sábado, 14 de marzo de 2020

Cristo es el centro










            ¿Qué importancia tiene en un juego mecánico, como una calesita, por ejemplo, el eje central? Sostiene toda la estructura del juego. ¿Qué sucedería si una silla, góndola o como se llame en cada juego donde se sienta la gente, decidiera no querer estar más fijado al eje y buscar su propio camino? Sería un caos absoluto. Saldría despedido y podría causar un accidente muy grave, dependiendo de la altura del suelo que está y a qué velocidad gira la máquina. En la vida cristiana, también hay un eje alrededor gira toda nuestra vida. ¿Cuál es este eje? ¿Alrededor de qué o quién gira todo? Esto es lo que nos mostrará el texto de hoy.

            F1 Jn 5.1-21

            En la primera predicación sobre las cartas de Juan vimos que Jesucristo ocupa un lugar central en las mismas. Esto sale a relucir también de manera especial en este capítulo. Juan empieza diciendo que la fe en Jesús es la base para llegar a ser un hijo de Dios: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha llegado a ser hijo de Dios…” (v. 1 – PDT). Con “creer”, Juan no se refiere a una actividad mental, es decir, a tener cierto conocimiento, sino a una aceptación de corazón, una convicción, una actividad de la fe. Y esa aceptación por fe de que Jesús es el Mesías nos convierte en hijos de Dios. Con aceptar a Jesús, Dios llegó a ser nuestro Padre. Pero Cristo es la puerta para poder llegar a Dios, o en palabras de Jesús mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí” (Jn 14.6 – BLPH). Cristo es el centro de todo.
            Esta experiencia de llegar a ser hijo de Dios al aceptar a Cristo como centro de su vida no es exclusiva de una sola persona. Todos los que tienen esa fe, llegan a ser hijos de Dios. Como hijos, naturalmente amamos a nuestro Padre celestial. Esto probablemente no nos resulte tan difícil. Pero si amamos al Padre, necesariamente tenemos que amar también a todos sus hijos (v. 1). Esto sí que a veces es un desafío mucho mayor. Estamos dispuestos a amar a un buen grupo de sus hijos, pero a ciertos otros hijos de él nos cuesta aceptar que sean nuestros hermanos. ¡Cuánta falta nos hace a veces darnos cuenta de cuán indignos del amor de Dios somos nosotros mismos! La falta de amor a los otros hijos de Dios pone en duda la autenticidad de nuestro amor a Dios. Así lo expresa una versión de la Biblia: “…no es posible amar al padre sin amar también al que es hijo del mismo padre” (v. 1 – BLPH).
            Quizás ya me han escuchado mencionar el caso de algunas hermanas de cierta iglesia que vivían en contante roce y rencillas. Todo esfuerzo por producir reconciliación y unidad era en vano. En un momento, una hermana me dijo: “Pero con Dios estoy bien.” El apóstol Juan le diría: “Estimada hermana, lo dudo. No puedes estar bien con Dios si te niegas a reconciliarte con una de sus hijas.” Si Cristo es el centro para ambos, vamos a amarnos unos a otros. Así que, ¿quieren “medir” su amor a Dios? ¿Quisieran saber cuánto lo aman? Entonces, fíjense en cuánto aman a los hermanos en Cristo, y lo sabrán.
            En los siguientes 2 versículos, Juan nos da todavía una segunda señal o medida: nuestra obediencia a Dios. Ya el hermano Francisco lo había dicho el domingo pasado que el amor siempre se muestra en la obediencia. Y la verdad es que ambas cosas son imposibles de separar. Si su hijo le dice que lo ama mucho, pero no le hace caso en absoluto a las instrucciones que le da, simplemente porque no le da la gana, ¿acaso usted se sentirá muy amado? Decirle a alguien que lo ama es muy fácil, pero hacer un sacrificio que lo demuestre a veces no estamos dispuestos a hacer. Somos con Dios como ese joven que, muy enamorado, le mandó una tarjetita a su adorada en que le escribió: “Por ti cruzaría el desierto más extenso, superaría la montaña más alta, atravesaría el lago más hondo o caminaría descalzo entre espinas, con tal de estar contigo.” Y como despedida agregó: “Nos vemos el sábado, siempre y cuando no llueva.” Ya Jesús lo había dicho: “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos” (Jn 14.15 – NVI). El amor siempre busca complacer a la otra persona. Por lo tanto, cuánto yo obedezco a Dios mostrará cuánto lo amo. Este tema del amor será abordado más detenidamente el próximo domingo por el pastor Roberto.
            ¿Creen que es difícil obedecer a Dios? Bueno, depende. Cuando nuestra voluntad y nuestros deseos son muy fuertes y se oponen a lo que entendemos que es la voluntad de Dios, entonces sí nos cuesta bastante. Pero Juan dice que los mandamientos de Dios “no son difíciles de cumplir” (v. 3 – NVI). ¿Por qué? Cuando realmente amamos a Dios, cuando somos sus hijos, él mismo nos dará la fuerza para obedecerlas. No luchamos con nuestras propias armas, “ya que los hijos de Dios están equipados para vencer al mundo. Nuestra fe, en efecto, es la que vence al mundo” (v. 4 – BLPH). ¿Dice el texto que un hijo de Dios no tendrá luchas? ¿Que toda su vida será color de rosas? No, en absoluto. La Biblia nunca nos promete una vida fácil. Todo lo contrario: Jesús dijo que en este mundo tendríamos aflicciones (Jn 16.33). Pero sí la Biblia nos promete la victoria, y no puede haber victoria sin antes haya habido luchas. Y cuánto más cruenta es la lucha, más grande la victoria. Jesús animó a sus discípulos: “…tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16.33 – DHH), y Juan dice: “Nuestra fe nos ha dado la victoria sobre el mundo” (v. 4 – PDT). Si somos hijos de Dios, si estamos “en Cristo” o firmemente unido a él, si él es el centro de nuestra vida, entonces su victoria es también la nuestra: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios” (v. 5 – RVC)? No son nuestras fuerzas y destrezas, no son nuestras estrategias de guerra los que nos dan la victoria sobre los problemas y el pecado, sino la victoria obrada por Jesús con su muerte y resurrección.
            Todavía alguien podría preguntarse por qué todo debe partir y terminar en Cristo. ¿Por qué él es tan céntrico en todo? Juan presenta tres señales que testifican de que Jesús es el Hijo de Dios, y que alrededor de su persona gira todo lo demás. Esos tres testigos son el agua, la sangre y el Espíritu Santo. Con el agua, Juan se refiere muy probablemente al bautismo de Jesús. Muchas versiones lo traducen incluso así, hablando de “su bautismo en agua” (v. 6 – NTV). Fue cuando Jesús fue bautizado que el Padre mismo dio testimonio de que Jesús era su Hijo: “Se oyó … una voz del cielo, que decía: ‘Este es mi Hijo amado, a quien he elegido’” (Mt 3.17 – DHH).
            La sangre en este versículo de Juan se refiere a la muerte de Jesús. Sólo el Hijo de Dios podía dar salvación a todo el mundo al morir en nuestro lugar. Entre el bautismo de Jesús al inicio de su ministerio y su muerte al final del mismo, quedó encerrada toda la obra de Jesús en esta tierra. Es por eso que el agua y la sangre, el bautismo y la muerte, son testimonio de que con Cristo se levanta y se cae todo, según si creemos o no creemos en él.
            Y todo esto queda confirmado por el Espíritu Santo mismo. Al creer en Jesús y convertirnos en hijos de Dios, “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro 8.16 – RVC). Por eso vuelve a insistir Juan que hay tres testigos: “el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo en su testimonio” (v. 8 – PDT). Entre paréntesis: los que tienen Reina-Valera encontrarán entre los versículos 7 y 8 un agregado que habla de tres testigos más en el cielo. Este agregado no está en ningún manuscrito antiguo. Recién entre el siglo 14 y 18 aparece en cuatro copias, como una traducción del latín. O sea, recién 1.400 años después de que Juan haya escrito sus cartas, aparece este agregado. Podemos afirmar entonces con certeza que este texto no formó parte de la carta de Juan. Por eso también la gran mayoría de las traducciones no lo incluye.
            Volviendo al testimonio acerca de la importancia de Cristo para nuestra vida, Juan dice que, si le creemos a algún ser humano, con cuánta más razón debemos creerle a Dios mismo y lo que él dice acerca de Jesús. El ser humano puede fallar, pero el testimonio de Dios es de absoluta confianza y verdad. En varias oportunidades durante la vida de Jesús en esta tierra, Dios indicó claramente que Jesús era su Hijo. Y más todavía ahora que creemos en Cristo, Dios da testimonio a través de su Espíritu, como ya lo habíamos leído en la carta a los romanos. Por eso dice Juan que “el que cree en el Hijo de Dios, lleva este testimonio en su propio corazón” (v. 10 – DHH). Tenemos ahí profundo esta absoluta certeza de que Jesús es el Mesías, y que nosotros por la fe en él hemos llegado a ser hijos de Dios. Pero el que no cree en Jesús, no acepta ese testimonio de Dios y “está acusando a Dios de mentiroso” (v. 10 – BLPH). ¿Qué tiene que ver el no creer con hacerle a Dios pasar de mentiroso? La persona que no cree en lo que Dios dice, se establece a sí misma como fuente de la verdad. Entonces, todo lo que no coincide con esta su propia verdad es mentira para él. Si Dios entonces dice algo que es diferente a lo que él dice, ese Dios debe ser mentiroso. ¿Se dan cuenta hasta dónde nos puede llevar nuestra incredulidad? Lo mismo vale para cualquier otra cosa que dice la Biblia y que no aceptamos o no cumplimos. La verdad absoluta es lo que está en la Palabra de Dios, no lo que opina el ser humano. Pero gracias a Dios que nosotros hemos creído y aceptado el testimonio que Dios dio: “que Dios nos ha dado vida eterna, y que esta vida está en su Hijo” (v. 11 – DHH). Al aceptar esta verdad, accedemos a la vida eterna. En palabras de Juan: “El que tiene al Hijo, tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (v. 12 – RVC). ¿Así o más claro? Cristo es el centro. Con Cristo se levanta o se cae todo. Creer en Jesús es entonces lo más inteligente que el ser humano puede hacer.
            A Juan le interesa mucho que tengamos absoluta certeza en cuanto a nuestro estado espiritual: “Les he escrito estas cosas a ustedes, los que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” (v. 13 – RVC). ¿Tú crees que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador del mundo? Entonces, ¿qué tienes? Vida eterna. ¿Tú no lo crees? Entonces ocupate pronto de este asunto, porque hasta que no creas en Jesús, sólo tienes muerte eterna.
            Pero los que tenemos claro este asunto, los que hemos aceptado por fe a Jesús en nuestras vidas y los que somos hijos de Dios, tenemos ahora comunión íntima con él. Esto se nota, por ejemplo, en nuestra comunicación con él: “Tenemos plena confianza de que Dios nos escucha si le pedimos algo conforme a su voluntad” (v. 14 – BPD). ¿El Dios perfecto, omnipotente, tres veces santo nos escucha? Sí, así es. Tanto él desea comunicarse con nosotros que presta atención a lo que nosotros tenemos para decirle a él. ¿Sientes a veces que tus oraciones llegan sólo hasta el techo? No es así. Ese sentimiento es un engaño. Si eres su hijo, él desea escucharte, así como deseas disfrutar de la comunión y comunicación con tus hijos.
            Pero Dios no solamente nos escucha, sino él responde a nuestras oraciones: “…así como sabemos que Dios oye nuestras oraciones, también sabemos que ya tenemos lo que le hemos pedido” (v. 15 – DHH). Eso es fe: orar, pedirle algo, y considerarlo ya recibido – aunque no lo podamos ver todavía con nuestros ojos físicos. Por supuesto, tenemos que tener en cuenta lo que dice el versículo anterior: lo que le pedimos tiene que ser “conforme a su voluntad” (v. 14 – DHH). Nuestra comunión con Dios tiene que ser tan íntima, que su voluntad se vuelve la nuestra. Así nos alejaremos cada vez más de peticiones egoístas y mezquinas, y nos concentraremos en lo que Dios quiere. Entonces nuestras oraciones serán de tal agrado para el Padre, que con gusto nos concederá lo que le pedimos. Por ejemplo: si vemos a otro hijo de Dios hacer algo que no es de agrado para el Padre, nuestra intercesión por él hará que Dios lo perdone (v. 16). Sin embargo, hay quienes consciente y obstinadamente rechazan a Cristo. Este pecado los lleva a la muerte eterna. Juan considera que no hace falta orar por ellos, ya que han elegido ya su destino eterno. El problema es que no somos Dios para ver los corazones de las personas y poder clasificarlas en personas con vida (o con posibilidades todavía de obtener la vida eterna) y los que están en camino a la muerte. Así que, más vale que sigamos orando por las personas que no conocen todavía a Dios, porque aun el más perdido —según criterios humanos— es objeto de la gracia y misericordia de Dios. Y no dejemos tampoco de orar los unos por los otros para que podamos mantenernos firmes en el camino de la vida. Según Juan, tenemos la protección especial de Jesús que ni el diablo no la puede romper (v. 18), pero necesitamos cubrirnos mutuamente con este manto de protección a través de la intercesión. Somos ciudadanos de otro reino, pero vivimos en este mundo dominado por Satanás (v. 19). Por eso siempre estamos en peligro de desviarnos del camino correcto detrás de lo que Juan llama “ídolos” o “dioses falsos” (v. 21).
            Cristo es el centro. ¿Qué harás con él? ¿Es él el centro absoluto de tu vida? ¿Seguro? No estoy preguntando si alguna vez lo aceptaste como tu Señor y Salvador, sino si él es el centro de todas tus actividades diarias; si él es el centro de todos tus pensamientos; si él es el centro de todas tus decisiones. Él tiene que ser el centro de cada área de tu vida. Todo lo que no gira alrededor de él, está destinado al caos como si una silla de la calesita decidiera soltarse del eje. ¿Trajiste algo para hacer apuntes? Entonces anotate ahora por lo menos una cosa que harás en esta semana que te pueda aferrar más firmemente al eje de todo, Cristo. El próximo domingo veremos qué resulta de esto.
            Y si nunca todavía has establecido a Cristo como el centro de tu vida, quisiera hablar contigo al final del culto para ayudarte a creer en él y llegar a ser hijo de Dios.
            Y ahora cumpliremos a lo que nos exhortó este texto: nos reuniremos de a 2 para orar uno por el otro. Compartan sus cargas y motivos de oración y oren uno por el otro.


