miércoles, 11 de septiembre de 2024

Credo: Pecado y salvación

 




            Les quiero hacer dos preguntas. Y si alguien tiene alguna duda acerca de la respuesta, me gustaría que se quedara después del culto para que podamos despejar toda duda. La primera pregunta es: “Si te tocaría morir dentro de 30 minutos, ¿estarías seguro/a de llegar al cielo?” No me respondan en voz alta, sino medítenlo bien seriamente. Hay tres posibles respuestas: “Sí”, “No” o “No sé”. Vuelvo a decir: si te sientes incómodo/a acerca de una respuesta a esta pregunta, más vale que la aclares hoy todavía, porque no tienes absolutamente ninguna seguridad de que no te toca morir en 30 minutos, y la respuesta a esta pregunta y la siguiente determina toda tu eternidad.

            La segunda pregunta no es menos importante y urgente de responder: “Imagínate que de aquí a pocos minutos te da un infarto fulminante como le sucedió a mi papá y que lo llevó en cuestión de segundos. Y llegas a la puerta imaginada del cielo y te encuentras ahí con Dios. Entonces él te pregunta: ‘¿Por qué crees tú que te debería dejar entrar al cielo?’ ¿Qué le responderías?” Aquí sí que la gente da una gran variedad de respuestas, de las cuales una sola es la correcta. Todas las demás la gente cree que vale igual, pero la Biblia nos muestra otra cosa. Puede que todos los caminos conduzcan a Roma, como se decía en la antigüedad, pero solo un camino conduce al cielo.

            Pero, la muy buena noticia es que el cielo es un regalo. Sí, así como lo escuchan. Dios nos ofrece el cielo y la vida eterna como un regalo. No necesitamos hacer nada para ganárnoslo. Es más, no podemos hacer nada para ganárnoslo. No podemos mover ni un dedo para eso. Dice la Biblia: “…ustedes han sido salvados por la fe, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios” (Ef 2.8 – BNP). “No es, pues, cuestión de obras humanas, para que nadie pueda presumir” (Ef 2.9 – BLPH). “La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho…” (NTV), “no es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada” (DHH). ¿Cuál es la razón de que el cielo sea un regalo y que no podamos aportar ni un granito de arena a nuestra salvación? ¿Por qué no voy a poder colaborar con Dios en ese sentido? Es más, ¿por qué o de qué necesito ser salvo? La respuesta a estas preguntas es el pecado del ser humano. Dice nuestro credo:

 

“Creemos que todas las personas han pecado y están separados de la gloria de Dios. Por eso es que llega a ser imprescindible la salvación de los pecadores y el nuevo nacimiento por la fe en nuestro Señor Jesucristo.”

 

            ¿Todas las personas han pecado y están separados de Dios? ¿No exagera un poco el credo? Bueno, en realidad, esto no lo dice el credo, sino es copia prácticamente textual de lo que escribe Pablo a los romanos: “Todos se han extraviado; por igual se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro 3.12 – NVI). “Todos han pecado y están privados de la presencia de Dios” (Ro 3.23 – BNP). El pecado formó una barrera entre nosotros y Dios y no permite que lleguemos a él. Dios le dice a su pueblo a través del profeta Isaías: “…la mano del Señor no es tan corta como para no poder salvar, ni sus oídos tan sordos como para no oír. Pero las maldades de ustedes se han convertido en barreras entre ustedes y Dios. Los pecados de ustedes han hecho que él se oculte y no los escuche” (Is 59.1-2 – PDT). Esa barrera era insuperable para nosotros. Dios es un Dios absolutamente santo, y ningún pecado puede prevalecer en su presencia. Y nosotros somos incapaces de sacarnos de encima todo pecado. Así que, para nosotros solos era absolutamente imposible llegar a la presencia de Dios. Sería nuestra muerte instantánea. Por eso necesitamos de alguien que haya pagado el precio de nuestro pecado para así limpiarnos por completo y posibilitar nuestro acceso al Padre. Así lo dice la Biblia: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Jn 1.9 – NVI). Dice este versículo que Dios es fiel y justo. Su justicia se muestra en que él tiene que castigar el pecado. ¿Cuántas veces creen que una persona peca por día? Yo sé que es imposible medirlo porque de muchos pecados no nos damos cuenta y, además, no tenemos la visión de Dios acerca del pecado. La verdad es que no somos una persona blanca que cada tanto durante el día se carga una mancha de pecado. Toda nuestra existencia humana es una sola, única y asquerosa mancha. No hay ni una pisca de blanco en nosotros. ¡Jamás! Esto es por nosotros mismos, el hombre natural, antes de que Cristo nos haya limpiado. Pero sirve ilustrarlo con una cierta cantidad de pecado por día para señalar el punto al que quiero llegar. Si encontráramos a una persona que peca 10 veces por día, ¿no les parece que sería muy agradable estar en su compañía? O, mejor todavía, que peque solo 5 o 3 veces por día. Sería casi un ángel, ¿no es cierto? Casi nos preguntaríamos de qué esta persona tendría que arrepentirse. Sin embargo, en todo un año, esta persona “angelical” sumaría más de 1.000 pecados. Y si esta persona tuviera 50 años de edad, tendría más de 50.000 pecados cometidos. Y esto siendo un ángel. No quiero saber cuánto sería en mi caso… Pensemos ahora en esto: Sabemos que el sistema judicial en nuestro país es muy corrupto. Sin embargo, ¿creen ustedes que un juez declare inocente a un hombre que tendría 50.000 delitos en su historial? ¿Creen que un Dios absolutamente santo, juez absolutamente justo e imparcial, lo haría? Dice la Biblia: “El Señor es lento para la ira y grande en amor, perdona la maldad y la rebeldía, pero no tendrá por inocente al culpable…” (Nm 14.18 – NVI). Así que, estas son muy malas noticias para nosotros. PERO… este versículo de Números también dice que Dios es “grande en amor”. Por lo tanto, él mismo creó un camino por el cual su justicia quede satisfecha, pero sin tener que descargarla sobre el ser humano. Y ese camino se llama Jesucristo. Cuando Jesús estuvo en la cruz en nuestro lugar, gritando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27.46 – DHH), Dios el Padre se apartó de él porque todo nuestro pecado pesaba sobre Jesús. Esa barrera que el pecado había creado entre nosotros y Dios pasó a separar a Jesús de su Padre celestial. Dios condenó a su Hijo para no tener que condenarnos a nosotros: “…él fue traspasado debido a nuestra rebeldía. Fue magullado por las maldades que nosotros hicimos. El castigo que él recibió hizo posible nuestro bienestar. Sus heridas nos hicieron sanar a nosotros” (Is 53.5 – PDT). Con este sacrificio de Jesús quedó saldada nuestra culpa delante de Dios. Ahora él sí te puede declarar inocente si es que aceptas que Cristo cargó también tu pecado; que ya no tienes que justificarte a ti mismo, sino que a través de la muerte de Jesús ya fuiste declarado justo. Como decía Juan, que Dios no solamente es justo, sino que él también es fiel. Por lo tanto, si confesamos nuestros pecados, él es fiel a su Palabra y nos perdona nuestros pecados porque su Hijo ya pagó por él. La condición es confesarlo; admitir que hemos pecado y pedir por el perdón de Dios. Nada es automático. Si yo no estoy dispuesto a admitir haber pecado y a humillarme ante Dios, yo sigo cargando con mi pecado. Dios no me lo va a quitar a la fuerza si yo no lo quiero soltar.

            Todo esto que hemos hablado hasta ahora, el credo lo resume en las siguientes palabras:

 

“El ser humano fue creado según imagen y semejanza de Dios. Estaba en comunión constante con Dios, sin pecado. Pero ya el primer hombre desobedeció a Dios. La comunión con Dios fue interrumpida por esta desobediencia, y la muerte sobrevino a toda la humanidad. Ahora todo ser humano es pecador y sólo puede ser salvado por medio de la fe en Jesucristo y el nuevo nacimiento.

