martes, 30 de julio de 2019

Tu jarrita de aceite






            Ustedes saben que como iglesia hemos elegido como proyecto del año comprar un nuevo equipo de sonido. Varias actividades ya se han hecho para recaudar fondos para este fin. Nuestra visión es tener este año todavía aquí un nuevo equipo funcionando.
            Pero díganme, ¿qué suele ser mayor, la visión o los recursos? Generalmente hay más visión que recursos. Excepto cuando Moisés quiso levantar el tabernáculo, él tuvo que prohibirle al pueblo seguir ofrendando, porque ya había demasiados materiales. Pero hasta ahora nunca he tenido que tomar esta medida en ningún lugar.
            Siempre decimos que la iglesia es obra de Dios, que Dios es el dueño de la iglesia. ¿Y cómo son los recursos de Dios? Bueno, la Biblia dice que él es el dueño de todo el oro y la plata (Hag 2.8). Es más, Apocalipsis dice que Dios usa el oro para pavimentar las calles de la nueva Jerusalén… (Ap 21.21). Y si Dios tiene tantos recursos ilimitados, ¿cómo creen ustedes que éstos llegan a su iglesia? Siempre es a través de las personas. Las personas somos el canal, la tubería, a través de la cual fluyen los caudales de la provisión de Dios a su iglesia. Pero, ¿saben qué? Esas tuberías, en muchos de los casos tienen roturas a través de las cuales se pierde gran parte de estas provisiones. Esas roturas se llaman “deudas”. Las deudas, y especialmente los intereses que se paga por ellas, es plata perdida que no llega al destino que Dios le había indicado. Con razón que él llama “ladrones” a su pueblo al no presentar sus diezmos y ofrendas en el altar (Mal 3.8). Para darles un ejemplo concreto, averigüé algunos precios. En cierto negocio, cierta marca y modelo de heladera cuesta al contado Gs. 1.120.000. Si uno la quiere comprarla en 25 cuotas, termina pagando Gs 1.750.000. Esto es una diferencia de Gs 630.000 entre el precio al contado y el precio a cuotas – 56,25% del valor original. O sea, terminas pagando una heladera y media. ¿Y quién te devuelve esos 630.000 Gs que le regalaste al dueño del negocio? ¿Y qué si Dios quería que los utilizaras para bendecir a algún hermano o para aportarlo para la compra de un equipo de sonido de la iglesia? Si Dios un día te dijera: “Quiero que este domingo ofrendes 630.000 Gs.”, ¿estarías dispuesto a poner esa cantidad en la bolsa de las ofrendas? Pero sí no tienes ningún inconveniente entregar esta cantidad a un comerciante, ¿no es cierto? ¿Me entienden a qué me refiero con la fuga de provisión divina para su iglesia? ¿Saben cómo se llama esto en el mundo económico? Es desfalco o malversación de fondos. Esto se refiere a “apropiarse de fondos que debían custodiarse o administrarse. … Un desfalco se produce cuando una persona se apropia de algo de manera indebida. Quien comete el desfalco realiza un fraude al no cumplir con las obligaciones de custodia que tenía sobre los valores en cuestión.” (https://definicion.de/desfalco/) Si el desfalco es considerado delito en el reino humano, ¿cómo sería considerado en el reino de Dios?
            Comprar algo a cuotas es hacer un préstamo, tomar un crédito. Sólo que, en vez de retirar dinero de un banco o un prestamista, estás retirando un objeto de algún negocio. Pero es la misma cosa. Hacer un préstamo no necesariamente es malo en todos los casos. Los asesores financieros cristianos distinguen entre varios tipos de préstamos. Hay créditos que se sacan para comprar un inmueble (casa o terreno) o para hacer una inversión en algo que empezará a generar dinero. Estos son créditos que pueden ser buenos y aceptables cuando se procede con mucha sabiduría y guiados por el Señor. Pero si uno puede prescindir de ellos, siempre es mejor. Y lo que se debe evitar a toda costa son créditos para la compra de cualquier objeto de consumo, viajes, comodidades, etc. Este tipo de préstamos son los que causan los grandes huecos en la tubería de provisión divina.
            Alguien me puede decir ahora: “Sí, está bien, entiendo esto, y no quiero tomar ningún préstamo más. Pero la verdad es que estoy hasta el cogote hundido en préstamos y deudas que ya contraje anteriormente. ¿Cómo me zafo de ellas?” Bueno, antes de cualquier otra cosa que puedas hacer es imprescindible que confieses este pecado al Señor, le pidas perdón por haber sido tan negligente —quizás porque nadie te había enseñado esto antes—, y le pidas que te ayude a liberarte de esta soga que te pusiste a tu propio cuello.
            Luego, tienes que dar varios pasos que finalmente te llevarán a estar libre de las deudas. El primero de estos pasos consiste en aplicar dos principios que te quiero ilustrar con una historia que encontramos en la Biblia. Busquen en sus Biblias 2 de Reyes 4, a partir del versículo 1.

