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lunes, 8 de julio de 2019

¿Qué tal tu muro?







            En la antigüedad, cada ciudad tenía un muro a su alrededor. Este muro era su sistema de protección. Aunque quizás no tenga un ejército muy numeroso y entrenado, con el muro intacto, la ciudad estaba bastante bien protegida. Pero una brecha en la muralla era fatal para la ciudad. La hacía totalmente vulnerable y expuesta a los ataques de los enemigos. Sabio era entonces el gobernante que mantenía un estricto control sobre el estado de su muro.
            Es exactamente lo mismo que sucede con nuestro dominio propio. El sabio Salomón lo expresa así: “Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Prov 25.28 – NVI). Si descuidamos cualquier área, le abrimos una brecha al enemigo para que pueda meterse y causar estragos en nuestro interior. Esa brecha es suficiente para hacernos caer en múltiples tentaciones y pecados. ¿Qué tal tu muro?
            Hoy llegamos al último elemento del fruto del Espíritu. Para ayudar a memorizar estos dos versículos, repetimos aquí el pasaje de Gálatas 5.22-23: “…el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas” (NVI). En algunas Biblias, este último ingrediente se traduce como dominio propio, en otras como templanza, una palabra ya no tan conocida para nosotros. Según el Internet, “…la templanza está relacionada con la sobriedad o moderación de carácter. Una persona con templanza reacciona de manera equilibrada ya que goza de un considerable control sobre sus emociones y es capaz de dominar sus impulsos.” (https://definicion.de/templanza/). El término griego contiene la idea de sujetarse a sí mismo, tener un poder interno; ejercer autocontrol. El dominio propio responde a la pregunta: ¿quién te gobierna? Si todo nuestro ser está en sujeción a nuestra voluntad, y ésta, a su vez, sujeta al Espíritu Santo, entonces habrá equilibrio en nuestras reacciones, emociones, palabras, etc. Es muy interesante ver que, en esta lista de 9 virtudes, el amor y el dominio propio forman el inicio y el final, respectivamente, de esta lista. Son como el paréntesis que incluye todo lo demás. Sin el amor y sin el dominio propio no es posible tener paz, ser paciente, ser amable, ser bondadoso, ser fiel, ser humilde… Por ejemplo: al encontrarme con una persona pesada y desagradable, se requiere refrenar o dominar mis emociones y pensamientos —es decir, ejercer dominio propio— para seguir siendo paciente y amable con ella. ¿O no es así? Igualmente se requiere de amor para tratarla amablemente. Así que, el amor y el dominio propio son esenciales para producir todos los demás ingredientes del fruto del Espíritu. Pero desarrollar el dominio propio es quizás el área que más nos cuesta, y donde en muchas de las pruebas no salimos victoriosos. Si vemos algunos personajes de la Biblia, les pasó igual. Abraham no pudo esperar a que Dios cumpliera su promesa, y tuvo un hijo con la esclava. Pero más tarde pudo controlar sus propias emociones, dominar los pensamientos que le gritaban no hacer lo que Dios le había pedido, y tomar a su único hijo legítimo para sacrificarlo.
            José en un momento no pudo dominar su ímpetu y les contó a todos de sus sueños que había tenido. Cuando décadas después se volvió a encontrar inesperadamente con sus propios hermanos que lo habían vendido como esclavo, él tuvo dominio propio para no condenarlos y ejecutarlos, cosa que tranquilamente podría haber hecho como segundo hombre más poderoso de Egipto, sino a perdonarlos.
            Daniel requirió de mucho dominio propio para proponerse no contaminarse con la comida del rey en medio de un mundo hostil.
            Sin dominio propio, Santiago y Juan querían pedir fuego del cielo sobre los samaritanos que no habían permitido que Jesús pase por su territorio. Pero más tarde se lo conoce a Juan como el “apóstol del amor”, por lo que él escribe en sus tres epístolas.
            Jesús dijo a Pedro, minutos antes de enfrentar el peor sufrimiento imaginable: “¿No te das cuenta de que yo puedo llamar a mi Padre, y él mandaría ahora mismo más de doce batallones de ángeles? Pero si hago esto, ¿cómo se cumpliría lo que está en las Escrituras, donde dice que todo debe pasar de esta forma” (Mt 26.53-54 – PDT)? Jesús podría haberse defendido con facilidad, pero por el dominio propio que mostró, no lo hizo. Más bien dice el profeta Isaías de él: “Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan” (Is 53.7 – DHH).
            Y así podríamos mencionar varios otros ejemplos de la Biblia. Se dice que la lucha contra sí mismo es la lucha más difícil que hay, pero también la victoria sobre sí mismo es la victoria más hermosa que uno puede alcanzar. Proverbios dice: “…más vale vencerse uno mismo que conquistar ciudades” (Prov 16.32 – DHH). Pero a veces parece ser más fácil conquistar una ciudad que conquistarse a sí mismo. No todas las luchas contra uno mismo terminan en victoria a nuestro favor. Es decir, no siempre obtenemos el dominio propio, pero estamos en la lucha. Pero alguien que carece totalmente de dominio propio, este asunto se convierte en su demonio propio, porque tan destructivo resulta ser esta actitud. La falta de domino propio genera caos, destrucción y heridas en la persona misma y en todo su entorno. Por eso dijimos que el dominio propio es su sistema de protección de sí mismo y de otros.
            El Nuevo Testamento utiliza dos palabras diferentes que ambos tienen que ver con el autocontrol, con la disciplina. Una palabra, la que Pablo usa en este texto, describe la fortaleza interior de carácter que nos capacita para dominar nuestras pasiones y deseos. La otra se refiere al sano juicio. “El sano juicio nos permite determinar el modo de actuación acertado, la reacción adecuada ante una situación, la habilidad, no solo de distinguir entre el bien y el mal, sino también entre lo bueno y lo mejor. La fortaleza interior es necesaria para ayudarnos a efectuar lo que nuestro buen juicio nos indica que es mejor. Una cosa es saber qué hacer; otra muy distinta es tener la fortaleza interior para realizarlo, sobre todo cuando no tenemos ganas. El dominio propio consiste en el empleo de la fortaleza interior combinado con un buen criterio que nos posibilita pensar, hacer y decir las cosas que agradan a Dios” (https://directors.tfionline.com/es/post/mas-como-jesus-dominio-propio).
            El otro día, una persona muy conocida por todos escribió en su Facebook: “¿Por qué cualquier otra cosa es mucho más atractiva en tiempo de corregir exámenes?” Es exactamente a esto que se refieren estos dos términos. Estoy seguro que todos estamos prácticamente cada día en esta tensión entre lo que sé que debo hacer y el hacerlo verdaderamente. ¿No es cierto? O como lo dijo Pablo: “No sé qué está pasando conmigo: lo que quisiera hacer no lo hago y resulto haciendo lo que odio” (Ro 7.15 – PDT).
            ¿Qué tal tu muro? Vamos a identificar ahora algunos de los bloques que componen este muro para que vos como gobernante de tu ciudad, de tu vida, puedas inspeccionarlos y ver si hay alguna grieta que pueda debilitar tu muro y abrir una brecha por donde el enemigo puede entrar y vencerte. Que experimentes o no la victoria en tu vida depende en gran medida de si vigilas tu muro.
            El primer bloque que identificaremos es nuestro cuerpo. ¿Quién gobierna tu vida, tus actos, tus decisiones? ¿Tu sano juicio o tu cuerpo? Por ejemplo, ¿quién o qué determina a qué hora te levantas? ¿Eres de los que se meten a la boca todo lo que ven para comer, sin importar si tienen hambre o no? ¿Te ocupas de tu salud física o te dejas vencer por la flojera? ¿Quién te gobierna? Por eso, el ayuno, aparte de ser un ejercicio espiritual de incalculable valor, es una manera excelente de cultivar el dominio propio. Aprendemos a someter a nuestro cuerpo a las decisiones de nuestra voluntad y no a las del “dios barriga” como lo describió un autor.
