lunes, 26 de febrero de 2018

Salud espiritual (Rick Warren)








            El domingo pasado, Rogelio dio fin a nuestra caminata de casi dos años a través de las historias del Antiguo Testamento. Estoy seguro de las grandes bendiciones y enseñanzas que hemos recibido de esta serie. Pronto estaremos empezando a estudiar el Sermón del Monte, un compendio de principios espirituales para la vida diaria del hijo de Dios. Pero ahora quiero intentar algo muy diferente: valernos del material de otros. Hemos recibido una recomendación de la iglesia Adonai de Filadelfia de una serie llamada: “50 días de transformación” de Rick Warren, conocido por su libro “Vida con propósito”. De esta campaña extraeremos sólo las prédicas sobre las 7 áreas básicas de nuestra vida: salud espiritual, salud física, salud mental, salud emocional, salud financiera, salud relacional, salud vocacional. ¿Quién quiero ser en cada uno de estas áreas? Así que, lo que predicaremos en los siguientes domingos será el extracto y adaptación de las prédicas de Rick Warren en su iglesia en California, Estados Unidos.
            El versículo central de este programa de 50 días de transformación es Romanos 12.2: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (DHH). Es decir, puedes adaptarte al estándar del mundo (que no es muy alto) o puedes ser transformado por el poder de Dios. ¿Y cómo se produce esta transformación? Por la renovación de tu mente. La forma en que piensas determina la forma en que te sientes; y la forma como te sientes determina la forma en que actúas. Si pienso que soy un desgraciado, me voy a sentir desgraciado y voy a comportarme como un desgraciado. O mirando desde atrás: si actúas preocupado, ansioso, estresado, enojado, es porque te sientes preocupado, ansioso, estresado o pichado. Y si te sientes así, es porque tienes pensamientos de preocupación, de ansiedad, de estrés o de rabia. Si quieres cambiar la forma como te sientes y cómo actúas, debes cambiar tus pensamientos. Tu batalla está en la mente. Es lo que claramente dice este versículo de Romanos: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir…”
            Al empezar la prédica sobre la salud espiritual, quiero hacer la siguiente declaración: Mientras más lejos estés de Dios, más problemas tendrás en la vida. Es decir, problemas tenemos siempre. A veces cuanto más cerca estamos de Dios, más problemas tenemos porque Satanás procura todo lo diabólicamente posible para desanimarnos y alejarnos otra vez de nuestra intimidad con Dios. Lo que quiero decir es cuanto más lejos estás de Dios, más deformada estará tu vida y no será lo que Dios quiere. Más lejos estarás del ideal de Dios para tu vida. ¿Es eso lo que deseas? En cambio, la vida de cualquiera que se acerca a Dios será transformada.
            ¿Cómo uno puede acercarse a Dios? Hay una historia en la Biblia que nos enseña esto. Es la historia del hijo pródigo y del padre amoroso.

            F Lucas 15.11-24

            En esta historia encontramos las cuatro cosas por hacer cuando estamos perdidos, cuando estamos lejos de Dios. Porque nada cambiará hasta que no hemos resuelto este punto. Si en el pasado le sentiste cerca a Dios, experimentaste su amor y su amistad y tenías una relación cercana con él, pero ahora ya no, ¿cómo puedes volver a tu primer amor? Debes hacer estas cuatro cosas que hizo el joven del texto bíblico.

            1.) Llegar al punto de estar cansado de tu vida. No en el sentido de querer acabar con su vida (esa es la manera de Satanás de “resolver” nuestro camino equivocado), sino de estar harto de tu estilo de vida como desgraciado. Todo cambio empieza por estar tan insatisfecho con su estado actual que uno decide hacer algo al respecto. El joven se había dirigido a su padre en una forma tremendamente egoísta. Todo giraba alrededor de él: “Quiero mi herencia, antes de tiempo. Tú no has muerto todavía, pero igual la quiero ahora.” Y su padre le dio la mitad de todo lo que él había juntado durante toda su vida. Y el muchacho se fue lo más lejos posible de su padre, yéndose a un país lejano. Y ahí gastó todo su dinero en mujeres, tragos y canciones. Y con el tiempo, por la vida desenfrenada que llevaba, tocó fondo y se quedó sin dinero. Y por quedarse sin dinero, se quedó sin amigos. Y luego, la nación fue golpeada por una tremenda crisis económica, y hubo una hambruna terrible. Él andaba por la calle como vagabundo, mendigando comida, pero nadie le dio nada, porque la gente tampoco no tenía. Buscaba trabajo, pero no había caso. Finalmente encontró a un granjero fuera de la ciudad que lo contrató para el peor de todos los empleos: alimentar cerdos. Para un judío, que tenía prohibido tocar siquiera a los chanchos, este fue el empleo más humillante que pueda haber. Más bajo no podía caer. Y de tanta hambre que tenía, pensó: ‘Esa comida de los cerdos está buena…’ Fue ahí en el fondo que llegó su hora de cambio. La Biblia dice que él “volvió en sí”, “recapacitó” (v. 17) y se dio cuenta que no tenía sentido lo que estaba haciendo: “Estoy muriéndome de hambre aquí en un país lejano, mientras que los empleados menos pagados de mi padre tienen comida de sobra. Voy a regresar a casa. Pero como ya no merezco seguir en la familia, le diré a mi padre que me haga uno de sus sirvientes: ‘Sólo contrátame como uno de tus sirvientes más bajos, con tal de poder tener para comer.’”
            Así que, ¿qué debes hacer para poder cambiar? Debes estar cansado de la vida que llevas. Nada va a cambiar en tu vida hasta que no digas: “¡Estoy harto de todo esto! Estoy cansado del estrés en mi vida, del ritmo de mi vida. Estoy cansado de vivir en soledad. Estoy cansado de golpearme constantemente contra la pared y tener un fracaso tras otro en las relaciones. Estoy harto de arrastrarme por el barro, yendo de mal en peor. Tiene que haber algo mejor en la vida que esto.” Tienes que llegar hasta este punto. Mientras que sepas que lo que estás viviendo no es lo correcto, pero en el fondo estás acariciando tu pecado, olvidate de ser transformado. Nada cambiará mientras que no estés desesperado; mientras que no digas: “¡Basta ya de esta situación! Voy a regresar a mi Padre. Voy a reconectarme con él. He hecho mal las cosas, haciéndolas a mi manera en contra de la voluntad de mi Padre Dios. ¡Y no funciona! Ahora me encuentro aquí alimentando cerdos, pensando que es algo bueno. ¡Pero ya no más! Me voy a casa.” ¿Y qué responde Dios a este grito desesperado? Fíjense lo que dice Jeremías 29.13: “Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón” (PDT). ¡Qué grande la misericordia de Dios!

            2. Admite tu pecado. Significa tomar responsabilidad por tus pecados. Llamar las cosas por su nombre: “he pecado”. El joven descarriado dijo allá en el fondo de su perdición: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me estoy muriendo de hambre! Pero voy a levantarme, e iré con mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno ya de ser llamado tu hijo; ¡hazme como a uno de tus jornaleros” (Lc 15.17-18 – RVC)!
            Vivir tu vida alejado y desconectado de Dios es algo tonto, inconcebible. No tiene sentido. El joven se dio cuenta que estaba lejos de su padre, tratando de vivir la vida a su manera, pero no funcionaba. ¿Cómo funciona para ti el estar lejos de Dios? El joven cayó en cuentas de lo que estaba haciendo y lo llamó por su nombre: “He pecado contra Dios y contra ti”.
            Ahora, si antes estabas cerca de Dios y ahora estás lejos de él, adivina quién se movió. Dios no se mueve nunca, porque ya llena todo el universo. El que se movió fuiste tú. Tú te alejaste de Dios: “Voy hacer las cosas a mi manera, tomar mis propias decisiones y voy a olvidarme de Dios.” Eso se llama “pecado”. Dios no se movió, siempre siguió en el mismo lugar. Él nunca dejó de amarte. Él envió a su hijo Jesús para morir en tu lugar en pago por tus pecados. Estás tan cerca o lejos de Dios como tú decides estarlo. Y lo voy a repetir: Estás tan cerca o tan lejos de Dios como tú decides estarlo. No puedes culpar a nadie más de tu situación. No puedes decir: “Si tan sólo mi esposo fuera más consagrado…” “Si tan sólo mi novia se emocionara más por Dios…” “Si tan sólo tuviera un jefe cristiano…” No, no, no. Estás tan cerca de Dios como decides estarlo.
            Cuando estás cansado de tu vida miserable, cuando te asinceres con Dios y admitas tu pecado, puedes orar juntamente con David: “Ten compasión de mí, Dios mío, conforme a tu fiel amor; conforme a tu gran misericordia, borra mis rebeliones. Lava todas mis culpas y límpiame de mi pecado. Reconozco que he sido rebelde, siempre tengo presente mi pecado. Pequé contra ti y sólo contra ti, delante de ti hice lo que es malo; por eso tu sentencia es justa, y tu juicio es irreprochable” (Sal 51.1-4 – PDT). David no le puso un nombre bonito a su adulterio y asesinato, no trató de excusarlo o explicarlo, no trató de ocultarlo. Lo llamó por su nombre: pecado.
            ¿Y qué hace Dios cuando admitimos nuestro pecado? Veamos lo que Dios dijo a través del profeta Isaías: “El Señor dice: vamos a discutir este asunto. Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré blancos como la nieve; aunque sean como tela teñida de púrpura, yo los dejaré blancos como la lana” (Is 1.18 – DHH). Este es el versículo quitamanchas de la Biblia. Dios puede limpiar tu historial y quitar por completo todas estas manchas de las que tanto te avergüenzas.