            F2 R 4.1-7

            Encontramos aquí a una mujer en una situación desesperante. No sólo se había quedado viuda, desamparada totalmente, sino también endeudada. Y esto lo aprovecharon los acreedores para hacer leña del árbol caído. La Biblia no especifica la razón o el origen de la deuda. El hecho es que ella amenazaba con destruir a esta pobre mujer y sus hijos, convirtiéndolos en esclavos a cambio de la deuda. En su desesperación, ella se dirigió al profeta Eliseo. Eliseo era como la voz de Dios en la tierra. Más que descargar su aflicción ante alguien, esta mujer buscaba a Dios.
            Y Eliseo reacciona como diciendo: “¿Ha upéi? ¿Qué tengo que ver yo con tu deuda? No puedo pagarla por ti.” Pero luego él la lleva a un principio mucho más grande que andar buscando a algún Papá Noel que le pueda pagar su deuda. Él le pregunta a esta mujer: “¿…qué tienes en tu casa” (v. 2 – RV95)? Este es un principio que se ha mencionado ya varias veces aquí en la iglesia. Para solucionar tus problemas, no mires afuera, buscando quién lo podría solucionar por ti. Mírate a ti mismo y tus recursos. Dios también le preguntó a Moisés qué era lo que tenía en su mano. Y su bastón fue un instrumento a través del cual Dios ha hecho grandes maravillas una y otra vez. Elías le preguntó a la viuda de Sarepta qué era lo que tenía. Y tenía un poquito de aceite y de harina. Y con esto ellos sobrevivieron por casi 3 años. Jesús preguntó a sus discípulos qué es lo que tenían. Y tenían 5 panes y 2 peces. Y esto fue suficiente para alimentar a miles de personas. ¿Qué tienes en tu casa?
            La viuda de este relato era igual a todos nosotros. Si miras los recursos que tienes a tu alcance para solucionar tu problema, probablemente dirás lo mismo que esta mujer: “NO TENGO NADA…” (v. 2 – NTV). Siempre vemos primero todo aquello que no tenemos. A la segunda mirada seguimos no viendo nada. Y frecuentemente dejamos de mirar, porque suponemos que nunca no habrá nada. Lloramos por todas las oportunidades que tienen otros, pero que nunca jamás tocan nuestra puerta. ¿Saben qué? Puede ser cierto que nunca nos tocaron oportunidades tan brillantes como a los demás que parecían haberles caído del cielo. Pero más a menudo de lo que tú crees, esas oportunidades no se les cayeron del cielo, sino que ellos mismos las crearon. Se prepararon de tal modo que estaban en condiciones de aprovecharlas cuando aparezcan.
            Bueno, volviendo a nuestra historia, la viuda creía no tener nada; por lo menos nada que pueda hacer alguna diferencia en este problema tan enorme y agobiante que pesaba sobre ella. Se acordaba de tener un jarrito de aceite, pero casi le daba vergüenza mencionarlo. Más bien pensaba como los discípulos: “¿…qué es esto para tanta gente” (Jn 6.9 – RVC)? ¿Qué es esto para tanta deuda? ¿Qué es una aguja, qué es un destornillador, un bolígrafo, una moto maltrecha, un kilo de harina… (y sigan ustedes con sus propios “jarritos de aceite” que tienen en su casa) ante tanta necesidad?
            Pero para el profeta esto era suficiente. Con esto se cumplió el primer principio: identificar los recursos disponibles, sin mirar su tamaño. Es más, tus recursos probablemente nunca serán grandes, porque si lo fueran, no estarías en la situación angustiante en que estás. El demonio Mamón, del que hablamos hace algunas semanas atrás, te hace medir con medidas humanas. Por eso ni te das cuenta de lo que tienes.
            Pero ahora viene el segundo principio, y que es mucho más grande que el primero. Es el principio que marcará la diferencia en la vida de esta viuda, ¡y en la tuya también! Primero Eliseo le ordena hacer algo insólito: prestarse del vecindario todos los recipientes que pueda encontrar. La mujer no habrá entendido ni jota, pero aparentemente obedeció sin cuestionar. Es que los milagros de Dios siempre salen fuera de lo natural, fuera de toda lógica humana. Si no fuera así, no serían milagros. Esta mujer no se quedó sentada con los brazos cruzados y llorando lágrimas de cocodrilo por las oportunidades que no tuvo. Hizo algo. Y cuando ella había juntado todos los recipientes que pudo encontrar, Eliseo le ordenó dar el siguiente paso: llenar los recipientes con el aceite en su jarrita. ¿Una locura? ¡Absolutamente! Sospecho que en su interior esta viuda ya habrá marcado el número del Neuropsiquiátrico para que vayan a llevarse a Eliseo. Si el aceite que tenía era tan poco que cabía en una jarrita, ¿cómo iba llenar entonces a todos los recipientes? Pero nuevamente, ella obedeció sin cuestionar, ¡y el milagro ocurrió!
            ¿Cuál es este segundo principio que le enseñó el profeta Eliseo? Presten mucha atención, porque puede hacer un cambio radical en su vida. El principio es este: “Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural.” ¿O creen que el caso de esta viuda es un caso aislado, que en la vida de ustedes jamás se va a repetir? Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural. Era natural para Moisés tirar un palo al piso. Y Dios hizo lo sobrenatural de convertirlo en serpiente, como una señal del poder de Dios ante el pueblo y ante el Faraón. Era natural para Pedro bajarse de una canoa y caminar. Todos los días él subía y bajaba de las canoas, porque era pescador. Todos los días él caminaba. Pero Jesús hizo lo sobrenatural que el agua lo pueda sostener y Pedro pueda caminar sobre el agua. Era natural para un niño pasarle algo de comida a otra persona, y Jesús usó esto que le dio el niño para alimentar a miles de personas. Era natural para David tirar piedras con su onda, pero Dios hizo lo sobrenatural de acertarle de tal forma a Goliat que éste se cayó muerto al suelo. ¿Necesitan más ejemplos? Búsquenlos en sus Biblias. Haz lo natural, y Dios hará lo sobrenatural. El problema es que lo natural es tan natural para nosotros, que no creemos que esto podría hacer alguna diferencia. No vemos las posibilidades sobrenaturales que podrían ocurrir. Pero pídanle a Dios que les abra los ojos para que puedan ver qué de lo natural de ustedes él quiere tomar para hacer lo sobrenatural.
            ¿Y no podría hacer Dios lo sobrenatural por sí sólo? Podría, pero no es así como funciona. Dios puede multiplicar lo que le damos, pero se lo tenemos que dar primero. Si no le damos nada, él está como con las manos atadas. 15.000 x 0, ¿cuánto es? 0. 15.000 x 1, ¿cuánto es? 15.000. ¿Ven la diferencia? ¿Qué prefieren, 0 o 15.000? Bastó un solo almuerzo para dar de comer a 15.000 personas. Dios tiene suficientes recursos para solucionar todos tus problemas, pero tienes que dar un paso primero. Hace rato pregunté qué es un kilo de harina. Pregúntenle a Wilbert, a Rogelio y Maggi, a su pastor, qué es un kilo de harina para ellos. Pregúntenles cuántas tortas, cuántas pizzas, cuántos panes se puede hacer con un kilo, y cuántos kilos de harina se puede comprar luego con la venta de eso que se está haciendo con el primer kilo. Quizás se habrán preguntado, por qué nosotros como pastores hacemos pan, hacemos fotocopias o vendemos productos naturales. Es que ese era la jarrita de aceite que encontramos en casa. Y lo hacemos justamente para poder enseñales esto de lo que estamos hablando hoy, usando nuestra propia experiencia. ¿Cuál es tu jarrita de aceite? Dios quiere multiplicar tu aceite que le ofreces. Haz tú lo natural, y Dios hará lo sobrenatural.
            Pero este es recién un paso en su camino de salida de las deudas. También debes hacer lo que Craig Hill llama “cerrar el círculo”. Esto se refiere a contestar la pregunta: “¿Cuánto es suficiente?” Cuando se le preguntó esto a un multimillonario, él contestó: “Un poquito más.” Probablemente esta sería la respuesta de la mayoría de la gente. Pero esto no cierra el círculo. Siempre está abierto. Siempre quiere más. Nunca está satisfecho. ¿Cuánto es suficiente? Tienen que contestar esa pregunta en consulta con Dios. Esto implica necesariamente tener un presupuesto: planificar cuánto dinero se va a gastar en qué área. Sin un plan no se puede hacer acciones concretas. Y el resultado es: a medida que entra el dinero, sale también. Y al final uno se pregunta: ¿Dónde quedó el dinero? Si tuvieras un presupuesto, sabrías la respuesta, porque ahí está planificado. Y si haces un registro de todos tus gastos, más todavía. ¿Cuánto es suficiente? Esto requiere de mucha autodisciplina, pero ya hemos aprendido que el Espíritu Santo quiere producir en nosotros el fruto del dominio propio. Y esta área de las finanzas es un campo de acción fenomenal para el Espíritu Santo para producir este fruto.
            Los recursos de Dios son inagotables, como ya lo habíamos dicho. Son como el gigantesco lago de Itaipú, adaptando a nuestro contexto una visión que Dios le dio una vez a Craig Hill. En la represa, hay tres compuertas que desembocan en un canal diferente cada una. Junto al primer canal vive una familia con el constante miedo de que nunca podrá recibir suficiente agua. Siempre está con miedo de que no le va a alcanzar la provisión. Por lo tanto, junta todo lo que puede de esa agua que viene. Construye diques para que nada se le escape. Y no queda nada de agua para fluir más abajo en ese canal, porque esta familia ataja todo para almacenar el agua para ellos no más.