   Creemos en la doctrina de la justificación por medio de la fe. Con esto afirmamos que es imposible para el ser humano salvarse a sí mismo por medio de obras. Únicamente Jesucristo es el intermediario entre Dios y los hombres. Jesús vino, por gracia y amor a la humanidad, con el fin de salvarnos de la condenación y del poder del pecado y reconciliarnos con Dios. A través de su muerte en la cruz él realizó el único sacrificio suficiente para quitar el pecado del mundo. El Espíritu Santo despierta la fe en la persona, la convence de pecado y la conduce al entendimiento a través de la Palabra de Dios. Recibe el perdón de pecados todo aquel que se arrepiente, se aparta del pecado y confía en Jesucristo como su Salvador personal. Con esto es justificado delante de Dios. A partir de este momento cada uno rinde su propia voluntad a Cristo, confía en él y lo obedece como discípulo. En esta obediencia somos guiados por la Biblia.”

 

            En este último párrafo, el credo menciona también la acción del Espíritu Santo de convencernos de pecado. Cuando Jesús anunció la venida del Espíritu Santo, él dijo: “Cuando él venga [el Espíritu Santo], convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Jn 16.8 – RVA2015). Ya lo dije el domingo pasado que el Espíritu Santo tiene que producir en nosotros una visión divina de nuestro pecado. Recién cuando vemos a nuestro pecado como Dios lo ve vamos a entender la gravedad del mismo. Mientras tanto creemos que no es para tanto, que no somos taaaan malos. Hasta que el Espíritu Santo no nos haga entender lo terrible e irremediablemente malos que somos, vamos querer presentarle a Dios una vida con muchas cosas que consideramos buenas, mezcladas con algunas no tan buenas pero que —así nos autoconvencemos— que no se notarán entre tantas cosas buenas. Es como si preparáramos con mucho esmero una torta para una visita especial. Usamos los ingredientes de la mejor calidad – excepto uno de los huevos estaba ya podrido. Pero, creemos que, entre tantas cosas buenas, este uno no se va a notar. ¿Ustedes se atreverían a ofrecer esta torta a su visita especial? Y resulta que esta visita es el Espíritu Santo, y él nos lleva a la cocina y nos hace ver que, ¡había sido!, no era cuestión solo de este un huevo, sino que todos los ingredientes estaban vencidos y en mal estado. Solo nosotros creíamos que no eran tan malos, al final de cuentas. Este despertar es durísimo. Esto sucede cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado.

            Al ver realmente nuestro estado desastroso, el Espíritu Santo también nos hace ver la justicia de Dios, como la vimos recién: que él tiene que castigar el pecado. Y al entender la justicia insobornable del Dios Omnipotente, veremos el juicio que nos espera. Y también sabremos ya la sentencia que nos está preparada. Todo esto es necesario para que nosotros caigamos en cuenta de cuán perdidos estamos, sin esperanza y sin remedio. Si no llegamos hasta este punto, no nos convenceremos nunca de la necesidad de un Salvador. Y entonces, en este preciso punto, el Espíritu Santo despierta la fe en nosotros al mostrarnos el gran amor de Dios que ha dispuesto todo para que podamos alcanzar la salvación. ¡Bendito sea Dios el Padre y su Hijo Jesucristo por semejante gracia y misericordia!

            Vuelvo a las preguntas del inicio: “Si te tocaría morir dentro de 30 minutos, ¿estarías seguro/a de llegar al cielo?” Y la segunda: “Si morirías y, llegando a la puerta del cielo, te encontraras con Dios quien te pregunta: ‘¿Por qué crees tú que te debería dejar entrar al cielo?’ ¿Qué le responderías?” ¿Tienes ahora una respuesta a estas preguntas? ¿Es ahora más contundente tu convicción que al inicio? La única respuesta correcta a la segunda pregunta es: “Acepté por fe a tu Hijo Jesús como mi Señor y Salvador.” Esta es la clave de acceso al cielo. El que no se ha asegurado en esta vida de tenerla, se verá ante la puerta cerrada por toda la eternidad. Pero el que se apropió de esta clave aquí en esta vida, gozará eternamente de la presencia de su Salvador amado. Si hoy el Espíritu Santo te convence de pecado y de la absoluta imposibilidad de salvarte por tus propios méritos, entonces aprovecha esta oportunidad que hoy Dios te da todavía, porque no sabes si mañana estarás aún con vida. Y esta es una decisión que se debe tomar en esta vida. Una vez que se cierra el telón sobre tu vida terrenal ya no hay ninguna posibilidad de cambiar de parecer. Dice el autor de Hebreos: “…está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio” (He 9.27 – NBLA). Sea que estás aquí presente o que escuches la grabación de esta prédica, con toda sinceridad y con toda fe decile a Dios: “Dios del cielo, he pecado contra ti. Reconozco que no puedo hacer nada para remediar mi situación y salvarme a mí mismo. Necesito que tu Hijo sea mi Salvador. Por favor, perdóname. Límpiame de toda maldad. Lávame de mis pecados y hazme transparente y santo ante ti. Te ruego que me adoptes como tu hijo. Lléname de tu Espíritu Santo y dame ahora la certeza de tener vida eterna. Por el resto de mi vida quiero obedecerte, quiero alabarte y quiero vivir según tu voluntad. Ayúdame a hacerlo. Te necesito. En el nombre de Jesús, ¡amén!”

 


Credo: Dios

 



            Imagínense que un día de estos de repente se encuentran con algún vecino, un compañero de trabajo, un compañero de colegio o cualquier conocido suyo. Se saludan efusivamente porque hace mucho no se habían visto, y de forma totalmente imprevisto para ti este conocido te dice: “Ahora que te veo te quiero preguntar algo que hace mucho ya lo quería hacer. Vos que solés irte a esa iglesia evangélica ahí en Parque del Norte, ¿qué es lo que creen ustedes? ¿Cuál es la enseñanza básica de esa iglesia? O…, para no ir tan lejos, ¿qué es lo que vos creés?” ¿Qué le vas a responder? ¿Sabes cuál es la creencia o enseñanza básica de la IEB Py, sede Parque del Norte? ¿Podrías expresar qué es lo que tú crees?

            Pero en serio, ¿qué es lo que cree o enseña esta iglesia? Alguien muy entusiasta y espiritual diría: “Y… aquí se enseña la Biblia. No creemos otra cosa de lo que dice la Biblia. Por algo nos llamamos iglesia bíblica…” Bueno, ¡aleluya! ¡Que así sea! Realmente no debe haber absolutamente nada —ni una sílaba— en la enseñanza de esta iglesia que no tenga respaldo bíblico. Por algo la Biblia misma recomienda que no todos pretendan ser maestros de la Palabra, porque es una responsabilidad demasiado grande. Un pequeño error en nuestra enseñanza puede causar un grave daño en quien lo escucha. Por eso dice la Biblia que los maestros de la Palabra serán juzgados más severamente (Stg 3.1). Ustedes harán un tremendo favor a ustedes mismos al cubrir con constante intercesión a los maestros de la Palabra, sean predicadores, maestros de Escuela Dominical, líder de célula o de estudio bíblico, etc. Si ustedes oran por los que enseñan la Palabra de Dios, ustedes levantan un muro de protección alrededor de ellos y, en consecuencia, ustedes serán nutridos con la Palabra de Dios no adulterada, porque el que expone la Palabra está altamente protegido contra las infiltraciones de Satanás en su enseñanza.

            Pero, ¿por qué pueden aparecer errores en la enseñanza de la Palabra? ¿Acaso no se enseña la Biblia palabra por palabra, literalmente? Lo que pasa es que la Biblia no es un libro de ciencias exactas en la que, sin importar si la lees de adelante para atrás o de atrás para adelante, de cabeza o de pie, sin importar lo que crees o como lo entiendes, siempre, en todos los casos, 2 + 2 será 4. En las ciencias exactas, no hay forma que yo diga que 2 + 2 son 5. No tengo ni tendré jamás argumentos válidos para sostener mi resultado. Pero con la Biblia no es así. Por ejemplo, ¿ustedes creen que la salvación se puede perder? A lo largo de la historia del cristianismo ha habido ardientes discusiones acerca de este tema. Unos dicen que sí, otros dicen que no. Y ambos bandos encuentran versículos en la Biblia que apoyan su postura. En la Biblia, 2 + 2 no necesariamente son 4. ¿Cuánto es 5 + 2? 7. ¿Están seguros? ¿Y si yo digo que 5 + 2 es 5.000? Sí, Jesús tomó 5 panes y 2 peces y alimentó a 5.000 hombres, además de las mujeres y los niños. Así es la “matemática” divina. Pero, entre paréntesis, ¿quieren saber cuál es mi postura personal en cuanto a la perdición o no perdición de la salvación? Mi postura es: ¡NO  ME  INTERESA! Cristo no me llamó a caminar en el borde del abismo entre tener la salvación y perderla. Él me llamó a caminar lo más cerca de él, y eso es lo que estoy buscando hacer con todo mi ser, de modo que, si se puede perder la salvación o no, ¡a mí, ¿qué?! Que se preocupen por eso los que están jugando con la gracia de Dios. Cierre de paréntesis.

