lunes, 18 de mayo de 2020

El sembrador




            Cierta iglesia tuvo un nuevo pastor. Era conocido por sus muy buenas prédicas. Así que, el primer domingo que le tocó subir al púlpito, toda la congregación estaba con mucha expectativa por la prédica del pastor. Y realmente, era una exposición brillante, un deleite. Las expectativas altas de los hermanos habían sido superadas inclusive. Así que, para el próximo domingo más gente con aun mayores deseos de escuchar al pastor se juntaron en la iglesia. Cuando empezó la prédica, se miraron extrañados unos a otros: ¡era la misma prédica del domingo pasado! Era inusual encontrar eso, pero como de verdad era una prédica excepcional, valía la pena escucharla dos veces.
            Cuando la gente volvió al tercer domingo, ya no se miraron con sorpresa, sino ya con indignación: el pastor predicó por tercera vez el mismo sermón. Después del culto se abalanzaron sobre él y le preguntaron si eso era todo lo que sabía predicar. Y él contestó: “La Biblia está llena de tesoros que quisiera compartir con ustedes. Pero empiecen por fin a poner en práctica lo que les he predicado estos tres domingos, y ahí cambiaré de tema. ¿De qué me sirve predicar sobre otro pasaje si ni siquiera empezaron a vivir lo primero que les enseñé?”
            Sabias palabras de este pastor. ¿Pero qué tiene que ver esta historia con la parábola del sembrador que queremos estudiar en esta mañana? Leamos primero el texto en la versión de Mateo:

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a la orilla del lago. Como mucha gente se le acercó, él se subió a una barca y se sentó, mientras que la gente se quedó en la playa. Entonces les habló por parábolas de muchas cosas. Les dijo: El sembrador salió a sembrar. Al sembrar, una parte de las semillas cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, donde no había mucha tierra, y pronto brotó, porque la tierra no era profunda; pero en cuanto salió el sol, se quemó y se secó, porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos, pero los espinos crecieron y la ahogaron. Pero una parte cayó en buena tierra, y rindió una cosecha de cien, sesenta, y hasta treinta semillas por una. El que tenga oídos para oír, que oiga.
Escuchen ahora lo que significa la parábola del sembrador: Cuando alguien oye la palabra del reino, y no la entiende, viene el maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Ésta es la semilla sembrada junto al camino. El que oye la palabra es la semilla sembrada entre las piedras, que en ese momento la recibe con gozo, pero su gozo dura poco por tener poca raíz; al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, se malogra. La semilla sembrada entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, por lo que ésta no llega a dar fruto. Pero la semilla sembrada en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y da fruto, y produce cien, sesenta, y treinta semillas por cada semilla sembrada” (Mt 13.1-9; 18-23 – RVC).

            Antes de entrar al texto en sí, esta parábola es un buen ejemplo para decir algo breve sobre cómo entender a las parábolas. Una parábola es un ejemplo o una ilustración tomada de la vida cotidiana para explicar una verdad espiritual. Normalmente, cada parábola tiene una sola verdad central. Los detalles que aparecen en ella sólo sirven para dibujar el contexto en el cual se presenta la verdad específica de la parábola. No se debe buscar una explicación a cada detalle – excepto si Jesús mismo la haya dado, como es el caso de esta ilustración del sembrador. Esto no más así entre paréntesis.
            En el texto leído, Mateo nos presenta el momento en el cual Jesús dio esta enseñanza. Él estaba junto al mar de Galilea, cuando la gente que lo seguía a todos lados se juntó alrededor de él. Jesús se subió entonces a un bote que estaba por ahí y se alejó un trecho de la costa. El lago era una especie de amplificador natural. Si alguna vez has estado a orillas de una laguna, te habrás dado cuenta que se puede escuchar con facilidad lo que hablan las personas que están al otro lado a cierta distancia. Esto se debe a leyes físicas. La superficie del agua refleja las ondas sonoras y las proyecta muy lejos. ¿Y cómo Jesús podía saber esto? Bueno, yo contesto: ¿Y cómo Jesús no iba a saberlo si él es el Creador de todo el universo? Él mismo creó esas leyes físicas, así que, sólo hizo uso de su propia creación.
            En esta parábola, Jesús presenta a un sembrador que va por el campo, esparciendo su semilla. Pero el resultado final de ese trabajo es muy diverso. Sólo una parte de la semilla sembrada da el resultado deseado. ¿Es culpa del sembrador? No, en absoluto. Él hace su trabajo de la mejor manera. ¿Será que parte de la semilla está en malas condiciones? Tampoco es el caso. Es semilla de la mejor calidad. ¿Dónde entonces está el problema? Está en el tipo de tierra o el lugar en el cual cayó la semilla.
            Como dije hace rato, cada parábola enseña un principio espiritual. Ese principio lo explicó Jesús a sus discípulos en privado. “El que siembra la semilla representa al que anuncia el mensaje”, nos explica el Evangelio de Marcos (Mc 4.14 – DHH), y Lucas agrega: “La semilla es la palabra de Dios” (Lc 8.11 – RVC). Muchas veces tenemos la impresión que el que siembra es el evangelista que llama a otros a la conversión a Cristo. Sin lugar a dudas incluye esto también, pero es mucho más. Cualquiera que esparce la Palabra de Dios es ese sembrador. Yo lo soy en este momento, tú lo eres muchas veces. Cada vez que enseñas a alguien un principio bíblico, compartes un versículo bíblico en tu estado, le hablas de Dios a un niño en la Escuela Dominical o en tu barrio, cada vez que vives los principios de la Palabra de Dios, tú estás sembrando. La respuesta que habrá a tu siembra ya no depende de ti, pero si no siembras, no es posible que haya fruto.
            ¿Qué puede suceder con esa semilla? Veamos la explicación de Jesús. El primer tipo de respuestas es comparado con el camino. “Las semillas que cayeron en el camino representan a los que oyen el mensaje del reino y no lo entienden. Entonces viene el maligno y arrebata la semilla que fue sembrada en el corazón” (Mt 13.19 – NTV). Con este tipo de personas no pasa nada. Sí escuchan el mensaje, pero parece ser otro idioma y, por lo tanto, no le dan ninguna importancia y lo olvidan tan pronto lo escuchan. Entra por un oído y sale por el otro. Y Jesús atribuye esto directamente al diablo. Claro, Satanás es el más interesado en que esta persona no entienda, así que, se encarga de eliminar todo rastro de la Palabra de Dios en la mente de esa persona.
            Luego tenemos el terreno pedregoso: “La semilla que cayó entre las piedras representa a los que oyen el mensaje y lo reciben con gusto, pero como no tienen suficiente raíz, no se mantienen firmes; cuando por causa del mensaje sufren pruebas o persecución, fallan” (Mt 13.20-21 – DHH). Estas son personas emocionales que fácilmente se entusiasman por cualquier cosa, pero también tan rápido se “desentusiasman”, si la cosa se pone fea. Cuando los demás les hacen bullying y se burlan de que ahora se está yendo a la iglesia, rápidamente ellos llegan a negar todo y, como Pedro, llegan a jurar nunca haber conocido a Cristo. Son personas que han visto algún beneficio en el mensaje que han escuchado, pero ese mensaje nunca se convirtió en convicción para ellos. Así que, ante cualquier obstáculo que se les pone en el camino, o si aparece algo que aparenta ser más conveniente, cambian de opinión y dejan al lado lo que habían escuchado.
            Luego hay un tercer grupo de personas, simbolizadas por el terreno espinoso: “Hay quien es como la semilla que cayó entre cardos: oye el mensaje, pero los problemas de la vida y el apego a las riquezas lo ahogan y no le dejan dar fruto” (Mt 13.22 – BLPH). Este grupo de personas también oye el mensaje y también les llama la atención. Tienen cierto interés y deciden intentar seguir las instrucciones. Son muy sinceros, pero tampoco convencidos. El lunes, al llegar al trabajo, ya les esperan problemas y preocupaciones. Y el mensaje del domingo queda totalmente en el olvido, ya que toda la concentración está dirigida a la solución de estos problemas. Cada tanto se acuerdan de sus buenas intenciones del domingo, y se proponen seriamente ponerlas en práctica ni bien tengan tiempo. Pero ese momento nunca llega. Sumado a las preocupaciones se presenta el afán por conseguir más dinero, quizás creyendo que de esa manera podrían solucionar todos sus problemas. Eso los hace trabajar 12 horas por día e incurrir en diversos ilícitos con el fin de obtener el dinero tan deseado. Y la semilla del domingo pasado queda totalmente enterrada y muerta. Nada cambia en la vida de esas personas.
            Lo que tienen estos tres grupos en común es que ninguno de ellos produce fruto alguno, que es en definitiva lo que interesa. Pero gracias a Dios hay todavía un cuarto grupo. Ese es muy diferente a los demás: “…el que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno” (Mt 13.23 – RV95). Menos mal que hay ese grupo también. Ellos oyen el mensaje, pero algo cambia aquí: lo entienden. Esto no se refiere a una actividad intelectual, porque los anteriores también entendieron y tuvieron las mejores intenciones de llevarlo a la práctica. Este cuarto grupo entiende con el corazón. El mensaje cala profundamente en ellos, y captan la verdad espiritual que produce en ellos alguna transformación. Y la consecuencia, o el fruto, que esto produce es súper abundante. Fíjense que no dice que produjeron fruto al 30, 60 o 100 por ciento, sino por uno. Cada grano producía entre 30 y 100 otros granos, como lo traducen también otras versiones: “…dieron cien, sesenta o treinta granos por semilla” (DHH).
            Todos nosotros somos a la vez sembradores y también campos que reciben la semilla. La gran pregunta ahora es a qué tipo de terreno pertenecemos. Lo más probable es que no siempre estemos en un solo grupo. A veces damos buen fruto, otras veces este no llega ni al 30 por uno, y en ocasiones también podemos ser bastante pedregosos y espinosos. Pero estamos ahí en la lucha. A lo que debemos poner mucha atención y cuidarnos es a no ser olvidadizos. Tener un bloc de notas al leer la Biblia o al escuchar una prédica es una costumbre muy buena. Así podemos repasar los puntos principales o anotarnos algunas ideas que nos han llegado. ¿Lo tienes ahora ahí contigo? Vamos a hacer una prueba: ¿cuánto te acuerdas de cualquiera de las prédicas de los últimos 4 domingos? ¿Entendiste lo que escuchaste en esas prédicas? ¿Y cuánto de eso has puesto en práctica? ¿Ya se ven los brotes de la planta que dará el fruto? ¿Qué cambios prácticos puedes implementar para oír, entender y dar fruto? ¿O necesites que se repita la prédica por tercera vez?


