En las últimas prédicas hemos
hablado acerca de la fuente de nuestras provisiones. ¿En qué o en quién está
basada tu confianza, en Dios o en los recursos materiales? Si, por ejemplo, miras
el calendario y ves que faltan todavía 29 días hasta recibir tu siguiente
sueldo, ¿qué pensamientos y emociones se apoderan de ti? Este tema de la
provisión aparece también muy fuertemente en el pasaje del Sermón del Monte que
nos corresponde estudiar hoy.
F Mt 6.25-34
Este pasaje empieza con la frase “por
lo tanto…” Ella une el primer versículo de nuestro texto de hoy al pasaje
inmediatamente anterior, presentando ahora la conclusión lógica de lo expresado
anteriormente. Los versículos anteriores nos advierten de no acumular tesoros
en la tierra, ya que no se puede servir a Dios y a las riquezas
simultáneamente. Es por eso que no tiene sentido andar preocupándose hasta el
punto de perder la paz por cuestiones netamente pasajeras como la comida, la
bebida y la vestimenta. Todo este pasaje nos quiere ayudar a poner las cosas en
su perspectiva correcta. Hay cosas mucho más importantes que la provisión
diaria. Por supuesto que no vamos a ayunar 30 días al mes, y no es tampoco a
eso que se refiere este texto. Lo que Jesús nos indica es no convertir a estos
asuntos pasajeros en el centro absoluto de la vida. Debemos comer para vivir,
pero no vivir para comer. Ni mucho menos sufrir ataques de ansiedad temiendo
que mañana podríamos no tener suficiente para comer. De tanto preocuparse por
la vida, terminan no viviendo la vida. También necesitamos vestirnos
adecuadamente y querer arreglarnos bonito, pero no convertir nuestra pinta en
un dios al que sacrificamos todo el dinero disponible y más allá de lo
disponible, y estando siempre sin aliento por el último grito de la moda. Mamón
quiere llevarnos a una atención desmedida y exagerada a estos asuntos. Hay
cosas mucho más importantes que la comida y la ropa. Cuidar nuestra salud,
cultivar relaciones positivas con los demás, buscar cómo hacer bien a otros y,
por sobre todas las cosas, procurar cumplir la voluntad de Dios son
infinitamente más importantes que la comida y la ropa. Hoy puedo comer, y
mañana tener hambre otra vez. La ropa que compro hoy, al año ya la tengo que
reemplazar por otra. Así que, cosas de tan poca duración no merecen una
atención tan exagerada.
Pero la brevedad de su duración no
es el único argumento para eso. Aún más importante es que Dios se ocupa sí o sí
de estas cosas básicas. Si él nos ha dado la vida, nos dará también todo lo
necesario para mantener esa vida. Es decir, de balde nos llenamos de ansiedad
por algo de lo cual Dios se ocupa. Jesús toma dos ejemplos de la naturaleza
para ilustrar esto: los pájaros y las flores. Él dice que los pájaros no
trabajan afanosamente para producir su alimento. Su Creador es el que se ocupa
de esto. Lo que no significa que están inactivos. Todo el día vuelan de un
lugar a otro, pero para recoger lo que Dios les ha provisto. Se ocupan de su alimentación, pero no se preocupan. Son dos cosas muy diferentes.
Hasta ahora no he visto a ni un pájaro con un ataque de ansiedad por no saber
cómo poder conseguir el alimento suficiente para el próximo día. Solo lo
hacemos las personas supuestamente más inteligentes que los pájaros. La Biblia
no enseña el dejar de trabajar para obtener los recursos necesarios, sino a
tener una actitud correcta hacia ellos: el no poner su confianza en los bienes
materiales.
