lunes, 21 de octubre de 2024

Para que el mundo crea



            Estamos hablando en estos días acerca de la manera más directa y poderosa de hacer la obra misionera, y que todo el mundo puede hacer: la intercesión. La oración es el poder de Dios en acción. En la reflexión sobre este tema nos guiamos por la oración de Jesús en Juan 17. Anoche habíamos visto que, para poder orar más específicamente y estar más empapado del obrar de Dios en los diferentes lugares, es necesario cultivar intencionalmente una relación estrecha con el personal de Dios que está en los diferentes lugares. Y algunos de los motivos de oración por ellos, según Juan 17, son: que la gloria de Dios se manifieste en sus vidas; que Dios los proteja; que estén unidos; que no se dejen atemorizar por las amenazas del mundo; que cumplan fielmente su ministerio.

            Pero esto es recién una parte de lo que podemos cubrir con nuestras oraciones. Jesús, en Juan 17, pasa luego a otro plano en su intercesión.

 

            FJn 17.20-26

 

            Aquí el mensaje de salvación ya llega a la cuarta generación. El origen del mensaje es Dios, en primer lugar. Luego, en segundo lugar, lo recibió Jesús. Este lo transmitió a sus discípulos, que llegan a ser el tercer eslabón en la cadena, y estos, a su vez, lo compartieron con otros, en cuarto lugar. Esta misma cadena que transporta el mensaje de salvación de uno a otro, sin interrupción, menciona también Pablo en su carta a Timoteo: “Lo que me has oído decir delante de muchos testigos, encárgaselo a hombres de confianza que sean capaces de enseñárselo a otros” (2 Ti 2.2 – DHH). Pablo a Timoteo, Timoteo a hombres fieles y los hombres fieles a otros, y así sucesivamente. Todos los que hemos escuchado y aceptado el mensaje del Evangelio estamos en una carrera en la que pasamos la antorcha de la Palabra de Dios de unos a otros. El Evangelio no es para nuestro deleite personal exclusivamente, sino para pasarlo a otros para que se multiplique. No es un estanque donde acumularse, sino un arroyo que fluye y lleva su bendición a otros lugares. Jesús ya ha intercedido por todas estas generaciones de creyentes en él desde sus 12 discípulos hasta el último en convertirse al final de los tiempos. Entre ellos estamos también nosotros. Cristo en persona intercedió por nosotros y lo sigue haciendo. Pablo escribe a los romanos: “Cristo es el que … está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Ro 8.34 – RVC). Cuando nosotros oramos por la evangelización del mundo, nos alineamos con Jesús en su voluntad, intercedemos junto con él y participamos de su obrar entre la gente. Y él mismo había prometido: “Todo lo que ustedes pidan en mi nombre, lo haré” (Jn 14.13 – PDT).

            Por todas estas —para él todavía futuras— generaciones de creyentes, Jesús pide lo mismo que para sus discípulos: que estén unidos. Para esta unidad él toma como ejemplo y regla de medir nada menos que la unidad que hay entre él y su Padre Dios. No podía poner más alto que esto su vara de medir. Jesús es perfecto y busca la perfección. Si él dijera: “Bueno, con tal que en su iglesia no se arranquen la cabeza uno al otro, ya estoy conforme…”, no sería demasiado desafiante su búsqueda de la unidad. “…como tú, oh Padre, en mí y yo en ti” (v. 21 – RVA2015). ¿Se parece tu iglesia a este modelo? Obviamente que en este mundo nunca llegaremos plenamente a ese estándar, pero esta es nuestra meta porque es la meta de Cristo. Realmente es un motivo supremamente importante para Jesús, ya que la misma petición él presenta tres veces en esta oración: una vez pidiéndolo para sus discípulos y dos veces para los siguientes que creerían en él. Me parece que hacemos bien en hacerlo un tema importante también para nosotros.

            ¿Por qué quiere Jesús que estemos unidos? ¿Solo porque se ve más bonito estar unidos que estar peleados? Bueno, por un lado, el trabajo de una iglesia es muchísimo más eficiente si se trabaja en forma coordinada y unida. El profeta Amós pregunta: “¿Acaso pueden dos personas andar juntas si no están de acuerdo” (Am 3.3 – NBV)? Y como iglesia de Cristo queremos andar lejos, a todas las naciones hasta lo último de la tierra. Así que, más vale que estemos unidos y que intercedamos por la unidad de los creyentes a quienes estamos sirviendo en los diferentes puntos del Chaco, del oriental y del exterior. Pero lo que a Cristo más le interesa es el efecto que tiene la unidad sobre la gente de fuera de la iglesia. Estar unidos como hijos de Dios es fuertemente evangelístico: “…para que el mundo crea que tú me enviaste” (v. 21 – RVC). Si nosotros predicamos el perdón y la reconciliación, pero nos llevamos entre nosotros como perros y gatos, ¿quién va a creer nuestra predicación? Pero si el mundo observa a personas que están unidas, eso llama la atención porque la gente no está acostumbrada a eso. Lo que los demás viven cada día es violencia, engaños, robos, destrucción, peleas, etc. Y están hartos de vivir esto. Si de repente se encuentran con personas en un ambiente de armonía, interacción sana y respeto mutuo, esto se vuelve tan atractivo para ellos porque es lo que su alma tanto anhela. Ahí creen que Cristo es realmente el Salvador del mundo enviado por Dios. La gente del mundo que reconoce esto y llega a recibir a ese Salvador en su vida personal, pasa a formar parte de ese grupo de personas por el cual Jesús está orando en este texto. Por eso él dice en el versículo 25: “…todos estos han llegado a conocer que tú me has enviado” (BLPH).

            Esta unidad en el pueblo de Dios se hace también tan atractiva para los de afuera, porque ahí experimentan verdadero amor (v. 23). A través de nosotros, las personas hambrientas por amor y paz experimentarán el amor perfecto de Dios el Padre por ellos. Para eso es necesario que nosotros mismos hayamos experimentado ese amor incondicional de Dios. Solo así, ese amor podrá fluir hacia los demás. Solo así Dios podrá cautivar con su amor el corazón endurecido de los demás y atraerlos hacia él. Sin ese genuino amor de Dios fluyendo en y a través de nosotros no vamos a querer que personas nuevas lleguen a nuestra iglesia; y si aparece alguien, lo vamos a inspeccionar de pies a cabeza para ver si nos cae bien o no; vamos darle un asiento en un rincón, lejos de nosotros; no lo vamos a saludar ni mucho menos invitar a nuestra ronda de tereré; y nos sentiremos aliviados al verlo ir nuevamente – quizás para no regresar nunca más. ¿Se imaginan que Jesús hubiera tratado así a una visita nueva que llega a la iglesia? ¿Lo hizo así contigo? Él está orando para que la unidad de sus hijos sea un testimonio convincente para los de afuera. Vivamos esa unidad y pidamos por esa unidad porque ella es la voluntad de Dios para nosotros.