Odres nuevos










            No sé tú, pero yo soy de los que usan las cosas hasta lo último. Trato de reparar lo que se puede reparar, para seguir usándolo por otro tanto más. En algunos casos he tenido cierto éxito, pero en algún momento tengo que ponerlo a un lado. Y, dependiendo de qué es, puede ser que lo ponga todavía en el depósito, por si encuentro alguna solución o tenga tiempo para intentar repararlo de nuevo. Y aunque algunas cosas se podrían mandar a reparar, saldrían igual de caro que uno nuevo, y seguirían siendo viejos. Así que, cada tanto me armo de valor para tirar a la basura lo que sólo se acumula y le quita espacio a otras cosas que sí sirven. Lo que está obsoleto, está obsoleto. Ya no hay nada por hacer.
            A veces intentamos hacer lo mismo también con nuestra vida espiritual. Si no le damos la atención debida a este aspecto de nosotros, nuestra vida espiritual puede volverse también obsoleta. Uno puede tratar de darle algunos “remiendos” a nuestro espíritu, pero si uno no hizo a tiempo las correcciones necesarias, no puede mantener vivo artificialmente lo que ya está agonizando. Jesús ilustró esto con una parábola muy corta, que encontramos en 3 evangelios. Nosotros vamos a leerla como la relata Mateo:
            “Nadie remienda un vestido viejo con un paño de tela nueva, porque la tela nueva estira la tela vieja, y la rotura se hace peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo revienta los odres, y entonces el vino se derrama y los odres se echan a perder. Más bien, el vino nuevo debe echarse en odres nuevos, y tanto lo uno como lo otro se conserva juntamente” (Mt 9.16-17).
            La primera imagen que Jesús utiliza en este pasaje es la de un vestido viejo. Es un vestido que ya está en decadencia, que ya pagó su vida útil. Ya está rompiéndose porque ya no da más. A ese vestido, dice Jesús, si uno le pone un parche de una tela nueva sobre una rotura de la tela, uno se mete en verdaderos problemas. La tela nueva no se encogió todavía. Cuando lo hace, va a estironear tanto la tela de la prenda vieja que terminará rompiéndola peor de lo que estaba. El “remedio” termina siendo peor que la enfermedad. La tela vieja no soportaría la fuerza y resistencia de la tela nueva. A esa prenda vieja no hay forma de mantenerla. Si no se hace nada con ella, caerá en pedazos; si se pone un remiendo de tela nueva, ya vimos lo que sucede; si se usa otra tela vieja para componerla, el remiendo terminará haciéndose pedazos por viejo al igual que la prenda. O sea, no hay caso. La única manera de resolver esto es reemplazar esta prenda vieja por una nueva. Lo viejo no puede ser mantenido con vida artificialmente, sino tiene que ser desechado para que algo nuevo pueda surgir.
            La segunda imagen que emplea Jesús es la de vino nuevo que se tiene que guardar en odres. Los odres era recipientes para líquidos, hechos de pieles o cuero, generalmente de cabra. Jesús indica que no se puede meter vino nuevo en odres viejos. Estos odres están ya duros e inflexibles. No aguantan la fuerza del vino nuevo, todavía en etapa de fermentación. Es una imagen parecida a la del remiendo nuevo sobre tela vieja, pero resalta más el poder del contenido nuevo que revienta todo lo viejo y echa a perder todo. Para el vino nuevo se necesitan cueros nuevos, todavía blandos y flexibles. Pueden estirarse lo necesario para contener el vino en fermentación.
            Con estas dos imágenes, Jesús destaca dos elementos: el recipiente (el vestido también es un tipo de “recipiente” para el cuerpo) y el contenido. ¿Pero a qué se refiere con esto? Tenemos que mirar un poco el contexto de esta parábola. En el versículo 14, los discípulos de Juan el Bautista le hacen una pregunta a Jesús en cuanto al ayuno. Les llama la atención que tanto ellos como los fariseos ayunan a menudo, mientras que los discípulos de Jesús no lo hacen. O, como lo relata Lucas, los discípulos de Jesús “siempre comen y beben” (Lc 5.33 – DHH). Como parte de su respuesta, Jesús presenta esta parábola. Vemos entonces que él se refiere a la vida religiosa/espiritual y sus prácticas. Los judíos venían de una tradición religiosa que se practicaba desde hace más de 1.000 años. Pero todo su sistema religioso con los diferentes rituales y sacrificios por el pecado era más que nada un anuncio o un ejemplo de lo que luego Cristo obraría a favor de la humanidad. El cordero, por ejemplo, no podía perdonar o quitar ningún pecado, si bien los judíos del Antiguo Testamento que cumplían de corazón ese rito obtuvieron el perdón de Dios. Pero esto no fue a causa del cordero, sino de su sinceridad, y en virtud del perdón y la salvación que Jesús luego iba a obrar para toda la humanidad. Si Jesús no hubiera venido a morir por nosotros, todos estos ritos del Antiguo Testamento no hubieran tenido sentido alguno. Por eso Pablo declara tan enfáticamente que la mera observancia de las leyes del Antiguo Testamento no puede salvar a nadie, sino sólo la fe en Jesús, el Hijo de Dios. Jesús también dijo que él no había venido a suprimir la ley, sino a darle su pleno valor (Mt 5.17), porque él era el cumplimiento de la ley. El Antiguo Testamento había sido una sombra o un reflejo de él. Todo el sistema religioso apuntaba a Jesús y tenían sentido solamente porque Jesús vino a darles sentido.
            Con esta parábola del vestido parchado y del vino nuevo, Jesús indicaba justamente lo nuevo que él vino a dar: la nueva vida, la nueva relación con Dios, la nueva espiritualidad. Eso era algo tan radicalmente nuevo y diferente, que no combinaba ya con la rutina religiosa del Antiguo Testamento. El recipiente no era el adecuado para el vino nuevo que Jesús trajo. La religiosidad del Antiguo Testamento estaba caducada; ya pasó su vida útil como el vestido viejo. Como su función había sido señalar a Cristo, ya cumplió con su misión porque Cristo ya había venido para iniciar la verdadera vida y la relación personal con Dios, de lo cual el Antiguo Testamento había sido modelo nada más. Es por eso que no se le podía dar a ese modelo caduco una nueva pinta espiritual, un parche, para que pueda seguir funcionando, porque no podía solucionar el verdadero problema del ser humano: el pecado. Ya no servía más, porque en lugar del modelo ya había llegado lo verdadero que el modelo había representado hasta entonces. Ahora tenía que ser desechado y reemplazado por la vida nueva que Cristo trajo, así como un vestido viejo tenía que ser reemplazado por uno nuevo. Por eso, Juan el Bautista presentó a Jesús como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1.29 – DHH). Este cordero de Dios vino a hacer lo que todos los corderos del Antiguo Testamento juntos no podían hacer: quitar el pecado del mundo.
            También la nueva vida en Cristo es el poder de Dios mismo en acción. Por lo tanto, ninguna estructura religiosa del Antiguo Testamento podría soportar este poder de Dios en nosotros. Iba a reventar como un odre viejo con vino nuevo. Esa novedad de vida que traía Jesús necesitaba de un corazón nuevo, transformado, un “corazón de carne” en vez del “corazón de piedra”, como lo describe el profeta Ezequiel (11.19).
            Pero incluso nosotros como cristianos estamos en peligro de convertirnos en “vestidos y odres viejos”. La vida espiritual, por más religiosa que sea, si entra en un estado de mera religiosidad, no puede ser mantenido con vida artificialmente con algunas cirugías estéticas, o sea con algunas medidas superficiales. Uno puede forzarse a asistir fielmente a la iglesia, a trabajar para los necesitados, a activar en algún ministerio, pero si no es una respuesta de un corazón lleno de amor a Dios, no tiene sentido. Como dijo Pablo, puedo hablar hasta lenguas angelicales, entender todos los designios de Dios, repartir entre los pobres todo lo que poseo y entregarme de cuerpo y alma a una causa, “pero si no tengo amor, eso no me sirve de nada” (1 Co 13.3 – PDT). Puede ser que por algún tiempo tenga la apariencia de funcionar. Pero tarde o temprano llegará el momento en que uno se frustra de sus propios intentos, porque se da cuenta de que no es un avivamiento real, sino que uno simplemente trata de poner un parche nuevo sobre una vida espiritual infructuosa y muerta. Lo único que se puede hacer es cambiar esa fachada inservible por una vida totalmente nueva, obrada en nosotros por el Espíritu Santo. Sólo Dios puede operar este cambio en mí. Lo único que yo puedo y debo hacer es entregarme incondicionalmente a él para que él ejecute su voluntad en mi vida. De cualquier forma que nosotros pretendamos “colaborar” con él en eso, será un estorbo y un freno a su obra en mí. Lo mismo también las áreas de nuestra vida que no queremos dejarlo a su dominio. ¿Deseas convertirte en odre nuevo para que ese aire nuevo de Dios pueda soplar en tu vida? Entonces ora conmigo…
            Señor Jesús, me humillo ante ti y reconozco que me he convertido en un vestido viejo o un odre viejo. Tengo quizás apariencia de religiosidad, pero mi corazón está vacío. Quita de mí ese corazón endurecido como piedra y reemplázalo por un corazón de carne, tierno, moldeable, lleno de vida, así como prometiste a través de tu profeta. Reconozco y confieso mi pecado delante de ti y pido que en tu gracia y misericordia me puedas perdonar y limpiar de toda maldad. Lléname de tu Espíritu Santo y haz tu obra en mi vida que consideras necesario hacer. Te entrego mi vida incondicionalmente y te doy el derecho sobre cada aspecto de ella. Sé tú mi Señor y mi Salvador. Gracias, Jesús, por tu inmenso amor. Te alabo y te bendigo. Amén.