Lo mismo vale también para las
flores. Hay flores tan bellas que solo duran unas pocas horas. Algunas solo
florecen de noche cuando muy pocos lo pueden apreciar. Al llegar la mañana ya
se marchitan y se mueren. Pero, ¡cuánta belleza tienen esas flores! Si el ser
humano no puede gozarse de su hermosura por estar durmiendo a esas horas, Dios
sí se goza. Es como si hubiera creado esas flores casi exclusivamente para su
deleite personal. Si él ha puesto tanto detalle y tanta belleza en una flor que
apenas logramos ver, ¿no crees que él pondrá mucha más atención a los detalles
de tu vida? Jesús mismo repite varias veces: “¿No valen ustedes mucho más que las aves” (v. 26 – BLA) o las
flores? Jesús está
señalando que Dios provee las necesidades básicas de las aves y los lirios sin
que ellos siembren ni cosechen, ni trabajen o hilen. En otras palabras, su
provisión no depende de lo que ellos hagan. Si Dios sabe
incluso cuántos cabellos tenemos, cosa que ni nosotros sabemos, ¿qué nos hace
creer de que él no sabe del crujir de nuestro estómago? “Ustedes tienen como padre a Dios que está en el cielo, y él sabe lo
que ustedes necesitan” (v. 32 – TLA). En el capítulo 10 de este Evangelio dice
Jesús: “¿No se venden dos pajarillos por
una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de
ustedes lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de la cabeza
él los tiene contados uno por uno. Así que no tengan miedo: ustedes valen más
que muchos pajarillos” (Mt 10.29-31 – DHH). Así que, la preocupación por
cosas que Dios provee simplemente porque nos ama está totalmente fuera de
lugar. Revela una falta de fe en Dios, una atadura al espíritu de Mamón y es
una ofensa contra Dios por no confiar en él. Por algo Jesús llama a estas
personas “pagano”: “Todas estas cosas son
las que preocupan a los paganos…” (v. 32 – DHH). Y también los llama “hombres de poca fe” (v. 30 – RVC). “Además, ¿qué gana uno con preocuparse?;
¿podemos acaso alargar nuestra vida aunque sea una hora” (v. 27 – NBD)? La
Traducción en Lenguaje Actual dice: “¿Creen
ustedes que por preocuparse vivirán un día más” (TLA)? Es imposible. Pero
sí es posible que el exceso de preocupación y ansiedad nos haga vivir un día menos. O un año menos.
He leído una vez algo parecido a
esto: “Si puedes cambiar una situación, ¿para qué te preocupas entonces? Si no
puedes cambiar una situación, ¿para qué te preocupas entonces?” La preocupación
es algo sin sentido alguno, mirándolo desde cualquier ángulo que quieras. Sin
embargo, ¡cuánto nos hemos especializado en este “ministerio”!
Si la preocupación no cambia
absolutamente nada de mi situación, ¿qué es lo que debo hacer entonces? Este
pasaje nos enseña a desarrollar lo que Craig Hill llama “la fe de las aves”. Es la confianza de que Dios
proveerá para mi necesidad simplemente porque me ama. La fe de las aves tiene
en claro quién es la fuente de provisión para mí, y eso me da toda la
tranquilidad del mundo porque yo sé que esa fuente jamás se va a agotar. Si
Dios decide cambiar de canal, está bien, no hay problema, ya que él seguirá
siendo el proveedor. Su suministro seguirá llegando. Como dije, las aves no se
preocupan por cómo producir su alimento. Hacen lo que está a su alcance y
recogen lo que encuentran. Quizás esté a tu alcance ser fiel en tu empleo;
quizás esté a tu alcance abrir una fuente de ingreso adicional en tu casa; quizás
esté a tu alcance renunciar a tu trabajo y empezar un emprendimiento propio, si
así el Señor te indica, etc. Haz lo que te venga a la mano hacer y hazlo para
el Señor, no para tu jefe. Y no pongas tu confianza en ese canal a través del
cual te llega la provisión divina, sino pon tu confianza en Dios, quien es la
fuente de toda provisión, y sigue sus indicaciones.
Todo
esto puede sonar muy lindo, hasta casi romántico, pero, ¿cómo se vive esto en
la práctica? De los muchos ejemplos de esto que hay en la Biblia quiero
mencionar uno —o, mejor dicho, dos ejemplos en uno— que lo ilustra
magníficamente. Es el ejemplo del profeta Elías. Pueden buscarlo ya en 1 Reyes
17. En ese tiempo reinó Acab con su esposa Isabel, quienes hasta hoy en día son
un símbolo de paganismo, idolatría, pecado y todo tipo de antivalores. Por el
pecado de ellos, Elías tuvo que anunciarles el castigo de Dios: “¡Juro por el Señor, Dios de Israel, a quien
sirvo, que en estos años no lloverá, ni caerá rocío hasta que yo lo diga”
(1 R 17.1 – DHH)! Lanzar semejante amenaza contra un rey ponía en peligro
inmediato la vida del profeta. Pero Dios no envía a sus siervos para luego
dejarlos colgado. Leemos a partir del versículo 2: “…la palabra del Señor vino a Elías y le dijo: «Sal de este lugar y vete
al oriente; escóndete allí, cerca del arroyo de Querit, frente al río Jordán.
