más miembros de este club, les pregunto: ¿Y qué es “normal”? ¿Según qué criterios definimos “normal”? ¿Quién determina qué es “normal” y qué no lo es? ¿No es cierto que nuestra vara de medir somos nosotros mismos? ¿Y quién dice que yo soy “normal”? ¿Qué derecho tengo yo de juzgar al hermano como “no normal”? Nos damos cuenta que nos estamos metiendo en un terreno que resulta ser bastante resbaladizo, ¿verdad?

            Les hago una siguiente pregunta: ¿Alguna vez se han acongojado al descubrir que su ojo no puede oler? ¿O que su corazón no puede digerir alimentos para extraer los nutrientes e inyectarlos a la sangre? Sospecho que ninguno se ha quedado sin pelo por la preocupación por esta situación, ¿verdad? Ni siquiera se nos ocurre pensarlo. Nos parece un chiste que alguien diga semejante disparate. ¿Por qué me parece un disparate cuando hablamos del cuerpo, pero una ofensa en su máximo grado si hablamos de la iglesia, donde el hermano no actúa y piensa igual que yo? Ambas situaciones son exactamente iguales. Y si no me creen, vamos a leer un pasaje en el cual Pablo compara la iglesia precisamente con el cuerpo humano.

 

            F1 Co 12.12-31

 

            Como ya han visto, Pablo usa el cuerpo humano como una ilustración para la iglesia. Él dice que el cuerpo se compone de muchos miembros, y que todos los miembros juntos forman el cuerpo. En otras palabras, el cuerpo humano consiste en una gran cantidad de órganos, músculos, huesos, arterias, etc. Hay en Internet muchas imágenes que lo muestran a la perfección. Pero, a la vez, se necesita de cada una de ellas, incluso del apéndice, para que haya un cuerpo completo. Ningún órgano está de más, y si faltara uno, quizás otros podrían cubrir hasta cierto punto su ausencia, dependiendo de cuál órgano sea, pero de todos modos ya no sería un cuerpo completo. Si un arquero comete una infracción grave y recibe la tarjeta roja, otro jugador del campo debe ocupar su lugar en el arco. Puede lograr muchas atajadas importantes, pero no es a lo que él se ha especializado. Y el lugar que él debería ocupar en el campo está vació. Esto es una ilustración maravillosa de lo que ocurre en una iglesia. Todos y cada uno de los miembros de una iglesia son importantes y necesarios. Todos son imprescindibles, pero nadie es imprescindible… Me explico: para que la iglesia pueda funcionar, se necesita de la colaboración y el compromiso de cada uno de los miembros, sin importar edad, formación académica, condición de salud o, en palabras de Pablo, si es judío o gentil, esclavo o libre, etc. En ese sentido, todos son imprescindibles. Pero, por otro lado, nadie debe creerse la última Coca Cola del desierto en el sentido que, sin él, la iglesia estaría destinada al fracaso inmediato. Cristo es el Salvador de la iglesia, nadie más. Pablo dice que “un cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos” (v. 14 – DHH). No hay un miembro omnipotente que puede hacer absolutamente todo por él mismo. Hay personas que se creen de esa manera, y actúan como si ellos solos fueran la iglesia, pero es una mentira muy grande y causan un enorme daño a la iglesia. Así que, compromiso y humildad son dos requisitos fundamentales para cada miembro de una iglesia.

            En los siguientes versículos, Pablo advierte contra dos complejos que muy a menudo afectan a personas, también en la iglesia. El primero es el complejo de inferioridad. Pablo presenta un caso imaginario en que los órganos pudieran hablar. Y estos órganos cometen el mismo error que cometemos nosotros tantas veces: compararse unos con otros. Ya mencioné una vez a mi profesor en el seminario, Bernardo Stamateas, quien dijo que la comparación es el pecado más frecuente de los cristianos. La comparación conlleva a creer que todos deberían tener la misma “normalidad”, y si hay diferencia entre uno y otro, uno de los dos debe estar mal. ¿Acaso consideramos a Dios tan falto de creatividad como para tener que hacernos todos iguales? Con solo conocer en profundidad un solo órgano del cuerpo ya nos damos cuenta de lo tremendamente minucioso y complejo que ha sido formado. Cada ser humano es una mezcla de genes diferentes, de dones diferentes, de experiencias de vida diferentes, de oportunidades diferentes, de un temperamento diferente y una larga lista de diferencias más que lo hacen tal cual es hoy. Cada uno de nosotros es fruto de su historia. Tus vivencias en el pasado te han formado; han contribuido a desarrollar tu identidad actual. En la ilustración de Pablo, el pie mira la habilidad de la mano y piensa: ‘¡Jamás yo podría hacer lo que hace la mano! Si ella es parte del cuerpo, entonces yo no lo soy porque no le llego ni al talón.’ Lo mismo piensa también la oreja que se compara con el ojo. A nosotros nos parece ilógico, hasta estúpido, pensar de esta manera. ¿Qué tiene que ver el ser tal o cual órgano con pertenecer o no al cuerpo? No hay ninguna relación entre ambas cosas. Pero somos capaces de desarrollar cada argumento enfermo, porque nuestra mentalidad acerca de nosotros mismos es enferma. A una persona con complejos de inferioridad no le cuesta nada llegar a este tipo de conclusiones torcidas. Se compara con todos los demás y se ve a sí misma como muy inferior a los otros. Y hasta puede espiritualizar su pobre imagen de sí misma porque Pablo escribe a los filipenses: “Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes. No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás” (Flp 2.3-4 – NTV). Lo que Pablo quiere decir aquí es que nadie debe creer que el mundo gira alrededor de él, sino ocuparse activa e intencionalmente de los demás. La humildad y la imagen empobrecida de sí mismo no tienen nada que ver uno con el otro. Es más, generalmente, la baja autoestima es una forma disimulada de un tremendo orgullo en la persona. ¡Nada que ver con humildad! Tanto en la carta a los filipenses como en la a los corintios, Pablo nos exhorta a tener una imagen sana y equilibrada de sí mismo.

            ¿Cómo podemos entender entonces el hecho de que sí existe diferencia entre uno y otro? Usando la imagen del cuerpo humano, ser pie o ser mano o ser ojo no es lo mismo. Hay un marcado contraste entre cada uno de los miembros. La diferencia que existe entre un órgano y el otro es la función que ejerce dentro del cuerpo y a favor del resto del cuerpo. Como ningún otro órgano puede escuchar, la oreja cumple esta función en nombre de todos los demás órganos. Como ningún otro miembro de esta iglesia puede hacer lo que tú puedes, tú cumples cierta función en nombre de todos los demás. Es muy sencillo. Nosotros no más lo complicamos sobremanera al creer que la diferencia tiene que ver con el valor de la persona. Un órgano no vale más por ser ojo o por ser oreja. Su función no determina su valor. Tú como miembro de la iglesia de Cristo no vales más ni vales menos por ser pastor o por ser limpiador, por ser maestro de Escuela Dominical, integrante del ministerio de Alabanza o predicador. No estamos midiendo valor. Estamos hablando de diferentes funciones dentro del cuerpo de Cristo, según voluntad y disposición de la cabeza de este cuerpo. “Si todo el cuerpo fuera ojo, no podríamos oir. Y si todo el cuerpo fuera oído, no podríamos oler” (v. 17 – DHH). ¡Gracias a Dios que no todos somos iguales! Estaríamos tremendamente empobrecidos, careciendo de muchos detalles que ahora estamos disfrutando. Aun así, gastamos gran cantidad de energía y tiempo procurando llegar a ser iguales que la persona con la que me estoy comparando. Y el resultado es que nos convertimos en una fotocopia borrosa del otro, porque nadie puede llegar a ser igual que nadie más. Todos somos únicos y maravillosamente distintos a todos los demás, pero con el mismo valor que todos los demás.