            Es famosa la pregunta: ¿Es pecado (hacer tal o cual cosa)? Hay muchas situaciones sobre la cual la Biblia no da una respuesta explícita. La Biblia no es un libro de leyes de 500 tomos para regular cada detalle de tu vida. La Biblia te da principios según las cuales tú debes tomar tus propias decisiones. Por algo Dios te dio el coco para pensar. Buscá la respuesta en tu sano juicio. Buscá la respuesta en la manera en que respondes a la pregunta: ¿Quién (o qué) me gobierna? Si preguntas, por ejemplo, si tomar cerveza es pecado o no, lo haces posiblemente porque tu deseo de tomar ya es mayor que tu voluntad para no tomar. Tu sano juicio no es acompañado por la fortaleza interior. Tu sano juicio te advierte de las consecuencias que puede tener el tomar cerveza, pero no encuentra el apoyo de la fortaleza interior. Y un jugador que no es acompañado por otro miembro del equipo difícilmente podrá meter un gol, y todo el equipo será derrotado. Por eso, nadie podrá determinar para todos por igual si tomar cerveza es pecado o no. Depende en cada caso de quién o qué gobierna a la persona. Depende del muro de cada uno. Y si el deseo de tomar es más grande que la voluntad de dejarlo al lado, posiblemente tu muro ya tiene una grieta. Y es lo mismo con todas las demás cosas que tienen que ver con el cuerpo físico. ¿Qué tal tu muro?
            Esto tiene estrecha relación con la segunda área: los apetitos y deseos. Muchas personas, especialmente los varones, tienen una tremenda lucha contra los apetitos sexuales. Y muchos ya dejaron de luchar y se dejan llevar por estos apetitos. En lugar de ejercer el dominio propio, este apetito se convierte en su demonio propio, controlando todos sus pensamientos y actos y causando una destrucción indescriptible en su familia, en su moral, en su espíritu, en su cuerpo, en sus relaciones, etc.
            Esto es un ejemplo no más. Otros tienen otros tipos de apetitos, por ejemplo, una debilidad por ciertas comidas. No pueden ver una torta, un chocolate, una tira de costillas asadas, etc., etc., sin devoralo hasta la última migaja. ¿Es pecado entonces comer torta, chocolate, asado o cualquier otra cosa? Ya lo dijimos: ¿quién te controla? ¿Acompaña tu fortaleza interior a tu sano juicio? Depende de eso. ¿Qué tal tu muro?
            Lo mismo también con los deseos. Para niños de dos o tres años, sus deseos son palabra mayor. Ante cualquier negativa de parte de los padres, ellos arman un berrinche y exclaman: “¡Pero yo quiero!” Esto, en su opinión, ya debería ser argumento más que suficiente para que los padres corran a concederles su deseo. Y, entre paréntesis, lastimosamente demasiados padres lo hacen. Se rinden ante estos pequeños tiranos. Entonces, en vez de que los padres gobiernen a sus hijos, ellos caen como esclavos de un enano de 2, 3 o de 14 años.
            Pero la verdad es que hay muchas personas de 30, 40 o 50 años que se comportan como esa criatura. Quizás no se van a tirar al suelo gritando: “¡Pero yo quiero!”, pero actúan según el mismo propósito. Lo que ven, lo compran. Lo que quieren, hacen lo imposible para conseguirlo. Sus deseos siguen siendo palabras mayores para ellos y que quieren imponer también sobre otros. La grieta en su muro se ha abierto y se ha convertido en una supercarretera asfaltada a su interior para que el enemigo pueda causar el daño que le plazca hacer. ¿Qué tal tu muro?
            Un gran campo de batalla por mantener el muro intacto es la lengua, el hablar. Este es el tercer bloque que queremos identificar de nuestro muro. Santiago no encuentra palabras muy elogiosas acerca de la lengua. La define como “un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendida por el infierno mismo…” (Stg 3.6 – DHH). Y después sigue diciendo: “El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, de aves, de serpientes y de animales del mar, y los ha dominado; pero nadie ha podido dominar la lengua. Es un mal que no se deja dominar y que está lleno de veneno mortal. Con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen. De la misma boca salen bendiciones y maldiciones. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Stg 3.7-10 – DHH). ¡Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos y a los demás al no tener dominio propio sobre nuestro hablar! Los chismes que reproducimos, la crítica despiadada al prójimo, los insultos al cónyuge o a los hijos, la denigración (decir: “Tú no vales nada, no sirves para nada…”) y muchas otras incontinencias o faltas de dominio propio pueden herir mucho más que una clavada con un cuchillo. En los proverbios encontramos muchos versículos acerca del uso de la boca. Dice Salomón: “Los labios del justo dicen palabras gratas; la boca de los impíos arroja perversidades” (Prov 10.32 – RVC). “El que vigila su boca protege su vida, el que abre demasiado sus labios acaba en la ruina” (Prov 13.3 – BPD). Y más de uno ha tenido que reconocer con dolor que “cuando las palabras son muchas, el pecado no falta; así que aquel que controla sus labios es prudente” (Prov 10.19 – Kadosh). Por eso, el salmista tomó una decisión drástica: “Yo dije: ‘Atenderé a mis caminos para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca con freno en tanto que el impío esté delante de mí’” (Sal 39.1 – RV95). Él se cuidó demasiado de no ser un mal testimonio ante los incrédulos con su modo de hablar. Ese cuidado debemos tener siempre. Por supuesto que todos somos diferentes, y hay personas más sueltas de lengua que otras. No obstante, aún los más callados no se libran de poder pecar con su lengua. Es más, sus pocas palabras pueden ser mucho más mordaces e hirientes que la avalancha de otros. ¿Qué tal tu muro?
            Especial cuidado debemos brindarle al cuarto bloque en nuestro muro, el bloque de los pensamientos. Es ahí donde muy fácilmente se pueden producir grietas que afecten a todo lo demás. Los pensamientos son prácticamente el cimiento del muro. Si estos están mal, todo lo demás también está debilitado. ¿Por qué? Porque toda acción, toda palabra, toda reacción se genera primero en la mente. Tú eres lo que tú piensas. Aún tus reacciones impulsivas que dices haber tenido “sin pensar” se originan en tus pensamientos y de no haberle puesto candado a los pensamientos inadecuados – o sea, a la falta de dominio propio en la mente. Por ejemplo, ¿qué sucede en tu mente cuando estás enojado(a)? ¿Acaso el asunto no está dando vueltas y vueltas en tu cabeza, elaborando toda una estrategia de batalla en palabras y acciones contra la persona la próxima vez que se encuentren? Y ya se está produciendo una grieta gruesa en tu muro. Por eso advierte la Biblia: “Cuida tu mente más que nada en el mundo, porque ella es fuente de vida” (Prov 4.23 – DHH). Es muy difícil cuidar esta área, porque como es el cimiento, está bajo tierra, invisible. Es decir, muchas veces no nos damos cuenta de que este huracán se está desatando en nuestro cerebro. Requiere que nos despertemos y reaccionemos para poder salir de este círculo vicioso en que entró nuestra mente. Debemos pensar acerca de nuestros pensamientos. Y esto requiere de muchísimo dominio propio, porque muchas veces no queremos salir de este estado mental, porque es ahí que podemos vivir plenamente nuestra venganza contra la persona. Quizás no nos atrevemos de reaccionar en persona contra ella, pero en nuestra imaginación ya la hemos hecho pedazos, matado, resucitado para volverla a matar. No me digan que no han experimentado esto en algún momento de mucho enojo y de heridas profundas causadas por otros. Ya Jesús mismo lo dijo: “…de adentro, es decir, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de adentro y hacen impuro al hombre” (Mc 7.21-23 – DHH). Así que, para mantener intacto tu muro, debes empezar a trabajar primero por el fundamento: los pensamientos. Ya me habrán escuchado muchas veces citar a Romanos 12.2: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…” (DHH). Esto es fácil de decir, pero ¿cómo se hace? La única manera de lograr un cambio de mentalidad es cambiando la fuente de pensamientos que la nutre. Tú eres lo que son tus pensamientos. Así que, llena tu mente con cosas positivas. Pablo les sugiere a los filipenses: “…piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en toda clase de virtudes, en todo lo que merece alabanza” (Flp 4.8 – DHH). ¿Coincide este listado con los pensamientos que tuviste esta semana? Esto debe ser nuestra meta. Si tienes problemas con grietas en tu muro en el sector de los pensamientos, escribe este versículo en varios papeles y pegalos por toda tu casa, para que cada vez que los ves, puedas analizar tus pensamientos del momento, a ver si coinciden con lo que dice el versículo. Y si no, reemplazar los pensamientos dañinos por otros fructíferos y de bendición. ¿Qué tal tu muro?