            3.) Ríndete y ofrece tu cuerpo. Fíjense este cambio de actitud en la vida de este joven. Al principio él dijo: “Quiero que me des… dame, dame, dame… mi herencia, mi dinero.” Pero ahora que regresa a la casa de su padre, le dice: “Déjame ser tu sirviente.” Él cambió de “quiero que me des…” a: “déjame ser”. Nada será transformado en tu vida mientras que no pases de una vida egocentrista a una vida consagrada a Dios: “déjame ser la persona que tú deseas que sea yo.” La mayor transformación ocurre cuando cambiamos del egocentrismo, de estar centrados en nosotros mismos, a una vida centrada en Dios. ¿Ha pasado esto en tu vida? La transformación no es algo automático ni instantáneo. Ocurre a lo largo de tu vida.
            La palabra en griego para transformación viene de “metamorfosis”. La metamorfosis es el cambio radical de una oruga en una mariposa. El resultado es algo totalmente diferente de lo que era antes. Tú fuiste hecho para ser una mariposa. Fuiste hecho para algo hermoso. Fuiste hecho para ser transformado. Fuiste hecho para ser libre. No pases toda tu vida como una oruga. Quizás ahora no puedas entender la transformación que Dios quiere hacer en tu vida, así como una oruga no puede entender cómo sería ser una mariposa. Pero la verdad es que él tiene un plan maravilloso para ti que no tiene el más mínimo parecido a lo que estás viviendo ahora. Pero nada ocurrirá hasta que ofrezcas tu vida a Dios.
            ¿Y cuál fue la reacción del padre a la humillación de su hijo? ¿Acaso lo regañó por lo que había hecho? ¿Acaso lo cargó más de lo que ya estaba? ¡No! Más bien empezó a celebrar. Aún cuando el hijo estaba lejos, el padre corrió hacia él para envolverlo en su ternura y misericordia. Dios no espera a que recorras todo el camino que te habías alejado de él. Sólo debes dar media vuelta y decirle: “Estoy arrepentido, estoy volviendo.” Él corre para encontrarte. Él siempre toma la iniciativa por su amor. Antes que supieras que necesitas de un salvador, Dios ya te proveyó uno. Dios te envolvió en sus brazos y dijo: “Todo está perdonado. Traigan todo lo mejor. La mejor ropa, no cualquier trapo, sino lo mejor que hay en la casa. Traigan las mejores costillas para un asado de aquellos. Hoy vamos a hacer una fiesta enorme, porque mi hijo está en casa. Ah, y traigan mi anillo y dénselo.” El anillo era el sello que pagaba todas las cuentas. Era como darle al hijo una chequera con fondos ilimitados – y esto después de haber despilfarrado la mitad de lo que el padre había ahorrado durante su vida. ¡Qué misericordia! ¡Qué confianza!
            Dios tiene un mejor plan para tu vida de lo que jamás hubieras imaginado. Muchos creen que no necesitan a Dios porque dicen que ya están viviendo la buena vida. El problema es que esa “buena” vida no es lo suficientemente buena. Lo bueno es el peor enemigo de lo mejor. Fuiste hecho para algo más que la vida buena: fuiste hecho para la mejor vida. No digas nunca en cuanto a tu relación con Dios: “Ya da ya…”, adecuándote a los criterios de este mundo. Si hubiera una mejor vida de la que tienes ahora, ¿acaso no quisieras conocerla? Si hubiera una vida mejor que la “buena” vida, ¿acaso no quisieras vivirla? ¡Claro que sí! ¿Cómo la puedes obtener? Volviendo al Padre. Y cuando Dios te inunda con su misericordia, sólo puedes hacer una cosa, que es el cuarto paso:

            4.) Eleva una alabanza. El hijo, al volver a casa, no encontró condenación, sino encontró celebración. Después de todo tu orgullo, tu arrogancia, tus malas decisiones, Dios no te da una paliza, sino muestras de amor puro y perfecto. Ahí todo lo que puedes hacer es elevar una alabanza. Investigadores suecos han descubierto que el hábito de cantar en grupo es increíblemente poderoso para la buena salud. Cantar con otros, como lo hacemos en la iglesia, combate el estrés y crea emociones positivas. También han descubierto que personas que cantan y adoran cada semana viven más tiempo que las demás personas. Así que, quiero que vivas más. ¡Alaba al Señor cada domingo en la comunión de los santos!

            ¿Dónde estás en cuanto a tu relación con Dios? Recuerda: tú estás tan cerca o tan lejos como tú decides estarlo. Si estás lejos de Dios, no es culpa de fulano ni mengano ni de las circunstancias adversas. Es tú decisión. Y si estás cerca de Dios, no es gracias a fulano o mengano o gracias a las circunstancias. Es tu decisión. Así que, en este momento tú necesitas decidir qué vas a hacer con Jesús. ¿Dejarás que él te reciba en sus brazos de amor, perdonando todas tus metidas de pata? ¿O seguirás con tu orgullo y arrogancia, creyendo que puedes solo? Tú decides. Si tienes que admitir que te has alejado de Dios, si estás harto de la vida espiritual miserable que llevas, si tomas hoy la decisión de regresar a la comunión con él, admitiendo tu pecado y rindiendo tu vida a Dios, entonces ven aquí al frente a demostrar públicamente tu decisión de caminar con el Señor. Él no sólo te está esperando, sino que él corre hacia ti para darte un abrazo de oso, un beso y susurrarte al oído: “Está todo bien. Toda tu culpa y rebelión quedó cubierta. Bienvenido a casa, hijo/a amado/a.”

miércoles, 24 de enero de 2018

Cuida tu mina







            En los últimos años yo solía predicar el domingo de la asamblea anual acerca del versículo lema que la comunidad cristiana internacional fija para cada año. Pero esta vuelta voy a hacer algo diferente. Ya que hoy vamos a hablar de lo que se ha realizado durante el año 2017 y elegir el equipo de líderes para este año 2018, quiero analizar brevemente una parábola que contó Jesús alguna vez. Es la parábola de las minas que encontramos en Lucas 19.

            FLc 19.12-27

            Vemos aquí a un personaje que estaba a punto de ser coronado gobernador de un país. ¿Qué harían ustedes si tuvieran grandes probabilidades de ganar las elecciones generales y convertirse en el próximo presidente de Paraguay? Gobernar a un país es una labor tan grande que jamás la podrían hacer solos. Necesitarían de un equipo grande que los pueda acompañar en esta tarea. ¿Pero cómo saber quién sería una persona idónea y confiable? La función de ese futuro rey o gobernador era demasiado delicada como para poner en su entorno a cualquiera. Así que, este hombre se la ingenió como para medir la confiabilidad de la gente. Hizo una preselección de 10 candidatos a ser sus colaboradores, pero que tenían que ser puestos a prueba. Le dio a cada uno una cierta cantidad de dinero, prácticamente el equivalente a 4 sueldos mensuales. ¿Qué harías si alguien te diera 4 veces tu sueldo para que trabajes con él? Se pueden hacer cosas interesantes con tal cantidad de dinero, ¿no? Por eso el futuro rey les ordenó que hicieran trabajar y producir ese dinero en el tiempo de su ausencia. No dio más explicación que esa y se fue. Dependía ya del ingenio de cada uno qué haría con ese dinero. Y ninguno de los preseleccionados sospechaba que se trataría de una prueba a la que estaban siendo sometidos.
            Terminada la ceremonia de entronización, este nuevo gobernante volvió a su país para evaluar los resultados de la prueba a la que había sometido a sus posibles colaboradores. Les pidió rendir cuentas. Llega el primero en la fila y le devuelve 40 salarios mensuales, 10 veces más de lo que él había recibido. Él había demostrado que era un multiplicador y que sabía manejar situaciones inteligentemente. ¡Había pasado la prueba! “‘¡Excelente!’, le dijo [el rey], ‘eres un buen sirviente; por cuanto has sido digno de confianza en un asunto pequeño, te pondré a cargo de diez pueblos’” (v. 17 – Kadosh). “¿Pueblos? ¿Ciudades? ¿Gobernar? Oye, oye, ¿qué está pasando aquí? Pensé que hablábamos de dinero, ¿y ahora me contratas como tu gobernador?” Sí, así es. La mina que él había recibido, no era el fin. Era sólo un medio para el fin. Era un elemento usado para medir la confiabilidad de la persona, para que los que pasen la prueba puedan ser puestos en cargos muchísimo más elevados y de mucho mayor compromiso. En comparación con la responsabilidad que le esperaba, los cuatro salarios que él había administrado era “muy poco” sobre lo que él había sido fiel. “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho” (Lc 16.10 – BPD).
            El siguiente precandidato se presentó y puso su informe económico en el escritorio del rey. Su mina recibida se había convertido en 5. Era la mitad del anterior, pero no porque él era flojo, sino porque cada persona es diferente, tiene habilidades diferentes y obtiene resultados diferentes. Pero el rey no se fijó en la cantidad, sino en qué había ocurrido en el proceso. Tanto el primero como el segundo habían puesto todo de sí para cumplir las órdenes que habían recibido junto con el dinero. La cantidad final no importaba, sino la actitud demostrada. También este había pasado el examen y fue incluido en el gabinete de ministros del rey.
            Para entender en qué se fijaba el rey, nos sirve contrastar estos dos primeros con el tercero que se presentó. Él también le entregó dinero al rey, exactamente la suma recibida, ni un centavo menos. Como dije, al rey no le importó la cantidad que presentaron. Él se hubiera conformado con cobrar sólo los intereses de este tiempo de su ausencia. Pero lo que le molestó tanto fue la actitud de este candidato: indiferencia, miedo, descuido. No quiso arriesgarse por si le saliera algo mal – y ese fue el peor riesgo que corrió. No solamente ligó una fuerte reprimenda del rey, sino perdió el dinero, perdió la oportunidad de ser removido a otro cargo más elevado, y encima fue juzgado. Este pasaje no indica cual fue el juicio, pero en otra parábola parecida que contó Jesús, el juicio fue el siguiente: “Al sirviente inútil expúlsenlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 25.30 – BNP). Es decir, sólo con haber sido preseleccionado ya pesaba sobre él una gran responsabilidad. No hacer nada, tener una actitud de indiferencia, no solamente tenía como resultado que no pase nada, sino fue motivo suficiente para un juicio muy severo.
            Pero vemos que el rey había preseleccionado a 10 personas. ¿Y los otros 7? Posiblemente no hayan hecho nada que merezca algún comentario de Jesús en la parábola. Es muy probable que lo habían hecho peor que el tercer hombre: habían gastado para sí el dinero del rey. No solamente habían sido irresponsables, sino ladrones encima. Si el tercer hombre que devolvió el dinero íntegramente recibió tan severo juicio, ¡imagínense entonces el destino de los otros 7!
            ¿Por qué predico hoy precisamente sobre este texto? Nuestro culto hoy es una sesión de trabajo. En seguida escucharemos los informes de los diferentes ministerios acerca de lo realizado en el transcurso del año pasado. Muchos de ustedes han participado activamente de estos trabajos. Para este año se precisará también de muchos colaboradores. Si se busca a alguien para que realice algún servicio, ¿en quién nos podemos fijar? Esta parábola nos da la respuesta.
            Cada uno de nosotros ha recibido una “mina”: talentos, oportunidades, recursos, posibilidades de formación y capacitación, etc. A veces ni nos damos cuenta que la hemos recibido. En el ámbito de la iglesia tampoco se trata de una prueba intencional a la que los líderes someten a las personas con fin o de promoverlas o juzgarlas, según sea el caso. De esto se encarga Dios, no nosotros. Pero al buscar gente para los diferentes servicios, tratamos de evaluar cómo cada quien ha manejado su mina. Miramos cómo se desenvuelven en los cultos y las actividades de la iglesia, el interés manifestado, la iniciativa propia, el deseo de formarse y capacitarse, la respuesta a pequeños servicios a los que se les invita, etc. Según vemos la respuesta a esas pequeñas “minas”, se le dará mayores responsabilidades. Pero nadie puede saltar de la hamaca cómoda de la inactividad a ocupar un puesto de mucha autoridad.
            Marcos Witt cuenta que cuando él tuvo su primer empleo en una iglesia, él se veía como el gran ministro de alabanza de la iglesia. ¿Pero qué pasó cuando él se presentó a su primer día de trabajo? Le pusieron a limpiar los baños. ¿Se pueden imaginar cómo hirvió de indignación y rabia contra todos y contra Dios mismo? Hasta que de repente sintió claramente la voz de Dios diciéndole: “Si no aprendes a limpiar los baños, no te puedo usar allá arriba.” Esto causó un cambio inmediato en la actitud de Marcos.
            Imagínense que el tercer hombre de la parábola de Jesús —o peor uno de los restantes 7— le dijera al rey: “Es cierto, yo me pasé de farra en farra con tu dinero. Pero igual yo reclamo ahora, ¡en el nombre de Jesús!, un lugar en tu reino como gobernador. Yo soy tu siervo, y como tal me corresponde un lugar a tu derecha.” ¿Qué es lo que Dios respondería a esto? “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho” (Lc 16.10 – BPD). Nadie que necesite gente para algo productivo va a poner a un irresponsable para encargarse de esto. ¿Por qué la iglesia debería ser diferente, tratándose no de una empresa humana, sino de la obra de Dios mismo? Por lo tanto, si estás realizando algún servicio en la iglesia, ¡cuida tu mina! Nunca podemos decir que ya hemos llegado hasta lo más alto. Por más grande que sea nuestra responsabilidad, Dios la usa siempre como mina para probarnos si nos puede promover aun más. Y si sientes como que no se te da ninguna oportunidad, ¡cuida tu mina! Hay algunas situaciones que dependen de que alguien se fije en ti y te invite. Pero hay muchas cosas que dependen de ti mismo, de tu actitud hacia la obra y los programas de la iglesia, de tu iniciativa, de tu participación y de muchas otras cosas más. Como dije, el rey no se fijó en la cantidad producida, sino en la actitud, en la responsabilidad demostrada. Y eso depende únicamente de la persona misma, no de las circunstancias. Un cargo no te hará responsable. Sólo pone en evidencia si ya lo fuiste desde antes o no lo fuiste. Es tu compromiso con el Señor el que te hace responsable.