            Les voy a dar otros ejemplos de que no siempre se evita todo error en la prédica con enseñar la Biblia de forma literal, palabra por palabra:

·         1 Timoteo 2.8: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar levantando sus manos limpias, sin ira ni rencores” (SB-MN). ¿Amén? ¿Y dónde están entonces los hombres orando con manos levantadas? Decían “Amén” a este texto, pero no veo ninguno haciéndolo.

·         Mateo 5.29: “…si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (DHH). Hasta donde puedo ver, aquí todos están todavía con ambos ojos. ¿Nunca su ojo los ha hecho caer en pecado? Ah, dice que si es el ojo derecho. Quizás solo han mirado con el izquierdo y se salvaron. ¿Acaso nunca su ojo los ha llevado a devorarse ese pedazote de torta en la heladera, habiendo acabado por comer demasiado ya? No saber cuidar el cuerpo y no tener dominio propio a la hora de comer y dañar el cuerpo con exceso de comida, exceso de grasa o exceso de azúcar es pecado. Entonces su ojo los hizo caer en pecado. Para que no sea más tentación para ustedes, mejor hubiera sido que ese pedazote de torta me lo hubieran dado a mí… ¿No les conmueve cuánto me preocupo por ustedes…?

·         Éx 20.13: “No matarás” (RV95). Pero estoy seguro que toditos ustedes en estos días no más hayan matado a un mosquito. “Ah, no, pero ese versículo se refiere a no matar a otro ser humano…” ¿En serio? ¿Acaso no querías obedecer la Biblia en forma literal? Y aquí no dice nada de que se limita solamente a seres humanos. Acá dice: “No matarás”. Así que, ¡sonamos!

            Bueno, creo que ya es suficiente para mostrar que a la Biblia hay que interpretarla para entenderla correctamente. Tomarla en forma literal, sin interpretación, nos puede llevar a graves tergiversaciones y errores, haciéndole decir a la Biblia lo que jamás quiso decir. Yo sí creo en el significado literal de la Biblia, pero no en el sentido de palabra por palabra, sino en el sentido de su significado; de lo que realmente quiere decir la Biblia. Eso hay que tomarlo literalmente y obedecerlo sin más vueltas. Y para descubrir el verdadero significado de la Biblia se requiere de toda una serie de herramientas a utilizar. Pero siempre hay que tener en cuenta, por sobre todas las cosas, que la Biblia no es un objeto de estudio, de análisis que nos lleva a dominarla y a apoderarnos de todo su contenido, sino que es la Palabra inspirada por Dios, con absoluta autoridad sobre nosotros. De todas las herramientas de interpretación bíblica, la guía del Espíritu Santo es por lejos la principal. Y esta herramienta la tiene cada hijo de Dios y puede pedir el acceso a las insondables profundidades del mensaje bíblico para aplicarlo a su propia vida y para enseñarla a los demás.

            La necesidad de interpretar la Biblia hace que pueda haber diferencias en el resultado de la interpretación. Aunque el Espíritu Santo nos la quiere explicar, él no nos va a imponer a la fuerza el significado de los diferentes pasajes. No nos trata como a computadoras programables para que siempre reaccionen de la misma manera en todas las circunstancias. Él quiere abrir nuestro entendimiento para que podamos captar una pizca del pensamiento soberano de un Dios insondable. Pero nuestra mente está muy limitada y condicionada por nuestra comprensión previa, por nuestras experiencias, por nuestra cultura, por lo que nos enseñaron, hasta por nuestro temperamento, etc., etc., de modo que siempre la vamos a leer a través de un lente compuesto por todas estas variables. Y las experiencias de vida de cada uno son absolutamente diferentes a las de todos los demás. Así que, cada uno captará un texto bíblico de manera diferente a los demás. Además, hay temas o textos que no son tan claros como a veces pretendemos presentarlos. El tema ya mencionado de la pérdida o no de la salvación es un ejemplo de eso. Cada bando dirá que este tema sí está demasiado claramente expuesto en la Biblia, con suficiente fundamento para su postura. Pero los otros dicen lo mismo también. Ambos grupos estudian la Biblia con temor y temblor, pero llegan a conclusiones diferentes. Por eso es muy probable que en una iglesia se enseñe la Biblia de una manera, y en otra de una manera bastante diferente, pero todos con apoyo bíblico. O, que de tantas enseñanzas que hay en la Biblia, unas iglesias enfatizan —o sobre-enfatizan— unas cuantas de ellas, dejando casi al lado otras, mientras que otras iglesias lo hacen con otras enseñanzas. Por eso, esa pregunta de tu amigo de qué es lo que se enseña en esta iglesia es absolutamente válida. De enseñar, se enseña la Biblia. ¿Pero cómo se la interpreta? ¿Qué énfasis se les da a determinadas doctrinas? Para poner a todas las sedes de la IEB Paraguay sobre un mismo nivel, se ha elaborado el credo de la IEB Py. Un credo es un documento que expone en forma muy concisa las creencias, enseñanzas o interpretaciones básicas de la Biblia. Nuestro credo procura reflejar de qué manera entendemos la Biblia, cómo la interpretamos y cuál es nuestra línea de enseñanza. Es un documento sumamente importante para poner a todas las sedes de la IEB Py sobre un mismo fundamento teológico. Es la brújula que nos marca el norte de nuestra enseñanza en toda la IEB. En las próximas semanas queremos estudiar parte por parte este documento. Este mismo es también la base del curso de membresía por el cual pasa cada persona que quiere formar parte oficialmente de esta congregación. Mi objetivo es que cada uno pueda darle a este su amigo que le pregunta acerca de las creencias propias y de la iglesia una respuesta bastante coherente y convincente.

            Vayamos ahora al texto mismo del credo. Este documento empieza por lo más básico y principal: Dios. Si no tenemos un entendimiento claro y correcto de Dios, todo lo demás del credo y de la Biblia no tendrá una interpretación correcta. Dios es todo y está en todos los demás temas de la Biblia. Empieza el credo diciendo:

 

“Creemos en un Dios, Creador de todas las cosas, perfecto, y que consiste eternamente en una Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.”

 

            La Biblia deja bien en claro que Dios es el Creador de todo lo que existe. Génesis 1 y 2 es el relato de cómo Dios creó todo a través de su palabra. Él dijo, y así se hizo. Luego, Juan en el prólogo a su Evangelio, explica que esa palabra hablada de Dios era Jesús, el Verbo o la Palabra. Dios el Padre creó todo el universo a través de su Hijo Jesús.

            Con esto ya estamos ante dos personas de la Trinidad. Encontramos en la Biblia también suficientes indicaciones acerca de una tercera persona, que es el Espíritu Santo. Por ejemplo, Jesús nos ordenó convertir a todo el mundo en discípulos de él, enseñándolos y bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28.19). Pero hay muchas más indicaciones en la Biblia acerca de la Trinidad. No son tres dioses, sino tres manifestaciones de un mismo Dios; tres personas con sus características y funciones propias, pero unidos en un solo Dios. ¿Cómo es esto? No es posible para el ser humano entenderlo a cabalidad porque Dios es infinitamente más grande que nuestra mente, imposible de ser captado por nuestro entendimiento limitado. Solo podemos aceptarlo por fe. Así lo encontramos en la Biblia, así lo creemos y así lo predicamos. Este es un tema que daría para toda una serie de predicaciones, pero ahora no es el objetivo ahondar en un solo punto, sino hacer un pantallazo de lo que entendemos que la Biblia dice acerca de Dios.

            Seguidamente, el credo pasa a entrar más en detalle de cada una de las tres personas de la Trinidad. Acerca del Padre dice:

 

“Creemos en Dios el Padre que es un Dios de amor y que guía todo al propósito fijado, según su plan perfecto. Él tiene toda la historia humana en sus manos. Es el Creador y fuente de toda vida. Algunos de sus atributos son la omnipotencia, la santidad y la omnipresencia. Ante todo, él es un Padre amoroso para sus hijos. Llegamos a ser hijos de Dios cuando creemos en Jesucristo y lo seguimos. Expresamos nuestro amor hacia él, llamándolo ‘Abba’.”