            Algo muy cercano a los pensamientos es el bloque de las emociones. Los pensamientos causan en nosotros ciertas respuestas emocionales. Si tengo pensamientos positivos acerca de alguien, éstos producen en mí paz y un sentimiento de alegría que me hace hacer algún acto de bendición y de perdón hacia la otra persona. Acuérdense de lo que José hizo con sus hermanos. A la inversa, los pensamientos de odio hacia alguien, producen en mí una ira incontrolable que me hace cometer cualquier acto violento contra la misma. Basta con leer los informes policiales para ver las agresiones y los asesinatos que han surgido de una explosión de ira. Y, digamos que no llegamos a hacer nada en contra de otros a causa de nuestros sentimientos de ira y rencor, pero sí nos causa un daño terrible a nosotros mismos, porque nosotros sí andamos envenenados. Es como si quisieras matar a otra persona, pero en vez de ponerle veneno en su comida o bebida, te lo tomas todo tú mismo. Y encima justificas el veneno, diciendo que tienes derecho a estar enojado(a) con la otra persona. Ten mucho cuidado con estas grietas en tu muro. Quizás el dominio propio no impide que te enojes. No es eso lo que queremos decir. Pero sí te ayudará a controlar tus emociones, canalizarlas correctamente y deshacerte de las mismas. ¿Qué tal tu muro?
            Hay muchos otros sectores en este muro de protección contra el pecado. Cada uno podrá identificar otras áreas más en las que frecuentemente se producen grietas en su muro. La lucha por el dominio propio, el cuidado de las grietas en tu muro, es difícil. Como dije al principio, a veces tendrás éxito, a veces no. Pero cuanto más te ejercitas en obtener el control sobre tu vida, más fuerte te harás. Pero nunca debes olvidar que es el fruto del Espíritu, no de tus esfuerzos. No obstante, debes esforzarte en todo lo que esté a tu alcance. Como dije en la introducción a esta serie de predicaciones sobre el fruto del Espíritu, estamos trabajando en equipo con el Espíritu Santo. Nosotros hacemos lo que podemos para tener amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio, pero el Espíritu Santo nos guía en nuestro esfuerzo y hace que este esfuerzo sea fructífero. Encomienda tu vida a él y pídele que él produzca su fruto en ti. No esperes ver mañana ya cambios contundentes, porque es un proceso que termina recién cuando termina tu vida en esta tierra. Pero hoy es un buen día para empezar este proceso. Pablo compara esta lucha por el muro intacto con una disciplina deportiva: “Los que se preparan para competir en un deporte, evitan todo lo que pueda hacerles daño. Y esto lo hacen por alcanzar como premio una corona que en seguida se marchita; en cambio, nosotros luchamos por recibir un premio que no se marchita. Yo, por mi parte, no corro a ciegas ni peleo como si estuviera dando golpes al aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo obligo a obedecerme, para no quedar yo mismo descalificado después de haber enseñado a otros” (1 Co 9.25-27 – DHH).
            ¿Qué tal tu muro? Decide hoy reforzarlo en todas sus áreas.


domingo, 30 de junio de 2019

Sean humildes como yo (Jesús)






            En nuestro tiempo de estudio en el seminario teníamos un compañero que un día dijo: “La próxima vez que me toca predicar voy a hablar sobre el tema: ‘Cómo llegar a ser tan humilde como yo’.” Por supuesto que lo dijo en broma, y resultó ser muy buen chiste. El mismo título ya es una contradicción en sí, así como es una contradicción ser orgulloso de su humildad. Se dice que la humildad es la única virtud que, en el momento en que uno se da cuenta de que la tiene, ya la ha perdido. Es decir, cuando me sorprendo de cuán humilde soy, ¡había sido!, ya dejé de serlo…
            Con este tema llegamos a la penúltima característica del fruto del Espíritu: la humildad o mansedumbre, según la traducen las diferentes versiones. Es uno de estos temas tramposos sobre los cuales es muy fácil de hablar, pero que en la vida cotidiana muchas veces brilla por su ausencia. Como ya saben, estas 9 características de la presencia del Espíritu Santo en una persona las encontramos en los versículos 22 y 23 de Gálatas 5. Son 9 manifestaciones del carácter de Cristo en nosotros. Entonces, al hablar de humildad, nos referimos al carácter de la persona, no a su condición económica. Si alguien dice que fulano de tal es de origen humilde o viene de una familia humilde, no está diciendo todavía absolutamente nada respecto al carácter de esa persona. Puede ser de condiciones humildes, pero ser un arrogante y orgulloso de aquellos. Así que, guiándonos por diferentes pasajes de la Biblia, vamos a ver hoy de qué manera se manifiesta la humildad de Gálatas 5.23 en la vida de un hijo de Dios.
            Cuando pensamos en una persona mansa y humilde, quizás nos imaginamos una persona con la cabeza agachada; que casi no tiene voluntad propia; que dice “Sí, amén” a todo y a todos; que es el trapo de piso de los demás. Pero fíjense lo que la Biblia dice de Moisés: “Moisés era un hombre muy humilde. En toda la tierra no había nadie más humilde que él” (Nm 12.3 – RVC). Les pregunto: ¿Moisés era el trapo de piso de todos? ¿Moisés agachaba la cabeza y decía “Sí” a todas las exigencias de los demás? ¡De ninguna manera! Moisés podía ser muy duro con los demás, podía dirigir a millones de personas de Egipto a Palestina en un viaje de 40 años por el desierto, Moisés podía legislar a toda una nación y enfrentar con autoridad a los que se oponían a la voluntad de Dios. Y la Biblia lo llama “manso” y “humilde”, poniéndolo como ejemplo solitario de esta característica. Nos damos cuenta entonces que humildad no tiene nada que ver con debilidad. O como se dice por ahí: “manso, pero no menso.” Más bien, “la mansedumbre, … supone una gran fuerza interior y una enorme convicción para enfrentar situaciones difíciles o adversas sin recurrir a la violencia o caer presa de sentimientos de cólera y rencor” (www.significados.com/mansedumbre/). Una persona mansa o humilde puede parecer ser débil, cuando en realidad está usando todas sus fuerzas para sujetar su propio ser interior que clama por darle un mimito con el puño al que se está burlando de él. Es como si la mansedumbre fuese otra persona que de atrás ataja y domina a la persona que está querían abalanzarse sobre cierto sujeto para darle su merecido. Es poder bajo sujeción. La persona con mansedumbre sabe canalizar su fuerza. En vez de usar su fuerza para partirle la cara al prójimo, la usa para controlar sus emociones y pensamientos. ¿Cuál de las dos cosas les parece la más difícil? Cuando todo en ti clama por acelerar y tirarle a la cuneta al que se comportó contigo en forma tan imposible en el tráfico, es incomparablemente más difícil seguir tu camino con una sonrisa en la cara como si nada hubiera pasado que ir y hacer lo que tanto te reclama tu enojo. Y no digan que yo no sepa de qué estoy hablando… Santiago 1.19 dice: “Amados hermanos míos, todos ustedes deben estar dispuestos a oír, pero ser lentos para hablar y para enojarse” (RVC). ¿Qué es lo más natural que uno hace al enojarse con otra persona? Uno empieza a vociferar y a tirarle encima toda su bronca con una avalancha de palabras y palabrotas. Si esto es natural para el ser humano, el Espíritu Santo quiere producir en ti lo que es natural para un hijo de Dios. Pensá antes de actuar y de hablar. Considera bien lo que vas a hacer. Esto es lo que hace una persona mansa. Entonces vemos que la mansedumbre no tiene nada que ver con la debilidad. Es más bien todo lo contrario. Tiene mucho que ver con el dominio propio que veremos en la última prédica acerca del fruto del Espíritu.
