lunes, 4 de junio de 2018

Felicidades










            Creo que todo cristiano sincero suele preguntarse qué es lo que Dios espera de él; cómo quiere Dios que él/ella sea. Que él se lo diga en voz audible o que caiga una carta del cielo en que está escrito: “Así quiero que seas.” ¿Sabes qué? ¡Hoy esto sucederá! Vas a escuchar y leer cómo Dios quiere que seas, cuáles serán rasgos de un carácter que él pueda felicitar en ti. Hoy queremos empezar a estudiar el Sermón del Monte. Son tres capítulos en el evangelio de Mateo en los que Jesús presentó principios universales para un discípulo de él. Son aspectos sumamente prácticos que describen la vida como representantes del reino de Dios sobre esta tierra. En el primer párrafo, Jesús presenta 8 cualidades de carácter por los cuales Dios te quiere felicitar. Así quiere Dios que seas. Tradicionalmente se los conoce como las bienaventuranzas, y vas a poder ver si Dios te felicita por cada una de ellas.

            FMt 5.1-12

            Mateo empieza por darnos el contexto en que se desarrolló este sermón. Este empieza ya en los últimos versículos del capítulo anterior: “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de todas sus enfermedades y dolencias. Se hablaba de Jesús en toda la región de Siria, y le traían a cuantos sufrían de diferentes males, enfermedades y dolores, y a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos. Y Jesús los sanaba. Mucha gente de Galilea, de los pueblos de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la región al oriente del Jordán seguía a Jesús. Al ver la multitud, Jesús subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y él tomó la palabra y comenzó a enseñarles” (Mt 4.23-5.2 – DHH). La mención de la muchedumbre nos hace creer generalmente que Jesús haya enseñado todo esto a la multitud. Pero si prestamos atención, encontramos que fueron sus discípulos que se acercaron y a quienes Jesús enseñó. Ellos eran su público objetivo más inmediato. Pero por lo visto, las demás personas también estaban en un segundo círculo más atrás, porque cuando Jesús termina su sermón, dice Mateo que “…toda la gente estaba admirada de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad, y no como sus maestros de la ley” (Mt 7.28-29 – DHH). Es decir, la multitud de personas había escuchado todo el sermón también.
            “La ubicación en lo alto de un monte trae a la memoria la promulgación de la ley de Moisés en el monte Sinaí (Ex 19.10-20.20)” (DHH). Parece que Jesús, al ver toda la multitud de gente consideró que había llegado el momento propicio para promulgar los principios del Reino de Dios. Mateo menciona también que Jesús se sentó para enseñar. Esta era la postura típica de un rabí o un maestro de la ley para dar sus enseñanzas.
            Jesús empieza su sermón con unas cuantas felicitaciones a todos aquellos que manifiestan en su vida ciertas cualidades de carácter. Todas estas declaraciones empiezan con la palabra “bienaventurados”, “afortunados”, “bendecidos”, “felices”, “dichosos”, según las diferentes traducciones y versiones de la Biblia, seguidos por alguna promesa para quien muestra cada cualidad. Son descripciones del carácter de los integrantes del reino en forma de exclamaciones, declaraciones con un elemento de sorpresa. No son simples observaciones. Revelan la voluntad de Dios para todos los súbditos del reino. Las ocho cualidades de carácter que aparecen en las bienaventuranzas se relacionan estrechamente entre sí, de modo que ninguna de ellas puede existir separada de las demás. Lo que Jesús presenta aquí, choca frontalmente con la mentalidad del mundo. Por eso, estas bienaventuranzas llaman tanto la atención, y hasta podrían llegar a enojar a algunos.
            Vemos entonces, que las bienaventuranzas no son meros deseos piadosos o profecías borrosas de felicidades futuras, sino que acá se felicita a personas por algo que ya son. ¿Y qué es lo que son? Veámoslas una por una, a ver si las descubres en tu vida.
            La primera cualidad de carácter es la pobreza en espíritu: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (v. 3 – RVC). ¿Qué quiere decir esto? Como ya lo expresa esta frase, no se refiere a la pobreza material, aunque algunos quisieran interpretarlo de esta manera. Pero no por no tener ni un peso en el bolsillo ya somos automáticamente objetos de la gracia de Dios. Aquí nos da otra vez una idea comparar diferentes versiones de la Biblia: “los que reconocen su necesidad espiritual” (PDT), “los que tienen el espíritu del pobre” (BLA), “los de espíritu sencillo” (BLPH), “los que tienen alma de pobres” (BPD). Jesús se refiere a los que ponen su confianza no en los bienes materiales sino en Dios, los que reconocen que por sí mismos no son ni remotamente capaces de agradar a Dios. El término griego que aquí se traduce con “pobre”, describe la condición más desesperante. Se refiere al mendigo que depende de la bondad de otros para su existencia, uno que no tiene recursos propios. Jesús está describiendo al discípulo que reconoce en su corazón que no tiene recursos espirituales o méritos propios y que depende única y exclusivamente de la gracia de Dios.
            A los que reconocen su necesidad espiritual les pertenece el reino de los cielos, dice Jesús. Es que puedo entrar al reino de Dios únicamente rindiéndome, admitiendo que no puedo por mí cuenta contra el pecado, que necesito desesperadamente la ayuda, la gracia y el perdón de Dios. El que se presenta con todo su currículum de buenas obras y de esfuerzos por llevar una vida aceptable no podrá entrar. Sólo la sangre de Jesús que nos limpia de todo pecado nos pone en condiciones de poder entrar al cielo.
            “¡Felicidades al que reconoce su absoluta necesidad espiritual!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            Veamos la segunda cualidad: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (v. 4 – RVC). Esta bienaventuranza sí que va totalmente contramano a lo que creemos. ¿Qué pensarían si les dijera: “¿Estás triste? ¡Qué bueno! ¡Felicidades!”? Uno hace cualquier cosa con tal de distraer la mente para que no piense en lo que le causa tristeza. Y ahora Jesús declara bienaventurados a los que lloran. Como dijimos, todas las bienaventuranzas están íntimamente ligadas unas con otras. Si nos damos cuenta de nuestra tremenda insuficiencia espiritual, como lo expresa la primera bienaventuranza, llegaremos a experimentar ese dolor y compungimiento por nuestro estado espiritual que expresa esta bienaventuranza. Dios felicita a los que lloran amargamente al reconocer su estado espiritual desastroso. Significa llorar como lo hizo Pedro después de haberle negado tres veces al Señor (Lc 22.62).
            Los que sufren esa clase de tristeza reciben la promesa del Rey de ser consolados. Su pecado será quitado, su culpa borrada, y podrán experimentar la paz y el gozo que no se puede entender ni explicar, sino sólo disfrutar. Serán lavados por la sangre de Cristo, y su vestido harapiento será cambiado por uno nuevo y reluciente. El verbo en tiempo futuro (“recibirán consolación”) no indica que tendrán que esperar para recibir la consolación, sino expresa más bien certeza de que efectivamente reciben consuelo. No se menciona el agente que produce la consolación, pero es evidente que es el Consolador prometido por Jesús, el Espíritu Santo (Jn 14 – 16).
            Aunque aquí no se habla en primer lugar de la tristeza experimentada a causa de los golpes de la vida, creo firmemente también en el consuelo del Señor en estas situaciones. Ante la pérdida de un ser querido, por ejemplo, podemos experimentar la presencia sobrenatural del gran Consolador que llena nuestro corazón de paz y nos devuelve la sonrisa después de sanar nuestra alma.
            “¡Felicidades al que se duele profundamente por su estado espiritual!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti? Estas dos primeras felicitaciones quizás ya quedan en el pasado para ti. Es decir, ya pasaste por eso alguna vez, y ahora estás creciendo más y más. Estas dos primeras son la base a todas las demás bienaventuranzas. Si estas no se han dado nunca en tu vida, difícilmente se podrán dar las siguientes.
            A este reconocimiento de su estado espiritual y el consecuente consuelo recibido, le sigue la siguiente característica: la humildad: “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia” (v. 5 – NVI). ¿Qué motivo de orgullo nos podría quedar después de vernos harapientos y sucios delante de Dios? Reconocer nuestra verdadera situación, vernos con los ojos de Dios, quita de nosotros todo orgullo y autosuficiencia. Otra forma de traducir este término es “manso”. El término indica ausencia de pretensión, y disposición a sufrir ofensas sin reaccionar. El discípulo manso es el que aprende de su Rey, se somete a él y le obedece. Jesús es el ejemplo máximo de la mansedumbre, pues se sometió y obedeció radicalmente al Padre y su voluntad.