 

            Que Dios sea un Dios de amor creo que todos lo sabemos y lo aceptamos – hasta que nos toca pasar por situaciones extremadamente duras. Ahí se muestra si es realmente una convicción o si hemos repetido no más como loro lo que otros nos han dicho. Si ha sido una convicción, nos aferraremos con más fuerzas del Señor para que él nos haga cruzar ese valle de sombras de muerte. Si no fue una convicción, nos rebelaremos contra el Señor.

            Nosotros nos podemos desesperar si llueve tanto que el agua nos entra a la casa. Pero eso no es nada en comparación con lo que sucede en Río Grande do Sul en Brasil. En cuestión de pocos minutos, cientos de miles de personas pudieron salvar a duras penas su vida y solo lo que llevaron puesto. Todo por lo que se habían sacrificado toda una vida desapareció ante sus ojos. En muchos casos hasta perdieron a un ser querido. ¿Cómo creen que reaccionarán si les digo que Dios los ama y que tiene un plan maravilloso para su vida?

            En estas situaciones nos cuesta aceptar que él guía todo según su plan. Pero muchas veces es precisamente esta situación difícil que juega un rol sumamente importante en nuestro proceso de crecimiento y de madurez. La cosa es que queremos ser maduros al instante, sin sufrimiento, sin afanes. Queremos despertarnos un día y ¡había sido!, ser ejemplo por excelencia de madurez. Así, de la noche a la mañana. Pero en la vida no sucede así. No podemos alcanzar la madurez sin pasar por mil y una. Lo que para nosotros son feos escombros y piedras de tropiezo en la vida, para Dios son preciosas piedras de construcción que él utiliza para edificar un templo para su gloria. Todo está bajo su control. Lo que no significa que todo es su voluntad, pero todo él lo permite. Lo que Satanás quiso usar para destruirnos, Dios lo utiliza para bendecirnos, fortalecernos y enseñarnos lecciones importantes. Un predicador dijo: “Todo lo que a mí me sucede ha tenido que pasar primero por la oficina del Señor y ha recibido el sello de ‘Aprobado’.” En la Biblia vemos ejemplo sobre ejemplo de cómo Dios manejó toda la historia mundial. Quizás las personas del momento no lo vieron. Incluso pueden haber pensado que Dios los olvidó. La esclavitud en Egipto, por ejemplo, duró más de 400 años. ¡Cuántas generaciones ya habían pasado en estos 4 siglos, sin ver la intervención de Dios! Pero cuando se cumplió el tiempo, grandes cosas sucedieron que dejaron asombrados y asustados a propios y extraños.

            Otro punto que quiero subrayar de este párrafo es que llegamos a ser hijos de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Jesús dijo en una oportunidad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida … Nadie llega al Padre sino por mí” (Jn 14.6 – NVI). Pedro dijo a las autoridades religiosas de Jerusalén: “¡Sólo en Jesús hay salvación! No hay otro nombre en este mundo por el cual los seres humanos podamos ser salvos” (Hch 4.12 – PDT). La muerte de Jesús por nosotros es lo único que nos puede dar acceso al Padre. Cuando nos humillamos ante él, confesando nuestros pecados y pidiéndole que nos perdone y nos salve, Dios el Padre nos adopta como hijos suyos. De esta manera llegamos a pertenecer a la familia de Dios.

            En cuanto a Dios el Hijo, el credo dice lo siguiente:

 

“Creemos en la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios. Fue enviado por el Padre a este mundo perdido para reconciliarlo nuevamente con Él. Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Por eso, Él es todo Dios y todo hombre. Como llevó una vida en dependencia absoluta de su Padre celestial, era el único que podía morir como inocente en representación por los pecados de la humanidad. Murió en la cruz y resucitó de los muertos al tercer día. Después estuvo por 40 días más en esta tierra antes de ascender al cielo. Ahora está sentado a la diestra de su Padre, intercediendo por nosotros.”

 

            Esto es algo que decimos casi cada domingo en las prédicas. Toda la Biblia, de tapa a tapa, gira alrededor de Jesús. Nuestra vida debe estar centrada en él. Nuestras prédicas deben ser cristocéntricas. Si no, no tienen sentido. Él es alrededor de quien gira toda nuestra existencia.

            Quiero resaltar aquí la doble naturaleza de Jesús. Ojo: estoy diciendo “naturaleza”, no “personalidad”. Jesús no era esquizofrénico, teniendo dos personalidades, sino él tuvo dos naturalezas, la divina y la humana. Él era, es y será Dios por toda la eternidad. A través de la acción del Espíritu Santo se produjo la encarnación, una acción que, por ser divina, jamás la entenderemos. Jesús nació de la virgen María como ser humano. Tenía a Dios como Padre y a María como madre. Por lo tanto, él era 100% Dios y también 100% hombre – o sea, como ya dije, tenía dos naturalezas, la divina y la humana. Como tal, y por no tener pecado alguno, él era el único ser en todo el universo que podía constituirse en puente que une al ser humano con Dios. Por eso dice la Biblia que nadie puede llegar a Dios si no es por Jesús. Todos nuestros propios esfuerzos, nuestra religiosidad, nuestros ritos y ceremonias, nuestras buenas obras y todo lo demás que puedan mencionar no pueden superar la brecha que el pecado abrió entre nosotros y Dios. Absolutamente todos los esfuerzos humanos están destinados al fracaso. Solo la obra de Jesús pudo abrir paso a la presencia de Dios. Y ese puente podemos cruzar únicamente por medio de la fe.

            Y, en tercer lugar, el credo habla del Espíritu Santo:

 

“Creemos que el Espíritu Santo es la tercera persona de la divinidad. Su función es convencer al ser humano de su pecado, convertirlo, habitar en él y darle la potestad de llevar una vida para la gloria de Dios. Nos bendice con dones, nos guía, enseña, corrige, consuela, intercede por nosotros y une a los creyentes, formando el cuerpo de Cristo, la iglesia. Él nos guarda la herencia que el Padre ha preparado para nosotros.”

 

            También sobre este párrafo podríamos estar hablando por horas, de tan rico y profundo que es. Quiero resaltar no más la función de convencer al ser humano de su pecado. A veces queremos demasiado que alguien acepte a Cristo, y le machacamos casi incansablemente con el Evangelio. Puede que logremos que la persona haga cualquier cosa que le pidamos, con tal de librarse de nosotros. Pero la tarea de convencer de pecado es del Espíritu Santo. La nuestra es sembrar la Palabra. Qué sucede luego con esa semilla es asunto de la persona con Dios. No debemos querer ocupar el rol del Espíritu Santo.

            Como dije, cada palabra de este párrafo está cargada de profundo significado y riqueza, pero no podemos abordarlo todo en una sola prédica.

            Ahora se impone la pregunta: ¿Cómo sabemos todo esto acerca de Dios? A esta pregunta responde el credo:

 

“Creemos que Dios se reveló en el mundo, de modo que cada ser humano lo puede reconocer. Dios se ha revelado en el Antiguo Testamento de manera especial al pueblo de Israel por medio de la liberación de los hebreos de Egipto. Pero su máxima revelación fue a través de su Hijo Jesucristo, único Salvador de una vida en pecado y destrucción. Esto lo describe el Nuevo Testamento. Creemos que la Biblia es Palabra de Dios inspirada, infalible y determinante, sin errores en el idioma original. En todos los asuntos de fe y de vida, la Palabra de Dios es nuestra autoridad.”

 

            Dios se ha revelado progresivamente a lo largo de la historia de la humanidad. Lo que Abraham, Moisés o David sabían acerca de Dios es una pequeña parte de lo que hoy podemos saber.