            Ahora, unidad no tiene nada que ver con uniformidad o de tener todos la misma opinión sin discutir jamás. Esto se parecería más a un cementerio que a una iglesia viva y dinámica. La unidad se muestra precisamente en un ambiente de opiniones dispares. Si logramos sobreponernos a esa diversidad de criterios y seguir trabajando juntos a pesar de no estar de acuerdo en todo, entonces podemos hablar de verdadera unidad. Aunque no estés de acuerdo con cierta decisión, te sometes a ella y tratas de colaborar en esa dirección. Si haces valer el estirar el carro junto a los demás en la misma dirección por encima de tu propia opinión, estás mostrando unidad. Debes buscar por sobre todas las cosas el bien de todos en vez de querer imponer tu propia opinión. Si para Jesús esto era un asunto tan importante como para pedir tres veces en una oración por la unidad de sus seguidores, ¿puedo seguir insistiendo egoístamente en que las cosas se hagan como yo quiero? Cristo ya nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir en unidad. En su oración él dice que nos ha dado su gloria para que seamos uno (v. 22). Es en ese glorioso ambiente de paz interior con Dios que puedo desarrollar también la paz con mi hermano. O, a la inversa, si estoy en constante rencilla con el prójimo, doy evidencia no más de la guerra que tengo en mi propio corazón. Nuestra unidad se hace visible recién cuando la gloria de Dios se manifiesta entre nosotros. Es más, únicamente cuando estamos completamente unidos es que la gloria de Dios podrá notarse. Es como un circuito eléctrico. La luz se va a encender solo si todo el circuito está perfectamente conectado a la fuente. Pero, si en algún punto se interrumpe la conexión, la luz se apaga. Si estamos conectados entre nosotros y con Cristo, su gloria descenderá sobre nosotros. No podemos decir que es imposible vivir y trabajar en unidad. Si todos estamos en Cristo, la unidad sí es posible. Depende no más si nos decidimos por ella y luchamos por obtenerla. La unidad no se da por sí sola. Es necesario sacrificar mi ego para que la unidad tenga oportunidad de instalarse entre nosotros.

            Inicialmente, Jesús le había pedido al Padre que no saque a sus seguidores de este mundo (v. 15). Imagínense como sería si cada persona que acepta a Cristo muriera en ese mismo instante. ¿Quién querría entonces recibir a Cristo? Aunque hay muchas situaciones en las que aceptar a Cristo es literalmente un asunto de vida o muerte. Pero no es la norma. De otro modo, ¿quién llevaría las Buenas Nuevas de salvación a los demás? Ya no habría más cristianos en este mundo, porque ni bien alguien acepta a Cristo, desaparece. Por eso, si seguimos en este mundo, es porque tenemos todavía una tarea a cumplir dentro del plan eterno de Dios. Nos quiere usar todavía como portavoces de sus noticias de salvación. No obstante, esta permanencia aquí en la tierra es solo temporal. En el versículo 24, Jesús expresa el deseo de que sus seguidores estén con él. Así que, una vez que nuestra vida haya cumplido su propósito por el cual estamos aquí, ahí sí el Señor nos llevará a su presencia. Por un lado, él desea tener esa comunión con sus hijos, así como nosotros deseamos ver a nuestros hijos que ya están fuera de casa. Cuando Jesús se reunió por última vez con sus discípulos para celebrar la Pascua, horas antes de su muerte, él dijo: “¡Cómo he deseado comer con ustedes esta pascua…” (Lc 22.15 – RVC)! Las diferentes traducciones dejan ver la gran intensidad de su deseo: “En gran manera he deseado comer … esta pascua” (RVA), “Intensamente he deseado comer … con ustedes” (NBLA). Jesús anhela nuestra compañía mucho más de lo que nosotros anhelamos la suya. ¿No debería ser esto justo al revés? ¿O por lo menos igual? Por eso, Jesús ruega: “Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy” (v. 24 – NVI).

            Pero, aparte de este intenso deseo de estar con sus seguidores, hay todavía otro motivo para esta petición: “…para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (v. 24 – RVA2015). Jesús desea compartir con sus seguidores y hermanos todo lo que es suyo, también la gloria que el Padre le ha dado. Quiere que todos vean cuánto le ama el Padre como para darle al Hijo semejante gloria. Pero es que ahí también nosotros, al ver esa gloria de Dios rodeando a su Hijo, entenderemos cuánto nos ama el Padre a nosotros, porque compartiremos con Jesús esa misma gloria del Padre como parte de la herencia que recibiremos. Pablo escribe a los efesios: “…cuando ustedes escucharon el mensaje verdadero de las buenas noticias de salvación y creyeron en él, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo que él había prometido. La presencia del Espíritu Santo en nosotros es como el sello de garantía de que Dios nos dará nuestra herencia” (Ef 1.13-14 – NBV). Esta herencia, esta gloria es lo que Jesús quiere compartir con nosotros, sus hermanos y seguidores. Por eso él pide al Padre que podamos estar con él. Ya él había dicho anteriormente: “En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas. … Voy a prepararles un lugar allí” (Jn 14.2 – NVI).

            Esta oración de Jesús es una especie de informe final por proyecto terminado. Jesús resume su misión en esta tierra en el último versículo: “Les di a conocer tu nombre…” (v. 26 – BNP). Con “nombre” no se refiere a la combinación de letras que forman el nombre propio de la persona o, en este caso, de Dios. El nombre es sinónimo de su personalidad. Jesús nos ha presentado el ser del Padre para que lo podamos “conocer”, es decir, entrar en una relación personal e íntima con él. Y él dice que lo seguirá haciendo. A través de su Espíritu Santo, Dios se nos revela día tras día para que podamos conocerlo cada día más, amarlo cada día más y servirle cada día con más dedicación y amor. “…para que el amor que me tienes esté en ellos, y para que yo mismo esté en ellos” (v. 26 – DHH). Conocer al Padre es experimentar en carne propia su amor por mí y por todos. El que se abre a este amor y lo deja entrar a su vida, verá el poder transformador que él tiene en la vida de una persona. El amor del Padre y la presencia de Cristo se establecerán y harán vivienda en nosotros. Esto hemos experimentado nosotros mismos y lo podemos observar también una y otra vez a nuestro alrededor. Personas que estaban atados en el vicio son liberados y se convierten en fogosos testigos del poder de Dios. Matrimonios que estaban a punto de destruirse experimentan una profunda transformación y renacen a un amor nunca antes conocido. Personas que pasaron por el profundo dolor de una separación del cónyuge se levantan de las cenizas de su matrimonio y despliegan todo el potencial que Dios ha puesto en ellos, de modo que nos quedamos admirados de lo que Dios está haciendo. La obra de Dios en las vidas humanas. Tu intercesión hace que estos casos se reproduzcan cada vez más, para honra y gloria del Señor. Únete a la intercesión de Jesús: “…te ruego … por los que han de creer en mí, … que todos ellos estén unidos, … para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17.20-21 – DHH). ¡Amén!