            Trata de identificar las pequeñas “minas” que el Señor ha puesto en tu camino. Tu responsabilidad no es con la iglesia, sino con Dios mismo. Pídele al Señor sensibilidad a descubrir esas minas, por pequeñas e insignificantes que te parezcan. Son oportunidades para forjar tu sentido de responsabilidad, y la llave que te abre la puerta a mayores posibilidades de servicio. ¡Cuida tu mina!

domingo, 31 de diciembre de 2017

Experiencias duras







            Hace varias semanas atrás, el pastor Roberto nos habló de la situación que le tocó vivir a Job, pasando de abundancia a la más absoluta miseria económica y física. Su propia esposa se deprimió y le sugirió tirar la toalla. Pero él se mantuvo firme en su confianza y fidelidad a Dios.
            Luego le visitaron tres de sus amigos. Tenían muy buenas intenciones, pero el efecto no fue tan bueno como las intenciones. Ellos insistían una y otra vez que Job habría pecado, y que por culpa de eso él estaba sufriendo estas desgracias. Job les contestó que no, ellos insistían que sí, que no, que sí, que no… Finalmente, Job llegó a desafiar a Dios a que él lo juzgue públicamente. Por un lado, podría sonarnos a soberbia —y de hecho a los amigos de Job también les sonó así— pero por otro lado fue también expresión de su profundo dolor y la reacción a tantas acusaciones que sus amigos lanzaban contra él, encima de su sufrimiento por la pérdida de su familia. Con esa clase de amigos, ¿quién necesita de enemigos? Así habrá pensado Job.
            Y Dios le respondió y le mostró su grandeza como creador y sustentador del mundo, pero también su grandeza frente a Job. El hecho de que Job tenga que sufrir, no significaba necesariamente que Dios era injusto. Ante esta manifestación y revelación que Dios hizo de sí mismo, Job reconoció haber hablado sin conocimiento de causa. Ahí viene el texto que quiero analizar con ustedes hoy.

            F Job 42

            Como dije, la revelación de Dios hizo que Job lo viera a Dios en la dimensión correcta, y quién era él como ser humano frente a este Dios. Ahí Job se dio cuenta que él había hablado demasiado grande, como si supiera todas las cosas, cuando en realidad había sido un completo ignorante: “Reconozco que he dicho cosas que no alcanzo a comprender, cosas que son maravillosas y que en realidad no conozco” (Job 42.3 – TLA). Claro, eso no significó que sus respuestas anteriores a sus amigos hayan sido equivocadas, y que ellos sí habían tenido razón de que él ocultaba pecado en su vida. Simplemente él se había pasado en cuanto a sus consideraciones de sí mismo y también de Dios. Había hablado como si Dios estuviera en la obligación de rendirle cuentas de su proceder. Pero esta revelación de Dios le había abierto los ojos.
            La clave de esta experiencia está en el versículo 5: “Hasta ahora, solo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por eso me retracto arrepentido, sentado en el polvo y la ceniza” (vv. 5-6 – DHH). Dios había sido para Job un ser distante; su fe en Dios no había sido mucho más que nuestra fe en la existencia del Mariscal López. Creemos que él existió por los libros de historia, pero jamás hemos tenido nada que ver personalmente nosotros con él. Pero esta experiencia tan dura y profunda que tuvo que pasar lo había llevado a conocerlo personalmente y tener una relación íntima con él. Por eso él se arrepintió de haber manifestado su ignorancia a través de su modo de hablar.
            Esto me lleva a la primera lección de este análisis de la historia de Job: las experiencias duras de la vida nos abren los ojos al verdadero ser de Dios. Cuando estamos luchando duramente contra las aflicciones de la vida; cuando clamamos desesperadamente a Dios; cuando él es el único recurso que nos ha quedado; y cuando vemos su mano poderosa moviéndose en el asunto, quizás de otra manera que la deseada, pero dándonos paz aun en medio de las tinieblas, entonces empezamos a verlo a él de una manera que nunca antes lo habíamos visto. ¡Y esto enamora! Nuestro corazón es tocado por su presencia, por su ternura, por su amor, por su poder, y se abre a un encuentro personal e íntimo con él.
            Mira atrás a lo que ha sido tu vida este año. ¿Cuál o cuáles fueron las experiencias más duras o difíciles que te tocaron vivir este año? ¿Y cómo influyeron estas experiencias en tu relación con Dios? ¿Podrías coincidir con Job en su expresión en este versículo (“…ahora mis ojos te han visto…”)? Es por este efecto positivo que las aflicciones causan en nuestras vidas que un cristiano chino de nombre Watchman Nee escribió una vez que ante estas experiencias duras deberíamos exclamar: “¡Aleluya, ahí viene otro problema difícil más!” La verdad es, sin embargo, que ante los golpes bajos que nos asesta la vida lanzamos gritos, pero que no son precisamente de júbilo. Mi deseo es que al final del próximo año 2018 podamos decir todos: “Ya te conocía no solamente de oídas, pero ahora te conozco mucho más de cerca porque con mis propios ojos he visto tu gloria, por más que muchas veces nubarrones muy negros la querían ocultar.”
            Después de haber llegado hasta este punto con Job, les tocó el turno a sus tres amigos. En este versículo se le menciona solamente a Elifaz. Aparentemente ejercía cierto liderazgo dentro de su grupo de amigos. Dios le manifestó su profundo desagrado por la forma en que ellos habían hablado de Dios: “Estoy muy enojado contigo y con tus amigos porque, a diferencia de Job, ustedes tienen un concepto erróneo de mí” (v. 7 – RVC). A pesar de cierta ignorancia de Job acerca de Dios, él tenía una actitud de profunda reverencia hacia Dios. Esa actitud se manifestó precisamente en su arrepentimiento y el reconocimiento humilde de haber hablado inapropiadamente. Dentro de todo, él había tenido razón en su defensa contra las acusaciones de sus amigos: verdaderamente su sufrimiento no era consecuencia de algún pecado. Con la reprensión de Dios, ellos ahora también se dieron cuenta de que se habían equivocado respecto a Job, y que lo habían acusado injustamente. Hasta tal punto llegó el desagrado de Dios que él no quiso tratar directamente con ellos. Pero no es ese enojo infantil de algunos adultos que les dicen a sus hijos: “Decile a tu mamá tal y tal cosa…”, estando la mamá presente y pudiendo decírselo ellos personalmente. Pero como están peleados, hacen como si el cónyuge no existiese y le hablan únicamente por intermedio de los hijos. Dios no actuó aquí de esa manera inmadura, sino que fue un acto disciplinario para los tres amigos. Ellos se debían dar cuenta que su actitud había interrumpido su comunión con Dios. Se requería ahora de un inocente para que le pida a Dios perdonar su falta y quitar de en medio esa barrera entre ellos y Dios. Por eso debían mostrar su arrepentimiento ofreciendo sacrificios, y Job tenía que interceder ante Dios a favor de ellos. Es lo que Jesús también hizo: el inocente resolvió nuestra barrera de culpa que nos separaba de Dios.
            Job fácilmente podría haber tomado venganza ahora. Después de que ellos tanto lo habían machucado, acusándolo de ocultar pecados, él tenía que interceder otra vez por ellos. Hubiera sido una oportunidad magnífica de vengarse por haber hecho aumentar tanto su sufrimiento ya de por sí insoportable. Pero él no actuó de esa manera. Más bien él oró por ellos, pidiendo el perdón de Dios a su favor. Y Dios escuchó su oración, porque también los tres amigos manifestaron su humildad cumpliendo al pie de la letra lo que Dios estaba exigiendo de ellos.
            Veo aquí una segunda lección: las experiencias duras y sus injusticias tendrán que dar paso a la justicia de Dios. Tarde o temprano él evidenciará nuestra inocencia, si es que realmente la tenemos. Puede haber momentos, e incluso tiempos más prolongados, en que somos fuertemente atacados por los problemas. Satanás siempre querrá aprovecharse de las circunstancias para derrotarnos, para hacernos la vida imposible, para alejarnos del gozo del Señor. Dios siempre querrá aprovecharse de las circunstancias para fortalecernos, para hacernos aferrar más fuertemente de él, para pulirnos. Nosotros somos los que generalmente decidimos en manos de quién entregamos las circunstancias que nos tocan vivir, si en manos de Satanás para nuestra destrucción o en manos de Dios para nuestro crecimiento. Pero si buscamos al Señor, tarde o temprano él va a producir una victoria hermosa en nuestras vidas. Por eso dice el salmista: “No te alteres por causa de los malvados, ni sientas envidia de los que practican el mal” (Sal 37.1 – RVC). Tranquilo. No reacciones negativamente ante las circunstancias. Confía en Dios. Él está por encima de las circunstancias. Que esta situación no te robe el gozo. La falta de gozo y la desesperación no vienen de Dios, sino del enemigo que vino para “robar, matar y destruir” (Jn 10.10 – TLA). Si esperas en el Señor, él “hará brillar tu rectitud y tu justicia como brilla el sol de mediodía” (Sal 37.6 – DHH), como sigue diciendo el mismo Salmo. Si los vecinos quieren hablar mal de vos, es su problema. En algún momento Dios mostrará tu justicia frente a la injusticia de ellos, si es que él lo considera necesario. Por encima de los problemas y las dificultades, Dios sigue teniendo la última palabra, ¡y cuánto más cuando se trata de sus propios hijos!
            Una vez que Job haya intercedido por sus amigos y Dios haya respondido positivamente, ellos desaparecen del escenario. Con eso también empezó un nuevo capítulo en la vida de Job. Dice el versículo 11 que “todos sus hermanos y hermanas, y toda la gente que lo había conocido desde antes, lo visitaron y comieron con él en su casa. Todos ellos compartieron su dolor y lo consolaron por todo el mal que el Señor lo había dejado sufrir. Cada uno le llevó a Job una moneda de plata y un anillo de oro” (PDT). Y muchos de ustedes estarán pensando ahora: ‘Claro, si todos los hermanos y mis parientes y conocidos me visitaran, regalándome cada uno oro y plata, yo también sería grandemente consolado…’ Bueno, creo que el consuelo que recibió Job no pasó por las posesiones, sino más que nada por la pérdida de todos sus hijos que él había sufrido. Este versículo es una imagen de que este su sufrimiento esté terminando. No sabemos cuánto tiempo llevó Job sufriendo todas estas desgracias desde el día en que perdió todo lo que tenía hasta que ahora el Señor lo levante nuevamente. Los siguientes versículos también mencionan la bendición material y familiar abundante que recibió Job después de esto. Algunas versiones inclusive dicen que él tuvo 14 hijos y 3 hijas. Más allá de cifras exactas, toda la descripción es una ilustración de la sobreabundante bendición que Dios le hizo llegar. Bajo esa lluvia de bendiciones, Job vivió 140 años más después de haber sido levantado de su sufrimiento. No sabemos cuántos años tuvo en total, pero esta edad no era nada anormal en su tiempo.
            La tercera lección que saco de esto es que las experiencias duras de la vida son pruebas o situaciones momentáneas hasta que cumplan el propósito que Dios tiene con ellas. Entonces deben abrirle paso al consuelo y la bendición sobreabundante del Padre amoroso. Las dificultades que vives ahora, pasarán. En lugar de renegar contra ellas, pregúntale al Señor cuál es su propósito con ellas; cuál es la lección que él quiere que aprendas. Y si el Señor cree necesario prolongar esta situación por más tiempo, es para tu bien —aunque no sea para tu deleite momentáneo—. Él lo considera mejor así para ti. Pero en algún momento, la aflicción tiene que darle paso a la bendición de Dios. A veces parece que la aflicción dura toda la vida. Y aunque fuera así, es sólo la vida terrenal, que en algún momento tiene que darle paso a toda una eternidad de gozo y bendición sobreabundante que ni podemos imaginarnos. Así sucedió con Lázaro en una parábola que contó Jesús. Ahí Abraham le dijo al hombre rico que se encontraba en el infierno: “…durante tu vida te fue muy bien, mientras que a Lázaro le fue muy mal; pero ahora a él le toca recibir consuelo aquí…” (Lc 16.25 – NVI).
·         Las experiencias duras de la vida nos abren los ojos al verdadero ser de Dios.
·         Las experiencias duras de la vida y sus injusticias tendrán que dar paso a la justicia de Dios.
·         Las experiencias duras de la vida son pruebas o situaciones momentáneas hasta que cumplan el propósito que Dios tiene con ellas.
            ¿Cuáles han sido las experiencias duras que te tocó vivir en el transcurso de este año del cual nos quedan pocas horitas nada más? O quizás estés en medio de una de ellas. Aplica estas tres lecciones a tu experiencia. No sabemos qué nos traerá el 2018, pero podemos estar confiados de que el Señor estará con nosotros y él nos sostendrá. En cada dificultad que se te presenta, ten en cuenta estas lecciones:
·         Las experiencias duras de la vida nos abren los ojos al verdadero ser de Dios.
·         Las experiencias duras de la vida y sus injusticias tendrán que dar paso a la justicia de Dios.
·         Las experiencias duras de la vida son pruebas o situaciones momentáneas hasta que cumplan el propósito que Dios tiene con ellas.
            Así vas a poder llenarte de fe y confianza, y levantar tu mirada de las circunstancias para ver al Señor de las circunstancias. Y ellas tendrán que obedecer cualquier orden que el Señor les dará para tu bien.