            Como dice el credo, la revelación de Dios en el Antiguo Testamento se dio casi de forma exclusiva al pueblo de Israel. Otras personas o pueblos captaban algo de Dios solo en la medida en que se acercaban al pueblo de Israel, buscando conocer más al Dios de los hebreos. Pero, en el Nuevo Testamento se da la revelación plena y personal a través de Jesucristo. Él era Dios mismo caminando sobre esta tierra. Por eso Pablo habla muy a menudo del “misterio” que había quedado oculto a la gente del Antiguo Testamento, pero que ahora, con la venida de Cristo, su muerte y resurrección y la oferta de la salvación eterna para todo el mundo está claramente visible. Esta es la revelación “con nombre y apellido” que Dios hizo de sí mismo. Pero Pablo dice que incluso la naturaleza refleja el ser de Dios y debe llevar al observador a la conclusión de que debe haber algún poder superior. En su carta a los romanos él escribe: “Desde que el mundo fue creado, la humanidad ha contemplado toda la creación que le muestra el eterno poder de Dios y el hecho de que él es verdaderamente Dios. Así, lo invisible de Dios se deja ver por medio de la creación visible, por lo que nadie podrá excusarse diciendo que no sabía si Dios existía o no” (Ro 1.20 – NBV). Así, incluso el que vive en el último rincón del mundo a donde jamás ha llegado todavía el Evangelio tiene dentro de sí la noción del bien y del mal, y puede llegar a una conciencia de lo sobrenatural al observar la naturaleza a su alrededor.

            Esto es lo que entendemos que las Sagradas Escrituras dicen acerca de Dios y lo que enseñamos en esta iglesia. La pregunta ahora es: ¿Quién es Dios para ti? ¿Quién es Jesús para ti? ¿Qué función cumple en tu vida? ¿Es él el Dios omnipotente que dirige toda tu vida? ¿Es Jesús tu Señor y Salvador personal? ¿Vive el Espíritu Santo en ti? ¿Lees cada día su Palabra a través de la cual él quiere revelarse personalmente a ti en cada situación en que te encuentras? ¿Qué puedes hacer para fortalecer aún más tu relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

 




viernes, 17 de mayo de 2024

El mensaje a la iglesia de Laodicea

 





                   No sé si a mí no más me pasa esto, pero ha pasado (de hecho, ya varias veces) que afirmo algo con absoluta certeza, solo para darme cuenta más tarde que estuve equivocado; que lo que yo había afirmado tan vehemente no era así. ¡Trágame, tierra! Ese “despertar” no es nada agradable, pero peor sería no darse cuenta de que uno estuvo mal.

                   Esa fue la desgracia de la iglesia de Laodicea: creyó todo lo contrario a la realidad, pero sin darse cuenta de su error. Veamos lo que Cristo tiene para decirle…

 

                   F Ap 3.14-22

 

                   Los comentaristas describen a la ciudad de Laodicea de la siguiente manera: “Laodicea era la ciudad más opulenta de las siete que había en Asia. Se le conocía por su banca industrial, la manufactura de lana y la escuela de medicina que producía un medicamento para los ojos. Pero la ciudad siempre tuvo un problema con el suministro de agua. En cierta oportunidad se construyó un acueducto para transportar agua a la ciudad desde manantiales de agua caliente. Pero cuando el agua llegaba a la ciudad, no estaba ni caliente ni fría, solo tibia. La iglesia había llegado a ser tan insípida como el agua tibia que llegaba a la ciudad” (DV). Ya estamos notando que esta descripción de la ciudad se traspasaba también a la iglesia del lugar.

                   Pero antes de considerar lo que Cristo tiene que decirle, veamos cómo él se presenta a esta iglesia. Él empieza diciendo: “Así dice el Amén, el testigo fiel y verdadero…” (v. 14 – RVC). Esta presentación como el Amén no es algo típico para Jesús como un nombre propio. Sin embargo, Jesús ha usado este término muchas veces en sus enseñanzas. Cada vez que él decía: “De cierto, de cierto os digo…”, o: “En verdad, en verdad les digo…”, en griego él usaba esa palabra “Amén”. En griego, diría así: “Amén, amén les digo…” Es una fórmula para afirmar con absoluta seguridad que lo que va a decir a continuación, verdaderamente es así. Y el hecho que Jesús usa esta fórmula dos veces seguido significa que lo que va a decir es verdad, verdad. Así que, si él dice aquí que es el Amén, no es otra cosa que decir que es el testigo verdadero, el que da informes y declaraciones certeras. Esto es importante especialmente en relación al mensaje que él tiene para la iglesia de Laodicea. Es la única de las 7 iglesias que no recibe ningún elogio sino solo reprensión. Era una iglesia que se había creado con el tiempo su propia verdad; o… mejor dicho al revés, vivía su propia mentira, creyendo que era verdad. Necesitaba de la evaluación de alguien que es el Amén; que es la verdad; cuyo diagnóstico es absolutamente certero, sin margen de error. Ya lo habíamos visto el domingo pasado que Jesús se presentó como el verdadero. Ahora vuelve a decir lo mismo, pero, en otros términos.

                   Después, Jesús se presenta como “el principio de la creación de Dios” (v. 14 – RVC), “que dio inicio a todo lo que Dios creó” (PDT). ¿No les suena esto sospechosamente a lo que el mismo autor del Apocalipsis escribe en otro de sus libros? Juan, en el prólogo a su Evangelio, revela la eternidad de Jesús. Al principio no lo nombra directamente, sino habla de la Palabra o del Verbo. Y escribe: “Dios creó todas las cosas por medio de él [el que es el Verbo], y nada fue creado sin él” (Jn 1.3 – NTV). Lo que Juan describió en su Evangelio, Cristo dice ahora también en su carta a Laodicea. Por eso, una versión traduce su presentación a esa iglesia: “Por medio de mí, Dios creó todas las cosas” (v. 14 – TLA).

                   Si él creó todo, él tiene el control de todo. En consecuencia, él está al tanto de cada detalle. Eso es lo que él revela también a esta iglesia. Jesús conoce todo lo que esta iglesia hace y lo que es. Y lo que ve en ella no es muy alentador. Él la califica como “ni frío ni caliente” (v. 15 – NVI). En Bolivia se diría: “ni chicha ni limonada”, o sea, algo, que no tiene características claras. Es algo aguachento que no sabe ni a esto ni a otro. Podemos entender esta calificación de Jesús de dos maneras: por un lado, indicando dos opuestos. Así, “caliente” se referiría a ardiendo en pasión por el Señor y “frío” como total indiferencia o rebeldía contra Dios. En tal sentido, al decir Jesús que él desea que sea o frío o caliente sería como diciendo: “Definite. ¿Quieres estar conmigo o no? Porque con un pie en la iglesia y un pie en el mundo no vas a llegar a ningún lado. No puedes estar bien tanto con Dios como también con el diablo.”

                   La otra forma de entenderlo es que, tanto frío como caliente, son posiciones deseables. O sea, que ambos términos se refieren a algo positivo. Podríamos describirlo como o tereré helado o mate bien caliente. Ambas cosas, en el ambiente apropiado, es algo muy deseable y positivo. Pero si el mate es tibio, no es atractivo en absoluto. O un tereré con agua natural en un día de mucho calor. Tiene que ser bien marcado, claro al primer sorbo qué es, si es mate o si es tereré. Pero algo en el medio no es agradable. Como cristiano es marcar una postura bien clara. Podemos tener características diferentes, pero bien claros en cuanto a nuestra devoción y obediencia a Cristo. Pero lo tibio, lo indiferente hacia Dios, eso no es atractivo ni para el prójimo ni mucho menos para Dios. Jesús dice que lo vomitará de tanto desagrado que le produce un “cristiano” tibio.

                   Un primo mío, hace muchos años atrás dio testimonio en nuestra iglesia de un campamento de jóvenes del que él había participado. Era un evento internacional de casi una semana entera. El orador venía de otro país. Todos los días se presentó ante los jóvenes, luciendo una tremenda barba. Pero el último día, al subir al escenario, todos los jóvenes se quedaron boquiabiertos. El orador se había afeitado la mitad de su barba. De la mitad para un lado, una vegetación exuberante en su cara, hacia el otro lado la piel pelada. A primera vista estaba marcadamente claro el mensaje: una cosa hecha a medias no sirve de nada. Mejor hubiera sido no hacer nada. Y lo que este orador dijo, me quedó grabado hasta ahora, incluso al solo escuchar posteriormente el testimonio: “Ni mil medio cristianos hacen a un cristiano verdadero.” Quizás a algunos les suena la palabra “Terminator”, el hombre-máquina, proveniente de una serie de películas con Arnold Schwarzenegger. Bueno, escuché una vez el término “cristianator”: mitad cristiano, mitad carnal. “Ojalá fueras frío o caliente” (v. 15 – DHH)!