 

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Haz obra de evangelista




            “Haz obra de evangelista” es una de las exhortaciones de Pablo a su discípulo Timoteo (2 Ti 4.5). ¿Te gustaría ser evangelista o misionero? Bueno, te digo que ya lo eres. El hecho de que estés hoy aquí es señal de que sientes que tu lugar está aquí hoy en esta fiesta misionera. Con esto, de alguna manera estás apoyando la obra misionera y participando de la misma.

            Otros participan generando ingresos para el sostenimiento económico de los proyectos. También, todas las veces que te encuentras con alguien que está sirviendo en nombre de Dios y de la iglesia y le das un apretón de mano y una palabra de bendición, fortaleces enormemente el ánimo de esa persona y participas de su ministerio. Y si vas a Asunción y alrededores e incluyes en tu agenda un tiempito para saludar a algunos de los pastores que están por allá o mandas algún mensaje de ánimo por WhatsApp, no te imaginas lo bien que esto hace. Esto es hacer entre todos la obra que Dios nos ha encomendado.

            Pero como la obra misionera es primordialmente un trabajo espiritual, el apoyo y la participación más directa, activa y poderosa es la intercesión. No sé dónde estarían hoy las iglesias en el contorno asunceno y las diferentes obras aquí en el Chaco como también en el exterior si no hubiera un ejército de intercesores, cargando sobre sus hombros este trabajo y depositándolo una y otra vez ante el Señor en intercesión. Sentimos tan claramente este respaldo espiritual. Es por esto, que hoy y mañana queremos dejarnos inspirar por una oración que Jesús mismo hizo a favor de la obra misionera. La encontramos en el capítulo 17 del Evangelio de Juan. Si miramos los versículos anteriores a este capítulo vemos que esta oración se da en un momento en que Jesús sabe que está cerca su regreso al Padre y abre su corazón a los discípulos. Les dice que ellos se quedarán en este mundo de dolor y de aflicciones; que sufrirán, pero que él ha vencido el poder destructor de este mundo de pecado. Esto lo lleva a elevar la oración que encontramos en el capítulo 17 de Juan.

            En primer lugar, al empezar a orar, Jesús mismo se presenta ante su Padre.

 

            FJn 17.1-8

 

            Esta oración es una especie de informe final al empleador después de haber concluido determinado proyecto. Jesús se presenta ante el Padre y le dice: “¡Misión cumplida!” Pocas horas más tarde, él va a exclamar en la cruz: “¡Consumado es” (Jn 19.30 – RVA2015)! Toda la misión encargada ha sido completada en un 100%. Ahora el Hijo puede ser glorificado para que él, a su vez, glorifique al Padre. Vemos aquí una total sumisión del Hijo al Padre. Como Hijo de Dios, él podría manifestar su propia gloria. Pero no lo hace sino le pide al Padre que él lo glorifique para así poder reflejar esa gloria otra vez de vuelta al Padre. Todo lo somete al Padre y direcciona hacia él. Ya durante su ministerio Jesús había dicho: “Les aseguro que el Hijo de Dios no puede hacer nada por su propia cuenta; solamente hace lo que ve hacer al Padre. Todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo” (Jn 5.19 – DHH). Jesús cumplió al pie de la letra el plan de rescate de Dios. Esta obediencia incondicional honró al Padre y lo glorificó (v. 4).

            Esta obra consistió en abrir la puerta a la salvación eterna para todos los que la aceptan. Su muerte en la cruz en lugar del pecador revelaría a Jesús ante todo el mundo como el Salvador de la humanidad. Y esto estaba a punto de suceder. Por eso, él había dicho al Padre: “Llegó la hora. ¡Hagámoslo!” Por su muerte y resurrección, Jesús nos ofrece ahora la vida eterna. Esta consiste en conocer al Padre y conocer a Jesús. “Conocer” en el lenguaje bíblico siempre significa entrar en una relación viva, personal e íntima con alguien, en este caso con Jesucristo. Aceptar su oferta de perdón de pecados, dejarlo entrar a mi vida para que él la maneje y la transforme según sus propósitos y para su honra y gloria, eso es lo que me salva; eso es lo que me da la vida eterna.

            Hacer posible la salvación a todo ser humano era una parte del ministerio de Jesús. La otra parte era la capacitación y el comisionamiento de sus primeros seguidores. Para Jesús era claro que no fue él quien eligió a sus discípulos, sino que el Padre se lo había dado (v. 6). La función de elección le correspondía a su Padre. A estos seguidores que él había recibido, Jesús —una vez más, apuntando a Dios— les dio a conocer el Padre. Y sus seguidores habían respondido con obediencia a su enseñanza. Entendieron claramente que Jesús no obraba por sí mismo, sino que todo lo que él les transmitía provenía del Padre (v. 7). No miraron al mensajero, sino a la fuente del mensaje. Esto produjo en ellos fe en Dios y en su Palabra. Por eso fue que, cuando Jesús les abrió la puerta para que puedan abandonar el proyecto, Pedro contestó tan enfáticamente: “¿Y a quién seguiríamos, Señor? Sólo tus palabras dan vida eterna. Nosotros hemos creído en ti, y sabemos que tú eres el Hijo de Dios” (Jn 6.68-69 – TLA). Esta seguridad no viene por observación pasiva, sino por cultivar una relación muy, muy cercana con Jesús. ¿Puedes tú declarar con toda convicción lo mismo que Pedro?

            En esta primera parte de su oración, Jesús se concentró en sí mismo y en su relación con el Padre. Fue un primer momento de introspección y de alinearse con la voluntad del Padre. Si tú quieres interceder por la obra de Dios en este mundo, necesitas primero reconocer el mover de Dios; sentir su corazón latiendo por la gente sumida en la miseria; y verte a ti mismo en relación con este mover de Dios; qué lugar te corresponde a ti dentro del plan de Dios. Poco efecto tendrá y poco tiempo durará tu intercesión si quieres quedarte en la gradería como simple observador y desde la distancia pedirle a Dios que él bendiga su obra, lo que sea que esto significa. Esto no funciona. Tú necesitas bajar hasta el borde de la cancha, sentir en carne propia lo que significa estar ahí en el campo de batalla, para poder clamar al Señor con conocimiento de causa y de manera específica. No implica necesariamente ir tú mismo al campo misionero, pero sí saber de primera mano lo que es estar ahí, por cultivar el contacto con los que están ahí. Entonces es que tu corazón se encenderá al ver la mano de Dios moviéndose con poder y vas a comprometerte en serio con la obra de Dios. Ahí no habrá más lugar para la pasividad. Esto es un paso muy necesario para poder llegar a dar el siguiente en la intercesión por las misiones. Lo encontramos a partir del versículo 9 de este capítulo 17 de Juan.