            Parecido a esto, la humildad tampoco es tener baja autoestima. Más bien, la persona humilde tiene una opinión equilibrada de sí misma y de los demás: “No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Ro 12.16 – NVI). La persona arrogante y orgullosa sólo se ve a sí misma. Los demás no existen para ella, a no ser para servirle y besarle los pies. Pero la persona humilde sabe elevar y honrar a los demás, como si fueran más importantes que ella misma: “No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo” (Flp 2.3 – BLA). No estamos hablando aquí de valor. En cuanto a valor como ser humano todos estamos en el mismo nivel. Más bien Pablo está refiriéndose a atribuirle más honor a los demás que a sí mismo. Puede que a algunos les suene esto a tener una baja autoestima, considerarse a sí mismo como lo peor. Pero no tiene nada que ver con eso. La persona que se considera peor que todos los demás, también se centra sólo en sí misma. Es tan egocéntrica como la que se cree la última Coca Cola del desierto. Las dos son manifestaciones de orgullo, sólo que una está camuflada de supuesta humildad. Es una persona orgullosa de su humildad. Pablo describe a este tipo de personas en estos términos: “Hay gente que aparenta tener humildad, adora a los ángeles, siempre habla de las visiones que ha tenido y quiere que todos la imiten. No les hagan caso ni dejen que decidan lo que ustedes deben hacer. Ellos presumen de lo que no han visto y se guían sólo por ideas humanas” (Col 2.18 – PDT). En cambio, el que estima a otros como mejores que él mismo lo hace porque no se centra en sí mismo, sino en los demás. No está en una competencia de compararse a sí mismo con los demás. Se olvida de sí mismo y sólo ve a los otros y procura elevarlos a los demás y hacer que ellos reciban honra. Es por eso que dijimos que la persona con humildad no se da cuenta de esa humildad, porque no se fija en sí misma. Por eso tampoco le preocupará recibir honra, sino la dará siempre a los otros, de modo genuino. Sólo se somete a Dios y deja todo lo demás a cargo de él, como lo expresa el apóstol Pedro: “…humíllense ante el gran poder de Dios y, a su debido tiempo, él los levantará con honor” (1 P 5.6 – NTV).
            Otro detalle que podemos encontrar en la Biblia acerca de la humildad es que a Dios le agrada esa actitud. Los humildes gozan de su favor. Leemos, por ejemplo: “Tú salvas a los humildes, pero humillas a los soberbios” (2 S 22.28 – RVC). El salmista declara: “Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos” (Sal 138.6 – RVC). Y también el apóstol Pedro escribe: “…revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1 P 5.5 – NBLH). “Humildad” y “humillación” no son la misma cosa – excepto si uno mismo lo hace. El que es verdaderamente humilde, se humillará ante los demás y se sujetará a los que tienen autoridad y, especialmente, ante Dios. Pero si otros le humillan, es tremendamente humillante… Es decir, recibir un trato humillante es muy dañino y hasta puede marcar a una persona de por vida. El bullying del que ahora todo el mundo habla no es absolutamente nada nuevo. Se refiere a la humillación y la burla que una persona sufre de parte de otros. Esto siempre ha existido, y nadie ha dicho nada. Ahora que se le dio un nombre sofisticado, está en boca de todos. Y realmente es algo sumamente despreciable cuando alguien le proporciona este trato a otro ser humano. ¿Dios también hace bullying? Él sabe humillar a los soberbios, pero siempre es con el propósito de salvar a una persona. Él procura hacerle ver que su arrogancia no trae ningún beneficio para nadie. El ser humillado por Dios es radical. En la Biblia encontramos muchos ejemplos de esto. Nabucodonosor es uno de ellos. Después de creerse la octava maravilla del mundo, tuvo que vivir varios años a la intemperie como animal salvaje. Pero le sirvió esta humillación para reconocer quién es en realidad la maravilla, no solo del mundo, sino de todo el universo. Al final él mismo dice: “Ahora pues, yo, Nabucodonosor, alabo, honro y glorifico al Rey del cielo, porque todo lo que hace es verdadero y justo, y puede humillar a los que se creen importantes” (Dn 4.37 – DHH). Así que, más te vale que te humilles a ti mismo y no que seas humillado por Dios.
            Uno de los favores que Dios otorgará a los humildes es que él escuchará sus oraciones: “Señor, tú escuchas la oración de los humildes, tú los animas y los atiendes” (Sal 10.17 – DHH). ¡Cuántas veces no hemos experimentado ya esto!
            En este mundo, normalmente no se le da mucha importancia a la humildad. Es que se cree que cuanto más alto uno puede subir sobre las cabezas de los demás, más héroe es. Pero este concepto va totalmente en contra de lo que la Biblia dice al respecto. El salmista dice: “…los humildes heredarán la tierra y disfrutarán de gran bienestar” (RVC). Esto se parece mucho a lo que también dijo Jesús en el Sermón del Monto: “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia” (Mt 5.5 – NVI), mientras que el mundo cree que los violentos, los atropelladores y los arrogantes lograrán dominar la tierra.
            En cambio, para los hijos de Dios, la humildad es incluso más importante que la honra. O, dicho de otra manera, la humildad es el camino para alcanzar verdadera honra. El sabio Salomón dice: “El honrar al Señor instruye en la sabiduría; para recibir honores, primero hay que ser humilde” (Pr 15.33 – DHH). Y 3 capítulos más tarde él repite: “Antes de la ruina el corazón fue soberbio, antes de la gloria fue humilde” (Pr 18.12 – BNP); “tras el orgullo viene el fracaso; tras la humildad, la prosperidad” (DHH). Entonces, si analizas tu corazón, sabes dónde vas a parar si sigues ese camino. Si prevalece en ti la soberbia, terminarás en la ruina. Si prevalece en ti la humildad, serás exaltado. El problema es que la humildad es difícil de reconocer por nosotros mismos porque, como dije al principio, si nos damos cuenta de que somos humildes, ya dejamos de serlo. La humildad es algo que los demás notarán en nosotros, no nosotros mismos. Es como si la lleváramos como una mochila en la espalda. Por eso nosotros no la podemos ver, pero sí los demás. Por lo tanto, esta autoevaluación es en realidad algo difícil de hacer, pero sí podemos notar si el orgullo nos domina frecuentemente, y también podemos ver qué futuro nos espera si permanecemos en esa condición.
            Pero es justamente en estos momentos que nos es de tanta ayuda poder comprarnos, no con otras personas, sino con la medida perfecta: Jesús es el ejemplo por excelencia de humildad. Él dijo: “Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma” (Mt 11.29 – RVC). Jesús es el único que puede decir: “Sean tan humildes como yo.” Él nos mostró la verdadera fuerza de la humildad que no se asqueó ante la miseria humana, que no dudó en tocar a los enfermos con los peores padecimientos, que no se resistió de ser muerto por amor, pero que tuvo también el valor de llamarles la atención a los fariseos o a los soldados que lo maltrataron. En él se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan” (Is 53.7 – DHH). Poder bajo sujeción.
            Y si nuestro Maestro y ejemplo es así, la humildad debe ser también la marca característica de un hijo de Dios. Pablo escribe a los colosenses: “Dado que Dios los eligió para que sean su pueblo santo y amado por él, ustedes tienen que vestirse de tierna compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia” (Col 3.12 – NTV). Tenemos que vivir acorde a nuestra naturaleza en Cristo. Su carácter tiene que hacerse visible en nosotros. Este es el requisito básico para exhortar a otros: “Hermanos, es posible que alguno de ustedes caiga en la trampa del pecado. Ustedes, que son guiados por el Espíritu, acérquense a él y ayúdenle a corregir su error. Pero ¡ojo!, háganlo con humildad pues ustedes también pueden caer en tentación” (Gl 6.1 – PDT). “Y cuando corrijas a tus enemigos, hazlo con humildad. Tal vez Dios les dé la oportunidad de arrepentirse y de conocer la verdad” (2 Ti 2.25 – TLA). La corrección o reprensión a otros por sus faltas puede tener el efecto deseado únicamente si lo hacemos con humildad, sabiendo que estamos expuestos al mismo peligro de los demás. Eso es amor. El pretender corregir a los otros desde arriba, creyéndonos los santos infalibles, no refleja el deseo de que los demás enmienden su vida, sino de hacer alarde de mi (supuesta) perfección.
            Para resumir y profundizar lo que hemos vista hasta ahora, podemos decir lo siguiente respecto a la humildad:
·         Los mansos son enseñables y están dispuestos a aceptar disciplina.
·         “Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus éxitos y logros; mucho menos los usa para pisotear a las personas de su entorno.” (https://www.significados.com/humildad/)
·         “…la humildad es una actitud del corazón, no simplemente una conducta externa. Alguien podría tener una apariencia de humildad, pero con un corazón lleno de orgullo y arrogancia.” (https://www.gotquestions.org/Espanol/biblia-humildad.html).
·         “Ser humilde significa ser realista con la percepción que tienes sobre ti mismo. Implica reconocer tus fortalezas, pero tus debilidades también; conocer tus talentos, pero también tus limitaciones. Todo lo que esté por encima o por debajo de esta percepción objetiva de ti mismo es orgullo. … La humildad se demuestra cuando contestas honestamente sobre ti cuando te preguntan. Por lo general, no es necesario anunciar tus talentos con tus labios, ya que la manera en que vives hace un mejor trabajo.