            Lo contradictorio está en la promesa que le sigue a este rasgo de personalidad: “ellos heredarán la tierra” (RVC). En este mundo parece que se puede conseguir algo sólo con violencia, astucia y engaño, pero jamás con humildad y mansedumbre. Más bien los humildes y mansos son arrollados en un abrir y cerrar de ojos por los demás. Manso pareciera ser sinónimo de menso. Pero más bien significa fuerza bajo control. La persona mansa no reacciona ante provocaciones, no porque sea debilucha o incluso cobarde, sino porque se controla y decide no hacerlo. Jesús podría haber fulminado a todos sus enemigos de un saque, como sus discípulos en varias oportunidades pretendieron hacerlo en su lugar. Pero él decidió no hacerlo por un propósito mucho más allá de la ofensa momentánea. El que es capaz de dominarse a sí mismo, puede dominar también a toda la tierra. Por eso, Dios se la dará (la tierra) en herencia a personas con esta característica. No se refiere tanto a tener el título de propiedad de grandes extensiones de tierra, sino más bien de tener influencia y dominio espiritual sobre zonas que Dios abrirá ante ellos.
            “¡Felicidades al que es humilde y se tiene bajo control!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            Una vez en posesión de la tierra, discípulos con las características mencionadas tendrán un deseo ardiente de que toda la gente en su área de influencia pueda experimentar la justicia de Dios y la justificación espiritual por parte de Dios: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (v. 6 – RVC). Cuando Jesús pronunció esta bienaventuranza, sus oyentes pensaron en un hambre y una sed que desespera, llevándolos a hacer cualquier cosa para saciarla. Por eso, una versión traduce este versículo de la siguiente manera: “Afortunados los que desean hacer la voluntad de Dios aun más que comer y beber…” (PDT).
            El término “justicia” se refiere, por un lado, a la justicia personal, hacer lo que es recto según las normas de Dios. Por otro lado, incluye la pasión por establecer y extender el reino de Dios entre los hombres. El que desea esto ardientemente, será saciado, dice Jesús. Feliz no es necesariamente sólo aquel que ha alcanzado ya la meta, sino también el que anhela de todo corazón llegar a ser una persona buena y recta. La buena intensión sí vale, aunque no lo es todo.
            “¡Felicidades al que desea ardientemente que mi reino se extienda en su zona de influencia!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            Una persona que experimentó su total dependencia de la gracia y misericordia de Dios, también manifestará no solamente humildad, sino también la siguiente característica: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos serán tratados con misericordia” (v. 7 – RVC). Esta bienaventuranza expresa uno de los atributos de Dios que se menciona con mayor frecuencia en la Biblia. Jesús revela la misericordia del Padre, que se dirige hacia los pobres, pecadores y gente menospreciada. Como ese discípulo experimentó que no podía aportar nada para su propia salvación, también sentirá lástima por otros que están en esta situación de miseria espiritual y quizás ni se den cuenta todavía. La palabra “misericordia” significa tener un corazón para los que están en la miseria; sentir compasión por ellos. Pero no es sólo decir: “¡Pobrecitos!”, y seguir de largo, sino la misericordia es algo activo: sentir pena y mover todo lo posible para subsanar esta miseria de los demás. Tener misericordia significa poder ponerse en el lugar del otro, meterse en sus zapatos.
            Los que manifiestan esta actitud para con los demás, también recibirán igual trato, quizás no siempre de otras personas, pero sí de parte de Dios. Esta promesa me indica que en algún momento yo también necesitaré de la misericordia de otros; en algún momento yo también estaré en la miseria. Así que, otro motivo más para seguir siendo humildes, como lo expresó la bienaventuranza anterior.
            “¡Felicidades al que tiene compasión de la miseria espiritual de los demás!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            El siguiente versículo revela otra característica de un verdadero discípulo: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (v. 8 – RVC). Este versículo siempre me hace acuerdo del evangelista Luis Palau, porque desde hace décadas, su programa radial “Cruzada con Luis Palau” termina con este versículo.
            Un verdadero discípulo que ha sido rescatado por la misericordia de Dios de su estado espiritual caótico, se va a esforzar por mantener su corazón y vida limpios de contaminación y pecado. El corazón es el asiento de pensamientos y motivos, mente y emociones. La pureza, aquí, no es meramente limpieza del corazón, sino más bien integridad del corazón.
            Una persona con esta característica recibe la promesa de parte de Jesús de poder ver a Dios. Dios es absolutamente santo, y nada pecaminoso puede estar en su presencia. Por eso pregunta el salmista: “¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Sólo el de manos limpias y corazón puro, el que no adora ídolos vanos ni jura por dioses falsos” (Sal 24.3-4 – NVI). La pureza de corazón nos posibilita tener mayor intimidad con Dios.
            “¡Felicidades al íntegro!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            Ya habíamos visto que los que dominan moral y espiritualmente su entorno, luchan por el bienestar y la justicia de todas las personas a su alrededor. Buscan la paz integral para todos, según expresa la siguiente bienaventuranza: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (v. 9 – DHH). Buscar la paz no es tapar superficialmente todo roce y hacer como si nada hubiera pasado. Tarde o temprano reventará y el daño será mucho peor. Es procurar una paz integral, desde adentro, desde el corazón, en las personas que nos rodean. ¡Pero cuánto cuesta buscar una solución y reconciliación verdadera, especialmente cuando uno mismo está involucrado! Por eso, muchas versiones de la Biblia hablan de “trabajar” por la paz. No es algo que se da fácilmente ni es dar un paseo. A veces es trabajo duro lograr restablecer la paz.
            Pero si lo logramos, seremos llamados “hijos de Dios”. Dios es conocido como el Dios de paz (Ro 15.33; 1 Co 14.33); Jesús es el Príncipe de Paz (Is 9.6) y su venida a esta tierra significaba paz para los hombres de buena voluntad (Lc 2.14). Por lo tanto, hacer algo que proviene de Dios y que refleja su carácter, nos convierte en imitadores o hijos de él, ya que el hijo hereda y reproduce las mismas características de su padre.
            “¡Felicidades al que busca el bienestar integral para los demás!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            La siguiente bienaventuranza no nos gustará tanto, e inclusive la consideramos todo lo contrario a “dichoso” al pasar por esto: “Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en el cielo; pues así también persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes” (vv. 10-12 – DHH). ¿A quién le parece deseable recibir felicitaciones de Dios siendo perseguido? Más fácil nos sería verlo como una maldición. Por eso justamente las bienaventuranzas son tan revolucionarias y anti sistema del mundo. Muchas personas, incluso cristianos, dirían: “¿Qué tipo de Dios será este que mira cómo sus hijos más fieles sean perseguidos por hacer lo que él les pide? Es sádico. No gracias, prefiero no tener nada que ver con él.” Pero si Dios lo considera algo positivo, por algo debe ser.
            Mirémoslo de esta perspectiva: ¿Qué es lo que hicieron con Jesús? Todo esto y mucho más. No pararon hasta haberlo borrado del mapa – según ellos. ¿Y qué habíamos dicho en la bienaventuranza anterior? ¿Cómo seríamos llamados? Hijos de Dios. Si nuestro modelo supremo sufrió esto, y nosotros somos iguales a él, ¿podemos esperar entonces otro trato? Jesús mismo se lo dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia a ustedes, sepan que a mí me odió primero. Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo. Acuérdense de esto que les dije: ‘Ningún servidor es más que su señor.’ Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; y si han hecho caso de mi palabra, también harán caso de la de ustedes” (Lc 15.18-20 – DHH).
            Pero hay una condición para que nuestro sufrimiento sea algo que Dios pueda felicitar: lo que provoca la persecución debe ser porque hacemos lo que es justo (v. 10), y lo que dicen de nosotros deben ser mentiras (v. 11). Si tienen razón con lo que nos acusan, entonces no podemos decir que sufrimos por el Señor. ¡Sufrimos por nuestras metidas de pata!
            El que sufre por ser hijo de Dios, tiene también una gran promesa de parte de Jesús. Por un lado, Jesús les dice que serán parte del reino de los cielos. O, mejor dicho, el hecho de que sufren a causa del Evangelio muestra que ya son del reino de los cielos.
            Pero también les dice Jesús que “…será grande la recompensa que recibirán en el cielo” (v. 12 – BLA), “el premio que les espera en el cielo es abundante” (BNP).
            “¡Felicidades al que sufre ataques por ser fiel a mí!” ¿Escuchas que Dios te lo dice a ti?
            Hasta aquí llega esta descripción de Jesús del carácter de un bueno discípulo del Señor: reconoce su insuficiencia espiritual delante de Dios; llora y sufre por su pobre estado espiritual; es humilde; desea con toda el alma que se muestre la justicia de Dios; es compasivo; es íntegro; trabaja por la paz y sufre persecución por causa del Evangelio. ¿Eres una persona que puede recibir las felicitaciones de Dios? ¿O en qué parte del proceso te has quedado? ¿O tienes que volver otra vez a la base a sentirte dolorido y afligido por tu estado espiritual? Si descubres algún rasgo de carácter que hemos visto hoy que no está tan desarrollado en ti, ya sabes dónde empezar. Comprométete entonces con el Señor a trabajar por esa área, para que él te pueda felicitar por todas las 8 áreas de tu carácter de discípulo.