martes, 5 de diciembre de 2017

Al revés










            Quiero empezar mostrándoles un video, que probablemente para muchos será conocido. Es una escena del programa de búsqueda de talentos. Imagínense que la artista represente a Dios, el dibujo que está realizando es tu vida. A veces creemos entender lo que él está haciendo, pero después quedamos totalmente desconcertados y no entendemos más ni jota. Nada de lo que hace el artista tiene sentido, no es lógico, es totalmente al revés. Sólo son manchas feas que hacen que la oscuridad alrededor sea más grande, más amenazante, más negra. Los demás se burlan y nos desaprueban. Llegan a creer y a decir que somos un error. Cuánto más tiempo pasa, peor es la situación. Pero Dios no terminó todavía. De golpe él da vuelta al cuadro de nuestra vida y sale a relucir algo tremendamente bello que él ha diseñado sin que sepamos qué es lo que él se traía bajo la manga. ¡Efectivamente, él lo hacía todo al revés!
            ¡Cuán desesperante pueden ser situaciones que se están desarrollando totalmente al revés de lo que uno quisiera! Y no es simplemente porque yo quiero que sean diferentes, sino que son situaciones verdaderamente graves que pueden alterar gravemente mi vida o la de otras personas. Parece que todos los demonios andan sueltos y que el mundo de las tinieblas se nos viene encima como tsunami, arrastrándonos a la destrucción total. Como iglesia hemos pasado momentos angustiosos cuando se enfermó gravemente la hermana de Rodrigo, cuando se accidentó Isael, cuando se tomó el colegio Ñandejara y muchas otras situaciones más que nos llevaría un buen rato enumerarlas todas. Y uno grita desesperado al Señor, deseando con todas las fuerzas que un rayo de luz caiga del cielo cambiando radicalmente la angustia que estamos viviendo. Deseando que él le dé vuelta al cuadro para que podamos ver lo que está haciendo. Pero El Artista no terminó todavía. Si da vuelta el cuadro antes de tiempo, se pierde el efecto, nosotros perdemos el interés y la dependencia, y el cuadro pierde su razón de ser. Pero la angustia que vivimos hace que perdamos la paciencia y apretamos el botón rojo de la desaprobación de lo que hace El Artista. Pero El Artista no terminó todavía. Esta situación ha sido tan solamente una parte de un cuadro mucho más grande. Cuando lleguemos a ver todo el cuadro, vamos a decir: “¡Qué hermoso detalle constituye en este cuadro aquel episodio que yo pensé que Dios se olvidó de darle vuelta al cuadro!” Y nos avergonzaremos profundamente haber apretado el botón rojo antes de tiempo, como sucedió en la continuación de este video.
            Para la reina Ester también todo estaba al revés. Ella vivió la angustia de su vida. Un decreto presidencial había ordenado la aniquilación de todo judío que había en el imperio. Ella no tenía posibilidades de comparecer ante el rey sin ser llamada, pero lo tuvo que hacer, poniendo en riesgo su propia vida. Aparte estaba la estrategia de qué manera ella presentaría su congoja ante el rey para que él la escuche. Eran situaciones verdaderamente terribles. Encima, Dios parecía estar tan oculto como lo es en todo el libro de Ester: no se le menciona ni una vez. Sólo se veían manchas feas que hacían que la oscuridad sea más aterradora todavía. Pero en realidad, Dios estaba pintando el cuadro al revés. Estaba tejiendo los hilos de la historia de tal manera que nadie notaba nada todavía al principio. Pero de repente dio vuelta la pintura, y se notó que él tuvo todo bajo control y sabía perfectamente qué era lo que estaba haciendo, ¡había sido!
            Ya habíamos visto que el rey le extendió su gracia a Ester, cuando en realidad el protocolo de la época la condenaba a muerte. Pero en ese momento, ella no presentó todavía su petición al rey, sino simplemente lo invitó a él y a Amán a un banquete en su casa. Incluso ni en ese banquete todavía no dijo lo que pesaba sobre su corazón, sino invitó a ambos a otro segundo banquete el día siguiente. No sabemos por qué ella procedió de esa manera, pero Dios usó estas circunstancias para hacer trazo tras trazo, dibujando un cuadro precioso que finalmente daría a conocer. Y fue ahí cuando los sucesos dramáticos finales de la historia de Ester empezaron a tomar su rumbo. Resulta que Amán, el que tanto odió a los judíos, volvió contento del banquete, porque haber sido el único invitado aparte del rey era una honra que nadie más tenía. Pero, esa su alegría tuvo un final muy violento cuando, de regreso a su casa, vio a Mardoqueo que ni siquiera se movió cuando pasó Amán, el cuate íntimo del rey, el único invitado especial de la reina. Mardoqueo lo ignoró totalmente. Eso hizo subir tanto la furia de Amán, que reunió a su esposa y amigos para contarles del comportamiento de ese desgraciado de Mardoqueo. “Entonces su esposa Zeres y todos sus amigos le aconsejaron: —Manda construir una horca de unos veintidós metros de altura. Luego, mañana por la mañana, le dirás al rey que haga colgar a Mardoqueo en esa horca. Así podrás disfrutar del banquete, en compañía del rey. Este consejo le agradó a Amán, y mandó a construir la horca” (Est 5.14 – TLA). Las fuerzas de las tinieblas arrasan sin freno. ¿Y Dios? Bien, gracias. Sigue dibujando manchas feas que destruyen el cuadro. Parece que los poderes infernales lograron atarle las manos para que no pueda hacer absolutamente nada. Pero él esperó no más el momento en que el conjuro diabólico contra su pueblo llegue a un clímax, para luego destruirlo de un golpe y dar vuelta el cuadro al revés. Silenciosamente, sin llamar la atención alguna, sin que nadie se dé cuenta de lo que ocurrió, de modo que pareciera coincidencia, suerte, casualidad, “cosas de la vida”, o cualquier otro nombre que la gente pueda darle, Dios empezó a mover una pieza, luego otra y otra, hasta que de repente se arme el rompecabezas completo, ya terminado, sin que nadie se diera cuenta de lo que estaba cocinándose. “Aquella misma noche se le fue el sueño al rey, y pidió que le llevaran el libro de las memorias y crónicas, y que se las leyeran” (6.1 – RVC). ¿Por qué se le fue el sueño? ¿Por qué no ocurrió ni una noche antes ni una noche después? ¿Por qué quiso leer esas memorias? Quizás porque eran tan aburridas que le dé sueño otra vez. Todo podría haber ocurrido de mil maneras diferentes a como ocurrieron ahora. Estas fueron las primeras movidas del Señor para presentar luego un hermoso cuadro. Fíjense como continúan las “casualidades” y “cosas del azar de la vida”: “Se encontró entonces escrito que Mardoqueo había denunciado el complot de Bigtán y de Teres, dos de los eunucos del rey y guardianes de la puerta, que habían hecho planes contra el rey Asuero” (6.2 – RVC). Seguro que en estas memorias estaban escritas muchísimas cosas. ¿Por qué leyeron precisamente lo que hizo Mardoqueo? Nada, absolutamente nada, de lo que ocurrió en la historia de Ester —¡y de lo que ocurre en tu vida!— es casualidad. “Pero no entiendo nada.” Ah, esa es otra cosa. ¿Quién te dijo que debías entender cada movida que Dios hace en tu vida? Él es Dios. Él sabe lo que hace. Espera a que él dé vuelta a tu cuadro. Yo me imagino a Dios riéndose para sus adentros por ese gozo anticipado, sabiendo qué iba a resultar finalmente de todo; qué caos iba a ocasionar en el reino de las tinieblas. ¿Podemos ver ya lo que empieza a ocurrir? Amán, y todos los poderes ocultos, trataban de destruir pieza por pieza a los judíos, pueblo de Dios, empezando por Mardoqueo y Ester. Pero Dios hizo que en precisamente el instante en que bajaron ya la mano para el primer golpe, su mano se estrellara con fuerza contra el brazo que Dios puso alrededor de su pueblo. Fue en ese momento que Mardoqueo entró en el centro de atención del rey. Se le leyó al rey el registro de cómo ese judío le había salvado la vida en una oportunidad. “Y preguntó el rey: «¿Qué honra o qué distinción se le hizo a Mardoqueo por este servicio?» Y los servidores del rey, sus oficiales, respondieron: «No se le ha hecho ninguna distinción.» En eso dijo el rey: «¿Quién anda en el patio?» Amán había venido al patio exterior de la casa real, pues quería hablar con el rey para pedirle que mandara colgar a Mardoqueo en la horca que ya le tenía preparada” (6.3-4 – RVC). Ya la mente del rey y la de Amán estaban tomando rumbos totalmente diferentes: uno pensaba en distinguir a Mardoqueo, el otro en colgarlo. Si el rey no hubiera tenido su insomnio, Mardoqueo ya estaría flotando entre cielo y tierra a más de 20 metros del suelo.