Control de calidad




            Hoy en día se gasta muchísimo dinero en la seguridad. En todos los ámbitos de la vida uno quiere sentirse seguro. Pero poco sirven todos estos gastos, si uno no se siente seguro dentro de sí mismo. La paz interior y la conciencia tranquila no tienen precio. La ausencia de este estado se nota ahora en tanta gente en este tiempo del coronavirus. A lo mejor tienen plata de sobra, pero se desesperan hasta el punto de enfermarse o desestabilizarse psicológicamente. ¿Cómo puede uno alcanzar esta tranquilidad interior? Les quiero mostrar hoy un camino sorprendente. Vamos a leer una parábola que encontramos en dos partes del Nuevo Testamento. Quiero leer la versión de Lucas. Leemos en Lucas 6.46-49:

»¿Por qué me llaman ustedes “Señor, Señor”, y no hacen lo que les mando hacer? Les voy a decir como quién es el que viene a mí, y oye mis palabras y las pone en práctica: Es como quien, al construir una casa, cava hondo y pone los cimientos sobre la roca. En caso de una inundación, si el río golpea con ímpetu la casa, no logra sacudirla porque está asentada sobre la roca. Pero el que oye mis palabras y no las pone en práctica, es como quien construye su casa sobre el suelo y no le pone cimientos. Si el río golpea con ímpetu la casa, la derrumba y la deja completamente en ruinas.»

            En el versículo 46, Jesús establece una diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Y puede que ambas cosas no coinciden. Hablar es fácil, a veces demasiado fácil. Por eso mucha gente no mide sus palabras. Habla por hablar no más. Sus palabras sufren una gran inflación y ya no valen casi nada. Basta con mirar los comentarios en las redes sociales y vemos que la gente donde pone el ojo, pone el comentario. Y con sus comentarios revelan tan abiertamente la enorme ignorancia en la que viven y su vacío interior.
            Diferente es con el hacer. Normalmente el hacer requiere de muchísima más energía y fuerza de voluntad que el hablar. Yo puedo decir: “Voy a hacer un video.” Ya está. Es fácil decirlo. Pero hacerlo requiere acondicionar un lugar para eso; requiere preparar el contenido; requiere tener alguna noción de técnicas de filmación y de edición, etc. Son muchas horas lo que demanda hacer lo que se puede decir en 5 segundos. Por eso se ve generalmente tan poca acción a pesar de escuchar tantas palabras. Y no necesitamos señalar con el dedo a otros para culparlos de ser más charlatanes que cumplidores, yo hago eso, y haces eso.
            A esto se refiere Jesús. Él pregunta qué sentido tiene llamarlo “Señor”, si al final cada uno hace no más lo que le da la gana. “Señor” significa ser amo y dueño de toda mi vida; significa que yo soy su siervo, su esclavo; que he rendido toda mi voluntad a él para que él pueda tener pleno control y autoridad sobre mi vida. Si él realmente es mi Señor, entonces yo acataré plenamente sus instrucciones. Hacer mi propia voluntad es señal de que él no es mi Señor. Así que, no vale lo que yo manifiesto con mi boca, si mi actuar no lo respalda. Puedo hablar muy bonito, pero si mi estilo de vida no es tan bonito, ¿a cuál de los dos le vas a creer? Eso es lo que Dios ya le reclamó a su pueblo a través del profeta Isaías: “…este pueblo se acerca a mí con su boca y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí…” (Is 29.13). O a los fariseos Jesús los llamaba “sepulcros blanqueados” (Mt 23.27), porque hacia fuera tenían una pinta espectacular, pero en su corazón había muerte y podredumbre. Así que, vemos que, para Jesús, la esencia está en la obediencia a su palabra. Y sí, ¿para qué enseñaría luego si no quisiera que se obedezca su enseñanza?
            ¿Y qué problema hay con obedecer o no alguna instrucción de Dios? ¿Acaso me va a caer un rayo y fulminarme si una vez no obedezco? ¡Por supuesto que no! Aunque muchos tienen de Dios una imagen parecida al de un juez malhumorado que manda al infierno a cualquiera que falla en algún detalle. Pero si Dios fuera así, ni siquiera se hubiera molestado en mandar a Jesús para cargar todo nuestro pecado. Dios es santo y justo, pero también es misericordioso y perdonador. Y él no necesita castigarnos. Nosotros mismos lo hacemos al salirnos de su voluntad y al desligarnos de las bendiciones que conlleva la obediencia. A la larga, nosotros terminamos muy mal si desobedecemos, no porque él nos castigue, sino porque nosotros elegimos el camino de la destrucción.
            Para ilustrar el efecto a largo plazo que nuestra obediencia o desobediencia tienen para nosotros, Jesús usó la imagen —o la parábola— de dos constructores. A primera vista, ambos parecían ser idénticos. Incluso su obra no se distinguía la una de la otra. Pero, aun así, el final de ambos fue diametralmente opuesto uno al otro.
            Jesús dividió a sus oyentes en dos grupos. Ambos son miembros de su iglesia, es decir, son sus oyentes. Están sentados esparcidos por todo el templo, los dos cantan “Señor, Señor”, y los dos grupos se saludan con una sonrisa y un abrazo sincero (es que no había cuarentena todavía cuando eso…). Toda la congregación completa parece estar en perfecta armonía y paz, haciendo competencia uno con el otro en su amor al Señor. Pero debajo del nivel de lo visible al ojo humano había una pequeña diferencia que los hacía terminar en un extremo cada uno.
            El constructor de la primera imagen no se contenta no más con escuchar, sino hace también el gran esfuerzo de ponerlo en práctica. Este es un proceso duro de sudor, lágrimas, esfuerzo, corrección, nuevos intentos, reprensiones, palabras de aliento, caídas y levantadas, etc., que dura hasta el último respiro en este mundo. Es mucho más duro todavía como gastar una roca para poner ahí el cimiento para la casa que el constructor estaba proyectando. En el texto paralelo de Mateo, Jesús llama “prudente” a este constructor (Mt 7.24).
            El constructor de la segunda ilustración también llegó a escuchar y conocer la Palabra de Dios. Pero le pareció más cómodo no hacer gran cosa. Consideraba que calentar cada domingo su silla en la iglesia era ya suficiente esfuerzo. ¿Para qué gastar su valiosa energía, tratando de hacer algo en cuanto a la tarea del pastor para la semana? Más sabio consideraba su preocupación por “evitar la fatiga”, como diría cierto personaje televisivo. En un abrir y cerrar de ojos tenía una hermosa casa en un valle arenoso, rodeada por un hermoso jardín floreciente. Hace rato ya estaba disfrutando la cuarentena en su hamaca con su tereré al lado, mientras que el otro constructor ni siquiera había terminado todavía el fundamento. Este segundo hermanito lo observaba, y con pesar dijo del primero: “¡Qué tonto!” Sin embargo, a los ojos de Jesús, este segundo constructor era el tonto.
            ¿Por qué? Porque la calidad de su trabajo iba a ser puesta a prueba. Se armó una tormenta de aquellos, con vientos huracanados y lluvias torrenciales. Ambas casas se enfrentaron a la misma tormenta. Ambos constructores estaban tranquilos – al principio. De tanta lluvia se formó un raudal nunca antes visto en la zona. Como la tierra en ciertas regiones era arenosa, se produjo una zanja cada vez más honda y más ancha. El agua fue comiendo la tierra cada vez más cerca a la segunda casa, mientras hacía un rodeo alrededor de la primera, porque estaba sobre suelo rocoso. Del segundo constructor se apoderó la desesperación, y luego el pánico. Se dio cuenta del gravísimo error que había cometido al construir su casa, pero ya era tarde y, encima, estaba rodeado de agua sin posibilidad de refugiarse en una zona más elevada. Así que, tuvo que ver en primera fila cómo su obra de la vida fue tragada por el raudal, no quedando nada.
            ¿Y el otro constructor? Tras verificar varias veces la situación, vio que su casa estaba muy segura y que nada le podía suceder. Así que, estaba alegre en su casa con su familia, tomando mate y jugando con los hijos. Recién al amanecer del siguiente día, cuando el sol espantaba las últimas lluvias, se enteró de lo que le había pasado a su vecino. La obra de ambos había sido sometida a un control de calidad. Las dos tenían una pinta espectacular, pero una tenía fundamento seguro, la otra —¡había sido!— no tenía cimiento alguno – desde afuera imperceptible. Una obra fue aprobada, la otra rechazada.
            Pablo escribe a los corintios: “…nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo. Sobre este fundamento, uno puede construir con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, paja y cañas; pero el trabajo de cada cual se verá claramente en el día del juicio; porque ese día vendrá con fuego, y el fuego probará la clase de trabajo que cada uno haya hecho” (1 Co 3.11-13 – DHH). La vida se encargará de hacerle un control de calidad a tu vida espiritual. No será necesario que nadie se levante como abogado acusador contra ti ni que Dios te mande algún juicio. Tú mismo sabrás de qué está hecha tu vida espiritual y con qué material has edificado sobre el fundamento que es Cristo. Tú verás si has construido sobre roca o si te conformaste con pinta, pero sin preocuparte por cimiento.
            ¿Quién tenía la culpa en esta parábola? ¿La tenía Jesús con su enseñanza? No, estaba perfecta. ¿Alguien sedujo al constructor con cálculos tentadores? ¿Alguien le proveyó de materiales de mala calidad? No, tampoco. No se registran otros personajes que hayan intervenido en el proceso. Era el constructor mismo que decidió deliberadamente no seguir las instrucciones recibidas por el Maestro de maestros. ¿Podía echarle la culpa a alguien? Podía, si quería, pero no le sirvió de nada. El daño estaba hecho, y en el control de calidad salió reprobado.
            ¿Con qué constructor te identificas más? Con toda seguridad no somos ninguno de los dos en todo tiempo. Hay muchas cosas que sí acertamos y otras no. ¿Pero cuál es nuestra inclinación? ¿Hacia dónde va nuestro máximo anhelo? Si buscamos con toda el alma obedecer a nuestro Señor, él verá ese esfuerzo. De todos modos, no podemos hacer nada por nosotros mismos, pero nuestra vida será diferente. Vamos a estar tranquilos y seguros. Quizás el control de calidad no se presentará como una tormenta violenta. Quizás son comentarios negativos de otros, quizás una tentación de llevarse algún objeto que no le pertenece, quizás nuestro vocabulario no se quiere quedar en los límites aceptables, etc. Cada uno es probado de una manera diferente. Pero son estos momentos de prueba que mostrarán si tenemos un cimiento o no. Aunque a veces nos resbalemos y quizás recibamos una marca de desaprobación en algún aspecto del control de calidad, el Señor nos fortalecerá más y más y nos pondrá firme sobre una roca.
            ¿Querés vivir de manera segura? Entonces obedece las instrucciones del Señor. Así no tendrás nada que esconder y podrás recibir con una sonrisa relajada a los que llegan a tu vida a hacerte un control de calidad.