lunes, 21 de mayo de 2018

Efectos del Espíritu Santo








            Buenos días, estimados hermanos. ¡Qué gran privilegio es para mí poder estar hoy con ustedes! Muchas gracias por la invitación. Y mayor aún es el honor para mí que me hayan invitado a su aniversario como iglesia. Así por lo menos entiendo que hoy es su aniversario, ¿no? Es más, no solamente es el aniversario de esta iglesia, sino de todas las iglesias cristianas. Hoy es Pentecostés, y durante la primera fiesta de Pentecostés después de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo fue derramado el Espíritu Santo y se fundó la Iglesia cristiana. Así que, por ser parte de la Iglesia universal, ustedes cumplen hoy un año más de vida, al igual que la iglesia de Costa Azul y todas las demás iglesias.
            ¿Pero qué es eso de Pentecostés? ¿Cuál es su significado o su importancia? No les voy a relatar hoy lo que sucedió en aquel Pentecostés. Eso lo pueden leer en el capítulo 2 de Hechos. Más bien quiero hablar hoy de lo que sucedió en consecuencia a ese Pentecostés. Lo central de aquella fiesta fue el derramamiento del Espíritu Santo. Hasta ese entonces, desde Adán y Eva, el Espíritu de Dios posaba sólo sobre algunas figuras cruciales, generalmente líderes del pueblo hebreo, y únicamente para momentos de desafíos especiales. Pero en el Pentecostés descrito en el capítulo 2 de Hechos, el Espíritu Santo fue dado a cada hijo de Dios para que viva permanentemente dentro de él. ¿Qué hace ahora en nosotros el Espíritu Santo? ¿Cuáles son sus efectos en nosotros y en el mundo? ¿Qué es diferente hoy con el Espíritu Santo de lo que hubiera sido sin él? Vamos a ver unos cuantos pasajes de la Biblia que pretenden contestar en algo estas preguntas. El Espíritu Santo es demasiado grande como para captarlo con nuestra mente. Pero podemos ver algunas de sus manifestaciones reflejados en los siguientes textos bíblicos. Y hay muchos más que no nos da el tiempo de mencionarlos. Estos textos los voy citando en el orden de los libros del NT en que aparecen las citas, no según importancia, porque todos los efectos son importantes.

            1.) El Espíritu Santo hablará a través de nosotros cuando somos confrontados por nuestra fe (Mt 10.19-20; Mc 13.11)
            Jesús les había advertido a sus discípulos de que sufrirían persecución a causa del evangelio. A muchos esto les podría preocupar y hasta dar miedo, ya que no sabrían cómo defenderse en medio de esta tensión y opresión. Tampoco no habría forma de prepararse con argumentos bien pensados, ya que nunca se sabría qué acusaciones presentarían contra ellos o cuál punto específico sería el motivo de discusión. Pero Jesús le quita todo fundamento al temor al decirles: “…cuando los entreguen a las autoridades, no se preocupen ustedes por lo que han de decir o cómo han de decirlo, porque cuando les llegue el momento de hablar, Dios les dará las palabras. Pues no serán ustedes quienes hablen, sino que el Espíritu de su Padre hablará por ustedes” (Mt 10.19-20 – DHH). El Espíritu Santo es en estos momentos mucho más eficiente que los auriculares de los presentadores de televisión. Como a los dueños de los canales les importa del(a) presentador(a) más la pinta que sus capacidades, los jefes de prensa o de programación ponen cualquier figura bonita ante la cámara para que hable todo lo que ellos le dictan por un micrófono conectado a su auricular. El Espíritu Santo nos da convicciones que podemos expresar, de modo que después decimos: “No sé de dónde me salió eso, pero le dije esto y aquello…”
            Hoy quizás no somos perseguidos por nuestra fe, pero sí se dan muchas situaciones en que la gente se burla de nosotros o nos desafía con preguntas difíciles o malintencionadas. Es en ese momento que no debemos preocuparnos por lo que vamos a decir, porque el Espíritu Santo nos va a guiar. Claro, requisito es reconocer su voz. Y eso sólo se aprende en intimidad con Dios. Pasa tiempo cada día en lectura, meditación y oración, y tendrás un oído cada vez más sensible a su voz.

            2.) El Espíritu Santo es fundamental en nuestra conversión (Jn 3.5-6; Ro 8.9, 14, 16; Ef 1.13)
            Como veremos más adelante, el Espíritu Santo nos tiene que revelar nuestro verdadero estado espiritual delante de Dios. Cuando esto sucede, somos impulsados a buscar la gracia y misericordia de Dios y su perdón. Esto es lo que la Biblia llama “el nuevo nacimiento”. Jesús le dijo a Nicodemo: “Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu” (Jn 3.5-6 – DHH). Para llegar a ser seres espirituales, necesariamente lo tiene que hacer el Espíritu Santo en nosotros. En la carta a los romanos, Pablo también afirma que únicamente a través del Espíritu Santo podemos pertenecer al cuerpo de Cristo: “…ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. … Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. … El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Ro 8.9, 14, 16 – NVI). Así que, gracias a que Dios derramó su Espíritu Santo, nosotros ahora podemos ser salvos y pertenecer a su familia y a su iglesia. Pero el Espíritu Santo no es sólo el causante de nuestra conversión, sino también el sello de propiedad que el Padre puso sobre nosotros en el momento de aceptar a Cristo como nuestro Señor y Salvador. Pablo escribe a los Efesios: “…al creer en Cristo han sido sellados con el Espíritu Santo prometido” (Ef 1.13 – BLPH). Así que, ¡gloria a Dios por su Espíritu que nos ha dado!

            3.) El Espíritu Santo es nuestro Defensor / Consolador (Jn 14.16-17)
            Jesús dijo: “…yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre: es decir, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir porque no lo ve, ni lo conoce; pero ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes, y estará en ustedes” (Jn 14.16-17). Otra forma de traducir el término que aquí aparece como “consolador” es “abogado”, “consejero”, “defensor”, “protector”, “abogado defensor”. Esta variedad de traducciones que admite este término en griego nos da una idea del gran abanico de funciones que el Espíritu Santo cumple en nuestras vidas: dar orientación, brindar consuelo, proteger. En cualquier situación en que te encuentres en la vida, siempre el Espíritu Santo estará a tu lado y te dará la ayuda que precises para ese instante. Puedes abandonarte en las manos del Padre con toda tranquilidad y confianza, y él te dará lo que más necesites en ese momento. ¿No crees que con esto en tu mente y corazón podrás pasar mucho más relajado por esta semana? No tenés que preocuparte por nada, porque tus preocupaciones sólo logran aumentar más tu problema en vez de solucionarlo. Dejá que el Espíritu Santo haga su obra.

            4.) El Espíritu Santo nos enseña y nos recuerda lo ya enseñado (Jn 14.26; Jn 16.13)
            Jesús les dijo a sus discípulos: “…el Defensor, el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14.26 – DHH). Como dije, eso fue dicho a los discípulos, que habían escuchado “en vivo y en directo” todas las enseñanzas de Jesús. Para nosotros hoy, esas enseñanzas de Jesús están registradas en la Biblia. La función del Espíritu Santo es, entonces, enseñarnos o interpretarnos la Palabra de Dios. Sin su ayuda, jamás entenderíamos lo que está escrita en ella. Por eso, cada vez que abrimos la Biblia, debemos someternos conscientemente a la guía del Espíritu Santo para poder entender lo que ella nos quiere enseñar en nuestra situación particular en que estamos.
            Pero Jesús menciona aquí otra función más, aparte de la de enseñar. Es la de recordar. Nuestra mente es muy tipo colador, y rápidamente se pierde en el subconsciente lo que alguna vez ya habíamos entendido. Ahí es la función del Espíritu Santo de desempolvar otra vez esa enseñanza cuando necesitemos de ella.
            Pero aquí hay un problema. O, mejor dicho, hay algo que debemos tener en cuenta. La palabra “recordar” significa traer de vuelta a la memoria lo que se ha perdido. Pregunto: ¿podrá el Espíritu Santo traernos a la memoria algo que nunca estuvo en ella? Si nos hemos llenado la cabeza y el corazón con los principios bíblicos, y estos por alguna razón se han perdido de nuestra memoria de corto plazo, el Espíritu Santo los puede reactivar otra vez cuando sea necesario. Pero él no puede recordarnos de algo que nunca supimos. Claro, Jesús lo dijo así que el Espíritu Santo nos recordaría todo lo que él había enseñado. Pero era porque sus discípulos habían escuchado toda su enseñanza. Estaba por ahí oculto en alguna parte de su disco duro. Nosotros necesitamos primero alimentar la mente con todo. Y cada vez que volvemos a leer un pasaje, el Espíritu Santo revisa nuestros archivos pasados, buscando algún dato que ya habíamos grabado respecto a este pasaje. Lo vuelve a traer a la memoria para combinarla con otras nuevas interpretaciones y enseñanzas que él nos dará, y aumentar así nuestro conocimiento para ponerlo en práctica de ahí en adelante. ¿Querés que el Espíritu Santo te recuerde todas las cosas que enseñó Jesús? Lee la Biblia. Así de sencillo.