Saciarás tu sed en el arroyo, y ya he mandado a los cuervos que te lleven de
comer.» Elías fue obediente a la palabra del Señor, y se fue a vivir cerca del
arroyo de Querit, frente al río Jordán. Los cuervos llegaban por la mañana y
por la tarde, y le llevaban pan y carne, y él bebía agua del arroyo” (1 R
17.2-5 – RVC). ¿Qué hubieran hecho ustedes en el lugar de Elías? ¿Qué garantía
tenía él de que no se estaba lanzando a una misión suicida? Nos parece que no
tenía ninguna garantía. Sin embargo, tenía la garantía más absoluta de la
palabra de Dios. Si Dios lo promete, no hay quién pueda oponerse, ni siquiera
todo el ejército de demonios. Pero Elías no podía ver tres semanas por
adelantado en el futuro para saber cómo sería en detalle su vida en el arroyo
Querit y si efectivamente no se moriría de hambre. Tuvo que desarrollar la fe
de las aves y confiar plena y absolutamente en esa palabra dicha por Dios.
Actuó de la misma forma que siglos antes su antepasado Abraham cuando Dios le
dijo: “Vete de tu tierra y de tu
parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gn 12.1
– RV60). Abraham no tenía mapa, no tenía GPS, no sabía ni siquiera cuál sería
esa tierra… solo tenía la orden clara de Dios, y confiando en que Dios
cumpliría su promesa de mostrarle el camino y mostrarle el destino final, él se
fue. Y esa obediencia le valió la descripción de “padre de la fe”. Cuando Jesús
envió a los 72 discípulos a predicar el Evangelio en toda la región, les dio la
siguiente instrucción: “No lleven dinero,
ni mochila ni zapatos…” (Lc 10.4 – TLA). “Pero Señor, ¿y mi viático? No
puedo avanzar sin mi cocido y chipa de María Ana…” “No anden de casa en casa. Quédense con una sola familia, y coman y
beban lo que allí les den, porque el trabajador merece que le paguen” (Lc
10.7 – TLA). Y a regañadientes se escucha: “Si es que siquiera habrá una
familia que nos dé de comer y beber…” Necesitaban la fe de las aves para
confiar que el Señor proveería para ellos mientras cumplían el encargo de él. Fueron
porque Jesús les dio esa orden. De la misma forma, tanto Elías como Abraham no
actuaron por ocurrencia propia, sino obedientemente respondieron a lo que era
una clara indicación de Dios. Elías no estaba aburriéndose en su hamaca cuando
se le ocurrió la brillante idea de abrir una IEB en Camboriú, Cancún o en las
Bahamas, exigiéndole después a Dios que provea todo lo necesario para eso. El
camino que Dios le guió no tenía ningún parecido a las Bahamas.
La
fe de las aves confía en la provisión de Dios. Pero provisión no siempre
significa dinero. En nuestro texto del Sermón del Monte Jesús había mencionado
a comida, bebida y ropa. Puede proveernos dinero para comprar comida o ropa;
puede proveernos la habilidad de producirlo nosotros mismos o él nos la puede
proveer directamente. Él elegirá el modo en cada caso y situación, pero de que
no nos faltará lo esencial para vivir, eso sí. Elías tampoco recibió dinero,
sino comida. Pero él no tuvo una carta con el menú para poder elegir. Tuvo que
tomar lo que le llegaba y estar agradecido por su provisión. Y los cuervos no
suelen recorrer buscando parrillas de donde sacar un pedazo para Elías. ¿Cuál
es la provisión de Dios de alimento para los cuervos? Ese era el menú también
para Elías. El pueblo de Israel tampoco tuvo menú en el desierto sino maná. Y
eso día tras día, año tras año, década tras década durante los 40 años que
dieron vueltas por el desierto. Es decir, si eres obediente al llamado de Dios,
no siempre significa lujo y comodidad. Muchas veces todo lo contrario. Pero la
fe de las aves te enseña a que nunca te faltará lo esencial para la vida.
Con el tiempo, Elías se acostumbró a
esta situación y experimentó en carne propia de que Dios efectivamente proveyó
tal como él había prometido. Pero entonces al Señor le pareció buena idea
afianzar en Elías esa fe de las aves y —¡oh sorpresa!— “…después de un tiempo, el arroyo se secó, porque no llovía en ningún
lugar de la tierra” (1 R 17.7 – NBV). Dios le quería enseñar que él sigue
siendo la fuente por más que cambie el canal. Fue en ese momento que Dios le
dio una nueva orden: “Deja este lugar y
vete a vivir por algún tiempo en Sarepta de Sidón…” (1 R 17.9 – RVC). “No
na, Señor, ¿por qué Sarepta? ¿Acaso no me podías agregar no más un tercer
cuervo que me traiga una botella de agua cada vez que vienen? Son 170 km línea
recta. Si me mandas un jet privado… bueno, podemos negociar. Pero caminar,
¡no!” Es muy posible que nosotros hubiéramos reaccionado así. Ya les digo que
los caminos del Señor puede que no sean viajes de placer. Pero, ¡qué placer da
viajar en los caminos del Señor! No hay mayor satisfacción y deleite que la
certeza de estar en la voluntad de Dios. Elías tenía toda la libertad de
rehusar ir a Sarepta. Pero la cosa era que su canal de provisión de ahora en
adelante estaba allá, no más en Querit. ¿Y si se quedaba en Querit?