            Junto al segundo canal vive una familia que usa todo lo que llega de agua. Si hay más agua, construyen parques acuáticos, instalan sistemas de riego, amplían sus piscinas, etc. No construyen diques por miedo a que no les alcance, sino se lo gastan toda el agua que llega. ¿Y cuánta agua sigua canal abajo? Prácticamente nada. Son como un adolescente al que sus padres le prometen darle cada semana 50.000 Gs. para sus propios gastos. Y el hijo se alegra mucho, ya que su lista de deseos era mucho más grande todavía que 50.000. El lunes ya se gastó toda la plata. Si el jueves le preguntaras si está feliz, ¿qué diría? Que no. ¿Por qué no? “Porque mis padres no me dan suficiente dinero.” Bueno, entonces los padres deciden darle 75.000 cada domingo. El martes a la noche, este adolescente ya no tiene nada, y empieza a quejarse de que sus padres no le dan suficiente. Entonces ellos aumentan a 100.000 Gs. por semana. ¿Qué sucede? Lo mismo. Nunca tiene suficiente. Siempre se lo gasta todo. Hay personas de 40, 50 o 60 años que se comportan como este adolescente. Nunca ganan suficiente. Tienen dos empleos, quizás los hijos mayores también ya trabajan, pero nunca hay suficiente. Viven junto al segundo río y no han cerrado su círculo. Lo que entra, sale inmediatamente. Son tuberías con incontables perforaciones por donde se pierde al agua.
            Pero la familia junto al tercer canal sí había cerrado el círculo. Sabía exactamente cuánta agua necesitaría para su propio consumo. Pero se dio cuenta que el caudal de agua que bajaba por ese canal era mayor de lo que ellos habían determinado como necesario para ellos mismos. Por lo tanto, empezaron a construir canales para llevar el excedente a otras familias en su zona. A medida que bajaba más y más agua de la represa, más canales nuevos abrían. Toda la zona, también más canal abajo, estaba verde y floreciente. Y había gran alegría por toda el agua que bajaba.
            Si tú fueses el operario de las compuertas del gran lago de la provisión divina, ¿cuál abrirías más para liberar más cantidad de agua? Por supuesto, la tercera compuerta. Las primeras dos familias son presas del espíritu de Mamón, pero la tercera ha desarrollado la fe de las aves que confía plenamente en la provisión amorosa de Dios. Y si no entienden de qué estoy hablando, búsquense en mi blog la prédica anterior sobre este tema. ¿A cuál de estas tres familias perteneces tú? ¿O cuál es la tuya? Como operario de las compuertas, ¿la abrirías más para una familia como la tuya? Cierra el círculo. Y el dinero que entra más allá de tu círculo, preséntalo a Dios y pregúntale qué él quiere que hagas con eso. Por algún motivo él te lo ha dado. Puede ser que te quiera hacer un regalo generoso con algo que hace rato habías soñado tener, puede que él quiera que lo uses para bendecir a otros. Pero él debe indicarte qué hacer con ello. Si no lo haces, te mudas junto al primer o al segundo río, juntando todo para ti no más y gastando para ti.
            En este proceso de cerrar el círculo, debes incluir también tu deuda. Destina algo al pago de tu deuda. Empieza con lo que puedas, porque únicamente así puedes desatar la bendición de Dios. Haz tú lo natural, también en cuanto a tus deudas, y Dios hará lo sobrenatural. Dios no hará desaparecer tu deuda por arte de magia, sin tu cooperación. Si tú no haces nada, él no tiene nada para multiplicarlo. Pero he escuchado de muchos casos en que las personas se armaron de valor a dar la cara ante sus acreedores. Asumieron la responsabilidad por su deuda y ofrecieron pagar cada mes algo, aunque sea poquito. Pero después de algún tiempo de cumplir fielmente su pago acordado, de repente los acreedores les anularon toda la deuda sobrante. No digo que en todos los casos va a ocurrir lo mismo, porque Dios no está limitado a una sola manera de actuar, pero sí fluirá bendición para ti si empiezas a asumir responsabilidad por tus actos y errores del pasado.
            Y otro paso que debes tomar en tu camino de salida de la deuda es poner tu dinero en 5 frascos diferentes. Estos pueden ser frascos literales, pueden ser sobres, pueden ser subcuentas en la cooperativa si es que tuvieras una cuenta bancaria, etc. Cómo ustedes lo organizan, no importa. Pero sí importa —¡y mucho!— que lo hagan. ¿Cuáles son estos 5 frascos?
            El primer frasco es para el diezmo. Ni bien te entra algún dinero, debes apartar el 10% de tus ganancias a este frasco, porque no es tuyo. Ese dinero no te pertenece. Levítico 27.30 dice: “La décima parte de los productos de la tierra, tanto de semillas como de árboles frutales, pertenece al Señor y está consagrada a él” (DHH). ¿A quién le pertenece el diezmo? Al Señor. ¿A quién está consagrado? A él. ¿Qué significa “consagrado”? Es algo dedicado, puesto aparte, algo santo. El diezmo es dinero santo, porque está destinado, dedicado, consagrado, apartado para el Señor. No te pertenece. Si tú lo usas para ti, estás robando lo que pertenece a otro. Estás usando para usos comunes lo que es santo. Y si leemos lo que le pasó a Uza que tocó el arca del pacto de Dios (2 S 6.5-7), no te recomiendo extender tu mano a tocar dinero santo.
            El segundo frasco es para las ofrendas. Esto es lo que doy a la obra de Dios de mi dinero. Si eres fiel con el pago de tu diezmo del primer frasco, no le has dado nada todavía al Señor fuera de lo que sí o sí le pertenece. Si yo tengo que pagarle algo a cierta persona, pero no me es posible ir personalmente a entregarle el dinero, puede que tú te vayas en esa dirección. Entonces te doy a ti el dinero para que se lo lleves a esa persona. ¿Te vas a alegrar por tener ahora más dinero? No, claro que no, no es tuyo el dinero. Tú sólo eres el emisario. Es tu deber entregárselo a quien corresponda. ¿Lo considerarías un sacrificio darle ese dinero? Tampoco, porque no te costó nada. No es tuyo. ¿Por qué entonces nos cuesta tanto dar el diezmo, si somos simplemente emisarios para pasarle a la obra de Dios el dinero que Dios nos entregó para llevarlo? El diezmo no es nuestro. No es ningún sacrificio, porque lo recibimos de Dios para entregarlo a la iglesia. Pero si tú como encargado de dar mi dinero a esa persona le dices: “Mirá, yo te aprecio demasiado, y quiero agregar mi aporte también a ese dinero que te entrego de parte del pastor.”, esa es la ofrenda. Es tú dinero que le das a la obra de Dios. El diezmo ni te calienta, porque de todos modos no es tuyo. La ofrenda ya es expresión de tu amor y gratitud al Señor y de tu madurez.
            El tercer frasco es tu ahorro. Esto es dinero que se aparta para mayores gastos en el futuro. A veces suceden imprevistos costosos, y ahí uno tiene una reserva de donde echar mano. Pero no es para echarle mano todos los meses. Es un dinero guardado que aumenta a cada mes y es sólo para alguna emergencia. El porcentaje a ser depositado en el frasco del ahorro puede variar según la posibilidad del momento, pero los asesores cristianos sugieren que sea alrededor del 4 al 5% del ingreso mensual.
            El cuarto frasco es para invertir. Este dinero es destinado para alimentar tu jarrita de aceite. Quizás necesites comprar algún stock de productos, algunas herramientas o materia prima para empezar a multiplicar tu dinero. Quizás necesites hacer algún curso en el SNPP o la Sinafocal. El dinero de este frasco está destinado para esto. El monto también podría estar alrededor del 4 a 5% de los ingresos. El dinero en este frasco también aumentará cada mes, sumado a la recuperación de gastos de las ventas que haces. Así, para el siguiente mes ya tienes prácticamente el doble de dinero para reinvertir en tu negocio.
            Y recién ahí, en el quinto frasco, viene el dinero que sobra y que es para los gastos variados. ¿Qué es lo que normalmente hacemos? Gastamos primero, y de lo que sobra (si es que sobra…) diezmamos. El ahorro ni entra ya, como tampoco las inversiones. ¡Con razón que nuestra economía está de cabeza! Les puedo asegurar que desde que empecé a seguir este sistema, cosas sorprendentes han ocurrido. Desde que manejo dinero siempre he tratado de ser sabio con el uso del mismo, pero en mi supuesta “sabiduría” he cometido tantas estupideces que me da vergüenza el sólo acordarme. Recién en estos últimos años procuro poner en práctica estos y muchos otros consejos más acerca del manejo del dinero.
            Así que, ¿cómo salir de las deudas?
·         Identifica tu “jarrita de aceite”.
·         Haz tú lo natural para que Dios pueda hacer lo sobrenatural.
·         Cierra el círculo.
·         Ubica el dinero en los 5 frascos:  Diezmo
                                                           Ofrendas
                                                           Ahorro
                                                           Inversiones
                                                           Gastos regulares
            Nada es mágico. Tampoco estos consejos no son una fórmula mágica. Más bien son principios divinos, que si los pones en práctica, Dios te puede sorprender grandemente.
            ¿Qué decisión estás tomando ahora respecto a tus deudas? El Salmo 37.21 dice: “Los malvados piden prestado y nunca pagan sus deudas, pero los justos prestan y dan con generosidad” (TLA). Los que piden prestado dinero y no pagan sus deudas son llamados aquí “malvados” (“impíos”, “perversos”, “pecadores”). Pero los justos, los que no tienen deudas, no necesitan pedir prestado, sino más bien ellos les prestan a otros. El estar libre de deudas pone a la persona en un pedestal muy por encima de los demás. Los justos, los que no tienen deudas, gobernarán a los demás. Y ahora fijate en esta declaración del sabio Salomón: “La herencia del bueno queda en su familia, la fortuna del pecador se reserva para el honrado” (Prov 13.22 – BNP). ¿No te gustaría ser llamado “honrado”, “justo”? Haz tú lo natural con tu jarrita de aceite, y Dios hará lo sobrenatural.

lunes, 8 de julio de 2019

¿Qué tal tu muro?