            5.) El Espíritu Santo convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16.8 ss.)
            La Biblia describe esta función en las siguientes palabras: “Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente, y quién recibe el juicio de Dios. Quién es pecador: el que no cree en mí; quién es inocente: yo, que voy al Padre, y ustedes ya no me verán; quién recibe el juicio de Dios: el que gobierna este mundo, que ya ha sido condenado” (Jn 16.8-11 – DHH). A esa convicción de pecado producida por el Espíritu Santo me referí hace instantes. Nosotros tenemos la tarea de hablarle a la gente de la perdición a causa de nuestros pecados, de la salvación en Cristo, etc., pero no los podemos convertir a Cristo. Esto sólo lo puede hacer el Espíritu Santo. Y esa convicción de pecado él la tiene que producir también en nosotros una y otra vez. Permitamos que nos moleste la conciencia de vez en cuando, porque es una herramienta muy apreciada del Espíritu Santo para mostrarnos nuestras equivocaciones y pecados.

            6.) El Espíritu Santo señala a Jesús (Jn 16.14; 15.26)
            Jesús sigue diciendo: “Él mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes” (Jn 16.14 – DHH). En otra parte dice del Espíritu Santo que “él dará testimonio acerca de mí” (Jn 15.26 – RVC). Es decir, el Espíritu Santo siempre señalará a Cristo, nunca a sí mismo. Él calladito hace su trabajo sin llamar la atención sobre sí mismo. Tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu Santo son una única unidad, y no debemos darle excesiva importancia ni restarle importancia a ninguno de ellos en particular. Los tres tienen diferentes funciones cada uno, pero son el uno y único Dios. Leí una vez la pregunta si se podía orar al Espíritu Santo. No me acuerdo más qué respuesta le dio el autor, pero personalmente creo que no está mal orar al Espíritu Santo porque en definitiva es Dios, pero como veremos en el siguiente punto, otra función del Espíritu Santo es ayudarnos a orar, y él nunca nos estimulará a orarle a sí mismo, sino siempre señalará a Jesús. Jesús también hablaba de pedirle al Padre en nombre de él (de Jesús – Jn 14.13). No hablaba de pedirle al Espíritu Santo. Pero, como ya dije, el Espíritu es parte de la Trinidad, y al orar nos dirigimos a toda la divinidad, o sea, al Espíritu Santo también.

            7.) El Espíritu Santo nos ayuda a orar (Ro 8.26-27)
            Algunos, cuando intentan orar por primera vez, no saben qué decir porque no están acostumbrados a hacerlo. O también ocurre a veces que estamos tan abrumados por problemas, por un gran dolor y hundidos en un mar de emociones encontradas y no nos entendemos ni a nosotros mismos. Si en esa situación intentamos orar, no sale nada porque nuestra mente es incapaz de tener siquiera un solo pensamiento claro. Ahí, como en todo tiempo, podemos estar tan agradecidos por la siguiente función del Espíritu Santo. Pablo la describe de la siguiente manera en su carta a los romanos: “…el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad. Aunque no sabemos pedir como es debido, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar. Y Dios, que examina los corazones, sabe qué es lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los del pueblo santo” (Ro 8.26-27 – BNP/DHH). Así que, la próxima vez que tienes un caos en tu alma, derrámate delante del Señor y deja que el Espíritu Santo lleve tu congoja del alma ante el trono del Todopoderoso. O si tienes miedo de orar de manera equivocada o pedir por algo que de repente no sea la voluntad de Dios, tranquilizate no más. Tenemos en el cielo un excelente traductor que convierte nuestras oraciones imperfectas en una versión agradable para Dios.

            8.) El Espíritu Santo capacita a los creyentes (1 Co 12.11)
            En el momento de aceptar a Cristo como su Señor y Salvador, el Espíritu Santo le dota a la persona de herramientas especiales para realizar la obra a la que Dios la ha llamado. Estas herramientas las conocemos con el nombre de “dones espirituales”. Pablo menciona en su primera carta a los corintios varios de estos dones y dice luego: “Es el mismo y único Espíritu quien distribuye todos esos dones. Sólo él decide qué don cada uno debe tener” (1 Co 12.11 – NTV). Entonces, si no has descubierto todavía cual don él te ha dado a ti, preguntáselo. Experimenta en diferentes áreas y pon atención a qué es lo que te sale especialmente bien y qué te da mucho placer haciéndolo. Así, el Espíritu Santo te puede hacer ver cuál es el don que te ha dado a ti según su santa voluntad.

            9.) El Espíritu Santo produce en nosotros su fruto (Gl 5.22-23)
            Si en una tasa de agua le ponemos algunos granos de café, toda el agua se tiñe del color y de las demás características del café que contiene. Si en una persona le ponemos a Cristo y su Espíritu Santo, muy pronto esa persona “se tiñe” de las características de esta presencia divina. Si tendrían que describir el carácter de Dios o de Cristo, ¿qué adjetivos usarían? ¿En qué términos se podría describir su personalidad? La Biblia nos la describe con los siguientes términos: Cristo es “…amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gl 5.22-23 – NVI). ¿Reconocen esta lista? Es lo que Pablo llama “el fruto del Espíritu” o lo que “el Espíritu produce”. Así es el carácter de Cristo, y de eso se “tiñe” nuestro carácter si Cristo vive en nosotros. Y si nosotros adquirimos las características de la personalidad de Cristo, es por obra del Espíritu Santo. Es el fruto de su obra en nosotros. Fijate que no es tu fruto. No puedes gloriarte de manifestar ciertas cualidades aquí mencionadas. Es el fruto del Espíritu Santo. Que el agua se torne marrón, no es logro del agua, sino del café que está en el agua. Lo que sí tú puedes “colaborar” con el Espíritu Santo es darle lugar en tu vida y mantener el campo libre de malezas del pecado. Cuánto más intimidad tienes con él, más se unirá y se mezclará tu carácter con el de él, y sus cualidades saldrán a luz cada vez más nítidamente.

            10.) El Espíritu Santo nos llena del poder divino (2 Ti 1.7; Hch 1.8)
            Si bien el Espíritu Santo vive en nosotros desde nuestra conversión, nuestro carácter no es automática e instantáneamente igual al de Cristo. Demasiadas veces se manifiesta todavía nuestra propia vieja naturaleza que se niega rotundamente a rendirse y dejar el campo libre para el nuevo Espíritu que nos quiere llenar. Pero si no nos animamos, por ejemplo, a realizar lo que Dios nos ha encargado, podemos saber bien que esto no viene de su Espíritu, sino de nuestra naturaleza vieja. Porque Pablo escribió a Timoteo: “…Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez [cobardía] sino de poder, amor y autodisciplina” (2 Ti 1.7 – NTV). Jesús había prometido a sus discípulos: “…cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder” (Hch 1.8). Si el mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos vive en nosotros (Ro 8.11), ¿qué nos será imposible entonces en nombre de Cristo? En los discípulos se ve claramente la diferencia entre una vida con el Espíritu Santo y una sin él. Entre la muerte de Jesús y Pentecostés ellos estaban muertos de miedo, encerrados en sus cuatro paredes, estremeciéndose con cada ruido que se escuchaba afuera. ¿Y qué sucede a partir de Pentecostés? Se los ve con toda autoridad y valentía predicar el evangelio, desafiando incluso abiertamente a las mismas autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Dice el libro de los Hechos: “Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno” (Hch 4.31 – NVI)). ¿Se parece esta descripción al coraje con que te levantas decididamente a realizar la obra que el Señor te ha encomendado? Dios no te ha dado un Espíritu de temor, sino de poder. Dejalo que fluya a través de ti.
            ¿Qué hacemos ahora con el Espíritu Santo? Es simple: dejarlo que haga su obra en mí. Abrir mi vida de par en par para que haga y deshaga lo que le parece bien. Cultivar la intimidad con el Dios trino para esparcir más y más su aroma. O como alguien lo dijo una vez: “Debemos estar tan llenos de Cristo que, si un mosquito nos pica, este salga cantando: ‘Hay poder en la sangre de Cristo…’”. El Espíritu Santo tiene planes maravillosos para ti y quiere desplegar todo su poder en tu vida. Pero él es muy caballero, y no va a atropellar tu vida sin tu permiso. Él lo hace todo en tu vida, pero tú se lo debes permitir. ¿Por qué no le das ahora mismo la autorización a través de una oración?


lunes, 30 de abril de 2018

¿Qué tienes en tu mano?







            Mi nombre es Marvin Dück. Estoy casado desde hace 24 años con Mercedes, una boliviana. Tenemos dos hijos: Camilo de 21 años de edad, y Eliane con 19 años.