Pero las “desgracias” para Elías no
terminaron todavía. Como dice el título de un libro famoso: “Cuando lo que Dios
hace no tiene sentido”, Dios le sigue diciendo: “Ya he dispuesto que una viuda que allí vive te dé de comer” (1 R
17.9 – RVC). ¡¿Una viuda?! Solían ser las personas más vulnerables y
necesitadas de la sociedad. Bueno, seguramente era la viuda de un magnate
petrolero, pero el asunto no le dejó a Elías sin preocupación mientras
realizaba la difícil travesía hasta Sarepta. Y sus peores pronósticos ni se
acercaron siquiera a la realidad que encontró: “Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba
recogiendo leña. La llamó y le dijo: —Por favor, tráeme en un vaso un poco de
agua para beber. Ya iba ella a traérselo, cuando Elías la volvió a llamar y le
dijo: —Por favor, tráeme también un pedazo de pan. Ella le contestó: —Te juro
por el Señor tu Dios que no tengo nada de pan cocido. No tengo más que un
puñado de harina en una tinaja y un poco de aceite en una jarra, y ahora estaba
recogiendo un poco de leña para ir a cocinarlo para mi hijo y para mí.
Comeremos, y después nos moriremos de hambre. (1 R 17.10-12 – DHH).
¡Socorro! Peor imposible. No solamente era una viuda ultra pobre y necesitada,
sino encima moribunda. ¿Y ella debía ser el canal para su provisión? Con toda
seguridad él se había equivocado de viuda. Pero al parecer Elías ya había
llegado a conocer a su Dios. Al parecer no solo había desarrollado la fe de las
aves sino hasta pudo identificar la falta
de esa fe en otros. Por eso le da una indicación sorprendente a la viuda: “Ve a preparar lo que has dicho. Pero
primero, con la harina que tienes, hazme una torta pequeña y tráemela, y haz
después otras para ti y para tu hijo. Porque el Señor, Dios de Israel, ha dicho
que no se acabará la harina de la tinaja ni el aceite de la jarra hasta el día
en que el Señor haga llover sobre la tierra” (1 R 17.13-14 – DHH). La
confianza de la viuda estaba en sus recursos materiales, esa poca harina y
aceite que le sobró. Al acabarse estos recursos, se acabó también su esperanza
de vida. ¿No nos parecemos demasiado a ella? Por eso, Elías procuró que la
concentración de ella en sus recursos acabados se redireccione al Dueño de todo
el oro y la plata del mundo (Hag 2.8). ¿Confiaría ella en la palabra del Señor?
Elías no actuó de forma egoísta al pedirle que primero lo atienda a él, sino
era la única manera de que ella pueda desarrollar la fe de las aves, aunque
casi a la fuerza. Elías no buscó la comida de la viuda sino la fe de ella. Y
para la viuda empezó una guerra espiritual: Mamón contra Dios. ¿Se rendiría
ante Mamón al fijarse en sus recursos agotados o se rendiría ante Dios y la
confianza en su provisión? Esta puede ser una lucha tremendamente dura.
Una de las críticas más fuertes de
la sociedad hacia las iglesias evangélicas es la enseñanza acerca del diezmo y
las ofrendas. Pero seguiremos enseñando acerca de este tema, primero, porque es
una enseñanza de la Biblia y si queremos ser una iglesia bíblica, necesariamente
tenemos que enseñar y practicar todo lo que enseña la Biblia. Por supuesto que
ese enseñar y practicar es un proceso en desarrollo que dura toda la vida. Y
segundo, necesitamos enseñarlo para que los hijos de Dios puedan desarrollar la
fe de las aves. ¿Confiarán en la palabra del Señor de que él proveerá para
ellos con lo que queda de su sueldo después de dar el diezmo? En el Antiguo
Testamento, el diezmo era ley y tenía que darse al Señor y Dueño del diezmo. El
Nuevo Testamento no enseña nada nuevo sobre el diezmo porque ya era una
práctica común para los judíos, como podemos ver en varios pasajes. Pero el
Nuevo Testamento muestra que en realidad el 100% de nuestros bienes le
pertenecen al Señor, quien tiene la libertad de disponer de todo lo que él nos
ha prestado para que lo administremos. El diezmo ya no es ley, sino llega a ser
ahora el límite inferior. Es como el medidor de aceite de un motor. Cuando el
aceite baja por debajo del límite inferior, se prende una alarma en el tablero.