            Pero, ¿por qué hay tanta diferencia entre uno y otro? Eso depende exclusivamente de la voluntad y los planes del Señor: “…Dios ha colocado a los miembros en el cuerpo, a cada uno de ellos como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo” (vv. 18-19 – RVA2015)? En otras palabras: tu forma de ser, tus habilidades que tienes, tu función que cumples en la iglesia es exactamente lo que Dios desea para ti. Lo que no quiere decir que ya eres un producto acabado; que no puedas crecer más o que no tengas la necesidad de seguir siendo transformado por el poder del Espíritu Santo. Quizás hay debilidades de carácter que definitivamente necesitas trabajar; quizás tienes dones que todavía no las has desarrollado plenamente; quizás no estás cumpliendo todavía ninguna función específica en la obra de Dios, pero todo puede llegar a ser. Hoy eres lo que Dios quiere que seas hoy, como parte de un proceso que él está recorriendo contigo para llegar a algo diferente el día de mañana. Si dejas a Dios el control de tu vida, nunca serás un caso perdido. Siempre él estará cumpliendo su voluntad a través de ti. Dios te ha colocado dentro del cuerpo de Cristo —dentro de la iglesia— como él quiso. No lo digo yo, lo acabamos de leer en su Palabra. “Dios lo hizo con miembros diversos que, en conjunto, forman un cuerpo” (v. 20 – NBD).

            Luego, Pablo pasa a describir el otro complejo que es justo lo contrario: el complejo de superioridad: “El ojo no puede decirle a la mano: «No te necesito». Tampoco la cabeza puede decirle a los pies: «No los necesito»” (v. 21 – TLA). Mientras que en el anterior ejemplo un miembro se comparó con los demás y se consideró como menos que los demás, este se cree más que los otros. El ojo o la cabeza se sienten tan autosuficientes que creen no necesitar a los demás. ¿Será que existe algo así en una iglesia cristiana? Lastimosamente sí existe. Hay personas que creen que de ellos únicamente depende de que una iglesia se levante o se caiga y que no necesitan de nadie más. Esta actitud es tan errónea, dañina y pecaminosa como la que cree que no vale nada y que es muy inferior a todos los demás. Nadie es más importante que los demás en la iglesia. Pablo dice: “…algunas partes del cuerpo que parecieran las más débiles y menos importantes, en realidad, son las más necesarias” (v. 22 – NTV). ¿Te sientes algunas veces como el miembro menos importante en esta iglesia? Entonces te tengo buenas noticias. Este versículo dice que entonces eres el más necesario. ¿Cómo te hace sentir esto? Pablo dice que Dios lo ha dispuesto así que —tanto en el cuerpo humano como también en la iglesia, el cuerpo de Cristo— unos miembros requieran de más atención que otros. “Así las partes del cuerpo se mantienen unidas y se preocupan las unas por las otras” (v. 25 – TLA). La iglesia es una unidad en la que todos los miembros deben estar firmemente enlazados y comprometidos unos con otros. La iglesia no es un club social donde cada socio puede disfrutar de ciertos beneficios sin saber y sin interesarle quién más es socio de ese club. En la iglesia, “si uno de los miembros sufre, los demás comparten su sufrimiento; y si uno de ellos recibe honor, los demás se alegran con él” (v. 26 – BAD). Esto he visto una y otra vez en esta iglesia en las últimas semanas cómo cada uno carga con el dolor y el sufrimiento de los demás, y eso me llena de mucha alegría. Así tiene que ser una iglesia. “…ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es un miembro con su función particular” (v. 27 – DHH); “…cada uno es un miembro necesario de ese cuerpo” (NBD).

            Así como en el cuerpo humano cada órgano es diferente a los demás y con funciones diferentes, así es también en la iglesia. Pablo menciona varias funciones diferentes, determinadas por los dones que tiene cada uno: “Dios ha querido que en la iglesia haya, en primer lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego personas que hacen milagros, y otras que curan enfermos, o que ayudan, o que dirigen, o que hablan en lenguas” (v. 28 – DHH). Diferentes dones, diferentes funciones, pero con el mismo valor, sirviendo al mismo Señor, con la misma necesidad de su gracia y misericordia.

            Pero en la última frase del versículo 31, Pablo deja entrever que sí existe una diferencia, algo de un nivel superior. Esto le da pie al siguiente capítulo, el himno al amor (1 Co 13). El amor es la función más importante y más necesaria en la iglesia, algo de un nivel superior. Es más, el amor es lo que realmente le da valor a lo que uno está haciendo dentro de la iglesia. El más destacado miembro o la función o el don más codiciado es un fracaso rotundo si carece de amor. Y esta función pueden y deben cumplir todos, hasta el último miembro de la iglesia, hasta el que se considera el menos importante de todos. Aunque te sientas de repente en inferioridad a los demás, aunque de repente no sepas cuál es tu don, ¡ama! Pídele cada día al Señor que derrame su amor en ti para poder amar como él ama a los demás en la iglesia y en el barrio, y a los ojos de Dios serás el miembro más importante del cuerpo de Cristo. No es lo que tú haces, sino lo que tú eres. Y si eres una persona que ama con el amor de Dios, no interesa lo demás que hagas, porque todo estará impregnado por ese amor. Y si nunca has experimentado tú mismo el amor de Dios, puedes abrirte ahora al mismo. Dios te ama como si no tuviera a nadie más a quien amar. Pídele que entre a tu vida, que te perdone y que se haga cargo de cada área de tu vida.


El rebaño de Dios


 



            El domingo pasado hablamos de la familia de Dios, como imagen o ilustración de lo que es la iglesia. ¿Eres tú miembro de la familia de Dios? ¿Seguro? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo te hace sentir el saber que Dios sacrificó todo con tal de poder adoptarte como su hijo?

 

            El martes pasado, aquí en la reunión de estudio bíblico y oración compartimos amenamente entre todos los participantes su experiencia con escuchar a Dios y ser guiado por él. ¿Tú escuchas a Dios? Es decir, ¿percibes cuando él te habla? Con seguridad que es un proceso de aprendizaje poder identificar su voz. Pero una declaración enfática de Jesús en nuestro texto de hoy es: “…las ovejas oyen su voz [la del Pastor]; … lo siguen, porque conocen su voz” (Jn 10.3-4 – RVC). ¿Y si no reconocemos su voz? ¿No somos sus ovejas? ¿No pertenecemos a su rebaño?

            Hoy seguimos con otra imagen que el Nuevo Testamento usa para referirse a la iglesia: el rebaño de Dios. En el texto que nos toca estudiar hoy no dice expresamente que esta imagen se refiere a la iglesia, pero al analizar más a fondo lo que dice Jesús sí se refiere a eso. Lo encontramos en el Evangelio de Juan, capítulo 10.