            Nací y crecí en la aldea Hohenau, al sur de Filadelfia. Cuando tuve 11 años de edad, falleció mi papá, y con mi mamá nos mudamos aquí a Filadelfia. Después de concluir el colegio, hice mi licenciatura en teología, en parte en CEMTA y completándola en el seminario bautista de Buenos Aires. En ese tiempo nos casamos. Volvimos del estudio para asumir el pastorado en la IEB Laurelty.

            Después de unos años nos fuimos a Bolivia para una segunda licenciatura, esta vez en comunicación social. 7 años más tarde aceptamos una invitación aquí de TV Chaqueña de ser el primer director de este canal. Pero yo tenía un problema. En el tiempo de aquel primer cargo en la iglesia de Laurelty se dieron varias situaciones bastante problemáticas. Tratamos de diferentes maneras de solucionarlas, buscando también la orientación e intervención de pastores experimentados, pero el resultado no fue muy alentador en algunos casos. Esto nos llevó después de 4 años en el pastorado a cambiar de ambiente y empezar otro trabajo cerca de Encarnación. Yo salí de esta iglesia con un sentimiento de haber fracasado, y con dos convicciones interrelacionadas: a) ¡Nunca más pastorado! b) No sirvo para liderazgo. Y episodios posteriores me confirmaron esto una y otra vez. ¿Y el resultado? No serví para liderazgo. La mente no sabe de mentiras. Lo que uno le dice, eso ella acepta como verdad y la cree. Así que, después de 4 meses de intentar ocupar un cargo directivo en TV Chaqueña, dejé ese sillón a otros —porque no servía para liderazgo— y me dediqué a otros trabajos dentro de la misma empresa – desde barrendero hasta jefe de prensa. Un día durante mi tiempo de conversar con Dios, él me hizo ver una primera verdad: que todos estos años yo había creído una mentira de Satanás que me había encadenado de tal modo que se hizo verdad lo que decía esa mentira. Esa conversación con Dios no duró más que unos pocos segundos, pero el efecto se extiende hasta hoy todavía. Si no hubiera habido ese momento en mi vida, no hubiera aceptado lo que dije que nunca más haría: ser pastor en nombre de la entonces sólo H.E.M. en el barrio de Costa Azul, Limpio. Y allá Dios me mostró una segunda cosa: que no interesa para qué soy bueno, ya que de todos modos la obra es de Dios, y él la hará con o sin mí. Sólo le tengo que ofrecer lo que tengo a mano, para que él haga lo que está en sus planes. Y cuando miro lo que sucede en la iglesia de Costa Azul, me parezco como sentado en un sillón, mirando simplemente lo que está pasando – lo que Dios está haciendo. A veces me pregunto: “¿Y qué estoy haciendo yo en todo esto? ¿Cuál es mi parte?” Y me parece que no hago nada, sino que todo lo hace Dios – ¡y así tiene que ser! Cuando Dios llamó a Moisés para que liberara a su pueblo de Egipto, Moisés presentó muchas excusas, hasta que Dios le preguntó: “¿Qué es lo que tienes en la mano” (Éx 4.2 – RVC)? Y era un bastón, y con ese bastón Dios hizo los grandes milagros en la historia del éxodo.

            Jesús mandó a los discípulos a investigar qué había para comer. Dijeron: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados…” (Jn 6.9 – DHH). Y Jesús alimentó a miles de personas con ese poco que se le ofreció. Nosotros solemos fijarnos en todo lo que no tenemos, mientras que Dios mira lo que él puede hacer con lo que sí tenemos, si es que se lo entregamos a él.

            ¿Qué es lo que tienes en la mano? Eso es lo que Dios quiere usar para bendecir a otros y a ti mismo. Allá en la iglesia a veces vemos hermanos en continua necesidad económica, lamentando todos los recursos y oportunidades que no tienen. Entonces les preguntamos: “¿Qué es lo que tienen en la mano? ¿Qué recursos tienen ustedes que sí podrían poner en movimiento para mejorar su economía?” Dios quiere usar eso para proveer para ellos. Tratamos de darles nosotros un ejemplo. Siempre solíamos hacer pan para nuestro propio consumo. Ese conocimiento teníamos a mano. Lo utilizamos ahora para bendecir a otros con pan saludable y nutritivo y para mostrar a los hermanos cómo se puede usar lo que tenemos para suplir nuestras propias necesidades. Siempre estuvimos preocupados por una correcta alimentación. Así que, tratamos de ayudar también a otros con nutrientes naturales para una salud equilibrada, y de ser un ejemplo de cómo mejorar nuestra propia salud, tanto física como económica.

            ¿Qué es lo que tienes en la mano? Esta misma pregunta también nos hace Dios cuando se trata de trabajar en su obra. Muchas veces, como ya dije, miramos lo que no tenemos, y nos parece que lo único que tenemos es nada. Pero eso no coincide con lo que dice la Biblia.

 

            F1 P 4.10-11

 

            Aquí Pedro habla claramente de “el don que haya recibido” cada uno. Comparando esto con las enseñanzas de Pablo sobre este tema, podemos afirmar que cada hijo de Dios tiene sí o sí algún don. De que lo haya descubierto, o que ese don esté ya desarrollado es otro tema, pero de tener lo tienes, si eres cristiano. Con “don espiritual” nos referimos a una capacidad especial dada por Dios por pura gracia a cada miembro de su cuerpo con el fin de que a través de esa capacidad sea edificada la iglesia. Por eso dice Pedro que “cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido”. El don no es para mi propio beneficio, sino para bendecir a otros. El don no es una copa de helado para disfrutarlo, sino un machete o cualquier herramienta para usarlo para el bien de otros. Y si lo uso para bendecir a otros, yo también lo disfrutaré. Por ejemplo, si tengo el don de dar, no puedo ejercerlo para mi propio deleite, dándome a mí mismo. Tengo que bendecir a otros con lo que quiero dar, y así me sentiré muy feliz y realizado – aunque algunos parece que encontraron la forma de violar este principio: en vez de dar su diezmo a la iglesia, se lo dan a su billetera…

            Entonces, los dones nos fueron dados para servir a otros. En el mundo, este término “servicio” no tiene mucha fama. Eso es precisamente lo que Jesús les dijo a los discípulos: “Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones las dominan, y los poderosos les imponen su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, aquel de ustedes que quiera hacerse grande será su servidor [¿Cuántos quieren ser grandes?]; y aquel de ustedes que quiera ser el primero, será su esclavo [¿Cuántos quieren ser los primeros?]. Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20.25-28 – RVC). En otras palabras, el creyente es llamado a servir. El que no sirve, no sirve. ¿Servir de qué forma? Ejerciendo su don. Pedro nos da algunos ejemplos: “El que habla, que comunique palabra de Dios; el que presta un servicio, hágalo consciente de que es Dios quien le da las fuerzas. Así, en todo lo que hagan, Dios resultará glorificado por medio de Jesucristo…” (v. 11 – BLPH). Es decir, lo que hagas, lo que sea el don que Dios te ha dado, ¡hazlo de la manera más excelente! Sólo dando todo lo que eres capaz de dar, “…Dios resultará glorificado por medio de Jesucristo…”.

            Como ya dije, todo depende de Dios – claro, también de mi predisposición. Pero Dios decide qué don darte. Eso no depende de mi deseo de tener tal o cual don, sino del plan específico que Dios tiene para mí dentro de su obra. También en este tema de los dones, se aplica lo que dijo Jesús: “Ya saben que una rama no puede producir uvas si no se mantiene unida a la planta. Del mismo modo, ustedes no podrán hacer nada si no se mantienen unidos a mí” (Jn 15.4 – TLA). Para poder dar lo mejor en nuestro servicio, necesitamos la capacitación del Espíritu Santo. Así que, no somos nosotros los héroes de la película cuando sucede algo por nuestro intermedio, sino es el Espíritu Santo dentro de nosotros. Nuestras capacidades no son nuestro logro, sino un regalo de Dios. Entonces, lo que él nos ha dado previamente, ahora se lo damos de vuelta para que él lo multiplique y lo use según sus propósitos.

            Todos los dones son diferentes y tienen efectos diferentes. Pero todos servimos al mismo y único Dios. Entre todos, somos un ejército de obreros del Señor, cada uno con sus respectivas habilidades, pero entre todos hacemos un hermoso mosaico para el deleite y la gloria de Dios. Si cada uno cumple su tarea en el lugar en que Dios lo ha puesto, entonces la iglesia puede cumplir la tarea que le ha encomendado Dios.