            En la antigüedad, cada ciudad tenía un muro a su alrededor. Este muro era su sistema de protección. Aunque quizás no tenga un ejército muy numeroso y entrenado, con el muro intacto, la ciudad estaba bastante bien protegida. Pero una brecha en la muralla era fatal para la ciudad. La hacía totalmente vulnerable y expuesta a los ataques de los enemigos. Sabio era entonces el gobernante que mantenía un estricto control sobre el estado de su muro.
            Es exactamente lo mismo que sucede con nuestro dominio propio. El sabio Salomón lo expresa así: “Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Prov 25.28 – NVI). Si descuidamos cualquier área, le abrimos una brecha al enemigo para que pueda meterse y causar estragos en nuestro interior. Esa brecha es suficiente para hacernos caer en múltiples tentaciones y pecados. ¿Qué tal tu muro?
            Hoy llegamos al último elemento del fruto del Espíritu. Para ayudar a memorizar estos dos versículos, repetimos aquí el pasaje de Gálatas 5.22-23: “…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas” (NVI). En algunas Biblias, este último ingrediente se traduce como dominio propio, en otras como templanza, una palabra ya no tan conocida para nosotros. Según el Internet, “…la templanza está relacionada con la sobriedad o moderación de carácter. Una persona con templanza reacciona de manera equilibrada ya que goza de un considerable control sobre sus emociones y es capaz de dominar sus impulsos.” (https://definicion.de/templanza/). El término griego contiene la idea de sujetarse a sí mismo, tener un poder interno; ejercer autocontrol. El dominio propio responde a la pregunta: ¿quién te gobierna? Si todo nuestro ser está en sujeción a nuestra voluntad, y ésta, a su vez, sujeta al Espíritu Santo, entonces habrá equilibrio en nuestras reacciones, emociones, palabras, etc. Es muy interesante ver que, en esta lista de 9 virtudes, el amor y el dominio propio forman el inicio y el final, respectivamente, de esta lista. Son como el paréntesis que incluye todo lo demás. Sin el amor y sin el dominio propio no es posible tener paz, ser paciente, ser amable, ser bondadoso, ser fiel, ser humilde… Por ejemplo: al encontrarme con una persona pesada y desagradable, se requiere refrenar o dominar mis emociones y pensamientos —es decir, ejercer dominio propio— para seguir siendo paciente y amable con ella. ¿O no es así? Igualmente se requiere de amor para tratarla amablemente. Así que, el amor y el dominio propio son esenciales para producir todos los demás ingredientes del fruto del Espíritu. Pero desarrollar el dominio propio es quizás el área que más nos cuesta, y donde en muchas de las pruebas no salimos victoriosos. Si vemos algunos personajes de la Biblia, les pasó igual. Abraham no pudo esperar a que Dios cumpliera su promesa, y tuvo un hijo con la esclava. Pero más tarde pudo controlar sus propias emociones, dominar los pensamientos que le gritaban no hacer lo que Dios le había pedido, y tomar a su único hijo legítimo para sacrificarlo.
            José en un momento no pudo dominar su ímpetu y les contó a todos de sus sueños que había tenido. Cuando décadas después se volvió a encontrar inesperadamente con sus propios hermanos que lo habían vendido como esclavo, él tuvo dominio propio para no condenarlos y ejecutarlos, cosa que tranquilamente podría haber hecho como segundo hombre más poderoso de Egipto, sino a perdonarlos.
            Daniel requirió de mucho dominio propio para proponerse no contaminarse con la comida del rey en medio de un mundo hostil.
            Sin dominio propio, Santiago y Juan querían pedir fuego del cielo sobre los samaritanos que no habían permitido que Jesús pase por su territorio. Pero más tarde se lo conoce a Juan como el “apóstol del amor”, por lo que él escribe en sus tres epístolas.
            Jesús dijo a Pedro, minutos antes de enfrentar el peor sufrimiento imaginable: “¿No te das cuenta de que yo puedo llamar a mi Padre, y él mandaría ahora mismo más de doce batallones de ángeles? Pero si hago esto, ¿cómo se cumpliría lo que está en las Escrituras, donde dice que todo debe pasar de esta forma” (Mt 26.53-54 – PDT)? Jesús podría haberse defendido con facilidad, pero por el dominio propio que mostró, no lo hizo. Más bien dice el profeta Isaías de él: “Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan” (Is 53.7 – DHH).
            Y así podríamos mencionar varios otros ejemplos de la Biblia. Se dice que la lucha contra sí mismo es la lucha más difícil que hay, pero también la victoria sobre sí mismo es la victoria más hermosa que uno puede alcanzar. Proverbios dice: “…más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades” (Prov 16.32 – DHH). Pero a veces parece ser más fácil conquistar una ciudad que conquistarse a sí mismo. No todas las luchas contra uno mismo terminan en victoria a nuestro favor. Es decir, no siempre obtenemos el dominio propio, pero estamos en la lucha. Pero alguien que carece totalmente de dominio propio, este asunto se convierte en su demonio propio, porque tan destructivo resulta ser esta actitud. La falta de domino propio genera caos, destrucción y heridas en la persona misma y en todo su entorno. Por eso dijimos que el dominio propio es su sistema de protección de sí mismo y de otros.
            El Nuevo Testamento utiliza dos palabras diferentes que ambos tienen que ver con el autocontrol, con la disciplina. Una palabra, la que Pablo usa en este texto, describe la fortaleza interior de carácter que nos capacita para dominar nuestras pasiones y deseos. La otra se refiere al sano juicio. “El sano juicio nos permite determinar el modo de actuación acertado, la reacción adecuada ante una situación, la habilidad, no solo de distinguir entre el bien y el mal, sino también entre lo bueno y lo mejor. La fortaleza interior es necesaria para ayudarnos a efectuar lo que nuestro buen juicio nos indica que es mejor. Una cosa es saber qué hacer; otra muy distinta es tener la fortaleza interior para realizarlo, sobre todo cuando no tenemos ganas. El dominio propio consiste en el empleo de la fortaleza interior combinado con un buen criterio que nos posibilita pensar, hacer y decir las cosas que agradan a Dios” (https://directors.tfionline.com/es/post/mas-como-jesus-dominio-propio).
            El otro día, una persona muy conocida por todos escribió en su Facebook: “¿Por qué cualquier otra cosa es mucho más atractiva en tiempo de corregir exámenes?” Es exactamente a esto que se refieren estos dos términos. Estoy seguro que todos estamos prácticamente cada día en esta tensión entre lo que sé que debo hacer y el hacerlo verdaderamente. ¿No es cierto? O como lo dijo Pablo: “No sé qué está pasando conmigo: lo que quisiera hacer no lo hago y resulto haciendo lo que odio” (Ro 7.15 – PDT).
            ¿Qué tal tu muro? Vamos a identificar ahora algunos de los bloques que componen este muro para que vos como gobernante de tu ciudad, de tu vida, puedas inspeccionarlos y ver si hay alguna grieta que pueda debilitar tu muro y abrir una brecha por donde el enemigo puede entrar y vencerte. Que experimentes o no la victoria en tu vida depende en gran medida de si vigilas tu muro.
            El primer bloque que identificaremos es nuestro cuerpo. ¿Quién gobierna tu vida, tus actos, tus decisiones? ¿Tu sano juicio o tu cuerpo? Por ejemplo, ¿quién o qué determina a qué hora te levantas? ¿Eres de los que se meten a la boca todo lo que ven para comer, sin importar si tienen hambre o no? ¿Te ocupas de tu salud física o te dejas vencer por la flojera? ¿Quién te gobierna? Por eso, el ayuno, aparte de ser un ejercicio espiritual de incalculable valor, es una manera excelente de cultivar el dominio propio. Aprendemos a someter a nuestro cuerpo a las decisiones de nuestra voluntad y no a las del “dios barriga” como lo describió un autor.
            Es famosa la pregunta: ¿Es pecado (hacer tal o cual cosa)? Hay muchas situaciones sobre la cual la Biblia no da una respuesta explícita. La Biblia no es un libro de leyes de 500 tomos para regular cada detalle de tu vida. La Biblia te da principios según las cuales tú debes tomar tus propias decisiones. Por algo Dios te dio el coco para pensar. Buscá la respuesta en tu sano juicio. Buscá la respuesta en la manera en que respondes a la pregunta: ¿Quién (o qué) me gobierna? Si preguntas, por ejemplo, si tomar cerveza es pecado o no, lo haces posiblemente porque tu deseo de tomar ya es mayor que tu voluntad para no tomar. Tu sano juicio no es acompañado por la fortaleza interior. Tu sano juicio te advierte de las consecuencias que puede tener el tomar cerveza, pero no encuentra el apoyo de la fortaleza interior. Y un jugador que no es acompañado por otro miembro del equipo difícilmente podrá meter un gol, y todo el equipo será derrotado. Por eso, nadie podrá determinar para todos por igual si tomar cerveza es pecado o no. Depende en cada caso de quién o qué gobierna a la persona. Depende del muro de cada uno. Y si el deseo de tomar es más grande que la voluntad de dejarlo al lado, posiblemente tu muro ya tiene una grieta. Y es lo mismo con todas las demás cosas que tienen que ver con el cuerpo físico. ¿Qué tal tu muro?
            Esto tiene estrecha relación con la segunda área: los apetitos y deseos. Muchas personas, especialmente los varones, tienen una tremenda lucha contra los apetitos sexuales. Y muchos ya dejaron de luchar y se dejan llevar por estos apetitos. En lugar de ejercer el dominio propio, este apetito se convierte en su demonio propio, controlando todos sus pensamientos y actos y causando una destrucción indescriptible en su familia, en su moral, en su espíritu, en su cuerpo, en sus relaciones, etc.
            Esto es un ejemplo no más. Otros tienen otros tipos de apetitos, por ejemplo, una debilidad por ciertas comidas. No pueden ver una torta, un chocolate, una tira de costillas asadas, etc., etc., sin devoralo hasta la última migaja. ¿Es pecado entonces comer torta, chocolate, asado o cualquier otra cosa? Ya lo dijimos: ¿quién te controla? ¿Acompaña tu fortaleza interior a tu sano juicio? Depende de eso. ¿Qué tal tu muro?
            Lo mismo también con los deseos. Para niños de dos o tres años, sus deseos son palabra mayor. Ante cualquier negativa de parte de los padres, ellos arman un berrinche y exclaman: “¡Pero yo quiero!” Esto, en su opinión, ya debería ser argumento más que suficiente para que los padres corran a concederles su deseo. Y, entre paréntesis, lastimosamente demasiados padres lo hacen. Se rinden ante estos pequeños tiranos. Entonces, en vez de que los padres gobiernen a sus hijos, ellos caen como esclavos de un enano de 2, 3 o de 14 años.
            Pero la verdad es que hay muchas personas de 30, 40 o 50 años que se comportan como esa criatura. Quizás no se van a tirar al suelo gritando: “¡Pero yo quiero!”, pero actúan según el mismo propósito. Lo que ven, lo compran. Lo que quieren, hacen lo imposible para conseguirlo. Sus deseos siguen siendo palabras mayores para ellos y que quieren imponer también sobre otros. La grieta en su muro se ha abierto y se ha convertido en una supercarretera asfaltada a su interior para que el enemigo pueda causar el daño que le plazca hacer. ¿Qué tal tu muro?
            Un gran campo de batalla por mantener el muro intacto es la lengua, el hablar. Este es el tercer bloque que queremos identificar de nuestro muro. Santiago no encuentra palabras muy elogiosas acerca de la lengua. La define como “un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo…” (Stg 3.6 – DHH). Y después sigue diciendo: “El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, de aves, de serpientes y de animales del mar, y los ha dominado; pero nadie ha podido dominar la lengua. Es un mal que no se deja dominar y que está lleno de veneno mortal. Con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen. De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Stg 3.7-10 – DHH). ¡Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos y a los demás al no tener dominio propio sobre nuestro hablar! Los chismes que reproducimos, la crítica despiadada al prójimo, los insultos al cónyuge o a los hijos, la denigración (decir: “Tú no vales nada, no sirves para nada…”) y muchas otras incontinencias o faltas de dominio propio pueden herir mucho más que una clavada con un cuchillo. En los proverbios encontramos muchos versículos acerca del uso de la boca. Dice Salomón: “Los labios del justo dicen palabras gratas; la boca de los impíos arroja perversidades” (Prov 10.32 – RVC). “El que vigila su boca protege su vida, el que abre demasiado sus labios acaba en la ruina” (Prov 13.3 – BPD). Y más de uno ha tenido que reconocer con dolor que “cuando las palabras son muchas, el pecado no falta; así que aquel que controla sus labios es prudente” (Prov 10.19 – Kadosh). Por eso, el salmista tomó una decisión drástica: “Yo dije: ‘Atenderé a mis caminos para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno en tanto que el impío esté delante de mí’” (Sal 39.1 – RV95). Él se cuidó demasiado de no ser un mal testimonio ante los incrédulos con su modo de hablar. Ese cuidado debemos tener siempre. Por supuesto que todos somos diferentes, y hay personas más sueltas de lengua que otras. No obstante, aún los más callados no se libran de poder pecar con su lengua. Es más, sus pocas palabras pueden ser mucho más mordaces e hirientes que la avalancha de otros. ¿Qué tal tu muro?
            Especial cuidado debemos brindarle al cuarto bloque en nuestro muro, el bloque de los pensamientos. Es ahí donde muy fácilmente se pueden producir grietas que afecten a todo lo demás. Los pensamientos son prácticamente el cimiento del muro. Si estos están mal, todo lo demás también está debilitado. ¿Por qué? Porque toda acción, toda palabra, toda reacción se genera primero en la mente. Tú eres lo que tú piensas. Aún tus reacciones impulsivas que dices haber tenido “sin pensar” se originan en tus pensamientos y de no haberle puesto candado a los pensamientos inadecuados – o sea, a la falta de dominio propio en la mente. Por ejemplo, ¿qué sucede en tu mente cuando estás enojado(a)? ¿Acaso el asunto no está dando vueltas y vueltas en tu cabeza, elaborando toda una estrategia de batalla en palabras y acciones contra la persona la próxima vez que se encuentren? Y ya se está produciendo una grieta gruesa en tu muro. Por eso advierte la Biblia: “Cuida tu mente más que nada en el mundo, porque ella es fuente de vida” (Prov 4.23 – DHH). Es muy difícil cuidar esta área, porque como es el cimiento, está bajo tierra, invisible. Es decir, muchas veces no nos damos cuenta de que este huracán se está desatando en nuestro cerebro. Requiere que nos despertemos y reaccionemos para poder salir de este círculo vicioso en que entró nuestra mente. Debemos pensar acerca de nuestros pensamientos. Y esto requiere de muchísimo dominio propio, porque muchas veces no queremos salir de este estado mental, porque es ahí que podemos vivir plenamente nuestra venganza contra la persona. Quizás no nos atrevemos de reaccionar en persona contra ella, pero en nuestra imaginación ya la hemos hecho pedazos, matado, resucitado para volverla a matar. No me digan que no han experimentado esto en algún momento de mucho enojo y de heridas profundas causadas por otros. Ya Jesús mismo lo dijo: “…de adentro, es decir, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de adentro y hacen impuro al hombre” (Mc 7.21-23 – DHH). Así que, para mantener intacto tu muro, debes empezar a trabajar primero por el fundamento: los pensamientos. Ya me habrán escuchado muchas veces citar a Romanos 12.2: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (DHH). Esto es fácil de decir, pero ¿cómo se hace? La única manera de lograr un cambio de mentalidad es cambiando la fuente de pensamientos que la nutre. Tú eres lo que son tus pensamientos. Así que, llena tu mente con cosas positivas. Pablo les sugiere a los filipenses: “…piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en toda clase de virtudes, en todo lo que merece alabanza” (Flp 4.8 – DHH). ¿Coincide este listado con los pensamientos que tuviste esta semana? Esto debe ser nuestra meta. Si tienes problemas con grietas en tu muro en el sector de los pensamientos, escribe este versículo en varios papeles y pegalos por toda tu casa, para que cada vez que los ves, puedas analizar tus pensamientos del momento, a ver si coinciden con lo que dice el versículo. Y si no, reemplazar los pensamientos dañinos por otros fructíferos y de bendición. ¿Qué tal tu muro?
            Algo muy cercano a los pensamientos es el bloque de las emociones. Los pensamientos causan en nosotros ciertas respuestas emocionales. Si tengo pensamientos positivos acerca de alguien, éstos producen en mí paz y un sentimiento de alegría que me hace hacer algún acto de bendición y de perdón hacia la otra persona. Acuérdense de lo que José hizo con sus hermanos. A la inversa, los pensamientos de odio hacia alguien, producen en mí una ira incontrolable que me hace cometer cualquier acto violento contra la misma. Basta con leer los informes policiales para ver las agresiones y los asesinatos que han surgido de una explosión de ira. Y, digamos que no llegamos a hacer nada en contra de otros a causa de nuestros sentimientos de ira y rencor, pero sí nos causa un daño terrible a nosotros mismos, porque nosotros sí andamos envenenados. Es como si quisieras matar a otra persona, pero en vez de ponerle veneno en su comida o bebida, te lo tomas todo tú mismo. Y encima justificas el veneno, diciendo que tienes derecho a estar enojado(a) con la otra persona. Ten mucho cuidado con estas grietas en tu muro. Quizás el dominio propio no impide que te enojes. No es eso lo que queremos decir. Pero sí te ayudará a controlar tus emociones, canalizarlas correctamente y deshacerte de las mismas. ¿Qué tal tu muro?
            Hay muchos otros sectores en este muro de protección contra el pecado. Cada uno podrá identificar otras áreas más en las que frecuentemente se producen grietas en su muro. La lucha por el dominio propio, el cuidado de las grietas en tu muro, es difícil. Como dije al principio, a veces tendrás éxito, a veces no. Pero cuanto más te ejercitas en obtener el control sobre tu vida, más fuerte te harás. Pero nunca debes olvidar que es el fruto del Espíritu, no de tus esfuerzos. No obstante, debes esforzarte en todo lo que esté a tu alcance. Como dije en la introducción a esta serie de predicaciones sobre el fruto del Espíritu, estamos trabajando en equipo con el Espíritu Santo. Nosotros hacemos lo que podemos para tener amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio, pero el Espíritu Santo nos guía en nuestro esfuerzo y hace que este esfuerzo sea fructífero. Encomienda tu vida a él y pídele que él produzca su fruto en ti. No esperes ver mañana ya cambios contundentes, porque es un proceso que termina recién cuando termina tu vida en esta tierra. Pero hoy es un buen día para empezar este proceso. Pablo compara esta lucha por el muro intacto con una disciplina deportiva: “Los que se preparan para competir en un deporte, evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita. Yo, por mi parte, no corro a ciegas ni peleo como si estuviera dando golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme, para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros” (1 Co 9.25-27 – DHH).
            ¿Qué tal tu muro? Decide hoy reforzarlo en todas sus áreas.