 

            F Jn 10.1-16

 

            ¿Se acuerdan de la historia cuando Dios se le presentó a Moisés en la zarza ardiente, enviándolo a Egipto para liberar a los hebreos de la esclavitud? Primeramente, Moisés presentó un montón de excusas como para no embarcarse en esta misión suicida, porque él se había criado junto con el faraón de este momento. Lo conocía mejor que cualquiera, y sabía que ese gobernante había puesto en alerta al FBI y la Interpol por el egipcio que Moisés había asesinado. Cuando ya se le acaban sus cartuchos y Dios no se dio por vencido, Moisés pregunta por su nombre de Dios. ¿Y cómo se presentó Dios? ¿Qué nombre le reveló a Moisés? “YO SOY EL QUE SOY. Dile esto al pueblo de Israel: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes’ (Éx 3.14 – NTV). Así que, este nombre “Yo soy” quedó marcado en la mente de los judíos por todos los tiempos. Era el nombre con el cual el Dios todopoderoso se les había revelado en un momento histórico sin igual.

            Volvemos ahora al Evangelio de Juan. Encontramos en este libro 7 expresiones de Jesús en las que él se compara con algo: “Yo Soy el pan de vida”, “Yo Soy la luz del mundo”, “Yo Soy la resurrección y la vida”, “Yo Soy el camino, la verdad y la vida”, etc. Dos de estas 7 expresiones de Jesús están en este pasaje que acabamos de leer. Y cada vez que él decía esto, los judíos identificaban inmediatamente el nombre con que Dios se reveló a Moisés. “Yo Soy” seguía siendo el nombre de Dios, y cada vez que Jesús utilizaba este nombre para aplicarlo a sí mismo, él estaba diciendo que él era Dios. Precisamente esto fue una de las acusaciones principales en su contra que finalmente sentenció su muerte. Los fariseos y escribas eran personas muy estudiadas y entendían perfectamente que Jesús se identificaba con Dios. Pero ellos no querían admitirlo, porque al reconocer a Jesús como Dios se condenaban a sí mismos por no creer en él. Por eso prefirieron matar al que lo decía para así hacer callar al que les removía la conciencia en vez de humillarse ante este Yo Soy. Bueno, esto no más como trasfondo para entender la profundidad de lo que Jesús está diciendo en este pasaje.

            Jesús empieza contrastándose de cualquier otro que podría aparecer por el redil. Es decir, inicialmente Jesús no se identifica claramente como el Buen Pastor, pero más tarde sí lo hace. Los demás, que no son él como Buen Pastor, entran al redil clandestinamente, violentando la protección alrededor de la manada. Los pastores frecuentemente tenían que llevar a las ovejas lejos de su casa para encontrar pasto y agua suficientes en una zona árida y de poca vegetación. Solían juntarse entre varios pastores con sus respectivos rebaños. Donde encontraban pasto y agua, construían un tipo de cerco de piedras o de ramas espinosas como protección, con una pequeña abertura. Por esa puertita metían a la tardecita a todas las ovejas. Uno de los pastores se quedaba de guardia en la puerta para evitar que alguna oveja salga durante la noche o que algún animal salvaje entre a matar las ovejas. A la mañana siguiente, cada pastor llamaba a sus ovejas que seguían el tono de su voz para identificar a su pastor, y las guiaba nuevamente al campo para que busquen el alimento del día.

            Además de animales feroces, había también personas feroces que fácilmente podían superar la cerca para meterse clandestinamente a causar estragos entre las ovejas. Jesús se distingue claramente de ellos diciendo que él entra por la puerta, no por atrás. Es decir, Jesús siempre se te va a acercar de frente, con sinceridad, no con engaños. Esto último lo hace Satanás. La Biblia lo llama luego el “padre de la mentira” (Jn 8.44). Satanás te pinta las cosas bonitas, pero después te hace pagar un precio excesivamente alto por eso. Jesús pagó un precio excesivamente alto para poder darte no una pinta de cosas bonitas, sino la vida verdadera y en abundancia. “Cuando el ladrón llega, se dedica a robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos ustedes tengan vida, y para que la vivan plenamente” (v 10 – TLA). Los otros —los animales o los ladrones y bandidos— procuran meterse al corral para causar estragos. Jesús entra para cuidar a las ovejas. Unos se aprovechan de las ovejas, Jesús se entrega por ellas. Uno trae muerte; el otro, vida de la más alta calidad. ¿A cuál prefieres que se haga cargo de tu vida?

            Jesús dice que ese pastor, con lo cual se refiere a sí mismo, entra libremente por la puerta de ese corral improvisado. Después él menciona dos detalles que revelan una intimidad sin igual entre el pastor y sus ovejas. Por un lado, el pastor llama a sus ovejas por su nombre. Esto refleja un enorme interés por ellas. Quiere decir que Jesús se interesa por cada uno como si no existiera en el mundo ni una oveja más. Su trato siempre es personal y directo. Por eso él va a ir también detrás de una oveja que se le ha perdido. Por el interés que él tiene en cada una, él se da cuenta cuando una falta y se va a buscarla. Para Satanás somos uno más del montón. Él masifica todo. El individuo pierde totalmente su valor y su identidad. En el mejor de los casos llegamos a ser un número entre millones otros. Digo “mejor de los casos” porque al menos tenemos un número que nos identifica, pero no se le da ningún valor a ese número y no se manifiesta interés alguno por saber quién está detrás de ese número. Para Jesús, tú eres de tanto valor que él volvería a morir por ti si fuera necesario. Él sabe incluso cuántos cabellos tienes en la cabeza, dice la Biblia (Lc 12.7). ¿Qué significa esto para ti saber que Dios se interesa por ti como si no existiese otro ser humano en este mundo?

            El otro detalle de intimidad es que las ovejas reconocen su voz. Están tan familiarizadas con la voz de su pastor que lo distinguen entre miles de otras voces. Es lo mismo que dos enamorados. Cuando las mariposas en el estómago están en su máxima revolución, pueden estar en medio de un mar de gente, pero la voz o la risa del(la) enamorado(a) parece tener una línea directa al oído de su pareja que sobresale a todos los demás ruidos. ¿Describe esto tu relación con Dios? Si no, hay lugar todavía para crecer en tu intimidad con él.

            Las ovejas tienen una particularidad: escuchan y hacen caso solo a la voz de su pastor. Por eso se podían mezclar en un redil las ovejas de varios pastores. No había peligro alguno de que no se los pueda separar otra vez al otro día. De eso se encargaban las mismas ovejas. Uno tras otro se presentaban en el corral los pastores y llamaban a sus ovejas. Estas le seguían fuera del corral, y solo aquellas que identificaban su voz como la de su pastor. Los demás se quedaban adentro. Es más, la voz de un desconocido les produce tal temor e inseguridad que huyen de él. Su oído es su forma de guiarse. Dicen que las ovejas tienen una vista muy corta, de modo que no se pueden valer de ella para ubicarse, y fácilmente se pierden. Pero sí tienen un oído especial para la voz de su pastor. Mientras escuchan esa voz, saben que están a salvo. Si él se mueve y les habla, las ovejas se mueven con él. Moisés había sido pastor de ovejas durante 40 años. Por eso él le decía a Dios: “Si no vas a ir con nosotros, no dejes que nos movamos ni un paso de este lugar” (Éx 33.15 – NBV). Él quería quedarse donde estaba su Pastor.