            Entre los jóvenes de Costa Azul nació el año pasado un proyecto, del cual toda la iglesia iba a participar. Por demasiadas actividades ya no lo pudimos realizar, pero está programado para este año. Se trata de una feria de servicios. Cada uno pone a disposición sus habilidades para servir a la gente del barrio. Por ejemplo, hay un joven que sabe cortar cabello. Ofrecerá sus servicios gratuitamente a todo el que necesite un corte. Una enfermera ofrecerá consejos de salud, tomar la presión, etc. Un chef enseñaría cómo preparar algunas masitas sencillas que la gente luego puede vender. Todo acompañado de música cristiana, folletos, testimonios, etc. La intención es poner nuestros dones al servicio del barrio como un mensaje de amor de parte de la iglesia y de parte de Dios para las personas. Unos jóvenes no sabían qué podrían ofrecer, hasta que se les ocurrió que ellos sabían lavar un auto. Así que, en la calle se instalará un lavadero para los que quieran un lavado gratuito de su auto. Una persona sola no podría hacer todo esto, pero entre todos juntos sí podemos. ¿Qué tienes en tu mano? ¿Crees que “sólo” puedes lavar autos? Quizás es precisamente esto lo que el Señor quiere usar para enganchar a alguien con su amor.

            Así que, cada don es al mismo tiempo también un llamado. Si Dios te ha dado un don según su plan, como habíamos dicho, él quiere que lo pongas a trabajar para que se cumpla su plan. Si descubres tu don, descubres tu llamado. Y tendrás que rendir cuentas algún día delante de Dios por lo que has hecho con tu don. Recordarán la parábola del dinero que un hombre confió a sus empleados antes de un viaje largo que iba a hacer. Dice luego la Biblia: “Después de mucho tiempo, el amo regresó de su viaje y los llamó para que rindieran cuentas de cómo habían usado su dinero” (Mt 25.19 – NTV) o, según nuestro tema, “…cómo habían usado sus dones.” Algún día, Dios te preguntará: “¿Qué has hecho con los dones que yo te di?” ¿Tienes una respuesta a esta pregunta?

            Habíamos dicho que Dios nos dio dones para servirnos unos a otros. Escuchen cómo Pablo expresa este mismo principio en su carta a los efesios: “Así [Dios] preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4.12 – DHH). Es decir, tú has sido llamado a servir a tu prójimo. ¿De qué manera? Con el don que tienes. Dios te lo dio para ese fin. Y vuelvo a preguntarte: ¿Qué tienes en tu mano? Eso es lo que Dios quiere de ti. Él no espera de ti más que eso. No se trata de si es mucho o es poco. Se trata de si se lo pones a disposición o no. Los discípulos también le preguntaron a Jesús: “¿Qué es esto para tanta gente” (Jn 6.9 – DHH)? Y Jesús preguntó: ¿Qué es esto en mis manos?

            Tampoco se trata de cómo se ve tu don en comparación con el de los demás hermanos a tu alrededor. No te compares. Esa no es la voluntad de Dios. Dios te ha formado como original, con las características específicas que te hacen como eres. Así mismo él te quiere usar para un propósito muy específico. No pretendas ser otra persona. Sé tú mismo(a) y sírvele a él en tu lugar, no en el lugar de otro. Hay diferencia entre los dones, pero sólo en cuanto a la puesta en práctica: algunos son más públicos que otros. El don de hacer milagros, por ejemplo, o el don de enseñanza son más visibles que quizás el don de oración. Pero todos tienen el mismo valor delante de Dios. Si volvemos otra vez a la parábola del dinero repartido entre los siervos, vemos que uno recibió 5 medidas, el otro 2 y el último 1 medida, “cada uno conforme a su capacidad” (Mt 25.15 – RVC). Cierto, eran cantidades diferentes. También la producción final de los siervos eran cantidades diferentes, pero de todos se exigió lo mismo: fidelidad y empeño (creatividad). No te fijes en cuanto hacen los demás con sus dones – según tu punto de vista, sino fijate en lo que el dueño de los dones —Dios— dice de ti y de tu manejo de lo que has recibido. Eres responsable por tu don recibido, no el de los demás. Y cuando cada uno ejerce su don en el lugar indicado, fluye una armonía y un poder muy especiales.

            En Costa Azul renovamos cada año el equipo pastoral o consejo. Ese equipo está compuesto por los líderes de cada departamento de la iglesia: la líder de la Escuela Dominical, los líderes de jóvenes, la líder de alabanza, los líderes de matrimonios, etc. Cuando más hacia fines del año buscamos conformar el equipo para el año siguiente, primero doy la oportunidad a los que ya estuvieron durante el año trabajando, para que ellos puedan continuar su servicio por un año más. Si alguien ya no quiere o no puede continuar, buscamos entre los hermanos de la iglesia quién reuniría el perfil apropiado para tal o cual cargo. Miramos su madurez, miramos su experiencia en esa área, y miramos si tiene los dones necesarios para ese cargo. Luego hablamos con las personas que creemos idóneas, y si aceptan, se les presenta a la iglesia en la asamblea anual en enero para que confirmen el equipo para el año que se inicia. Estos últimos tres años hemos tenido un equipo pastoral sobresaliente. Se nota que cada uno está justo en el lugar en que debe estar. Y ahí rinde, se compromete, moja la camiseta y lleva la carga, no solamente de su ministerio, sino apoyando también a los otros departamentos hasta donde pueda. Buscamos personas con los dones apropiados para cada ministerio, pero también adaptamos el ministerio según las características del líder que lo asume. El ministerio de matrimonios, por ejemplo, funciona este año de manera diferente que el año pasado, porque tenemos otros líderes que el año pasado. Así que, es un proceso muy dinámico, pero siempre partiendo de los dones de cada uno.

            Si bien cada uno tiene un don (o varios dones), ninguno es autosuficiente. Nadie puede decir que no necesita a nadie. En un rompecabezas, ninguna pieza sola muestra el cuadro completo. Así, el que tiene el don de evangelismo, por ejemplo, necesita la ayuda de alguien que tenga el don de enseñanza, porque los nuevos convertidos necesitan ser discipulados para que puedan crecer y desarrollarse espiritualmente. Si no sucede esto —y en muchos casos los evangelistas no son buenos maestros o pastores a largo plazo— tenemos una iglesia con muchos cristianos inmaduros, que tarde o temprano terminan por dañar a la iglesia más que edificarla. Así que, ninguno es tan insignificante que su aporte no valga, ni tan grande y autosuficiente como para no necesitar la ayuda de otros.

            ¿Qué es lo que tienes en tu mano? Quizás alguien diga ahora: “¡Eso yo quisiera saber también!” El tiempo no nos da para entrar en muchos detalles, pero quisiera dar algunas pautas que quizás puedan ayudarte a identificar tu “bastón” o tus “panes y pescados”.

            a) Conocer los dones: Un técnico de radio debe conocer perfectamente cada pieza de un equipo y su función, para poder detectar algún error y repararlo. Así, el cristiano debe estar informado acerca de todos los dones del Nuevo Testamento si espera reconocer el suyo propio. También sería tema de otra prédica hablar sobre los dones que hay. Pero no nos debe importar quizás cuáles dones hay, cómo se llaman y cómo se manifiestan. El Espíritu Santo despertará los dones que se requieren en cada iglesia para el trabajo al que la ha llamado el Señor. Simplemente procura identificar aquello que te sale bien, aquello que sabes hacer.

            b) Experimentar: Significa probar en diversos tipos de servicio dentro de la iglesia. La disposición de hacer algo nuevo puede descubrir un don que no sabías que estaba en ti.

            c) Observa tus inclinaciones: Si una persona tiene un talento para el canto, se siente atraída por quienes tienen capacidad vocal. Así ocurre con los dones espirituales. Una persona es atraída hacia una cierta esfera de servicio. Esa inclinación puede muy bien indicar la existencia de ese don.

            d) Dedicación: Es necesario también el dedicarse a sí mismo y todos sus dones posibles, al Señor, expresando el deseo de obedecerle con nuestras capacidades espirituales.

            e) Deleite: Cuando una persona descubre su don puede exclamar: “¡Lo encontré! ¡Este es! Esto es lo que prefiero estar haciendo para el Señor más que cualquier otra cosa en el mundo. Estaría dispuesto a pagar con tal que me dejen hacerlo.”

            g) Discernimiento por otros: Una persona debería someter su “descubrimiento” al criterio de otros hermanos maduros. La última confirmación de que poseemos realmente un don determinado es el reconocimiento de este don por parte de otros.

            ¿Qué es lo que tienes en tu mano? Dale eso al Señor para que él lo use según su voluntad y con su poder. Dios te ha llamado a servirle y a servir a tu prójimo, y también te ha dado la herramienta con la cual él quiere que sirvas. Y esa herramienta es tu don. Conságralo al Señor.