Una luz escondida




            Si han tenido la oportunidad de entrar alguna vez a un estudio de televisión habrán visto que un elemento crucial del mismo es la iluminación potentísima. Sin eso es imposible hacer televisión de calidad. Incluso yo aquí, que estoy muy lejos de tener un estudio de televisión, tengo varias fuentes de luz para hacer una filmación mínimamente aceptable.
            Luz es fuente de vida. La vida en nuestro planeta sería imposible sin la luz del sol. Si se pudiera apagar el sol por una semana, casi toda nuestra vegetación habría muerto. Y nosotros también nos veríamos muy afectados. Esa misma importancia de la luz física, tenemos nosotros los cristianos en lo espiritual en nuestro entorno. Jesús dijo que somos la luz del mundo (Mt 5.14). Pero también usó una parábola para señalar un peligro de lo que puede pasar con la luz. Lo encontramos en varios pasajes de los Evangelios, pero nos vamos a limitar hoy al Evangelio de Mateo. Mateo 5.14-16 dice: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de un cajón, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa. De la misma manera, que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (RVC).
            Jesús compara aquí a un cristiano con una luz. Oscuridad —y mucho más todavía tinieblas— son términos usados en la Biblia para indicar destrucción, muerte, pecado, ausencia de Dios. En cambio, luz es siempre sinónimo de vida, de esperanza, de presencia de Dios. Y eso es lo que somos llamados a ser para el mundo a nuestro alrededor.
            Una luz siempre es atractiva. Si hay dos caminos para llegar a cierto lugar, uno con alumbrado público, y el otro sin ninguna iluminación, siempre vamos a elegir el camino con luz si tenemos que caminar de noche a nuestro destino. Y si de repente pasamos por un lugar que es más iluminado que el resto de la zona, se nos despierta la curiosidad para saber qué hay ahí o qué ocurre. ¿Será que la gente siente esa misma curiosidad al pasar por la iglesia? No en sentido físico, ni con una iluminación visible para el ojo humano, sino en lo espiritual. Si nos reunimos los domingos, o si en nuestras casas oramos, cantamos, estudiamos la Biblia, ¿percibirán los demás la luz espiritual que mana de nosotros?
            ¿Qué tiene que hacer un foco para emitir luz? Nada. Sólo ser lo que es. Sólo cumplir su función para la cual fue hecho. El único requisito es que esté conectado a la energía eléctrica. Por más extraordinaria, llamativa y costosa que sea una lámpara, sin conexión a la energía eléctrica sólo sirve para juntar telaraña. Un foco o una lámpara es incapaz de producir luz por sí misma. Necesariamente tiene que estar conectada a la fuente de energía. Pero si lo está, no hace nada más que alumbrar. No realiza ningún esfuerzo extra.
            Un cristiano es luz por el simple hecho de ser cristiano. Es decir, por el hecho de tener a Cristo morando en su vida. Su luz no depende de su esfuerzo personal. No alumbrará más brillantemente a medida que aumenta su esfuerzo de lograrlo. No es él el que brilla, sino Cristo en él. Porque Jesús dijo de sí mismo que él era la luz del mundo (Jn 8.12; 9.5).
            Lo que el cristiano tiene que cuidar es su conexión a Dios. Es decir, de estar conectado lo está, porque Cristo vive dentro de él. Es imposible no estar conectado. Pero podemos opacar la luz por nuestro descuido. En tu casa necesitas limpiar cada tanto las luces que tienes ahí, porque si no, se llena de tanto polvo y suciedad que su fuerza lumínica disminuye. O si hay un problema en los bornes de la batería del auto, empiezan a sulfatarse. Con el tiempo, esto llega a obstaculizar el flujo de energía eléctrica, y el vehículo empieza a fallar. Ese es el problema cuando no limpiamos nuestra vida de pecado, o cuando descuidamos nuestra conexión con Dios. En vez de pasar tiempo en la oración y en la meditación en la Palabra de Dios, dejamos que otras actividades e intereses ocupen más y más ese tiempo, y se va acumulando el sulfato en mi conexión con Dios. Es mi gran deseo para mí mismo y para toda la iglesia que este tiempo de encierro pueda servir para limpiar nuevamente nuestros “bornes espirituales”. Deseo que la energía divina pueda fluir otra vez sin obstáculos hacia nuestra vida.
            Esto es lo que Jesús describe en nuestro texto con “poner una lámpara bajo del almud” (o cajón). No tiene ningún sentido encender una luz y esconderla o taparla. No sé qué les pasa por la mente cuando abren una pieza que estuvo totalmente cerrada y encuentran que la luz adentro se quedó prendida desde hace muchas horas. A mí me molesta sumamente, porque es un gasto totalmente en vano, un desperdicio. Todo el costo de la energía eléctrica que requirió esa luz durante todo el tiempo que estuvo encendida es plata tirada, porque nadie aprovechó esa luz. ¿Será que Dios mirará a veces a alguno de sus hijos que vive bajo un cajón de pecado y de mal testimonio y pensará también que es un desperdicio de energía? ¿Un desperdicio de la muerte de su Hijo? Podrá decir: “¡Tanto costó redimirla a esta persona, y ahora lo echa a perder todo!” Espero que no sea el caso de ninguno de nosotros.
            En el texto paralelo del evangelio de Marcos dice Jesús: “¿Acaso se trae una lámpara para ponerla bajo un cajón o debajo de la cama? No, una lámpara se pone en alto, para que alumbre” (Mc 4.21 – DHH). Podríamos adaptar este versículo de la siguiente forma: “¿Acaso se convierte una persona para vivir en la clandestinidad o tapado por el pecado? No, se convierte para que viva su fe delante de la gente.” ¿Te describe esto? Si no, ¿qué deberías hacer al respecto?
            Jesús también dice en el versículo 16 de Mateo 5 que debemos vivir nuestro cristianismo a los ojos de todo el mundo. Sólo así nuestra luz tendrá sentido. Y el resultado de esto será que Dios es glorificado. La gente, cuando reciba los beneficios de nuestra luz espiritual, exaltará a Dios. ¿Nos parece injusto no recibir algo de alabanza también? Decime, cuando enciendes una luz, ¿te quedas mirándola? Normalmente no. El foco no está para ser mirado, sino para alumbrar. Si lo miras, sólo te llega a molestar. Su función no es captar la atención de la gente, sino iluminar el ambiente. También, la función del cristiano no es ser admirado, sino brindar luz y esperanza a la gente a su alrededor que vive en las tinieblas del pecado. Debe iluminar, no un estudio de televisión, sino el lugar en que vive, trabaja o estudia. ¿De qué manera práctica lo puedes hacer? Anotate dos o tres ideas que puedes llevar a cabo en esta semana. ¿Te animas a compartir con los demás tu decisión?