La iglesia, tu lugar de trabajo








            Este es un culto diferente a los del resto del año. Hoy es una sesión de trabajo o de negocios – los negocios del Señor de la iglesia. En este negocio, todos los que somos hijos del Dueño, tenemos nuestra responsabilidad y nuestro lugar. ¿Cómo puede ser esto? Dios ha dispuesto un lugar de trabajo dentro de su iglesia para cada uno de sus hijos. Ese lugar es determinado por el/los don/es que él ha dado a cada uno. Así lo dice su Palabra:

            F 1 Pedro 4.10-11

            En primer lugar dice Pedro aquí: “cada uno”. ¿Quién es “cada uno”? Pues, cada uno de los receptores de esta carta. En el inicio de esta carta, Pedro los identifica claramente: “Yo, Pedro, apóstol de Jesucristo, saludo a los que … fueron elegidos, según el propósito de Dios Padre y mediante la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser limpiados con su sangre…” (1 P 1.1-2 – RVC). Es decir, él escribe muy específicamente a personas que han aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Así que, esta exhortación en el capítulo 4 va para cada uno de nosotros que somos creyentes en Cristo, hijos de Dios. Cada uno. No hace excepciones. No dice: “a la mayoría”, o: “a unos cuantos elegidos o privilegiados”. ¡Cada uno que es hijo de Dios! Nadie se queda afuera. ¿Te consideras un hijo de Dios? ¿Has aceptado alguna vez a Cristo como tu Señor y Salvador? Entonces esta enseñanza es para ti, sin distinción de edad, género, clase social, raza, etc. Nadie se queda afuera. Cada uno.
            ¿Qué debe hacer “cada uno”? Lo dice a continuación: “Ponga … al servicio de los demás el don que haya recibido…” (v. 10 – RVC). Pedro no pone en duda si alguien tiene un don o no. No anima a poner en ejecución el don, por si haya recibido uno. “El don que haya recibido.” Cada cristiano tiene sí o sí un don espiritual, una capacidad sobrenatural, diferente a la habilidad natural, que el Espíritu Santo le ha dado en el momento de recibir a Cristo. En algunos es más notorio o más fácil saber cuál es su don, a otros les cuesta más descubrirlo. Pero de estar, está. Este texto no deja dudas en cuanto a esto.
            Podríamos sentirnos muy privilegiados, en una posición diferente a los que no son hijos de Dios - ¡y lo somos! En verdad somos privilegiados, porque Dios nos ha considerado dignos de recibir de él una habilidad especial que otros no tienen. Pero en vez de enmarcar mi don y colgarlo en la pared para que todos puedan admirar mi tesoro que tengo, Pedro nos exhorta a ponerlos al servicio de los demás. Un don no sirve si no es usado para bendecir a otros. Dios jamás tuvo la intensión de promover en nosotros el egoísmo e individualismo. Él nos creó seres sociales, en constante interrelación unos con otros. Por eso, también estas herramientas que son los dones son pensadas para bendecirnos unos a otros. Si no lo ponemos al servicio de los demás, fallamos el propósito de Dios con ese don. Él a lo mejor piensa: ‘¿Para qué le he dado ese don a este hijo o esta hija mía, si jamás piensa en usarlo?’
            Si usted ve en su hijo cierta habilidad y le compra algo que le sirva para desarrollar esa habilidad, su voluntad, obviamente, es que el hijo utilice lo que ustedes le han comprado, ¿no es cierto? Así que, ni siquiera deben preguntar si es la voluntad de Dios que usted use su don o no. ¿Para qué más le podría haber dado ese don? Tu don es al mismo tiempo también tu llamado. ¿Quieres saber cuál es la voluntad de Dios para tu vida? Fijate en qué don tienes, y sabes cuál es la voluntad de Dios. Además, Pedro aquí lo dice muy enfáticamente: “póngalo al servicio de los demás.” No hacerlo es fallar el propósito de Dios para tu vida. No hacerlo es desobediencia. En lo que sí le debes preguntar a Dios es en qué momento, en qué lugar y de qué manera él quiere que uses tu don. Cada don puede ser usado de muchas diferentes maneras. El lugar específico sí te lo debe indicar el que te dio tu don. Pero mientras esperas alguna indicación específica de parte de Dios, haz lo que esté a tu alcance. No te quedes tirado en la hamaca, esperando recibir alguna señal sobrenatural. Esta prédica ya es suficiente “señal sobrenatural” que necesitas en este momento. El don necesita ser desarrollado, y se desarrolla únicamente mediante el ejercicio. En la hamaca, el don sólo se pudre, pero no se desarrolla. Encontramos en la Biblia varias listas de dones diferentes, pero en ninguna de ellas figura el don de calentar sillas de la iglesia. Con el clima que tenemos aquí, se calientan solas. Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido.
            Haciéndolo, sigue diciendo Pedro, serás un “buen administrador de la gracia de Dios en sus diferentes manifestaciones” (v. 10 – RVC). Un don es una expresión de la gracia de Dios. No hemos merecido ningún regalo de ese tipo de parte de Dios. Que él de todas maneras nos lo ha dado, es por su pura gracia. Esta gracia tiene “diferentes manifestaciones”, dice Pedro. En el siguiente versículo él menciona dos de estas manifestaciones, pero Pablo menciona varias otra más. Es decir, los dones se muestran de muy variadas formas y expresiones. Y de esas manifestaciones variadas, Dios nos ha puesto como administradores. Si los ejecutamos, sirviendo a otros, somos buenos administradores. ¿Y si no lo hacemos? Pues, no seremos buenos administradores. ¿Y qué hará el gerente de una empresa con un mal administrador? No esperemos a que Dios tenga que hacer con nosotros la misma cosa.
            En el versículo 11, como ya dije, Pedro menciona dos de estas manifestaciones. En primer lugar, habla del don de enseñanza o de predicación: “Cuando hable alguno, hágalo ciñéndose a las palabras de Dios…” (v. 11 – RVC); “si alguno sabe hablar bien, que anuncie el mensaje de Dios” (TLA); “¿Has recibido el don de hablar en público? Entonces, habla como si Dios mismo estuviera hablando por medio de ti” (NTV); “Quien predica, hable como quien entrega palabras de Dios” (BNP). Pedro no pregunta aquí por quién tiene ese don, sino exhorta a quien sea que lo tenga a que lo ejerza bien, con responsabilidad, con excelencia. Una vez más, Pedro no hace distinción, si es hombre o mujer, por ejemplo. El tener el don es al mismo tiempo también el llamado, habíamos dicho. Si tienes el don, debes ejercerlo, sea quien fueres – claro, con la madurez y la capacitación correspondiente a esta gran responsabilidad. Pablo enseña claramente: “Es el mismo y único Espíritu quien distribuye todos esos dones. Sólo él decide qué don cada uno debe tener” (1 Co 12.11 – NTV). Si él decide dar el don de la Palabra o el don de predicar a una mujer, ¿quién soy yo para indicarle que se equivocó? Para mí, la discusión si una mujer puede predicar o no es una pérdida de tiempo. Más bien deberíamos usar esa energía y tiempo en hacer lo que nos corresponde hacer con nuestro don, en vez de querer prescribirle al Espíritu Santo a quién darle cierto don y a quién no. Si a él se le ocurrió darle ese don a una mujer, pues ¡que predique! Y lo mismo también para cualquier otro don que pueda tener.
            El segundo ejemplo que pone Pedro es el del servicio: “cuando alguno sirva, hágalo según el poder que Dios le haya dado” (v. 11 – RVC); “Cuando alguien preste algún servicio, préstelo con las fuerzas que Dios le da” (DHH). Nada podemos hacer por nuestras propias fuerzas. Dependemos de las fuerzas que Dios nos da. Pero si él nos ha dado un don, nos va a dar también el poder y la fuerza para ejercerlo.
            En este don del servicio están incluidos todos los del ministerio de ujieres, porque se trata de un ministerio de servicio. Pero en sentido más amplio, caben en este todos los demás dones, porque todos los dones son para servir a los demás, como ya Pedro nos había indicado en el versículo anterior. Así que, tengas el don que tengas, hazlo en nombre del Señor y según las fuerzas e indicaciones que provienen de él. El tener un don no te habilita para hacer lo que te canten las ganas, sino debes seguir sus indicaciones y aprovechar las oportunidades que Dios te da. O, en palabras de Pedro al final de este versículo: “Todo lo que hagan, háganlo para que Dios sea alabado por medio de Jesucristo, a quien pertenece la gloria y el poder para siempre” (DHH). Lo que hacemos, no es para que los demás nos admiren y aplaudan, sino para que Dios sea alabado, porque él es el único digno de aplausos y, además, esos dones no son míos, sino de él. Así que, no puedo pedir aplausos por algo que no he hecho yo, sino la habilidad y la fuerza que él me ha prestado con un fin muy específico.
            La iglesia es tu lugar de trabajo. Es el ámbito en el cual puedes y debes ejercer tus dones. Hay muchos dones que se ejerce hacia la gente que no conoce a Dios, pero es en nombre de la iglesia y con el propósito de llevarla a la iglesia, y, en definitiva, llevarla a Dios. Quizás hoy nos enfocamos más que nada en el equipo pastoral y sus servicios, pero esta enseñanza es para todos. Cada miembro del equipo pastoral es líder de uno de los ministerios de la iglesia. Ponete a su disposición para poder servir según el don que tengas.
            En la invitación para hoy decía: “Todos diferentes, pero unidos, sujetos a Cristo, poniendo el hombro para construir su iglesia.” Cada uno tiene un don diferente, y cada uno necesita al otro. Entre todos juntos, unidos por el amor de Dios, construimos la iglesia de Cristo. Este es tu lugar de construcción. Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido.