            Leyendo esta descripción, yo entro en crisis. Si yo no sé identificar la voz de Dios, ¿será que no soy su oveja? Quizás me parezco demasiado a los que describe el versículo 6: “Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir” (DHH). O, como lo dijo una vez un hermano: “Algunos, en vez de ser ovejas, son abejas” (F. Zapata). Bueno, si no sé identificar su voz, no creo que esto automáticamente signifique que no soy su oveja. Si tengo el deseo de escucharlo, si busco ser guiado por él, él lo hace. Mi espíritu se une con el Espíritu de Dios y le sigue, aunque yo no sea consciente de ello. Pero sí, significa que tengo mucho margen todavía para crecer. Mi intimidad con Dios debe profundizarse para que yo pueda percibir su voz hablándome, no audiblemente, por supuesto, pero sí que mi espíritu llegue a ser consciente de la voz del Espíritu Santo. ¿Qué significa para ti profundizar la intimidad con Dios? ¿De qué manera lo puedes lograr?

            Ante la no comprensión de la gente, Jesús mostró claramente que él estaba hablando de sí mismo: “Yo soy la puerta…” (v. 7). Y dos versículos más adelante vuelve a decirlo: “Yo soy la puerta: el que por mí entre, se salvará” (v. 9 – DHH). Al decir que a través de él se consigue la salvación, las ovejas que entran por él son entonces las personas salvas, tú y yo, y el rebaño llega a ser entonces la agrupación de estos redimidos, la que hoy llamamos “iglesia”. Entonces, esta identificación de Jesús como puerta a la salvación nos muestra que el rebaño es una imagen para la iglesia. Y es una imagen de máxima ternura y confianza. Dice que las ovejas entran y salen y encuentran pasto. Cero preocupaciones, 100% confianza en su proveedor.

            Luego Jesús pasa a usar otra imagen, íntimamente ligada al rebaño: “Yo soy el buen pastor” (v. 11 – DHH), uno que está dispuesto a sacrificarse a sí mismo por el bien de los demás. Y nuevamente Jesús se contrasta con otros; en este caso con el asalariado. Al asalariado solo le interesa ganar lo más que se pueda, trabajando lo mínimo que se pueda. Y… por si acaso, Jesús no estaba hablando de los políticos…

            En mi juventud trabajé en una radio local en Filadelfia. Cuando eso no existía ninguna computadora, automatización, etc. Cada canción que sonaba en la radio se tenían que reproducir desde un disco de vinilo, una cinta abierta, un casete o algo por el estilo. Había un compañero que largaba una canción o un programa grabado, y si no sonaba nada, no era su problema. Él no iba a revisar todos los botones y perillas de la consola, no iba a investigar la razón por la que no sonaba nada. Lo dejaba ahí, en pleno silencio. Él había largado la canción o lo que fuere, y si no sonaba, no tenía nada que ver con él. El resto no le importaba. Solo le interesaba cobrar su sueldo a fin de mes – al igual que un pastor asalariado.

            Se pueden imaginar la frustración de los directivos de la radio con este muchacho. ¿Se pueden imaginar también la frustración de Dios por alguien que no pone ningún interés en obedecer sus mandamientos; alguien que no muestra el mínimo deseo de cuidar a las ovejas? Día tras día está con su aire acondicionado esperando a que llegue fin de mes para poder cobrar su siguiente sueldo. Estos no son de ninguna utilidad en el reino de Dios, porque ante la menor incomodidad salen corriendo, permitiendo que el enemigo cause estragos en el rebaño del Señor. El asalariado cuida las ovejas por dinero, mientras que el pastor lo hace por amor. El pastor es el dueño de las ovejas y se dedica a ellas. Jesús es el Buen Pastor, y por amor él cuida a su rebaño, a su iglesia.

            Y antes de dejar esta imagen del rebaño, Jesús hace todavía un comentario al margen, pero de tremendo valor para nosotros: “Tengo también otras ovejas que no son de este rebaño, y debo traerlas a ellas también. Ellas escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (v. 16 – PDT). Estas ovejas de otro rebaño somos nosotros, los gentiles. Jesús se sacrificó a sí mismo para abrirnos el paso a su redil para formar un solo rebaño entre judíos y gentiles con un solo pastor, el Señor Jesucristo.

            ¿Eres tú parte de este rebaño de Dios? Si sí, ¿conoces su voz? ¿Vives una intimidad plena con tu pastor? ¿O qué deberías mejorar de tu relación con Cristo?

            Si no eres parte del rebaño, de la iglesia de Cristo, ¿qué te impide llegar a serlo? Ya hemos visto que se llega a entrar a ella a través de la puerta que es Cristo: aceptar a Jesús como tu Señor y Salvador, abrirle la puerta de acceso a tu vida entera para que él tire toda la basura que has acumulado en tu interior, te restaure y te convierta en un hijo de Dios. Hacer este paso es muy sencillo: simplemente tienes que pedirle que lo haga, y él lo hará.

 


La familia de Dios

 




            En el colegio, los momentos de máximo terror vivíamos cuando entraba el profesor y decía: “Guarden sus cosas y saquen una hoja…” ¡Socorro! Esto significaba una sola cosa: examen sorpresa. En el caso de ustedes ya no es sorpresa porque ya me han escuchado hacerlo anteriormente y, encima, les avisé ayer ya en el grupo. Así que, ¿de qué hablamos el domingo pasado? (Del templo de Dios.) ¿Qué fue lo que más les llamó la atención? (La necesidad de estar firmemente unidos entre nosotros y cimentados en Cristo como para ser una construcción sólida; la base que es la obediencia a la Palabra de Dios.) ¿Y qué han hecho respecto a esto lo que les llamó la atención?

 

            Les voy a confesar algo. Soy muy malo para recordar nombres. A veces parece que se me borra todo y no recuerdo más ni un nombre. A todas las personas que quiero mencionar en una conversación… ¡hule! Pero lo bueno es que aquí en la iglesia eso no es problema. Simplemente digo: “¡Hermano!, ¿cómo estás?”, y solucionado el problema. El hermano está feliz que yo le saludé, yo soy feliz que él también se llama “hermano”, y nadie se dio cuenta que ni rastro de recordar su verdadero nombre. Pero me consuela que a la inversa también es así. Habíamos estado ya por años en una iglesia, y cuando una vez en un culto todos tenían que llenar cierto formulario que incluía también un espacio para poner el nombre del pastor, en el silencio se escuchó de repente a una persona decir: “¿Cómo se llama el pastor?”

            Pero, ¿por qué nos referimos unos a otros con el término “hermano/a”? Según el diccionario, “el hermano o la hermana de una persona es otra que tiene, al menos, un mismo progenitor” (https://es.wikipedia.org/wiki/Hermano). En lo espiritual, esto es precisamente nuestra característica: todos los que hemos aceptado a Cristo como nuestro Señor y Salvador tenemos a Dios el Padre como nuestro progenitor. Él nos ha hecho nacer espiritualmente, y ahora somos sus hijos y hermanos entre nosotros. Jesús le dijo a Nicodemo: “Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu” (Jn 3.6 – DHH). Así que, cada vez que tú le dices “hermano/a” a alguien, estás proclamando una tremenda verdad espiritual.

            ¿Y cómo llamamos, en lo carnal, el conjunto de hermanos con sus progenitores? Es la familia. Y la Biblia usa esa imagen también para referirse a la iglesia. Veamos.