 


miércoles, 11 de abril de 2018

Salud relacional








            ¿Cómo te llevas con los demás? Con cualquier persona, puede ser de tu familia, de la iglesia, del vecindario, del trabajo, o de donde sea. ¿Cómo está tu salud relacional?
            En los últimos domingos hemos visto varias áreas de la vida humana en que Dios desea nuestro bienestar y nuestra salud. Hoy queremos ver cómo tener relaciones interpersonales sanas, basándonos en las prédicas dadas por el pastor Rick Warren. Vamos a ver los miedos que dañan nuestras relaciones y cómo enfrentarlos. Y para eso vamos a ir al primer libro de la Biblia y estudiar la primera relación que Dios creó: la relación entre Adán y Eva. Dios había creado todo el universo para darle al ser humano un ambiente en el cual desarrollarse. Dios puso al hombre en este ambiente perfecto, pero luego miró todo y dijo: “Hay algo aquí que no está bien.” Había creado al hombre, pero sabía que podía mejorar todavía más su obra – y así creó a la mujer. Dios miró a Adán y dijo: “No está bien que el hombre esté solo.” Cada ser humano necesita relaciones; necesita personas con quienes convivir y relacionarse. Dios entonces se dispuso a crear una ayuda idónea para Adán. A Adán lo había creado de la tierra, pero a Eva la crea a partir de una parte de Adán, su costilla. El simbolismo es que ella no fue creada de sus pies como para ser pisoteada. No fue creada de su cabeza para que no se enseñorease de él. Ella fue creada de su costado para que fuera su compañera, y cerca del corazón para ser amada. Cuando Adán se despertó, ahí está Eva delante de él en todo su esplendor, y él dijo: “¡Wow! ¡Vaya! ¡Es una mujer!” Eso es todo lo que pudo decir…
            Todo fue bien por un tiempo. Tenían una relación perfecta. Pero de repente el pecado entró en la relación, y eso causó todos los problemas que hemos tenido en las relaciones desde ese entonces. Satanás se le apareció a Eva y le mintió diciendo que, al comer del árbol prohibido, ella sería como Dios. Y desde entonces, toda tentación y todo pecado es querer ser un dios, querer ser dueño de sí mismo. Sabemos que Dios hizo tal o cual regla, pero nosotros nos creemos más inteligentes que él y que sabemos mejor que él qué es lo que nos conviene: “Yo sé lo que me hará feliz, más de lo que lo sabe Dios.” Leamos esta parte de la historia.

            FGn 3.6-19

            En esta historia de la primera de las relaciones podemos ver los problemas que se han creado desde entonces en todas las relaciones debido al pecado. Nos revelamos contra Dios, no hacemos lo que él nos pide, y esto causa todo tipo de daño relacional. Y lo principal que causa es el miedo. Y vamos a ver hoy que hay tres miedos básicos en la vida de Adán y Eva que antes no había, pero que ahora aparecieron con el pecado. Y esos mismos tres miedos están en tu vida, y si no aprendes a lidiar con estos tres miedos, de ninguna manera podrás tener relaciones saludables en tu vida. Debes aprender a enfrentar tu miedo y no fingir. Aquí el primero de los tres miedos:

            1.) El miedo de ser expuesto me hace distanciar. ¿Por qué me parece que no me puedo acercar a las personas? ¿Por qué no puedo tener esa intimidad del alma? ¿Por qué no me siento tan cercano a las personas como quisiera? Es debido a mi miedo a ser expuesto. No quiero quedarme al descubierto, y por eso me mantengo a una “distancia prudencial”. La verdad es que, debido al pecado, hay muchas cosas en ti que no te gustan. Y ya que tú no aceptas todo de ti, no quieres que los demás lo sepan. Y vas a esconderlo. Y eso evitará que te acerques a las personas. Si a mí no me gusta lo que veo en mí y te lo muestro, probablemente a ti tampoco no te va a gustar. Y si te digo quién soy, y no te agrada lo que soy, estoy en problemas, porque lo que yo soy es todo lo que tengo. Así que, voy a fingir, voy a disimular, voy a esconder y lo voy a cubrir, y estaré distante y no te dejaré acercarte a mí, porque si te acercas mucho a mí, podrás ver lo que valgo realmente; podrás ver mis manchas. Tu cercanía me inspira temor; tu cercanía me es una amenaza. Prefiero ocultarme en las cuatro paredes de mis secretos, porque ahí es que me siento menos amenazado. Vean los versículos 9 y 10 de Génesis 3: “Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó: —¿Dónde estás? El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí” (DHH). Dios le hace una pregunta a Adán: “¿Dónde estás? ¿Por qué te escondes?” Ahora, déjame decirte un pequeño secreto: Cada vez que Dios te hace una pregunta, él ya sabe la respuesta. Dios no tenía que adivinar dónde estaba Adán. Él ya lo sabía. Y también sabía por qué se escondía. Dios quería que Adán mismo lo admita y lo confiese. No admitir la culpa es perpetuarla. Pero, por otro lado, dejar de negar que exista un problema es el primer paso a salir del mismo. Admitir y reconocer la culpa. Reconocer las cosas que no funcionan en nuestras vidas. Si no te sientes satisfecho con tus relaciones, y si tú reconoces la culpa que tú aportas a esta relación, recién entonces podrá haber transformación. Adán respondió: “Tuve miedo y me escondí.” El miedo siempre causa que nos escondamos. ¿De qué te estás escondiendo el día de hoy debido al miedo? ¿Qué estás fingiendo no saber en una relación? ¿Qué estás fingiendo que no es un problema en una relación? ¿Qué estás escondiendo debido al miedo? Estas son preguntas muy importantes. Siempre que hay un miedo en mi vida, Dios quiere que lo enfrente, no que finja. Él te dice hoy: “¿Dónde estás, y por qué te escondes?” Debes traer a la luz lo que hay en ti.
            Adán se escondió porque estaba desnudo. ¿Qué significa esto? Hay varios tipos de desnudez. En este caso, Adán habló de la desnudez física. Pero también hay la desnudez emocional. Es cuando estás ahí completamente expuesto en tu emoción auténtica. Estar desnudo significa estar descubierto. Significa estar vulnerable. Significa estar desprotegido. ¡Y eso es aterrador para el ser humano! Pero es necesario para poder superar ese miedo. El miedo más grande para el ser humano es ser visto como realmente es. Y ese miedo evita que tengas buenas relaciones.
            Y fíjense el daño que causa el miedo a todas nuestras relaciones: las amistades, la familia, el trabajo, el matrimonio, etc. Existen tres etapas del miedo. La primera etapa es la vergüenza. El versículo 7 dice: “…de pronto sintieron vergüenza por su desnudez…” (NTV). Cuando cargas vergüenza, estarás más cohibido. La vergüenza te hace estar más preocupado por estar expuesto. La vergüenza te pone nervioso. Te hace tener miedo de la humillación. Gran parte de tu miedo comienza con la vergüenza.
            La etapa 2 es cubrirse. Sigue diciendo el versículo 7: “Entonces cosieron hojas de higuera para cubrirse” (NTV). En la actualidad tenemos formas más sofisticadas para cubrirnos que hojas de higueras, pero todos lo hacemos. ¿Qué formas utilizas tú? Algunas personas usan el humor para cubrir sus miedos. Pueden ser los payasos del grupo, pero no permiten que nadie se acerque. El humor es una herramienta para mantener a las personas a la distancia, aunque parezca todo lo contrario. Mantiene la atención sólo en la superficie graciosa, y no se abre para mirar la mugre en nuestras vidas que hay debajo.
            Otros cubren su vergüenza dando la imagen de que tienen todo resuelto. Tú sabes bien que estás en un gran lío, pero por lo menos quieres lucir como si todo esté claro. “¿Qué tal?” “¡Bien!” Pero no hay pañuelo que aguante todas las lágrimas del alma.
            Muchos se ocultan detrás de una imagen aparentemente feliz en las redes sociales. Si observo a los viciados por tomar selfis, los ves con cara de “¡No te me acerques!”, pero de pronto le sonríen a su celular como si alguien les estuviera hablando, para después de unos segundos volver así de golpe a una cara de limón. Tratan de dar una imagen en las redes de una vida de perfección, cuando bien saben que es todo lo contrario.
            La etapa 3 es distanciarse de Dios. Dice el texto: “…entonces corrieron a esconderse entre los árboles, para que Dios no los viera” (v. 8 – NVI). Dios no espera que seas perfecto, pero sí espera que seas honesto ante él.
            Este es el primer miedo: el miedo a estar expuesto.
            2. El siguiente miedo es el miedo a la desaprobación que me hace defensivo. Tú puedes ver esto en todas las relaciones. Si alguien te critica, naturalmente te pones a la defensiva porque le temes a la desaprobación y al rechazo. De escondernos con el primer miedo —el miedo a estar expuestos— pasamos ahora a arrojar piedras a las demás personas. Pasamos de excusarnos a nosotros mismos a acusar a los demás. Y esto ocurre en todos los matrimonios del mundo, y en todas las amistades. Cuanto más siento la desaprobación, más señalaré a los demás para quitar la atención de mí. Si encuentras a una persona que constantemente critica a todo el mundo, puedes saber que esa persona oculta un enorme miedo a la desaprobación.
            Vemos esta actitud en Adán y Eva. Dios le preguntó a Adán: “¿Acaso comiste del fruto del árbol que te prohibí comer? El hombre respondió: —La mujer que tú me diste por compañera me dio del fruto del árbol. Por eso me lo comí” (vv. 11-12 – TLA). Adán enfrentó la situación como todo hombre: culpó a su mujer… Pero observen que en realidad ni la está culpando a Eva, sino a Dios mismo: “La mujer que tú me diste… Si tú no me hubieras dado a esa mujer, tú y yo seríamos cuates últimos. ¡Tú tienes la culpa!” Él le pasa la pelota a Dios y lo juzga. Y Eva no se quedó atrás. No quiso quedarse con el bulto de la culpa: “La serpiente me engañó, y yo comí” (v. 13 – RVC). Ninguno de los dos aceptó la responsabilidad. Adán y Eva sabían que Dios desaprobaría lo que habían hecho, y empezaron a pasarse la pelota el uno al otro. Y esto sucede en todas las relaciones del mundo: “Si tú me acusas, yo te acusaré.”