Hijos de luz








            Por las muchas luces que hay por aquí, cuesta más disfrutar de la luz de la luna, pero en el Chaco es impresionante el brillo de la luna en tiempos de luna llena. Ahora, ¿qué esfuerzo creen ustedes que debe realizar la luna para tener ese brillo? ¿Cuántas represas de Itaipú se necesitará para darle a la luna esa potencia de iluminación? ¿Sabían que en cierto sentido nosotros como cristianos, como hijos de Dios, nos parecemos a la luna? Debemos tener un brillo parecido al de la luna. ¿Cómo se puede lograr eso? ¿Qué debemos hacer de extraordinario para poder lograr esto? Nuestro texto de hoy nos enseñará acerca de esto.
            Entramos hoy en las cartas de Juan. Estas cartas son atribuidas al apóstol Juan, que también escribió el evangelio de Juan y el Apocalipsis. Más que cartas, son en realidad tratados teológicos. Este primer escrito, por ejemplo, no cuenta con los saludos tradicionales ni menciona al autor ni al destinatario, como era común en una carta. Más bien desarrolla conceptos profundos acerca de la persona e identidad de Cristo. Las iglesias del primer siglo fueron asediadas constantemente por falsos maestros. Varias de las cartas del Nuevo Testamento hacen referencia a ellos. Como no existía todavía el Nuevo Testamento con la colección de escritos como lo conocemos hoy, los apóstoles tuvieron que redactar varios documentos para dejar constancia de la verdadera doctrina. Este es el caso también de esta primera carta de Juan. Vamos a leer entonces el texto de hoy.

            F1 Jn 1

            De entrada, sin preámbulo, Juan presenta el tema central de su carta: “Les escribimos a ustedes acerca de aquello que ya existía desde el principio…” (v. 1 – DHH). ¿A qué principio se refiere? Bueno, pues, al principio, ese que la Biblia describe en estas palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1.1 – RV95). De lo que Juan escribirá en esta carta existe ya desde aquel principio de Génesis o, como lo describe la Traducción en Lenguaje Actual, lo que “…ya existía desde antes de que Dios creara el mundo” (v. 1 – TLA). Al leer esto, pensamos inmediatamente en el inicio muy parecido del evangelio de Juan: “En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la Palabra” (Jn 1.1 – RVC). Este ser que existe desde antes del principio será el tema central de esta primera carta de Juan. En su evangelio, este ser recibe el nombre de “Verbo” o “Palabra”. En su carta, Juan lo llama “Verbo de vida” (NBLH), “la Palabra que da vida” (PDT) o “Palabra de vida” (DHH). Esto también coincide con lo que Juan describe en su Evangelio, que ese Verbo o esa Palabra dio vida y existencia a todo lo que existe: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe” (Jn 1.3 – BPD). Es más: en el versículo 2 de su carta él la describe incluso como “…la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos ha manifestado” (1 Jn 1.2 – RVC). Podemos ver entonces claramente que él se refiere a Jesús Salvador, dador de vida eterna a todos los que creen en él. Acerca de él escribirá en esta carta. Pero él se apresura en aclarar que no es un concepto filosófico, teórico, sino que es experiencia vivida que lo lleva a describir a Jesús como lo hará: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos” (v. 1 – RVC). Es decir, nadie le podrá discutir y objetar, porque él es testigo vivencial de todo. Esa Palabra de vida no es una idea no más, sino algo que ellos han visto oído y tocado – algo de carne y hueso. Esto le da a Juan una autoridad sin igual para decir lo que está a punto de expresar.
            En el versículo 3, Juan da a conocer el propósito de su carta: “…para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Porque nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (RVC). El deseo de Juan es que todos los lectores puedan compartir con él esa comunión íntima con Dios. Es decir, su propósito es evangelístico: describir a Cristo de tal forma que todos los que lean su escrito sean atraídos hacia él. Este mismo objetivo él tuvo también con su Evangelio. Ahí dice que todos los hechos de Jesús “se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él” (Jn 20.30 – DHH). Para Juan sería la máxima alegría si se cumpliera este objetivo (v. 4).
            Con este preámbulo, Juan entra ya en su mensaje central. Primero él declara algo acerca de Dios. Pero esto no es fruto de su propia iluminación, sino él repite simplemente la enseñanza recibida de Jesús: “que Dios es luz y que en él no hay ninguna oscuridad” (v. 5 – DHH). Juan usa aquí un contraste entre la luz y la oscuridad (las tinieblas). La luz es símbolo de santidad, de verdad, de vida, de perfección. La oscuridad es símbolo de pecado, de mentira, de muerte. Con esta imagen, Juan describe la santidad absoluta de Dios, sin la menor imperfección. Es imposible que Dios cometa ni el mínimo error. Él es luz; él es la fuente de luz. Nosotros simplemente reflejamos su luz. No tenemos brillo propio, como tampoco la tiene la luna. Si estamos en íntima comunión con Dios, nuestro ser reflejará la luz de Dios. Quizás no brillará nuestro rostro en un resplandor especial como sucedió con Moisés cuando bajó del monte Sinaí, donde había visto la gloria de Dios, pero sí se podrá decir lo que tuvieron que admitir los perseguidores de los primeros discípulos: “reconocieron que habían estado con Jesús” (Hch 4.13 – NVI). Por eso, Pablo nos llama “hijos de luz”: …ustedes, hermanos, no viven en tinieblas, … sino que todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de la oscuridad” (1 Ts 5.4-5 – RVC). Como esos hijos de luz, hijos del que es la luz, es nuestro deber reflejar la luz de Dios. Pero si nos descuidamos, podemos llegar a opacar esa luz. Es cuando permitimos que la oscuridad (el pecado, la mentira, la muerte) invada nuestra vida. En vez de iluminar nuestro entorno con la luz divina que da esperanza y vida eterna, seremos parte de las tinieblas que dominan las mentes y corazones de la gente a nuestro alrededor. ¿Somos conscientes de la gravedad de esta situación? Pero como hijos de Dios, nuestra identidad no son las tinieblas. Pablo escribe a los Efesios: “En otro tiempo, ustedes eran oscuridad; pero ahora son luz en el Señor. Por tanto, vivan como hijos de luz” (Ef 5.8 – RVC). Si Cristo nos rescató del dominio del pecado, vivamos, pues, consecuentes con ese llamado. Por eso dice Juan: “Si decimos que estamos bien con Dios pero seguimos viviendo en el pecado, estamos mintiendo pues no seguimos la verdad” (v. 6 – PDT). Llamarse hijo de Dios y permitir pecado en su vida es una incongruencia; es una contradicción en sí mismo. “Pero pastor, ¿acaso podemos ser perfectos? ¿Acaso usted nunca peca?” Sí, ¡demasiadas veces! Dios no exige perfección, sino no seguir viviendo en pecado. Sin Cristo, el revolcarnos en el fango del pecado era nuestra característica, nuestra condición, nuestra identidad. Cuando él entró a nuestra vida, nos sacó de este barro, nos limpió y nos colocó aparte (nos “santificó”) para servirle a él de ahora en adelante. Pero como seguimos viviendo en este mundo caído en que el pecado sigue presente, es imposible no volver a salpicarnos de vez en cuando. Pero son momentos aislados, no una condición constante de vida. Cada vez que nos salpicamos del pecado, nos dejamos limpiar nuevamente por el Señor. Pero el que empieza a tolerar las manchas en su vida, va sumando mancha sobre mancha, hasta no haber más diferencia con el que vive todavía en el pecado. Y si sigue llamándose hijo de Dios, Juan lo declara un mentiroso.
            Fíjense en la experiencia del rey David. Era una persona apasionada por Dios que no se cansaba de alabarlo y que no tenía la menor vergüenza de danzar y bailar alocadamente ante todo el público por amor a Dios. Pero ese hombre, que la Biblia califica como una persona con un corazón conforme a Dios, falló de lo más grave, cayendo en un abismo tras otro, cada vez más profundo. Se salpicó bien grave de pecado. Pero bastó una reprensión del profeta Natán, para que él se arrepintiera también tan profundamente como de profundo había sido su caída. Y Dios no solamente lo perdonó, sino extendió el reinado de David precisamente a través de esta unión con Betsabé que había empezado tan caóticamente. David cayó, sí, pero no vivió en la oscuridad. Su caída fue un hecho aislado, no una condición constante, un estilo de vida. Esa es la diferencia entre un hijo de Dios y un hijo de las tinieblas.
            Pero, en cambio, vivir en la luz, vivir una vida en santidad, vivir en comunión con Dios, tendrá dos consecuencias (v. 7): por un lado, estaremos también en comunión con todos los demás hermanos, hijos del mismo Padre celestial. Nuestra experiencia común nos unirá entre nosotros.
            La segunda consecuencia será que experimentaremos la limpieza espiritual por parte de Jesús. Esta es, en realidad, la condición para siquiera poder acceder a la luz. Sin la purificación por parte de Jesucristo es imposible acceder a la luz. El pecado es una barrera entre nosotros y Dios. El que cree que ese no es su problema, tiene un serio problema. Juan dice claramente que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (v. 8 – RVC). Otra versión dice: “Si alardeamos de no cometer pecado, somos unos ilusos y no poseemos la verdad” (BLPH). Ya el apóstol Pablo había declarado sin dejar lugar a dudas: “¡No hay ni uno solo que sea justo! … Todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios” (Ro 3.10, 23 – DHH). Esto es lo que Dios ha declarado. Si nosotros ahora le contradecimos, está su palabra contra la nuestra. Por eso dice Juan: “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso…” (v. 10 – BNP). Ya sabemos que lo que Dios determina es la verdad, diga el hombre lo que diga. Así que, nos guste o no, todos somos pecadores sin remedio. ¿Deprimente? Si la carta terminara aquí, ¡sí que lo sería! Pero por la gracia y misericordia de Dios Juan agrega la bendita esperanza del versículo 9: “Pero, si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (NTV). ¡Aleluya! La justicia de Dios requiere castigo del pecado. Pero como Cristo asumió ese castigo en nuestro lugar, muriendo por nuestros pecados, la fidelidad de Dios reconoce que la demanda de su justicia ya se cumplió y, por lo tanto, nos perdona si confesamos nuestros pecados y aceptamos la muerte sustitutiva de Cristo. Suena demasiado sencillo, ¿no? Sí, para nosotros lo es, porque Cristo ya ligó terriblemente en nuestro lugar. Para él no fue para nada sencillo. Pero gloria a Dios que tenemos ahora esta posibilidad de restablecer la comunión con él y llegar a ser hijos de luz.
            El ser hijos de luz no es un privilegio que hemos alcanzado como si fuera un premio. Tampoco es un fin en sí mismo. El ser hijos de luz conlleva automáticamente una responsabilidad: dejar brillar esa luz. Es algo automático, porque es imposible que no se note una luz que brilla. Si somos hijos de luz, no necesitamos hacer ningún esfuerzo sobrenatural adicional para intentar ser luz. La luna no hace ningún esfuerzo por reflejar la luz del sol. Simplemente está ahí, exponiéndose a los rayos del sol. Nosotros simplemente debemos vivir en la presencia de Dios, y su luz brillará automáticamente a través de nosotros. Lo que sí tenemos que cuidar es nuestra comunión y obediencia al Señor y que el pecado no opaque nuestra luz. ¿Se nota que eres hijo de luz? ¿Qué tal tu brillo?