 

            F Ef 2.18-19

            “Cristo les trajo la Buena Noticia de paz tanto a ustedes, los gentiles, que estaban lejos de él, como a los judíos, que estaban cerca. Ahora todos podemos tener acceso al Padre por medio del mismo Espíritu Santo gracias a lo que Cristo hizo por nosotros. Así que ahora ustedes, los gentiles, ya no son unos desconocidos ni extranjeros. Son ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios. Son miembros de la familia de Dios” (Ef 2.17-19 – NTV).

 

            En el Antiguo Testamento, Dios era un Dios casi exclusivo para los hebreos o judíos. Digo exclusivo en el sentido que él se quería revelar y relacionar con el resto del mundo a través de su pueblo Israel. Él no rechazaba a los gentiles que querían adorarlo. Hay varios ejemplos en el Antiguo Testamento de extranjeros que veneraban y adoraban al Dios de Israel. El oficial sirio Naamán incluso se llevó un poco de tierra de Palestina a su país para tener dónde arrodillarse para adorar a Dios. Pero a pesar de todo, los gentiles eran siempre todavía una especie de categoría diferente. En el templo de Herodes en el tiempo de Jesús había un “atrio de los gentiles” donde todo el mundo podía entrar, también los gentiles, como dice su nombre. Pero no era parte todavía del templo en sí. Había un muro de poco más de un metro de alto con varias aberturas para que la gente pueda pasar a los recintos propios del templo. Había letreros por todos lados que advertían a los gentiles que estaba prohibido el paso para ellos bajo pena de muerte. Ese es el área en el que Jesús echó a los cambistas y volcó todas sus mesas. A lo que quiero llegar es que para un gentil no era imposible llegar a Dios, pero no era lo mismo que para un judío. Pero ahora, dice nuestro texto, esa barrera ya no existe más. Precisamente en la carta a los efesios, pocos versículos antes de nuestro texto, Pablo habla muy detenidamente de esa pared de separación: “Cristo … hizo de judíos y de no judíos un solo pueblo, destruyó el muro que los separaba y anuló en su propio cuerpo la enemistad que existía …. y con su muerte en la cruz los reconcilió con Dios, haciendo de ellos un solo cuerpo” (Ef 2.14, 16 – DHH). Por esta acción reconciliadora de Jesús, ahora los gentiles tenemos el mismo derecho de acceso a Dios y de pertenecer a su reino. Ya no somos un cuerpo extraño. Ya no hay un atrio de los gentiles, sino todos por igual tenemos acceso a la presencia misma de Dios. ¡Qué bendición más grande! Y no es solo un blanqueo que Dios hizo de nosotros, levantando ciertas restricciones a los extranjeros que fuimos antes. Los de ustedes que han vivido un tiempo en otro país saben lo complicado que pueden ser ciertas cosas para uno como extranjero. En Bolivia tengo ahora la radicatoria permanente. Esto quiere decir que hasta el fin de mi vida puedo vivir, viajar y trabajar libremente en Bolivia y entrar y salir del país como quiera. Pero sigo siendo extranjero. Sigo teniendo ciertas restricciones en lo económico, por ejemplo, no puedo votar en las elecciones generales, etc. Estoy en una situación intermedia entre extranjero recién llegado al país y un nacional. Pero Dios no tiene esa situación intermedia. De extranjeros pasamos a ser conciudadanos del reino de Dios. Y el trámite de nacionalización consistió simplemente en decir: “Jesús, he pecado. Perdóname y entra a mi vida.” Y con esto ya obtuve el pasaporte celestial. “…a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1.12 – DHH). Verdaderamente, ¡qué privilegio! Y Pablo dice: “…todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gl 3.26 – RVC).

            Pero esa imagen de la nacionalidad puede ser todavía algo bastante frío. Pablo usa luego otra imagen mucho más íntima: la de una familia. Los lazos familiares deberían ser los más estrechos e íntimos que existen. Por supuesto que en este mundo caído esto muchas veces no es así, pero en el reino perfecto de Dios sí lo es. Pertenecer a la familia de Dios, tener comunión con él y con el resto de la familia supera lejos la unidad de la mejor familia de esta tierra. “Miren cuán grande amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn 3.1 – RVA2015). Y esa familia de Dios se manifiesta aquí en la iglesia. Al hablar de la familia de Dios no estamos hablando de algo romántico y abstracto en el más allá. Quizás nos la imaginamos en el cielo, vestidos con túnicas blancas, sentados con Jesús a la mesa, mientras unos angelitos con trompetas en las manos vuelan alrededor, encargándose de la música ambiental. Sí, algún día experimentaremos algo así, pero incomparablemente mejor. Pero ya aquí y ahora pertenecemos a la familia de Dios, y los que comparten con nosotros esa familia son los que están sentados alrededor de ti. Y ahí puede que se termina todo romanticismo. En vez de trompetas hay trompadas. Pero estos hermanos visibles a tu alrededor son la escuela de Dios que te prepara para la experiencia familiar en el cielo. Si quieres alabar a Dios en el cielo junto a un mar de otros hijos de él, harás bien en aprender a hacerlo con otros 40 hijos de él que domingo a domingo se encuentran en el mismo templo. Ellos son tu familia. ¿Puedes decir que tienes con las personas a tu lado y detrás y delante de ti una relación más cercana que con tu familia sanguínea? ¿O igual que con tu familia? Quizás necesitas trabajar en tu relación con ciertos miembros de la iglesia que preferirías ver saliendo que llegando. ¿Cómo van a decir que tienen el mismo Padre a quien pretenden adorar cuando no se pueden ver ni en figuritas con la otra persona? No podrán orar entonces: “Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mt 6.9 – RV95). Claro, siempre nos consideramos como que nosotros somos el hijo legítimo de ese Padre, y que tal otra persona es un impostor, un mentiroso. ¿Y qué si de repente es justo al revés? Por supuesto que no vamos a tener con todos el mismo tipo de relación o la misma cercanía. Entran a jugar ahí muchos otros factores como temperamento, intereses, edad, etc. Pero si persiste una relación dañada que no se logra restaurar, debería hacerte sonar la alarma de que algo debe suceder. Dice la Biblia: “Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos” (Ro 12.18 – DHH).

            También puede darse el caso en que hay una relación más cercana con los hermanos de la iglesia que con los hermanos carnales. Muchas veces he escuchado a personas decir: “Esta iglesia es mi verdadera familia. No tengo nadie aparte de los hermanos.” Las causas de esta situación pueden ser muy variadas, pero bienaventurada la persona que tenga una familia espiritual con la cual se identifica y se compromete. Hemos cantado recién: “¡Qué maravilla es tener una familia, una familia en Cristo Jesús!” ¡Gracias a Dios por este invento maravilloso de la iglesia!