domingo, 30 de junio de 2019

Sean humildes como yo (Jesús)






            En nuestro tiempo de estudio en el seminario teníamos un compañero que un día dijo: “La próxima vez que me toca predicar voy a hablar sobre el tema: ‘Cómo llegar a ser tan humilde como yo’.” Por supuesto que lo dijo en broma, y resultó ser muy buen chiste. El mismo título ya es una contradicción en sí, así como es una contradicción ser orgulloso de su humildad. Se dice que la humildad es la única virtud que, en el momento en que uno se da cuenta de que la tiene, ya la ha perdido. Es decir, cuando me sorprendo de cuán humilde soy, ¡había sido!, ya dejé de serlo…
            Con este tema llegamos a la penúltima característica del fruto del Espíritu: la humildad o mansedumbre, según la traducen las diferentes versiones. Es uno de estos temas tramposos sobre los cuales es muy fácil de hablar, pero que en la vida cotidiana muchas veces brilla por su ausencia. Como ya saben, estas 9 características de la presencia del Espíritu Santo en una persona las encontramos en los versículos 22 y 23 de Gálatas 5. Son 9 manifestaciones del carácter de Cristo en nosotros. Entonces, al hablar de humildad, nos referimos al carácter de la persona, no a su condición económica. Si alguien dice que fulano de tal es de origen humilde o viene de una familia humilde, no está diciendo todavía absolutamente nada respecto al carácter de esa persona. Puede ser de condiciones humildes, pero ser un arrogante y orgulloso de aquellos. Así que, guiándonos por diferentes pasajes de la Biblia, vamos a ver hoy de qué manera se manifiesta la humildad de Gálatas 5.23 en la vida de un hijo de Dios.
            Cuando pensamos en una persona mansa y humilde, quizás nos imaginamos una persona con la cabeza agachada; que casi no tiene voluntad propia; que dice “Sí, amén” a todo y a todos; que es el trapo de piso de los demás. Pero fíjense lo que la Biblia dice de Moisés: “Moisés era un hombre muy humilde. En toda la tierra no había nadie más humilde que él” (Nm 12.3 – RVC). Les pregunto: ¿Moisés era el trapo de piso de todos? ¿Moisés agachaba la cabeza y decía “Sí” a todas las exigencias de los demás? ¡De ninguna manera! Moisés podía ser muy duro con los demás, podía dirigir a millones de personas de Egipto a Palestina en un viaje de 40 años por el desierto, Moisés podía legislar a toda una nación y enfrentar con autoridad a los que se oponían a la voluntad de Dios. Y la Biblia lo llama “manso” y “humilde”, poniéndolo como ejemplo solitario de esta característica. Nos damos cuenta entonces que humildad no tiene nada que ver con debilidad. O como se dice por ahí: “manso, pero no menso.” Más bien, “la mansedumbre, … supone una gran fuerza interior y una enorme convicción para enfrentar situaciones difíciles o adversas sin recurrir a la violencia o caer presa de sentimientos de cólera y rencor” (www.significados.com/mansedumbre/). Una persona mansa o humilde puede parecer ser débil, cuando en realidad está usando todas sus fuerzas para sujetar su propio ser interior que clama por darle un mimito con el puño al que se está burlando de él. Es como si la mansedumbre fuese otra persona que de atrás ataja y domina a la persona que está querían abalanzarse sobre cierto sujeto para darle su merecido. Es poder bajo sujeción. La persona con mansedumbre sabe canalizar su fuerza. En vez de usar su fuerza para partirle la cara al prójimo, la usa para controlar sus emociones y pensamientos. ¿Cuál de las dos cosas les parece la más difícil? Cuando todo en ti clama por acelerar y tirarle a la cuneta al que se comportó contigo en forma tan imposible en el tráfico, es incomparablemente más difícil seguir tu camino con una sonrisa en la cara como si nada hubiera pasado que ir y hacer lo que tanto te reclama tu enojo. Y no digan que yo no sepa de qué estoy hablando… Santiago 1.19 dice: “Amados hermanos míos, todos ustedes deben estar dispuestos a oír, pero ser lentos para hablar y para enojarse” (RVC). ¿Qué es lo más natural que uno hace al enojarse con otra persona? Uno empieza a vociferar y a tirarle encima toda su bronca con una avalancha de palabras y palabrotas. Si esto es natural para el ser humano, el Espíritu Santo quiere producir en ti lo que es natural para un hijo de Dios. Pensá antes de actuar y de hablar. Considera bien lo que vas a hacer. Esto es lo que hace una persona mansa. Entonces vemos que la mansedumbre no tiene nada que ver con la debilidad. Es más bien todo lo contrario. Tiene mucho que ver con el dominio propio que veremos en la última prédica acerca del fruto del Espíritu.
            Parecido a esto, la humildad tampoco es tener baja autoestima. Más bien, la persona humilde tiene una opinión equilibrada de sí misma y de los demás: “No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Ro 12.16 – NVI). La persona arrogante y orgullosa sólo se ve a sí misma. Los demás no existen para ella, a no ser para servirle y besarle los pies. Pero la persona humilde sabe elevar y honrar a los demás, como si fueran más importantes que ella misma: “No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo” (Flp 2.3 – BLA). No estamos hablando aquí de valor. En cuanto a valor como ser humano todos estamos en el mismo nivel. Más bien Pablo está refiriéndose a atribuirle más honor a los demás que a sí mismo. Puede que a algunos les suene esto a tener una baja autoestima, considerarse a sí mismo como lo peor. Pero no tiene nada que ver con eso. La persona que se considera peor que todos los demás, también se centra sólo en sí misma. Es tan egocéntrica como la que se cree la última Coca Cola del desierto. Las dos son manifestaciones de orgullo, sólo que una está camuflada de supuesta humildad. Es una persona orgullosa de su humildad. Pablo describe a este tipo de personas en estos términos: “Hay gente que aparenta tener humildad, adora a los ángeles, siempre habla de las visiones que ha tenido y quiere que todos la imiten. No les hagan caso ni dejen que decidan lo que ustedes deben hacer. Ellos presumen de lo que no han visto y se guían sólo por ideas humanas” (Col 2.18 – PDT). En cambio, el que estima a otros como mejores que él mismo lo hace porque no se centra en sí mismo, sino en los demás. No está en una competencia de compararse a sí mismo con los demás. Se olvida de sí mismo y sólo ve a los otros y procura elevarlos a los demás y hacer que ellos reciban honra. Es por eso que dijimos que la persona con humildad no se da cuenta de esa humildad, porque no se fija en sí misma. Por eso tampoco le preocupará recibir honra, sino la dará siempre a los otros, de modo genuino. Sólo se somete a Dios y deja todo lo demás a cargo de él, como lo expresa el apóstol Pedro: “…humíllense ante el gran poder de Dios y, a su debido tiempo, él los levantará con honor” (1 P 5.6 – NTV).
            Otro detalle que podemos encontrar en la Biblia acerca de la humildad es que a Dios le agrada esa actitud. Los humildes gozan de su favor. Leemos, por ejemplo: “Tú salvas a los humildes, pero humillas a los soberbios” (2 S 22.28 – RVC). El salmista declara: “Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos” (Sal 138.6 – RVC). Y también el apóstol Pedro escribe: “…revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1 P 5.5 – NBLH). “Humildad” y “humillación” no son la misma cosa – excepto si uno mismo lo hace. El que es verdaderamente humilde, se humillará ante los demás y se sujetará a los que tienen autoridad y, especialmente, ante Dios. Pero si otros le humillan, es tremendamente humillante… Es decir, recibir un trato humillante es muy dañino y hasta puede marcar a una persona de por vida. El bullying del que ahora todo el mundo habla no es absolutamente nada nuevo. Se refiere a la humillación y la burla que una persona sufre de parte de otros. Esto siempre ha existido, y nadie ha dicho nada. Ahora que se le dio un nombre sofisticado, está en boca de todos. Y realmente es algo sumamente despreciable cuando alguien le proporciona este trato a otro ser humano. ¿Dios también hace bullying? Él sabe humillar a los soberbios, pero siempre es con el propósito de salvar a una persona. Él procura hacerle ver que su arrogancia no trae ningún beneficio para nadie. El ser humillado por Dios es radical. En la Biblia encontramos muchos ejemplos de esto. Nabucodonosor es uno de ellos. Después de creerse la octava maravilla del mundo, tuvo que vivir varios años a la intemperie como animal salvaje. Pero le sirvió esta humillación para reconocer quién es en realidad la maravilla, no solo del mundo, sino de todo el universo. Al final él mismo dice: “Ahora pues, yo, Nabucodonosor, alabo, honro y glorifico al Rey del cielo, porque todo lo que hace es verdadero y justo, y puede humillar a los que se creen importantes” (Dn 4.37 – DHH). Así que, más te vale que te humilles a ti mismo y no que seas humillado por Dios.
            Uno de los favores que Dios otorgará a los humildes es que él escuchará sus oraciones: “Señor, tú escuchas la oración de los humildes, tú los animas y los atiendes” (Sal 10.17 – DHH). ¡Cuántas veces no hemos experimentado ya esto!
            En este mundo, normalmente no se le da mucha importancia a la humildad. Es que se cree que cuanto más alto uno puede subir sobre las cabezas de los demás, más héroe es. Pero este concepto va totalmente en contra de lo que la Biblia dice al respecto. El salmista dice: “…los humildes heredarán la tierra y disfrutarán de gran bienestar” (RVC). Esto se parece mucho a lo que también dijo Jesús en el Sermón del Monto: “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia” (Mt 5.5 – NVI), mientras que el mundo cree que los violentos, los atropelladores y los arrogantes lograrán dominar la tierra.
            En cambio, para los hijos de Dios, la humildad es incluso más importante que la honra. O, dicho de otra manera, la humildad es el camino para alcanzar verdadera honra. El sabio Salomón dice: “El honrar al Señor instruye en la sabiduría; para recibir honores, primero hay que ser humilde” (Pr 15.33 – DHH). Y 3 capítulos más tarde él repite: “Antes de la ruina el corazón fue soberbio, antes de la gloria fue humilde” (Pr 18.12 – BNP); “tras el orgullo viene el fracaso; tras la humildad, la prosperidad” (DHH). Entonces, si analizas tu corazón, sabes dónde vas a parar si sigues ese camino. Si prevalece en ti la soberbia, terminarás en la ruina. Si prevalece en ti la humildad, serás exaltado. El problema es que la humildad es difícil de reconocer por nosotros mismos porque, como dije al principio, si nos damos cuenta de que somos humildes, ya dejamos de serlo. La humildad es algo que los demás notarán en nosotros, no nosotros mismos. Es como si la lleváramos como una mochila en la espalda. Por eso nosotros no la podemos ver, pero sí los demás. Por lo tanto, esta autoevaluación es en realidad algo difícil de hacer, pero sí podemos notar si el orgullo nos domina frecuentemente, y también podemos ver qué futuro nos espera si permanecemos en esa condición.
            Pero es justamente en estos momentos que nos es de tanta ayuda poder comprarnos, no con otras personas, sino con la medida perfecta: Jesús es el ejemplo por excelencia de humildad. Él dijo: “Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma” (Mt 11.29 – RVC). Jesús es el único que puede decir: “Sean tan humildes como yo.” Él nos mostró la verdadera fuerza de la humildad que no se asqueó ante la miseria humana, que no dudó en tocar a los enfermos con los peores padecimientos, que no se resistió de ser muerto por amor, pero que tuvo también el valor de llamarles la atención a los fariseos o a los soldados que lo maltrataron. En él se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan” (Is 53.7 – DHH). Poder bajo sujeción.
            Y si nuestro Maestro y ejemplo es así, la humildad debe ser también la marca característica de un hijo de Dios. Pablo escribe a los colosenses: “Dado que Dios los eligió para que sean su pueblo santo y amado por él, ustedes tienen que vestirse de tierna compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia” (Col 3.12 – NTV). Tenemos que vivir acorde a nuestra naturaleza en Cristo. Su carácter tiene que hacerse visible en nosotros. Este es el requisito básico para exhortar a otros: “Hermanos, es posible que alguno de ustedes caiga en la trampa del pecado. Ustedes, que son guiados por el Espíritu, acérquense a él y ayúdenle a corregir su error. Pero ¡ojo!, háganlo con humildad pues ustedes también pueden caer en tentación” (Gl 6.1 – PDT). “Y cuando corrijas a tus enemigos, hazlo con humildad. Tal vez Dios les dé la oportunidad de arrepentirse y de conocer la verdad” (2 Ti 2.25 – TLA). La corrección o reprensión a otros por sus faltas puede tener el efecto deseado únicamente si lo hacemos con humildad, sabiendo que estamos expuestos al mismo peligro de los demás. Eso es amor. El pretender corregir a los otros desde arriba, creyéndonos los santos infalibles, no refleja el deseo de que los demás enmienden su vida, sino de hacer alarde de mi (supuesta) perfección.
            Para resumir y profundizar lo que hemos vista hasta ahora, podemos decir lo siguiente respecto a la humildad:
·         Los mansos son enseñables y están dispuestos a aceptar disciplina.
·         “Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus éxitos y logros; mucho menos los usa para pisotear a las personas de su entorno.” (https://www.significados.com/humildad/)
·         “…la humildad es una actitud del corazón, no simplemente una conducta externa. Alguien podría tener una apariencia de humildad, pero con un corazón lleno de orgullo y arrogancia.” (https://www.gotquestions.org/Espanol/biblia-humildad.html).
·         “Ser humilde significa ser realista con la percepción que tienes sobre ti mismo. Implica reconocer tus fortalezas, pero tus debilidades también; conocer tus talentos, pero también tus limitaciones. Todo lo que esté por encima o por debajo de esta percepción objetiva de ti mismo es orgullo. … La humildad se demuestra cuando contestas honestamente sobre ti cuando te preguntan. Por lo general, no es necesario anunciar tus talentos con tus labios, ya que la manera en que vives hace un mejor trabajo.
Piensa en esto: Jesús era tan humilde que, a pesar de todos los milagros que hizo y las lecciones que les enseñó a miles de personas, Judas tuvo que besarlo para que los soldados supiesen a quién arrestar.” (https://verdadyfe.com/2012/07/09/ que-significa-ser-humilde/)
·         Puedes desactivar los argumentos cuando eres humilde y no tienes que ganar cada discusión. … Tú puedes manejar el tratamiento injusto pacíficamente cuando eres humilde y puedes responder al tratamiento injusto sin ser vencido por la amargura. … Tú puedes pedir perdón cuando eres humilde. … Tú puedes hablar con cortesía y con amor, independientemente de la situación, incluso si tienes que ser firme o tomar acciones fuertes.” (https://mvmspanish.wordpress.com/2011/06/13/ comprender-el-significado-de-la-humildad-en-la-biblia-1-pedro-55/)
            ¿Qué pueden llevarse como tarea para la casa? No les sirve que les diga que deben cultivar más la humildad. Es inútil por las mismas características de la humildad. Pero sí pueden y deben estar alertas a las señales de la soberbia, la arrogancia o el orgullo que siempre quiere tener la razón y estar por encima de todos los demás. Lo único que puedes perder al dar la preferencia a otros es tu orgullo – y esa es una pérdida muy deseable. Y también puedes y debes aferrarte cada día más a Jesús, cultivar la intimidad con él, llenarte de su Palabra, para que lentamente su presencia y su carácter se hagan cada vez más visibles en ti. Es un proceso de toda la vida, pero ¡vale la pena recorrelo!


lunes, 10 de junio de 2019

¡No seas Mar Muerto!




  


          ¿Dónde está tu tesoro? Cada persona tiene un tesoro, algo que aprecia y persigue por sobre todas las cosas. Según la Biblia, podemos tener uno de dos tipos diferentes de tesoros. Hoy trataremos de identificar cuál de estos dos es mi tesoro. La descripción de ellos encontramos en el Sermón del Monte que hace poco terminamos de estudiar.