Ver para creer









            Si hoy viniera alguien totalmente desconocido para todos, se presentara delante de nosotros y diría: “Yo soy cristiano.”, ¿le creerían? Si no, ¿qué debería suceder para que estén completamente seguros? Probablemente tendríamos que conocerlo más, observar su conducta, escuchar su testimonio, etc. Es decir, deberíamos poder ver para creer.
            Esta frase —ver para creer— viene del discípulo Tomás que dijo que, si no veía las marcas de la crucifixión en el cuerpo del Jesús supuestamente resucitado, no creería que sea él (Jn 20.25). Es la expresión de la incredulidad, de la falta de fe. Sin embargo, Jesús nos animó a algo similar. Él nos instruyó en el Sermón del Monte a examinar los frutos de una persona, las huellas que va dejando, para hacerse una imagen de si se trata de un cristiano verdadero o de un falso profeta (Mt 7.15-20). Ver para creer.
            El apóstol Juan nos dio indicaciones muy similares. Él escribió en una carta que analizaremos próximamente: “Amados, no crean a todo espíritu, sino pongan a prueba los espíritus, para ver si son de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn 4.1 – RVC). Necesariamente necesitamos ver para poder creerle a alguien que se presenta como cristiano.
            Hasta ahí creo que todos estaríamos de acuerdo. Es más, reforzaría nuestra desconfianza ya casi natural que solemos tener a todo(s) lo(s) desconocido(s). Pero hay todavía otro aspecto incluido en este “ver para creer”. Y ese aspecto nos ilustrará Pablo en el segundo capítulo de su carta a su colaborador Tito.