            Pero a esta altura nadie todavía se dio cuenta de la movida de Dios en el asunto. El rey hizo entrar a Amán y le preguntó: «¿Qué debe hacerse con el hombre a quien el rey desea honrar?» Y Amán pensó: «¿A quién más puede el rey querer honrar, sino a mí?» (6.6 – RVC). En el mundo de Amán no cabía otro que él mismo. Y motivado por su sed de grandeza y, a la vez, su ceguera, ingenió un plan de los más majestuosos de cómo el rey podría honrar a una persona a la vista de todo el pueblo: tratarlo como si fuera el rey mismo, hacerle pasear por las calles, gritando: “Así se hace al hombre a quien el rey quiere honrar” (6.9 – NBLH). Y ahí viene el primer golpe durísimo para Amán: “Pues date prisa, toma la túnica y el caballo, tal como has dicho, y haz eso mismo con el judío Mardoqueo, que está sentado a la puerta del palacio. No dejes de cumplir ningún detalle de los que has dicho” (6.10 – DHH). Peor humillación no podría haber para Amán: 1.) No era él el honrado, había sido; 2.) el honrado sería su archienemigo, el más odiado entre todos los seres humanos; 3.) él mismo tendría que realizar esta acción. Con esto se inició su caída libre al vacío que terminó con su estrellamiento contra el piso que significó literalmente su muerte.
            Pero a Amán no le quedó otra que llevar a cabo la orden del rey, sin titubear ni objetar. Esta acción tuvo efectos muy diferentes sobre Mardoqueo y sobre Amán. Mientras a Mardoqueo parece que no le tocó las emociones ni en lo más mínimo, Amán se quería morir: “Después de eso, Mardoqueo regresó a la puerta del palacio del rey [como si nada hubiera pasado], mientras que Amán corrió a su casa con la cabeza cubierta, todo avergonzado” (6.12 – PDT). Y su familia y amigos proclamaron una profecía sobre él que se cumplió pocas horas después: “Si Mardoqueo es judío, no pienses que lo podrás vencer. Al contrario, esto es apenas el comienzo de tu derrota total. Mientras estaban hablando, llegaron los guardias del rey y se llevaron a Amán al banquete que Ester había preparado” (6.13-14 – TLA).
            En esa oportunidad llegó el momento en que Ester tenía que revelar cuál era el quebranto que la empujaba a ir incluso en contra del protocolo tan estricto de los persas: “Si me he ganado el favor de Su Majestad, y si le parece bien, mi deseo es que me conceda la vida. Mi petición es que se compadezca de mi pueblo. Porque a mí y a mi pueblo se nos ha vendido para exterminio, muerte y aniquilación. Si sólo se nos hubiera vendido como esclavos, yo me habría quedado callada, pues tal angustia no sería motivo suficiente para inquietar a Su Majestad. El rey le preguntó: ¿Y quién es ése que se ha atrevido a concebir semejante barbaridad? ¿Dónde está? ¡El adversario y enemigo es este miserable de Amán! respondió Ester. Amán quedó aterrorizado ante el rey y la reina” (7.3-6 – NVI). ¡Bueno, ya salió lo que le apretaba el pecho! Se ve que el rey no se había enterado de lo que se estaba tramando, ni quién tenía ahí sus manos en juego. Y al parecer, ni Amán se dio cuenta al inicio de cuál era el objetivo de Ester con sus declaraciones. Por eso, cuando ella lo denunció ante el rey, le agarró el pánico. Se dio cuenta que su caída libre estaba llegando peligrosamente cerca al fondo rocoso sobre el cual se estrellaría irremediablemente si no ocurría algún milagro: “Asuero se levantó lleno de ira y, abandonando la sala donde estaban celebrando el banquete, salió al jardín del palacio. Pero Amán, al darse cuenta de que el rey había decidido condenarlo a muerte, se quedó en la sala para rogar a la reina Ester que le salvara la vida” (7.7 – DHH). Del hombre de confianza que parecía tener todo el poder a su favor, Amán pasó a ser un condenado a muerte en cuestión de pocas horas. El rey ordenó colgarlo de la horca que él mismo había construido con el fin de colgar en ella a Mardoqueo. Nunca habrá sospechado que él mismo sería el que inauguraría su obra de arte.
            Cuando Dios interviene a favor de su pueblo, nada ni nadie puede hacerle frente. No importa cuán imposibles te parezcan las circunstancias, Dios hace lo que ningún ser humano puede hacer, si eso corresponde a su plan para sus hijos. Mardoqueo, que en los planes de los poderes de las tinieblas estaba destinado a la muerte, fue elevado al funcionario de honor y mano derecha de Asuero, puesto que hasta entonces había ocupado Amán. Como no se pudo anular una ley ya decretada, se les permitió a los judíos protegerse ese día y contraatacar a sus enemigos. Todo esto llevó a una fiesta que los judíos han celebrado por siglos en conmemoración de tan grande suceso de manos de Dios.
            ¿Cuál es el cuadro que Dios está pintando al revés en tu vida? ¿Tienes ahora situaciones imposibles? ¿Situaciones en que todos los cálculos no cierran? ¿Situaciones que te tienen desesperados? ¿Suceden las cosas al revés en tu vida? ¡Entonces gózate, porque El Artista está muy concentrado en pintar tu vida de manera increíble! Entrega estas situaciones al revés al Señor. Él es tu poderoso gigante, tu guerrero, que va delante de ti abriendo camino y peleando la batalla por ti. Dios dijo a Josafat: “En este caso, ustedes no tienen por qué pelear. Simplemente quédense quietos, y contemplen cómo el Señor los va a salvar” (2 Cr 20.17 – RVC). El Señor peleará por ti y te dará el resultado que él desea para ti. Quizás no será el resultado que tanto habías deseado, pero será su paz sobrenatural en ti y que te capacita para aceptar cualquier otro resultado que pueda venir. No te impacientes. No le aprietes el botón rojo. Más bien llénate de expectativa gozosa por ver qué resultará de todas esas manchas en tu vida. ¡Y cuando él dé vuelta al cuadro al revés, será incomparablemente más sublime y hermoso de lo que jamás te hayas podido imaginar!


lunes, 13 de noviembre de 2017

Solos contra el mundo







            Hay en la vida situaciones en que uno se siente como si estuviera totalmente solo contra el resto del mundo. Es una sensación exagerada, pero a veces nos parece ser demasiado real. Los que tuvieron que defender una tesis, por ejemplo, pueden haberse sentido solos frente a unas fieras salvajes en la mesa del jurado, listos para despedazarlos. O puede suceder algo parecido en el momento de una entrevista de trabajo demasiado importante y delicada. O la sensación de una mujer, un niño o cualquier persona que por cosas de la vida se ve sola ante la vida, sola en un país extraño, sin nadie a su lado para enfrentar los desafíos aterradores. A veces también nos sentimos solos con nuestro testimonio cristiano frente a un montón de burladores que no desperdician ni una oportunidad de querer destrozarnos con su risa malévola a causa de nuestra fe. Solos contra el mundo. ¿Qué hacer entonces? ¿No sería más sensato renunciar, comprometer sus convicciones, con tal que te dejen en paz?
            Hace dos semanas empezamos a introducirnos en la historia de la reina Ester en el Antiguo Testamento. En el pasaje de hoy ella no será tanto la protagonista, sino más bien su tío Mardoqueo. Y él también se encontraba solo frente al mundo: un mundo de odio y de maldad; un mundo de venganza. ¿Qué hacer en estas situaciones? Veamos lo que hizo él.