            FMt 6.19-21; 24

            Los versículos 19 y 20 contrastan estos dos tipos de tesoros: los tesoros aquí en la tierra y los tesoros en el cielo. Empecemos por el primero. ¿Qué podrían ser ejemplos de tesoros en esta tierra? Pueden ser muchas cosas, principalmente los bienes materiales. ¿Y qué necesito para ser dueño de uno de estos tesoros? El dinero. Ahí estamos en el centro del tema de esta mañana: el uso del dinero. ¿Cuánto dinero necesito para conseguir los tesoros que deseo? Mucho. Más de lo que tengo. Y si necesito más dinero de lo que tengo, ¿cuál será mi afán entonces? Conseguir más, trabajar más duro, buscar mejores empleos, etc. ¿Y qué dice Jesús aquí en este texto de estos tesoros? Se pierden, se descomponen, son robados, etc. ¿Vale la pena entonces invertir toda nuestra vida y nuestro dinero que no tenemos en estos tesoros? No, en absoluto. Sin embargo, ¡aun así lo hacemos! ¿Por qué? Bueno, esto es precisamente lo que queremos descubrir en esta mañana.
            El segundo tipo de tesoros, Jesús los describe con el nombre de “tesoros en el cielo”. ¿Qué serían ejemplos de estos tesoros? La mayoría diría la frase tan gastada: “Ganar almas para Cristo.” Más que almas, debemos ganar personas para Cristo. Está bien, pero es mucho más que esto, o hay maneras muy diversas de hacerlo. Es todo aquello que yo pueda hacer que tenga valor eterno. Si estamos hablando que el tema central de este texto es el uso del dinero, ¿cómo puedo “comprar” entonces tesoros del cielo con mi dinero? Invirtiéndolo en cualquier proyecto de valor eterno. Y la lista de posibilidades es ilimitada: aportar para el trabajo de la iglesia, ayudar al prójimo en sus necesidades, apoyar a un estudiante de teología, hacer imprimir Biblias o folletos, aportar cosas para la canasta de amor … en fin, miles y miles de posibilidades de “comprar” tesoros del cielo.
            Dos maneras de usar el dinero. Si lo uso para los tesoros terrenales, estoy buscando que yo pueda disfrutar por un poco de tiempo. Si lo uso para los tesoros del cielo, estoy buscando que muchos puedan disfrutar por toda la eternidad. ¿Cuál uso crees que es más noble? El usar el dinero para los tesoros de esta tierra es un acto sumamente egoísta, porque todo lo quiero para mí no más. Ya lo dijeron: mi máximo afán será juntar más y más dinero. Y ahí me vuelvo esclavo del dinero, porque es el dinero que determina qué es lo que voy a hacer, cómo estarán mis emociones, qué voy a comprar. El domingo pasado, Rodrigo explicó cómo funciona el Mar Muerto: sólo recibe, pero no da. Entra el agua del río Jordán, pero no tiene salida. ¿Y cuál es el resultado? El nombre ya lo dice: está muerto. ¡No seas Mar Muerto! No acumules tesoros en la tierra. Más bien sé el Mar de Galilea que está conectado al mismo río Jordán, pero cuyas aguas fluyen y dan vida.
            La clave para entender esto está en el versículo 21: “Donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón” (NTV). Si estás locamente enamorado(a), ¿quién es tu tesoro? Por supuesto esa persona angelical que acabas de conocer. Por ende, ¿dónde está tu corazón? ¿Dónde están tus pensamientos las 25 horas del día (porque 24 horas no alcanzan para ubicar todos los pensamientos)? ¿Dónde están los deseos de tu corazón? Por supuesto con la persona amada, con tu tesoro. “Donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón.”
            ¿Y qué tiene que ver esto con acumular tesoros en el cielo? ¿Sabías que Jesús habló prácticamente 10 veces más sobre el dinero que sobre la fe o sobre la salvación? Casi la mitad de las parábolas hablan de dinero. No creo que Jesús haya venido a esta tierra para llevar a cabo una Teletón para recaudar fondos para el cielo. Si él es dueño de todos los recursos habidos y por haber en todo el universo. ¿Por qué entonces le dio tanto énfasis a este tema? Lo que Jesús busca en realidad no es el dinero, sino es nuestro corazón. Pero como el corazón siempre va detrás de su tesoro, como lo dice este versículo, entonces, con tener nuestro tesoro en el cielo, nuestro corazón también estará allí. Si Jesús logra tener nuestro tesoro, tendrá también nuestro corazón. ¿Suena lógico? Así que, cuanto más inviertas en el reino de Dios, más cerca estará tu corazón del gobernante de ese reino. Si tu acumulas tesoros en el cielo con el uso de tu dinero, más amarás al Señor. Si no me crees, probalo. ¡Te desafío!
            Vemos entonces que los tesoros en la tierra y los en el cielo se oponen radicalmente entre sí. Quizás nos sorprenda esto, porque pensamos que podríamos invertir grandes sumas en el reino de Dios y, al mismo tiempo, tener muchos tesoros terrenales, si tuviéramos suficiente dinero. ¿Por qué debería ser un problema esto? ¿Acaso no hay muchos empresarios cristianos que tienen flor de casa y de auto y se dan cada lujo, pero que invierten también millones en el reino de Dios? Sí, hay muchos. El problema no está en el dinero o en las riquezas, sino en una palabra que encontramos en el versículo 24: “Nadie puede servir a dos amos. Pues odiará a uno y amará al otro; será leal a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y estar esclavizado al dinero” (NTV).
            Lo primero que vemos en este versículo es que ambos señores, dueños o amos son opuestos entre sí. No se puede estar con ambos a la vez. O es uno o es el otro. Es categórico. Es radical. No hay trato entre ambos. Los términos que Jesús emplea indican una relación que exige absoluta obediencia. Significa servir como esclavo. El señor es dueño absoluto del esclavo y el esclavo le debe obediencia sin compromisos ni reservas. Jesús ni siquiera dice: “No deberían”. Él dice: “No pueden”. ¿Por qué? La razón está un poco escondida en nuestras traducciones. ¿Cómo dice su Biblia: “No pueden servir a Dios y a …”? La mayoría de las traducciones dice “dinero” o “riquezas”. No está del todo mal esa traducción, pero muy débil en comparación con lo que verdaderamente dice. En el griego dice que no se puede servir a Dios y al Mamón. Esto no se refiere a la fruta que yo puedo cosechar de una planta que hay en mi patio. Según lo que vemos aquí, Mamón es algo opuesto a Dios; es anti-Dios. Compite con Dios para tenernos a nosotros como su siervo o esclavo. La palabra “Mamón” no es ni griego ni hebreo, sino proviene de las lenguas cananeas, de los pueblos que habitaban Palestina antes de la conquista de los hebreos. Es el nombre del dios de la prosperidad. No es el dinero. El dinero no es el problema. Mamón es un espíritu demoniaco que usa el dinero y las riquezas como medio para esclavizar a la gente y apartarlas de Dios. Si Jesús hubiera dicho: “No pueden servir a Dios y a Baal”, nosotros hubiéramos entendido, porque conocemos este nombre del dios hacia el que el pueblo de Israel repetidas veces se desvió en el Antiguo Testamento. Pero el nombre Mamón no nos es tan conocido. Por eso no captamos lo terriblemente fuerte que Jesús está diciendo aquí.
            Este demonio no se presenta ante nosotros diciendo: “Hola, soy el demonio Mamón y exijo tu absoluto sometimiento a mí.” No es tan tonto como para hacer esto, porque muy pocos le obedecerían. Él se presenta en formas mucho más sutiles y es tremendamente exitoso. Casi no hay ser humano que no haya estado —o sigue estando— bajo su influencia.
            ¿De qué manera opera él? Una de sus estrategias es hacernos creer que el dinero tiene poder. Nosotros mismos lo decimos muchas veces: “El dinero es la llave para abrir muchas oportunidades a nuestro alrededor.” Un señor una vez me dijo: “La plata hace bailar al mono.” Pensé que seguramente él se consideraba mono. Pero esto que el dinero tiene poder es una de las mentiras más aceptadas y creídas en todo el mundo, incluso entre los cristianos. Esto hace que, si tengo dinero, me siento seguro, me siento poderoso, me siento feliz. Y si no tengo dinero, me desespero, me vuelvo histérico (o deprimido – según la personalidad de cada uno) y siento hundirme en el caos. ¿Pero qué es el dinero en realidad? Es un pedazo de papel al que el gobierno le atribuye cierto número, cierto valor. Es un elemento de intercambio en la compra-venta. El despensero me da a mí un kilo de azúcar, y yo le doy a él un determinado billete. Intercambiamos elementos. Si el día de mañana el gobierno dice que determinado billete no vale más 100.000 Gs, sino sólo 10.000, así será. El valor depende del gobierno, no del billete. El billete en sí no determina nada. No tiene ningún poder. Si lo tengo o no lo tengo no cambia nada en mi persona. Los varones que se fueron al primer retiro de varones no olvidarán nunca como con el terror estampado en sus rostros vieron al pastor Roberto quemando frente a todos un billete de 10.000 – y encima un billete ajeno. Bueno, ese terror en nuestras caras era expresión del dios Mamón que nos hacía creer que ese billete ardiendo tenía poder, cuando eso no es verdad.
            Bueno, si el dinero no tiene poder, ¿dónde está el poder entonces? Está en Mamón, y está en Dios, y yo tengo que decidir al poder de quién me voy a someter. Ambos pueden usar el dinero para sus propósitos. Mamón lo usa para esclavizarme, Dios lo usa para bendecir a otros. Si permito que Mamón use mi dinero, entonces me convertiré en un Mar Muerto: todo el dinero lo quiero para mí. Y cuanto más tengo, más siento que valgo. Si permito que Dios use mi dinero, él me va a indicar cómo bendecir a otros.
            Una segunda estrategia del dios Mamón es hacernos creer que nuestro jefe, nuestro cliente, el esposo, el empleo o lo que fuese es nuestra fuente de provisión. Y si el esposo no provee lo suficiente, hay guerra. Si pierdo el empleo, hay “lloro y crujir de dientes”. Y empezamos a buscar cualquier medio, hasta jugar la quiniela, una de las trampas más generalizadas de Mamón, para obtener dinero.
            Pero el que se llega a liberarse del poder de Mamón, quien renuncia a ese demonio, considera a Dios como fuente de provisión. Dios puede elegir cualquier canal que a él le plazca para hacerme llegar la provisión. Yo simplemente debo obedecerle y confiar en él. Fíjense el profeta Elías. Dios le dijo que se refugie en el arroyo Querit, y él obedeció (1 R 17). ¿Y qué canal eligió Dios para darle provisión? Los cuervos. ¿Ya se pusieron a pensar de dónde los cuervos obtendrían la carne que le llevaron a Elías? Más tarde, Dios lo envió a Sarepta junto a una viuda para que ella sea su canal de provisión. ¡Una viuda, una de las personas más desamparadas que existían! Y Dios proveyó. Fíjense también en los versículos que siguen a nuestro texto: “No se preocupen por su vida, ni por qué comerán o qué beberán; ni con qué cubrirán su cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes mucho más que ellas” (Mt 6.25-26 – RVC)? Miren las aves del cielo. ¿Alguna vez has visto a un pájaro con un ataque de ansiedad? ¿Alguna vez has visto a un ser humano supuestamente inteligente con un ataque de ansiedad? ¿No será que los pájaros tienen más fe que nosotros los humanos que nos consideramos una categoría (o varias) superior a ellos? ¡Cuánta falta nos hace la fe de las aves! No se preocupan por nada, porque saben que su Creador los va a alimentar siempre. Entonces, si tú pierdes el trabajo, no necesitas desesperarte, porque Dios ha decidido cambiar de canal para proveer para ti. Andá a la ventana y mirá si hay pájaros afuera. Si hay, es porque Dios no dejó de proveer todavía. Si confías en él, vas a experimentar milagros. Puede que te envíe cuervos, puede que haga multiplicar sobrenaturalmente el alimento que tienes en tu casa, o cualquier otra estrategia que él elija usar. Eso sí, si te crees demasiado fino para un cuervo y lo rechazas como canal de provisión, ya el problema no será de Dios si pasas necesidad.
            Mamón te va a hacer creer que tu empleo, tus inversiones, tu negocio, tu cónyuge, etc. son la fuente y que el dinero es el fin que debes alcanzar a como dé lugar. Pero la verdad es que Dios es la fuente, y el dinero es un medio que Dios usa para un fin específico. ¿Ya entendemos por qué es imposible servir a Dios y a Mamón al mismo tiempo? Son dos mundos totalmente opuestos. Lo difícil es cambiar ese chip en nuestra mente, porque desde la cuna éste ha sido programado por Mamón. Todo el mundo a nuestro alrededor se maneja según sus principios, y casi nos resulta imposible concebir las cosas de otro modo. Por algo dice Pablo a los romanos: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (Ro 12.2 – DHH).
            Cuando Jesús habla aquí de servir a un señor, ¿quién es el señor y quién es el siervo o esclavo en uno y otro caso? En el reino de Dios, Dios es el Señor, el dinero es el esclavo, y yo soy el medio por el cual Dios hace llegar el dinero al propósito que él ha dictado. En el reino de Mamón, Mamón es el dueño o señor, yo soy el esclavo, y el dinero es el fin que busco obtener como sea. Y este mismo sistema lo llevamos a la iglesia y lo espiritualizamos, queriendo agregar a Dios a esta manera de manejar del dinero. El único lugar que le queda a Dios en este sistema de Mamón es usarlo a Dios como medio para obtener el dinero. Tratamos de hacer un negocio con el Señor. Le prometemos mil y una cosa, con tal que nos dé dinero, nos dé tal casa, nos dé tal auto o lo que sea que está en nuestros deseos. Le pedimos que él bendiga nuestros planes para obtener dinero. O sea, somos ateos cristianos. Hijos de Dios dominados por Mamón. ¿Quién controla mi vida, Dios o el dinero, con Mamón como instigador? ¿Según qué criterio tomo mis decisiones, según lo que me dicta la Palabra de Dios o según el grosor de mi billetera? ¿Es el dinero que me dice a mí lo que puedo hacer, o le ordeno yo al dinero, en el nombre de Jesús, lo que debe hacer? Si el dinero es mi fuente, entonces pretenderé que Dios sea mi esclavo para conseguir dinero. Si Dios es mi fuente, el dinero se convierte en mi esclavo para servir al reino. ¿Se entiende? A ver, vamos a ilustrarlo en un ejemplo concreto. Voy a pedir a alguien que me venga a ayudar. Pido a … a que pase al frente. Aquí tengo unos billetes. ¿Qué dijimos que es el dinero? Un pedazo de papel. ¿Qué voy a hacer cuando soy esclavo de Mamón? Voy a afanarme por el dinero y me voy a convertir en un Mar Muerto. ¿Qué hago cuando Dios es mi fuente? Yo le ordeno al dinero, según las instrucciones de Dios, qué debe hacer el dinero por mí. Así que, yo le ordeno ahora a estos billetes a que bendigan la vida de … Ustedes dirán: “Pero ahora tenés menos dinero. Te va a faltar a fin de mes.” No, porque mi vida no depende del dinero, sino de Dios quien es mi fuente de provisión. Algún “cuervo” él ya tendrá preparado… Si él quiere que yo use el dinero para bendecir a otros, ¿quién soy yo para dudar de su provisión? Así como la viuda de Sarepta no murió porque le dio a Elías lo último que le quedó para comer, yo tampoco voy a pasar necesidad.
            Hasta este punto probablemente ya nos dimos cuenta de la enorme influencia que Mamón tiene en nuestras vidas. Quiero mencionar algunos síntomas más de una persona dominada por Mamón (tomados del libro “Viviendo junto al tercer río” de Craig Hill). Poder reconocer estas señales en tu vida será el primer paso para liberarte del poder de este demonio.
            1. Preocupación y ansiedad respecto al dinero. “Mucha gente carga una gran ansiedad y miedo respecto al dinero. Los ricos temen perderlo, mientras que los pobres temen no tener nunca suficiente. En cualquier caso, el miedo, la ansiedad y la preocupación dominan las emociones de las personas”.
            2. Mal manejo del dinero. Muchos cristianos no tienen un sistema de controlar sus finanzas personales. Yo fui uno de ellos por demasiado mucho tiempo. Constantemente dicen: “No sé a dónde se fue el dinero.” Y si no saben a dónde se fue, tampoco le pueden ordenar a dónde debe irse.
            3. Carencia financiera persistente. Las personas bajo la tiranía de Mamón nunca tienen suficiente dinero. Siempre sobra demasiado mes al final del sueldo.
            4. Comprar por impulso. No tienen la capacidad de resistir el deseo de comprar. Lo que ven, lo compran. Lo que desean, lo compran. O ven una “oferta”, y la compran, como ya lo dijo una vez aquí el pastor Roberto al predicar sobre este tema. Mucha gente compra cosas que no necesita, sólo porque era “barato”. El secreto es comprar siempre con un propósito.
            5. Tacañería. Tienen miedo a dar. Todo lo tienen que guardar para sí. Son un Mar Muerto. El miedo a dar sus diezmos y ofrendas es siempre un síntoma de un fuerte sometimiento al espíritu de Mamón.
            6. Descontento. Saber vivir con mucho y con poco es un indicador de no estar bajo la influencia del espíritu de Mamón. Uno es feliz sin importar cuánto tenga. La clave es seguir considerando a Dios como la fuente en cada situación y nunca permitir sentirse descontento debido a las circunstancias.
            7. Encadenamiento a las deudas. La deuda es uno de los principales mecanismos utilizados por Mamón para mantener a la gente encadenada a él. La gente atada a Mamón es incapaz de disciplinarse para postergar la gratificación personal, y cae en la trampa de comprar inmediatamente los artículos deseados. Y la publicidad fomenta esto: “Compre ahora y pague después.” Y como uno no quiere esperar hasta poder disfrutar de algo, uno compra a cuotas esto y aquello y lo otro. Y antes de que llegue el siguiente sueldo, ya todo el dinero está comprometido con las cuotas y no sobra casi nada para vivir. En vez de trabajar para vivir, uno trabaja para pagar deudas. ¿Y cuándo vas a empezar a vivir? Es un sistema demasiado generalizado en nuestro país, y es un sistema demoniaco que tiene preso a demasiado mucha gente bajo esas deudas. Si alguien de ustedes está en esta situación, salga lo ante posible de sus deudas y huya de las cuotas como de la peste. Porque, ¿qué si Dios te dijera que uses tu dinero para apoyar un proyecto evangelístico? ¿Tendrías la libertad de hacerlo? ¿O son tus acreedores y no Dios los que te prescriben a quién pagar tu dinero?
            ¿Dónde está tu tesoro? ¿Qué papel juega el dinero en tu vida? ¿Eres esclavo de Mamón o siervo de Dios? ¿Eres Mar Muerto o Mar de Galilea? En una prédica más adelante vamos a seguir con este tema, empezando por cómo poder librarse de las deudas. Pero hasta entonces puedes hacer ya algunos pasos como, por ejemplo, quitarle al dinero el poder que le habías atribuido hasta ahora. Pon a Dios como tu fuente de provisión y empieza a sacudirte de encima las garras de Mamón que te tenían atrapados hasta ahora. Quiero guiarte en una oración de liberación del espíritu de Mamón. A lo mejor no será la única vez que tienes que renunciar a este espíritu diabólico, porque es un proceso largo de aprender a estar sujeto a Dios, pero es un primer paso.