            El llegar a formar parte de una familia normalmente ocurre a través del nacimiento. Ya mencionamos que Jesús mismo habló del nuevo nacimiento, un nacimiento a la esfera espiritual, como el ingreso al reino de Dios: “Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn 3.3 – DHH), dijo Jesús a Nicodemo. Pero también se puede llegar a pertenecer a una familia mediante la adopción, un proceso legal que permite que uno oficialmente pueda llegar a formar parte de otra familia que no está formada por uno o ambos de los progenitores. También esa imagen usa la Biblia para la familia de Dios: “Antes de la creación del mundo, Dios decidió adoptarnos como hijos suyos a través de Jesucristo. Eso era lo que él tenía planeado y le dio gusto hacerlo” (Ef 1.5 – PDT). Jesucristo es y será el Hijo unigénito de Dios (Jn 3.16), y nadie podrá jamás usurpar esta posición. Pero al aceptar el sacrificio de Jesús a favor de la humanidad, llegamos a convertirnos en hermanos de Cristo. Pablo, citando textos del Antiguo Testamento, escribe a los corintios: “…dice el Señor: ‘Salgan … y apártense; no toquen nada impuro. Entonces yo los recibiré y seré un Padre para ustedes, y ustedes serán mis hijos y mis hijas…’” (2 Co 6.17-18 – DHH). Y también en esta imagen la Biblia nos aclara que Dios no solo nos acerca un poco más a un estado intermedio, con ciertos beneficios limitados, sino nos hace legal y plenamente sus hijos con todos los derechos, incluyendo la herencia: “…ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!” Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo…” (Ro 8.15, 17 – DHH). Quizás nunca suceda que de repente recibamos una llamada que nos anuncia que un pariente lejano del cual poco o nada sabíamos nos ha dejado una herencia millonaria, pero aquí les anuncio una herencia mucho mayor y que será para toda la eternidad. Dios nos heredó todo su reino. Ya ahora podemos disfrutar de una vida nueva y del perdón de pecados, y lo que nos espera más allá de la muerte supera toda nuestra capacidad de comprensión. Dice la Biblia: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ningún corazón ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman” (1 Co 2.9 – NVI). ¡Qué privilegio sin igual pertenecer a la familia de Dios!

            Pero pertenecer a una familia no tiene solo privilegios. También tenemos deberes que cumplir. En toda familia humana se va a exigir de los hijos que honren, respeten y obedezcan a sus padres. Es exactamente lo mismo en la iglesia, la familia de Dios. No puedo convertir mi relación con Dios en negocio y gua’u aceptar a Jesús como mi Señor y Salvador solo para obtener el pasaje al cielo, pero después vivir como me dé la gana. Dios no es un expendedor automático para suplir todos nuestros caprichos, con tal de echar una oración por la ranura correspondiente. Él es el Dios soberano, el Rey del universo, Creador del cielo y de la tierra, el Poder absoluto y nuestro Padre amoroso que merece todo nuestro respeto, nuestra adoración y nuestra obediencia, no por capricho, sino por amor.

            Además, tenemos obligaciones unos con otros. En una familia convencional nos respetamos y ayudamos también entre hermanos. ¿Por qué debería ser diferente en la familia de Dios? Dice la Biblia: “…mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y especialmente a los de casa, que son nuestros hermanos en la fe” (Gl 6.10 – BLA). Una versión en inglés dice: “Si tenemos la oportunidad de hacer el bien a alguien, debemos hacerlo. Pero debemos dar especial atención a aquellos que están en la familia de creyentes” (ERV – traducción propia). Es decir, nuestra primera responsabilidad para ayudar al prójimo es a alguien de la iglesia. Si nos da la capacidad de ayudar más allá de eso, también ayudamos a otros. La iglesia debería ser siempre un lugar de auxilio donde el/la hermano/a pueda refugiarse en medio de su necesidad. Pero, esto no significa que la iglesia deba ser un banco que regale plata a todos que creen necesitarla o que supla todas las necesidades. Este no es el llamado de la iglesia. Nuestro llamado es tener un oído y un corazón abierto y buscar cómo poder colaborar con algunas de las tantas necesidades genuinas del prójimo.

            Una vez hace ya tiempo atrás alguien me insistió que la iglesia donde esa persona era miembro le debía ayudar con algo de dinero, ya que por un tiempo no había pagado más las cuotas de su celular y estaba a punto de perderlo. Tratamos sin mayor éxito de hacerle entender que las ofrendas y diezmos de los demás no eran para este tipo de situaciones. Pero, por más que el motivo no fue el correcto, lo que sí fue correcto que esta persona acuda a la iglesia en busca de ayuda.

            ¿Acaso es poca cosa pertenecer a la familia de Dios? Aquí, entre los miembros de esta familia, puede que no siempre las cosas sean color de rosa, porque seguimos siendo seres humanos con nuestros errores y debilidades. Pero a pesar de eso ya tenemos en el bolsillo el acta de adopción de nuestro Padre Dios. Y esto es algo imposible de dimensionar. Solo podemos caer de rodillas ante él y agradecerle por semejante misericordia. Y después buscar maneras de cómo poder responder con obediencia y compromiso a semejante amor. “Nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Jn 4.19 – RVA2015), escribe el apóstol Juan. Y ese amor de Dios en nosotros nos capacitará para amar también a otros, incluyendo a los que nos cuesta aceptar como miembros de la misma familia.

            ¿Qué te está hablando Dios en este momento? ¿Qué vas a hacer al respecto? Si tienes algo para tomar apuntes, escribe las medidas que vas a implementar a partir de hoy para evidenciar que perteneces a la familia de Dios. Y si no perteneces todavía a la familia de Dios aprovechá ahora la oportunidad de entrar, declarando tu necesidad del perdón de Dios, tu necesidad de que Jesús se haga cargo de tu vida y pidiéndole que te limpie de todo pecado y te haga un hijo de Dios. ¡Y el milagro ocurrirá! Y si me escuchan llamarlos “hermano/a”, no piensen que me he olvidado de su nombre, sino tómenlo como una grata expresión de que los dos pertenecemos a la misma familia.

 


El templo de Dios




 




            Antes de entrar al tema de hoy vamos a hacer un repaso del domingo pasado. ¿Quién se acuerda de qué hablamos? La iglesia como pueblo de Dios. ¿Qué es lo que más recuerdas de este tema? Mi propósito en esta tierra es glorificar a Dios. Formo parte del grupo de los “recuperados” del reino de las tinieblas. ¿Y qué vas a hacer (o has hecho) al respecto de lo que te llamó la atención? Quizás sería bueno traer un bloc de notas o un cuaderno para tomar apuntes durante la prédica para así poder repasar lo que más te llamó la atención y de las medidas que implementarás para ponerlo en práctica durante la semana. No estamos aquí para pasar el tiempo, sino para aprender. Y en ninguna institución educativa de ningún nivel se pasa de grado con solo escuchar algo durante media hora por semana.

            Bien, hoy continuamos estudiando las imágenes que el Nuevo Testamento usa para describir a la iglesia. Suele haber cierta confusión de términos. Por ejemplo, para venir hoy a este lugar, ¿qué solemos decir? “Vamos a… (la iglesia.)” ¿Pero es correcto eso? ¿Es este lugar la iglesia? Si recuerdan la prédica del domingo pasado sabrán que el término “iglesia” es lo que la Biblia aplica al conjunto de personas salvadas por Cristo, es decir, a los que aceptaron a Jesús como su Señor y Salvador personal. Todos los que tenemos a Cristo como nuestro Señor en la vida formamos “la iglesia”. Entonces, este edificio no es la iglesia, sino el lugar donde se reúne la iglesia.

            Sin embargo, la Biblia nos describe a nosotros como iglesia con la imagen de un templo. Parece un juego de palabras, ¿no? El templo no es la iglesia, pero la iglesia es como un templo. Es más que nada una comparación con el fin de ilustrar ciertos aspectos que vamos a tratar de descubrir ahora. Veamos un primer texto.