Falsos maestros




            Desde la aparición del coronavirus en Paraguay, nos vemos inundados por una avalancha de todo tipo de informaciones. Con el tiempo nos dimos cuenta que muchas de estas supuestas informaciones eran puros inventos, incluso informaciones malévolas. Su único objetivo era acrecentar el caos y crear pánico en la sociedad. Llegó hasta tal punto que incluso el gobierno tuvo que anunciar medidas sumamente drásticas para quienes esparcen este tipo de falsedades.
            Nuestro texto de hoy habla también de falsos maestros. En este caso no eran personas que desinformaban intencionalmente acerca del coronavirus, sino que se habían infiltrado en una iglesia y que estaban causando estragos con su doctrina totalmente equivocada. Judas también tuvo que hablar en tono muy drástico contra estas personas. Leamos ahora el texto, la carta de Judas, penúltimo libro de la Biblia.

            FJudas 1-25

            El primer versículo de esta carta menciona al autor: Judas. Él se conforma con presentarse como el “hermano de Jacobo” (v. 1 – RVC), ya que probablemente se conocía a Jacobo más que a Judas. No se aplica ningún título sino el de ser “siervo [o: esclavo] de Jesucristo” (v. 1 – RVC). Muchos suponen que su hermano Jacobo (o: Santiago) era el que escribió la carta de Santiago. Si eso es así, Judas era entonces hermano de Jesús. Pero si él no vio necesidad de aclarar más su identidad, a nosotros tampoco nos debe preocupar en demasía saber quién era él.
            Después de un breve saludo, Judas pasa inmediatamente a presentar el motivo de su carta. Percibo en el versículo 3 una cierta urgencia. Según sus propias palabras, él había tenido la intensión de escribirles acerca de la salvación. No sabemos si ya empezó a redactar un cierto documento teológico acerca de este tema, pero por lo menos, en su cabeza aparentemente ya estuvo ordenando las ideas como para ponerlas por escrito en algún momento no muy lejano. Pero de repente se ha dado una tendencia muy peligrosa en las iglesias que lo ha obligado a dejar el tema de la salvación a un lado para mandarles un mensaje de alerta acerca de esta tendencia muy peligrosa dentro de las iglesias. No se especifica ningún receptor de la carta, pero es alguna iglesia o grupo de iglesias. La severidad del lenguaje empleado por Judas muestra cuán grande era su preocupación por esa iglesia.
            En el versículo 4, Judas empieza a dar alguna descripción de esta amenaza. ¿Qué datos puedes encontrar? Anótalos en tu cuaderno.
            En primer lugar, son personas infiltradas en la iglesia. Han entrado encubiertamente, de contrabando. Jesús diría de ellos que son ladrones y bandidos que no han entrado al redil por la puerta, sino que se han saltado el cerco, metiéndose como un asaltante que sólo quiere “robar, matar y destruir” (Jn 10.10 – DHH). Personas de este tipo es que Judas pudo identificar en la iglesia a la que él dirigió esta carta. Y desde que estos aparecieron en la iglesia, fueron sembrando el caos.
            En segundo lugar, estas personas “convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios” (v. 4 – RV95). Su lema era: “haz lo que te dé la gana, disfruta sin restricción alguna las inclinaciones de tu carne, ya que Dios en su amor te perdonará de todos modos.” En otras palabras: “peca todo lo que quieras, y después le pides perdón a Dios. Él no puede sin perdonarte.” ¿Nos es tan desconocida esta actitud? ¿No nos hemos visto tentados también a veces a actuar de la misma manera? Es cierto que por su gracia y misericordia Dios nos perdona si le pedimos, pero esto no es en absoluto un cheque en blanco para cometer cualquier tipo de desenfreno. Esto sería despreciar la gracia de Dios. Somos llamados a una vida en santidad, no a una vida en pecado. Es más, según Pablo en muchas de sus cartas ya hemos muerto al pecado (comp. Ro 6.11). El pecado ya no tiene ningún poder sobre nosotros. Así que, la enseñanza y el estilo de vida de estas personas de quienes escribe Judas se iba totalmente en contra de lo que enseña la Biblia.
            En tercer lugar, estas personas “niegan a Jesucristo, nuestro único Soberano y Señor” (v. 4 – RVC). Esto es a la vez la corona y también la explicación de sus anteriores desviaciones de la verdad. Ya que no reconocían a Jesús como Dios soberano, no tomaban en serio sus enseñanzas y podía vivir según sus propios malos deseos. Con esto caían totalmente fuera de la enseñanza bíblica. El apóstol Juan en sus cartas incluso llega a tildar a este tipo de personas como teniendo el espíritu del Anticristo (1 Jn 4.1-3). Así que, cualquiera que enseña un montón de cosas buenas, pero niega a Jesús como Hijo de Dios está descartado de plano.
            ¡Y esto sí que es cosa seria! Judas pasa a mencionar unos cuantos casos de la historia hebrea que muestran la severidad con que Dios reacciona contra el pecado. El primer ejemplo son los rebeldes del pueblo de Israel en tiempos del éxodo (v. 5). Por más que Dios los había sacado con brazo fuerte, muchos no supieron valorar esta obra tremenda de parte de Dios a su favor. Aunque Dios había hecho lo que ellos por sí mismos jamás pudieron hacer en 400 años, que era liberarse de la esclavitud, ellos querían seguir sus propios caprichos y rehusaron obedecer a Dios. En consecuencia, hallaron la muerte muchos del pueblo. Y si leen las historias del éxodo, es tremenda la terquedad de muchos del pueblo.
            Pero, según Judas, ni los ángeles se salvaron. Cuando algunos de ellos se rebelaron contra el orden fijado por Dios, también se enfrentaron con el juicio divino. No tenemos más detalles para saber a qué se refirió Judas con este ejemplo. Algunos creen que se refiere a un hecho narrado en Génesis 6. No vamos a entrar ahora en muchos detalles respecto a esto, porque no viene al caso. También sabemos que cuando Satanás se rebeló contra Dios, arrastró con él a un gran número de ángeles. Lo que quiere indicar Judas, es que nadie que se rebela contra Dios saldrá impune, ni siendo un ángel. Esto coincide con lo que Dios mismo dijo a Moisés de que él “de ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Éx 34.7 – RVC).
            Otro ejemplo de personas que cayeron bajo el juicio de Dios son los habitantes de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Ellos habían caído en semejante perversión que Dios los castigó con fuego del cielo, cosa que Judas usa aquí como un símbolo del infierno.
            Judas dice que estos falsos maestros que se infiltraron en la iglesia estaban haciendo exactamente lo mismo que todos estos ejemplos mencionados: “contaminan su cuerpo, rechazan la autoridad y blasfeman de los poderes superiores” (v. 8 – RVC). Esto último, ni el arcángel Miguel se atrevió a hacerlo. Judas dice que Miguel peleó con Satanás por el cuerpo de Moisés. Se refiere a una tradición judía, según la cual el arcángel Miguel vino a llevarse el cuerpo de Moisés cuando éste murió, y que el diablo trató de reclamarlo para sí mismo, con el pretexto de que Moisés había sido un asesino. En esa pelea, el arcángel no se animó a insultarle a Satanás, teniendo toda la autoridad para hacerlo. Pero él dejó el juicio en manos de Dios. Pero los falsos maestros que se habían infiltrado en la iglesia se creían con derecho y autoridad de proferir contra quien ellos querían: “Pero esa gente se burla de cosas que no entiende. Como animales irracionales, hacen todo lo que les dictan sus instintos y de esta manera provocan su propia destrucción” (v. 10 – NTV).
            Luego, Judas compara a estas personas con otros tres ejemplos de la historia del Antiguo Testamento: con Caín, con Balaam y con Coré. Caín no tenía un corazón recto ante Dios, y por envidia mató a su hermano Abel. Balaam se dejó seducir por el dinero y se prestó a maldecir al pueblo de Dios, cosa que al final no lo pudo realizar por intervención de Dios. Y Coré fue uno de los levitas del pueblo de Israel en el tiempo del éxodo. Pero se rebeló contra Moisés, y como castigo, se abrió la tierra y tragó a Coré y todos sus seguidores. Según Judas, los falsos maestros que ahora se habían infiltrado en la iglesia tenían las características negativas de todos estos personajes juntos. Su descripción de ellos no suena muy amigable que digamos: “Estos hombres son manchas asquerosas que en sus reuniones festivas dirigidas a promover el amor; comparten sus cenas con ustedes sin remordimiento mientras sólo se complacen a sí mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento; árboles sin fruto aún en otoño, y doblemente muertos porque han sido desarraigados. Olas de mar salvaje que muestran sus obras vergonzosas como espuma; estrellas errantes, para las que está reservada la oscuridad más negra para siempre” (vv. 12-13 – Kadosh). Para Judas, algunas profecías atribuidas a Enoc, uno de los primeros habitantes de la tierra, anuncian el juicio de Dios sobre estas personas (vv. 14-15). En el versículo 16, Judas hace un redondeo de su opinión acerca de estos falsos maestros: “De todo se quejan, todo lo critican y solo buscan satisfacer sus propios deseos. Hablan con jactancia, y adulan a los demás para aprovecharse de ellos” (DHH).
            Viendo este panorama, entendemos ahora la urgencia con que Judas escribió esta carta. Estas personas amenazaban seriamente a la iglesia, causando una confusión y un daño terrible. Percibimos ahora la gran preocupación de Judas al verse “en la necesidad de escribirles para rogarles que luchen ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos” (v. 3 – RVC). Por eso, después de hacer esta descripción del peligro que significaban estos hombres para la iglesia, él llega a hacer algunas recomendaciones para los creyentes. En primer lugar, él les hace acuerdo de que los apóstoles ya habían anunciado que vendrían estas situaciones (vv. 17-19). Nosotros hoy no hemos sido testigos personales de las enseñanzas de los apóstoles, pero las tenemos registradas en la Biblia. Siempre tenemos que regresar a la Palabra de Dios para encontrar en ella orientación para la situación que nos toca vivir. En este tiempo de la amenaza del coronavirus, encontramos en las redes sociales muchos textos bíblicos que se citan. Si bien algunos versículos son sacados fuera de su contexto, esta situación revela la búsqueda de un mensaje de la Palabra de Dios a nuestra situación hoy. Y gracias a Dios, que junto con su Palabra él nos ha dado también al Espíritu Santo que nos guiará a las verdades contenidas en la Biblia. Jesús dijo: “…el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho” (Jn 14.26 – NVI). La Palabra de Dios siempre tiene una palabra fresca para nosotros en nuestra situación, y debemos acudir a ella en todo momento. Por eso alguien dijo: “La Biblia es más actual que el diario de mañana.”