            FTito 2.1-15

            Ya en el capítulo anterior habíamos visto hace 15 días atrás que Pablo hace mucho énfasis en la sana doctrina. Él terminó el capítulo 1 hablando de personas que creían y enseñaban cualquier cosa, y para quienes todo era bien o era mal, según el anteojo con que miraban. Y concluyó diciendo: “Dicen conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan; son odiosos y rebeldes, incapaces de ninguna obra buena” (Tito 1.16 – DHH). No había congruencia entre lo que decían y lo que hacían. Por eso, al empezar el capítulo 2, Pablo señaló la diferencia que Tito debía marcar con su enseñanza: “Pero tú habla de lo que vaya de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2.1 – RVC). Los siguientes versículos, prácticamente el resto de la carta, serán una explicación de qué Pablo entiende por “sana doctrina”. Antes de entrar en esos detalles, ¿qué entenderíamos nosotros por “sana doctrina”? Si alguien me pidiera hacer una recopilación de la “sana doctrina”, quizás lo más breve y resumido que yo podría señalar o elaborar sería un tipo de credo: “Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios … Creemos en un Dios, Creador de todas las cosas…” O si no, empezaría a revisar los libros de teología sistemática para elaborar un documento de 200 páginas de lo que me parecería ser las doctrinas más importantes de la Biblia. Pero, ¿es eso lo que está haciendo Pablo aquí? ¿Es esa su “sana doctrina”? Leemos en el versículo 2: “Enseña a los hombres mayores a ejercitar el control propio, a ser dignos de respeto y a vivir sabiamente. Deben tener una fe sólida y estar llenos de amor y paciencia” (NTV). ¿Encontramos aquí algo que se parezca a un credo o a un libraco de Teología Sistemática? ¡No, en absoluto! Para Pablo, la sana doctrina, la fe, la vida cristiana no es algo teórico, sino es un estilo de vida. La fe se debe evidenciar en la forma de vida de la persona. Claro, para que una persona pueda vivir correctamente, es necesario enseñarle los principios básicos. Por eso, Pablo le exhorta a Tito a enseñar correctamente. Pero la fe no es algo teórico que se puede captar con la mente, sino es algo práctico que se debe poder captar con el ojo. Santiago lo describe así: “…así como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe que no produce obras está muerta” (Stg 2.26 – BLA). Santiago no niega la salvación por la fe. Eso es categórico: no se puede salvar haciendo el bien. Pero si esa fe no resulta en un cambio de conducta, uno puede tener serias dudas acerca de la supuesta fe de esa persona. Si dices ser cristiano, pero sigues viviendo exactamente igual que antes, entonces algo anda mal.
            Dios no nos salva sólo por salvarnos. Porque en tal caso, a todo el que acepta a Cristo como Señor y Salvador, él podría matarlo al instante para llevarlo a su presencia y disfrutar de un hijo más en el cielo. Él nos salva con el propósito de que vivamos aquí en este mundo y seamos un testimonio ambulante del poder transformador de Dios. Porque los demás también deben poder ver para creer. Esto lo dijo Pablo claramente en el versículo 14 de este capítulo: “…él [Jesús] se entregó a la muerte por nosotros para liberarnos de toda maldad y limpiarnos de todo pecado … para que seamos su propio pueblo, ocupado siempre en hacer buenas obras” (PDT). También en su carta a los efesios, Pablo deja bien en claro que somos salvos por la fe y no por obras, pero también que “…Dios … nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras” (Ef 2.10 – DHH). Si tú le presentas a los demás pura teoría acerca de un Dios todopoderoso, probablemente la mayoría no prestaría la menor atención. O podría contraargumentarte y refutar tus teorías con facilidad. Pero si tú les presentas una vida cambiada, nadie te lo puede negar porque es evidente. Las obras muestran hacia fuera lo que ha sucedido en nuestro interior. Así, los demás también pueden llegar a creer después de haber visto. No sólo tú necesitas ver para creer; los demás también necesitan poder ver en ti señales de la presencia de Dios para poder creer en ese Dios.
            ¿Qué es entonces lo que ellos deben poder ver? ¿De qué manera se expresará nuestra fe de manera correcta? Eso es lo que Pablo describe aquí. En el capítulo anterior, él puso exigencias muy altas para los pastores, ahora él habla de otros grupos de la iglesia, de modo que nadie “se salva”; nadie puede decir: “puedo vivir como me dé la gana, ya que a mí no me habló.”
            El primer grupo son los ancianos (por ahora todavía me salvé…). De ellos dice que demostrarán su fe siendo sobrios (v. 2). Esto no se refiere tanto a no estar borrachos, sino sobrio en su manera de pensar. Otras formas de traducir son: ser serios, juiciosos, moderados, estar alertas. Es decir, deben tener una mente fría y equilibrada. No les queda a los ancianos andar de una locura a la otra, como se podría ver por ejemplo en personas jóvenes. Deben ser emocional y mentalmente maduros, equilibrados. También dice que deben ser prudentes y respetables. Todo es expresión de una persona madura y equilibrada que controla bien sus reacciones.
            También deben ser sanos en la fe, en el amor y en la paciencia. Es decir, también espiritualmente deben ser personas maduras y equilibradas que no se dejan entusiasmar por cualquier nueva doctrina que aparezca por ahí. Saben lo que creen y son fieles a ello.
            Luego, Pablo da una descripción del estilo de vida de las ancianas. En esta iglesia no tenemos ancianos ni ancianas, sólo jóvenes con mayor acumulación de experiencia… Pero todos tenemos a nuestro lado a personas más jóvenes que nosotros, y debemos serles un ejemplo a los que nos siguen para que ellos puedan ver para creer.
            De las ancianas dice Pablo que deben ser reverentes. Eso quiere decir que sean respetuosas, dándole honor tanto a Dios como también al prójimo. No es alguien egoísta que quiere imponerse en todo momento, sino una persona que le da a cada uno su lugar debido.
            Además, deben ser personas que no son calumniadoras ni chismosas. Ambas descripciones tienen que ver con el uso de la lengua. Sabemos que las mujeres por naturaleza hablan más que los hombres. Dios las ha hecho así. Pero esa misma característica conlleva también un peligro si no es puesta bajo el control del Espíritu Santo. La calumnia y los chismes son comentarios de más que se hace acerca de otras personas y que pueden resultar ser sumamente dañinas. Así que, antes de abrir la boca para comentar algo acerca de una tercera persona, pregúntenle al Espíritu Santo si él aprueba que digan lo que están a punto de decir.
            Interesante es también que Pablo indica que las ancianas no deben ser “esclavas del vino” (v. 3). No creo que esto sea un problema o una tentación exclusiva de las mujeres mayores, sino para cualquier persona joven o adulta. A los efesios, Pablo escribió: “No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno…” (Ef 5.18 – NVI); “porque así echarán a perder su vida” (PDT); “los hace perder el control” (Kadosh); “el vino lleva al libertinaje” (BLA). Una vez más, Pablo busca una vida que demuestre estar bajo el control del Espíritu Santo. Eso hará que los demás vean y crean que efectivamente Dios obra en ellos.
            Estas mujeres mayores tienen también el deber de enseñar con su ejemplo a las más jóvenes a tener un estilo de vida acorde a los principios bíblicos. Por un lado, esta frase indica una responsabilidad de las mujeres ancianas. Pero por otro, señala lo que las mujeres más jóvenes deben hacer o deben poder incluir en su estilo de vida. Lo primero que deben aprender las mujeres más jóvenes es amar a los esposos y los hijos. Como las mujeres mayores ya han pasado por mil y una, ya han aprendido que el mundo no se acaba con la primera pelea conyugal o con la primera explosión de rebeldía del hijo adolescentes. Estos momentos, que son sumamente estresantes y desgastantes para las mujeres inexperimentadas, son oportunidades para las mujeres mayores para acompañar a las más jóvenes y fortalecer su fe para que puedan mirar más allá del aquí y el ahora. Así las más jóvenes no se hunden en la desesperación, haciendo que la desgracia final sea mayor que el problema original.
            También las mujeres jóvenes deben “…ser juiciosas, puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sujetas a sus esposos” (v. 5 – DHH). Todas son características de una persona que sabe ubicarse, que sabe pensar, y que sabe hacer lo correcto; es decir, una persona equilibrada, sujeta al Espíritu Santo, y un ejemplo en su conducta dentro y fuera de la casa.
            Luego les toca el turno a los varones jóvenes. Para ellos también encontramos un abanico de recomendaciones, según las diferentes traducciones de la Biblia: deben ser prudentes, tener buen juicio, tener dominio propio, ser responsables, ser equilibrados, ser moderados, pensar con sensatez, ser juiciosos, vivir sabiamente, ser respetuosos y controlar sus malos deseos. Todo esto encontramos en las diferentes traducciones del versículo 6. Por lo visto ha usado Pablo un verbo de difícil traducción o de un contenido muy rico en acepciones en el original. Pero todo apunta otra vez a un estilo de vida equilibrado, prudente, sin andar en macanas. Deben asentar cabeza y dejar atrás las locuras de la adolescencia. En todo esto, Tito debía serles un ejemplo. Y para lograrlo, su enseñanza debía ser íntegro. Es decir, lo que él enseñaba en palabras, ellos lo debían ver ejemplificado en su vida diaria. Algo parecido le había escrito Pablo también a su otro colaborador joven, Timoteo: “Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que tu palabra, tu conducta, tu amor, tu fe y tu limpio proceder te conviertan en modelo para los creyentes” (1 Ti 4.12 – BLPH). ¿Te considerarías un ejemplo, un modelo, para los demás? ¿Desearías que lleguen a ser como tú? A esto te desafía este texto.
            Esta enseñanza de Tito, tanto en palabras como en estilo de vida, debía ser tan claro e irreprochable, para que ninguna persona malintencionada pueda tener de qué acusarle. Ya lo mencioné la vez pasada: esto fue precisamente lo que sucedió en la vida de Daniel. Dice la Biblia: “…como Daniel era un hombre honrado, no le encontraron ninguna falta; por lo tanto no pudieron presentar ningún cargo contra él. Sin embargo, siguieron pensando en el asunto, y dijeron: «No encontraremos ningún motivo para acusar a Daniel, a no ser algo que tenga que ver con su religión» (Dn 6.4-5 – DHH). Si los que desean tu mal tienen que inventarse cualquier historia para poder hablar mal de ti, entonces estás en buen camino, estás viviendo la “sana doctrina”. Entonces estás cumpliendo la última bienaventuranza de Jesús en el Sermón del Monto: “Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras” (Mt 5.11 – DHH).
            Y el último grupo al que se refiere Pablo en este capítulo es el de los empleados. Y ahí entramos prácticamente todos. La Biblia habla aquí de siervos o, incluso, de esclavos, pero su equivalente más cercano hoy en día serían los empleados. ¿De qué manera ellos pueden mostrar la “sana doctrina” que rige sus vidas? Lo mostrarán al ser sumisos y obedientes, al ser amables, al tratar de complacer a los jefes, al no ser respondones, al no robarles sino demostrar ser totalmente honesto y digno de confianza (vv. 9-10). Un empleado, y más todavía un esclavo, está en una posición inferior y de dependencia de su amo, y por lo tanto no debe alzarse más de la cuenta. También el apóstol Pedro había ordenado algo similar: “Los empleados sométanse a sus patrones con todo respeto, no sólo a los bondadosos y amables, sino también a los de mal genio” (1 P 2.18 – BNP). Creo que todos tendríamos muchas historias que contar de lo difícil que es esto. Pero así es como uno va a causar una buena impresión y vivir la “sana doctrina”. O en palabras de Pablo: “…para mostrar en todo qué hermosa es la enseñanza de Dios nuestro Salvador” (v. 10 – DHH); “…harán que la enseñanza acerca de Dios nuestro Salvador sea atractiva en todos los sentidos” (NTV). Su buen comportamiento en su lugar de trabajo y su buena relación con sus jefes será una forma de evangelismo: sus jefes y sus colegas de trabajo podrán ver para creer; ver su sentido de responsabilidad ante Dios, por sobre todas las cosas, para que esto los invite a creer también en esa clase de Dios. Porque eso es en definitiva la voluntad de Dios para nosotros en esta tierra. Estamos aquí para mostrarle al mundo qué clase de Dios de amor y de misericordia tenemos, para que ellos, viendo nuestro testimonio, crean también en ese Dios. Por eso sigue diciendo Pablo: “…la gracia salvadora de Dios fue manifestada a todos los hombres” (v. 11 – BTX3). Ellos deben poder ver para creer; vernos a nosotros para creer en nuestro Dios. ¿Qué es lo que deben poder ver en nosotros? En el versículo 12, Pablo lo explica nuevamente, y hace prácticamente un resumen de todas las recomendaciones que les ha dado a los diferentes grupos de este capítulo: “Esa bondad de Dios nos enseña a renunciar a la maldad y a los deseos mundanos, y a llevar en el tiempo presente una vida de buen juicio, rectitud y piedad” (DHH). Por un lado, rechazar la maldad; rechazar los deseos mundanos; y, por otro lado, vivir con buen juicio, con rectitud, con piedad. Si haces esto, los demás van a poder ver para creer.
            Jesús ya había dicho lo mismo en el Sermón del Monte: “…que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos” (Mt 5.16 – RVC). Lo que los demás ven en ti, ¿les ayuda a creer en Dios y a glorificar el Padre?


martes, 3 de diciembre de 2019

Altas exigencias








            Hace algunos años atrás nos comentaron el caso de una iglesia que mi esposa y yo conocemos bien, y su pastor, al que también lo conocemos bien. En un momento, la frustración de este pastor llegó hasta tal punto, que en pleno culto dominical dijo: “¡Renuncio!”, se subió a su auto y se fue. Desde ese día, la iglesia estaba sin pastor.
            Yo no soy quién para evaluar el proceder del pastor, porque no dispongo de más detalles del caso. Sí que nos resultó muy llamativo, casi anecdótico. Si ustedes fueran parte de esa iglesia, teniendo que buscar ahora otro pastor, ¿en qué se fijarían? ¿Qué requisitos debería cumplir una persona para que pueda ser pastor de una iglesia? ¿Qué características buscarían en un posible candidato? Por cierto, ¿alguien de ustedes quisiera ser pastor? A lo mejor no les preocupa mucho este tema porque dicen que igual la iglesia madre pone el pastor para cada una de las IEBs. Sí, es cierto – por el momento. Pero esto no siempre será así. El objetivo es que las iglesias lleguen a ser tan maduras e independientes que puedan resolver estos casos por sí solas.
            El hermano Tito estaba ante esta difícil tarea de encontrar un pastor. Pero su situación era mucho más complicada todavía. Él no sólo tenía que elegir un pastor para una iglesia, sino para varias congregaciones en la isla Creta, donde su amigo y mentor Pablo lo había dejado con ese fin. Para que él tenga de qué guiarse, Pablo le escribió una breve carta en la cual, entre otras cosas, le orientó en cuanto a esta tarea delicada. Con esto arrancamos esta serie de predicaciones que nos llevará a través de varias de las cartas cortitas al final del Nuevo Testamento. Les invito entonces a buscar la carta de Pablo a Tito, y vamos a leer el capítulo 1.