Piensa en esto: Jesús era tan humilde que, a pesar de todos los milagros que hizo y las lecciones que les enseñó a miles de personas, Judas tuvo que besarlo para que los soldados supiesen a quién arrestar.” (https://verdadyfe.com/2012/07/09/ que-significa-ser-humilde/)
·         Puedes desactivar los argumentos cuando eres humilde y no tienes que ganar cada discusión. … Tú puedes manejar el tratamiento injusto pacíficamente cuando eres humilde y puedes responder al tratamiento injusto sin ser vencido por la amargura. … Tú puedes pedir perdón cuando eres humilde. … Tú puedes hablar con cortesía y con amor, independientemente de la situación, incluso si tienes que ser firme o tomar acciones fuertes.” (https://mvmspanish.wordpress.com/2011/06/13/ comprender-el-significado-de-la-humildad-en-la-biblia-1-pedro-55/)
            ¿Qué pueden llevarse como tarea para la casa? No les sirve que les diga que deben cultivar más la humildad. Es inútil por las mismas características de la humildad. Pero sí pueden y deben estar alertas a las señales de la soberbia, la arrogancia o el orgullo que siempre quiere tener la razón y estar por encima de todos los demás. Lo único que puedes perder al dar la preferencia a otros es tu orgullo – y esa es una pérdida muy deseable. Y también puedes y debes aferrarte cada día más a Jesús, cultivar la intimidad con él, llenarte de su Palabra, para que lentamente su presencia y su carácter se hagan cada vez más visibles en ti. Es un proceso de toda la vida, pero ¡vale la pena recorrelo!


martes, 28 de mayo de 2019

Pensamientos sublimes








                   Te vas tranquilo por la Transchaco hacia Asunción, con toda la paz del alma y pensamientos sublimes. De repente uno de estos conductores que nunca pueden faltar se te cruza y por poco provoca un accidente. ¿Siguen presentes tu paz y tus pensamientos sublimes?
                   Este ejemplo es un modelo que se puede aplicar a un sinfín de otras situaciones que te tocan vivir a diario. En lugar de decir “ruta Transchaco” puedes hablar de tu hogar, de tu trabajo, de tu lugar de estudios, de la iglesia, etc. Puedes estar en cualquiera de estos y de cientos de otros lugares más, con tus pensamientos sublimes. Y el que se te cruza de repente, no tiene que ser otro chofer, sino puede ser algún miembro de la familia, un hermano de la iglesia, el jefe, algún compañero, etc. ¿Cómo es tu reacción a estos intrusos a tu propia comodidad o a tu manera de pensar y de hacer las cosas; a estas personas que provocan un choque con tus emociones, con tus pensamientos, con tu carácter? Y ojo: no estoy diciendo que son personas malas y malintencionadas. A veces el que cruza sos vos. Pero como no queremos admitir que fuimos nosotros los que nos equivocamos, que fuimos nosotros los que estábamos yendo en zig-zag por los 4 carriles de la Transchaco, entonces le tiramos toda la bronca sobre los demás. Quizás el que se te “cruzó” es uno que vio el peligro en que estabas y te frenó para salvarte la vida, o para enseñarte alguna lección importante. Pero este tipo de situaciones es un examen que revela cuán desarrollado está en ti alguno de los componentes del fruto del Espíritu. Hoy consideraremos dos elementos de este fruto: la amabilidad y la bondad. Como los ejemplos ya lo muestran, estos dos tienen que ver especialmente con nuestra relación con el prójimo, al igual que la paciencia que Rodrigo nos ilustrará en su propio ejemplo el próximo domingo. Los primeros tres, el amor, el gozo y la paz, tienen que ver con nuestra relación con Dios.
                   Como las anteriores veces, nuestro tema sale de Gálatas 5.22-23: “…el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Contra tales cosas no hay ley” (RVC).
                   Benignidad. ¿Qué sabor tendrá esa fruta? Parece ser una fruta exótica que vemos cada tanto en algún negocio, pero que nunca hemos probado ni mucho menos comprado. O sea, la palabra “benignidad” no está en nuestro vocabulario, y no sabemos qué significa. Revisé unas cuántas versiones diferentes de la Biblia para ver cómo ellos traducen este término, y encontré bastantes opciones. Unas cuántas traducciones dicen “amabilidad”. Eso ya nos suena más conocido. Otras dicen “generosidad”, “afabilidad”, “gentileza” y “agrado”.
                   Vamos a tratar de describir algunos de estos términos. La benignidad “…se refiere a los valores de algo o alguien que es considerado bueno en su esencia.” ¿Qué valores muestra alguien que es bueno? “La persona que expresa benignidad tiene cualidades positivas como simpatía, comprensión, buena voluntad, paciencia y amor con las personas de su entorno. Es considerado una buena persona, de buen corazón y que actúa en relación a buenas intenciones, siendo sincera, comprensiva y tolerante.” Decimos: “¡Que bueno es fulano(a) de tal! Da tanto gusto estar con él(ella).” A ese tipo de personas se refiere. “La benignidad … no significa que uno tenga el carácter débil o que tenga falta de convicciones. Es más bien, ser apacibles en nuestro trato; dulces y tiernos con los demás.” Ya habíamos dicho que este elemento del fruto del Espíritu tiene que ver con nuestra relación con las demás personas. Si eres un hijo de Dios, teniendo al Espíritu Santo viviendo en ti, tu trato hacia los demás se debe volverse cada vez más suave. El fruto del Espíritu es el carácter de Cristo dentro del cristiano. Basta entonces con mirar cómo Jesús trató a la gente para saber cómo debería ser nuestro trato a los demás. “Jesús era tierno con todos los necesitados. Vemos a un Cristo que sana leprosos, que acepta a los niños, que resucita muertos, y que escucha el clamor de hombres que no pertenecían a su país. También lo vemos teniendo buen trato con las mujeres, y con mujeres que eran adúlteras ante la sociedad. No las trata ásperamente, sino que les extiende el perdón que solo él puede dar. No las juzga, sino que les da el agua viva que quita toda insatisfacción. Aún lo vemos en sus últimos momentos de vida, tratando con dulzura al pecador al lado de él en la cruz. No le dice: ‘Hoy estarás muriendo en el infierno’, sino que en su benignidad le da las palabras de aliento más grandes que un moribundo puede escuchar: ‘Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso’ (Lc 10.43 – NTV). ¿Se parece a ti esta descripción? Jesús es el ejemplo más grande de benignidad y ternura, y el Espíritu Santo desea fervientemente que nosotros seamos como él.” Por eso, Jesús tenía toda la autoridad de decirle a sus discípulos: “Ustedes deben amar a sus enemigos, hacer el bien y dar prestado, sin esperar nada a cambio. Grande será entonces el galardón que recibirán, y serán hijos del Altísimo. Porque él es benigno con los ingratos y con los malvados” (Lc 6.35). Sabemos que los hijos reproducen las características de los padres. Si Jesús dice que se nos considerará “hijos del Altísimo”, quiere indicar que reproduciremos en nuestra vida y en nuestro carácter esa benignidad que él acaba de describir de su Padre. Y Dios no es selectivo en su trato. A todos él trata de la misma manera, incluso a los ingratos y malvados, como dice este texto. Su benignidad hacia los ingratos y malvados se manifiesta en misericordia hacia ellos, a ver si no se vuelven de sus malos caminos. Escribe Pablo a los romanos: “¿No te das cuenta de que menosprecias la benignidad, la tolerancia y la paciencia de Dios, y que ignoras que su benignidad busca llevarte al arrepentimiento” (Ro 2.4 – RVC)?
                   Así trata Dios a los demás, incluyendo a los pecadores rebeldes que continuamente le dan la espalda. Si nosotros somos rudos y ásperos en el trato hacia los demás, ¿nos creerán cuando decimos que somos hijos de Dios? Yo sé que no somos perfectos y que jamás llegaremos a ser como Dios, pero se debe notar en nosotros algo de su carácter. Su presencia en nosotros debe transformar paso por paso nuestro interior. Una nota de la Biblia Plenitud dice: “El Espíritu Santo borra la agresividad de carácter de quien está bajo su control” (BP).
                   En otro comentario leemos: “Nuestro mundo está lleno de personas cortantes, personas que insultan a los que están a su alrededor, no les abren la puerta a las señoras de edad ni a los que van con paquetes, se ríen de las desgracias de los demás y tratan de mostrar su superioridad pasando por encima de los demás.