                   ¿Cómo es un cristiano tibio? El mejor término para describirlo es “indiferente”. Le da igual asistir a la iglesia o no; le da igual hacer su devocional diaria o no; le da igual entablar amistades profundas con el mundo o no; le da igual probar las “ofertas” del mundo y el pecado o no; la santidad perdió su valor y el pecado ganó interés. Si lo conoces por primera vez y quisieras saber si es cristiano o no, llegas a la conclusión: “No lo sé.” No hay señales claras. No es ni chicha ni limonada. No se define. Bueno, déjame decirte que, si no se define, es porque ya se definió. El mundo ganó ya tanto terreno que ya destronó a Cristo. La sal dejó de ser salado, la luz se puso debajo de un recipiente. ¡Qué descripción más deprimente! Imagínense lo que este cuadro provocará en el Dios tres veces santo: “…te vomitaré de mi boca” (v. 16 – DHH). ¿Es un caso perdido? ¡No, en absoluto! Siempre hay posibilidad de arrepentimiento, como veremos también en este caso, pero es un caso en grave peligro y sin victoria.

                   Un pastor fue una vez a visitar a un joven de su iglesia que estaba haciendo el servicio militar. Estaban sentados ahí conversando, con los otros compañeros soldados pasando por ahí cerca. Cuando en la conversación el pastor empezó a hablar de la Biblia y de Dios, el joven le susurró: “Pastor, por favor baja la voz. Aquí nadie sabe todavía que soy creyente.” Este es un creyente tibio.

                   Uno de los problemas mayores de un tibio es que no se da cuenta de su verdadero estado. Cree estar bien. Quizás en el fondo sabe que no es así, pero no le importa. Lo desplaza de su mente para no pensar en eso. Hace callar su conciencia para que no le recuerde de su verdadero estado. Por eso dice Cristo: “Tú dices: ‘Soy rico, tengo lo que deseo, ¡no necesito nada!’ ¡Y no te das cuenta de que eres un infeliz, un miserable, pobre, ciego y desnudo” (v. 17 – NBD)! La ciudad Laodicea era una de las más ricas de la zona. Esto se había traducido también a la iglesia. Esto llegó a apañar la dependencia de Dios, y la iglesia empezó a sentirse autosuficiente. Ya no le necesitaba a Dios porque todo lo resolvía con sus recursos. Pero el diagnóstico de Cristo distaba lejos de lo que esta iglesia creía. La llama infeliz, miserable, pobre, ciego y desnudo. ¡Vaya, qué crudo despertar para la iglesia! Algo parecido fue la iglesia de Sardis que tenía fama de estar viva, pero estaba muerta a los ojos de Cristo (Ap 3.1). Todo lo opuesto era la iglesia de Esmirna que se creía pobre, pero Jesús le dice que en realidad es rica (Ap 2.9).

                   Quizás no tengamos el dinero o nuestras posesiones como fundamento de nuestra autosuficiencia, pero es posible que haya otras cosas en las que confiamos más de la cuenta. Puede ser nuestro empleo, nuestro carácter, nuestras relaciones o contactos, nuestro conocimiento, nuestras habilidades, etc. La lista puede ser larga. Cualquier cosa que nos hace sentir no necesitar a Dios se vuelve nuestro peligro. No estoy hablando de despreciarse a sí mismo y arrastrarse por el suelo. Podemos alegrarnos por nuestros puntos fuertes y alabar a Dios por ellos, pero no confiar en ellos. Si tengo ciertas habilidades resaltantes, puedo dar gracias a Dios por ellas y ponerlas a su disposición: “Muéstrame cómo y dónde puedo servirte a ti y a los demás con estas habilidades y dones que me has dado. Que sea para tu honra y gloria. Todo lo que tengo y lo que soy rindo a tus pies para que sea un sacrificio de alabanza que señala a ti y que trae honra y gloria a tu nombre.” Esta es la actitud correcta y nos protege de sentirnos autosuficientes. Un cristiano tibio jamás va a decir esto con convicción, porque más le importa su propia gloria, su propio deleite o cualquier beneficio que pueda obtener para sí mismo. Todo su mundo gira alrededor de él y sus deseos. ¿En qué se diferencia de una persona del mundo? Muy poca diferencia hay a simple vista. Es un estado sumamente peligroso porque la persona está como anestesiada espiritualmente. Como digo, quizás sepa que algo está mal, pero es incapaz de reaccionar por sí misma. Necesita de un toque fuerte del Espíritu Santo, quizás a través de otro hermano o hermana que se da cuenta de su situación y que le quiere ayudar a encontrar el camino de regreso a la plena comunión con el Padre. Y a veces esa persona también necesita de alguien que camine con ella un trecho para poder afirmarse y, con el tiempo, caminar sola en comunión con el Padre. Si ves que algún hermano o hermana no está actuando bien, cerciórate primero que has evaluado correctamente la situación de él/ella, porque a veces vemos solo una parte y juzgamos de acuerdo a eso, pero no sabemos todo lo que está detrás de lo que vemos. Podemos llegar a causar más daño con nuestro pre-juicio de lo que ayudamos. Pero no le dejes solo/a a esta persona. Acercate a ella y busca cómo poder ayudarla. Quizás Dios te quiera usar justamente a ti para despertar y encender nuevamente a un cristiano tibio.

                   ¿Cuál es la solución que Cristo le prescribe a la iglesia de Laodicea? Ella estaba totalmente enfocada en los recursos físicos a su alrededor. Pero Jesús le sugiere buscar su verdadero tesoro en él. Él lo ilustra con oro de la mejor calidad. Dios no es un negociante de oro, sino lo usa para contrastarlo del oro de este mundo que buscaba la iglesia. Ojo, este texto no habla en contra de ser rico, sino trata de ubicar la riqueza de este mundo en el plano correcto. Para la iglesia de Laodicea, estos recursos físicos ocuparon todo su campo de visión. Cristo la invita a que se enfoque primeramente en los recursos espirituales que provienen de él. Ya en tiempos de andar sobre esta tierra, Jesús había dicho: “No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo … Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón” (Mt 6.19-21 – DHH). Jesús quería que el corazón de los laodicenses estuviera en el cielo. Por lo tanto, les recomendó buscar su riqueza en el cielo.

                   Además, Cristo le recomienda comprar de él “vestiduras blancas, para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez” (v. 18 – RVC). Ya habíamos visto que él mismo ofreció vestidura blanca a los vencedores, los que se mantienen fiel a él hasta el fin (Ap 3.5). La Biblia usa esta imagen como símbolo de la pureza y santidad. Espiritualmente, estar vestido de blanco significa vivir en santidad; haber sido limpiado de todo pecado. En el que no está vestido de blanco, en el que no vive en santidad, solo se manifestará el verdadero estado de su corazón.

                   Da vergüenza ajena ver lo que algunos publican en sus redes sociales. Algunos posan con su lata de cerveza o su cigarrillo como si fuera lo más cool del mundo. Otros dan rienda suelta a un vocabulario denigrante, creyéndose la gran cosa por poder usar palabr(ot)as de ese tipo. Con cada posteo, con cada imagen o cada “chiste” revelan el estado calamitoso de su corazón. Y lo que muestran de sí mismos da tanta lástima, más todavía porque ellos están ciegos a su realidad. Creen que están en la cima de la fama cuando en realidad están en el fondo del basurero. Son como el mal aliento: todo el mundo se da cuenta, menos el que lo tiene.

                   Precisamente este era el problema de la iglesia de Laodicea. Había perdido la capacidad de ver su verdadero estado. Por eso, Cristo le recomienda, en tercer lugar, comprar de él colirio para sus ojos espirituales. La ciudad era famosa por producir colirio medicinal para los ojos físicos, y Cristo invita a la iglesia a buscar en él lo que puede sanar su vista espiritual.

                   En cierta ocasión los discípulos estaban acongojados porque se habían olvidado de llevar pan. Y Jesús los reprende fuertemente por estar ciegos a lo que sucedía ante sus narices, y de no reconocer quién era él verdaderamente: “¿Tan embotada tienen la mente que no son capaces de entender ni comprender nada? ¡Ustedes tienen ojos [físicos], pero no ven [lo espiritual]; tienen oídos, pero no oyen” (Mc 8.17-18 – BLPH)! Es tan fácil ser encandilados por la perspectiva de este mundo que empaña nuestra vista. Necesitamos dejar una y otra vez que el Señor purifique nuestra vista de nosotros mismos para poder ver correctamente en qué estado estamos. O en palabras de Jesús: “¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo” (Mt 7.5 – DHH)! ¡Qué mimito lo que el Señor nos está dando hoy…! Pero así somos. No queremos ver nuestra real condición hasta que el Señor nos dé con el palo, y ahí recién reaccionamos. Bueno, a veces creo que el Señor ya nos tiene que dar choques eléctricos en su intento de reanimar a nuestro espíritu.