            La segunda recomendación de Judas es anclarse bien firmemente al fundamento que es la fe: “manténganse firmes en su santísima fe” (v. 20 – DHH). En la vida nos enfrentamos con muchas cosas que nos quieren hacer tambalear. Puede ser el coronavirus, pueden ser falsas doctrinas como en el caso de esta carta, pueden ser tormentas en la vida personal, todo nos quiere robar la paz y dirigir toda nuestra atención a estas circunstancias. Ahí es sumamente importante que no nos dejemos arrastrar por esa riada que nos quiere hundir, sino que nos detengamos, que busquemos la Palabra de Dios y que nos fijemos en Cristo que está por encima de todas estas circunstancias. Si nos fijamos en Cristo, en sus promesas, en su poder, en su amor, las circunstancias no necesariamente cambiarán. El coronavirus no se esfumará en el aire, la pérdida de trabajo no dejará de ser una realidad, el familiar enfermo no se sanará sobrenaturalmente, pero todas estas circunstancias perderán su poder. Cuanto más fijamos la mirada en las circunstancias, más crecerán y más aterradores parecerán. Cuanto más fijamos la mirada en Cristo, más crecerá él, venciendo todo miedo y toda preocupación.
            Esta es una ventaja enorme que tenemos los cristianos frente a los que no conocen a Dios. Para ellos, lo único que pueden ver son sus circunstancias. Por eso se desesperan tanto ante esta amenaza del coronavirus. O, en todo caso, para no desesperarse se refugian en vicios o tratan de distraer la mente con otras cosas, pero es pasajero no más. Tarde o temprano vuelven a caer en el pozo de la desesperación, cada vez más hondo. Ahí es nuestra oportunidad de darles algo de esperanza a través de nuestra fe. Claro, nosotros tampoco estamos ajenos a esa amenaza de las circunstancias. Cuesta no echarles de vez en cuando una mirada y dejarnos influir por su apariencia feroz. Pero es un ejercicio de fe. No ignoramos las circunstancias, pero nuestro enfoque está en Cristo que nos dice: “tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16.33 – DHH). Y cada vez que nos estamos hundiendo a pesar de todo, nuestro Salvador está a un grito de auxilio de distancia para sacarnos del agua como lo hizo con Pedro.
            La tercera recomendación de Judas es orar en el Espíritu Santo; movidos o guiados por el Espíritu Santo (v. 20). La oración nos ayuda justamente con el punto anterior: fijarnos en Dios. Cuando oramos, no oramos a las circunstancias, sino nos dirigimos a Dios. Y automáticamente nuestra mirada se dirige a él y nuestra fe empieza a crecer. Así que, cada vez que te invade la duda, el temor o la desesperación, empieza a orar. Al hacerlo, tus ojos se abrirán al mover del poder de Dios en medio de tu situación.
            En cuarto lugar, Judas nos recomienda mantenernos en el amor de Dios (v. 21). Otras versiones hablan de “conservarse” en el amor de Dios. Si conservamos algún alimento, por ejemplo, está resguardado hasta cierto punto de los agentes que la quieren descomponer. O el alimento es sumergido en cierta sustancia líquida que la conserva de la descomposición. Así debemos sumergirnos en el amor de Dios para que las tentaciones, el relajo moral, el pecado, la soledad, etc., no nos descompongan espiritualmente. El que se sabe profundamente amado, está protegido de muchísimas cosas que lo desubicarían totalmente si no tuviera esa certeza. Uno puede estar totalmente relajado, confiado, disfrutando de la vida. Una persona no amada es tensa, ve a todos como sus enemigos, etc.
            En quinto lugar, Judas nos indica estar esperando la misericordia de Dios para vida eterna, o que Jesús, en su misericordia, nos dé la vida eterna. Esto quizás suena como algo muy inseguro, como que no se puede saber si uno va a tener vida eterna o no. Pero a la luz del resto de la Biblia tenemos plena certeza de tener vida eterna. Jesús dijo: “El que cree en mí tiene vida eterna” (Jn 6.47 – RV95). Pablo escribe a los romanos: “…la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro 6.23 – RV95), para mencionar sólo dos de muchísimas referencias en el Nuevo Testamento en cuanto a la vida eterna. Entonces, Judas no pone en duda esto. Al contrario, manifiesta su confianza que la misericordia de Cristo nos dará vida eterna. Espiritualmente ya la tenemos, pero físicamente moriremos todavía. Recién después de la muerte la vida eterna será plena para nosotros. Ya la tenemos, pero todavía no en su total plenitud. Pero esta confianza o esta certeza también contribuirá a la paz y seguridad que disfrutamos en el amor de Dios. ¿Difícil de creer o aceptar? Para algunos sí. Por eso dice Judas que debemos tener consideración de aquellos que tienen todavía ciertas dudas y a quienes les cuesta llegar a la plena convicción y confianza (v. 21). Algunos están tan presos en sus pecados —o en su orgullo— que les cuesta aceptar que la salvación es así de barata para ellos. No pueden aceptar ser salvos sin habérselo ganado por sus propios esfuerzos. Judas nos anima a procurar por ellos con misericordia, a ver si logramos rescatarlos, aunque sea raspando; que a duras penas logramos estirarlos todavía por encima del borde del infierno mismo. Pero dice que debemos aborrecer “hasta la ropa que llevan contaminada por su mala vida” (v. 23 – DHH). Esta imagen nos resulta ahora muy comprensible al tener que cambiar de ropa por la infestación con el coronavirus. Así, la ropa infectada por el virus del pecado de estas personas no nos debe contagiar a nosotros. Judas no está hablando literalmente de la ropa de las personas, sino de cuidarnos de no ser arrastrados por la conducta pecaminosa de ellos. Una versión de la Biblia traduce este texto en una forma que nos resulta demasiado conocido hoy por el tema del coronavirus. Dice: “Cuídense mucho y eviten el contacto con ellos para no ser contagiados por sus pecados” (v. 23 – GNEU – traducción libre al castellano). ¿Ya escuchó alguna recomendación parecida en estos días? Es exactamente la misma exhortación que Pablo escribió a los gálatas: “Hermanos, si ven que alguien ha caído en algún pecado, ustedes que son espirituales deben ayudarlo a corregirse. Pero háganlo amablemente; y que cada cual tenga mucho cuidado, no suceda que él también sea puesto a prueba” (Gl 6.1 – DHH). Así que, si luchamos por la salvación de otros, no creamos que somos de hierro y que jamás nos puede pasar nada o que nunca caeremos en ninguna tentación. El que crea esto, probablemente ya cayó en una – la tentación del orgullo y de la vanagloria.
            Pero Judas no nos deja con ese temor que nos bloquea y no nos deja ayudar a otros “por precaución”, sino termina su carta con una hermosa alabanza al amor y el poder de Dios: “El Dios único, Salvador nuestro, tiene poder para cuidar de que ustedes no caigan, y para presentarlos sin mancha y llenos de alegría ante su gloriosa presencia. A él sea la gloria, la grandeza, el poder y la autoridad, por nuestro Señor Jesucristo, antes, ahora y siempre. Amén” (vv. 24-25 – DHH).
            Cinco recomendaciones para enfrentar a los falsos profetas.
1. Recordar la enseñanza de los apóstoles
2. Mantenerse firmes en la fe
3. Orar movido por el Espíritu Santo
4. Mantenerse en el amor de Dios
5. Esperar la vida eterna.
            Quizás tu falso maestro no sea una persona de carne y hueso que enseña cosas falsas en la iglesia. Puede ser la voz de un demonio que te quiere hacer creer algo que no es verdad. Quizás es el recuerdo de tu infancia de una voz que te decía constantemente: “Tú no sirves”, “tú no puedes”, “eres un inútil”. Quizás tu falso maestro consiste en una cantidad incontable de mensajes de terror en las redes que pintan al coronavirus como el fin del mundo. Quizás es la voz de la desesperación que te hace creer y proclamar que no llegarás a fin de mes. Puede haber miles y miles de falsos maestros. ¿Qué puedes hacer contra ellos? ¿De qué manera puedes aplicar estas 5 recomendaciones para contrarrestar su influencia destructiva?
1. Recordar la enseñanza de los apóstoles (la enseñanza de la Biblia)
2. Mantenerse firmes en la fe
3. Orar movido por el Espíritu Santo
4. Mantenerse en el amor de Dios
5. Esperar la vida eterna.
            Comprométete con algunos pasos concretos que ahora resuelves tomar. Anótalos para que no se te olviden. Y comparte con el grupo tu decisión para que quede más firme en ti, y para que otros puedan sentirse inspirados a seguir tu ejemplo.



sábado, 14 de marzo de 2020

Sal y luz










            Un sargento cuenta un episodio de su vida militar:
            En nuestra compañía teníamos un soldado que daba testimonio de su fe cristiana. Le hacíamos la vida muy dura. Una noche, cuando volvíamos después de haber caminado bajo una tremenda lluvia y estábamos empapados hasta los huesos y muy cansados, nuestro único pensamiento era irnos a la cama. Sin embargo, el creyente se tomó el tiempo de arrodillarse para hacer su oración. Esto me puso tan furioso que tomé mis botas cubiertas de barro y se las arrojé una tras otra a la cabeza. A la mañana siguiente hallé al lado de mi cama mi calzado magníficamente lustrado. Ese gesto me partió el corazón y comprendí lo que significa el cristianismo.
            Esta historia es un ejemplo de lo que significa ser sal y luz. El texto en el que está basado este tema se encuentra en Mateo 5.13-16, parte del Sermón del Monte.