            3.) El miedo de perder el control me hace exigente. “Ahora quiero que lo hagas a mí manera. Se hace a mí manera o te vas a la calle (te duermes en el sofá).” Y tenemos un conflicto en pleno desarrollo. La consecuencia del pecado de Adán y Eva fue que perdieron el control de su futuro. Dios los sacó del paraíso. Ahora, este es el punto: cuanto más fuera de control te sientes, más controlador te vuelves. Si te sientes más fuera de control, más lucharás por recuperar el control de todo. Cuanto más inseguro te sientes, más necesitas hacerlo a tu manera, porque hacerlo a tu manera hace que tú estés en control del proceso, y eso te da seguridad. Pero si tú no sientes que tu vida está fuera de control, no tienes necesidad de recuperarlo. ¿Quiénes son los más inseguros en todo el patio de recreo? Los peleones. Los peleones siempre esconden una enorme inseguridad. Debido a que están profundamente asustados, se ponen la máscara de macho que tiene el control sobre todo, cuando por dentro es un pequeño niño asustado. Eso es lo que dice el verso 16: “Desearás gobernar a tu marido, pero él te gobernará a ti” (PDT). O sea, la batalla de los sexos ha empezado. De ahora en adelante existirá una lucha por el dominio, y todos los malentendidos, las confusiones y todo el conflicto en todos los matrimonios empezó justo aquí.
            No es muy bonita esta imagen: estos tres miedos —el miedo a estar expuestos, el miedo a la desaprobación y el miedo a perder el control— te hacen distantes, te hacen defensivos y te hacen dominantes. ¿Y dónde está el antídoto? Si no quiero estar estancado en mis relaciones, si no quiero vivir en la maldición de Adán y Eva, ¿qué puedo hacer? El apóstol Juan escribió: “La persona que ama no tiene miedo. Donde hay amor no hay temor. Al contrario, el verdadero amor quita el miedo. Si alguien tiene miedo de que Dios lo castigue, es porque no ha aprendido a amar” (1 Jn 4.18 – TLA). Así que, el antídoto al miedo es aprender a vivir en el amor de Dios. Lo opuesto del temor no es la fe, sino el amor. ¿Cómo puedo aprender a vivir en el amor de Dios? La Biblia dice: “En el amor no hay temor…” (1 Jn 4.18 – RVC), así que, en cualquier área de mi vida en que tengo temor, tengo que buscar dosis masivas del amor de Dios en esa área, “…porque Dios es amor” (1 Jn 4.8 – DHH). Cuanto más lleno mi vida con el amor, menos miedo voy a tener. Cuando el amor de Dios entra por la puerta principal, el temor huye por la puerta trasera. Al revés también es cierto: cuando te llenas de temor por algo, el amor ya se ha ido de tu vida. ¿Por qué es esto así? Juan también nos da la respuesta en el mismo verso 18: “Si alguien tiene miedo de que Dios lo castigue, es porque no ha aprendido a amar” (TLA). ¿Qué es lo que te da miedo al hacer algo? Es el miedo al castigo que podría ocasionar tu actuar. Es miedo a las consecuencias. Si nada de lo que hacemos tuviera consecuencias negativas para nosotros, todo lo haríamos. Tengo miedo a ser yo mismo en una fiesta, porque tengo miedo a las consecuencias que esto podría tener para mí cuando los demás me conozcan de verdad y me rechacen. El miedo hace que me asuste de decir la verdad. Así que, ¿cómo aprendo a vivir en el amor de Dios? Debes tomar tres decisiones diarias. Si tu empiezas a practicarlas, tus relaciones serán transformadas:
            a) Todos los días entrego mi corazón a Dios. El corazón es el símbolo del centro emocional de tu vida. Todos los días entrego mi centro emocional a Dios. Hasta que no lo hagas, no aprenderás a vivir en el amor de Dios. Como Dios es amor, cuanto más me acerco a Dios, más llena estará mi vida de amor. Cuanto más me aleje de Dios, más llena estará mi vida de miedo. Según que tengas amor o temor en tu vida, puedes evaluar cuán cerca o lejos estás de Dios.
            Entonces, al entregarle a Dios cada día nuestro corazón, le decimos: “Señor, entrego mis respuestas emocionales de este día a ti.” Si haces esto todos los días, ¿cambiaría esto tus relaciones interpersonales? ¡Claro que sí! Porque ya no eres tú quien decide cómo reaccionar a las provocaciones de los demás, porque le has entregado tus respuestas emocionales a Dios. Si tu cónyuge, tu amigo, tu compañero de trabajo o el chofer del colectivo se porta mal contigo, no tienes más necesidad de responder con la emoción “enojo”, porque se la entregaste a Dios. Ya no dispones de esta respuesta emocional. Más bien, ahora estás libre para responder con el amor de Dios.
            Hay una segunda cosa que debes hacer todos los días:
            b) Todos los días recuerdo la manera que Dios me ama. Cuando empiezas a llenarte de miedo y estás distanciado o te vuelves exigente y te vuelves defensivo, debes detenerte y recordar de cuánto te ama Dios:
·         Soy aceptado completamente. Ante el ser humano, nunca serás aceptado completamente. Ni si fueras perfecto, no le caerías bien a todos. Jesús es el claro ejemplo de esto. Pero Dios sí te acepta completamente.
·         Soy amado incondicionalmente. Dios nunca pone condiciones a su amor a nosotros: “Te amaré si…” “Te amo porque…” Él simplemente dice: “Te amo.” “Te amo a pesar de…” Nunca necesitas preguntarte: “¿Será que Dios me amará hoy? ¿Será que he orado lo suficiente o me he portado bien lo suficiente como para que me ame?” Dios sabía de todas tus metidas de pata que cometerías aun antes de crearte. E igual él te creó para amarte.
·         Soy perdonado totalmente. La Biblia dice que “…ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Ro 8.1 – DHH). Dios no te estrujará tu pecado en tu cara. Él te perdona y te libera.
·         Soy considerado extremadamente valioso. ¿Cuánto crees tú que vales? No estamos hablando de cuánto tienes, sino de tu valor propio. Un objeto vale lo que alguien está dispuesto a pagar por él. Tú vales lo que Dios estuvo dispuesto a pagar: su Hijo. Así tan grande es tu valor ante Dios.
            c) Todos los días ofrezco ese mismo amor a los demás. Esta es la verdadera clave para transformar tus relaciones. Jesús dijo: “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros” (Jn 13.34 – RVC). ¿Cómo me ama Dios? Acabamos de verlo: me acepta completamente, me ama incondicionalmente, me perdona totalmente y me considera extremadamente valioso. Bueno, así mismo debes amar también a los demás. ¿Transformaría tus relaciones si empezaras a hacerlo? ¡Claro que sí! ¿Quitaría el temor de tus relaciones? ¡Claro que sí! Esta indicación de Jesús también se puede expresar en términos de 1 Corintios 13.7: “El amor nunca deja de ser paciente. El amor nunca deja de creer. El amor nunca deja de tener esperanza. El amor nunca se da por vencido” (parafraseado). Así es como Dios te ama a ti, y debes amar a otras personas, tal como Dios te ama. No se trata de sentir algo por ellos, sino de ser paciente, de creerles, tener esperanza por ellos y no darse por vencido. El amor es acción, no un sentimiento. El amor extiende la gracia, nunca deja de ser paciente. Dios ha sido tan paciente contigo. ¿Por qué no puedes ser un poco más paciente con las personas? El amor espera lo mejor, pero también soporta lo peor, y nunca, nunca se da por vencido.
            ¿Extiendes gracia a tu cónyuge? ¿A tu amigo? ¿A tu compañero de estudio o de trabajo? ¿A tu vecino? ¿Eres paciente con ellos? ¿Crees en tu cónyuge, en tu próximo? ¿Esperas lo mejor de ellos y soportas lo peor? ¿No te das por vencido nunca en tu lucha por el bienestar de ellos? Ese es el verdadero amor que Dios tiene para ti y que él quiere vivir a través de ti. Y así el miedo de relacionarte con otros desaparecerá. ¡Dios nos ayude en esto!