 

            F1 Co 6.19-20

 

            Este versículo es muy conocido, pero quizás no el alcance del mismo. Para empezar, es una respuesta contundente a las mujeres que dicen que pueden hacerse un aborto porque ellas deciden lo que hacen con su cuerpo. ¡Más equivocadas imposible! ¡Doblemente falso su argumento! Por un lado, el feto que se desarrolla en su vientre ya no es su propio cuerpo. Es el cuerpo de un ser separado de ellas con su propio ADN y su propia identidad. Causarle el fin de su existencia es nada menos que asesinato, y todas las leyes humanas y divinas prohíben matar al prójimo.

            En segundo lugar, ni su propio cuerpo es de ellas. Pablo dice aquí muy expresamente: “…ustedes no son dueños de su cuerpo” (v. 19 – PDT), ni las personas del mundo ni mucho menos los cristianos. Podemos compararlo con una casa. Dios nos ha dado una hermosa casa a estrenar —nuestro cuerpo— para que la habitáramos. En realidad, legalmente, la casa le pertenece a él, pero nos la entregó a cambio de mantenerla. Pero en nuestro egoísmo y orgullo no le hicimos caso y la usamos como nos dio la gana, convirtiéndola en un verdadero cuchitril, totalmente sucio, arruinado y asqueroso. Un día llega Dios. Estaría en su pleno derecho enfurecerse por lo que le hicimos a su casa y declarar juicio sobre nosotros. Pero en cambio, nos ofrece comprarla de nuevo y restaurarla a su gloria inicial. Y ahora deja a su Espíritu Santo a que viva en esa casa como dueño legítimo. Nosotros seguimos viviendo en ella, pero ya no somos dueños. Ya no tenemos el derecho de decidir qué se hace con la casa, para qué se usa, qué se mete dentro de ella, etc. Eso lo determina ahora su verdadero y legítimo dueño. Esta ilustración describe lo que significa que “la casa” —nuestro cuerpo— sea templo del Espíritu Santo.

            Pero hay otra implicancia más. En el siguiente versículo Pablo dice: “Dios los compró a un alto precio. Por lo tanto, honren a Dios con su cuerpo” (v. 20 – NTV). Ya lo mencioné en otras prédicas que fuimos comprados y rescatados a precio de sangre. En el ejemplo de la casa, Dios no nos echó del desastre en que habíamos convertido su casa, sino que pagó de nuevo por ella, y un precio muy alto, la de la vida de su Hijo. ¿Vamos a tener en poco este sacrificio y usar la casa —nuestro cuerpo— de manera inapropiada? Lo más común y lo primero que se menciona al hablar del cuidado de nuestro cuerpo es no dañarlo con materiales tóxicos y dañinos como el alcohol, el humo de cigarrillos y las drogas. Y de verdad, estas cosas dañan muchísimo a este templo del Espíritu Santo. Pero hay mucho más que eso y que incluso se puede ocultar hasta cierto punto – por lo menos ante los hombres. Por ejemplo, todo el contexto de estos versículos aquí en 1 Corintios 6 habla de la prostitución y de los pecados sexuales. Es una forma de contaminar no solamente el cuerpo, sino también la mente y el alma. En los versículos anteriores, Pablo dice: “¿…habré de tomar yo esa parte del cuerpo de Cristo y hacerla parte del cuerpo de una prostituta? ¡Claro que no! … Cualquier otro pecado que una persona comete, no afecta a su cuerpo; pero el que se entrega a la prostitución, peca contra su propio cuerpo” (1 Co 6.15, 18 – DHH).

            Además de esto, Jesús dijo una vez: “…lo que sale de la boca, sale del corazón; y esto es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mt 15.18-20 – RVC). Como dije, muchas de estas cosas pueden quedar ocultos por un tiempo, pero ¡cómo contaminan! En el Sermón del Monte dijo Jesús: “…cualquiera que mira con deseo a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5.28 – DHH). ¡Socorro! “Entonces, ¿quién podrá ser salvo?”, preguntan los varones. Son contaminaciones del templo del Espíritu Santo que quedan bastante ocultos, pero son veneno puro. Los pecados mentales no se notan tan fácilmente, pero son tan reales como si se los hubiera cometido físicamente. Solo el arrepentimiento y la gracia de Dios nos pueden liberar de esto.

            El otro tema en cuanto al cuidado del cuerpo es la alimentación. Podemos hacerle mucho bien a nuestro cuerpo con nuestro estilo de alimentación, pero también mucho daño. Comer en exceso, envenenar el cuerpo con gaseosas y comida chatarra, tragar sin masticar, consumir enorme cantidad de grasas y azúcares, etc., son formas muy frecuentes de deshonrar el templo del Espíritu Santo al usar nuestra casa para cosas para la cual no fue construida. El ejercicio físico es otro tema, pero ya es suficiente como para saber qué es cuidar ese templo. ¿Puedes decir que honras a Dios con tu cuerpo? Si no, ¿qué deberías hacer para corregir esto?

            Ahora alguien podría objetar diciendo que este texto habla de mi templo —mi cuerpo— en lo individual y que aquí no se menciona nada de la iglesia a la que supuestamente debe representar. Tiene toda la razón. Pero hay otro texto en la misma carta que sí se refiere a la iglesia. Y todos los principios acerca de cuidar el cuerpo humano se aplican también al cuerpo de Cristo. Retrocedamos ahora 3 capítulos para ver un texto muy parecido, pero refiriéndose a la iglesia.

 

            F1 Co 3.16-17

 

            Realmente, como dije, un texto muy parecido al anterior, solo que aquí Pablo se refiere a la iglesia entera; ya no más a mi cuerpo, sino al cuerpo de Cristo. Otra versión dice: “¿No se dan cuenta de que todos ustedes juntos son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios vive en ustedes” (v. 16 – NTV)? Causarle daño a este templo de Dios, a la iglesia de Dios, es cosa muy seria: “Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque santo es el templo de Dios, el cual son ustedes” (v. 17 – RVA2015). ¿Cómo puedo destruir o dañar el templo de Dios? Por un lado, por mi mal testimonio. ¡Cuánto duele escuchar a los incrédulos decir: “¿Y este dice ser cristiano? Entonces yo no quiero serlo. Si en esa iglesia le enseñan comportarse así, mejor no me voy a esa ni a ninguna iglesia.”! El mal testimonio destruye el templo de Dios.

            Otra forma es crear su propio grupo de poder con adherentes de la misma iglesia, quizás en contra de otra postura, en contra del equipo pastoral o en contra del pastor. Cuando se forman dos bandos en una iglesia y que no pueden o no quieren trabajar sus diferencias por orgullo, el templo de Dios se destruye. No solamente un grupo considerable puede abandonar la iglesia detrás de otro líder, sino esta división trae también tanto descrédito sobre la iglesia y todas las iglesias cristianas. El templo de Dios se destruye.

            También podemos mencionar la infiltración de otras ideas o doctrinas que no son bíblicas, o un énfasis exagerado en ciertas doctrinas específicas, dejando al lado casi totalmente el resto de lo que enseña la Biblia. Hace muchos años atrás asistimos a una iglesia en que todas las prédicas del pastor todos los domingos eran el ABC del evangelismo. Los miembros sabían de memoria cómo ser salvo, pero nada más. El pastor era un evangelista de primera, pero no era maestro de la Palabra. Así que, nos turnamos en la prédica, él con mensajes evangelísticos y yo con prédicas de enseñanza.