            F Tito 1.1-16

            Este capítulo consta de tres secciones. La primera es la introducción típica de la época a todas las cartas. Pablo se presenta aquí como el remitente de esta carta, y se describe como “siervo de Dios y apóstol de Jesucristo” (v. 1 – DHH). Y también describe en breves palabras la misión de su vida: ayudar a otros a incrementar su fe y a crecer en su conocimiento de la verdad. Es decir, Pablo no se veía llamado a hacer sólo convertidos, sino seguidores, discípulos de Cristo; personas que reproducen en su día a día la persona y el ser de Cristo.
            Este saludo inicial típico incluye también el nombre del receptor, en este caso Tito, a quién él llama su “verdadero hijo en nuestra fe común” (v. 4 – RVC). Es que Tito era un cristiano griego que se había convertido por la predicación de Pablo en Antioquía de Siria. Desde entonces ha sido amigo, discípulo y fiel colaborador de Pablo. Recibió de su maestro varios encargos delicados, como este ahora de nombrar pastores para las iglesias de la isla de Creta (v. 5).
            Y con esto ya llegamos a la segunda sección de este capítulo: los requisitos para los ancianos, presbíteros u obispos, tres diferentes nombres que el Nuevo Testamento usa para el cargo de líder espiritual de una iglesia, lo que hoy llamamos “pastor”. Pablo dice que le dejó a Tito en Creta con esta misión: nombrar líderes en las iglesias de cada pueblo. Creta es una isla del mar Mediterráneo, al sudeste de Grecia. El libro de los Hechos no registra el trabajo que Pablo llevó a cabo en esta isla. Pero al seguir su viaje, él dejó a un colaborador muy cercano, a Tito, para que resolviera los problemas pendientes y busque líderes para las iglesias.
            Tratándose de la iglesia de Dios, y no de cualquier emprendimiento humano, el elegir líderes es cosa seria. Por eso, Pablo le dejó algunas instrucciones claras a Tito de cómo poder identificar a una persona idónea para ocupar esta función. Y los requisitos son elevados. En el versículo 6, Pablo dice que “un anciano debe llevar una vida irreprochable” (DHH). Otras versiones dicen: “que no se le pueda acusar de nada malo” (TLA); que debe tener “una reputación sin mancha” (PDT). Pablo no está hablando de perfección, porque esto no es posible. Pero sí está hablando de un testimonio intacto, que no se le pueda señalar con el dedo y poner en duda su vida cristiana. Debilidades todo ser humano las tiene, también los pastores. Si no lo creen, pregúntenle a mi esposa… Pero no debe haber nada tan grave que ponga en duda su amor y consagración al Señor.
            En segundo lugar, el pastor “debe ser esposo de una sola mujer” (v. 6 – DHH). Sobre esto se ha discutido mucho, tratando de identificar qué quiso decir Pablo con esto. Una explicación en la Biblia “Dios Habla Hoy” dice: “Esta expresión … probablemente debe entenderse en el sentido de no haberse casado por segunda vez, lo que supone una especial fidelidad al cónyuge.” Según esta explicación, se le podría dar a este texto también una interpretación menos probable, que sería no tener más que una esposa a la vez. En el Antiguo Testamento esto era común. Leemos de Abraham, Jacob, David, Salomón y otros que tenían varias esposas y concubinas. Pero en el Nuevo Testamento esto ya no era aprobado. En el caso de esta instrucción a Tito y otra muy parecida a Timoteo vemos que de los pastores se exige un nivel de vida y de pureza muy por encima de lo que se esperaría de otras personas. La razón de estas exigencias altas encontramos en el siguiente versículo: “el que preside la comunidad está encargado de las cosas de Dios, y por eso es necesario que lleve una vida irreprochable” (v. 7 – DHH). Es decir, no es una empresa humana, como ya dije, sino la propiedad de Dios. Por eso debe llevar una vida santa en todo aspecto de la vida, también en su vida matrimonial, para que ningún malintencionado tenga dónde agarrarle.
            Pero no es sólo la vida matrimonial que debe estar a este nivel, sino toda su vida familiar: “sus hijos deben ser creyentes y no estar acusados de mala conducta o de ser rebeldes” (v 6 – DHH). Está muy claro esto. SIN EMBARGO, quiero decir dos cosas al respecto de este punto. Primero, los hijos de pastores, de diáconos o de cualquier líder dentro de la iglesia son tan seres humanos como cualquier otro. Hay muchos casos de hijos de pastores que se fueron al mundo, pero con todo, porque no soportaron la presión a la cual se les sometió por ser hijos de personas en estos puestos. A veces son los propios padres que ejercen esa presión, otras veces viene de la iglesia. Los líderes son los padres, no sus hijos. Todos los hijos son iguales, sin importar qué cargo ocupan sus padres. Pero, ¿por qué entonces pone Pablo este requisito en cuanto a los hijos? Si los hijos son creyentes y muestran una buena conducta, aportan una gran ventaja al ministerio de los padres. Si un pastor y su esposa constantemente tuvieran que luchar y sufrir con el mal testimonio de sus hijos, estarían tremendamente limitados en su ministerio. Su mente y corazón estarían más enfocados en los hijos que en la iglesia, y no se sentirían con autoridad para llamar la atención a alguna otra familia de la iglesia, si fuere necesario. Pero si los hijos colaboran, estiran el carro, interceden por la iglesia, entonces hay sinergia, y la gracia de Dios fluye a través del ministerio de toda la familia.
            Y lo segundo que quiero decir es que los hijos, especialmente cuando son jóvenes —y mucho más cuando ya son mayores de edad— toman sus propias decisiones. Y esto es válido para cualquier familia cristiana: no se puede (¡y no se debe!) juzgar a los padres por el comportamiento de sus hijos. Conozco familias, en que los hijos han recibido el evangelio desde la cuna, pero que luego en su juventud se deciden por una vida lejos de Dios. ¿Fallaron los padres? No me animaría a afirmar esto. También conozco familias en que los padres no han sido un muy buen ejemplo que digamos, pero cuyos hijos son modelo de rectitud y de amor al Señor. ¿Logro de los padres? Probablemente no. Entonces, si bien Pablo llama la atención aquí sobre la vida familiar de los pastores, debemos entender que es un asunto muy amplio en el cual se deben considerar muchos factores. No es que cualquier metida de pata de los hijos ya inmediatamente anula el ministerio de los padres.
            Luego dice Pablo que un pastor o anciano no debe ser “soberbio ni iracundo” (v. 7 – RVC). Otras versiones dicen que “no debe ser autoritario ni de mal genio” (BLA), o que no debe ser egoísta. Bueno, creo que es hora que empaque mis maletas y me vaya del pastorado, porque ¿qué ser humano no es egoísta al por mayor? Pero es como yo dije al principio, que Pablo aquí no exige perfección. Por supuesto que cada pastor que hay en el mundo es también en algún momento egoísta, o se enoja alguna vez. Pero de que de vez en cuando le pase esto, a que sea una característica predominante de su personalidad son dos cosas muy diferentes. Alguien que es candidato a pastor debe ser consciente de sus debilidades y luchar contra ellas.
            Las siguientes características nos suenan muy creíbles, y estaríamos de acuerdo: “no debe ser borracho, ni amigo de peleas…” (v. 7 – DHH). Cualquier persona con problemas con la borrachera, o que es muy peleón, mostraría tener un problema grave de autodisciplina, y ya no calificaría para un cargo tan delicado como ser responsable por el pueblo de Dios.
            También la siguiente característica: “…ni desear ganancias mal habidas” (v. 7 – DHH) nos suena muy lógico. Pero cuántas personas, también pastores, sucumben ante esta tentación del dinero. Hay personas que dicen que el evangelio es gratis y que no se debería cobrar por predicarlo. No estoy de acuerdo con esta postura, ni encuentro indicios de ella en la Biblia. Más bien, la Biblia dice claramente que el obrero es digno de su salario. Pero lo que inhabilita a una persona para el pastorado es una sed desmedida por dinero, considerando válido cualquier medio con tal de saciar esa sed. Esto también revela un problema de personalidad, quizás también un problema de fe y confianza. Su enfoque no está en el reino de Dios, sino en el dinero; su vida no está controlada por el Dios del cielo, sino por el dios Mamón.
            En el siguiente versículo, Pablo destaca algunas cualidades positivas que un pastor sí debería tener en su vida. En primer lugar, debe tener la cualidad de la que hablamos el domingo pasado: ser hospitalario: “siempre debe estar dispuesto a hospedar gente en su casa” (v. 8 – DHH). Es decir, un pastor debe tener una casa y una mesa grande para recibir y atender a la gente que llega junto a él. Pero, por sobre todas las cosas, debe tener un corazón grande para brindar el amor que necesitan las personas que llegan en su casa.