            FEst 3

            En la prédica hace dos semanas, el pastor Roberto nos introdujo al libro de Ester, presentando por lo menos dos de los cuatro protagonistas de esta historia muy interesante: por supuesto a Ester, personaje principal, y al rey Asuero, que llegó a tomarla a Ester por esposa. En este texto conoceremos los otros dos protagonistas: Mardoqueo y Amán. Mardoqueo ya apareció en el texto de hace dos semanas. Era el tío y padre adoptivo de Ester. Amán es descrito en nuestro texto como “hijo de Hamedata, descendiente de Agag” (v. 1 – DHH). Puede que ese nombre Agag les suene conocido, porque ya lo conocimos hace algunos meses atrás. Esta descripción indica que Amán era descendiente de los amalecitas, población enemiga de Israel desde que los tiempos de Moisés. Con su rey Agag ya nos habíamos cruzado cuando el rey Saúl desobedeció la orden de Dios de eliminar a los amalecitas. En aquella oportunidad, Saúl dejó con vida al rey Agag. Amán ahora es descendiente de este rey Agag. Esto nos ayuda a entender el origen de su odio contra los judíos.
            Por alguna razón no indicada en el texto, Amán se vio beneficiado por un ascenso por parte del rey Asuero a un puesto de suma confianza y autoridad. Esta nueva posición le dio mucho más poder a Amán para llevar a cabo sus planes malévolos. Esta posición conllevaba que todo el mundo, por orden expresa del rey, debía arrodillarse ante él y rendirle honores. Y la gente lo hacía – excepto Mardoqueo. Él tenía muy claro quién sería el único ser en el universo ante quien se inclinaría: el Dios todopoderoso. En una película de la historia de Ester que quisiera mostrarles en algún momento, él lo dice con mucha claridad. Aunque él estaba frente a una persona con autoridad del mismo rey más poderoso de la época en toda la región, para Mardoqueo había todavía un poder más grande: el de Dios a quien él servía. Esto él lo tenía en claro, y no se desviaba de su postura, opóngase quien quiera.
            Me pregunto cómo hubiera reaccionado yo ante esta situación. Si ni siquiera necesito llegar a situaciones tan extremas como esta. Ante manifestaciones contrarias a la fe cristiana en Facebook, el vecindario o cualquier lugar que me muevo a lo mejor ya me achico y guardo silencio. Se requiere de mucha valentía para mantener su testimonio firme, claramente expuesto ante todo el mundo. Ser sal y luz del mundo a veces no es tan fácil y puede tener serias consecuencias, como fue justamente el caso de Mardoqueo.
            La primera consecuencia fue el cuestionamiento de los funcionarios del palacio. Como su sobrina, la reina Ester, estaba en el palacio, Mardoqueo siempre estaba dando vueltas por sus alrededores, por si se presentase alguna emergencia. Cuando los guardias de la entrada se dieron cuenta de que Mardoqueo no se inclinaba ante Amán, le increparon: “¿Por qué desobedeces la orden del rey?” (v. 3 – BLA). Como no les hizo caso, se volvieron mucho más insistentes, sin lograr ninguna otra respuesta excepto de que él era judío.
            Entonces las consecuencias de su postura firme se agravaron más. Estos guardias “…lo denunciaron a Amán, por ver si a Mardoqueo le valían sus excusas, porque les había dicho que él era judío” (v. 4 – BNP). No contentos con ser pesados, se hicieron chupamedias, y luego malévolos. Si ellos no hubieran hecho esto, a lo mejor la historia hubiera sido muy diferente, porque Amán parece que no había notado todavía esta actitud de Mardoqueo. Pero ante estas denuncias, él mismo comprobó que efectivamente era así: Mardoqueo no se arrodillaba ante él. Como Amán era una persona ansiosa de poder, esta actitud de Mardoqueo casi lo hizo estallar de furia.
            Las olas de las consecuencias de la firmeza de Mardoqueo se seguían extendiendo. Ya no le afectaba sólo a él, sino a todo el pueblo judío: “Amán consideró que era muy poco vengarse solamente de Mardoqueo, así que procuró destruir a todos los judíos que había en el reino de Asuero…” (v. 6 – RVC). Como ya habíamos visto en la historia de Nehemías, varios grupos grandes de judíos ya habían vuelto a Jerusalén. Pero, aun así, había todavía un buen número de judíos que vivían en las diferentes provincias de Persia.
            Pero por más poderoso que era Amán, había otro más poderoso que él que tenía la última palabra: el rey mismo. Y para que el rey diera su aprobación a su plan gestado en el mismo infierno, Amán tenía que proceder de manera muy astuta. En primer lugar, él tenía que hacer parecer todo como un plan fríamente calculado, que él —Amán— podría controlar y llevar a cabo de taquito. Por eso empieza por fijar la fecha. Según la costumbre de aquel entonces, él echó la suerte para determinar el día exacto de su venganza. El echar la suerte ocurrió en abril, según nuestro calendario. Y la fecha que salió “electa” por sorteo, era en marzo del año siguiente, es decir, casi un año más tarde. Esto le dio suficiente tiempo para preparar todo como para poder darle rienda suelta a su odio contra los judíos.
            Luego él le presentó su plan al rey con un argumento mezclado con verdades y media verdades. Y esa mezcla confundió lo suficiente como para poder saltar de golpe a conclusiones totalmente erradas. Veamos los elementos que componen su argumentación: “Hay un pueblo esparcido por todas las provincias del reino” (v. 8 – PDT). Verdad. Era así; recién lo habíamos dicho que los judíos estaban esparcidos por varias provincias del reino.
            “Ese pueblo no se junta con la otra gente…” (v. 8 – PDT). Verdad a medias. Tenían una identidad muy bien formada, especialmente en lo espiritual. En ese sentido sí que no se juntaban o mezclaban con otras doctrinas e ideologías. Puede ser también que en cuanto a raza no se hayan mezclado mucho con otras naciones. Salvo pocas excepciones, me imagino que un hombre judío sólo se casaba con una mujer judía. Pero socialmente es mentira que no se juntaban con otros. Si vivían esparcidos en todo el reino y estaban en roce constante con todo tipo de personas, no podían otra cosa que juntarse con los demás.
            Otras traducciones dan a entender que los judíos eran un pueblo secreto, casi como espías, tan bien mezcladas con la gente que nadie sabía quién era. Es decir, eran un pueblo difícil de identificar y, por lo tanto, un peligro en potencia.
            “…tiene costumbres diferentes a las de los demás” (v. 8 – PDT). Verdad. Por su identidad espiritual y cultural, los judíos eran —y siempre serán— un pueblo bien específico que no pierde estos rasgos.
            “Ellos no obedecen las leyes del rey…” (v. 8 – PDT). Verdad a medias. Los judíos estaban en tierra extranjera. No les quedaba otra que obedecer las leyes del lugar porque si no, les iría muy mal. Que Mardoqueo no haya obedecido esa una instrucción de venerar a Amán no quería decir todavía que todo el pueblo desobedecía todas las leyes, a no ser que haya leyes que vayan en contra de la ley de Dios. Esta ley estaba para los judíos por encima de cualquier otra ley humana.
            Esa mezcla entre verdades y media verdades, por un instante despistó al rey lo suficiente como para asestar el golpe mortal contra los judíos y presentarle una conclusión totalmente estirada por los pelos y sin fundamento alguno. Ni siquiera tenía nada que ver con los argumentos presentados anteriormente:
            “…no es conveniente que el rey les permita seguir viviendo en su reino” (v. 8 – PDT). ¿Qué tenía que ver la vida de este pueblo con tener costumbres diferentes y estar esparcido por todo el reino? Amán habla como si los judíos fueran criminales de lo peor. Si él hubiera enumerado una lista de actos terroristas cometidos por los judíos, quizás se podría llegar a esta conclusión, pero no por ser un pueblo como él lo describió.
            Una vez presentados estos argumentos y su conclusión “lógica”, Amán empuja al rey a la acción de manera muy astuta. Primero le chupa también la media al rey, haciéndole sentir que él como rey es el que toma las decisiones (“…si a Su Majestad le parece bien…” – v. 9 – DHH), para acto seguido enchufarle la decisión que Amán ya había tomado: “…publíquese un decreto que ordene su exterminio” (v. 9 – DHH), “ordene destruir a esa gente y yo pondré en manos de los funcionarios trescientos treinta mil kilos de plata en el tesoro del rey” (v. 9 – PDT). No da la apariencia de que el rey haya sido demasiado hambriento por dinero, porque le contestó: “Puedes quedarte con la plata” (v. 11 – DHH). Incluso dudo mucho que Amán haya tenido realmente esa plata, porque era una suma tremendamente exagerada. Quizás por eso que el rey no le dio importancia. Pero de todos modos sirvió para darle a la presentación del plan de Amán un impulso sicológico muy fuerte para que el rey le diera su aprobación.
            Y el rey cayó en la trampa con todo. Ni siquiera dijo que lo analizaría, que lo comunicaría a sus consejeros o que Amán elaborara un borrador para que él como rey lo viera, lo modificara y sacara luego la versión definitiva para promulgarla. Cayó como piedra, ¡Ploc!, enterito en la trampa y le dio a Amán su anillo real, que era símbolo de autoridad, porque llevaba el sello del rey que se estampaba en todo documento, dándole carácter oficial y obligatorio, imposible de revertir. Prácticamente el rey le confirió su propia autoridad máxima a Amán. Y el relator de este suceso, el autor del libro de Ester, le da un dramatismo impresionante por la forma de describirlo. Es como si enfocara el anillo del rey en primerísimo plano y muestre en cámara lenta como lo saca de su dedo y lo entrega en manos de Amán: “Entonces el rey se quitó del dedo el anillo oficial y se lo dio a Amán hijo de Hamedata, descendiente de Agag, enemigo de los judíos” (v. 10 – PDT). Con este movimiento, la condena de los judíos estaba sellada: “Puedes quedarte con la plata, y haz con ese pueblo lo que mejor te parezca” (v. 11 – BLPH). ¡Un cheque en blanco para que Amán le pueda poner el precio que él quería por este pueblo! Amán había logrado engañar y atontarle al rey completamente. Él manejó el asunto de ahora en adelante, preparando todo para la gran matanza. Ni siquiera fue necesario echar mano de los recursos del gobierno o del ejército, sino que ordenó a los gobernadores y la población en general eliminar en la fecha indicada por la suerte a cuanto judío encontraban, “jóvenes y ancianos, niños y mujeres” (v. 13 – RVC). Todo esto fue escrito “…en el nombre del rey Asuero y sellado con el anillo del rey” (v. 12 – NBLH). Una vez hechas las copias para cada provincia, el servicio de Courier más eficiente de la nación fue encargado de llevarlas a su destino final. Una nota explicativa dice: “Los autores antiguos informan que fueron los persas quienes establecieron los correos rápidos para la comunicación con las provincias” (DHH). Y la película muestra justamente la alta velocidad con que se diseminaba este decreto. A causa del mismo, “en la ciudad de Susa reinaba el desconcierto” (v. 15 – RVC). ¿Y qué hacían Amán y el rey? “…el rey y Amán no hacían más que tomar y pasarlo bien” (v. 15 – BLA). Pareciera ser una descripción de los políticos paraguayos del 2017: el país se cae a pedazos, mientras que ellos se pasan de una farra a otra (claro, con algunas pocas excepciones). Una insensibilidad aterradora respecto al caos reinante en el pueblo al que deberían servir. Pero así es el ser humano sin Cristo.
            ¡Vaya qué consecuencias tuvo la postura de Mardoqueo para él mismo y para todo su pueblo! ¿Valía la pena tanta “terquedad” simplemente por una postura física? ¿Qué le costaba arrodillarse al paso de Amán, con tal que en su corazón él sabía quién era su verdadero rey? Él podía decir también como aquella niña: “Estoy arrodillado, pero ¡en mi interior yo sigo de pie!” Por culpa de Mardoqueo cayó ahora tanta desgracia sobre todo su pueblo. ¡Es inadmisible! Si la historia terminara aquí, podríamos llegar a pensar de esta manera. Pero la historia completa muestra que precisamente por su fidelidad a Dios, a pesar que ni siquiera se le menciona a Dios en ningún momento en este libro, fue lo que finalmente resultó en la liberación de los judíos, y el origen de una de las fiestas anuales grandes que los judíos celebraron hasta siglos después todavía. ¿Qué hubiera pasado si Mardoqueo no hubiera mantenido en alto su fidelidad a Dios? No lo sabemos, pero de seguro que hoy no tendríamos esta impresionante historia, ejemplo por excelencia de la intervención divina en la vida de su pueblo.
            No condiciones tu fidelidad a Dios y sus principios según tu aparente conveniencia en el momento. La historia no termina con el momento presente. Cuando te parece que tu fe y tu fidelidad a Dios sólo te trae pérdidas, recuerda que Dios mide las cosas de manera muy diferente. Puede que sí pierdas muchas cosas; puede que inclusive pierdas tu vida. La historia del cristianismo está llena de casos así. En esta semana conmemoramos los 500 años de la Reforma. Fue precisamente esta reforma con Lutero como uno de los protagonistas principales la que dio origen 4 años después al movimiento anabautista/menonita. Y la historia de los menonitas está llena de testimonios de personas que perdieron su vida por su fidelidad a Dios. Se les dio la posibilidad hasta el último minuto de negar su fe y salvar así su vida. Pero en la gran mayoría de los casos dijeron: “¿Y de qué me sirve mantener mi vida terrenal si a cambio pierdo mi vida eterna?”
            No sé ante qué desafíos estás en tu vida que ponen en juego tu testimonio como cristiano, tu función de ser sal y luz del mundo. Pero si te sientes como si estás solo contra el mundo, gira tu cabeza para contemplar al León de Judá que está a tu lado y exclama a voz en cuello junto con el profeta Jeremías: “Jehová está conmigo como un poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión, que jamás será olvidada” (Jer 20.11 – RV95). ¿Qué puedes perder al serle fiel a Cristo? ¿Qué puedes ganar al serle fiel a Cristo? ¿Cuál de los dos pesa más para ti?

