Si hoy viniera alguien totalmente
desconocido para todos, se presentara delante de nosotros y diría: “Yo soy
cristiano.”, ¿le creerían? Si no, ¿qué debería suceder para que estén
completamente seguros? Probablemente tendríamos que conocerlo más, observar su
conducta, escuchar su testimonio, etc. Es decir, deberíamos poder ver para
creer.
Esta frase —ver para creer— viene
del discípulo Tomás que dijo que, si no veía las marcas de la crucifixión en el
cuerpo del Jesús supuestamente resucitado, no creería que sea él (Jn 20.25). Es
la expresión de la incredulidad, de la falta de fe. Sin embargo, Jesús nos
animó a algo similar. Él nos instruyó en el Sermón del Monte a examinar los
frutos de una persona, las huellas que va dejando, para hacerse una imagen de
si se trata de un cristiano verdadero o de un falso profeta (Mt 7.15-20). Ver
para creer.
El apóstol Juan nos dio indicaciones
muy similares. Él escribió en una carta que analizaremos próximamente: “Amados,
no crean a todo espíritu, sino pongan a prueba los espíritus, para ver si son
de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn 4.1 –
RVC). Necesariamente necesitamos ver para poder creerle a alguien que se
presenta como cristiano.
Hasta ahí creo que todos estaríamos
de acuerdo. Es más, reforzaría nuestra desconfianza ya casi natural que solemos
tener a todo(s) lo(s) desconocido(s). Pero hay todavía otro aspecto incluido en
este “ver para creer”. Y ese aspecto nos ilustrará Pablo en el segundo capítulo
de su carta a su colaborador Tito.
FTito 2.1-15
Ya en el capítulo anterior habíamos
visto hace 15 días atrás que Pablo hace mucho énfasis en la sana doctrina. Él
terminó el capítulo 1 hablando de personas que creían y enseñaban cualquier
cosa, y para quienes todo era bien o era mal, según el anteojo con que miraban.
Y concluyó diciendo: “Dicen conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan;
son odiosos y rebeldes, incapaces de ninguna obra buena” (Tito 1.16 – DHH).
No había congruencia entre lo que decían y lo que hacían. Por eso, al empezar
el capítulo 2, Pablo señaló la diferencia que Tito debía marcar con su
enseñanza: “Pero tú habla de lo que vaya de acuerdo con la
sana doctrina” (Tito 2.1 – RVC). Los siguientes versículos, prácticamente
el resto de la carta, serán una explicación de qué Pablo entiende por “sana
doctrina”. Antes de entrar en esos detalles, ¿qué entenderíamos nosotros por
“sana doctrina”? Si alguien me pidiera hacer una recopilación de la “sana doctrina”,
quizás lo más breve y resumido que yo podría señalar o elaborar sería un tipo
de credo: “Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios … Creemos en un Dios,
Creador de todas las cosas…” O si no, empezaría a revisar los libros de
teología sistemática para elaborar un documento de 200 páginas de lo que me
parecería ser las doctrinas más importantes de la Biblia. Pero, ¿es eso lo que
está haciendo Pablo aquí? ¿Es esa su “sana doctrina”? Leemos en el versículo 2:
“Enseña a los hombres mayores a ejercitar el control propio, a ser dignos de
respeto y a vivir sabiamente. Deben tener una fe sólida y estar llenos de amor
y paciencia” (NTV). ¿Encontramos aquí algo que se parezca a un credo o a un
libraco de Teología Sistemática? ¡No, en absoluto! Para Pablo, la sana
doctrina, la fe, la vida cristiana no es algo teórico, sino es un estilo de
vida. La fe se debe evidenciar en la forma de vida de la persona. Claro, para
que una persona pueda vivir correctamente, es necesario enseñarle los
principios básicos. Por eso, Pablo le exhorta a Tito a enseñar correctamente.
Pero la fe no es algo teórico que se puede captar con la mente, sino es algo
práctico que se debe poder captar con el ojo. Santiago lo describe así: “…así
como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe que no produce obras
está muerta” (Stg 2.26 – BLA). Santiago no niega la salvación por la fe.