                   El Señor le está dando un ultimátum a la iglesia de Laodicea: “A los que amo yo los reprendo y corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete” (v. 19 – BNP). No es un caso perdido. Todavía hay tiempo para arrepentirse. ¡Ya es suficiente andar con tanta ceguera! Ya el Señor te mostró tu verdadero estado, ya te indicó cómo resolverlo, así que, ¡reaccioná! Desestimar hasta esta reprensión es muy peligroso. Estás poniendo en riesgo tu espíritu. Dios “no romperá la caña que ya está doblada, ni va a apagar la mecha de la que apenas sale humo” (Mt 12.20 – PDT), pero tú sí lo puedes hacer si no tomas en serio las advertencias del Señor. La llave de la puerta está de tu lado. Tú eres la única persona que puede abrir la puerta de acceso a tu corazón para experimentar la sanidad del Señor. Él te dice: “…estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo” (v. 20 –TLA). La invitación de su parte está hecha. Él quiere acceder a tu vida y sanar tu ceguera espiritual. Él quiere restaurar tu corazón. La pelota está en tu cancha. ¿Vas a aceptar su invitación? ¿Vas a abrirle tu puerta para que él te transforme en el hombre o la mujer que él soñó que seas? Al permitir que Jesús obre renovación en tu vida, tú te conviertes en un vencedor, y su promesa para ti es: “Al vencedor lo sentaré junto a mí en mi trono, del mismo modo que yo, después de vencer, me senté junto a mi Padre en su trono” (v. 21 – BLA). ¡Qué promesa! ¿Te puedes imaginar gobernar junto con Jesús por toda la eternidad?

                   Con esto llegamos al final de esta serie acerca de la iglesia. Dios nos ha hablado de diferentes maneras. Quizás de todos los mensajes de Cristo a las iglesias del Apocalipsis, este último ha sido el más serio. ¿Te tocó el mensaje a Laodicea? ¿Qué te está hablando Dios? ¿Cómo vas a reaccionar ante esto? ¿Necesitas confesarle algo a Dios? ¿Te hizo ver cierta ceguera en tu vida? ¿Por qué no haces público tu deseo de la intervención de Dios en tu vida y pasas aquí al frente para que oremos? Y si necesitas una conversación en privado con alguien, puedes acercarte a alguien de tu confianza y pedir una conversación a solas. “Yo estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo” (v. 20 –TLA). Si deseas abrirle la puerta, ven aquí al frente.


sábado, 4 de mayo de 2024

El mensaje a la iglesia de Filadelfia


 



                   Pocos metros antes de llegar a nuestra casa hay un lugar en el cual se queda estancada por mucho tiempo el agua de lluvia. En el medio el empedrado ya se ha hundido bastante, formando una zanja honda, pero por estar lleno de agua no se ve nada. La única forma de cruzar es por los costados de esa laguna, pero no por el medio de la calle. Cuántos vehículos ya se han golpeado muy feo en esa parte más honda.

                   Resulta que en estos días pasó por ahí en moto una persona de esta iglesia. Como no conocía ese pozo en cuestión, entró al agua justo en la parte más honda. En pleno pozo se le apagó el motor de la moto, y por nada quiso volver a funcionar. Después de empujar la moto para sacarla de esa laguna, el agua salía a chorros del caño de escape. Para mí estaba claro que el motor se haya llenado de agua, lo que implicaría una reparación bastante cara. Pero de golpe arrancó otra vez el motor, como si nada hubiera pasado. Esta persona pasó un rato bastante malo, pero el Señor estuvo ahí. Él reprendió al devorador que quería descomponer el motor de esa moto e hizo retroceder el agua para que esa moto arrancara nuevamente. La protección de Dios y su bendición aun en medio del susto y de la preocupación por el gasto que implicaría la reparación de esa moto estuvieron presentes.

                   Este episodio ilustra algo de lo que estaremos hablando esta mañana. Nos toca hoy analizar el penúltimo mensaje de Cristo a las iglesias en el Apocalipsis. Se trata de la iglesia de Filadelfia.

 

                   FAp 3.7-13

 

                   En este mensaje Jesús utiliza varias imágenes para presentarse. La primera es que él es el Santo y Verdadero. Ya Isaías había visto a los ángeles exaltando al trino Dios como el tres veces santo. Esto quiere decir que es el superlativo de santo. Si hubiera una graduación en cuanto a santidad, Dios estaría todavía por encima del máximo grado de santidad. Es decir, él es el absolutamente santo, absolutamente perfecto, sin falla ni error ni pecado alguno. Inalcanzable para cualquier defecto. Y entre paréntesis: Este Dios absolutamente santo dice: “Sean ustedes santos, porque yo soy santo” (1 P 1.16 – DHH). Lo dejo picando aquí y cierro el paréntesis.

                   También dice Jesús que él es el Verdadero. Esto se refiere, por un lado, a la veracidad: Jesús es la verdad, dice la verdad y actúa según la verdad. Pilato estaba a punto de lograr el máximo descubrimiento de su vida cuando preguntó: “—¿Y qué es la verdad? … Dicho esto, salió otra vez a ver a los judíos” (Jn 18.38 – NVI). Tenía la Verdad en persona delante de él, el que dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14.6 – DHH), pero antes de que Jesús le pudiera contestar, mató la chispa que iba a provocar en él una explosión de revelación celestial y se fue.

                   Pero Jesús es el Verdadero también en el sentido de autenticidad. Es el propio, ningún doble como en las películas, ninguna escultura, ninguna figura de cera que parece auténtica, ninguna falsificación ni ninguna imitación como ya dijimos que es Satanás que quiere rugir como si fuera león. Solo Jesús es el verdadero León de Judá (Ap 5.5). Este es el Jesús que se presenta en este mensaje: santo, veraz y auténtico.

                   Después, Jesús se identifica como el que tiene la llave de David. Tener una llave significa tener el poder de decidir si una puerta estará abierta o cerrada. Precisamente esto es lo que se reflejará en el mensaje que Jesús dirige a esta iglesia. La llave de David se refiere al reino de David en sentido espiritual. Dios le había prometido a David: “…tu trono quedará establecido para siempre” (2 S 7.16 – DHH), “tu trono será estable eternamente” (RV95). En ese sentido oró también su hijo Salomón: “Señor, Dios de Israel, cumple también lo que prometiste a tu siervo David, mi padre: que no le faltaría un descendiente que, con tu favor, subiera al trono de Israel…” (1 R 8.25 – DHH). Por supuesto que esto, en forma literal, no fue así porque ese reino ya no existe. Pero Jesús es descendiente directo de David, y él ha sido coronado Rey y gobierna sobre todo el mundo físico y también el espiritual por toda la eternidad. Así que, esta descripción de tener en su mano la llave de David habla de su autoridad sobre toda la creación. Esa autoridad queda reflejada también en el uso que él dará de esta llave: “Lo que él abre, nadie puede cerrar; y lo que él cierra, nadie puede abrir” (v. 7 – NTV). La decisiones y acciones de Cristo son determinantes y ningún poder del universo podrá cambiarlo. Así que, si el médico, tu jefe, el intendente o el presidente de la república te dicen una cosa, pero Dios dice otra, siempre, invariablemente, se hará lo que Dios dice. Él siempre tendrá la última palabra.