 

            FJn 17.9-19

 

            En este párrafo, Jesús ora por sus discípulos. Quizás tú tienes personas muy cercanas a ti o a quienes Dios pone en tu corazón de manera especial para que los “adoptes” como personas por quienes intercedes de manera mucho más intensa. O en su intercesión como iglesia pueden presentar ante el Señor a sus miembros que están sirviendo en el nombre de Dios y de la iglesia en un lugar específico con el fin de construir ahí el reino de Dios. Jesús no oró por todo el mundo, porque sería algo demasiado general, sin puntería. Él oró por los que el Padre le había dado (v. 9). En nuestro caso serían los que —como dije— Dios ha puesto en nuestro corazón; por quienes sentimos una carga especial.

            Jesús era responsable por este grupo específico, pero él estaba por irse al cielo nuevamente, mientras que ellos se quedarían “como ovejas en medio de lobos” (Mt 10.16 – DHH). Como Dios es el verdadero dueño de estas vidas, Jesús se las encomendó para que el Padre los cuidara de ahora en adelante, y que los haga vivir en perfecta unidad (v. 11). Todo el tiempo que Jesús estaba sobre esta tierra, él se había encargado de proteger a sus seguidores. Sin embargo, aunque él quiera proteger a todos, estar bajo su protección y bendición es decisión de cada uno. Dios no puede violar o anular la voluntad propia de las personas, porque sería anular su propio principio con el cual ha creado al ser humano. Judas se había perdido, no porque Jesús no supo protegerlo, sino porque él decidió no acogerse a la protección de Jesús. Y Jesús tuvo que respetar la decisión que Judas había tomado.

            Ahora, al final de su misión en esta tierra, Jesús mira atrás a lo realizado. Y le pasa lo mismo que al inicio en la creación del universo: que todo “era bueno en gran manera” (Gn 1.31 – RVC). La satisfacción por la misión cumplida lo llenó de tanta alegría que ora en voz alta para así contagiar también a sus discípulos con esa alegría (v. 13).

            Esa relación íntima de fe en Jesús ha convertido a estos discípulos en ciudadanos de otro reino espiritual, diferente al que domina este mundo. La reacción del mundo dominado por Satanás a aquel reino gobernado por el Espíritu de Dios fue odio. Al igual que Jesús, los discípulos eran ciudadanos del reino celestial que vivían en esta tierra como extranjeros, y esto causaba mucha molestia a los del mundo, porque amaban más la oscuridad que la luz (Jn 3.19).

            A pesar de estar inmersos en un mundo hostil a todo lo que viene de Dios, Jesús no pide que el Padre saque a sus seguidores de este mundo (v. 15). Esto no es por querer hacerlos sufrir, sino porque tiene una misión muy especial para sus hijos. La misión que Jesús había recibido de su Padre, él se la pasa ahora sus seguidores. Él desea que, a través de la Palabra de Dios, el Padre pueda producir en ellos tal convicción que ellos se entreguen con cuerpo, alma y espíritu a esa misión. Claro, ellos no podrían lograr la salvación del ser humano. Esto era la misión exclusiva de Jesús. Pero sus seguidores tenían la tarea de propagar por todo el mundo la oferta de salvación, por un lado, y, por el otro, hacer discípulos, fieles seguidores, de Jesús, así como su Maestro lo había hecho con ellos. De esta manera, esa obra iniciada por Jesús pasaría de generación a generación hasta que él regrese. Jesús se entregó personalmente a esta misión, hasta el punto de costarle la vida, para que los demás puedan seguir su ejemplo y tener el poder para dedicarse también con todo su ser a esta misión (v. 19).

            Después de haber cultivado y seguir cultivando la intimidad con el Señor y alinearte con su voluntad, con su proyecto, con su obra en el Chaco, en el Gran Asunción y en varios puntos del mundo, y después de haberte empapado con las vivencias de los que están en primera fila en estos lugares, este pasaje te invita a interceder por ellos

·         para que la gloria de Dios se manifieste en sus vidas;

·         para que Dios los proteja;

·         para que estén estrechamente unidos con los demás hijos de Dios;

·         para que se dejen pastorear por el Señor y por los hermanos en Cristo;

·         para que experimenten satisfacción y gozo en el ejercicio de su misión;

·         para que no se dejen atemorizar por las amenazas del mundo;

·         para que vivan en completa integridad y consagración al Señor;

·         para que cumplan fielmente su ministerio recibido por el Señor.

            Pablo lo expresa en estas palabras: “Oren … por mí, para que Dios ponga en mis labios la palabra oportuna y pueda dar a conocer libre y valientemente el plan de Dios” (Ef 6.19 – BLPH). Haciendo esto, participarás poderosamente de la obra misionera mundial que Cristo le ha encomendado a su iglesia. “…tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Ti 4.5 – RVC).

 

 

Tu sentido en la vida


 




            Hay muchas personas en este mundo que se arrastran de un día al otro sin tener un propósito, sin hallar sentido a su vida. Esto los lleva a experimentar una constante frustración; a no tener motivación alguna para vivir; hasta inclusive al suicidio, en algunos casos. Espero que todos ustedes saben para qué están en este mundo; que todos tengan un sentido para su vida. Y si por ahí no lo tienen, o alguien que escucha esta grabación no la tenga, quédese en este canal hasta el final, porque va a entender para qué está sobre esta tierra.

            Hoy empezamos una serie de prédicas basadas en la carta a los cristianos en Éfeso. Esta ciudad fue en tiempos del Nuevo Testamento un lugar sumamente importante. Uno, porque estaba situada en una zona de mucho tránsito de personas y mercaderías. Estaba cerca de un puerto importante en el Mar Mediterráneo.

            Otro de sus atractivos fue el templo de la diosa Diana o Artemisa —según diferentes idiomas—, catalogado hoy como una de las 7 maravillas del mundo antiguo. Ese templo atrajo a gente de todo el mundo conocido.

            El apóstol Pablo también ha pasado algunas veces por Éfeso. En una oportunidad se quedó más de tres años en esta ciudad, convirtiéndola en su base para el trabajo misionero en toda la zona alrededor.