lunes, 16 de octubre de 2017

Guayaba del Señor







            Frente al templo de la iglesia de Costa Azul hay dos plantas de guayaba. Cada domingo después del culto parecen ser árboles de Navidad con los niños colgados por todos lados como adornos. Pero en tiempo de frutas me da tanta pena ver a los chicos arrancar las pequeñas frutitas todavía totalmente verdes e incomibles. No solamente no los pueden disfrutar, sino que los echan a perder. Una fruta verde normalmente no sirve para nada.
            Comparo ahora el reino de Dios con un árbol de guayaba. Nosotros como sus hijos somos las guayabitas diseminadas por toda la planta. El Señor se está paseando, mirando con emoción y expectativa estas frutas. Hay algunas recién formándose, otras ya en pleno desarrollo, y también aquellas que han alcanzado la plena madurez y deleitan al Creador. Pero todas las guayabas que no maduraron todavía, por el momento no sirven todavía para el deleite del Señor. Nuestro máximo anhelo como hijos de Dios, como guayabitas en su árbol, es —¡o debería ser!— estar para el deleite de nuestro Dios. ¿Pero lo somos? Los que conocemos las guayabas, sabemos a primera vista si una fruta está madura o todavía no. Pero entre los cristianos cuesta bastante más distinguir entre una persona madura y otra todavía en desarrollo. Y lo lindo es que no necesitamos definir quién es maduro y quién es inmaduro. De esta evaluación se encargará el Señor – aunque demasiadas veces sí hacemos juicios acerca de la inmadurez de otros – probablemente la señal más sobresaliente de nuestra propia inmadurez. Es que, al hacer esta “evaluación” siempre nos tomamos a nosotros mismos como ejemplo de una persona madura. Cuanto más se parecen las otras personas a nosotros, tanto más cerca están del nivel óptimo de madurez. Y tan engreídos estamos que no nos damos cuenta de que de verde pasamos a podridos; que estamos lejísimo de ser un ejemplo para otros – a no ser un ejemplo como no se debe ser.
            La primera carta a los corintios nos da una regla correcta para medir el grado de madurez ¡no de mi hermano(a), sino de mí mismo! Yo, como guayaba del Señor, ¿qué tal está mi madurez? Este es un tema en el cual no sirve pensar: ‘¡Ay, qué pena que no está fulano hoy en el culto! Esta prédica sería justo para él.’ O para dar codazos al cónyuge: “¿Escuchaste?” Esta prédica es justo para… el que la está escuchando (¡y dando!).
            La primera característica de una guayaba cristiana madura encontramos en los primeros dos versículos del capítulo 3.

            F1 Co 3.1-2

            1.) Un cristiano maduro soporta enseñanza fuerte. Puede sorprender esta frase. ¿Acaso hay en la Biblia “enseñanzas fuertes”? ¿Acaso no es todo amor y misericordia? Bueno, no todo. La Biblia contiene una infinidad de temas y enseñanzas, y no todas las personas están en condiciones de recibirlos. Este mismo texto de hoy podría ser demasiado fuerte para algunos y causar molestias. Pero es Palabra de Dios, y como tal debe ser enseñada y predicada.
            Muchas personas, por ejemplo, no aguantan ser reprendidos o exhortados. Ante un “No”, se comportan como criaturas: lloran, gritan, zapatean, se tiran en el piso, etc. Y no crean que esto no sucede entre personas adultas. Quizás son manifestaciones más “sofisticadas” como picharse por todo y por nada, salirse de un grupo WhatsApp cuando uno se siente ofendido, mostrar un espíritu de crítica, falta de sujeción a las autoridades, etc. Son manifestaciones de personas que no soportan que alguien les contradiga o vaya en contra de lo que ellos quieren. A Jesús le pasó lo mismo con muchos así llamados “discípulos”, pero que eran meros acompañantes de él sin ser seguidores de él. En un momento, ante sus enseñanzas, ellos dieron media vuelta y se salieron del grupo WhatsApp “discípulos de Jesús”. Dice la Biblia: “Al oír esto, muchos de los que seguían a Jesús dijeron: — Esta enseñanza es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla? … Desde entonces, muchos discípulos suyos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6.60, 66 – BLPH). ¡Menos mal que eso ocurrió en tiempos de Jesús! Hoy ya estamos tanto más avanzados que ya no reaccionamos más de manera tan infantil…
            Pero los corintios sí tuvieron todavía este problema. Por eso, Pablo dice que él no les pudo dar todavía comida sólida, es decir, enseñanzas más exigentes y sofisticadas. Solamente les pudo repetir una y otra vez lo básico de la vida cristiana, dejando tantos otros temas sin tocar: “…no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a bebés en Cristo. Las enseñanzas que les di fueron como leche porque todavía no podían comer nada sólido…” (v. 1 – NBLH/PDT). Esta ilustración de Pablo es muy comprensible para los que somos padres o los que ayudan a cuidar a hermanitos pequeños. Si alguien ha estado alguna vez para un asado en casa de Carlos y Celeste, sabe lo que significa que Carlos haga asado. Supongamos que una pareja con su bebé de 5 meses está invitada para comer asado en la casa de Carlos. Entonces la madre dice: “Bueno, si a mí me hace bien esta comida, entonces la voy a dar también a mi bebé.” ¡Lo mata! Un bebé está en un estado de desarrollo totalmente distinto al estado de un adulto, y con requerimientos muy diferentes. Darle asado a un bebé es tan dañino como si nosotros nos alimentáramos todo el día sólo con Nestum y leche. Pero en una familia hay pues personas de diferentes edades y grados de madurez física, y hay que proveerle a cada uno según su situación.
            En la familia espiritual sucede exactamente lo mismo. Es natural que en una iglesia haya cristianos de todas las “edades” de vida espiritual, porque algunos se han convertido a Cristo recién no más, y otros ya llevan bastante tiempo como cristianos. Lo que no es normal es que los que ya llevan años en la vida cristiana se comporten como criaturas. Si bien Jesús dijo que debemos ser como niños, en el sentido de confiar incondicionalmente, no quiso decir que debemos comportarnos como niños.
            Recuerdo que hace muchos años había en una iglesia una familia en la que se había invertido mucho tiempo y esfuerzo, tratando de ayudarles a crecer, pero sin mucho éxito. Uno de los líderes de la iglesia encabezaba una reunión casera en la casa de ellos. Un día se le acabó la paciencia y le dijo a esa familia: “Ustedes ya deberían estar creciditos espiritualmente. Deberían estar ya en condiciones de dirigir ustedes una reunión casera. Pero siguen comportándose como niños. Necesitan todavía que se les tome de la manito y les indique pasito a pasito qué hacer.” Es triste ver casos así. Pero a la inversa, da mucho ánimo al ver a personas que han tenido sus tropiezos, pero ahora siguen firmes en el camino, buscando a Dios por sobre todas las cosas, estudiando su Palabra, cultivando la devoción en la familia, apasionados por el Señor. Esa es una guayaba que está haciendo pasos firmes hacia la madurez. Le podés enseñar cualquier tema, y lo va a aceptar. Si a veces viene una reprensión, bajará la cabeza y dirá: “¡Ay, eso dolió! ¡Sí, Señor! Tienes razón, yo me equivoqué. Por favor, perdóname. Y dame la firmeza para no volver a cometer ese mismo error.” Y se queda aferrada del Señor contra vientos y marea.
            ¿Tienes estas características en tu vida? ¡Felicidades, estás en buen camino! Sigue adelante, creciendo para la honra y gloria del Señor, desarrollándote en una guayaba sabrosísima para Dios.