                   Sin embargo, existen otras personas que ceden su puesto en la fila, elogian a las personas que los rodean, se apuran para abrirle la puerta a los demás, se solidarizan con los infortunios de otras personas y muestran humildad y disposición para servir a los demás.” Y ustedes podrían agregarle muchos otros ejemplos prácticos de qué significa ser amable y cortés con las personas. “Benignidad es darnos humildemente en amor y misericordia a las personas que de pronto no podrán darnos nada a cambio, a personas que a veces no lo merecen y a personas que por lo general no nos van a agradecer por ello. Benignidad básicamente es una forma de pensar que lleva a hacer obras pensadas para los demás.” A medida que crece y madura este fruto en nosotros, el egoísmo tiene que morirse de hambre. Si vivimos enfocados en los demás y lo que podemos hacer para ellos, no tendremos tiempo de pensar egoístamente en nosotros. Dejaremos de luchar para que nuestras necesidades sean satisfechas; que nuestro pedazo de la torta no sea el más pequeño, y empezaremos a preguntarnos más bien qué podemos hacer para responder a las necesidades de otros. ¿Nos damos cuenta que esta rodaja de la mandarina está íntimamente ligada a la rodaja del amor? Más adelante vamos a ver que también está unida al dominio propio. Por eso es un solo fruto con sus variadas manifestaciones que no podemos separar una de la otra.
                   Veamos ahora una descripción de otra forma de traducir este término: la amabilidad. “La amabilidad es el acto y/o comportamiento que realiza una persona con respeto y educación hacia otras personas.” “La amabilidad es fundamental para relacionarnos de una manera positiva y satisfactoria con los otros, bien sea en la familia, en el trabajo, en la escuela, en nuestra comunidad, etc. La amabilidad es una forma de mostrar nuestro respeto y afecto hacia el otro.” Y cuando mostramos respeto y amabilidad a toda persona que comparte nuestro espacio de vida, se cumple lo que dice la Biblia: “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego” (Pr_15.1 – NVI). Y también dice el sabio Salomón: “Las palabras amables son como la miel: endulzan la vida y sanan el cuerpo” (Pr_16.24 – TLA). Imagínense tener una herida en su brazo que duele tremendamente. ¿Qué preferirían que se les pase por la herida, miel o papel lija? Entonces saben qué beneficio trae la amabilidad a las relaciones con otras personas, y cuánto daño hace la aspereza y el trato duro.
                   Dice un comentario: “La amabilidad es un valor esencial en la forma en que los cristianos deben relacionarse los unos con los otros, y está fundamentada en la misericordia de Dios, según la cual los creyentes … deben reconocerse entre sí…” Dice la Biblia: “Desechen todo lo que sea amargura, enojo, ira, gritería, calumnias, y todo tipo de maldad. En vez de eso, sean bondadosos y misericordiosos, y perdónense unos a otros, así como también Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Ef 4.31-32).
                   En términos parecidos a la benignidad y la amabilidad se describen también las otras palabras con que las diferentes versiones de la Biblia traducen esta palabra: La generosidad: “…es el hábito de dar o compartir con los demás sin recibir nada a cambio.” “Es un tipo de conducta orientada a la ayuda a los demás.”
                   La afabilidad: “Es aquella cualidad que consiste en ser de un acceso fácil para sus inferiores y en escucharlos con benevolencia.” No ser un jefe rudo e inaccesible, sino darse a los empleados, escuchar sus corazones y actuar en beneficio de ellos.
                   Esa es la benignidad, la característica que el Espíritu Santo quiere producir en nosotros. Parecido a este es la bondad. La bondad es la exteriorización de la benignidad. Mientras que la amabilidad es la característica interna de la persona, parte de su personalidad, la bondad es la forma cómo la amabilidad se expresa en el trato hacia los demás. “Una persona con bondad … tiene una inclinación natural a hacer el bien. … Se considera que una persona tiene la cualidad de la bondad cuando siempre se mantiene dispuesta a ayudar a quien lo necesita, cuando se muestra compasiva con las personas que se encuentran sufriendo por distintas circunstancias y también cuando mantiene una actitud amable y generosa hacia los demás.” “La bondad implica misericordia, bondad amorosa y verdad, pero no tolera la maldad ni coopera de ninguna manera con ella.”
                   Es lindo tener este carácter tan amable y bueno, ¿no? Pero no se forma por sí sólo. Si bien es producto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, nosotros debemos alimentar este carácter o preparar la tierra. Eso se logra nutriendo nuestra mente con pensamientos acorde a este carácter. Pablo lo describe así: “…hermanos, piensen en todo lo que es verdadero, en todo lo honesto, en todo lo justo, en todo lo puro, en todo lo amable, en todo lo que es digno de alabanza; si hay en ello alguna virtud, si hay algo que admirar, piensen en ello (Flp 4.8 – RVC). Si nosotros alimentamos nuestra mente con pensamientos ásperos, de rencor, de rechazo, de juicio hacia ciertas personas, el Espíritu Santo no podrá convertir esa basura en joyas. La orquesta de Cateura convierte basura en música, pero el Espíritu Santo es demasiado gentil y respeta la materia prima que le proveemos. Lo que entra, eso también sale. Jesús dijo: “…del corazón [de la mente – PDT; del interior del hombre – DHH] salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mt 15.19-20 – RVC). ¿Y cómo entraron ahí? Con las cosas con que alimentamos nuestra mente. Si tú la alimentas con la Palabra de Dios, bendición saldrá de tu boca cada vez que la abres. Pablo escribió: “Sean siempre amables e inteligentes al hablar, así tendrán una buena respuesta para cada pregunta que les hagan” (Col 4.6 – PDT). Así será cuando el Espíritu Santo empieza a producir su fruto en nosotros.
                   ¿Es imposible? Si Dios vive en nosotros, su carácter transformará el nuestro. Y el carácter de Dios es benigno, amable y bondadoso. Dice la Biblia: “Saboreen al Señor y vean lo bueno que es él. Afortunado el que confía en él” (Sal 34.8 – PDT). “¡Aleluya! Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno” (Sal 106.1 – DHH). “El Señor es bueno con los que en él confían, con los que a él recurren” (Lam 3.25 – DHH). Si el Dios que vive en nosotros es así de bueno, ¿nos será imposible serlo también?
                   “Así como todo fruto en lo natural tiene un proceso de maduración, también en lo espiritual es cierto. Debemos cooperar con el Espíritu Santo en este proceso de santificación. Él da la gracia y el poder, y nosotros disponemos el corazón y la voluntad para vivir de la forma en la que Él desea. Jesús mismo nos da las claves para ser benignos con otros en el Sermón del Monte: “Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian, y oren por quienes los persiguen” (Mt 5.44 – RVC).
                   ¿Quieres madurar en la benignidad? Ama, bendice, haz el bien y ora por tus enemigos. Sé servicial con ellos. No guardes rencor. No te alegres cuando tus enemigos tropiecen, sino ten compasión de ellos y siempre mantente dispuesto a amarlos en momentos así. No critiques ni seas áspero con los demás, sino siempre ten en tu boca una palabra de edificación para sus vidas. Ten por seguro que, al cooperar de esta forma con el Espíritu, tu vida será un reflejo del carácter tierno y humilde de Cristo, y Dios será glorificado.” Pablo dice: “…como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia” (Col 3.12 – RVC). ¿Podrás mantener la paz del alma y tus pensamientos sublimes cuando alguien te cruza en la vida y choca con tus ideas, tu comodidad, tu carácter? Sí lo podrás, siempre y cuando tu amabilidad y bondad estén firmemente aferrados tanto al amor como también al dominio propio. Ponlo a prueba.


martes, 14 de mayo de 2019

El gozo






            Recuerdo que hace muchos años atrás una revista cristiana para jóvenes tenía un segmento en el que hacía una serie de preguntas a algún personaje que fácilmente se podía contestar con una o dos palabras. Recuerdo que a uno se le preguntó cuál sería la característica sobresaliente de un cristiano, y él contestó: “La alegría.” Esperé cualquier respuesta sofisticada y teológica a esta pregunta, de modo que me sorprendió su sencillez. ¿Será que la Biblia estaría de acuerdo con él?