            La carta a los efesios se parece más a un tratado teológico que a una carta. Considerando que carece prácticamente por completo de saludos personales, y que en algunos manuscritos antiguos o copias de este documento no se menciona a Éfeso en el saludo inicial hace creer que podría haber sido un tipo de circular dirigida a varias iglesias de la zona. Pero eso no cambia nada en cuanto a su contenido y su importancia para nosotros.

            Al inicio de la carta, se presenta el autor con un breve saludo:

 

            FEf 1.1-2

 

            Aquí, el autor se presenta como Pablo, y se declara apóstol por la voluntad de Dios. Esta forma de describir su ministerio o llamado se debe a los constantes ataques que él recibió de personas que querían menoscabar su autoridad. Aquí él deja en claro que él no es un apóstol autonombrado por vanagloria, sino que el mismo Dios el Padre lo ha instituido en esa función de llevar el Evangelio a las naciones.

            Luego de presentarse, él saluda a los receptores de su carta que él identifica como el pueblo santo de Éfeso. Como dije, algunos manuscritos antiguos omiten aquí el nombre de Éfeso, y así lo traducen también algunas versiones de la Biblia: “Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, saluda a los santos que creen en Cristo Jesús” (v. 1 – BPD). Si el escrito original realmente no incluyó el nombre de la ciudad, entonces más aún nos podemos dar por aludidos. Somos “santos que creen en Cristo Jesús”, por lo tanto, Pablo nos saluda también a nosotros.

            Seguidamente, Pablo desea a sus lectores “gracia y paz”, un saludo muy corriente que encontramos reiteradas veces en sus cartas.

            A esta introducción, Pablo agrega una alabanza a la acción del trino Dios, obrando nuestra salvación. Es un poema de singular belleza.

 

            FEf 1.3-14

 

            El primer versículo de este pasaje introduce toda la carta. Pablo alaba a Dios por las múltiples bendiciones que nos ha hecho llegar a través de Jesucristo. Después empieza a detallar algunas de estas incontables bendiciones, relacionadas a la salvación del ser humano. La primera es lo que ha hecho Dios el Padre. Su función dentro de la obra salvadora fue elegirnos. Y fíjense que él ya nos eligió antes de que este mundo siquiera existiera. El texto dice que esta elección sucedió “antes de la creación del mundo” (v. 4 – DHH). Y el propósito de esta elección es “para que fuéramos santos y sin defecto en su presencia” (v. 4 – DHH). En esto vemos por lo menos dos de los atributos de Dios: su eternidad y su omnisciencia. ¿Quién más podría elegir algo miles de años antes de que existiera? Ni Satanás lo puede hacer, solo nuestro Dios todopoderoso. ¡Alabado sea él! Desde la eternidad y hasta la eternidad él conoce absolutamente todo. Si te sientes de repente tan pequeño/a e insignificante, pensando que no le importas a nadie, que estás totalmente solo/a en este mundo, acordate que Dios se interesó por cada minúsculo detalle de tu vida ya desde la eternidad. ¿Te parece que nadie se interesa por ti? Tú estabas en sus pensamientos y te amó entrañablemente desde hace miles de años. Tanto te amó que él dijo: “A esta persona la amo tanto que quiero tenerla como mi hijo/a. Voy a iniciar ya el trámite para poder adoptarla legalmente.” Y dicho esto, mandó a Jesús a que pagara por tus pecados. ¿Crees que no vales nada? Valiste la vida del Hijo de Dios, y él lo hubiera hecho, aunque fueras el único ser humano sobre esta tierra. ¿Necesitas más argumentos?

            Esta acción de Dios puso en evidencia su incomparable amor. Él siempre nos amó, pero como el pecado había levantado una barrera insuperable entre Dios y nosotros, era imposible que nosotros reconozcamos a Dios y sus increíbles atributos. Por eso, él hizo todo lo humanamente imposible —hasta el punto de sacrificar a su propio Hijo— para así quitar de en medio esta barrera. Ahora es posible que aceptemos ese sacrificio y podamos ver nuevamente al Padre con su infinita misericordia y amor. La reacción natural de quien experimenta esto en carne propia es la gratitud y alabanza a Dios por lo que él es y por lo que él hace. Por eso dice Pablo que “…esto lo hizo para que alabemos siempre a Dios por su gloriosa bondad” (v. 6 – DHH). Si todavía no encuentras un sentido para tu vida, te comparto aquí un secreto que puede revolucionar tu existencia: empezá a alabar a Dios. Quizás al principio sientas ganas para todo lo contrario a alabarlo, pero hazlo, aunque sin ganas, y lentamente empezarás a notar un cambio sorprendente en tu situación, en tu interior. Es que con esto harás aquello para lo cual fuiste elegido. Con alabar a Dios estás respondiendo a su llamado para ti. ¡No es poca cosa!

            Este inmenso amor de Dios hizo que Dios el Hijo se sacrificara en nuestro lugar. Con esto, él nos rescató: “Gracias a que él derramó su sangre, tenemos el perdón de nuestros pecados. Así de abundante es su gracia” (v. 7 – NBD). Esto es algo que Dios había planeado hacer y que ahora quedó al descubierto. Ya al instante de expresar su castigo a Adán y Eva por su pecado, él anunció la aparición de alguien que le aplastaría la cabeza a Satanás. Esto sucedió con la muerte y resurrección de Jesús. Esto, había sido, fue el plan de Dios desde tiempos remotos. Pero prácticamente nadie lo entendió. Quedó oculto. Recién ahora, con la venida de Cristo, este glorioso plan del Padre quedó al descubierto. Ahora por fin el ser humano era capaz de entenderlo. Pablo lo llama “el misterio de su voluntad” (v. 9 – RVC). Y en el versículo siguiente, explica ese misterio: “…el plan es el siguiente: a su debido tiempo, Dios reunirá todas las cosas y las pondrá bajo la autoridad de Cristo, todas las cosas que están en el cielo y también las que están en la tierra” (v. 10 – NTV). De esta manera, Cristo se convertirá en el punto central de todo el universo; la máxima autoridad después del Padre, “para que, ante el nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua declare que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios Padre” (Fil 2.10-11 – NTV). Cuanto antes aprendamos a inclinarnos ante Cristo nuestro Señor, tanto menos nos costará hacerlo cuando él venga. Y en el cielo estaremos en una eterna adoración a Cristo y al Padre. Cuanto más dejamos que Cristo sea el centro de toda nuestra vida, tanto más natural nos parecerá que Cristo sea el centro de todo el universo.