Eso es categórico: no se puede salvar haciendo el bien. Pero si esa fe no
resulta en un cambio de conducta, uno puede tener serias dudas acerca de la supuesta
fe de esa persona. Si dices ser cristiano, pero sigues viviendo exactamente
igual que antes, entonces algo anda mal.
Dios no nos salva sólo por
salvarnos. Porque en tal caso, a todo el que acepta a Cristo como Señor y
Salvador, él podría matarlo al instante para llevarlo a su presencia y
disfrutar de un hijo más en el cielo. Él nos salva con el propósito de que
vivamos aquí en este mundo y seamos un testimonio ambulante del poder
transformador de Dios. Porque los demás también deben poder ver para creer. Esto
lo dijo Pablo claramente en el versículo 14 de este capítulo: “…él
[Jesús] se entregó a la muerte por nosotros para liberarnos de toda maldad y
limpiarnos de todo pecado … para que seamos su propio pueblo, ocupado siempre
en hacer buenas obras” (PDT). También en su carta a los efesios, Pablo deja
bien en claro que somos salvos por la fe y no por obras, pero también que “…Dios
… nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras” (Ef 2.10 –
DHH). Si tú le presentas a los demás pura teoría acerca de un Dios
todopoderoso, probablemente la mayoría no prestaría la menor atención. O podría
contraargumentarte y refutar tus teorías con facilidad. Pero si tú les
presentas una vida cambiada, nadie te lo puede negar porque es evidente. Las
obras muestran hacia fuera lo que ha sucedido en nuestro interior. Así, los
demás también pueden llegar a creer después de haber visto. No sólo tú
necesitas ver para creer; los demás también necesitan poder ver en ti señales
de la presencia de Dios para poder creer en ese Dios.
¿Qué es entonces lo que ellos deben
poder ver? ¿De qué manera se expresará nuestra fe de manera correcta? Eso es lo
que Pablo describe aquí. En el capítulo anterior, él puso exigencias muy altas
para los pastores, ahora él habla de otros grupos de la iglesia, de modo que
nadie “se salva”; nadie puede decir: “puedo vivir como me dé la gana, ya que a
mí no me habló.”
El primer grupo son los ancianos
(por ahora todavía me salvé…). De ellos dice que demostrarán su fe siendo
sobrios (v. 2). Esto no se refiere tanto a no estar borrachos, sino sobrio en
su manera de pensar. Otras formas de traducir son: ser serios, juiciosos,
moderados, estar alertas. Es decir, deben tener una mente fría y equilibrada.
No les queda a los ancianos andar de una locura a la otra, como se podría ver
por ejemplo en personas jóvenes. Deben ser emocional y mentalmente maduros,
equilibrados. También dice que deben ser prudentes y respetables. Todo es
expresión de una persona madura y equilibrada que controla bien sus reacciones.
También deben ser sanos en la fe, en
el amor y en la paciencia. Es decir, también espiritualmente deben ser personas
maduras y equilibradas que no se dejan entusiasmar por cualquier nueva doctrina
que aparezca por ahí. Saben lo que creen y son fieles a ello.
Luego, Pablo da una descripción del
estilo de vida de las ancianas. En esta iglesia no tenemos ancianos ni
ancianas, sólo jóvenes con mayor acumulación de experiencia… Pero todos tenemos
a nuestro lado a personas más jóvenes que nosotros, y debemos serles un ejemplo
a los que nos siguen para que ellos puedan ver para creer.
De las ancianas dice Pablo que deben
ser reverentes. Eso quiere decir que sean respetuosas, dándole honor tanto a
Dios como también al prójimo. No es alguien egoísta que quiere imponerse en
todo momento, sino una persona que le da a cada uno su lugar debido.