                   Bueno, esta fue la presentación que Cristo hizo de sí mismo. Ahora veremos el mensaje que él tiene para esta iglesia. Como también en las iglesias anteriores, Jesús manifiesta conocer cada detalle de esta iglesia. Era una iglesia con poco poder. No nos dice en qué sentido, pero no tuvo muchos recursos —de cualquier ámbito— que presentar. Pero esto no fue excusa como para darse por vencido. Con la poca fuerza que tuvo había luchado por mantenerse en pie. Por esta actitud, Cristo le abrió ahora una puerta para mayores oportunidades. Y esa puerta, precisamente por la autoridad de Cristo contra la que nadie puede, nunca se cerraría si la iglesia la aprovechaba. ¿Entendemos lo que sucede aquí? Las grandes oportunidades de servicio, de hacer cosas para el Señor, de activar en su reino no dependen de nuestros recursos, sino de nuestra fidelidad. El Señor no mira cuánto tienes, sino cómo eres. Si tu corazón es recto delante de él, él te abrirá acceso a oportunidades insospechadas, sin importar cuántos recursos tienes. Estos recursos sí o sí los tiene que proveer él porque los que creemos poder generar nosotros mismos son solo un estorbo para él. En la parábola de los talentos, no importó la cantidad de recursos que cada siervo tenía a disposición. Uno tenía 5 talentos, el otro 2 y el tercero 1. Solo valió lo que había hecho con lo que tenía. No te compares con otros. No digas: “Si yo tuviera los dones o las oportunidades que tiene fulano o mengano, ¡las cosas que yo haría…!” Bueno, demostrá lo que harías con lo que sí tienes a disposición, porque algún recurso sí Dios te ha dado. Quizás incluso lo que menos piensas que sería un recurso es algo que Dios ha puesto en tus manos para que lo utilices para su honra y gloria. Solo vale la fidelidad. Si Dios encuentra eso en ti, más y más oportunidades él abrirá delante de ti que nadie puede cerrar – nadie, excepto tú. Si no aprovechas esas puertas abiertas, por más que te parezca una puertita para mascotas de tan pequeña que es, puede que esta se cierra otra vez o que alguien más venga y la puerta sea pasado a él o ella que sí la sabrá aprovechar.

                   Cecilia Garay reconoció que ella tiene el recurso del canto, y lo puso a disposición de Dios para alabarlo cada domingo aquí en la iglesia. Le costó mucho adaptarse del estilo de Mati al de mi esposa y las canciones que ella elige. En muchos casos son canciones tan antiguas que resultan nuevas para Cecilia. Pero ahí está, sin titubear, sin echarse para atrás. Anoche tuvo una oportunidad mucho más grande y se presentó para cantar ante 300 personas en el Colegio Príncipe de Paz. Y lo hizo con toda decisión. Es más: ella misma creó esa oportunidad al decir: “Yo voy a participar del programa.” ¿Qué otras oportunidades tendrá Dios para ella en el futuro? Solo Dios lo sabe, pero ella va aprovechando las que se abren ante ella.

                   El que, como ella, aprovecha esas puertas abiertas, grandes cosas Dios hará a través de él o ella. Hasta los adversarios, incluso los demonios, tendrán que reconocer que el favor de Dios está sobre esta persona. Y no hace falta que esta persona se jacte de todo lo que Dios está haciendo. Es más, esa jactancia ya desviaría la atención de Dios hacia la persona, y la gloria que le corresponde a Dios sería robada por esta persona. Pero al que es fiel, cuyo único objetivo es agradar y obedecer a Dios, no le interesa la gloria. Y en tal caso, Dios mismo hará que la oposición se rinda ante él y reconozca el poder de Dios operando en y a través de él. Y esta realidad espiritual vemos en todo sentido. La fidelidad en los diezmos tiene el mismo efecto. Al tan conocido versículo 10 de Malaquías 3 que insta a traer nuestro diezmo al tesoro de la iglesia le sigue el versículo 11 en el cual Dios promete reprender al devorador o alejar las plagas de los cultivos para que no dañen la cosecha. Claro, no lo podemos ver como un negocio en el cual Dios está obligado a brindarnos una buena cosecha económica el día después de que le hayamos dado nuestro diezmo. Esto sería una expresión egoísta e interesada de nuestra parte al dar el diezmo, y no expresión de gratitud y alabanza a Dios. Estas promesas son muestra de su enorme generosidad y misericordia hacia nosotros. Él no nos debe nada. Nosotros, más bien, nos debemos por completo a él. Pero él nos quiere bendecir tanto que tiene en cuenta nuestra fidelidad tan frágil y débil, como lo fue la fuerza de la iglesia de Filadelfia, que nos protege y beneficia en todo sentido si mostramos serle fiel a él.

                   Precisamente esto es lo que Jesús también le dice a la iglesia de Filadelfia en el siguiente versículo: “Has cumplido mi mandamiento de ser constante, y por eso yo te protegeré de la hora de prueba que va a venir sobre el mundo entero para poner a prueba a todos los que viven en la tierra” (v. 10 – DHH). Ser fiel a Dios trae grandes beneficios en muchos sentidos. No significa que jamás se nos tocará ni un pelito. Eso vemos a diario en nuestro derredor que los cristianos también sufrimos. Pero en medio del sufrimiento experimentamos la protección, la fortaleza y el consuelo de Dios, como la persona que se trancó con su moto en el charco de agua frente a mi casa. Jesús mismo había dicho lo que ya varias veces les he citado: “En este mundo van a sufrir, pero anímense, yo he vencido al mundo” (Jn 16.33 – NBV). Vamos a sufrir, sin dudas. Pero este mundo bajo el dominio de Satanás no tendrá la libertad plena de maltratarnos y destruirnos como quisiera tenerla, sino su poder sobre nosotros está limitado y solo llega hasta el punto en que Dios lo considera apropiado para que cumpla los propósitos de él, no los del mundo. Si esto no es protección divina, ¿qué lo sería entonces? ¡Alabado sea Dios!

                   Sobre la base de esta descripción de la iglesia, el Señor le pasa a dar las siguientes recomendaciones. En primer lugar, él le asegura su pronta venida (v. 11). Nos puede parecer una exageración o que Jesús no sabía lo que estaba diciendo. Bueno, él mismo dijo que no sabía el día ni la hora en que él regresaría (Mt 24.36). Pero, por otro lado, para Dios no existe el tiempo. Un día o 1.000 años da lo mismo para él (2 P 3.8). Más que una indicación del tiempo de su regreso, el Señor nos quiere transmitir la urgente necesidad de estar preparado siempre. El momento de su venida no nos debe preocupar porque no nos incumbe. Es asunto netamente de Dios. Lo que sí nos debe preocupar es estar preparado. Por eso, Jesús le anima a la iglesia de Filadelfia: “Retén firmemente lo que tienes, para que nadie te quite tu corona” (v. 11 – NBD). Esto no es aferrarse desesperadamente a sus posesiones para que nadie coma de su pedazo de torta, es decir, proteger egoístamente su propiedad para que nadie le quite ni un pedacito. Más bien se refiere a guardar la fe, retener en su memoria lo aprendido, seguir siendo obediente, etc. En tal sentido lo traduce una versión: “Sigue fiel como hasta ahora y nadie te quitará tu premio” (PDT). ¡No te atrevas a jugar con tu fe! No podés darte el lujo de descuidar tu relación con el Señor, porque estarías jugando con tu vida. Sigue firme en tu fidelidad al Señor. Es la única manera de salir ganando. Todo lo que es menos que eso es pérdida.

                   Pero si logras permanecer firme en tu fe, serás contado entre los vencedores. A ellos, el Señor promete convertirlos en una columna en el templo de Dios. La columna ocupa un lugar muy importante en una construcción. Lleva gran parte del peso de toda la construcción y es clave para la estabilidad del edificio. Esa función de tan grande responsabilidad cumplirá el vencedor en la obra de Dios. El que fue fiel en lo poco, será puesto sobre mucho. Y esto no se le será quitado: “…nunca más saldrá de allí” (v. 12 – NBLH), “…nadie lo sacará” (BLA). Acuérdense que el que promete esto es el que abre y nadie puede cerrar y cierra y nadie puede abrir. Lo que él otorga, nadie puede arrebatarlo de la mano de sus hijos.

                   Además, Cristo promete grabar en esta columna tres nombres: el nombre de Dios, el nombre de la Nueva Jerusalén y el nombre de Cristo. Esto es símbolo de pertenencia a Dios. La nueva identidad que recibiremos es como un sello de nuestra pertenencia a Cristo, y ese sello no se borrará más.

                   ¿Tienes tú ya esa identidad? Si ni siquiera conoces bien a Jesús, será este un momento muy oportuno, sea que estés presente aquí mismo o que estés escuchando la propuesta a través de las redes, pídele a Jesús a que entre ahora mismo a tu vida, que sea tu Salvador personal, que te perdone todo lo malo que has hecho y que te haga un hijo de Dios. Luego, avísanos de tu decisión para que te podamos acompañarte en tu crecimiento espiritual.

                   Y si ya eres un hijo de Dios, ¿qué te llevas de esta prédica? ¿Qué te quedó grabado? ¿Puedes mencionar ahora una, dos o tres cosas que implementarás esta tarde misma para permanecer fiel a Dios y responder a lo que entendiste de esta prédica?