            Pero como si la salvación fuera poca cosa, el plan de Dios abarca mucho más todavía. Él no solamente nos concede estar en el cielo, pero allá en un rincón como ciudadanos de segunda o tercera categoría, sino nuestra adopción como hijos suyos incluye todos los privilegios propios de un hijo, como, por ejemplo, la herencia: “Dios nos había escogido de antemano para que tuviéramos parte en su herencia” (v. 11 – DHH). Es decir, Dios nos adoptó ¡y no macana! Dios no hace nada a medias. Todo lo que hace, lo hace perfecto. Su plan previó que Jesús “sea el mayor entre muchos hermanos” (Ro 8.29 – NBV). Y si estuvo en su plan, sucederá, porque él “hace que todas las cosas resulten de acuerdo con su plan” (v. 11 – NTV). “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman…” (Ro 8.28 – DHH). Y para nuestro bien dispuso la posibilidad de salvación por medio de Cristo, “…a fin de que seamos para alabanza de su gloria” (v. 12 – BTX3). Toda la obra de redención nos trae a nosotros el perdón de pecados y a Dios la honra y gloria. Por lo tanto, no cesemos de glorificarlo a través de nuestro testimonio, nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestras acciones y, también, nuestras canciones. Él hizo lo máximo por nosotros y merece nuestro máximo esfuerzo por alabarlo por todo y en medio de todo, también de lo que nos cuesta y en que no vemos sentido alguno. Aun en estos momentos, él es digno de nuestra alabanza y espera que se la brindemos. Aun estos tramos que nos conducen por el valle de sombras de muerte él aprovechará para hacer su obra gloriosa en nosotros. En el momento no nos dan gusto vivir estos trechos, pero después nos daremos cuenta que fueron los períodos en los que más de cerca lo hemos conocido. El autor de la carta a los hebreos dice: “…ninguna disciplina parece agradable al momento de recibirla; más bien duele. Sin embargo, si aprendemos la lección, los que hemos sido disciplinados tendremos justicia y paz” (He 12.11 – NBV). Así que, en la situación que estés en este momento, alaba a Dios. Con el tiempo, las nubes negras que te envuelven se disiparán, y podrás ver la gloria de Dios detrás de estas nubes.

            El acta de adopción, cuando Dios nos incorporó a su familia, quedó sellada con el Espíritu Santo. Con esto, nuestra adopción llegó a ser oficial, legalmente establecido. Esto sucedió en el momento que creímos en Cristo y lo aceptamos en nuestra vida como nuestro Señor y Salvador: “…al escuchar el mensaje de la verdad, la Buena Noticia de la salvación, creyeron en él y fueron marcados con el sello del Espíritu Santo” (v. 13 – BNP). El sello de una persona era en la antigüedad un instrumento legal para declarar algo como propiedad privada del dueño del sello. Todos los que hemos aceptado a Cristo como nuestro Salvador tenemos impregnado en nuestro interior una información espiritual que no es visible al ojo humano, pero sí al ojo del mundo espiritual. Pero, aunque no podamos ver esa información en sí, podemos ver el efecto de ella sobre nosotros. Este sello nos marca y traspasa todo de nosotros: nuestros pensamientos, nuestras actitudes, nuestro comportamiento, nuestras decisiones, etc. “…el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo” (2 Co 5.17 – DHH).

            Además, el Espíritu Santo es también la seña o el anticipo que Dios nos ha pagado para garantizarnos nuestra herencia. Nadie nos la va a robar ni tenemos que tener miedo de que Dios, al final, no nos la va a dar porque Dios nos ha pagado una seña que nos garantiza de que el resto vendrá todavía: “La presencia del Espíritu Santo en nosotros es como el sello de garantía de que Dios nos dará nuestra herencia” (v. 14 – NBD). Es una pequeña prueba de las bendiciones que nos esperan todavía. Si la prueba ya es tan increíble e impresionante, ¿cómo será entonces la herencia en sí? Para un hijo de Dios, lo mejor siempre está por delante. El futuro siempre será más glorioso que el presente.

            Y si alguien que tiene este sello impregnado en su espíritu se aparta del camino correcto y empieza a vivir su propia voluntad en el pecado, esa marca no se borra tan fácilmente. Muchas veces he visto y he oído testimonios de personas que estuvieron hundidos en el pecado, sin esperanza a los ojos humanos de restaurarse otra vez. Pero de repente el Espíritu Santo les hace recordar todo lo que Jesús había dicho, y ese sello empieza a llenarse de nueva energía espiritual, y la persona vuelve a Cristo. No es nada mágico ni automático, porque depende de la decisión que tome la persona, pero teniendo ese sello en su espíritu es un punto muy grande a su favor. ¡Gloria a Dios por este sello con el cual él mismo firmó nuestra adopción como hijos suyos!

            ¿Y con qué propósito él lo hizo? Adivinen: “para alabanza de su gloria” (v. 14 – RVC). Toda nuestra vida debe arrojar alabanza, exaltación y adoración sobre nuestro Dios. Por eso, la alabanza no es una actividad que realizamos por unos 15 minutos los domingos a la mañana, sino es un estilo de vida. Es la razón de nuestro existir. Es el propósito de nuestra salvación. Nosotros a veces podemos creer que fuimos salvos para ir al cielo en vez de al infierno. Sí, también. Pero Dios tuvo intenciones que van mucho más allá que esto. Él mismo se puso en marcha para salvarnos con el fin de que nosotros lo alabemos eternamente, aquí y en el más allá.

            Dios el Padre nos escogió, Dios el Hijo nos rescató y Dios el Espíritu Santo nos selló, para que fuésemos para alabanza de su gloria; “para que todos alabemos su glorioso poder” (v. 14 – DHH). ¿Cómo puedes expresar mejor tu gratitud y alabanza a ese Dios de indescriptible amor? Por supuesto, lo más directo es decírselo lo agradecido/a que estás. Lo más fácil es cantar y expresar tu alabanza. Pero lo cierto es que no vas a orar y cantar las 24 horas del día. Además, muchas veces mentimos al cantar porque no prestamos atención a lo que pronuncia nuestra boca mientras nuestros pensamientos están en totalmente otra parte: con preocupación por algún problema, con bronca contra otra persona que se portó mal contigo o con planes para el trabajo del día siguiente. La alabanza y la gratitud deben brotar desde el corazón. Ese corazón debe estar en intimidad con el Señor, conectado a su presencia, y entonces brotarán de nuestro interior “ríos de agua viva” (Jn 7.38 – NVI). Esos “ríos de alabanza” se mostrarán en nuestro trato al cónyuge y a nuestros hijos, en nuestro vocabulario, en nuestro servicio en la iglesia, en nuestra responsabilidad como personas, etc. Cada área de nuestra vida será traspasada por la presencia y llenura del Espíritu Santo, y eso será lo que dará gloria a Dios las 24 horas. Jesús le pidió al Padre: “Yo, unido con ellos y tú conmigo, para que ellos sean completamente uno, y el mundo de esta manera se dé cuenta que tú me enviaste, y que tú los has amado tanto como me has amado a mí” (Jn 17.23 – Kadosh). Ábrete a la acción del Padre en tu vida, busca la intimidad con él, para que, de esta manera, su presencia fluya al mundo y él sea glorificado ante los ojos de los que te rodean. Para esto él te ha creado. Esto es lo que da sentido a tu vida.