            También dice Pablo que un líder de iglesia “debe … amar lo que es bueno. Debe vivir sabiamente y ser justo. Tiene que llevar una vida de devoción y disciplina” (v. 8 – NTV). Realmente las exigencias son altas, porque los desafíos en el pastorado son altos. Además, vuelvo a decir, se trata de administrar los asuntos de un Dios perfecto y tres veces santo.
            La siguiente característica es típica de las “cartas pastorales” (1 y 2 Timoteo, Tito): la sana doctrina. Pablo dice que un candidato a pastor debe estar fuertemente aferrada a la doctrina bíblica como se le enseñó (v. 9). No debe ser alguien que recorre YouTube para buscar la revelación más reciente que alguien pueda haber tenido. Un líder espiritual de nuestro país llamó esto hace poco una “prostitución teológica”: alguien que va detrás de cualquier corriente que encuentra en el Internet. Pablo lo llama “niño”: “Dejemos, pues, de ser niños … arrastrados a la deriva por cualquier doctrina seductora…” (Ef 4.14 – BLPH). Alguien que se alimenta espiritualmente de esa manera, no debería aspirar a querer alimentar a una congregación. Más bien debe ser estricto amante de toda la doctrina bíblica. El versículo 9 dice que el anciano “debe estar firmemente anclado en la verdadera doctrina…” (BLPH). Una versión diferente incluso lo ilustra muy gráficamente: “debe ser adicto a la doctrina auténtica…” (NBE) – por si quedaba todavía alguna duda de qué es lo que Pablo quiso decir. Así estará capacitado para poder enseñar a los demás las verdades bíblicas y poder señalar el error y corregir a los que no lo hacen. Quiero aclarar no más que no estoy en contra de mirar prédicas en YouTube o buscar material bíblico en Internet. En absoluto. Yo también lo hago. Pero no debe ser la única ni principal fuente de alimento doctrinal de un candidato a pastor.
            Y como muestra, Pablo pasa a hablar precisamente de los falsos maestros. El versículo 9 es el puente al tercer tema que aparece en este capítulo. Pablo se refiere en los últimos versículos especialmente a los judaizantes con quienes se ha enfrentado varias veces de manera bastante dura. Ellos iban detrás de él, confundiendo otra vez a los nuevos creyentes. Mientras que Pablo predicaba la fe en Cristo como único requisito para obtener la salvación, ellos enseñaban que debían cumplir primero la tradición judía antes de poder ser cristianos. Personas que no estaban todavía muy firmes en la fe quedaron tremendamente perturbados por estos maestros, sin saber a qué atenerse. Por eso dice Pablo que han trastornado a familias enteras (v. 11). Su instrucción es clara y contundente: “A esos hay que taparles la boca” (DHH); “es preciso reducirlos al silencio” (BLPH). No contentos todavía con enseñar errores y causar todo tipo de confusión en la gente, encima lucraban con eso. No sabemos de qué manera lo hacían, pero incumplían descaradamente dos requisitos que Pablo acaba de presentar para un anciano de la iglesia: no se atenían a la sana doctrina, y segundo, eran amantes de ganancias deshonestas. Así que, ¡aplazados! Incluso, uno de los mismos compueblanos cretenses, el poeta Epiménides, al que Pablo llama aquí “profeta”, no había tenido palabras muy elogiosas para su gente. Él había dicho: “Los de Creta son unos mentirosos, unos animales y unos perezosos que no dejan de comer” (v. 12 – PDT). Y Pablo dice: “Es la pura verdad. Por eso repréndelos con firmeza para mantenerlos en una fe sana” (v. 13 – BLA). Fíjense el objetivo que Pablo presenta aquí por qué Tito tenía que reprenderlos tan duramente: “para que sean sanos en la fe” (RVC). La reprensión no era para destruirlos o para demostrar que Tito tenía razón o, peor, que él tenía poder sobre los demás, sino para que ellos puedan darse cuenta de su error y regresar a la sana doctrina. La reprensión tendría fines terapéuticos, de recuperar al hermano errado, como lo habíamos aprendido también hace un tiempo atrás en las explicaciones del pastor Roberto acerca de Mateo 18.
            Pero que la reprensión no va a tener en todos el mismo efecto, Pablo lo deja claro con una declaración bastante dura: “Para los puros todas las cosas son puras; pero para los que son impuros y no aceptan la fe, nada hay puro, pues tienen impuras la mente y la conciencia” (v. 15 – DHH). Es decir, algunos se dejarán corregir, otros no cambiarán de opinión ni aunque les golpees la cabeza con la verdad. Pueden estrellarse contra la verdad y seguir negando que ella existe. ¿Por qué alguien podría ser tan terco? Pablo da la explicación: “tienen impuras la mente y la conciencia.” Han elegido ponerse un anteojo de color, y todo lo que ven tiene para ellos ese color. Se habrán encontrado ustedes con personas que están tan convencidos de algo, que todo lo que ocurre lo interpretan en esa dirección, y todo parece confirmar su punto de vista. Si creen que los demás están en su contra, ni la palabra más tierna y amable de esas personas llegará a tocar su corazón. Más bien van a creer que es una táctica malvada de hacerles daño a sus espaldas. ¿Saben cómo se llama eso? Prejuicios. Psicológicamente se refiere al prejuicio como un proceso mental que distorsiona la percepción. Todo lo que ocurre, lo percibe de manera distorsionada, como a través de un anteojo de color que le da a todo un tono diferente de lo que es en realidad. Se le atribuye al famoso Albert Einstein la siguiente frase: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.” Y yo diría como Pablo acerca del poeta cretense: ¡Es la pura verdad! Los que están casados habrán sufrido muchas veces ya por culpa de los prejuicios de uno hacia su cónyuge, o de su cónyuge hacia uno. Todo lo que la pareja hace, uno lo interpreta según los prejuicios que uno toma como la pura verdad. Lo mismo también en la iglesia y en la sociedad. ¡Y ay si alguien intenta convencerle de que está equivocado! Pero para quienes se han librado de estos prejuicios, quienes han tirado su anteojo que distorsiona la percepción de la realidad, todo lo que ocurre aporta luz y alegría a sus vidas. “Para los puros todas las cosas son puras; pero para los que son impuros y no aceptan la fe, nada hay puro…” Deja que el Espíritu Santo limpie la visión de tu corazón para poder ser puro y ver las cosas como son en realidad.
            ¿Alguien se ofrece para ser pastor? A Timoteo Pablo le escribió: “Si alguno anhela ser obispo, desea una buena obra” (1 Ti 3.1 – RVC). Ya sabe entonces qué le espera y qué características debe cultivar. Por eso, el pastorado depende únicamente del llamado. Sin un llamado claro de parte de Dios, es imposible ejercer esta función. Pero al que Dios llama, también lo capacita y lo sostiene y guía. Si alguien de ustedes sospecha de un llamado divino en esa dirección, le digo que está aspirando a algo muy noble, que se prepare, y que, si Dios y su iglesia confirman ese llamado, el Señor también lo va a sostener.
            Cuando revisé estos requisitos para un pastor, pensé: ‘¿Y no debería todo cristiano anhelar estas características? ¿O acaso los demás cristianos pueden tener varias esposas, pueden emborracharse o tener un hogar desastroso?’ La verdad que las características que hemos visto hoy se espera de todo cristiano. Ellas deben ser nuestra meta que buscamos alcanzar. Pero todavía estamos en el camino. Los que pueden guiar a los demás son los que ya avanzaron un poco más en este camino, y pueden mostrarles a los demás por dónde deben andar. Y estos son los que Pablo admite como líderes de una iglesia. Pero tanto ellos como todos los demás miembros seguimos avanzando. Nadie ha llegado todavía a la meta, ni remotamente, pero nos movemos hacia ella. Les voy a entregar un papelito con estos requisitos, y cada uno puede ponerse una nota del 1 al 10 para cada uno de ellos, a ver qué tal está: llevar una vida irreprochable; ser esposo de una sola mujer; una familia ordenada y respetada; no ser terco ni de mal genio; no ser borracho ni amigo de peleas, ni desear ganancias mal habidas; dispuesto a hospedar gente en su casa; ser una persona de bien, de buen juicio, justo, santo y disciplinado; estar aferrada a la verdad bíblica. Al revisar esta lista, ¿dónde te encuentras ahora mismo? ¿Qué nota te das a ti mismo en cada área? ¿Cuál de los puntos son tu fuerte? ¿En cuál estás más débil? ¿En cuál estás todavía aplazado? Estos puntos que quedan más atrás son los con que debes trabajar más duramente. ¿Qué decisión tomas ahora al respecto? ¿Qué vas a hacer para fortalecer estos puntos débiles? Son exigencias altas, pero nuestro Entrenador, el Espíritu Santo, nos quiere ayudar a poder poner nuestras marcas cada vez más altas. Pídele que él sea también tu entrenador.