Además, deben ser personas que no
son calumniadoras ni chismosas. Ambas descripciones tienen que ver con el uso
de la lengua. Sabemos que las mujeres por naturaleza hablan más que los
hombres. Dios las ha hecho así. Pero esa misma característica conlleva también
un peligro si no es puesta bajo el control del Espíritu Santo. La calumnia y
los chismes son comentarios de más que se hace acerca de otras personas y que
pueden resultar ser sumamente dañinas. Así que, antes de abrir la boca para
comentar algo acerca de una tercera persona, pregúntenle al Espíritu Santo si
él aprueba que digan lo que están a punto de decir.
Interesante es también que Pablo
indica que las ancianas no deben ser “esclavas del vino” (v. 3). No creo que
esto sea un problema o una tentación exclusiva de las mujeres mayores, sino
para cualquier persona joven o adulta. A los efesios, Pablo escribió: “No se
emborrachen con vino, que lleva al desenfreno…” (Ef 5.18 – NVI); “porque
así echarán a perder su vida” (PDT); “los hace perder el control”
(Kadosh); “el vino lleva al libertinaje” (BLA). Una vez más, Pablo busca
una vida que demuestre estar bajo el control del Espíritu Santo. Eso hará que los
demás vean y crean que efectivamente Dios obra en ellos.
Estas mujeres mayores tienen también
el deber de enseñar con su ejemplo a las más jóvenes a tener un estilo de vida
acorde a los principios bíblicos. Por un lado, esta frase indica una responsabilidad
de las mujeres ancianas. Pero por otro, señala lo que las mujeres más jóvenes
deben hacer o deben poder incluir en su estilo de vida. Lo primero que deben
aprender las mujeres más jóvenes es amar a los esposos y los hijos. Como las
mujeres mayores ya han pasado por mil y una, ya han aprendido que el mundo no
se acaba con la primera pelea conyugal o con la primera explosión de rebeldía
del hijo adolescentes. Estos momentos, que son sumamente estresantes y
desgastantes para las mujeres inexperimentadas, son oportunidades para las
mujeres mayores para acompañar a las más jóvenes y fortalecer su fe para que
puedan mirar más allá del aquí y el ahora. Así las más jóvenes no se hunden en
la desesperación, haciendo que la desgracia final sea mayor que el problema
original.
También las mujeres jóvenes deben “…ser
juiciosas, puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sujetas a sus esposos”
(v. 5 – DHH). Todas son características de una persona que sabe ubicarse, que
sabe pensar, y que sabe hacer lo correcto; es decir, una persona equilibrada,
sujeta al Espíritu Santo, y un ejemplo en su conducta dentro y fuera de la
casa.
Luego les toca el turno a los
varones jóvenes. Para ellos también encontramos un abanico de recomendaciones,
según las diferentes traducciones de la Biblia: deben ser prudentes, tener buen
juicio, tener dominio propio, ser responsables, ser equilibrados, ser
moderados, pensar con sensatez, ser juiciosos, vivir sabiamente, ser
respetuosos y controlar sus malos deseos. Todo esto encontramos en las diferentes
traducciones del versículo 6. Por lo visto ha usado Pablo un verbo de difícil
traducción o de un contenido muy rico en acepciones en el original. Pero todo
apunta otra vez a un estilo de vida equilibrado, prudente, sin andar en
macanas. Deben asentar cabeza y dejar atrás las locuras de la adolescencia. En
todo esto, Tito debía serles un ejemplo. Y para lograrlo, su enseñanza debía
ser íntegro. Es decir, lo que él enseñaba en palabras, ellos lo debían ver
ejemplificado en su vida diaria. Algo parecido le había escrito Pablo también a
su otro colaborador joven, Timoteo: “Que nadie te menosprecie por ser joven.
Al contrario, que tu palabra, tu conducta, tu amor, tu fe y tu limpio proceder
te conviertan en modelo para los creyentes” (1 Ti 4.12 – BLPH). ¿Te
considerarías un ejemplo, un modelo, para los demás? ¿Desearías que lleguen a
ser como tú? A esto te desafía este texto.