 


Credo: El día del Señor


 





            ¿Les gusta descansar? Bueno, depende, ¿no? Depende de si uno está cansado o no. Pero, ¿suelen tener un tiempo o un día de descanso por semana? Para algunos, esta pregunta empieza a complicar el asunto, porque por la necesidad casi están obligados a trabajar 7 días a la semana, 12 a 14 horas por día, o más inclusive. Y esto, a veces por exigencias del empleador o, a veces, por su propia exigencia, quizás por una cierta adicción al trabajo. Personalmente admito que me cuesta este tema. Claro, hay también los que trabajan 1 día a la semana y descansan los restantes 6, pero de esto no estamos hablando hoy.

            ¿Sabían ustedes que en la Biblia el descanso no es opción, sino una orden? Es más, el origen de esto está en la creación misma, antes de la caída en pecado. Es decir, el descanso semanal es el plan perfecto de Dios para el ser humano, para lo cual él mismo ha dado el ejemplo. Y para asegurar la obligatoriedad del descanso, Dios lo introdujo incluso en los 10 Mandamientos que observamos hasta hoy en día. Veamos lo que dice esta parte.

 

            FÉx 20.8-11

 

            Desde la antigüedad, y especialmente a partir del Nuevo Testamento, este día de descanso se ha combinado con la búsqueda especial de Dios, la comunión con él y la adoración. Es lo que hoy en día solemos practicar todos los domingos en este templo y lo llamamos “culto”. Esto también está contemplado en la última parte del credo de la IEB Py. El título general de esta sección es “el día del Señor”. ¿Qué significa esto y qué creemos al respecto?

            El término “día del Señor”, en los profetas se refiere muchas veces a una intervención poderosa y temible de Dios en la vida de su pueblo o de otros pueblos, generalmente como un juicio o terrible castigo que cae sobre alguna nación. En el Nuevo Testamento también aparece esta connotación, especialmente en el libro de Apocalipsis. Pero mayormente, se conoce este término como refiriéndose al día de descanso y de reunirse para adorar al Señor. En cuanto a esto, el credo dice lo siguiente:

 

“El domingo debe ser santificado como día del Señor. Lo hacemos descansando del trabajo y reuniéndonos para los cultos unidos, así como lo hicieron los cristianos del Nuevo Testamento.”

 

            Como dice este texto, el modelo para nuestras reuniones es el proceder de los primeros cristianos. De ahí proviene también el “primer día de la semana”, o sea, el domingo, como día de culto, en vez del sábado como el día de reposo en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Hechos 20.7 dice: “El primer día de la semana nos reunimos para partir el pan, y Pablo estuvo hablando a los creyentes” (DHH). Y a los corintios Pablo escribe: “El primer día de cada semana, cada uno debería separar una parte del dinero que ha ganado” (1 Co 16.2 – NTV). Este primer día de la semana llegó a ser conocido como el “día del Señor”, aunque la Biblia menciona este término una sola vez cuando Juan, el autor del Apocalipsis, dice que era el día del Señor cuando él quedó bajo el poder del Espíritu Santo (Ap 1.10). Fue ahí que él recibió, entre otras cosas, los mensajes a las 7 iglesias de Asia Menor que ya hemos estudiado recientemente. El primer día de la semana corresponde al día domingo. Incluso, muchas versiones de la Biblia, en vez de traducir “primer día de la semana”, dicen directamente “domingo”.

            ¿Por qué los primeros cristianos empezaron a reunirse el domingo? Esto fue una respuesta de profunda reverencia al día de la resurrección de Jesús. Dice el Evangelio de Juan: “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro; y vio quitada la piedra que tapaba la entrada” (Jn 20.1 – DHH). De este modo, al reunirse cada domingo, se conmemoraba semanalmente la resurrección del Señor Jesús.

            La ley del Antiguo Testamento prescribía el sábado como día de reposo. Sin embargo, el “día de reposo” del Antiguo Testamento no es lo mismo que el “día del Señor” en el Nuevo Testamento. Jesús mismo había dicho que él había venido a cumplir la ley: “No piensen que he venido a anular la Ley o los Profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento” (Mt 5.17 – NVI). Con su muerte y resurrección, la ley del Antiguo Testamento quedó cumplida, y se inició una nueva etapa de gracia y salvación. Por lo tanto, los primeros cristianos no cumplían la ley, sino celebraban la victoria de Cristo.

            Pero la idea de un día para descansar es de mucho antes que la ley de Moisés. Viene desde la creación misma, como ya leímos en el texto de los 10 Mandamientos. Con respecto a esto dice el credo:

 

“Dios el Creador descansó el séptimo día. Por eso, el hombre que él creó es llamado a descansar regularmente el séptimo día. El descanso es una expresión de gratitud y de confianza en la provisión de Dios por su creación.”

 

            Entonces, tener un día para descansar y para dedicarlo de manera especial a Dios no es cuestión de cumplir legalistamente tal o cual día, sino es expresión de la voluntad de Dios para el ser humano. Se ha comprobado una y otra vez que, si se anulaba el día de descanso, trabajando los siete días de la semana, empezó a bajar drásticamente el rendimiento. El ser humano no fue creado para ser máquina, sino para tener un día de descanso por semana, cualquiera que sea ese día.

            Pablo aclara esta discusión legalista por ciertos asuntos en su carta a los romanos. En primer lugar, menciona que algunas personas tienen conflictos en cuanto a ciertos alimentos, especialmente los sacrificados a los ídolos, mientras que otros comen de todo. Luego, pasa a hablar de los diferentes días: “Hay quienes dan más importancia a un día que a otro, y hay quienes creen que todos los días son iguales. Cada uno debe estar convencido de lo que cree. El que guarda cierto día, para honrar al Señor lo guarda. Y el que come de todo, para honrar al Señor lo come, y da gracias a Dios; y el que no come ciertas cosas, para honrar al Señor deja de comerlas, y también da gracias a Dios. … El reino de Dios no es cuestión de comer o beber determinadas cosas [o de observar ciertos días], sino de vivir en justicia, paz y alegría por medio del Espíritu Santo” (Ro 14.5-6, 17 – DHH). O sea, lo esencial no es qué día es el que tenemos como “día del Señor”, sino qué es lo que hacemos en ese día, y la actitud con la que lo observamos. Si es para glorificar a Dios, bendecir al hermano y edificarnos espiritualmente, cualquier día de la semana es bueno y apropiado. Por eso dice el credo:

 

“Consideramos un deber nuestro el asistir regularmente a los cultos de la iglesia, según nos sea posible.”