lunes, 3 de junio de 2019

Día de acción de gracias








            El 16 de junio se celebrará aquí en la colonia el día de acción de gracias por la cosecha. Para muchos, es un día de profundo significado y emociones por todos los recuerdos que este evento despierta en ellos, probablemente desde la niñez. Para otros, quizás es hoy la primera vez que escuchan hablar de un evento así. ¿De dónde viene esta celebración? ¿Cuál es su origen? Investigando un poco, descubrí que un tipo de fiesta de acción de gracias era costumbre ya en la antigüedad en muchas culturas y religiones que agradecían a sus divinidades respectivas por el éxito en sus labores, generalmente agrícolas. Como para el invierno dependían de lo que habían cosechado en el verano y otoño, daban gracias por todo lo que habían podido recoger.
            Entre los que celebraban esto, estaban también los judíos. Encontramos en el Antiguo Testamento instrucciones claras que Dios le deja a su pueblo para esta celebración. Es posible que los primeros cristianos se hayan inspirado en estas fiestas para realizar también una fiesta similar. Las referencias más antiguas de esta celebración en la iglesia cristiana datan del tercer siglo. Es decir, en el año 200 y algo, se ha celebrado por primera vez una fiesta de acción de gracias entre los cristianos de esa época. En ese sentido, la fiesta de acción de gracias de hoy en día no es una fiesta de origen bíblico, como por ejemplo la pascua, que tiene sus orígenes en los grandes hechos de Dios para con su pueblo en el Antiguo Testamento, continuando luego con el sacrificio de Cristo por la humanidad, ocurrida precisamente durante la fiesta de pascua judía. La fiesta de acción de gracias tiene antecedentes mucho más generales, sin importar la cultura y la religión de quienes lo han celebrado en la antigüedad. Pero sí hay una relación indirecta y bastante fuerte, por lo menos para nosotros los cristianos, entre nuestra fiesta de acción de gracias y estas fiestas del Antiguo Testamento. Hay varios elementos que deberíamos tener en común con los judíos del Antiguo Testamento al celebrar hoy una fiesta similar.
            ¿Cómo fue entonces esta fiesta en el Antiguo Testamento? En primer lugar, encontramos una orden general en cuanto a las festividades judías. Estas instrucciones fueron dadas a Moisés en el marco de toda la legislación que Dios le transmitió, junto con la entrega de los 10 Mandamientos.

            F Éx 23.14-17

            En este pasaje, Dios ordena a su pueblo celebrar principalmente 3 fiestas al año. Había otras festividades más, pero estas tres eran las primordiales para las cuales todo varón israelita nacido en Palestina tenía que irse sí o sí a Jerusalén. Las tres eran fiestas de agradecimiento. La primera, de los Panes sin Levadura, era para festejar la salida del pueblo de Egipto y la salvación de los primogénitos por parte de Dios. La segunda, la Fiesta de la Siega, Fiesta de las Primicias o Fiesta de las Semanas, fue más tarde conocida como Pentecostés. Era una fiesta para la entrega de las primicias en agradecimiento, y para pedir que Dios bendiga su cosecha. La tercera, la Fiesta de la Cosecha, era para agradecer al final de la cosecha por los resultados obtenidos. Así vemos que los judíos celebraban en realidad dos veces al año una fiesta de acción de gracias por la cosecha.
            Encontramos instrucciones acerca de la fiesta de las primicias o fiesta de la siega en varios pasajes de la Biblia.