La hospitalidad









“La hospitalidad”

#405
Lugar: IEB Costa Azul
Fecha: 17/11/2019
Texto: 1 Pedro 4.9 y otros
Objetivos:    Œ Que los oyentes sepan justificar la hospitalidad.
 Que sean hospitalarios.


            Si usted iría de visita a Bolivia —y más concretamente a Santa Cruz—, muy pronto encontraría en algún lado esta frase: “Es ley del cruceño la hospitalidad”. Esta frase proviene de un escrito del poeta cruceño Rómulo Gómez, publicado en 1928. “Es ley del cruceño la hospitalidad” se ha convertido en algo mucho más que sólo un poema. Ha llegado a ser casi parte de la identidad de un cruceño. Se lee y se escucha esta frase por todos lados. Y no es sólo una frase; es un estilo de vida. Ese trato hospitalario uno percibe en todo el departamento de Santa Cruz (que, dicho sea de paso, es casi tan grande que todo Paraguay). Por ejemplo, en el pueblo de mi suegra, en cualquier casa que uno llega, siempre, sin excepción, será invitado con alguna bebida típica o lo que la gente tenga a mano. Y si uno llega a la hora de la comida, no cabe la menor duda de que uno será invitado a sentarse a la mesa con la familia. Siempre hay para todos.
            Seguro que ustedes han conocido personas que, al llegar a su casa, les hacen sentir como si ellos los hayan estado esperando ansiosamente, aunque llegue sin avisar o, incluso, aunque nunca antes se hayan conocido. Son esas personas que parece que no se sienten bien si no tienen a alguien en su casa. Y si realmente sucede, quizás después de mucho tiempo, que realmente no tienen en casa a nadie ajeno a su familia, quizás respiren aliviados – por un día, pero al día siguiente ya estarán pensando otra vez a quién invitar para que los visite. Estas son las personas con el don de hospitalidad. Ese don, según el teólogo C. Peter Wagner, «es la habilidad especial dada por Dios a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para proveer una casa abierta y una bienvenida cálida a aquellos que están en necesidad de alimento y alojamiento.»
            Como dice esta definición, es una habilidad que tienen “ciertos miembros del cuerpo de Cristo”, pero no todos. Pero igual, según la Biblia, todos los cristianos somos llamados a ser hospitalarios cuando se nos dé la oportunidad. En obediencia al espíritu de la Palabra de Dios, fácilmente podríamos adaptar la frase del poeta boliviano y decir: “Es ley del cristiano la hospitalidad.” La Biblia nos exhorta a esto en varios pasajes. Por ejemplo, busquemos 1 Pedro 4.9, donde dice: “Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones” (NBLH). Otras versiones dicen: “Recíbanse el uno al otro en sus casas…” (Kadosh); “Abran las puertas de su hogar con alegría al que necesite un plato de comida o un lugar donde dormir” (NTV); “Bríndense mutuo hospedaje…” (RVC). Es decir, mutuamente, unos a otros, debemos recibirnos en nuestras casas con amabilidad y generosidad. ¿Fácil? No siempre. Me consuela que Pedro agrega aquí una frase: “sin murmuraciones”, “sin quejarse”, “no a regañadientes”. Es decir, Pedro es muy sincero al admitir que no siempre nos va a nacer una sonrisa desde lo profundo del alma al ver llegar a alguien, pero si no nace la sonrisa por sí sola, debemos producirla – y callarnos la boca (“sin quejarse”).
            ¿Por qué esta exhortación? La respuesta está en el versículo anterior: “Por sobre todas las cosas, ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados” (v. 8 – RVC). Si hay ese amor intenso, vamos a recibir a quien llegue a nuestra casa de buena gana, aunque por el momento quizás no sintamos ninguna gran emoción. La hospitalidad no es cuestión de sentimientos, sino de decisión, de un estilo de vida. El amor siempre busca lo mejor para la otra persona, y si esa otra persona necesita hospedaje, alimento o cualquier otra cosa, se lo vamos a dar si está en nuestras posibilidades.
            ¿Por qué a veces nos cuesta tanto ayudar al prójimo? Generalmente es por egoísmo. No estamos dispuestos a sacrificar nuestra privacidad, nuestra comodidad, nuestra comida, nuestro dinero, etc. Por eso nos cuesta tanto recibir a alguien en casa, a no ser que sea una persona muy querida y por un corto tiempo no más. Claro, también necesitamos de privacidad, de comodidad, etc. Ser hospitalario no significa que vamos a transformar nuestra casa en un albergue transitorio de quien pase en frente – y encima gratuito. Tenemos que evaluar si nuestra necesidad de descanso, de privacidad, de fortalecer los lazos en la familia, etc., no son mayores que las necesidades de la gente. Porque si nosotros nos desgastamos hasta lo último, tampoco seremos de bendición y ayuda al necesitado de afuera. Y no somos llamados a satisfacer todas las necesidades que hay a nuestro alrededor. ¡Es imposible! Pero estas ya son situaciones extremas. Si nunca quiero recibir a nadie, posiblemente sea más egoísmo que necesidad de privacidad. Y el antídoto perfecto para el egoísmo es el amor. El egoísmo se centra siempre en uno mismo: en sus beneficios, en sus deseos, en sus necesidades, etc. El amor se centra siempre primordialmente en el otro, en las necesidades de esa otra persona, y busca por todos los medios posibles satisfacer esas sus necesidades. Por eso es el versículo 8 tan básico para el tema de la hospitalidad, como también para cualquier otro servicio o don espiritual que podamos tener. Porque este tema continúa en los siguientes dos versículos: “Como buenos administradores de los diferentes dones de Dios, cada uno de ustedes sirva a los demás según lo que haya recibido. Cuando alguien hable, sean sus palabras como palabras de Dios. Cuando alguien preste algún servicio, préstelo con las fuerzas que Dios le da. Todo lo que hagan, háganlo para que Dios sea alabado por medio de Jesucristo, a quien pertenece la gloria y el poder para siempre. Amén” (vv. 10-11 – DHH). Si hay en nosotros ese amor intenso del versículo 8 que nos impulsa, cualquier don o habilidad que tengamos lo vamos a poner al servicio de los demás, y será de gran bendición para otros, así como nosotros seremos bendecidos por los dones y habilidades de los demás. No se trata de compararnos unos con otros, para ver quién le da más al otro, ni que unos les sirvan constantemente a los demás que sólo disfrutan, sino que interactuamos, cada uno con sus puntos fuertes y sus puntos débiles, y así los puntos fuertes de uno suplen las falencias del otro. Y juntos construimos iglesia.
            Este tema de la hospitalidad era un asunto muy importante entre los judíos. Por esto aparece en varios lugares de la Biblia. Por ejemplo, Pablo les escribe a los romanos: “Solidarícense con las necesidades de los creyentes; practiquen la hospitalidad” (Ro 12.13 – BLPH). Una nota explicativa de la Biblia Dios Habla Hoy dice: “La hospitalidad, considerada en todo el mundo antiguo como un deber sagrado, llegó a ser especialmente importante como vínculo entre los cristianos, tanto por la protección que ofrecía al viajero como por las oportunidades de compañerismo y estímulo mutuo” (DHH). En ese entonces, los viajes no eran tan rápidos y programados como hoy. Una distancia que hoy haríamos en menos de una hora podría durar a lo mejor días. Tampoco había teléfono o Internet como para reservar ya de antemano un lugar en un alojamiento en la ciudad a la que uno quería llegar. Así que, el viajero estaba totalmente pendiente de que alguien lo recoja en su casa. Si esto no se daba, él tendría que quedar en la calle a la intemperie, expuesto a todos los peligros que esto conllevaba. La hospitalidad era entonces un asunto casi de vida o muerte y uno de los deberes primordiales para el hijo de Dios; una manera de manifestar el amor de Dios que vivía en él. Por eso: “es ley del cristiano la hospitalidad”.
            Aun así, no siempre salía tan fluidamente del corazón de las personas el acoger a otros. Por eso Pedro advierte que uno lo tiene que hacer sin murmurar, como ya habíamos visto. Y el autor de la carta a los hebreos dice: “No se olviden de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (He 13.2 – NVI). Esto de hospedar a ángeles le pasó a Abraham cuando Dios lo visitó para anunciarle el nacimiento de un hijo y también del juicio sobre Sodoma y Gomorra.
            Estos mismos ángeles también le visitaron a Lot, y él los hospedó. Muestra de cuán importante era la hospitalidad para la gente y cuán alta la responsabilidad del que recibía a visitas en su casa es que Lot protegía a sus invitados con uñas y dientes, prefiriendo poner en peligro a su propia familia antes que ver amenazada la seguridad de sus huéspedes. Algo parecido ocurrió también con Rahab que protegía los espías de Josué que exploraron Jericó. Por eso dice el Salmo 23: “Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos…” (v. 5 – DHH). El hospedador estaba tan completamente comprometido con la seguridad de su invitado, que su casa se convertía casi en una burbuja impenetrable para los peligros. Podríamos compararlo con una embajada extranjera en la cual alguien encontró asilo político. Aunque las tropas del país en que se encuentren rodeen la embajada, no le pueden hacer nada porque él cuenta con la protección del gobierno representado por la embajada. Aunque los enemigos del salmista lo estén mirando con furia, él estaba totalmente despreocupado, disfrutando del banquete de su anfitrión, como si un muro invisible gigantesco lo separe de los enemigos. Y en verdad había un muro – que se llama hospitalidad.
            Otros de los tantos ejemplos de la hospitalidad que encontramos en la Biblia es Labán que recibió al siervo de Abraham (Gn 24); Reuel o Jetro que recibió a Moisés (Éx 2); Jesús que frecuentaba la casa de María, Martha y Lázaro; Pablo que se quedaba en la casa de quien lo recibiera en sus viajes misioneros. Se quedó, por ejemplo, en la casa de Aquila y Priscila y también en la casa de Lidia que casi llegó a obligarlos a Pablo, Silas y acompañantes a quedarse en su casa (Hch 16.15). Al recibir a un misionero en su casa, estas personas se convirtieron en colaboradores del Evangelio, porque su hospitalidad hacía posible que ellos desarrollen su ministerio de predicar la Palabra sin contratiempos.
            Hoy en día la situación es bastante diferente. El mundo con sus desarrollos se ha vuelto cada vez más individualista, y anímicamente nos estamos distanciando cada vez más unos de otros. También las necesidades hoy son diferentes, y el ritmo alocado que marca nuestra vida casi no nos permite concentrarnos en las necesidades de los demás. Estamos demasiado concentrados en cumplir con nuestra agenda. Pero si permitimos que el amor de Dios nos llene, y que este amor nos impulse a poner nuestros dones al servicio de los demás, entonces encontraremos muchas maneras de ser una bendición para otros. Si la hospitalidad servía como medio de protección para los demás, ¿qué puedes hacer hoy para proteger física, anímica o espiritualmente a otros? Andá reflexionando sobre esta pregunta en los próximos días. Y dirigí esta pregunta a Dios, pidiendo que él te revele momentos y maneras de poder proteger a otros. ¿Qué puedes hacer hoy para proteger física, anímica o espiritualmente a otros?
            Pero la hospitalidad también servía para la comunión, el compañerismo y la mutua edificación. Me darán la razón al decir que muchas de las conversaciones más profundas y edificantes que ustedes han tenido fueron alrededor de la mesa de alguien o con alguien, o con un tereré de por medio. Así que, aprovechemos estas oportunidades para visitarnos y edificarnos mutuamente. Pero ojo, no vayan ahora a la casa de cualquiera de los hermanos, diciendo: “El pastor dijo que debemos ser hospitalarios, así que ¿dónde está tu comida para invitarme?” No, no funciona así la cosa. La hospitalidad se disfruta, se regala; no se exige. Y doy gracias a Dios por varias familias de esta iglesia que yo podría señalar fácilmente que tienen ese tipo de corazón hospitalario para con otras personas.
            Es la ley del hijo de Dios la hospitalidad. Que el Señor nos ayude a cumplir esa ley, y de buena gana sin murmurar. ¡Quién sabe cuántos ángeles llegaremos a tener así en nuestra casa!

            Con esto llegamos al final de nuestra serie sobre el carácter y las relaciones interpersonales que empezamos en abril de este año con el fruto del Espíritu. El próximo domingo empezaremos un recorrido por algunos libros que poco se tiene en cuenta. Al final del Nuevo Testamento encontramos varias cartas muy cortitas, a veces de un solo capítulo. Con ellos nos ocuparemos en las próximas semanas y meses.