            FMt 5.13-16

            Jesús empieza esta enseñanza con una declaración muy simple: “Ustedes son la sal de este mundo” (v. 13 – DHH). Pero a pesar de ser simple, está cargada de dinamita. ¿Qué significa “ser sal”?
            En tiempos de Jesús, la sal se relacionaba con varias cualidades, de las cuales mencionaremos las siguientes: a) La idea de la pureza. Uno piensa en la pureza fácilmente al observar el color blanco tan brillante de la sal. Imaginate que alguien te invita para un asado, pero para tu gusto, le falta bastante sal. Hay en la mesa un recipiente con sal, pero encuentras que está totalmente sucia y contaminada. ¿La usarías? Quizás escarbarías como gallina para buscar algunos granitos de sal rescatables, pero no sería algo muy agradable.
            Imaginate entonces que Dios le pasa al mundo un cristiano para sazonar la vida de los demás, pero ese cristiano está lleno de impurezas, contaminado por el pecado, manchado por la ira, por el engaño, por una vida doble. ¿Serías tú un don agradable de parte de Dios a este mundo? ¿Estarían tus vecinos agradecidos a Dios por habérteles enviado como salero a su vecindario?
            Cuando los creyentes son sal de la tierra, son ejemplos de pureza. En la sociedad encontramos generalmente todo lo contrario a pureza: a demasiado mucha gente no le importa más la sinceridad o la dedicación al trabajo. La pureza sexual y la fidelidad entre los cónyuges parece ser un cuento de viejas. Los medios de comunicación propagan los antivalores a cada segundo. Uno que cree todavía en lo que enseña la Biblia es considerado anticuado. Entonces, fiestas, sexo, alcohol, drogas, engaños, coimas, etc., es considerado como moderno, necesario para adaptarse a la sociedad, para no caer de aguafiestas o anticuado. ¿Y qué diferencias hay entonces entre un “cristiano” así y una persona cualquiera del mundo? ¿Coincide este punto de vista con lo que enseña Pablo en su carta a los romanos? “No se amolden al mundo actual… No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Ro 12.2 – NVI/VP). Cambiar su manera de pensar, no vivir según los criterios de una sociedad que no conoce a Cristo. Por el contrario, vivir en pureza, vivir en santidad. Eso es “ser sal”. Fíjense que la sal nunca absorbe el sabor de la comida con la que es mezclada. Más bien la sal impregna a todo el resto de la comida con sus cualidades salinas. En otras palabras, un cristiano nunca absorbe el “sabor” —la mentalidad, el comportamiento, el vocabulario— del mundo, sino impregna el ambiente a su alrededor con el aroma de Cristo. Cristo y el mundo son incompatibles. No se puede agradar a ambos. O agradas a Cristo o agradas al mundo. Es cierto, nunca seremos perfectos, pero usar esa imperfección como excusa para justificar nuestro coqueteo con el mundo no es buscar agradar a nuestro Salvador.
            b) La sal como elemento conservador. Hasta hoy en día se usa la sal para conservar alimentos, como la carne —la cecina— por ejemplo. Como hijos de Dios, debemos ejercer una influencia desinfectante en nuestro entorno. Debemos evitar que los otros se “pudran” en el pecado. Y no solamente sanar a personas ya metidas en lío, sino hacer un trabajo de prevención. Si tú ves a una persona que está a punto de pisar una víbora venenosa, ¿no le advertirías a gritos? ¿Por qué no hacerlo con los que están en peligro de caer en algún ilícito?
            Dios dice al profeta Ezequiel algunas palabras bastante duras: “A ti, hombre, yo te he puesto de centinela para el pueblo de Israel. Cuando yo te comunique algún mensaje, deberás anunciárselo de mi parte, para que estén advertidos. Puede darse el caso de que yo pronuncie sentencia de muerte contra un malvado; pues bien, si tú no le hablas a ese malvado y le adviertes que deje su mala conducta para que pueda seguir viviendo, él morirá por su pecado, pero yo te pediré a ti cuentas de su muerte. Si tú, en cambio, adviertes al malvado y él no deja su maldad ni su mala conducta, él morirá por su pecado, pero tú salvarás tu vida. También puede darse el caso de que un hombre recto deje su vida de rectitud y haga lo malo, y que yo lo ponga en peligro de caer; si tú no se lo adviertes, morirá. Yo no tomaré en cuenta el bien que haya hecho, y morirá por su pecado, pero a ti te pediré cuentas de su muerte. Si tú, en cambio, adviertes a ese hombre que no peque, y él no peca, seguirá viviendo, porque hizo caso de la advertencia, y tú salvarás tu vida” (Ez 3.17-21 – VP). Eso es ser sal.
            c) Dar sabor. La función más evidente y más aprovechada por nosotros es la de dar sabor a las comidas. Prueben comida sin sal, a ver si la sal no es importante. Nuestra vida debe dar sabor a las personas a nuestro alrededor. Si miran la cara de las personas que se les cruzan, verán demasiadas veces rasgos de desesperación, de amargura, rencor, odio, falta de sentido para su vida. No le hallan gracia, sabor, a la vida y por eso están con pensamientos de suicidio. ¡Quién mejor entonces que nosotros los cristianos para darles a ellos una pequeña chispa de esperanza, de alegría, de aliento, una pizca de sal! Nosotros que tenemos la seguridad de nuestra salvación, seguridad de la vida eterna, ¿no podemos darles a ellos algo de esperanza también? ¿No podemos contagiarlos también con nuestro gozo que tenemos? Cuando todo el mundo está deprimido, los cristianos deberíamos hacer la diferencia en su vida.
            Pero para poder hacerlo, primero nuestra propia vida debe tener sabor. Y ese sabor lo puede producir únicamente la fe cristiana. El cristianismo es una relación personal, viva, íntima con Jesucristo. Solamente así puedes ser la sal del mundo.
            Así que, una primera declaración de Jesús en nuestro texto base es: “Ustedes son la sal de la tierra…” (v. 13 – RVC). Pero esta expresión de Jesús tiene también una advertencia: Somos la sal. No es un deseo o la expresión de esperanza para el futuro, sino una declaración: somos sal. Pero, aunque somos sal, corremos el riesgo de perder nuestra salinidad, como sigue diciendo el versículo 13: “…si la sal pierde su sabor” (RVC). La sal en tiempos de Jesús no era tan refinada y químicamente pura como hoy en día. Podía suceder que al humedecerse pierda su salinidad, dejando a otros minerales parecidos a la sal. También el creyente puede guardar las apariencias, pero ser insípido, sin sabor, y no cumplir su propósito. Y el que no cumple su propósito como cristiano, causa mucho daño a la iglesia y al testimonio cristiano. Los demás dirán: “¿Acaso este no es cristiano? Y miren lo que está haciendo. Escuchen las palabrotas que usa. Fíjense cómo engaña a los demás.” Parece cristiano, pero no lo es. Sal insípida, según las declaraciones de Jesús en este texto, ya no tiene ninguna utilidad, así como un cristiano insípido sólo es molestia y carga. La sal no puede recuperar su salinidad, pero —y aquí hay una nota de esperanza— el cristiano sí lo puede, por la gracia y misericordia de Dios. ¿Cómo puede “purificar” su sal para que no esté más contaminada? Humillándose ante Dios, pidiéndole perdón, y pidiéndole que él restaure lo que nosotros hemos echado a perder.
            Algo parecido sucede también con la segunda imagen que Jesús utiliza en este texto: “Ustedes son la luz de este mundo” (v. 14 – DHH). ¿Qué significa ser la “luz del mundo”? Al igual que la sal, la luz tiene varios efectos o funciones. Veamos algunas:
            a) Una luz es en primer lugar algo que se puede ver. Las casas en Palestina estaban muy oscuras. Como luces servían pequeñas lámparas de aceite que normalmente estaban puestas sobre un candelero. Mientras alguien estaba en casa, estas lamparitas tenían que estar en lo alto para alumbrar la casa. Sería absurdo encender una luz y esconderla debajo de un recipiente. Sería absurdo encender aquí todas las luces, y luego taparlas con telas gruesas para que nadie vea que están encendidas. ¿Para qué las encenderíamos entonces? La función de la luz no es estar encendida, sino alumbrar, esparcir su luz, iluminar el ambiente.
            Si Jesús dice que somos luz, significa que nuestra vida espiritual también debe ser visible. Alguien dijo que “no existe tal cosa como un 'cristiano clandestino'. O la clandestinidad pondrá en peligro al cristianismo, o el cristianismo hará imposible la clandestinidad.” No estamos hablando de situaciones extremas de la iglesia perseguida como sucede en ciertos países, sino de un cristiano aquí en Paraguay. Si quieres esconder que eres cristiano, con el tiempo dejarás de serlo. Pero si eres cristiano verdadero, no podrás —¡ni querrás!— esconderlo. Así como es absurdo esconder una luz, así es absurdo esconder mi relación con Cristo, o tapar mi cristianismo con un manto de mal testimonio.