Esta enseñanza de Tito, tanto en
palabras como en estilo de vida, debía ser tan claro e irreprochable, para que
ninguna persona malintencionada pueda tener de qué acusarle. Ya lo mencioné la
vez pasada: esto fue precisamente lo que sucedió en la vida de Daniel. Dice la
Biblia: “…como Daniel era un hombre honrado, no le encontraron ninguna
falta; por lo tanto no pudieron presentar ningún cargo contra él. Sin embargo,
siguieron pensando en el asunto, y dijeron: «No encontraremos ningún motivo
para acusar a Daniel, a no ser algo que tenga que ver con su religión» (Dn
6.4-5 – DHH). Si los que desean tu mal tienen que inventarse cualquier historia
para poder hablar mal de ti, entonces estás en buen camino, estás viviendo la
“sana doctrina”. Entonces estás cumpliendo la última bienaventuranza de Jesús
en el Sermón del Monto: “Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los
maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras”
(Mt 5.11 – DHH).
Y el último grupo al que se refiere
Pablo en este capítulo es el de los empleados. Y ahí entramos prácticamente
todos. La Biblia habla aquí de siervos o, incluso, de esclavos, pero su
equivalente más cercano hoy en día serían los empleados. ¿De qué manera ellos
pueden mostrar la “sana doctrina” que rige sus vidas? Lo mostrarán al ser
sumisos y obedientes, al ser amables, al tratar de complacer a los jefes, al no
ser respondones, al no robarles sino demostrar ser totalmente honesto y digno
de confianza (vv. 9-10). Un empleado, y más todavía un esclavo, está en una
posición inferior y de dependencia de su amo, y por lo tanto no debe alzarse
más de la cuenta. También el apóstol Pedro había ordenado algo similar: “Los
empleados sométanse a sus patrones con todo respeto, no sólo a los bondadosos y
amables, sino también a los de mal genio” (1 P 2.18 – BNP). Creo que todos
tendríamos muchas historias que contar de lo difícil que es esto. Pero así es como
uno va a causar una buena impresión y vivir la “sana doctrina”. O en palabras
de Pablo: “…para mostrar en todo qué hermosa es la enseñanza de Dios nuestro
Salvador” (v. 10 – DHH); “…harán que la enseñanza acerca de Dios nuestro
Salvador sea atractiva en todos los sentidos” (NTV). Su buen comportamiento
en su lugar de trabajo y su buena relación con sus jefes será una forma de
evangelismo: sus jefes y sus colegas de trabajo podrán ver para creer; ver su
sentido de responsabilidad ante Dios, por sobre todas las cosas, para que esto
los invite a creer también en esa clase de Dios. Porque eso es en definitiva la
voluntad de Dios para nosotros en esta tierra. Estamos aquí para mostrarle al
mundo qué clase de Dios de amor y de misericordia tenemos, para que ellos,
viendo nuestro testimonio, crean también en ese Dios. Por eso sigue diciendo
Pablo: “…la gracia salvadora de Dios fue manifestada a todos los hombres”
(v. 11 – BTX3). Ellos deben poder ver para creer; vernos a nosotros para creer
en nuestro Dios. ¿Qué es lo que deben poder ver en nosotros? En el versículo
12, Pablo lo explica nuevamente, y hace prácticamente un resumen de todas las
recomendaciones que les ha dado a los diferentes grupos de este capítulo: “Esa
bondad de Dios nos enseña a renunciar a la maldad y a los deseos mundanos, y a
llevar en el tiempo presente una vida de buen juicio, rectitud y piedad”
(DHH). Por un lado, rechazar la maldad; rechazar los deseos mundanos; y, por
otro lado, vivir con buen juicio, con rectitud, con piedad. Si haces esto, los
demás van a poder ver para creer.
Jesús ya había dicho lo mismo en el
Sermón del Monte: “…que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que
todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos”
(Mt 5.16 – RVC). Lo que los demás ven en ti, ¿les ayuda a creer en Dios y a
glorificar el Padre?
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