Y si no le hacemos caso, corremos el riesgo de fundir completamente el motor de
nuestro auto. ¡Y cuántos hijos de Dios hay cuyo motor espiritual está en estas
condiciones! Muchos dicen que no les sobra para el diezmo. Más bien digo que el
no dar su diezmo es la causa de que no les sobra. La relación con Dios nunca es
un negocio, sino únicamente fe. Él dice en nuestro texto de Mateo que primero debemos buscar el reino de Dios,
por fe, y que luego experimentaremos que él se encarga de nuestra provisión (v.
33). Si le decimos: “Dame primero tu provisión para que así te dé tu diezmo.”, ya
no es fe, sino reacción a lo que ya podemos ver. Y la fe es la confianza en lo
que no podemos ver. Además, con esta
actitud, el dinero del diezmo sería según el sistema de este mundo de comprar y
vender. Dios me da mi provisión, y yo le doy a cambio mi diezmo. Yo compro la
provisión que Dios me vende. Pero Dios contesta: “Dame primero tu diezmo, introduce la gracia al convertirlo al sistema
divino de dar y recibir, y así expresarás tu fe de las aves que confía que yo
te voy a sostener en todo lo que necesites. Y vas a ver que abro las ventanas
del cielo y hago llover sobre ti bendición hasta que sobreabunda.” La fe es la
que mueve la mano de Dios. Necesitamos fe para obtener el perdón de pecados;
necesitamos fe para ser sanados y necesitamos fe para experimentar la provisión
de Dios. Siempre la fe va primero. A las personas que fueron sanadas por Jesús,
él solía decir: “tu fe te ha sanado”
(Mc 5.34 – NBLA). El sentido del versículo 33 de Mateo 6 podríamos expresar
así: “Por tu fe has recibido tu provisión.” De esta manera, apartar el diezmo como
respuesta de amor al Señor y expresión de nuestra fe de las aves debe ser lo primero
que hagas al recibir tu sueldo. A mí no me interesa el dinero que das, sino busco
que experimentes al Señor en forma sobrenatural al abrirte a él en fe. A la
iglesia no le interesa tu dinero. Nadie, excepto quizás el tesorero, sabe si
das o no das, y nadie va a averiguar esto. A la iglesia le interesa que crezcas
y madures en tu relación con el Señor. Es cierto, la iglesia tiene sus gastos
que deben ser cubiertos por los aportes de los que solemos congregarnos aquí.
Los vecinos no van a venir a cortar nuestro pasto, a instalarnos un cielorraso,
a pagar nuestra cuenta de luz o a reparar los desgastes del edificio. Lo
tenemos que hacer nosotros, y sí o sí se generan gastos. Pero el más bendecido
será la persona que da, porque “hay más
bendición en dar que en recibir” (Hch 20.35 – NTV), dice la Biblia. Esta
viuda de Sarepta venció la guerra espiritual, desarrollando la fe de las aves: “…fue e hizo lo que Elías le había ordenado.
Y ella y su hijo y Elías tuvieron comida para muchos días. No se acabó la
harina de la tinaja ni el aceite de la jarra, tal como el Señor lo había dicho
por medio de Elías” (1 R 17.15-16 – DHH). Ruego al Señor que todos nosotros
podamos desarrollar también esa fe. Es muchísimo más fácil hablar acerca de la fe de las aves que vivirla. Pero si tenemos el firme propósito de alabar a Dios por
medio de nuestra fe, él nos ayudará a vencer esa cruenta guerra espiritual en
la que nos encontramos contra el espíritu de Mamón. ¿Entienden ahora por qué
dije en la primera prédica de esta serie que esta era la base espiritual/teológica
del manejo de las finanzas, sin la cual toda otra herramienta para administrar
sus bienes no tendría mucho efecto? Porque, ¿qué sirve saber cómo invertir,
cómo ahorrar, cómo manejar las deudas, etc. si nuestro corazón está encadenado
por el espíritu de Mamón? Quizás haríamos lo correcto pero sin la motivación
correcta. Nuestro corazón seguiría estando atado por el afán por los bienes
materiales en vez de estar rendido en confianza a Dios. Dios quiere transformar
nuestras vidas como respuesta a la fe de las aves que él quiere que se
desarrolle en nosotros. “…sin fe es
imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él
existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad” (He 11.6 –
NTV).