            F1 Co 3.3-4

            2.) Un cristiano maduro cultiva sanas relaciones interpersonales. Pablo critica la tremenda inmadurez de los corintios. Lastimosamente no existía todavía cuando eso la IEB Parque del Norte para que Pablo la ponga de ejemplo a los corintios para mostrarles cómo se vive la vida cristiana… En el caso de los corintios, su inmadurez se evidenciaba en los celos, las envidias, peleas y discordias. Se formaban grupos enfrentados dentro de la iglesia: algunos eran del partido de Pablo, otros del de Apolos. Y si volvemos al capítulo 1, vemos que, además, había en Corinto el partido de Cefas y el de Cristo. Es normal, y diría hasta inevitable, que en una iglesia haya personas que tengan mejor química con uno que con otro. Por decir, a los de ustedes que por ejemplo se convirtieron o se bautizaron con el pastor Ceferino, los unirá un lazo más especial a él que a cualquiera de los demás pastores. Otros experimentarán esto mismo con el pastor Juan, otros con el pastor David. Y está bien que sea así. Pero no puede llegar a lo que Pablo critica aquí: a rivalidades y enfrentamientos. Cuando se arman grupos intolerantes en una sociedad o iglesia, muestran no más su egoísmo y su inmadurez. Cristo y el Espíritu Santo siempre buscarán la unidad de la iglesia, jamás la división. En la última voluntad de Cristo, expresada en su oración sacerdotal poco antes de su muerte, él ruega reiteradas veces al Padre por la unidad de todos sus seguidores: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí” (Jn 17.21-23 – DHH). Cristo quiere la unidad de su iglesia y estuvo dispuesto a dar su vida para que esto pueda ser posible. Y será esa unidad la que tendrá efectos evangelísticos que invitarán a los vecinos a entrar también en este camino en pos de Cristo. Cualquier división en la iglesia o también cualquier rompimiento de relaciones interpersonales siempre proviene del enemigo de Dios que gobierna sobre los poderes de las tinieblas. Él no tiene otra intención que robar, matar y destruir (Jn 10.10). Así también, el que está dominado por el Espíritu de Dios buscará en todo momento la unidad entre hermanos y como iglesia.
            Pablo dice que este comportamiento de celos y rivalidades es muestra clara de que son personas totalmente carnales, “…que todavía no han crecido espiritualmente y que actúan como cualquier otro del mundo” (v. 3 – PDT), “…que no han superado el nivel puramente humano” (BLPH), “…que los guían los bajos instintos y que proceden como gente cualquiera” (NBE). ¡Sabe pegar fuerte ese Pablo! Eso sí que ya no es leche…
            Pero así de fuerte es también un comentario que encontré al respecto: “¿Qué es lo que hay en su vida y conducta [de los corintios] que hace que Pablo les dirija esta reprensión? Son sus partidismos, peleas y grupitos. Esto es sumamente significativo, porque quiere decir que se puede saber cómo está la relación de una persona con Dios viendo su relación con sus semejantes. Si nunca está de acuerdo con nadie, si siempre está peleándose y discutiendo con los demás y creando problemas, puede que asista regularmente a la iglesia y hasta que tenga algún cargo en ella, pero no es un hombre de Dios. Sin embargo, si uno se lleva bien con los demás y sus relaciones con ellos están inspiradas en el amor y la unidad y la concordia, entonces lleva camino de ser un hombre de Dios” (Barclay).
            En una iglesia había constantes peleas entre algunas hermanas. Eran el quebranto del pastor, porque no había forma de que dejen su actitud rencillosa. Una hermana una vez dijo: “Pero con el Señor yo estoy bien.” Según lo que Pablo dice aquí, y lo que dice también ese comentarista, es imposible separar nuestra relación con el Señor de nuestra relación con el prójimo. El que ama profundamente al Señor y cultiva una relación de máxima intimidad con él no puede estar en discordia con otra persona, creada a la imagen de Dios.
            ¿Qué tal las guayabas de Parque del Norte? ¿Son ante la sociedad un símbolo de unidad o preferirían tener cada uno su propia rama donde desarrollarse?

            F1 Co 3.5-9

            3.) Un cristiano maduro construye (edifica) la iglesia de Dios. ¿Cuál es el trasfondo de las divisiones y las discordias que habíamos visto recién? En el fondo está la postura intransigente que dice: “No me junto con fulano porque él es diferente que yo” (actúa diferente, piensa diferente, cree diferente; es de otro partido o de otro club y no podemos congeniar). ¿Cuál era la actitud de Pablo y Apolos? “Me junto con Apolos (me junto con Pablo) porque él es diferente que yo” (él tiene dones que a mí me faltan y me puede complementar de manera tan maravillosa). ¿Y cuál es el resultado de ambas posturas? Donde hay división, nadie hace nada. O si hace algo, es por motivos egoístas para demostrar que uno es mejor que los del otro grupo, desarrollando una especie de “barra brava” en cada sector opuesto del estadio de la iglesia. Pero donde hay unidad y complementación, la obra progresa sostenidamente para honra y gloria de Dios. Pablo dice: “Después de todo, ¿quién es Apolo, quién es Pablo? Simples servidores, por medio de los cuales ustedes han creído…” (v. 5 – BPD). Es decir, ninguno de los dos se consideraba la estrella de la obra de Dios, sino simples servidores de Dios y colaboradores uno del otro. Un cristiano maduro construye la iglesia de Dios, no su propio monumento. Nadie es estrella en la iglesia, sino sólo el dueño de la obra: Cristo Jesús. Nadie es estrella, sino todos son miembros del equipo cuyo comandante es Dios. Uno planta, otro riega, pero de Dios depende el crecimiento.
            Vi una vez una caricatura de un mueble para la Santa Cena que una familia había donado a la iglesia. Por el mueble decía: “En memoria de mí”, y más abajo en grandes letras: “Donado por la familia fulana de tal.” La duda que quedaba era en memoria de quién se había donado ese mueble. Esto sucede cuando uno quiere construir monumentos en vez de iglesia.
            Pablo y Apolos podían trabajar en equipo, porque no trabajaban en un proyecto personal ni estaban enfocados sólo en su área de trabajo en particular. Uno planta, otro riega, pero ambos cultivan el jardín de Dios. Sin nadie que plante o sin nadie que riegue, ninguna guayaba va a crecer. Es decir, el proyecto no era plantar algo o regar algo, sino ambas actividades eran parte de un proyecto mucho más grande: cultivar el jardín de Dios, edificar la iglesia de Cristo – o en palabras de Pablo: “…ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios” (v. 9 – RVC).
            En una obra de construcción gigantesca había tres trabajadores. Se le preguntó al primero qué estaba haciendo, y él contestó: “Estoy haciendo mezcla.” Al segundo se le preguntó lo mismo, y él contestó: “Estoy levantando una pared.” Cuando se le preguntó al tercero, se le brillaron los ojos: “Estoy construyendo una catedral.” Este último sí tenía en miras el proyecto total y se veía a sí mismo como un colaborador más dentro de la gran obra. Los demás estaban concentrados sólo en su propio proyecto personal que, si bien era parte del proyecto general, lo hacían sin visión y sin entusiasmo. ¡Y pobre si a otro se le hubiera ocurrido hacer mezcla también en el mismo lugar y levantar la misma pared! ¡Señor pelea hubiera estallado!
            Pablo dice: “Ni el que planta ni el que riega valen algo, sino Dios, que hace crecer” (v. 7 – BPD). Por lo tanto, “tanto el que siembra como el que riega son iguales” (v. 8 – RVC): son colaboradores uno del otro en una obra grande cuyo Arquitecto es el Señor Jesucristo. Y “cada uno recibirá su salario de acuerdo con el trabajo que haya realizado” (v. 8 – BPD).
            ¿Estás cultivando el campo de Dios o tu propia planta de guayaba? ¿Cuál es la visión, la motivación y el objetivo de tu trabajo en la iglesia? ¿Es para glorificar a Dios y edificar su obra o es para cosechar para ti mismo de esa gloria que le pertenece a Dios? Si dices que estás cultivando el campo de Dios, entonces no te tiene que preocupar la obra del otro, porque cada uno es responsable ante Dios por sí mismo. Cuando Jesús le dio una vez un encargo a Pedro, éste se fijó en Juan y le preguntó a Jesús qué sería de él. Jesús le dio una respuesta bastante dura: “Si yo quiero que él viva hasta que yo regrese, ¿qué te importa a ti? sígueme” (Jn 21.22 – TLA). Ya que cada uno dará cuentas ante el Señor de su actitud y su trabajo en la obra de Dios, yo no necesito evaluarlo a él, y estoy libre de colaborar con él hombro a hombro, juntos edificando la iglesia de Cristo.
            3 características de una guayaba espiritual madura:
1.) Un cristiano maduro soporta enseñanza fuerte.
2.) Un cristiano maduro cultiva sanas relaciones interpersonales
3.) Un cristiano maduro construye (edifica) la iglesia de Dios.
            ¿Qué nota te das en estas tres preguntas? ¿En qué estado de desarrollo estás como guayaba del Señor? ¿Ya estás para su deleite o todavía en etapa de desarrollo o de repente recién en etapa de flor? Es responsabilidad de cada uno examinarse ante el Señor. Hacele esa pregunta: “Señor, ¿en qué estado estoy? ¿Ya soy para tu deleite o todavía?” Preguntale. Y luego guarda silencio y presta atención a los pensamientos que él te va a poner en tu mente. Y cuando hayas recibido la respuesta, hacele la segunda pregunta: “¿Y qué quieres que yo haga ahora para que pueda deleitarte más?” Ahí te convendrá tener a mano algo para escribir para anotar todas las ideas e instrucciones que el Señor te va a dar. Vamos a orar ahora. Vamos tomarnos un tiempo para hacerle al Señor estas dos preguntas: ¿En qué estado estoy? Y luego: ¿Qué quieres que yo haga? Será como un ensayo, porque lo más importante sucederá en tu casa en tu intimidad privada con el Señor. ¡Pero hágalo!