            Hace 15 días atrás empezamos a ver el fruto del Espíritu, que tiene que ver directamente con nuestro carácter o, mejor dicho, el carácter de Cristo en nosotros. Vimos que este fruto, el resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros, se manifiesta en 9 formas diferentes: “…lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley” (Gl 5.22-23 – DHH). Hoy queremos ver la segunda manifestación, que es el gozo. Las diferentes versiones de la Biblia traducen esta uvita del racimo del fruto del Espíritu como “gozo” o como “alegría”. En un principio pensé que habría diferencia entre un concepto y otro, es decir, entre el gozo y la alegría, pero investigando un poco descubrí que son sinónimos, y que no hay mayor diferencia entre uno y otro, lingüísticamente hablando. Sí es probable que “gozo” sea más un término evangélico, no tan usado entre personas inconversas. Si a cualquier persona por ahí le hablas del “gozo del Señor”, capaz que te mire con una cara de “cri… cri… cri…” y preguntarte: “¿Con qué se come esto?” Pero para nosotros, ambos son sinónimos.
            Pero, aunque el gozo y la alegría sean esencialmente lo mismo, hay diferentes tipos de gozo, o diferentes fuentes de gozo. Está el gozo del mundo que se da en diferentes placeres. Estos placeres dan gozo por unos instantes, pero muy rápido pasan y nos dejan más vacíos que antes. Por eso dice uno de los amigos de Job: “La alegría del malvado dura poco; su gozo es solo por un momento” (Job 20.5 – DHH). Para mucha gente esto se vuelve un vicio: van de placer en placer para aplacar el vacío que sienten. Una vez que pasa el efecto de este gozo, van en busca del siguiente placer. Salomón quiso investigar esto y escribe: “Entonces me dije: vamos a ensayar con la alegría y a gozar de placeres, y también esto resultó pura ilusión” (Ec 2.1 – BNP). La alegría del mundo es pura vanidad. No nos deja nada que valga la pena.
            Hay también el gozo que mana de las circunstancias. Si llueve, y yo estoy en una casa segura; si estoy bien de salud; si tengo la billetera llena; si estoy en compañía de buenos amigos, entonces siento satisfacción y gozo. Pero, generalmente no tengo control sobre las circunstancias. Estas van y vienen. Y si mi gozo depende de ellas, va y viene también. Estos dos tipos de gozo son muy efímeros y no nos pueden satisfacer.
            Pero hay un tercer tipo de gozo. Es lo que la Biblia llama “el gozo del Señor”. Este tiene como fuente algo o alguien inmutable, que no cambia ni termina nunca: Dios. Por eso, si nuestro gozo depende o proviene de Dios, nunca pasará. Sobre este tipo de gozo, que es el fruto del Espíritu, queremos hablar hoy.
            ¿Qué es el gozo? Fíjense lo que encontré en la enciclopedia del Internet Wikipedia: “El gozo es la intensidad de los sentidos, propio de los seres humanos ya que es una inmensa alegría. En el cristianismo, el gozo … hace parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), el segundo de los que enumera San Pablo en su carta a los Gálatas. El gozo, y lo mismo debería decirse de la paz, es efecto de la caridad (amor, agape); por eso el apóstol lo coloca inmediatamente después de ella y antes de otras virtudes morales.
            Según algunos estudiosos de San Pablo, gozo es aquella profunda alegría espiritual que el Espíritu Santo infunde en los corazones de quienes deciden seguir a Dios. … A diferencia de la felicidad, el gozo no es resultado de circunstancias externas, depende únicamente de la actividad del Espíritu Santo en la vida de una persona, así pues, las circunstancias —aunque adversas— no influyen en la voluntad de las personas que tienen una relación profunda con Dios” (Wikipedia). Wow, ¡qué definición que nos da el Internet! Entonces, el gozo es una profunda e intensa alegría espiritual, según esta definición.
            ¿Y qué dice la Biblia acerca del gozo? He juntado una gran cantidad de versículos que nos dan alguna luz sobre este tema. Leemos, por ejemplo, en Nehemías 8.10: “Ya pueden irse. Coman bien, tomen bebidas dulces y compartan su comida con quienes no tengan nada, porque este día ha sido consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, pues el gozo del Señor es nuestra fortaleza” (NVI). El gozo del Señor es nuestra fortaleza. El gozo que proviene de Dios, el gozo que es fruto del Espíritu Santo, es un poder. El gozo que viene del mundo también es una fortaleza, pero una fortaleza de Satanás. Por eso, el “gozo” del mundo siempre denigra y destruye. Porque ¿qué cosa edificante puede resultar de una borrachera o de sucesivos encuentros sexuales con diferentes personas? ¡Nada! Repito lo que dije hace rato: La alegría del mundo es pura vanidad. No nos deja nada que valga la pena.
            Pero aquí Nehemías dice que el gozo del Señor también es una fortaleza. Si no entienden a qué se refiere, pensemos en lo que es lo opuesto a gozo. Según el diccionario es dolor, pena, pesar, tristeza, amargura, disgusto. Ahora piensen: ¿De dónde mana mayor fuerza para enfrentar los desafíos de la vida? ¿Del dolor, pena, pesar, tristeza, amargura, disgusto, o del gozo, deleite, satisfacción, alegría, felicidad, gusto o complacencia? Creo que empezamos a entender qué quiso decir Nehemías. Cuando uno está de buen ánimo, optimista, confiado en el Señor, uno puede superar cualquier obstáculo que se presenta. Pero cuando uno está pirevaí y deprimido, cualquier cosita ya lo vence y lo deja fuera de combate. Con el ánimo decaído, uno está derrotado antes de que empiece la batalla. Si pretendes lograr objetivos elevados, positivos y productivos, entonces tienes que aferrarte del Señor para que su gozo pueda fluir a través de ti, dándote la fuerza que necesitas. El gozo del mundo sólo te estira para abajo, pero el gozo del Señor es tu fortaleza.
            ¿Y qué sucede cuando esta fortaleza del Señor actúa en nosotros? Cosas sorprendentes ocurren, que pueden tener hasta consecuencias físicas en nosotros. David lo dice en estos términos: “¡Lléname de gozo y alegría, y revivirán estos huesos que has abatido” (Sal 51.8 – RVC)! Y su hijo Salomón dijo algo muy parecido: “Un corazón alegre es la mejor medicina; un ánimo triste deprime a todo el cuerpo” (Pr 17.22 – RVC). Esto es lo que ocurre cuando el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Nos hace mucho bien hasta físicamente si permitimos que el Espíritu Santo produzca su fruto en nosotros.
            En el Salmo 43.4 leemos: “…llegaré al altar de Dios, al Dios de mi intenso gozo [al Dios, gozo de mi vida – BNP], y te alabaré con la cítara, oh Dios, Dios mío” (BLPH). Algún joven perdidamente enamorado puede decir a su adorada: “Eres lo máximo para mí. Eres la alegría de mi vida.” Bueno, eso es lo que el salmista dice aquí de Dios: “Eres mi intenso gozo, el gozo de mi vida.” ¿Qué nos dice esto? Que el gozo no es en primer lugar una emoción, sino una persona. El gozo tiene nombre: Dios. La fuente de mi gozo es una persona —Dios, en este caso— y esto desencadena emociones en mí. Cuánto más cerca estoy de Dios, mayor será mi gozo. Cuanto más me alejo, menor será mi gozo y más buscaré complementarlo con el gozo del mundo. Y las dos cosas juntas no funcionan. O es el gozo de Dios o el gozo del mundo lo que me gobierna. Y ausencia de Dios es ausencia de gozo. Sin Dios, no hay verdadero gozo.
            Algo parecido encontramos también en las palabras de Jesús: “Estas cosas les he hablado, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea completo” (Jn 15.11 – RVC). Aquí Jesús les dice a sus seguidores que la obediencia a él los llenará de su gozo. Él es la fuente del verdadero gozo, y cuando él nos llena, nuestro gozo estará completo, pleno, perfecto. Verdadero gozo no es posible sin Cristo. Fíjense que esta verdad ya estaba incluida en el anuncio por parte de los ángeles del nacimiento de Jesús: “…el ángel les dijo: — No tengan miedo, porque vengo a traerles una buena noticia, que será causa de gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2.10 – BLPH). Si el anuncio de su nacimiento no más nos llena de alegría, cuánto más entonces será experimentar a Cristo en persona en su vida. La salvación que él nos otorga, y nuestra comunión con él son el terreno apropiado para experimentar esta alegría. Así lo describe Pedro: “Ustedes aman a Jesucristo, aunque no lo han visto; y ahora, creyendo en él sin haberlo visto, se alegran con una alegría tan grande y gloriosa que no pueden expresarla con palabras, porque están alcanzando la meta de su fe, que es la salvación” (1 P 1.8-9 – DHH). Por eso cantamos hoy: “La alegría está en el corazón de aquel que conoce a Jesús.”