            Otras formas de dañar el templo de Dios son la irresponsabilidad, no cumplir con las tareas que le corresponden, picharse y borrarse de la iglesia por cualquier cosa que no le agrada, etc. Esto último he visto en varias ocasiones que personas muy activas se salieron de su ministerio y dejaron de asistir por meses, solo porque había algo que no les agradaba en la enseñanza del pastor, en la organización de la iglesia, en la práctica o las actividades de la iglesia, porque no se les hace caso como quisieran, etc. Los motivos pueden ser muchos, pero la reacción es siempre igualmente inmadura y dañina para el cuerpo de Cristo. ¿Honras tú el templo de Dios? Si no, ¿qué deberías cambiar para que lo hagas?

            Y tenemos todavía un tercer texto que habla de la iglesia como el templo de Dios. Lo encontramos en la carta de Pablo a los efesios.

 

            F Ef 2.20-22

 

            Aquí Pablo también compara a la iglesia con un edificio o una construcción. Sabemos que uno de los elementos principales de cualquier edificación es el cimiento. Jesús mismo mencionó en su parábola de los dos constructores que sin un fundamento adecuado, la casa no perdura. Tanto Jesús en esa parábola como Pablo en este texto de Efesios identifican el fundamento como la obediencia a la Palabra de Dios. Pablo menciona aquí como fundamento a los apóstoles y profetas. Los apóstoles eran los discípulos de Jesús, con la inclusión también de Pablo, aunque él no se consideró digno de ser contado entre ellos (1 Co 15.9). Los profetas eran los que entregaban mensaje de Dios al pueblo. Es decir, los apóstoles y los profetas eran los que se dedicaban a enseñar el camino de Dios a la gente. Serían hoy los maestros y predicadores que exponen cuidadosa y meticulosamente la Palabra de Dios a la iglesia. Su enseñanza es un fundamento sólido sobre el cual una iglesia se puede desarrollar adecuadamente. Una iglesia que no tiene una clara enseñanza bíblica tiene alta probabilidad de convertirse en un club cristiano con el único fin de entretener a la gente. Sigo considerando muy adecuada la elección de un nombre para nuestras iglesias que hizo el Dr. Arnoldo Wiens a inicios de la década de los 90 cuando impuso contra toda objeción el nombre “Iglesia Evangélica Bíblica” de tal o cual barrio. Y desde entonces, la Biblia siempre ha sido el elemento crucial en todas las iglesias. Mucho énfasis se le ha dado al estudio de la Palabra de Dios ya por más de 30 años. Y seamos muy celosos de esta característica de la gracia de Dios sobre nuestras iglesias para seguir siendo bíblicas todo el tiempo.

            Pero la enseñanza de los apóstoles y profetas no surgió de su propia imaginación. En el fundamento que su enseñanza formó, Cristo es el elemento principal, la “piedra angular” como Pablo la llama. Por eso él puede escribir a los Corintios: “…nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo” (1 Co 3.11 – DHH). Cristo y su Palabra deben ser siempre el centro y la base de toda enseñanza y de la vida completa de una iglesia. Si hay esta base, pueden venir tormentas y problemas que quizás causen daño al templo de Dios, pero no lo podrán destruir por completo. Esta es, precisamente, la enseñanza central de la parábola de los dos constructores.

            ¿Por qué la iglesia no será destruida? “En él [Cristo] todo el edificio, bien ensamblado, va creciendo hasta ser un templo santo en el Señor” (v. 21 – RVA2015). Los que entienden algo de construcción saben cómo se conecta toda la estructura firmemente con todas las partes, empezando desde las zapatas en el cimiento, el encadenado, las columnas y la loza. Todo está cuidadosamente armado y unido, de modo que, junto con el hormigón, constituya una estructura capaz de resistir cualquier cosa. Así es necesario que toda la iglesia —cada hermano con todos los demás— esté firmemente unida entre sí y con Cristo para que pueda crecer sostenidamente, contra vientos y marea. No significa que todos deban pensar y actuar uniformemente, porque esto haría que la iglesia se vuelva unilateral —sin equilibrio— lo que, a la larga, llevaría a un derrumbe de la misma. Significa que en medio y a pesar de ser y pensar diferentes, la presencia del Espíritu Santo pueda ser el hormigón que le da tanta firmeza a la estructura de modo que estas diferencias no sean ninguna amenaza sino, más bien, constituyan el equilibrio que necesita la iglesia. Y por su gracia, Dios va limando las asperezas hasta que estas diferencias lleguen a ser complementos perfectos el uno del otro y fortalezcan mucho más una pared como si todos los ladrillos estuvieran en línea uno encima del otro.

            El apóstol Pedro también usa la imagen de una construcción, y dice que dentro de ella todos somos “piedras vivas” (1 P 2.5). Imagínense un ladrillo vivo. Estaría revolcándose todo el tiempo y protestando contra las esquinas y asperezas de los ladrillos a su alrededor; que son pesados; que no se quieren adaptar, etc. Y, finalmente, decide saltarse de la pared porque no aguanta a los ladrillos a su alrededor. ¿Cómo quedaría esa pared con el hueco dejado por ese ladrillo? Sufriría daño considerable, perdiendo valiosa estabilidad. Así es en una iglesia cuando el templo de Dios sufre daño por nuestro egoísmo y orgullo. Pero si nos mantenemos bien ensamblados unos con otros y cimentados en Cristo, la construcción sigue levantándose. Es un proceso, a veces lento y complicado. Somos una obra en constante progreso. Pero la construcción del templo de Dios va avanzando, para honra y gloria del Constructor en Jefe, el Señor Jesucristo. “En él también ustedes se unen todos entre sí para llegar a ser un templo en el cual Dios vive por medio de su Espíritu” (v. 22 – DHH). Esto me da la imagen de un ambiente bien cerrado y firmemente unido que formamos entre todos para que esta estructura pueda contener al Espíritu Santo. ¿Y si algunas de las piedras se niegan a ocupar el lugar que les corresponde y se produce un hueco? ¿Habrá una “fuga de Espíritu”? No lo sé. Creo que la gracia de Dios es mayor que este hueco, pero de causar daño sí lo causa.

            ¿Honras tú el templo de Dios, su iglesia? ¿Ocupas tú el lugar que te corresponde? ¿Estás firmemente integrado con los demás hermanos y con Cristo, creciendo en el conocimiento y la obediencia a su Palabra? No estoy hablando de perfección. Todos, sin excepción, cometemos errores y nos ponemos tercos algunas (muchas) veces. Estoy hablando más bien del deseo de mi corazón, de mi enfoque en la vida. El domingo pasado hablamos de que estamos en este mundo para el único propósito de poner en alto el nombre de nuestro Dios y de honrarlo con cada aspecto de nuestra vida. También en eso no somos acabados todavía, sino seguimos creciendo. Mientras no se instale en ti una indiferencia, apatía o incluso rebelión hacia Dios y su iglesia, estás en buen camino, el camino de la gracia de Dios que levanta una y otra vez al que ha caído, al ladrillo que saltó de su lugar, y lo vuelve a poner en el muro para que siga colaborando con el crecimiento de la iglesia. ¿Qué te está hablando Dios en este momento? ¿Qué vas a hacer al respecto? Y si no conoces todavía personalmente al Constructor en Jefe, si no le abriste tu vida para que te transforme también a ti, hazlo en este momento.