 

            Fíjense que no dice que asistir a la iglesia sea una opción cuando no tenga otra cosa que hacer, sino lo hacemos una obligación para nosotros, porque es para nuestro bien espiritual, social y emocional.

            Y hablando del “día del Señor”, me voy a adelantar a los últimos párrafos del credo que habla de la segunda venida de Cristo, muchas veces también presentado como el “día del Señor”:

 

“Creemos en el pronto regreso personal de Jesucristo. A esto le sigue el juicio de todas las naciones ante el trono de Dios.

 

Creemos en la resurrección de los salvos para una vida eterna en el cielo, y la resurrección de los perdidos o no salvos para la condenación eterna.”

 

            La Biblia dice claramente que Cristo volverá personalmente a esta tierra para llevar consigo a los que son sus fieles seguidores. Según el credo, a esto le sigue el juicio de las naciones. Hay diferentes interpretaciones acerca de este juicio, y no quiero entrar en susceptibilidades. Pero quiero destacar que los creyentes no estaremos en este juicio, porque Cristo ya fue juzgado en nuestro lugar. Pero sí estaremos compareciendo ante el tribunal de Cristo para rendir cuentas de todo lo que hemos hecho o dejado de hacer en esta vida. No se discute la salvación, porque somos salvos por fe en Cristo, no por nuestras obras. Solo nuestro Señor evaluará nuestras vidas y premiará a cada seguidor suyo de acuerdo a lo que éste haya hecho.

            Aquellos que en ese momento del regreso de nuestro Señor ya hayan muerto, resucitarán. Todos resucitarán, pero no todos tendrán el mismo destino final eterno. Los que hayan muerto creyendo en Cristo resucitarán para una vida eterna en el cielo, en la presencia misma de nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo. Los que aquí en vida lo hayan rechazado resucitarán, pero para la condenación eterna en el infierno. Nuestro destino eterno se decide aquí en esta vida; nosotros somos los que lo decidimos según si aceptamos a Cristo como nuestro Señor y Salvador o no. Una vez muerto, ya nada se puede hacer. La decisión está tomada, y el momento de la muerte sella eternamente nuestro destino. Y como el ser humano nace en pecado, en rebelión contra Dios, no tomar ninguna decisión ya es una decisión tomada. Para obtener la salvación y la vida eterna en el cielo, consciente y voluntariamente necesitamos decidirnos por Cristo, por aceptar su perdón de nuestros pecados y por cederle a él el control de nuestras vidas.

            Ese “día del Señor”, o el día de juicio, incluirá también a todos los seres espirituales. De ellos dice el credo:

 

“Creemos en la existencia de seres superiores, creados por Dios, conocidos como espíritus serviciales, mensajeros o ángeles.

 

Creemos que el diablo es una personalidad real, un ángel caído con gran poder, astucia y perversidad. Es el enemigo de Dios y de todo lo bueno. Busca la destrucción de la iglesia de Cristo y la perdición de todas las almas. Cristo lo venció con su muerte en la cruz, lo juzgó, y con su resurrección al tercer día venció a la muerte.”

 

            La Biblia es clara en mencionar a los ángeles como servidores de Dios. Cuando Satanás, que también era un ángel de categoría superior, se rebeló contra Dios, fue juzgado y echado del cielo. Con él arrastró a una parte de los ángeles que llegaron a ser los demonios al servicio de él. No se puede subestimar el poder de este ejército de las tinieblas, ya que es claramente superior a los poderes humanos. Pero, ¡gloria a Dios!, ese poder de Satanás es claramente inferior al poder divino. La supremacía del poder de Dios quedó evidenciada en la muerte de Jesús a favor de todos nosotros. Con esto, él obtuvo la posibilidad de salvación para todo el que crea en él. Satanás trató de múltiples maneras y en muchas ocasiones de poner a Jesús fuera de combate; de sacarlo del camino hacia la cruz, pero no lo logró. No pudo contra Dios, ni cuando se rebeló contra él, ni cuando el Hijo de Dios vino en rescate de todos nosotros. Hoy Satanás está libre todavía, pero ya con el poder limitado. Llegará el tiempo en que será ejecutada la condena que ya pesa sobre él y será echado al infierno por toda la eternidad. En su furia intenta arrastrar consigo —una vez más— a cuanto ser humano él pueda. Pero Cristo ha vencido, y si compartimos esta victoria con los que no lo conocen todavía en forma personal, quizás podemos salvar a una persona más de esa correntada hacia el abismo. Nosotros podemos exclamar gozosos con Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón” (1 Co 15.55 – DHH)? “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15.57 – BNP).

            El gran “día del Señor”, cuando él aparezca, sucederá en cualquier momento y lo esperamos con ansias. Estamos plenamente identificados con el final del Apocalipsis, el penúltimo versículo de la Biblia cuando Jesús dice: “Les aseguro que vengo pronto.” [Y el pueblo de Dios exclama expectante:] “¡Así sea! ¡Ven, Señor Jesús” (Ap 22.20 – TLA)! Y mientras esperamos ese gran día, celebramos aquí, domingo tras domingo, el también “día del Señor”, en el cual nos preparamos en todo sentido para aquel último “día del Señor” en que disfrutaremos de su presencia y pasaremos alabándole por toda la eternidad como aquí ya lo hemos practicado. Y si te falta más práctica de la adoración, de la comunión unos con otros y con el Señor Jesucristo, te invito aquí el próximo domingo a las 9:00 hs y, a los que puedan, el martes a las 19:00 hs y a los jóvenes el sábado también a las 19:00 hs. Todo lo que hacemos como iglesia es un anticipo de lo que será el cielo. Y en el cielo seremos invitados a la Gran Cena del Rey, y como anticipo de esta Gran Cena estaremos celebrando el próximo domingo también la Santa Cena. No es todavía el primer domingo del mes, pero el primer fin de semana de agosto, varios de nosotros estaremos representando a Parque del Norte en la fiesta misionera de las iglesias del Chaco, por lo cual adelantaremos la Santa Cena por una semana. El próximo “día del Señor” estaremos celebrando con mucha expectativa el último gran “día del Señor”. Si no quieres perderte aquel último “día del Señor”, acostúmbrate a no perder los ensayos previos todos los “días del Señor” con que empieza cada nueva semana.