            FLv 23.16-22
            FDt 16.9-12

            En esta fiesta se conmemoraba la entrega de la ley en el monte Sinaí y la renovación del pacto de Dios con su pueblo. También se presentaban ofrendas con los primeros frutos de la cosecha del trigo y los primeros animales nacidos en los rebaños. Por eso se llama también fiesta de las primicias. La celebración incluía llevar una “ofrenda mecida” de dos hogazas de pan, sacrificios de animales (corderos de siete años, un toro y dos carneros) y una ofrenda líquida en acción de gracias por una buena cosecha. Una cabra también debía ser sacrificada como ofrenda por el pecado del pueblo. Esta primera fiesta de la siega, o fiesta de las semanas, se realizaba en el mes de junio para celebrar la cosecha del trigo
            Instrucciones en cuanto a la tercera festividad, la de los tabernáculos o la fiesta de la cosecha, encontramos también en diferentes pasajes:

            FLv 23.33-44
            FDt 16.13-17

            La última cosecha del año tenía lugar en el otoño antes de la estación lluviosa, y señalaba el comienzo de un nuevo año agrícola. En ese tiempo se juntaba y almacenaba el resto del grano maduro. El acontecimiento de siete días también era conocido como “fiesta de la cosecha” y era simbolizado por la construcción de cabañas decoradas con verdor por los cosechadores. La fiesta estaba relacionada con la tradición israelita en conmemoración del peregrinaje por el desierto. También fue la oportunidad para la dedicación del templo de Salomón en Jerusalén (1 R 8.65). O sea, había varios acontecimientos históricos que se conmemoraban en esta fiesta.
            El primer día se hacía una reunión santa (un culto) y no se hacía ninguna clase de trabajo. Durante estos siete días se quemaban ofrendas al Señor. El primer día de la fiesta se tomaban los mejores frutos de los árboles, hojas de palmeras y de los campos frondosos y álamos del río como una ofrenda especial. Durante estos días los israelitas de nacimiento debían vivir en enramadas para que todos sus descendientes supieran que cuando Dios los sacó de la tierra de Egipto los hizo vivir en enramadas.
            Era la fiesta más grande de todas y con una mayor asistencia, ya que la última cosecha había finalizado y ahora todos podían descansar y celebrar.
            Era también la fiesta más alegre de todas ya que estar alegres era un mandamiento de esta fiesta: “Alégrense en esta fiesta junto con sus hijos y sus esclavos, y con los levitas, extranjeros, huérfanos y viudas que vivan en su ciudad” (Dt 16.14 – DHH).
            Un matrimonio de judíos mesiánicos describe la celebración de esta fiesta en las siguientes palabras: “Construimos una SUKA (una cabaña) recordando las cabañas en las que vivieron los hijos de Israel en el desierto, celebramos la protección de Dios durante los 40 años de peregrinación en el desierto cuando nos dirigíamos a la Tierra Prometida.
            Estas cabañas que construimos también nos recuerdan que la vida en esta tierra es pasajera.
            Llevamos a cabo el mandamiento de las Cuatro Especies. Nuestra tradición nos enseña que se debe tomar una fruta cítrica, una rama cerrada de palmera, tres ramas de mirto y dos ramas de sauce. Cada día de la fiesta (menos en Shabat) se cogen las 4 especies, se recita una bendición y se agitan hacia arriba y hacia abajo en todas las direcciones de una forma establecida.
            Posiblemente Jesús nació en esta fiesta.
            Un día Dios hará su morada (Sucá) entre nosotros y reinará sobre toda la tierra.” (http://ministerioluzalasnaciones.com/ index.php/estudiosbiblicos/32-limitacionessatanas)
            Estas fiestas de acción de gracias por las cosechas hacían ver a las personas de cuánto dependían de Dios para tener el pan de todos los días. A veces, el “pan diario” no es tan diario; o por lo menos no es automático, sino se tiene que trabajar muy duro para obtenerlo. Especialmente aquí en el Chaco entendemos este principio muy bien, ya que la actividad económica principal es la agricultura y ganadería, y los dos dependen casi exclusivamente del clima. Aunque se puede prever muchas cosas y prepararse para largos períodos de sequía, pero si estos se extienden más de la cuenta, o si en un día llueve 400 milímetros, el ser humano se da cuenta de su tremenda limitación e impotencia. Agradecer, entonces, a Dios si se ha obtenido buen fruto de su trabajo es poca cosa.
            Ahora, esta es la descripción de las fiestas de los judíos, así como los encontramos descritos en el Antiguo Testamento. ¿Qué podemos extraer de estas festividades que deberíamos aplicar a nuestra celebración hoy en día? Encuentro varios puntos.
            1.) Por un lado, es una fiesta. Es un momento de pasarlo bien en compañía de otras personas. Y es una fiesta muy alegre. Hay muchos elementos que uno puede incluir en una fiesta de acción de gracias que nos ayudan a que el evento realmente sea una fiesta alegre: la misma decoración que se suele hacer con los frutos del campo aporta mucho a esto; la música suele ser siempre parte importante de una fiesta; testimonios de la bendición de Dios en la vida de algunas personas siempre causan gozo en los que los escuchan; la Palabra de Dios, quizás especialmente algunas promesas o historias que ilustran la intervención prodigiosa de Dios de la vida de un personaje bíblico, siempre es un ingrediente fundamental en una fiesta gozosa; una comida rica suele ser también siempre parte de una fiesta agradable, etc. La creatividad de las personas puede agregar muchos elementos más a esta característica.
            2.) Parecido a esto, las fiestas de las cosechas de los judíos siempre eran fiestas de celebración, de alabanza y de gratitud. Dios es claramente reconocido como la fuente, como el proveedor de toda bendición material, y es exaltado como tal. A la vez, esto crea en nosotros la conciencia de dependencia y sumisión a él.
            3.) Siempre las fiestas eran acompañadas de sacrificios. Me llama mucho la atención una frase de estos textos. Dios dice: “Nadie deberá presentarse ante el Señor con las manos vacías” (Dt 16.16 – DHH). Entre paréntesis: ¿Tuviste en cuenta esto al prepararte para venir hoy al culto? Si uno lee otros detalles más que la Biblia da respecto a la celebración de estas fiestas, es impresionante la cantidad de animales que se tenía que sacrificar cada día en honor a Dios. Puedo estar muy alegre y agradecido por todo el logro material que he obtenido, pero si no estoy dispuesto a sacrificar algo al Señor para demostrar mi gratitud, no es verdadera adoración. Es una emoción egoísta que se alegra por la cosecha, pero que no está dispuesta a compartir nada. Cuando David quiso levantar un altar donde ofrecer holocaustos al Señor para redimir su pecado, el dueño del lugar estaba tan emocionado por la visita de David que le quiso regalar el lugar donde edificar el altar. Pero David le dijo: “De ninguna manera. Yo te pagaré su precio. No voy a ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 S 24.24 – RVC). Si mi entrega al Señor no me llega a doler, probablemente no fue de corazón.
            Esto fue lo que Jesús observó un día en el área de ofrendas en el templo. Muchos ricos dieron mucha plata, pero no fue de “olor agradable” para el Señor. Pero las únicas dos moneditas de la viuda fueron un aroma de adoración insuperable para Dios (Mc 12.41-44). ¿Por qué? Porque los ricos ni se dieron cuenta de lo que daban. No les costó nada. Ni lo sintieron. Daban sin poner el corazón en ello. Era un dar por costumbre, quizás por un sentido de deber religioso. En cambio, la viuda daba todo lo que tenía, porque sabía que su bienestar no dependía de esas dos moneditas. Su vida dependía de Dios, que provee hasta para los pajaritos (Mt 6.26). Con esto, ella venció el espíritu demoníaco de Mamón que sí tenía preso a los otros dadores. Alguien dijo que no importa cuánto das, sino con cuánto te quedas, porque esto determinará tu grado de confianza en la provisión de Dios para todas tus necesidades. Si el soltar esos billetes en el canasto de las ofrendas te causa una lucha interior, entonces estás empezando muy bien. Y si a pesar de la lucha lo das por amor al Señor, entonces también has vencido al espíritu de Mamón, y empiezas a experimentar la libertad de manejar tu dinero según las instrucciones de Dios.
            No pretendo hacer una prédica sobre el dinero, pero es importante recalcar esto. Si lo que aportas para la obra de Dios se parece más a un sacrificio que a una limosna, entonces estarás en una situación parecida a la de los judíos en la fiesta de acción de gracias. ¿Acaso no creen que más de uno habrá calculado el precio de estos animales preciosos, sin defecto alguno, los más gorditos y prometedores de la manada, que ahora él tenía que sacrificar para el Señor? Pero lo daban, y con júbilo. Cuando la próxima vez que en la iglesia se diga: “Vamos a recoger la ofrenda”, tú das un salto y lanzas un grito de júbilo, entonces habrás entendido.
            4.) Los judíos daban “…conforme a los bienes con que el Señor su Dios lo haya bendecido” (Dt 16.17 – DHH). Como era un pueblo netamente agropecuario, daban animales y productos del campo. Hoy en día podríamos ver también otras formas de dar, según la actividad o el sustento que cada uno genera para sí y su familia. Quizás no todos tienen árboles frutales para traer algo para decorar la iglesia. Pero quizás pueden vender algo de su producción y comprar con ese dinero algo que pueda contribuir a la decoración.
            Teníamos este año la idea inicial de celebrar nuestro aniversario como iglesia de Costa Azul de una manera similar: que cada uno aporte algo del fruto de su actividad diaria para donarlo y después poder bendecir con ello a los vecinos. Nos gustó mucho la idea, pero cuando pensamos en la realización práctica, nos encontramos con algunos inconvenientes. Como yo hago pan, podría aportar unos panes, pero por la intensidad de los preparativos en la iglesia, tendría que hacerlos ya a mitad de semana. Y pan de 3 días ya no sería tan “sin defecto” como para ofrendarlo. También pensamos en cómo lo podría hacer un hermano que vendía seguros de sepelios. Si de repente aparecería cargando un ataúd, tampoco sería buena idea. Así que, al final cambiamos la metodología, pero con el mismo énfasis de bendecir a algunas familias carenciadas del vecindario.
            5.) Era una fiesta de generosidad para con los más necesitados. En muchas partes de la Biblia encontramos que se habla de los extranjeros, los huérfanos y las viudas como ejemplos de máximo desamparo y necesidad. Y los de ustedes que han estado o están en una situación de estas, sabrán por qué la Biblia dice esto. Pero estas fiestas eran para compartir con todos ellos. Dios dice: “…harán fiesta delante del Señor su Dios, … junto con sus hijos y sus esclavos, y con los levitas, extranjeros, huérfanos y viudas que habiten en su población. Recuerden que también ustedes fueron esclavos en Egipto” (Dt 16.11-12 – DHH). Algo muy similar se ordena para ambas fiestas anuales de gratitud por la cosecha. Todos tenían que participar de estas fiestas de gran alegría y gratitud: los hijos, porque todavía no generaban sus propios ingresos; los esclavos, porque prácticamente no tenían derecho y voluntad propios; los levitas o encargados de la vida religiosa, porque se dedicaban exclusivamente al culto en el templo y no tenían tierras propias; y los extranjeros, las viudas y los huérfanos por su situación de extrema necesidad. Es más: ya al realizar la cosecha se debía pensar en los necesitados. Dice uno de los textos que leímos hoy: “Cuando llegue el tiempo de cosechar, no recojas hasta el último grano de tu campo ni rebusques las espigas que se hayan quedado. Déjalas para los pobres y los extranjeros” (Lv 23.22 – DHH). Una aplicación práctica de este principio encontramos en la historia de Rut y Booz, cuando él ordenó a sus cosechadores de dejar caer a propósito algo de la cebada y del trigo que estaban juntando en gavillas (Rut 2.16). ¿Con quién podrían compartir ustedes su alegría y gratitud al Señor por su abundante bendición para ustedes? Verdadero amor y verdadera gratitud no son mezquinos, sino generosos para con los demás.
            Probablemente se podría extraer varios otros principios más de estos textos y aplicarlos a nuestra vida en general y en especial a la fiesta de acción de gracias. Pero lo principal es nuestra gratitud a Dios por el sustento que él nos hace llegar cada día. El salmista David pudo testificar: “Yo fui joven, y ya he envejecido, pero nunca vi desamparado a un justo, ni vi a sus hijos andar mendigando pan” (Sal 37.25 – RVC). Creo que todos nosotros podríamos testificar de esto también. Podemos haber estado muy apretados, pero siempre la fidelidad de Dios ha hecho que no nos falte lo más esencial para la vida. Generalmente todo lo contrario: nos bendice sobremanera. Y todo es por su gracia. Si no fuera por la bendición de Dios, no tendríamos cosechas para celebrar ni el sustento para el día a día. La tierra sigue produciendo abundante fruto, y nosotros seguimos disfrutando de ello. ¡Alabado sea Dios!