            Esto coincide con lo que afirma también el salmista: “Señor, tú me has hecho sentirme más feliz que en los momentos de las mejores cosechas” (Sal 4.7 – PDT). O también en el Salmo 28: “Tú, Señor, eres mi escudo y mi fuerza; en ti confía mi corazón, pues recibo tu ayuda. Por eso mi corazón se alegra y te alaba con sus cánticos” (Sal 28.7 – RVC). La fuente de la verdadera alegría es Dios, no las circunstancias.
            Llegamos ahora a un versículo muy interesante: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense” (Flp 4.4 – DHH)! El gozo es una actitud, una decisión, ¡había sido! Generalmente, cuando pensamos en el gozo o la alegría, pensamos en una sensación de flotar entre nubes rosadas cuando todo va de maravilla en nuestra vida. Pero aquí no leemos nada de esto. Más bien encontramos aquí un mandamiento: “Te ordeno que te alegres!” ¿Cómo? ¿Acaso puedo estar feliz a control remoto? ¡Sí! Porque el gozo no es una emoción, sino una elección. El que está deprimido, es porque así decide serlo. Decide condicionar su estado de ánimo a las circunstancias que lo rodean. Si las circunstancias están bien, él está feliz. Si están mal —o peor todavía: si él teme que en el futuro podrían estar mal— está decaído, malhumorado, pesimista, ansioso. Es cierto que pueden influir en esto ciertos estados químicos del cerebro sobre los cuales no tenemos control y que deben ser atendidos por un psicólogo o psiquiatra. Y también es cierto que hay situaciones extremas, como una depresión profunda como ya dije, o tiempos de mucho dolor y tristeza ante la pérdida de un ser querido, por ejemplo. Pero no estamos hablando ahora de estas situaciones, sino estoy indicando que lo que es puramente emocional es nuestra elección. El gozo tiene que ver con el alma de la persona, sede de las emociones y de la voluntad. Si yo le ordeno a mi alma: “Toma tu voluntad y sé alegre.”, las emociones tienen que seguir la decisión de mi voluntad. Es lo mismo que David dice una y otra vez en el Salmo 103: “Bendice, alma mía, a Jehová…” (vv. 1, 2, 22 – RV95). Cuando yo estoy pirevaí, me cuesta horrores hacer esto, porque me considero un hipócrita. No puedo simplemente cortar la punta de mi cara larga para que sea más corta. Pero lo que Pablo escribe aquí a los filipenses es algo muy diferente. Yo sí sería un hipócrita si tuviera el corazón destrozado, pero me pondría una máscara para dar la apariencia hacia fuera de que todo esté bien, mientras por dentro me estuviera desangrando. Sería fingir algo para tapar la realidad que no quiero mostrar. En cambio, lo que Pablo está indicando aquí es que, sin importar las circunstancias, tomemos la decisión de estar alegres, no por estar fingiendo, sino porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza. A eso, precisamente, se refiere la definición de Wikipedia cuando dice: “…el gozo no es resultado de circunstancias externas, [sino] depende únicamente de la actividad del Espíritu Santo en la vida de una persona, así pues, las circunstancias —aunque adversas— no influyen en la voluntad de las personas que tienen una relación profunda con Dios.”
            ¿Tú dices que es difícil? ¿Qué dirás entonces en cuanto al siguiente versículo? “…también nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia” (Ro 5.3 – RVC). ¡Está loco este Pablo! ¿Acaso voy a saltar de una pata por el júbilo que me causan los problemas graves que me han llevado por delante como uno de los raudales de los últimos días? No, eso sería masoquismo. Lo que dice Pablo es que podemos regocijarnos en medio de los sufrimientos; ordenarle a nuestra alma a que esté tranquila y confiada en el Señor a pesar de la avalancha de problemas, porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Confiar en el Señor – o despotricar contra el Señor. Es nuestra decisión. ¿Difícil? ¿Y quién te prometió que sería fácil? Lo fácil no lleva muy lejos. Pero la victoria que se obtiene luego de una dura lucha consigo mismo, tratando de que el alma les haga caso a nuestras órdenes de regocijarse, ¡eso no tiene precio! Ese es el fruto que el Espíritu Santo quiere lograr en nosotros.
            Cuando experimentamos esta obra del Señor en nuestra vida, o cuando lo observamos en las vidas de otros, nuestro corazón se llena de gozo y alegría. Aquí algunos versículos de cómo vivió esto el pueblo de Israel: “…Salomón envió al pueblo a sus hogares. Iban con el corazón alegre y gozoso por los beneficios que el Señor había hecho a David y a Salomón, y a su pueblo Israel” (2 Cr 7.10 – RVC). Y en otro momento, luego de una victoria sobrenatural que el Señor había dado a su pueblo en tiempos del rey Josafat, dice la Biblia: “…todos los de Judá y Jerusalén, con Josafat a la cabeza, regresaron a Jerusalén llenos de gozo porque el Señor los había librado de sus enemigos” (2 Cr 20.27 – NVI). Ver la obra de Dios en su propia vida y de la vida de los hermanos nos llena de alegría y nos hace crecer en nuestra fe. Aquí en la iglesia tenemos pocos espacios para testimonios, pero me gustaría que podamos compartir más de lo que Dios está haciendo en nuestras vidas, porque estos testimonios nos hacen crecer a todos. Si alguien tiene una experiencia que quisiera compartir con los demás, me puede hablar para que lo incluyamos en el culto. Estoy seguro que nos haría mucho bien a todos.
            Los que han pasado por estas luchas, los que han obtenido victorias y en quienes el Espíritu Santo ha hecho crecer su fruto, son personas que transmiten algo especial. En su presencia uno experimenta algo único. Es como si uno casi pudiera saborear ese fruto del Espíritu. El salmista lo describe así: “Busqué al Señor, y él me escuchó, y me libró de todos mis temores. Los que a él acuden irradian alegría; no tienen por qué esconder su rostro. Este pobre clamó, y el Señor lo oyó y lo libró de todas sus angustias” (Sal 34.4-6 – RVC).
            Dios verdaderamente hace la diferencia en nuestra vida. Cuando él nos toca, las cosas cambian. Dios promete a través del profeta Jeremías: “Entonces las jóvenes danzarán alegremente, y los jóvenes junto con los viejos. Yo convertiré su tristeza en alegría; los consolaré y haré que su alegría sea mayor de lo que fue su dolor” (Jer 31.13 – PDT). ¿Cómo puede suceder esto? Dándole la oportunidad a Dios de trabajar en nuestras vidas, de producir el fruto de su Espíritu en nosotros.
            Así, la alegría se convertirá en una característica sobresaliente de un verdadero hijo de Dios, como bien lo dijo es personaje en la revista que mencioné al principio. Pero no una risa fingida, una máscara, sino una “profunda alegría espiritual”, en palabras de la definición del Internet. De los primeros cristianos dice que “adoraban juntos en el templo cada día, se reunían en casas para la Cena del Señor y compartían sus comidas con gran gozo y generosidad” (Hch 2.46 – NTV). Creo que los de Costa Azul podemos entender esto, porque cuando estamos juntos para un evento o una comida, siempre se siente una gran alegría y amistad entre todos. Eso me gusta, ¡y así tiene que ser!
            Y quiero terminar con un versículo que muestra un aspecto diferente de este gozo: que el Señor también se goza al vernos: “El Señor está en medio de ti, y te salvará con su poder; por ti se regocijará y se alegrará; por amor guardará silencio, y con cánticos se regocijará por ti” (Sof 3.17 – RVC). ¿No es tierno? Dios se alegra sobremanera al verte. Otra traducción incluso dice: “El saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor. Por ti danzará y lanzará gritos de alegría como lo haces tú en el día de la Fiesta” (BLA). ¿Puedes imaginarle a Dios saltar de alegría al verte, como una criatura cuando su papá vuelve a casa después de una larga ausencia (de media hora)? Pues, si el fruto del Espíritu es el carácter de Cristo en nosotros, entonces él es el ejemplo por excelencia de ese gozo. Y si él tanto se alegra al tener comunión con nosotros, lo tendremos también al tener verdadera comunión con él.
            El gozo del Señor – o el gozo del mundo, ¿cuál prefieres? El gozo del Señor será tu fortaleza, si buscas crecer hacia él, si lo amas con ternura y obedeces sus mandamientos. Entonces crecerá y madurará esta uva del gozo en el racimo del fruto del Espíritu.