            Un pastor visitó en el cuartel a uno de los jóvenes de la iglesia que hacía su servicio militar. Cuando el pastor mencionó una vez a Dios, el joven se acercó más y le dijo en voz baja: “Por favor, pastor, hable más despacio. Aquí nadie sabe todavía que yo soy cristiano.” Evidentemente no había entendido lo que significa ser luz.
            La gente nos debe reconocer como cristianos al observar nuestro comportamiento con los vendedores del mercado, con los empleados o con los jefes; al observar nuestra conducta en el juego, al manejar el coche; al observar nuestra manera de hablar, lo que vemos en la tele o lo que leemos. “Si la luz está presente en nosotros, la verán los demás aun en los detalles menos importantes, aunque nosotros no consideremos estos detalles como ‘espirituales’. Pueden ser actividades tan rutinarias como contestar el teléfono, realizar un trámite en una oficina pública o manejar el automóvil. Quien anda en la luz verá que estas actividades son afectadas por la presencia de la luz en su vida.
            Es por esto que Jesús señaló, de modo enfático, que una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida. Resulta literalmente imposible que pase inadvertida por otros” (Christopher Shaw: “Dios en sandalias”).
            Un profesor en un seminario preguntó a sus alumnos, por qué los vecinos de él le llamarían “cristiano”. Después de algún tiempo, uno de los alumnos le contestó: “Seguramente porque sus vecinos no lo conocen muy bien todavía.”
            b) En segundo lugar, luces son indicadores o guías en el camino correcto. Las luces nos ayudan a no tropezarnos con cualquier cosa y encontrar el camino por donde andar. Si ustedes pasan de noche por la punta del aeropuerto, van a ver las luces que bordean toda la pista de aterrizaje. Los pilotos los pueden ver desde muy lejos. Junto con la ayuda de sus instrumentos en la cabina, pueden aterrizar de modo totalmente seguro incluso de noche.
            O la ruta de Roque Alonso a Limpio. Cuando recién se había asfaltado, era a veces difícil de noche encontrar su carril correcto, porque todo estaba uniformemente negro y con muy poco alumbrado público. Pero cuando pintaron las rayas y señalizaciones en el asfalto, todo cambió. Si bien no tienen luz propia, reflejan la luz del auto y son guías muy buenos para saber por dónde uno tiene que andar.
            De igual forma, los cristianos debemos mostrar claramente el camino al Padre. La gente, en su desesperación busca en cualquier lugar algo que les solucione su vacío interior. Ellos necesitan a algún cristiano que les diga: “No señor. Esto no te va a ayudar. Vení, por acá va el camino.” O sea, necesitan a personas que pueden ser indicadores de lo bueno.
            c) Luces también pueden ser luces de advertencia. La luz roja del semáforo, por ejemplo, es una luz que nos advierte ante los peligros que corremos cuando seguimos la marcha y cruzamos la calle en rojo. O la luz roja en el tablero que indica que el aceite está demasiado bajo o que el auto levantó demasiada temperatura. Como cristianos, también necesitamos ser luces de advertencia. Muchas personas se metieron en grandes líos porque no hubo nadie quien los advierta de esto.
            Pero ojo: los cristianos que son luces de advertencia, frecuentemente no son muy queridos entre los que quieren cruzar la luz roja. Una canción dice: “Alguna gente encuentra a los cristianos en lugares donde no quisiera encontrarlos. Pero ellos están ahí para cumplir la función que Dios les encargó.” Y esa función es justamente la de advertir a la gente. La reacción de las personas a nuestra advertencia ya es responsabilidad exclusiva de ellas, pero la nuestra es la de haberle mostrado las consecuencias que puede tener una mala decisión.
            ¿Y cuál es el propósito que menciona Cristo acá de ser sal y luz (v.16)? Debemos serlo para que la gente vea nuestras buenas obras y diga: “¡Qué buen tipo que eres!” – ¿o no? No, el texto no dice nada de gloriarse. Es como si la luna se jactara de su brillo en una noche de luna llena. Nosotros no nos merecemos ninguna alabanza por ser sal y luz, porque simplemente cumplimos lo que sí o sí es nuestro deber. Lo hacemos para que Dios sea glorificado. Debemos estar tan llenos de Cristo, que cuando un mosquito nos pica, salga cantando: “Hay poder en la sangre de Cristo…”
            Nuestro gato había cazado una vez una cigarra. La tenía en su boca, pero no la había matado todavía. Cada vez que el gato abría su boca como para masticarla, se escuchaba su sonido de la cigarra. Así debería escucharse la voz de Cristo cada vez que nosotros abrimos nuestra boca, no porque lo estamos comiendo, sino porque él vive en nosotros. Esto llevará a que la gente admire a Cristo dentro de nosotros, no a nosotros como sus simples portadores.
            Somos la sal y la luz del mundo. Déjenme decirlo con un énfasis diferente: somos la sal y la luz del mundo, no de la iglesia. Ambas imágenes, la sal y la luz, sólo tienen sentido en el mundo podrido y oscuro. Es ahí que se necesita de estos elementos. Es ahí que se necesita de tu presencia como cristiano. Ponerle sal a una comida ya salada hace que sea desagradable o incluso incomible. Encender una luz donde ya hay luz, es un gasto innecesario. Durante el día, cuando hay un sol radiante, a nadie se le ocurriría buscarse una linterna para ir a la despensa. Pero sí cuando vamos de noche por una calle sin alumbrado público, ¡cuánto uno llega a desear tener consigo alguna fuente de luz! En la iglesia están todos los cristianos con sus luces juntos y es fácil ser luz ahí. Pero donde realmente se necesita de una luz, es en la oscuridad del pecado, en el mundo. La iglesia reunida en un lugar no es tan efectiva que la iglesia esparcida en todo el barrio o sociedad. Tenemos esta responsabilidad para con nuestra sociedad de brillar con nuestro testimonio en la vida de los demás. Y verdaderamente no hay nada más opuesto y radicalmente diferente que la luz y la oscuridad. Así el cristiano debe ser diferente a la sociedad no cristiana que le rodea.
            Pero fíjense que tanto la sal como la luz no tienen que hacer ningún esfuerzo adicional para serlo. Cuando la sal se mezcla con la comida, no sucede ningún proceso químico que le da el sabor salado. Ya tenía ese sabor antes de ser echado a la olla donde se cocina la comida. Quiere decir, que como cristianos, por el simple hecho de tener al Espíritu Santo en nosotros, ya ejercemos una influencia sobre nuestro entorno. En lo espiritual suceden cosas que ni nosotros podemos notar. Claro, si se nos presenta la oportunidad de hablar de Cristo o de hacer algo especial, lo debemos hacer. Pero nuestra influencia positiva en la sociedad no depende únicamente de actos o programas especiales. Somos sal, somos luz por el simple hecho de tener a Cristo viviendo en nosotros.
            Estaba viendo un experimento con la electricidad. Parte del circuito forma un recipiente con agua, en el cual se fija un cable en cada extremo. Al enchufar el circuito, no se prende el foco porque el cable ahí en el agua está cortado, a cierta distancia una punta de la otra. Pero cuando se agrega sal al agua en ese recipiente, de pronto alumbra el foco, porque la sal aumenta la conductividad del agua y resulta como una especia de cable que une una punta con la otra, cerrando así el circuito.
            Pensé que esto era una buena ilustración también para nuestro tema de ser sal y luz. Al estar conectado a Dios —“enchufado” en él—, la fuente de todo poder, y ser la sal del mundo, nuestra luz brillará en la oscuridad del pecado humano. Un foco, por más potente o de diseño llamativo que sea, si no está conectado a la fuente, no alumbrará. El foco no produce luz por sí mismo. Tampoco un cristiano produce luz por sí mismo. Necesitamos estar conectado a la fuente de todo poder, a la fuente de energía, para poder brillar para honra y gloria de nuestro Dios.
            Jesús dijo una vez: “Yo soy la luz del mundo…” (Jn 8.12). Si ahora nos da el encargo de también ser la luz del mundo, nos está diciendo que debemos llegar a ser como él; y que podemos serlo solamente en la medida que él gobierna nuestras vidas. Admití que no puedes salar y brillar por ti mismo, sino que necesitas de la gracia y misericordia de Dios.
            Pero, por otro lado, ¿qué puedes hacer para aumentar tu “salinidad” o tu “conductividad” de la energía divina? Te desafío a que anotes uno o dos cosas prácticas que vas a hacer esta semana para limpiar tu “agua” de suciedad que inhiben la conducción de energía eléctrica, y reemplazarla por sal para que tu luz —o mejor dicho, la luz de Cristo— pueda brillar ante la gente para que alaben a nuestro Dios. Te dejo esto como tarea para la semana, a ver si el próximo domingo el siguiente predicador se acuerda de repasar la lección y revisar la tarea…